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miércoles, febrero 05, 2020

El tormento más puro, reseña

Cultura
LIDTERATURA // RESEÑAS
Sábado 14 de diciembre de 2019
LA IZQUIERDA
DIARIO

El tormento más puro, de García Lao (o placeres y fobias de la sociedad actual)
La escritora argentina nacida en Mendoza nos trae un conjunto de relatos cargados de ironías, magia, muerte y amor. Una escritura que muta en cada libro y renace como sus personajes.

Facundo Tisera

@facu.tisera.11



El tormento más puro, título del último libro de relatos de Fernanda García Lao (2019, ed. Emecé), responde con acierto a los textos que lo contienen. Hay en los relatos un juego entre lo hermoso y lo horrendo, lo natural y lo siniestro, lo real y lo fantástico, que condensan el espíritu de los escritos.

Son 36 relatos, la mayoría breves, en los cuales la autora sorprende por su capacidad para alterar el orden natural de las cosas y conducir las historias hacia lugares inesperados.

Leyendo a García Lao me pregunto acerca del realismo. ¿Será posible un nuevo realismo? Ahí en donde el realismo mágico extiende los límites hasta lo inverosímil y el realismo de Aira juega con el absurdo, ¿será posible pensar en un tercer realismo que coquetee con ambos márgenes y desafíe las leyes de lo perfectamente posible? Pareciera que la autora construye un nuevo horizonte: sus personajes llegan hasta el final de las cosas y eso muchas veces parece un juego fantástico.

Las temáticas son variadas: muñecas parlantes que se hermanan, ardillas que son adoptadas por una adolescente, cerebros que son robados de una universidad, una mujer que se enamora de un maniquí, una anciana negada a dejar herencia, un triángulo amoroso nacido de un viaje en barco, un velorio sobrevolado, etc. La inventiva parece no agotarse.

Lo interesante de los textos es que a pesar de parecer inverosímiles actúan como piezas reveladoras de realidades que son cotidianas. Y es que los protagonistas van al fondo de sus síntomas y se bañan en lo bizarro. Son puertas que una vez abiertas no pueden cerrarse. Al respecto, si me permiten una sugerencia, lean primero el cuento “Ácaros”. El mecanismo es representativo. Aquello que vemos a conciencia una primera vez no puede volver a mirarse con inocencia.

En general la línea que sobrevuela los relatos es la cuestión de la familia, el linaje y la descendencia. García Lao tiene un estilo muy propio y da la sensación de que en “El tormento más puro” no se privó de nada. Juegos de palabras, deformaciones del lenguaje (confieso que Dislexia es un cuento que me hubiese gustado escribir), verdaderos fragmentos de escritura poética y, sobre todo, una narrativa poderosa que se rompe constantemente con imágenes potentes que espabilan sin dejarnos dormir en la prosa.

Se trata de un libro en apariencia ligero -dada lo longitud de la mayoría de los textos- pero cargado de realidades condensadas. En “El tormento más puro” Fernanda García Lao presta su ojo clínico para desnudar a una sociedad cada vez más compleja.

Entrevista a Fernanda García Lao
Por Tomás Villegas
El Diletante

Pergeñando cuerpos y familias anómalas, deseos incestuoso y voraces, Fernanda García Lao (Mendoza, 1966) le ha dado voz a El tormento más puro (Emecé), su nuevo libro de cuentos. Relatos –por lo general de corto aliento– que hacen del lenguaje, la muerte, el deseo, el incesto y el cuerpo su materia viva.

Niños sádicos que comen serpientes y lamen arañas antes de besar a sus noviecitas; hombres que copulan con pianos; mujeres que forman familia con maniquíes; padres que piden distanciarse de sus propios hijos; babosas que se hospedan en el estómago de una empleada doméstica para mantener a raya la humedad de una mansión; jardines que se humanizan. Ante lo extraño o lo absurdo de estos textos, la racionalidad del lector desearía intervenir para frenar algunos actos, para impedir hechos, para defender ciertos personajes. En vano. Si Kafka deseaba resquebrajar con el filo de su literatura el mar helando en nosotros, García Lao nos impone un cachetazo, una afrenta a nuestro sentido común, y su carcajada irreverente avergüenza nuestros –valga la paradoja– instintos civilizados.

El tormento más puro es tu segundo libro de relatos. ¿De qué manera dialoga con el primero –Cómo usar un cuchillo–, de 2013?

