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miércoles, julio 08, 2026
Estación Saturno
EL DILETANTE
Ariel Pavón
Eran tres hermanos, pero uno de ellos murió. Dejó un gato, que la hermana insistió en conservar. El gato y los hermanos van ahora por la ruta, ella quiere volver a su casa, él quiere apurar el trámite de llevarla. Ambos se alejan de Estación Saturno, un caserío cerca de Guaminí, provincia de Buenos Aires, donde crecieron y de donde ella se fue; donde quedó el sepultado y donde la madre sigue viviendo.
Estación Saturno está dividida en tres partes, cada una de las cuales contiene capítulos divididos, a su vez, en entradas sustantivas como Lo que se ve, lo que se huele, lo que se oye, etc., mojones de atención que se hunden en el suelo fértil del trauma. La muerte del hermano es incesante, y los que salen de Estación Saturno no están de viaje, en realidad, sino de huida.
Paran a cargar el tanque y el gato se extravía o es robado. Los hermanos se lanzan a una persecución que los llevará hasta el Tiānquì, un hotel que podría ser también casa de té, centro de convenciones o “telo con equipo interestelar”. Allí conocerán a dos parejas, reunidas en el lugar para el avistamiento de OVNIs y otros fenómenos astrales, bajo la dirección de Minor, Capitán retirado, locutor radial y ufólogo, un sujeto avieso, provisto de axiomas para impugnar toda verdad demostrable. Los encuentros y desencuentros por las instalaciones del hotel se multiplican, entre arrebatos sexuales, alteración del tiempo, juegos de espejos y espejismos; la realidad trastabilla, deriva, no tanto hacia lo paranormal como hacia el artificio, y todo el hotel acaba por sugerir una maquinaria escénica comandada por Minor al servicio de la confusión, “...una prueba piloto. Un micromundo sexualizado de gente en deuda”.
Pero entre bucles temporales y alucinaciones, el centro de gravedad sigue siendo para los protagonistas la ausencia del hermano muerto y la de los otros muertos de la familia, administrada por una madre de rigurosa presencia, garante final de un tiempo que se “ha salido de sus goznes”, ausencia alrededor de la que los hermanos giran enloquecidos, ensanchando el sentido del epígrafe de Macedonio: “Hemos muerto ya miles de veces”. Devorados por nuestro padre Saturno, podría agregarse, porque García Lao selecciona y dispone los nombres propios como huevos de los que nacen animales indisciplinados que se acoplan con sentidos sugestivos y proliferantes.
Estación Saturno, que se inicia como promesa de relato de viaje, de aventura rutera, incluso astral, se inclina pronto hacia la comedia de puertas, un vodevil de espacios siderales que pone en escena los mecanismos de manipulación de todos los negacionismos y el peso intolerable del duelo: “Juega con los deudos, la muerte. Piensa en la palabra deudo. Quién es el acreedor”.
Un párrafo al azar muestra cómo la prosa de García Lao es una voz con identidad propia, que esquiva, con precisión y gracia, todos los lugares comunes: “Bajo la lluvia el mundo se extraña de sí mismo. Se desconoce. Tiene ganas de ser otro, el mundo. La materia depende de la convicción de sus partículas. Bajo la lluvia, nada es lo que era. Los pozos cambian de estado. Se les transforma la voz. Un pozo seco es un grito. Lleno, un vacío sin puntuación. Los animales se refugian, el campo queda desnudo”. El encadenamiento de frases como estocadas, cortas y cortantes, que golpean desde ángulos impredecibles; los detalles erráticos; los párrafos como constelaciones que retienen la disgregación. En García Lao los significantes juegan su propio juego de repeticiones, de equívocos, de resonancias, y el humor, de greguería, es condición fundante de lo conceptual.
Como en Nación Vacuna, en Estación Saturno García Lao vuelve a hacer una intervención poética que es política, sobre un presente dominado por lo alucinatorio, contra el que apunta y dispara el rayo de la imaginación. Y lo hace en una novela compleja, bizarra, divertida, que alcanza –a través de su descarada esgrima sintáctica– una densidad estética que, en tiempos de ceñuda frivolidad, constituye una de esas anomalías que estimulan la relectura, y la recompensan.
1 de julo, 2026
“La literatura no cura, pero desplaza las pesadillas”
Diario Clarin
Fabiana Scherer 31/05/2026 13:00 Una estación ferroviaria clausurada durante la dictadura se convierte en el centro simbólico de Estación Saturno. La autora argentina residente en España explicó cómo la novela mezcla ciencia ficción y una exploración sobre el tiempo.Además relacionó el libro con experiencias personales marcadas por el exilio y el duelo familiar. “Hemos muerto ya miles de veces”. La frase de Macedonio Fernández no solo abre la novela: funciona como umbral de entrada al universo de Fernanda García Lao y su Estación Saturno (Entropía) el libro que la trajo nuevamente a Buenos Aires para presentarlo en la Feria del Libro. Desde Barcelona, conectada a la distancia, García Lao piensa una Argentina fantasmática. “Veo mucho ‘payaso’ con delirios autoritarios. Mi respuesta sigue siendo la ficción, porque el lenguaje sabe más que yo y logra asociar lo que el discurso político intenta separar”, dice, mientras hace girar un lápiz amarillo a rayas negras y ceba un mate que parece no acabarse nunca. “Saturno fue una estación ferroviaria deshabilitada en 1977 por orden del ministro de Obras y Servicios Públicos de la dictadura cívico-militar. Desde entonces, pescadores y vecinos narraron encuentros con esferas danzantes y huellas que amanecían sin dueño”, escribe a modo de introducción. –¿Cómo fue que ese paraje real se transformó en el punto de partida de Estación Saturno? –Yo andaba buscando locaciones porque pienso mis textos de manera cartográfica, para asociar la arquitectura a la trama. Me topé con ese nombre extravagante, Saturno, en la provincia de Buenos Aires. Es una estación abandonada donde los lugareños cuentan historias de esferas danzantes y huellas extraterrestres. Pero cuando descubrí que ese ramal fue desmantelado en 1977 por orden de la dictadura, la historia cobró la dimensión política que le faltaba. Para mí, cerrar una estación es desmantelar la comunicación, crear un pueblo fantasma; es la nostalgia del movimiento y la clausura definitiva del espacio. –Abrís el libro con una cita de Macedonio. –Macedonio es troncal para mí. Soy fanática de sus ensayos y de Museo de la Novela de la Eterna, que dialoga mucho con Estación Saturno. Él instaló la idea de que el tiempo es el asunto central de la literatura argentina, no solo la violencia. Mi primera experiencia epifánica con el tiempo fue a los diez años, en el avión del exilio, cuando nos hicieron adelantar los relojes el día de mi cumpleaños: entendí que la hora no existe, que es una convención. –Se cumplieron 50 años del golpe de 1976; la referencia a la clausura de la estación en 1977 resuena con una fuerza política innegable. –El arte tiene la capacidad de tensar lo que en la coyuntura diaria queda velado. A las escritoras y a los escritores se nos piden definiciones sobre asuntos muy complejos. Yo no tengo respuestas: armo escenarios que nacen en ese mismo caldo de cultivo de la realidad. La literatura no cura, pero desplaza las pesadillas. –¿Es una novela realista? –Creo que sí. Se la puede leer en clave distópica, futurista, de ciencia ficción –con más ficción que ciencia– o incluso metafísica, pero en el fondo es realista porque es Argentina para mí. Es una metáfora de la política, de los vínculos, de esta posrealidad: la posverdad ya nos queda chica. La realidad se perdió en los meandros de la fantasía, del delirio, de la neurosis colectiva. Los protagonistas no tienen nombre; son almas desplazadas, campos magnéticos. Hay una sensación constante de desrealización. Me interesa desarmar moldes y géneros. Siempre digo: “Lo que parece no es, casi nunca”. Lo que queda es el desmantelamiento y el duelo. –En el texto aparece con fuerza la idea de un “duelo permanente”. –Mi hipótesis es que somos más manejables cuando estamos en duelo. En Argentina estamos siempre “duelando” el pasado, lo que se perdió. Cuando estás en duelo, la realidad se astilla, se deforma; es muy difícil establecer diálogo entre gente dolida, y quienes manejan los hilos se valen de esos huecos. La dictadura instaló un terror que se desplazó de la capital hacia el interior, donde el silencio se vuelve “hambriento”. –La que contás es una historia fragmentada, llena de ausencias y desapariciones. –No podía escribir esta historia de manera lineal porque está sembrada de ausentes y apariciones frustradas. Leí hace poco una cita de Juan Mattio en Materiales para una pesadilla que dice: “Acaso el fragmento oculta una muerte”. En Estación Saturno, la fragmentación es el refugio de lo que ya no está. En mis libros anteriores endosaba mis propios miedos a los protagonistas; acá el desplazamiento va hacia el extrañamiento absoluto. Es una road movie de afectos y desencuentros. –Es un tríptico que devela etapas en tu escritura: “Superficie en duelo”, “Luz destino incierto” y “Emanación sin tiempo”. –La primera parte, la ruta, es el aislamiento de Buenos Aires. La segunda, el hotel, la escribí en Praga, rodeada de un lenguaje que no podía codificar; eso me colocó en una desrealidad total, escribiendo en bares donde el checo era apenas un ruido extravagante. La tercera la terminé en Barcelona, que para mí es una cruza de universos. –¿El motor emocional fue el duelo por tu madre? –Como decía Matisse, hasta una silla es autobiográfica, y esta novela me narra sin nombrarme. Narra el viaje después de la muerte de mi madre, que murió en Buenos Aires. No podía escribir esto de manera lineal. Uso una tercera persona desafectada para contar ese dolor. Mi madre era una presencia poderosa en tensión con otra ausencia no menos fuerte: la de mi padre. En la novela, la madre vive en una ensoñación, tocando un piano desafinado, mientras los hijos intentan rescatar un gato que es el último vestigio del hermano muerto. –Decís que pensás los textos cartográficamente. ¿Por qué? –Necesito asociar la arquitectura a la trama para que los cuerpos tengan dónde apoyarse. No soy de las que parten de una idea y la vuelcan: construyo un dispositivo. Requiere un nivel de atención tan alto que, si fuera plenamente consciente de todo lo que ocurre mientras escribo, no podría avanzar una línea. Me considero formalista. Me interesa entrar en territorios que no entiendo, porque, para serte honesta, yo tampoco entiendo el mundo. –¿Ese “aparato” también se nutre de tu trabajo teatral? –Armo el elenco de la novela como si convocara actores para un ensayo. Me interesa que cada personaje tenga una forma singular de decir la realidad. En Argentina nadie es solo quien dice ser: hay un desdoblamiento del yo, una construcción tectónica que es oro puro para la literatura. Uso el formato como un cuerpo: necesito que esté roto para poder entrar y salir de las convenciones. –Uno de los personajes, Minor, locutor de Radio Esfera, dice que “la masa necesita certezas y el poder se las construye”. ¿Cómo ves el rol de la literatura en esta era de desinformación y fake news? –La literatura de lo absurdo es, otra vez, más real que los discursos oficiales. El poder pervierte el lenguaje, vacía palabras como “libertad” o “derechos humanos” hasta volverlas parodia. Minor entiende eso: sabe que la gente construye el mundo a partir de un indicio. A mí me interesa entrar en lo que no entiendo. La ficción nos da herramientas para imaginar otros escenarios, para salir de la repetición. En Argentina eso se ve mucho: esto ya pasó, ya lo vimos, incluso con los mismos personajes. Cambian el peinado, la ropa, pero son los mismos actores. –“Bajo la lluvia el mundo se extraña de sí mismo (...) Bajo el agua el agua no existe”. El agua aparece con una simbología muy fuerte. –Tiene que ver con mi padre, que murió ahogado: es una mezcla de atracción y temor. Pero también es una fantasía contemporánea: el miedo a ser borrados por una inundación. En Guaminí, las lagunas encadenadas taparon pueblos enteros, como Carhué. Es la imagen de un pasado sumergido donde la voz ya no se escucha. Y, por otro lado, está esa idea de que los ovnis se sienten atraídos por el agua. –Viviste en Mendoza, Madrid, Praga, Buenos Aires y ahora Barcelona. ¿Cómo moldeó tu mirada? –Veo el mundo como extranjera: todo me resulta nuevo, extraño. Esa falta de anclaje geográfico la suplo con un territorio ficcional. –“¿Cuánto hace que llegamos? ¿A qué? Desfase entre el tiempo y la realidad: Saturno es un umbral... Si la madre vive en el futuro y ella en el presente, el muerto estaría vivo en el pasado. Pero ¿dónde? ¿Es el tiempo un lugar?”. La conexión con Macedonio está explícita en la obsesión con el tiempo. –En la escritura, el presente es apenas una excusa para que pasado y futuro conversen en un mismo cuerpo. Porque, al final del día, las cosas hay que hacerlas hoy: puede que no haya un mañana. Desde que mi padre murió de repente, cuando yo tenía 16 años, desconfío de la idea de futuro. Fernanda García Lao básico Nació en Mendoza en 1966. Su familia se exilió en Madrid en 1976, donde residió con algunas idas y vueltas hasta 1993, año en que se instaló en Buenos Aires. Estudió danza clásica, piano, actuación, dramaturgia y periodismo. Además del Primer premio de Novela del Fondo Nacional de las Artes 2004, obtuvo el Tercer premio de Novela Julio Cortázar 2004, el Subsidio a la creación de la Fundación Antorchas por su obra teatral Ser el amo (estrenada en 2002) y el Primer premio de la Secretaría de Cultura de la Nación, por La mirada horrible (estrenada en 2000), entre otros. Es autora de Coro de Inmorales (relatos), Morder la mano (cuentos) y Vagabundas (despropósito), aún inéditos. En teatro, también ha escrito La amante de Baudelaire, vestida de terciopelo (estrenada en 2004 con el auspicio de la Embajada de Francia y Proteatro), Desde el acantilado (publicada por el Instituto Nacional de Teatro), Accidente en la Ingle, Sillón de tres cuerpos, El sol en la cara, Falso tenis y El cordón. Publicados por El cuenco de plata: Muerta de hambre, La perfecta otra cosa y La piel dura. Estación Saturno, de Fernanda García Lao (Entropía).