Creo que la conversación sería más bien oscura entre ambos (risas). Mis cuentos se disponen en terrenos de tensión entre la obturación de la luz y cierto brillo pernicioso. Hay una búsqueda de goce, en ambos, de experimentación de la forma. Y la presencia erótica, no tanto porque relate situaciones en esa tónica sino porque el cuerpo contagia sus fragores. Me gusta que el mundo del relato esté contaminado.

"El tormento más puro" es, también, el nombre del primer cuento. El proceso de escritura se observa allí en primer plano y pareciera ser el punto de partida necesario para el resto del libro: de él (de la escritura, del lenguaje) surge el "cuerpo" de los relatos y de los personajes. Todo en este cuento, no sólo los conflictos intrafamiliares y amorosos, sino la existencia misma de la familia, se plantea como un producto o consecuencia de la escritura. El narrador sostiene, por ejemplo, que "Mis hermanos tuvieron una vida potente pero breve. Los hubiera hecho durar más, pero el cuaderno donde los escribí tenía pocas páginas".

¿Toda experiencia posible es efecto del lenguaje?

El lenguaje no sólo es un virus, es un vicio. Cuando se empieza a vivir pensando en la escritura, no hay asunto que no caiga bajo su influencia. No llevo diario, pero la escritura ficcional me nombra y me remito a ella para saber cómo me encontraba en tal o cual libro. Aunque en apariencia esquive lo confesional, yo sé qué asunto oculté ahí, en cada texto. Por otro lado, el lenguaje es el tema. Con él hacemos sentido. Y, por alguna razón que desconozco, he asociado desde el principio al lenguaje, no sólo con la revelación, sino con el cuerpo. Las palabras son táctiles para mí. Y respiran.

Hay diversos pasajes en este primer relato que exhiben a personajes que se independizan del yo que los enuncia. El narrador los escribe, se desinteresa momentáneamente de ellos para luego retomarlos u observar su desarrollo. El soplo escritural o literario les ha otorgado una vida propia, con cierta autonomía respecto de su creador.

¿Qué tipo de vínculo establece un autor/a con sus personajes?

Creo que en ese cuento dejo en evidencia que sospecho de los personajes. Es decir, cada vez me hace más ruido la definición. Esta especie de convención que dice que uno construye al personaje, vengo del teatro, me cansa. No necesito eso porque no sigo la lógica del realismo, más bien creo en las apariciones. No llegan a ser ni siquiera personas estos seres. Aunque persona es voz, el agujero de la máscara griega por donde sonaba el actor, prefiero eso, que suenen. Que sean lenguaje o ruido. Y mejor no instalar la idea de la construcción, que es una lata.

La muerte asoma en la mayoría de los cuentos, pero como un acontecimiento más. Sin grandes escándalos, sin espectacularidad y, sin lugar a dudas, ajena a toda solemnidad. En el relato "Tan de cerca" una mujer comienza a "ahuecarse" el cuerpo con intervenciones quirúrgicas. Primero, por cuestiones de salud, y luego por una suerte de compulsión.

La protagonista de "Tan de cerca", sin morir exactamente, es una de las que más se acerca al fin de una experiencia humana. ¿Coincidís?

No sé si coincido, pero me encantan tus observaciones. A ver. En esta suerte de higiene pálida promovida por el capitalismo digital, tener un cuerpo enfermo es casi una perpetración delictiva. Por no enfermar o envejecer se realizan todo tipo de acciones delirantes. Además, somos impacientes. Ya podemos adelantarnos y saber de qué vamos a enfermar. Leí sobre una actriz que había decidido operarse para no morir de cáncer de mama, que no tenía, pero del que había sido advertida por algún mediquillo oracular, y así nació el cuento. Pero es verdad, la muerte ronda el relato. La muerte es pérdida, entre otras cosas. Así que tenés razón. Ella se aniquila en cuotas.

La niña de "El día que murió papá" parece estar vacía de emociones o sentimientos ante la muerte del padre. La noticia la encuentra en casa de su amiga Emma. Su madre se lo comunica por teléfono:

"–Tu papá se murió

–Bueno

–Cómo bueno. Vení urgente para casa"

En todo caso, el proceso de la niña es un proceso corporal puesto que casi en simultáneo tiene su primera menstruación.

¿Creés que esto se debe a que la psicología está profundamente arraigada en el cuerpo del personaje o al hecho de que el cuerpo (en este y en muchos de los relatos) pesa más que la psicología?