jueves, abril 02, 2026
Estación saturno, reseña en Babelia: una novela con ovnis, miserias familiares y corrupción que ve el futuro.
‘Estación saturno’ el nuevo libro de la argentina Fernanda García Lao es una narración
futurista que sirve de metáfora para imaginar hacia dónde va el mundo.
Por Carmen Domingo
El libro empieza con una advertencia: “Saturno fue una estación Ferroviaria del Partido de Guaminí,
provincia de Buenos Aires, deshabilitada en 1977, por orden del ministro de obras y servicios
públicos de la dictadura cívico militar. Desde entonces, pescadores y vecinos de la zona narraron
encuentros con esferas danzantes y huellas que amanecían sin dueño. Lo atribuyeron a actividad
extraterrestre”. Una zona, despoblada, alejada del todo y en la que sus habitantes deben buscar una
salida terrenal… celestial o alienígena.
Tras situarnos geográficamente, empieza la novela, cuyos protagonistas son dos hermanos en un
viejo coche de regreso del entierro del tercero de ellos. Al poco de iniciar el viaje pierden el gato que
el fallecido tenía y que habían decidido quedarse para recordarlo. Se detienen entonces en el hotel
Tiānqì, a medio camino de sus casas, para tratar de encontrarlo.
En ese hotel, de nombre chino y arquitectura inverosímil, coinciden con otros huéspedes con los
que se rompen las dimensiones temporales, hablan de ovnis, y conviven con la corrupción y el
engaño. Al mismo tiempo, la autora saca a la luz las miserias familiares de los protagonistas,
miserias que, tal vez, pueden generalizarse, dudas, miedos, críticas... Todo ello, con una prosa, que
por momentos acerca al lector a través de la descripción de acotaciones teatrales, puestas como
epígrafes de los capítulos, divididos en tres grandes bloques, y que te sitúan en las distintas
sensaciones a las que pueden transportarte los cinco sentidos y te hacen sentir, en cada una de sus
frases, a través de cada una de las palabras, una sensación que antecede lo explicado.
Fernanda García Lao (Mendoza, Argentina, 1976), una de las autoras latinoamericanas que no
podemos obviar en este siglo XXI, desarrolla en Estación Saturno, una narrativa personal —rara y
original a la par, y sin duda magnética— que la sitúa como una de las voces imprescindibles de la
literatura argentina. Una novela más cercana a la prosa poética que a la ficción descriptiva, una
narrativa futurista que ya vimos, entre otros de sus libros, en la muy recomendable Nación vacuna
(2020) donde una epidemia, muestra cómo el Estado reacciona frente a una catástrofe, lo que le
sirve a la autora para reflexionar sobre el poder perturbador de la mentira política. En esta, como en
otras novelas, García Lao es capaz de provocar risa y dolor con tan solo unas líneas de distancia en
el mismo texto, y de hacernos creer que esas frases sin subordinadas, centradas en la sencillez de
las acciones, y la economía de lenguaje, son algo más, porque son capaces de, sin florituras,
llegarnos a lo más hondo del ser.
El agua lo impregna todo queriéndolo limpiar, pero solo consigue embarrar los espacios…
Esa familia, esos dos hermanos de los que apenas conoceremos nada, ese muerto y la relación de
los vivos con los muertos, el agua que lo impregna todo queriéndolo limpiar, pero que solo consigue
embarrar los espacios… son quizás, una metáfora de hacia dónde va el mundo, de cómo nos
descomponemos sin conocernos del todo a nosotros mismos, ni a los que tenemos cerca, sin
saber toda la historia del que nos acompaña, o quizás olvidando la propia. De cómo, quizás, el
mundo que conocemos se puede descomponer tan solo con el movimiento de una pieza.
jueves, febrero 26, 2026
A veces creo que el cosmos se va con cualquiera para lastimarme, por Gema Monlleó
Estación Saturno, de Fernanda García Lao (Candaya) | por Gema Monlleó
REVISTA DETOUR
Pensada y hecha a mano.
Tres. “Un hombre, una mujer y un gato”. Tres. Tres hermanos. Tres. Dos vivos, uno muerto. Él, médico. Él, medico. Él y él, doppengälgers univitelinos. Ella, cultivadora de bulbos: “tiene la muerte clavada en la mitad de la cara”. Y la madre, la de la orquesta. La madre, triplemente abandonada. Primero por ellos, los no-maridos. Los no-padres. El violinista putativo. El jardinero. Un vivo y un muerto. El suicidio, rondando. El suicidio, bajo el último tren. Despues por los hijos. Abandono por etapas, abandono también en el regreso. Y Saturno, los anillos de la estación. La estación ectoplasmática. La estación y el dique. El dique y los muertos. Los cajones navegando (resuenan Vidria y sus amigos cabalgando inundaciones(1)). Lo inexplicable. Lo no-explicado. Y el gato. El gato que vio morir al último muerto, el que voluntariamente cayó. “El golpe le erizó la cola”. El gato en el coche. El gato en la tormenta. El gato, ¿buscando al muerto? “Un muerto es para toda la vida. No descansa, penetra”. Y el no-muerto, el hermano, el de la ironía por descreimiento. El hermano, el del miedo. Miedo a la muerte, miedo a la enfermedad, miedo a la memoria, miedo a la no-memoria. Miedo a saltar, como el hermano, como el hermano médico como él. Miedo a duplicar, a duplicarse. Y ella, la hermana, la del emprendimiento por desesperación, la de la huida salvífica (satúrnica). “Esferas anormales circulan sobre el agua creando espirales”. Y los cuerpos, los que duelen de tan vacíos. “Los sentidos mudos”. Y los cuerpos, los otros cuerpos, los que se añoran. “Siglos sin un cuerpo a mano”. Y la luna, furiosa. La luna, “amarilla y desbocada”. Y la noche, lluviosa. “La lluvia ya no se acuerda de sí misma. De tanto caer perdió el sentido”. Y la sumisión, la que mastica la infancia, persistente. “Disculpen mi extravagancia, soy una humilde saturnina que cultiva tulipanes”. Hay una casa de té que contiene lo inexplicable: Hotel Tianqì. Una tetera gigante desde la que el universo se expande. Una casa de té para jugar a los deseos, a los fantasmas, a las presencias, a las abducciones, y al sexo. Una casa de té como juego de la confusión. Una puerta de acceso a los mundos detenidos en la estación abandonada. Destinos sin destino. Certezas intermitentes. Lo húmedo y lo amargo. Y una rana albina en la pecera. ¿No será este mundo una pecera gigante? ¿Dónde está el demiurgo que nos observa? El más allá, y el gato, y la lluvia, y el tiempo. El más allá, aquí y ahora. El más allá como espejismo forzado. Y la madre, otra vez la madre, siempre la madre. “¿Atar es cuidar?” Y el cloqueo de las gallinas, gallinas saturninas, gallinas satúrnicas. Y los versos del I Ching. “En la fuerza domesticadora de lo Grande no hay virtud”. ¿Quién domestica a quién? ¿Quién juega con las naves? ¿Quién hace llover la lluvia? “Los orgasmos son formas de regresar a la cordura”. Se insinúa el incesto, un incesto leve. Se insinúa: “la lengua dibuja la palabra querido”. Se insinúa. Y la fosforescencia, iluminando la noche. Y el espejo. Y el paraíso. Y la muerte. “El mundo es una caldera”. Un ventanal y un trampantojo. El circo de la casa de té. Las acróbatas del fin del mundo. Lo inasible. Y “una lamida sideral”. Abismo y vértigo. Mal sistémico. Los nudos, los nudos de/en la familia. Las manecillas del tiempo girando al revés. ¿Hay sirenas en Saturno? ¿Cada anillo es una enfermedad? “Todo el hotel es un cuerpo tibio”. Cuerpo vacío, cuerpo deseante. Cuerpo a la espera, cuerpo en súplica. Cuerpo negado, cuerpo habitado. Cuerpo amargura, cuerpo rugido. “Cada orgasmo es un recurso técnico contra la angustia”. No es sexo, es consuelo. No es sexo, es un acuse de recibo de la soledad. Los límites de lo real y el agua oscura (resuena Under the skin(2)). Y la trascendencia, aunque Johnny Guitar(3). Y la transmutación. Y el cuerpo y el humo y la electricidad y las gallinas. Las gallinas de Saturno. “Lo único interesante, el cielo”. Y el rito de paso. Y la frontera. “Saturno es un umbral hacia y desde lo divino”. Y la temperatura, y los cerrojos celestes. “Asordinado el mundo, la piel habla más fuerte”. Autólisis emocional, frustración cultivada, sexo en barbecho. En La Biblia, el Mar Rojo se abre. En Saturno, se desbordan las lagunas. Agua separada. Agua mezclada. Y la lluvia. Lluvia a ráfagas y castración materna. “El vacío es sólo una apariencia”. “¿El tiempo es un lugar?”. Rehacer el orden. Reordenar. Intervenir lo licuado. Expandir lo viscoso. Nos queda el placer. Nos queda “la furia tecnológica”. Y la absenta, “ma chérie”, el hada verde (“et alors” resuena, claro, Baudelaire). Y la casa de té es un paraíso artificial, los nueve círculos de fuego girando alrededor de Beatriz. O tal vez es una iluminación de Rimbaud. Neutrínicos, “el tiempo ocurre en la nariz”. Hay un piano bajo el agua (el de Ada(4)), y “una medusa de pétalos”, y “gallinas nadadoras de ojos clorofílicos”. “Las aguas están malditas y distribuyen su locura”. Y el tiempo, rasgado; y el espacio, seducido; y la muerte, gritando. Y la hermana quiere dormir y olvidar (la hermana quiere hacerse un Ottessa(5)). Y el hermano es puro extravío. Y la madre es, quizás, agua saturniana. Y el muerto, muerto está. “El cosmos no se lleva nada, lo que hay es siempre humano”. ¿Y el gato? ¿Dónde está el gato? “¿Cuántas veces puede morir una persona?”. ¿Cuántas? ¿Cuántas veces se puede morir en Saturno?