La psicología no sirve para escribir ficción, tampoco la moral, así creo, un relato no se pueda pensar por fuera de la lógica de la literatura. La muerte del padre me pasó a los dieciséis, entonces aprendí que no hay reacciones previsibles y que si las hay no me interesa escribirlas. Que cada duelo es particular. Y por otro lado, la muerte de la palabra padre habilita a la hija a ser, a constituirse. No siempre en sentido literal, claro. Pero en ese relato, la incomodidad de la propia sangre anula la noticia terrible. El cuerpo de ella puede más, aunque también sea negado hasta la escena del final.

La presencia de algunos niños/as terribles, el clima siniestro, lo cruel y lo absurdo de algunas tramas evocan una tradición rioplatense que se remonta a Felisberto Hernández, a Quiroga, a Silvina Ocampo. ¿Han influenciado de alguna manera estos autores tu literatura?

Te digo sí porque me gusta pensarme en esa tradición, sentirme pariente. Aunque empecé a escribir muy temprano sin haberlos leído. Yo me inicié a los dieciséis leyendo a Genet, a Beckett, a Ionesco. Y bueno, toda la tradición picaresca española. Mis primeras lecturas a esa edad incluyeron a Pizarnik y a Borges. Luego aparecieron los demás. Al regresar a Argentina descubrí ese otro mundo que devoré locamente. El de la oscuridad rioplatense.

En "El postizo" la cabellera artificial de la abuela que la protagonista usa resulta ser una asesina, pinchando mortalmente traseros, degollando... ¿Qué relación percibís entre el humor y la muerte?

El humor es hay algo muy genuino en mí que he trasladado a la escritura, no sé de dónde vino, pero lo practico desde que tengo memoria. Supongo que la lectura del teatro del Absurdo, sumado a Gombrowicz, a Bierce, a Quevedo, no hizo más que acentuar mis naturales instintos hacia ese terreno. Descreo de la solemnidad y el humor me parece muy cercano a la poesía, en la dislocación del sentido aparece. Reírse de la muerte es un modo de combatirla. Además, disfruto y encuentro humor en algunos autores considerados terribles. Kafka me hace reír.

Los personajes de El tormento más puro se muestran tensionados entre el poder del lenguaje y su cuerpo (por lo general, animalizado). En "Diablo salía de noche" a una mujer que sobrevive a un accidente la médica le aconseja que exprese su trauma, que no permanezca muda: "La doctora insiste con que lo escriba. Que cuente la desgracia. Así el dolor pierde potencia en el organismo y se muda a las palabras. Parece que son más duras que el cuerpo".

¿Qué anudamientos se traman entre la lengua y el cuerpo?


Esas ideas surgen en la escritura, pero luego resultan casi preceptos para mí. No sé qué anudamientos se traman, pero sé que la lengua y el cuerpo se alían de un modo bien profundo, que se provocan. Más allá de cualquier razón que pueda improvisar ahora, hay algo que hace la palabra fuera de su cáscara que impacta en los sentidos. ¿La palabra es una parte del cuerpo o viceversa? Aún no me decido.

Más allá de que los relatos de García Lao no tengan un anclaje en temáticas sociales, ni pretendan ser formas de denuncia cultural, hay polémicas, problemáticas político-sociales que los atraviesan. Por ejemplo, los estigmas sociales y prejuicios con los que la clase media piensa a las culturas populares en "Útero fácil". En "Cuánto vive un óvulo" la supuesta intención de un hombre es exhumar a su mujer muerta para fertilizar un óvulo, lo único que ha quedado vivo de ella.

En "Cuánto vive un óvulo" la idea de que la mujer no es dueña de su cuerpo ni siquiera muerta, de que es utilizada solo en función del deseo del hombre es una lectura, creo, posible. ¿Coincidís?


Bueno, sí. No somos dueñas aun, estamos en manos del Estado. Sigue siendo muy perturbador para varios el asunto de reclamar por la potestad del propio cuerpo. Y la ciencia, por otro lado, se las ingenia para sortear, o intentar al menos, los límites de lo posible. La otra cuestión es hasta dónde llega un hombre con tal de no desaparecer, de ser padre, de perpetuarse. O hasta dónde llega para acostarse con su cuñada, porque el asunto del embrión parece una excusa, ¿no? La soledad del varón es un tema inquietante.

En una entrevista definiste a un Best seller como "Un objeto de fácil acceso". ¿Cómo definirías a El tormento más puro?

Ruta sin señalizar. Profusión de túneles.

Retomando el "Decálogo del perfecto cuentista" de Horacio Quiroga, ¿qué máxima no podría faltar en el decálogo de la cuentista García Lao?