Fernanda García Lao (Mendoza, 1966) regresa con Estación Saturno a los mundos distintos que habitan sus novelas, esos en los que el absurdo y lo fantástico convergen y conforman la geografía de lo extraño. Siempre sensorial, el microcosmos saturniano de la novela está poblado por personajes al margen, dos en duelo por la muerte (los hermanos) y el resto en duelo por la vida. Por una vida que se vale de la farsa para ordenar el caos, por una vida atravesada por los delirios contemporáneos (de la posverdad a la manipulación, de los liderazgos autoritarios a la hedonía depresiva “del pueblo”). Lao, más ballardiana que nunca (en lo sexual, en lo tecnológico), feroz en la crítica implícita, se vale de lo inexplicable para mostrar el vacío existencial, la vía escapista del sexo, la opresión de la soledad colectiva, la fragilidad emocional, cierta cobardía atávica, el peso de los silencios y las heridas que provoca la más sacrosanta de las instituciones: la familia. Afilada en la prosa, rotunda en el fraseo, poética en lo inquietante, psicofónica en la fragmentación y política en los estratos sobre los que crece la novela, la autora vuelve a contagiar un desasosiego atravesado por el humor (beckettiano, claro) y por una profunda angustia metafísica sólo mitigada por el atisbo final de, tal vez, nuevas (y más sanas) formas de relación.
Cuando era pequeña, cerca de mi casa, había un edificio en obras habitado por fantasmas. Los vecinos, noche sí, noche también, afirmaban escuchar ruidos “no-humanos” y sufrían el encendido y apagado de luces extrañas. El suceso, por inexplicable, convocó a la prensa, que esperaba la manifestación ectoplasmática. No sucedió. Los fantasmas no acudieron a la llamada. Lo que hoy llamamos hype descendió con la misma rapidez con la que subió, y nunca más se supo. ¿Se mudaron los fantasmas? Las obras paralizadas continuaron y, que yo sepa, ningún inquilino del nuevo edificio manifestó queja alguna por polizontes inesperados. Toda ciudad tiene sus fantasmas. Toda estación de tren abandonada, también.
(1) El amor es un monstruo de Dios, Silvana Vogt, H&O, 2025.
(2) Under the skin, Jonathan Glazer, 2014.
(3) “Dime que me quieres, aunque sea mentira”. En: Johnny Guitar, Nicholas Ray (1954).
(4) El piano, Jane Campion, 1993.
(5) Mi año de descanso y relajación, Ottessa Moshfegh, Alfaguara, 2019
miércoles, enero 14, 2026
Ser extranjera me permite ver con claridad
Entrevista en La Vanguardia.
Dos hermanos, un hombre y una mujer, viajan en coche tras enterrar a quien fue el mayor de los tres. Les acompaña un gato, el del fallecido, que se escapa y al que persiguen, como si fuera el conejo de Alicia, además de un futuro lleno de incertezas. Procesar una pérdida no es fácil, y menos si se trata de alguien tan cercano. Puede parecer una obviedad, pero Fernanda García Lao (Mendoza, Argentina, 1966) retrata estos momentos en su nueva novela, Estación Saturno (Candaya) con el arte que la caracteriza y con altas dosis de extrañamiento. Este último es el sentimiento que quiere despertar en los lectores ya que está convencida de que “están preparados para leer otras cosas menos conservadoras”, asegura reclinada en el sillón de su casa en Barcelona.
García Lao reside en la capital catalana desde 2022, con el miedo de la pandemia todavía en las entrañas, aunque el inicio de esta le pilló en Argentina. “Por en medio me mudé a Praga, porque ahí estaban mis dos hijas. En todo este proceso yo estaba escribiendo esta novela y creo que se nota todo este movimiento, no solo por el viaje en coche de los hermanos, sino por todo lo que les ocurre después”, explica.
Los lectores están preparados para leer otras cosas menos conservadoras”
Y es que la road trip novelística recala en un hotel, el Tianqui, de lo más singular. Lo regentan diversas mujeres asiáticas que parecen réplicas unas de otras. “Hay algo en el doble que me fascina”, admite la autora, que en anteriores novelas ya ha puesto en primera línea a gemelos y siameses. “Imagino que me recuerdan a la vida contemporánea de este siglo XXI repleto de avatares, con nombres inventados en apps y redes y con fotos que no corresponden a la realidad. Hay dos versiones de cada persona, la que somos y la que mostramos”.
Pero, más allá del personal y de los huéspedes, todos parejas, si hay algo que llama la atención a los hermanos es la arquitectura imposible del edificio y lo que a su alrededor ocurre: avistamientos de ovnis, prostitución forzada, masturbaciones en comunidad… por no hablar de que el tiempo y las reglas espaciales no parecen cumplirse.
La escritora Fernanda García Lao, en su casa de Barcelona, habla de su nueva novela, 'Estación Saturno' Ana Jiménez
¿Y el título, a qué se debe? “Saturno fue una estación ferroviaria, deshabilitada en 1977 por orden del ministerio de obras y servicios públicos de la dictadura. En ese lugar sucede otra muerte antes de que se iniciara el relato: la del padre de los protagonistas, que se tiró a las vías justo cuando pasaba el tren, un día antes de que el lugar se clausurara. Ellos no pueden evitar pensar que, de haberlo hecho unas horas más tarde, él seguiría vivo”.
Desde el cierre de la estación, los vecinos empezaron a documentar encuentros con esferas danzantes y huellas que amanecían sin dueño y que, de un modo u otro, se incorporan en la trama. ¿Fantasmas? ¿Extraterrestres? “Seguramente lo segundo. O eso aseguraban quienes vivían allí. Me gusta pensar que fueron ellos”, sonríe. Y eso se debe a que ella misma, durante mucho tiempo, quién sabe si también hoy, se sintió uno de ellos. “A los diez años, mi mundo cambió al dejar Argentina para mudarme a Madrid. Más allá de lo que conlleva cambiar de escuela, de amigos y de lo cotidiano, lo que verdaderamente me perturbó fue el cielo, pues no era el mismo ya que no reconocía las mismas estrellas. A partir de ese momento, entendí que era una extranjera y empecé a mirar el mundo como tal”.
A los diez años, mi mundo cambió al dejar Argentina para mudarme a Madrid. El cielo no era el mismo”
Una sensación similar experimentó al regresar a Argentina, “pues tampoco reconocía el lugar y yo llegué sin saber vocear y hablando con la z. No era ni de un lado ni de otro. Pero esa condición permanente de extranjera me ha permitido ver siempre todo con mayor claridad”, admite la escritora, que asegura tratar de ver siempre el lado positivo de las cosas, incluso en los momentos más oscuros. Del caos extrae siempre una trama y de lo menos visible, a menudo, una obra de arte. No hay más que ver en su casa el pequeño museo que ha improvisado en su pasillo, repleto de cuadros y donde resalta el busto de un maniquí rescatado de la basura, reconvertido en una verdadera escultura. Un decorado muy teatral, lo que denota que ella viene de allí.
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Lara Gómez (Barcelona, 1993) es licenciada en Periodismo por la Facultat de Comunicació i Relacions Internacionals Blanquerna.
lunes, enero 12, 2026
jueves, diciembre 25, 2025
'Estación Saturno', de Fernanda García Lao: habitar el tiempo
CRÍTICA
ELPERIODICO.ES
Esta novela se adentra en lo inestable, en lo oscuro y misterioso de nuestra vida, a través de disonancias espaciotemporales
La escritora Fernanda García Lao, autora de 'Estación Saturno'. / Maite Cruz
Anna Maria Iglesia
Barcelona, 25 DIC 2025 4:50
"¿En qué reside el encanto de los cuentos fantásticos? […] en el hecho de que, siendo fantásticos, son símbolos de nosotros, de nuestra vida, del universo, de lo inestable y misterioso de nuestra vida y todo esto nos lleva de la literatura a la filosofía", afirmó Jorge Luis Borges durante una conferencia en 1967. No es un cuento, sino una novela, sin embargo, el 'encanto' de 'Estación Saturno' reside en la capacidad de su autora, Fernanda García Lao (Mendoza, Argentina, 1966), de adentrarse en lo inestable, en lo misterioso y en lo oscuro de nuestra vida a través de una serie de disonancias espaciotemporales.
"Qué es el teléfono sino una aventura de la disonancia", leemos en las páginas finales, y lo mismo podríamos decir –y lo dice García Lao a través de su obra– de la literatura: esta es una aventura de la disonancia y para adentrarse en ella hay que aceptar la no lógica de la disonancia o, mejor dicho, su lógica ilógica. Nos lo advierte la voz narradora casi al inicio, "la materia depende de la convicción de sus partículas". Las partículas de 'Estación Saturno' convencen, pero es también tarea del lector dejarse convencer para reseguir el viaje de dos hermanos, varón y mujer, en el intento de recuperar el gato de su hermano mayor, al que acaban de enterrar, y que se ha escapado.
Motor de búsqueda
Si en Samuel Beckett el ausente Godot justificaba la espera de los dos protagonistas, aquí el desaparecido gato es el motor de esta búsqueda que desemboca –no 'concluye'– en un hotel regentado por las Chi, dos mujeres chinas que hablan con aforismos. También hallamos a un excapitán de policía, un tipo sueco y una mujer que se hace pasar por francesa. La autora los pone en escena en un espacio muy teatral –una extraña construcción en la que parece dominar el vacío– en el que, como advierte el excapitán a la hermana, la sincronía temporal con el afuera se rompe.
García Lao piensa el tiempo como un lugar que se construye, vacío solo en apariencia, porque está lleno de ausencias
"Cuando se fue de Saturno, dejó de compartir el espacio-tiempo con su madre", le explica ella. Pero ¿qué es Saturno? Una estación ferroviaria de la provincia de Buenos Aires abandonada en 1977; desde entonces, se explica, "pescadores y vecinos narraron encuentros con esferas danzantes y huellas que amanecían sin dueño. Lo atribuyeron a actividad extraterrestre".
A medida que avanza la novela y, especialmente, a partir de la llegada al hotel, la pregunta sobre el tiempo se vuelve central. ¿Es el hotel el lugar de las disonancias temporales? ¿Por qué no lo puede ser Saturno, esa estación abandonada pero llena de presencias extrañas? Presencias hay también en el hotel, presencias ausentes –más que ver, se percibe– vinculadas con la muerte, pero también con la violencia, el sexo, la locura…
"El vacío es sólo una apariencia. Si la madre vive en el futuro y ellos en el presente, el muerto estaría vivo en el pasado. Pero dónde. ¿El tiempo es un lugar?", se pregunta la hermana y, efectivamente, García Lao piensa el tiempo como un lugar que se construye, vacío solo en apariencia, porque está lleno de ausencias. Las disonancias temporales son, en realidad, disonancias espaciales, vinculadas a la experiencia de habitar, con la percepción y la memoria. 'Estación Saturno' nos habla de los legados, de las ausencias que nos acompañan, de las pérdidas del pasado que siguen presentes. Novela lúdica y filosófica, irónica y angustiante, nos habla de ese espacio que habitamos y, por tanto, construimos llamado tiempo.
Estación Saturno
Fernanda García Lao
Candaya
144 páginas
18 euros
Arquitecturas resonantes
Vicente Luis Mora
Diario de Lecturas
Fernanda García Lao, Estación Saturno. Barcelona: Candaya, 2025.
Algo les pasa a los argentinos con las casas fantásticas o encantadas: El cuarto de vidrio de Norah Lange, Mandinga (1895) de Enrique E. Rivarola, La casa endiablada (1896) de Eduardo Ladislao Holmberg, La invención de Morel (1940) de Adolfo Bioy Casares, “Casa tomada” (1946) de Julio Cortázar, “La casa de Asterión” (1947) de Borges, la casa menguante de La luz argentina (1983) de César Aira, Casa de geishas (1992) de Ana Maria Shua, “La casa de Adela” (2012) de Mariana Enriquez, “La canción que cantábamos todos los días” (2013) de Luciano Lamberti, Siete casas vacías (2015) de Samanta Schweblin, y, last but not least, la casa Tiānqì de la Estación Saturno (2025) de Fernanda García Lao –más otras muchas que desconozco, o que no recuerdo–.
El retorno a la casa paterna, que en la mayoría de la narrativa occidental se vincula a la vuelta al origen y lo conocido, en manos de Fernanda García Lao se convierte en el principio de la entropía y el desconocimiento. Dos hermanos, una mujer y un varón innominados, intentan encontrar el gato huido de un tercer hermano que acaba de morir, en unos parajes argentinos con vestigios ferroviarios abandonados. Este es el punto de partida de una aventura donde concurrirán elementos naturales y sobrenaturales que convierten Estación Saturno en un memorable laberinto. La novela aborda la desestabilización referencial, la pérdida de los puntos de apoyo de lo que consideramos elemental y básico: el yo, el hogar, la familia, el espacio, el tiempo. Algunos personajes creen ser copias de otros, ciertos espacios son resabios de lugares antiguos, distintos momentos parecen atrapados en una suerte de déjà-vu permanente. Nuestra sensación de lectura es un remedo de la estupefacción que sienten los personajes, que quizá son movidos como marionetas por un demiurgo maléfico que busca esclavos, atención, dinero o todo a la vez. De la misma forma, quien lee es zarandeado por los hábiles hilos manejados por Fernanda García Lao.
También se mezclan los géneros. El estilo, seco y corto, de continua parataxis, roza lo poemático por concentración gracias al tensionado del lenguaje, y no faltan los párrafos que podrían funcionar como poemas. También hay “exoaforismos” a lo largo de toda la obra: “el auto rodeado de lluvia es una pecera al revés” (p. 37), o: “Quizá el más allá es una copia mal realizada de la provincia” (p. 128). A lo que hay que añadir dimensiones teatrales, como ahora veremos.
Una de las dimensiones más singulares y acertadas de esta breve novela es la psicologización de los espacios, convertidos en entidades psíquicas resonantes. La casa del hotel Tiānqì, centro neurálgico (y neurasténico) de Estación Saturno, es un auténtico hallazgo, con distorsiones espaciales y temporales, con lugares creados como mise en abyme; una casa que podemos describir como una casa encantada, pero también como casa manipulada y manipuladora. Y es posible que la novela que leemos sea otra casa Tiānqì, una trasposición espaciotextual de sus ambigüedades, porque hay agujeros de gusano entre visiones, entre párrafos, entre frases, así como momentos conectados espacio-temporalmente, reverberaciones, anticipaciones y reminiscencias. Novela psicoespacial, Estación Saturno es una historia planificada, que comienza por el primer espacio sensible: la corporalidad. Los personajes dudan de todo, menos de su cuerpo –son muy corporales las novelas de García Lao, llenas de deseo turbio y de goce insatisfecho–. Para quienes habitan en el hotel Tiānqì, el deseo es un modo de orientarse. En un artículo reciente, titulado “De la influencia como contagio”, escribe García Lao: “Leí teatro antes que narrativa. Jean Genet, Jean Anouilh, Sartre, Fassbinder”[5], y esa ascendencia es perceptible no solo en la eficacia de los diálogos, sino también en la consideración de las habitaciones como escenarios, perfectamente acotadas y concebidas como deambulatorios psíquicos por los que derivan los cuerpos ansiosos.
Otro aspecto que no suele citarse de la obra de García Lao es su humor negro, que me parece muy oportuno y que alivia en cierta medida la desolación general de las historias y la dureza de las relaciones entre los personajes. Una risa helada permanece en nuestro rostro mientras leemos sus libros, siempre personales, únicos, técnicamente virtuosos, divertidos y desolados, como la vida misma.
viernes, diciembre 19, 2025
Fernanda García Lao: curso de patafísica
‘Estación Saturno’, el nuevo juguete absurdo de Fernanda García Lao, nos invita a aceptar la lógica desnortada del mundo loco para seguir cuerdos.
Fernanda García Lao
La Opinión de Málaga. Cultura
Ricardo Menéndez Salmón
14 DIC 2025 7:00
La Libérrima en su ejecución, y muy gozosa en su lectura, ‘Estación Saturno’, el nuevo juguete absurdo de Fernanda García Lao, es una fiesta de la inteligencia. Hay un momento, hacia el inicio de la novela, en el que la escritora argentina levanta, como petición de principio, su pacto de lectura. La frase es tan breve como contundente: «La materia depende de la convicción de sus partículas». La aventura de dos hermanos (y de un ga to) en un paisaje inverosímil y en un espacio caprichoso precipita la peripecia de la obra hacia la sinrazón en un contundente ejercicio de velocidad de escape de la realidad. La pirueta permanente que exige ‘Estación Saturno’ se amplifica hacia el final del texto mediante otra declaración programática: «Ver es pacto. No hay dos que vean lo mismo, pero convenimos en dar por válido lo que se adapta a nuestro relato para no enloquecer». De modo que, si el mundo se ha vuelto loco, hay que aceptar su lógica desnortada para permanecer cuerdos. La estrategia posee muy fecundos precedentes en literatura, desde los cuentos de E.T.A. Hoffmann a «Ubik» de Philip K. Dick, aunque Kafka sigue siendo el alquimista que mejor ha orquestado el matrimonio entre lo implausible y su acatamiento. No en vano, son muchos los escritores que desayunan cada mañana junto al lecho estupefacto de Gregor Samsa. Una vez asumido el marco, lo consecuente es hacerlo verosímil.
Por las páginas de ‘Estación Saturno’ desfilan los invitados habituales de la escritura de García Lao, los mismos que resuenan en la siniestra «Nación Vacuna» y que se condensan con inusitada armonía (y no menor fiereza) en los relatos de «Teoría del tacto»: las estancias de lo impropio, el de lirio como tierra natal, esos decalajes entre el mundo y su percepción que desquician las ventanas por las que miramos y las puertas tras las que nos cobijamos. La locura como testigo de cargo, la ominosa pregunta por la identidad y el recurso al disparate enuncian la verdad de una escritura que interroga constantemente a la realidad acerca de sus significantes. ¿De qué hablamos cuando hablamos del tiempo y del espacio? ¿Desde qué lugar sancionamos lo que es normal y aquello que ha dejado de merecer ese nombre? ¿En qué momento eso que denominamos «yo» se ha convertido en una pregunta sin respuesta?
sábado, diciembre 06, 2025
El espeluznante Hotel Tiānqì
06 Dic 2025/Jesús Santander
ZENDALIBROS
«Lo espeluznante tiene que ver con lo desconocido; cuando descubrimos algo, desaparece. A estas alturas, cabe resaltar que no todos los misterios generan una sensación espeluznante. Ha de haber también una noción de alteridad, una sensación de que el enigma puede conllevar formas de conocimiento, subjetividad y percepción que van más allá de una experiencia corriente».
Pienso en esta categoría que hace Mark Fisher de lo espeluznante al afrontar la lectura de Estación Saturno, el último libro de Fernanda García Lao, editado por Candaya. Una novela que hace de lo espeluznante su modo literario desde la fragmentación formal: tres partes, que suman entre ellas treinta capítulos que a su vez están divididos en párrafos, todos ellos introducidos por el sintagma nominal «lo que + verbo» o «lo + adjetivo»: «lo que tiembla», «lo que se pierde», «lo deseado». Las novelas de García Lao siempre presentan formas propias; pienso en Sulfuro y en esa segunda persona narrativa. Elecciones que en una lectura rápida podrían presuponerse como un puro artificio narrativo, pero que van más allá. En Estación Saturno la elección introductoria de cada párrafo por este sintagma en el que el pronombre neutro «lo» elude por completo el sustantivo referenciado contribuye a eso que Fisher llama “lo espeluznante” para crear una imagen de negrura, algo similar a cuando en medio de un campo escuchamos un grito pero no sabemos qué lo produce, o cuando a través de un cristal traslúcido vemos que alguien se aproxima a la puerta. Desde este rasgo formal Estación Saturno comienza a ser espeluznante, porque la ausencia de lo representado siempre lo antecede, como cuando en las películas de terror adelantan milésimas de segundo el sonido a la imagen, porque no hay nada más perturbador que lo incierto que sobreviene.