Tiro una mínima, para no esquivar la pregunta: Con sufrir no alcanza.



El tormento más puro

VERANO/12, Página/12
25 de enero de 2020

EL CUENTO POR SU AUTOR
Por FGL




Si hay un territorio idealizado es el de la infancia. Se dice, equivocando mil veces la fuente, que la patria es la infancia. Como si con eso bastara para calmar el desequilibrio que significa aparecer en un mundo armado y demencial que no te necesita. En la infancia descubrimos el miedo, lo fantástico, dudamos del tiempo y jugamos con la muerte. Pero la infancia como fenómeno burgués niega el hambre, el terror, y hace hincapié en la inocencia, mientras fomenta el consumo de actividades y fuerza la mímesis de las criaturas con sus progenitores bien pensantes. Nadie se asume idiota. Heredamos mucho más que bienes muebles, o inmuebles, problemas gástricos o disfunciones de variado tenor. Heredamos dogmas, mentiras, duelos y formas de ejercer la violencia sobre los otros, más o menos solapadas por la velocidad de existir.

Estos tres relatos breves forman parte de El tormento más puro, y hacen ancla en ese campo oscuro del principio, donde los límites son borrosos, que resulta tan fructífero para imaginar. A pesar de las apariencias, son seudo realistas.

Los hechos de “Fragilidad” acontecieron, leí la noticia en un diario local. No así el desarrollo de su intimidad, que desconocía e inventé. Lo mismo sucede con “Las parlantes”. Aunque a veces dudo de mis fuentes y me da por suponer que también fueron inventadas. “Primer amor” es fruto de una pesadilla. Soy adicta a mis sueños, de ellos extraigo la libertad que la vigilia me roba.

Elijo esta secuencia para escapar de la obligación del cuento largo, y para obligar a quien lea a saltar un poco en el vacío, aunque ese vacío no sea más que un hueco entre párrafos.




FRAGILIDAD

Leonardo tiene dos años y nueve dientes. Juega solo entre las macetas del patio. La luz del mediodía cae sobre la baldosa que ocupa. Y así, tan iluminado, parece bendecido desde el cielo.

Junto al malvón hay un ser extraño, como un muñeco largo que saca intermitente la lengua finita, nerviosa. A Leonardo le pesa el pañal, pero igual se arrastra, seducido. Gatea y la cosa se paraliza, se deja atrapar. El nene la pesca con las dos manos, la reduce y se la mete en la boca. La muerde con sus colmillos recién nacidos. Le mastica la cabeza. Oprime ese cuerpo como si fuera un demonio al que someter. El juego consiste en aguantar el tironeo. Perder un poco el equilibrio sin soltar. Las baldosas se humedecen bajo el pañal.

A la madre le resulta raro tanto silencio. Y asoma medio cuerpo por la ventana de la cocina. Lo que ve, la espanta. Su hijo tiene la cara y las manos llenas de sangre. Una víbora entre los dientes. No te asustes, Leonardito, mamá te salva.

Frente a ella, el nene se niega a abrir la boca. La madre tira, pero de una patinada se golpea contra al suelo. La cabeza de la bicha sigue adentro de Leonardo, que la muerde con felicidad. La madre teme. La víbora parece mala. El nene mordisquea un ojo. Lo desprende, se lo traga. La madre no sabe qué hacer y le golpea la espalda para que escupa. Pero no funciona.

Corre a buscar cualquier cosa. Un elemento contundente. Piensa en la tijera, pero vuelve con un martillo. Lo primero que encontró. Leonardo se asusta al verla armada y tira lejos a su presa, que cae muerta junto al malvón. La madre la golpea con el martillo para asegurarse de que ya no existe. Después, levanta al nene y busca la moto, lo sienta adelante. Acelera.

Las diez cuadras hasta el hospital parecen doscientas. Sube la rampa, sortea unas camillas y entra a los gritos. Las enfermeras de la guardia se lo arrancan de las manos. Leonardo llora fuerte, la madre no puede pasar. Los chillidos del nene retumban en la sala de espera.

La tarde se dilata en la observación de las lesiones mientras la madre moquea, desesperada. Cuando por fin se abre la puerta, un médico la calma. No hay heridas ni síntomas de envenenamiento. La sangre no era del nene. Pueden volver a casa. Si hay fiebre, paracetamol.

El regreso en moto es lento. Por ser tan valiente, Leonardo se gana un cucurucho. El sol se retira del cielo.