"El hotel Tiānqì es un espacio donde no hay realidad conocida sino su simulación, una hiperrealidad, en términos de Baudrillard, con sus propias reglas y habitantes"
Las novelas y relatos de García Lao son tan atrevidos como reconocibles porque, a pesar de que su escritura se adapta a los diferentes temas que plantea, su estilo prevalece. Esa forma casi aforística de cerrar los párrafos («asordinado el mundo, la piel habla más fuerte») a partir de su gusto por la metaforización y la comparación poéticas («el destello fosforescente raya con su furia la noche como una aguja a un espejo») y su carácter polifónico, que hace de cada capítulo un vivero de perspectivas, consiguen que, sin replicar estructuras —porque si la segunda persona y su efecto apelativo eran necesarios en Sulfuro, en Estación Saturno lo es esta tercera persona fragmentada—, reconozcamos la voz de Fernanda García Lao. En esta ocasión nos situamos ante el viaje de dos hermanos (un hombre y una mujer) tras el entierro del que fue el mayor de los tres. Un viaje que se ve interrumpido por la pérdida del gato del fallecido. La porfiada búsqueda del animal nos advierte de que el duelo es más profundo de lo que ambos habían asumido. La ausencia del gato los conduce hasta el Hotel Tiānqì, un espacio de simulacro donde todo se recubre de rareza y recuerda en ciertos aspectos al famoso Hotel Overlook.
Fernanda García Lao invierte el espacio exterior e interior mediante este hotel para generar una sensación de extrañeza. El hotel Tiānqì es un espacio donde no hay realidad conocida sino su simulación, una hiperrealidad, en términos de Baudrillard, con sus propias reglas y habitantes. En Estación Saturno lo interior toma la forma de exterior y viceversa hasta vaciar ambos términos de sentido. En el hotel parece estar contenido todo el universo en su completitud, todo el presente en su forma más dilatada y absoluta. En cambio, en la Estación Saturno —el lugar de origen de los hermanos, una antigua estación de tren de la que toma el nombre la novela— está contenido todo el pasado y su imposibilidad. Lo inquietante de este asunto es que no hay certezas cuando se trata de deseo y memoria.
"Toda la novela está atravesada por el deseo y el problema que este supone cuando no se reconoce a sí mismo como tal, es decir, como algo potencial y se le confiere un mayor estatuto"
Mediante esta historia de avistamientos ufológicos y encuentros en la tercera fase indagamos en el tiempo como constructo, la memoria, el deseo, las relaciones humanas, la pérdida y el duelo, un Hotel que podría representar ese lugar Otro de Lacan que estaba allí desde antes de los hermanos, con una estructura autónoma y en el que ambos se internan para indagar en sí mismos y en su deseo. En este hotel se encuentran una serie de personajes raros —en el sentido, digamos, inquietante que Mark Fisher le concede al término—, entre los que destaco, como imagino que hará cualquier lector de Estación Saturno, al capitán Minor, un personaje que ha perdido su conexión con lo simbólico —siguiendo con Lacan— y hace de su deseo un puro goce, es decir, se mueve por la pulsión y lo entiende como algo perentorio, necesario. Toda la novela está atravesada por el deseo y el problema que este supone cuando no se reconoce a sí mismo como tal, es decir, como algo potencial, y se le confiere un mayor estatuto. Minor, este histriónico líder —un líder que no está claro si es elegido o impuesto—, obsesionado con el sexo y los avistamientos ovnis, hace de su deseo la norma dentro del Hotel. «Mire, Cosme, quien logra mercantilizar el goce obtiene un rédito sin límite. Llámese ovni o eyaculación. Hay que fomentar la adrenalina de lo por fuera. Lo doméstico aburre».
"Estación Saturno no solamente es una espeluznante visita al Hotel Tiānqì donde la apariencia se iguala a la realidad, sino que es una indagación sobre el deseo y el tiempo"
Otro de los rasgos que hacen perturbadora esta novela es que el tiempo es diferente para cada uno de los personajes, y si el adentro y el afuera quedaban nulificados igual le sucede al propio tiempo cronológico. «El del auto marca las cinco, pero no es posible. La tarde ya empezó a caer sobre la ruta. El tiempo ha dejado de ser previsible». El tiempo para cada personaje es diferente, del mismo modo que lo es en cada planeta del universo, porque cada uno contrae y dilata los sucesos en función de la importancia que les concede y su impacto. Lo importante es reconocer el propio tiempo, como es importante reconocer el propio deseo. En la novela se ven alternativas diferentes según cada personaje, desde la hermana que decide sumirse en él —orientarlo al pasado— para olvidarse del resto y refugiarse allí, hasta el capitán Minor, que busca igualar el resto de tiempos —heterotemporalidades— al suyo: “No existe el presente en el universo”, dice Minor a los gritos. “Lo que hay es un orden, pero cada cual percibe el suyo. Por eso hay que intervenir. Poner el universo de los demás en fila, ajustarlo”.
Estación Saturno no solamente es una espeluznante visita al Hotel Tiānqì, donde la apariencia se iguala a la realidad, sino que es una indagación sobre el deseo y el tiempo, mediante la que se nos advierte de los peligros de querer imponer el orden propio sobre la pluralidad. Nada más terrible que quien quiere ajustar el mundo de acuerdo con su deseo. Estación Saturno es hermosamente raro y hermosamente espeluznante, y desde los simulacros del Hotel Tiānqì y la Estación Saturno nos ofrece una reflexión necesaria, porque vivimos tan atomizados que olvidamos que participamos en nuestra propia percepción de la realidad y de esta forma la alteramos sin darnos cuenta. Desconocerlo u olvidarlo, he ahí lo terrorífico.
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Autora: Fernanda García Lao. Título: Estación Saturno. Editorial: Candaya.
jueves, diciembre 04, 2025
Fernanda García Lao: "El realismo en este siglo debería ser inestable, terrible, insólito, no una mala copia del pasado"
Entrevista | Fernanda García Lao Novelista, presenta "Estación Saturno"
La escritora argentina presenta nueva novela, "Estación Saturno": "No escribo para complacer. Si hay legibilidad, es porque hay ritmo, tensión. Como en la música: podés no entender la letra, pero al cuerpo la emoción no se le escapa".
Chus Neira
La Nueva España
Fernanda García Lao (Mendoza, Argentina 1966) es una de las voces más destacadas de la nueva narrativa latinoamericana. Después de “Teoría del tacto”, libro con el que fue finalista del premio “Tigre Juan”, presenta ahora “Estación Saturno” (Candaya), una novela desaforada que presenta el 22 y 23 de noviembre en Oviedo (Kafka & Co, 19 horas) y en Gijón (Toma 3, 13 horas).
-¿Qué te propusiste con Estación Saturno, cómo llega a este libro, esta novela tan concentrada, cuál fue su punto de partida?
-No hubo un punto sino una confluencia. Un duelo bajo la lluvia, un hermano muerto y la convicción de que necesitaba un procedimiento inusual para abordarlo. Me propuse desarmar mis propios mecanismos y escribir desde una tercera que disecciona cuerpos y espacios afectados. No se puede narrar el duelo sin contaminación. Por otro lado, lo familiar, lo social y lo político se anudaron acá. Y el agua, como insinuación del peligro.
-Se dice que este libro condensa muchas de sus obsesiones: la familia, el doble, la locura, el erotismo, lo monstruoso de lo político. ¿Es un punto de inflexión o un punto y seguido?
-Es un punto de fuga. No me interesa la linealidad ni en la vida ni en la obra. Pero sí, están algunos de mis motivos recurrentes: la familia como célula de la violencia, el cuerpo como archivo, el poder asociado al delirio. No sé si es un punto de inflexión, pero sí un libro que me ha dejado marcas. Me gusta pensar que cada novela es una mutación. Ya no soy la que era después de escribirlo.
-En Estación Saturno hay viaje, no lugares, un hotel donde el tiempo se confunde. ¿Hasta qué punto sus mudanzas están presentes en la novela?
-Crecí entre mundos. Viví en España, en Argentina, en Praga, en ninguna parte. El hotel es eso: un espacio que no encaja, que no tiene mapa. Un lugar donde el tiempo se descompone. Que devora cuerpos, la memoria. Como el Estado. El hotel es un personaje. Me gusta escribir desde lo que no se puede fijar.Desterritorializada y un poco extraterrestre. Quien se va tantas veces se siente así: afuera. No solo del espacio. El tiempo rompe la experiencia. Cruzar varias veces el océano desacomoda la convención, la revela. Hay que adelantar y atrasar relojes, afinar la brújula interna. Pero quedás desacomodada. Hacer ficción desde ahí es ser fiel a mi naturaleza.
-¿Cómo aparece el hotel Tiānqì en el proceso creativo?
-Exacto, apareció: se impuso. Lo vi. Vi llegando a los hermanos a esa casa, tras los giros a una rotonda. Yo hacía Taichi en aquel momento. Y mi maestra hablaba como las Chi: poetizando. La dupliqué, como suelo. Ese lenguaje me pedía un escenario que fuera poco doméstico, una arquitectura de lo improbable. Quería un lugar que fuera un teatro de operaciones. Un útero incómodo, una maqueta política y poliédrica. Una trampa, el delirio lúcido de un expolicía, que ha rebautizado al personal y los ha convertido en actores de sutrampa. Hay algo especular con la virtualidad nuestra de cada día. Nadie se parece a su versión pública/social. Somos actores de una farsa. Trabajamos para pagar deudas. Exactamente como los personajes que caen en el hotel.
-Ha dicho que la prosa debe estar a la altura de la neurosis colectiva. ¿Por qué cree que la ficción arriesga tan poco hoy?
-Porque el mercado es de digestión rápida. Porque la academia canoniza lo que ya entendió. La narrativa decimonónica sigue marcando el ritmo como si no hubiéramos pasado por el siglo XX. Yo no puedo escribir en un terreno pacífico. Vivimos en terreno minado. Entonces: que la prosa estalle. Que no se acomode. Que se parezca al mundo que vivimos. Inestable, terrible, insólito. Finalmente, el realismo en este siglo debería ser así. No una mala copia del pasado.
-¿Cómo encuentra el equilibrio entre el descabalgamiento formal y la legibilidad? ¿Piensa en sus lectores?
-Pienso en lectores cuando ya salí de la novela. Mientras la escribo soy la única espectadora. Pienso en las dinámicas internas. Luego aspiro a lectores mutantes, que no buscan explicaciones, que buscan sentido y disfrutan perdiéndose. Que disfrutan del vértigo. No escribo para complacer. Si hay legibilidad, es porque hay ritmo, tensión. Como en la música: podés no entender la letra, pero al cuerpo la emoción no se le escapa.
-En el libro aparece el capitán Minor, que remite a ciertos líderes contemporáneos. ¿Qué puede hacer la ficción ante el avance de los autócratas?
-Puede mostrar lo que el discurso oficial oculta. La ficción no salva, pero revela. No denuncia: expone. No explica: interpreta. Minor no es una caricatura. Es un síntoma. Estos tipos crecen como hongos, en cada hogar puede haber un megalómano furioso con ínfulas de crecimiento. La violencia se alimenta en la oscuridad antes de tomar dimensiones políticas.
-¿Y qué piensa cuando la realidad supera cualquier ficción?
-La realidad no es real. Es una puesta en escena. La ficción no la supera: la desarma. La hace visible. La vuelve cuerpo.
miércoles, diciembre 03, 2025
Estación Saturno, de Fernanda García Lao: una rara avis literaria
3 diciembre, 2025
Josep Masanés
Estación Saturno. Fernanda García Lao. Candaya. 144 páginas. 18 euros.
La argentina Fernanda García Lao publica Estación Saturno, una obra que se inicia con el viaje que emprenden dos hermanos, un médico y una contable, para volver a casa tras enterrar a su hermano mayor, quien padecía una enfermedad que lo anclaba a un presente perenne. La pérdida de un gato, último vestigio del difunto, en una estación de servicio, desencadena una persecución que conduce a los hermanos a un enigmático hotel de arquitectura imposible donde la realidad y el tiempo se disuelven, sirviendo de escenario para avistamientos de ovnis, actos de esclavitud sexual y corrupción administrativa. La novela se sumerge en temas como la herencia de los legados familiares oscuros de una estirpe marcada por el suicidio, la confusión de identidades y, sobre todo, la indagación de la naturaleza esquiva del tiempo. A través de su prosa, García Lao nos invita a cuestionar la realidad. Una literatura que no teme explorar territorios incómodos ni romper convenciones formales.
La novela está dividida en tres partes que se subdividen en múltiples capítulos cortos. Se trata de una prosa construida a través de frases breves y un uso constante del presente histórico. Una de las cuestiones más interesantes de la estructura es la subdivisión interna de los capítulos, con un narrador que actúa como una cámara que se limita a mostrar, contando aquello que ve y oye sin explicar el porqué de las acciones de los personajes. Esta voz narrativa es de las cuestiones más interesantes de la novela, ya que la voz del narrador se funde con los diálogos de los personajes, así como presente y pasado, y sus frases resuenan a menudo entre lo místico y lo poético.
El ingreso al hotel, un lugar de citas sexuales y encuentros atípicos, marca el inicio de una historia misteriosa, a medio camino entre el terror y el surrealismo. Aquí, el espacio y el tiempo se trastocan de manera onírica, evocando el cine de Tarkovsky o Béla Tarr. El elenco de personajes es un festival de lo grotesco y lo insólito: dos camareras gemelas, una pareja de ufólogos, un sueco que siempre llega tarde a los avistamientos, y Betelgeuse, una enana que se empeña en hablar en francés.
La tercera parte de la novela culmina el giro en torno al tiempo. Tras una conversación telefónica con la madre, se sugiere que el tiempo corre a dos velocidades, planteando la existencia de tiempos o mundos paralelos. El concepto inicial expresado por el hermano fallecido (el tiempo no existe, solo hay un perenne presente) se expande, llevándonos a concebir el tiempo como un espacio al que se puede acudir, una idea que evoca las complejas estructuras temporales de las películas de Christopher Nolan. Al igual que la luz que vemos de las estrellas es su pasado y no su presente, la novela insiste en que la realidad es una convención y que lo que experimentamos es el resultado de nuestra propia representación y deseo. Este juego de espejos, donde el hotel puede ser una casa de placer o un simple edificio, hace que la historia culmine de forma circular, unificando elegantemente los hilos dispersos.
Estación Saturno es una rara avis, una obra formalmente impecable que logra fusionar imágenes potentes y oníricas con un control narrativo preciso. Es una lectura estimulante que te deja «la cabeza golpeada», ya que, detrás de una historia aparentemente sencilla (el viaje de dos hermanos en busca de un gato), el lector se enfrenta a múltiples capas de interpretación sobre la herencia, la locura y la naturaleza ilusoria de la realidad. Es un libro difícil de explicar con justicia, emparentado con la lógica desquiciada de Boris Vian o John Waters. Una pieza única e irrepetible de la narrativa contemporánea, altamente recomendable para aquellos que disfrutan de las novelas que exigen y recompensan la implicación interpretativa.
Josep Masanés
https://josepmasanes.blogspot.com/?view=flipcard
Escritor. Menorca es mi mundo, San Luis su capital. Me gustaría ser un epígono del rey de la vajilla. Pero va a ser que no.
jueves, noviembre 20, 2025
Estación Saturno: «Todo lo narrado en esta novela es real, pero nada ocurrió»
LA VOZ DE OVIEDO
Esther Rodríguez
REDACCIÓN
La escritora argentina Fernanda García Lao estrena su nueva novela «Estación Saturno» de la mano de Editorial Candaya.
La escritora argentina mantendrá dos encuentros con el público asturiano, que se convertirán en una oportunidad única para explorar la creatividad y la irreverencia de la finalista del Premio Tigre Juan 2024
20 nov 2025 . Actualizado a las 05:00 h.
Con una prosa afilada y un humor tan oscuro como preciso, Fernanda García Lao (Argentina, 1966) es considerada una de las plumas más originales y destacadas del panorama literario actual en español. La escritora se encuentra inmersa en la presentación de su nueva novela, Estación Saturno (Editorial Candaya), una obra con la que desafía las formas convencionales de la narrativa y se adentra en los territorios de lo roto, lo sensorial y lo desacomodado. En esta gira por España, país donde vivió casi dos décadas exiliada con su familia, hará parada en Asturias. La autora estará este viernes, 21 de noviembre a las 19.00 horas en la librería Kafka & Co, en Oviedo, mientras que el sábado visitará Toma 3, en Gijón a las 13.00 horas. Estos encuentros serán, para el público asturiano, una oportunidad única para explorar la creatividad y la irreverencia de la finalista del Premio Tigre Juan 2024.
—¿Cómo surge la idea de escribir Estación Saturno?
—En Estación Saturno se dan cita ideas contradictorias entre sí, algunas formales, otras espaciales. Fue la confluencia de un clima, un espacio y un procedimiento. El hermano mayor ha muerto, llueve y los que quedan no saben cuidar la herencia. O acaso la herencia sea la falta de cuidado.
—Si tuvieras que describir tu nueva novela en pocas palabras, ¿cuáles serían?
—Un delirio lúcido sobre la muerte, la descomposición y la pérdida. Una comedia negra con fondo de crueldad. En un país que se parece al mío, con gatos, engaños y ausencia de seriedad.
—¿Por qué ese título para la novela?
—Estación Saturno es un lugar real de la provincia de Buenos Aires, desmantelado y sin trenes desde 1977. Pero además, Saturno devora el tiempo, como el Estado, como la familia. Me gusta esa ambigüedad: no se sabe si es un planeta, una parada o una trampa.
—¿Qué te llevó a elegir la muerte como uno de los temas centrales?
—No me interesa la muerte como final, sino como principio. En Estación Saturno, la muerte no cierra nada: abre huecos, preguntas absurdas, deudas.
—¿Cuánto de lo que narras está inspirado en experiencias reales o personales?
—Todo es real, pero nada ocurrió. La novela está escrita desde una memoria que no es mía, pero que me habita. Soy hija de exiliados, crecí entre mundos, tuve que adaptarme. Y se filtra, aunque no quiera. La ficción es mi manera de ser precisa.
—¿Hay algún personaje con el que te identifiques especialmente?
—Con el hotel. Ese lugar que acumula cuerpos, voces, objetos perdidos. Es un personaje en sí mismo: muta, respira. Me gusta pensar que escribo desde ahí, desde ese espacio que no encaja en ningún mapa.
—¿Hubo algún momento del proceso de escritura que te resultara particularmente difícil?
—Estuve varios años escribiendo la novela, la primera parte en Buenos Aires, la segunda en Praga, la tercera en Barcelona. No apuro los procesos, respeto la oscuridad, intervengo y modifico. Me doy tiempo para dudar, para reescribir, nunca una sola versión. Quiero decir, escribir es un modo sutil de meterse en problemas. Si no me ocurriera, habría que sospechar.
— ¿Cómo manejas los momentos de bloqueo creativo?
—No tengo. Soy grafomaníaca. Cuando algo se congela, abro otro archivo. Leo, camino, escucho conversaciones ajenas. Entiendo lo que estoy escribiendo cuando estoy en otra cosa. Actúo de despistada, para que la escritura no se haga la solemne conmigo. La necesito viva, en riesgo.
—¿Qué cambió en ti como escritora después de terminar este libro?
—Lo que te enseña un proyecto se disuelve en el siguiente. Es un capital simbólico difícil de evaluar. Prefiero no pensar en términos de resultado. En todo caso, soy una mutante crónica.
— ¿Qué esperas que el lector se lleve después de cerrar el libro?
—Una sensación de vértigo. Que se pregunte si lo que leyó fue una novela, un sueño o una experiencia estética. Y que el absurdo no es decorativo: es estructural. Reírse del horror puede ser una forma de resistencia.
—¿Qué viene después de Estación Saturno? ¿Estás escribiendo algo nuevo?
—Siempre estoy escribiendo, pero no hablo de lo que todavía no es. Por no condicionarlo. Y porque cultivo en secreto mis asuntos hasta que dejan de ser míos.
—Por último, ¿qué consejo le darías a alguien que está empezando a escribir su primer libro?
—Que no se preocupe por gustar: la literatura no es cosmética, es interrupción. El silencio es muy valioso: si vamos a pervertirlo, que merezca la pena.
martes, noviembre 11, 2025
La prosa tiene que estar a la altura de la neurosis colectiva.
ABC CULTURA
Diego Doncel
Fernanda García Lao es una gran, extraordinaria narradora. Ya no es, como alguien acertadamente dijo en su momento, el secreto mejor guardado de la narrativa hispanoamericana, ya es una escritora central a la que muchos lectores de ambos lados del idioma siguen con devoción. En sus novelas y en sus relatos breves es capaz de descubrir mundos insospechados, mirar lo cotidiano como algo extraño y perturbador, hacer que lo imaginario se alíe a lo biográfico, a lo corporal. Ahora acaba de publicar un nuevo artefacto novelístico titulado Estación Saturno en la editorial Candaya. Una joya de alta tensión estilística, original y arriesgada.
Diego Doncel: Su escritura parece estar construida desde otro lado, buscando nuevos modos de representación, buscando, como Fleur Jaeggy o Clarice Lispector, la tensión del lenguaje y la tensión psicológica.
Mencionas a dos escritoras que admiro profundamente y coincido en cuanto a la búsqueda de tensión en el lenguaje. Pero, más que en la psicología, me sitúo en los cuerpos, son el primer espacio, la primera jaula donde suena la palabra y contagia sus maneras al siguiente: el cuerpo del texto. Es decir, no pretendo describir estados mentales sino atravesarlos. Para eso, invento gente que ocupo desde adentro. No me interesa mucho cómo visten, con un trazo entiendo. Lo que indago es íntimo, como si me probara su carne y pudiera ver desde otros ojos, escarbar desde ahí. Un cuerpo es una caja de resonancia. No hay dos que suenen igual.
Diego Doncel: ¿ Estación Saturno es otra vez una falsa novela?
Exacto. Todas las novelas son falsas, pero yo disfruto dejando en evidencia el artificio. A estas alturas, intentar novelas con verdades de otro siglo o supuestas confesiones sin intervención, me parece un gesto pueril y conservador. El mundo es delirante, aterrador. La prosa tiene que estar a la altura de la neurosis colectiva. Detesto pensar la literatura por temas. En todo caso, una novela es un desplazamiento. Me gusta cavilar la trayectoria del objeto. No puede caer donde ya estaba. O se hundirá. Aunque la exploración vertical está poco estudiada, no la descartemos. Me invento modos de pensar, absolutamente descartables. Estatutos mal hechos, de usar y tirar. En eso, soy fiel a los tiempos que vivimos. El molde de la novela anterior no me sirve. La urgencia necesita nuevos puentes de los que tirarse.
Hija de un periodista argentino exiliado, vivió en Madrid su infancia y su adolescencia, y ha estado siempre marcada por esos dos mundos, por esos dos hemisferios. También por una visión excéntrica de nuestra realidad.
Diego Doncel: Lo gótico, lo oscuro son señas de identidad de su universo narrativo. También el doble y el problema de las identidades. Pero usted se reinventa en cada uno de sus libros, ¿ qué novedades aporta Estación Saturno ?
Gracias por señalarlo. Huyo de lo conocido como de la pólvora. Sobre todo porque escribir es, en mi caso, un modo de cuestionar las propias trampas. Estación Saturno es mi primera novela en estricta tercera persona. Venía de Sulfuro, una segunda, y he practicado la impunidad de falsos yo en las anteriores, lo coral, etc. Me impuse una aire desapegado para contrarrestar lo irracional de los personajes y el territorio. El duelo, el alcohol y la soledad de estos seres requirió cierto despliegue de lógica. Absurda, pero ajustada. Por otro lado, cada tanto algún director adapta una novela al cine, yo quise escribir una novela como si armara un guion técnico del mundo, sin abandonar las herramientas propias del lenguaje literario. Es decir, desgranando lo que se ve, se oye y se dialoga, junto a cuestiones internas. Como el asco, el deseo, un dolor concreto. El propio espacio, dictó sus leyes: la cartografía de Buenos Aires como disparador de locura y negación del presente.
Diego Doncel: ¿ Cree que en ella nos encontramos tres vías de conocimiento: un duelo ( la presencia del hermano muerto), un viaje, y ese espacio ( el hotel Tianqi) donde todo se transforma: el propio espacio, el tiempo, el ser y… la imagen política de nuestra realidad ? ¿ Cuál es esa imagen?
Me gusta lo que señalas, las tres vías. Sobre todo pensando en la estación de tren desmantelada en 1977. Por otro lado, la novela es un tríptico y la escribí en tres lugares diferentes. La parte uno, en Buenos Aires. El hotel en Praga, donde viví unos meses. La tercera parte, la disolución de la realidad, fue escrita en Barcelona. De algún modo, el tránsito de la novela es especular al mío y jugué con ciertos reflejos entre el gato y el conejo de Alicia, para hacer que los personajes siguiéndolo, se perdieran. Hay en la geografía de la novela puros no lugares: una ruta, una estación, un hotel, como los cuerpos, los nombres, las certezas. Todo temporal, absurdo, desesperado, en torno a una muerte que estalla la percepción del tiempo y del espacio. Entonces, la imagen es inconstante. Un retrato bajo el agua. Una familia metida en una pecera. La muerte de la lucidez. La farsa.
Diego Doncel: En este sentido destaca la presencia del capitán Minor ¿ es el retrato deformado de algunos de nuestros líderes políticos?
A nuestros líderes políticos no hay que deformarlos, vienen así de fábrica. He de aclarar, además, que cuando empecé con Minor, cierto gobernante argentino aún no estaba en funciones, era un ridículo panelista de tv sin otro atractivo que su desborde. Pero creo que mi personaje tiene más recursos discursivos. La retórica ha muerto. Nadie la necesita. El pensamiento ocupa cada vez menos espacio. El último bastión es la escritura literaria, si logra construir su propio programa, inventar artilugios más allá de lo trillado. Prefiero seguir mis propios planes e imaginar de manera alternativa que seguir tendencias. Pero, finalmente, acierto. Ya casi parezco una escritora histórica.
Diego Doncel: Su escritura es siempre bellísima ( las asociaciones imprevistas, los símiles sorprendentes) pero de una belleza convulsa y hasta cierto punto irracional. ¿No cree que se ha hablado poco del irracionalismo en usted, de eso que Dalí llamó lo paranoico-crítico?
En mi casa se habló bastante de mi irracionalidad. Perdón, no pude contenerme. Creo que practico una cordura offshore. Evado. Necesito sentirme no homologada. Pero soy bastante mental, a pesar de las apariencias. Soy consciente de lo que hago, también bastante intuitiva. Entonces parece que me extravío. Ese doble gesto es indispensable, supongo. La espontaneidad no alcanza, pero sin ella, sería una escritora de cartón. Seca, impostada. Escribo frases que aíslo como si fueran frutas. Me gusta que sean tentadoras y un poco nostálgicas.
Diego Doncel: En Estación Saturno vuelve a aparecer el tema de la familia, ¿ la familia es una de esas oscuridades nuestras con la que tenemos que lidiar?
Es la primera institución de poder y control sobre el individuo, como sabemos. Hablo desde el punto de vista literario, es decir, político. La poesía es desacralizadora. Del amor, poco sabemos. Es un asunto aspiracional, al que no se llega. Las familias se rompen y se vuelven a armar. Tenemos tendencia a creer que podremos lograrlo, pero la felicidad es inasible. Y cuando ocurre, qué belleza. Pero mejor no escribirla. Se escribe desde lo perdido. De otro modo, no haría falta. Es fantasmático el asunto de sentarse a invocar lo que no está. Por eso nos atraen las historias de huérfanos, de niñas perdidas. La literatura infantil se construyó desde el duelo. Faltaba la madre, murió en el parto. O se huía del padre, la autoridad intempestiva.
Diego Doncel: Y está el tema de la mujer ( los abusos, las cuestiones de género) y el erotismo. ¿ Puede hablarme de ambos?
Es un reto. Escribir sin resultar panfletaria, obvia. O, por el contrario, condescendiente. El deseo sigue siendo tabú. Pero lo sexual me organiza a la hora de pensar un personaje. Es, como señalaba Armonía Somers, tan fundamental como lo digestivo. Hay ficciones en las que nadie come y nadie se toca. Es difícil interpretar a alguien sin esos mecanismos básicos. Qué desea esta gente. No hablo de placer, hablo de motor. Y cómo se arrastra, cómo mastica al otro. Me inquieta no saber esas cosas, quedarme en la cáscara de las cosas. Sin deseo no hay palabra.
Diego Doncel: Por último, ¿ cómo explica que una de las señas de identidad de la narrativa argentina escrita por mujeres sea lo gótico?
En lo personal, antes del exilio viví en una casa que mis padres pensaron desde la maqueta. Quizás ese hecho alimentó mi tendencia a la extravagancia. Mi madre, leonesa, incluyó una pared de vitreaux en todo el frente, como para evocar su catedral perdida. Era una casa imposible con torreón y sótano, efectos de luz, escaleras. Jugábamos ahí, como en otro tiempo. La realidad vino así desde el principio. Parecía ficticia. Luego se hizo trágica. La dictadura desarmó ese universo.
Pero pensando colectivamente, creo que somos descendientes de lo fantástico como categoría filosófica, de los delirios del rio de la Plata y de las dislocaciones de la historia. Hijas turbias de Evita, nuestra criatura gótica por excelencia. Deificada o demonizada, monstrua política, momia eternamente joven, ausente/presente. Una mujer-relato imposible de soslayar. A lo Mary Shelley, en el fin del mundo.
sábado, noviembre 08, 2025
Fulgores de la ficción y monstruosidades
Proyecto MOPONAHI, León, noviembre/2025, de la Universidad de León. Un encuentro, Las Puertas de lo Posible «Fulgores de la ficción y monstruosidades», dirigido por Natalia Álvarez Méndez y Ángeles Encinar, y coordinado por Ana Abello Verano.
Con ENTRADA LIBRE Y GRATUITA.
El encuentro tendrá lugar los días 13, 14, 15 y 16 de noviembre de 2025. Su sede de celebración oscila entre la Fundación Sierra Pambley (León) y La Casona de San Feliz de Torío (León). ¡No te lo pierdas!
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Nos acompañan grandes nombres de la literatura actual: Fernanda García Lao, José María Merino, Luis Mateo Díez, José Antonio García Priego, Layla Martínez y Theodor Kallifatides.
martes, junio 03, 2025
Fernanda García Lao, un híbrido de transgresión, locura y violencia
Analizamos la literatura de esta autora mendocina, radicada durante mucho tiempo en España, y que ha escrito cuentos, novelas y poemas.
Por Marta E. Castellino
LOS ANDES
Quienes nacimos en el siglo pasado y vivimos en Mendoza en las décadas del 50 y 60, no podemos menos de recordar a Ambrosio García Lao, figura icónica del periodismo radial y televisivo de aquellos años. Así, por extensión, es natural que consideremos la posibilidad de incluir en nuestra literatura a su hija Fernanda, también nacida en Mendoza en 1966, aunque su vida discurrió por carriles que la alejaron tempranamente de nuestra provincia.
En efecto, vivió en Madrid, donde realizó sus estudios primarios, secundarios y universitarios de danza, piano, actuación y periodismo, entre 1976 y 1993. Luego regresó a Buenos Aires y se sumó al medio teatral independiente, desempeñándose como actriz, dramaturga y directora. Desde 2022 reside en Barcelona.
Además de sus piezas teatrales, publicó, entre otras, las siguientes novelas: Muerta de hambre (2005), que obtuvo el Premio del Fondo Nacional de las Artes; La perfecta otra cosa (2007); La piel dura (2011); Vagabundas (2011); Fuera de la jaula (2014); Nación Vacuna (2017); Sulfuro (2022); las colecciones de cuentos Cómo usar un cuchillo (2013); El tormento más puro (2019) y Teoría del tacto (2024). Es autora además de los volúmenes de poesía Carnívora (2016); Dolorosa (2017) y Autobiografía con objetos (2022), además del texto autobiográfico (No) me acuerdo (2025).
Su prosa ha sido calificada como “un mapa híbrido de transgresión, locura, erotismo, humor y violencia, con una cadencia poética única”, y tales características se ponen plenamente de manifiesto en cualquiera de sus textos. Tomaré como ejemplo la original novela Fuera de la jaula, en la que el mismo título sugiere la evasión de la realidad ordinaria, formalizada a través de la elección de una focalización narrativa que hace eje primeramente en una mujer en el momento previo a su muerte y después de acaecida esta. Este relato base se completa con otros dos, que tanto completan como prolongan o contradicen los dichos de la difunta.
Como característica saliente de su estilo narrativo, que en cierto modo lo aproxima a lo poético, puede mencionarse la tendencia a expresar reflexiones que recuerdan las “greguerías”, definidas por Ramón Gómez de la Serna con la siguiente fórmula: “humorismo + metáfora = greguería”. Valgan como ejemplos algunos pensamientos de Aurora, la protagonista de la primera parte, que dan cuenta de su esencia híbrida, ser, sin ser: “La conciencia es un parpadeo universal”; “Qué pereza la palabra. Decir es bostezar. Un verbo es un objeto perdido, una pelusa en la boca muerta”.
La índole de los personajes se define a través de estos curiosos pensamientos, cuyo contenido los define; así por ejemplo, Severino, encerrado en una vida sin futuro y sin color, para quien “La noche es una cavidad que conduce a la gran trampa” o bien, “Con la luz y las proporciones correctas, cualquier mosquito deviene vampiro”. O Norma, la prostituta: “la demencia y el deseo beben de la misma botella”
Acerca de la inserción de Fernanda en el corpus de la literatura mendocina, es necesario destacar que Mendoza y su ambiente no aparecen en su obra, ni siquiera como ausencia sentida. Pero, como ella misma manifiesta en una entrevista con Ariel Pavón (Otra Parte, 14 de marzo de 2025), el desarraigo “Se convirtió en un mito fundacional a partir del cual escribo. No imagino otro modo de pensar y crear. El hecho de no pertenecer del todo a ningún lugar, ser siempre un poco extranjera y parte a la vez, interviene absolutamente en mi escritura. También la sensación de tener una línea de tiempo fragmentada. El desarraigo ha sido motor y obstáculo, pero más motor que otra cosa. Haber hecho de esta herida una virtud me ha permitido escribir”. Este extrañamiento permanente explica las características desconcertantes de su escritura, que he intentado bosquejar sucintamente.
viernes, febrero 14, 2025
lunes, enero 27, 2025
Una Teoría del tacto y la descarnación humana
Revista Aullido
Escribe | David Marroquí Newell
Teoría del tacto. Fernanda García Lao. Editorial Candaya. Revista Aullido, Literatura y Poesía.
Editorial: Candaya (2023)
Nº de páginas: 128
ISBN: 978-84-18504-64-8
Autora: Fernanda García Lao
Idioma original: Castellano
El mundo nunca fue ingenuo. Uno nace y se incorpora a un asunto cruel, en movimiento. Hay que correr para subir o atajar los golpes. Saber caer.
Correr, atajar los golpes, que casi siempre son inesperados, inatajables, o tal vez nos dejamos recibirlos, muchas veces porque pensamos que los merecemos. Saber caer, por supuesto; y saber levantarse para acabar, probablemente, cayendo de nuevo por otro golpe, a veces, el mismo que no pudimos atajar la primera vez y que la segunda, tampoco. Es la rueda de la vida. Uno llega a ella in media res y se marchará de la misma forma. Mientras tanto, mientras la vida de cada uno de nosotros acontece, acontece la de los demás, condenados a entendernos y obligados a llevarnos.
Teoría del tacto (Candaya, 2023) es una obra que, aviso a navegantes, no contiene aguas tranquilas. Pese a la brevedad de los relatos que componen la obra —son unos veintinueve relatos de los cuales el más extenso «Mis dos hemisferios» tiene siete páginas y media, probablemente el doble que el segundo más largo— no se presta para una lectura continuada. Cada relato es una arremetida de la que hay que saber levantarse para recibir la siguiente, tal y como les pasa a los personajes de cada historia, que a duras penas se arrastran para continuar.
Fernanda García Lao abre una puerta hacia una oscura habitación, enciende una linterna y, alumbrando sus rincones, nos presenta uno a uno aquellos monstruos escondidos en la trastienda que tanto avergüenzan a la humanidad. El drama de ser humanos recorre con nosotros cada página que pasamos de Teoría del tacto y esto hay que hacerlo de a poco, masticando bien cada relato y que no se nos atragante el horror y el absurdo humano.
Hija del periodista y escritor Ambrosio García Lao, Fernanda ha estado cerca de la cultura desde muy joven. A los diez años se tuvo que marchar junto con su familia de Buenos Aires a consecuencia de la dictadura para acabar recalando en Madrid, donde cursaría sus estudios desde la primaria. Volvería más tarde a Buenos Aires, donde se formaría en artes escénicas y se dedicaría al teatro tanto allí como en Madrid. Es una escritora que se ha movido entre las dos orillas del Atlántico y es algo que retrata muy bien en el relato «Mis dos hemisferios», el cuento que cierra Teoría del tacto y en el que se ve claramente la impronta autobiográfica de la autora y un ancla perfecta para cerrar la obra. También podemos apreciar su pertenencia a distintos lugares en las localizaciones de sus relatos, que van oscilando entre España y diferentes lugares de Latinoamérica.
Mis padres resuelven no vender el departamento, dejar todo como está. Por si acaso. Dudan de conseguir empleo en un lugar donde nadie los conoce. Hasta las toallas en el toallero, es la consigna.
La emigración es algo que aparece en otros relatos, como por ejemplo en «Las crueles», uno de esos relatos del libro que tiene un corte más surrealista. Y es que los relatos utilizan un lenguaje poético, de corte surrealista en muchas ocasiones, añadiendo capas de significado a los temas que atañe. Estos temas, como ya he mencionado anteriormente, son temas oscuros dentro de la psiqué humana. Si no son el tema principal de la obra, sí que permean las historias de manera transcendental.
Transversalmente, sin lugar a dudas, tenemos la soledad y la búsqueda de identidad. Los personajes de Teoría del tacto son personajes que sufren de desamparo, estén o no cercanos a seres queridos, pero en su interior sufren un alejamiento que los aísla. Hay mucho de incomunicación entre ellos y las relaciones humanas frustradas es uno de los ejes vertebradores de la obra. No importa que pueda haber o haya habido amor, ese amor puede no ser algo bueno o positivo, un amor condicional o un amor mal entendido.
El vacío es prácticamente un personaje más del libro. Siendo los relatos independientes entre sí, se podría decir que es el único personaje que aparece en todos ellos y, por tanto, el protagonista de Teoría del tacto. La propia palabra «vacío» o palabras sucedáneas aparecen en casi la totalidad de la obra, y de no aparecer, se intuye su fantasmal presencia que siendo despojo, a todo despoja. Tengo mis dudas de esta presencia, por ejemplo, en «Titanio», donde hay una ausencia velada, pero ese vacío es mitigado por una nueva vida; y en «Segundo acto», un relato (no el único) que se sale de la tónica más general del libro.
Toda una vida con una mujer para pensar en otra. Cincuenta y tres años con sus respectivos amaneceres desperdiciados junto a la que fue mi señora. Un instante con Velia bastó para borrar, como una mancha de aceite que se expande desde el centro y no encuentra bordes, mi vida con Clelia. Hice lo que pude para olvidar, pero qué emoción aquel día. Mi mujer en su cajón, rodeada de calas. Y Velia que viene hacia mí.
Los personajes de Teoría del tacto son seres hendidos por los envites de la vida, personas a las que se les ha pasado su tiempo, hombres y mujeres que han elegido mal o no han podido elegir y han vivido una vida miserable y triste o han sido sus caminos los que les han llevado a los lugares pedregosos en los que tropiezan. Tenemos, por ejemplo, a la joven que vive marcada por el abandono de su padre y no es capaz de establecer relaciones estables y sale en su búsqueda para cerrar una herida de la que no es responsable; el hombre que vive toda su vida con una mujer pero verdaderamente está enamorado de la hermana de ésta; o la chica que hereda el maltrato de su padre tras la muerte de su hermana y el teatro es su isla de salvación.
Hay víctimas y verdugos, humanos incapaces de comunicarse, relaciones rotas y personajes que buscan reparar su mundo de algún modo o que se les ha hundido de manera irremediable. Algunas veces se tienen que enfrentar al lado oscuro de la humanidad entretejido con lo cotidiano; otras veces, el o la protagonista es ese lado que ha tomado el control lo suficiente como para convertirlo en normalidad.
Leyendo una reseña de otro lector sobre este conjunto de relatos, ésta habla de las situaciones intrincadas y turbias que tiene el libro y que la autora las trata con un humor ácido. Me resulta curioso que alguien vea las situaciones de los relatos como intrincadas, porque a mí me parecen de lo más reales y plausibles —con las excepciones de algunos relatos de corte más surrealistas y que conectan con el mundo más onírico y complejo de la poesía—. Porque Teoría del tacto hace eso, te presenta esa oscuridad humana dentro de la misma cotidianeidad. Hay quien lo verá con cierto humor ácido, pero el humor, de alguna forma, aparecería simplemente por el hecho de tratar el tema en sí de manera natural, dentro de una historia plausible. A mí, desde luego, el libro no logró sacarme una sonrisa, y creo que tampoco era el objetivo, sino que sus historias lograron transmitirme tristeza, desazón y aprensión de una manera muy acertada mostrándome un mundo que realmente tenemos a nuestro alrededor.
He parido cosas del tamaño de una almendra, justo yo, que soy alérgica.
El eje de toda la obra, como hemos mencionado, son las relaciones interpersonales. Pero dentro de esto, el sexo es fundamental. En la mayoría de los relatos hay referencias al sexo, de una u otra forma, pero exceptuando el relato que abre el libro, «La gracia del mundo», el sexo no es sinónimo de placer, sino todo lo contrario. Las relaciones sexuales en los relatos de Teoría del tacto son sinónimo de frustración, vergüenza, trauma, pecado, culpa, insatisfacción, violación e incluso de explotación sexual. No existe el sexo como goce. En el relato más corto de esta colección tenemos a una chica obligada a prostituirse por la única pariente que le queda; un hombre que tiene sexo por despecho con una joven prostituta mientras piensa en su ex y que, de nuevo por despecho, falta de amor propio y un poco de casualidad, acaba él prostituido; una enredada situación entre un actor porno que ya no goza de su profesión y una joven virgen cuya pureza y anatomía íntima es expuesta por su madre a todo aquel que pasara la tarjeta; una mujer que, con una evidente tristeza, intenta reavivar la llama de su matrimonio a través del juego de disfraces. La violación y la pederastia hacen su presencia mediante un trauma onírico en «Cajonera» y es mencionada de pasada en «Yeso».
Yo había notado que la niña, una rubia bellísima de cinco años, se restregaba ahí abajo cada vez que podía. Nunca imaginé el motivo. La cocinera me mostró unas fotos que el señor llevaba en la billetera, ninguna decente. Se había encaprichado con la niña. La vestía y desvestía, la ponía en actitudes, despertó su libido. La niña sólo quería sentarse encima de él, sentir la cosa.
Sí voy coincidir en destacar con otros lectores y lectoras en lo que respecta al último relato, «Mis dos hemisferios». Como mencioné anteriormente, es muy buen relato para cerrar el libro. Desde luego es un relato que está en mi podio, aunque igual es muy atrevido decir que es el que más me ha gustado porque hay varios que le competirían dentro de mi gusto. Tal vez lo que me guste de él es lo que le hace destacar, esa ruptura con todos los demás, repentina, justo antes de cerrar el conjunto de narraciones. Es, además, un relato muy personal —no es el único, a mi parecer— que trata sobre la emigración y el sentimiento de vivir dividida entre dos tierras. En él Fernanda García Lao se abre en canal y cuenta la historia de su familia y su experiencia como persona migrante por necesidad, por estar su padre en el punto de mira de la dictadura argentina. Creo que es muy buen relato para cerrar el conjunto porque, primero, es el más largo de la serie y se percibe muy bien como cierre, y después porque el tinte autobiográfico que tiene te hace sentir más íntimo con la autora, como una despedida.
Somos un árbol del revés: las raíces al descubierto.
«Mis dos hemisferios» nos muestra a la Fernanda García Lao que es y su vida en pocas palabras, en frases cortas componiendo de corrido un relato que es su construcción personal y toda su historia, la de su familia, de una escritora entre dos mundos, entre dos hemisferios contrapuestos y superpuestos. Y con esto me quiero despedir, con las raíces al descubierto con todo expuesto, absolutamente descarnados, abiertos con los sentidos a flor de piel, con todo nuestro tacto, al menos en la teoría.
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