La puerta del patio quedó abierta y llamó la atención de las libélulas, están por todos lados. La madre las espanta con la escoba, y con su furia.

Leonardo quiere salir, pero es hora de bañarse. No desea que la madre lo moje, lo seque, lo perfume. Un pañal limpio significa que es hora de dormir, la retirada. Pero la madre sabe cómo convencerlo. Primero se bañará ella, mientras él toma la leche en su sillita.

El vapor borra rápido la imagen de los dos. La madre se mete veloz bajo el agua, corre la cortina. Se enjabona. Al cerrar la ducha, silencio. ¿Leonardito estás bien? Se asoma. El nene salió. En su lugar, la mamadera goteando.

Afuera, hasta hace un instante, la cabeza sin vida de la víbora era picoteada por un pájaro negro. Un mirlo corregía esa muerte inútil, convirtiéndola en su improvisada cena. La carne de la serpiente es blanda, deliciosa.

Leonardo salió al patio y gateó hasta la carroña con el martillo en la mano. Tenía la seguridad de un ingenuo. El ave no lo vio llegar. Por eso ahora, aletea y se desangra. Leonardo golpea como su mamá, con la boca abierta. Hay plumas negras junto al pañal.


PRIMER AMOR

Qué limpita fue tu infancia, aunque mataras insectos. Nunca te vi sucia. Y mirá que arrancar con los dientes alas de mosca no es asunto delicado. Pero usabas delantal. Los cuerpitos heridos iban a tarros de vidrio. Había que verlos de noche, qué brillo. Nos invitabas a pasar, de a uno. Cerrá los ojos y elegí. A ciegas, el bullicio crecía. Los zumbidos se enredaban. Cuando fue mi turno, señalé sin ver. Es un grillo, dijiste, tuviste suerte. Abrí la boca sin mirar. Voy a destapar el frasco, no te asustes. Escuché tu risita muy cerca. Cuando abrí los ojos, la vi. Con tu lengua infantil chupabas el cuerpo de una araña. Después la guardaste en el tarro. Ahora besame, dijiste. El terror me cerró la garganta.


LAS PARLANTES

Eran mofletudas, con los ojos fijos y las pupilas de vidrio. Los tirabuzones secos, el tronco de metal, miembros articulados. Fueron realizadas a fines del XIX. La producción de estas muñecas fue un fracaso. Demasiado raras, las boquitas entreabiertas mostraban mucho los dientes. Filas en carey diminuto, de sonrisa falsa. Algunas se vendieron, por la novedad. Estas dos quedaron sin dueño, en la vidriera de la juguetería Fingen. El dueño del local, Álvaro Fingen, se negaba a dejarlas ir. Era amigo del fabricante y por eso, su hija Rosie, de seis años, les había prestado la voz.

En cuanto salieron a la venta las muñecas, la nena cayó enferma. El infortunio mostró su perfil más macabro y, a los tres meses, Rosie murió sin decir una palabra.

Después del entierro, el cielo parecía un bache, una depresión oscura. El señor Fingen pasó en el local toda la noche, dando cuerda a las muñecas. Quería escuchar a la fallecida.

En el cuerpo de la rubia, Rosie cantaba una vieja canción de cuna. Y centelleo, centelleo, a través de la noche. Su voz era triste, distante. Parecía venir del sepulcro. A través de la pelirroja, repetía otra frase como un mantra. Según Fingen, hablaba del paraíso. Los labios del cielo dicen cosas, parecía decir. Nunca se entendió qué cosas. A la vocecita quebrada, se le sumaba el crujido de la grabación.

Se hizo rutina en él pasar la noche con ellas. Temía dejar sola a Rosie, apagarle la luz. Nunca cierren los ojos, les decía. Como si pudieran. Esperaba a que el primer rayo rozara la persiana para subir a su casa y dormir hasta el mediodía. Su mujer no abandonaba la casa, detestaba a las muñecas. Y los empleados tenían prohibido tocarlas. Renovaban la vidriera cada mes, salvo por esos cuerpitos duros de robadoras de garganta. Una junto a la otra, la rubia y la pelirroja fueron cercadas por juguetes menos sofisticados que se vendían bien: pistolas, caballos mecedora, bloques de madera, burbujas, bancos mecánicos y monos a cuerda.

Cuando nació Rosie B, la segunda hija del matrimonio, el señor Fingen dejó de visitar a las muñecas. Su mujer murió en el parto y él debía concentrarse en la sobreviviente. Pero prohibió que las parlantes fueran retiradas de vidriera.

Una tarde, el encargado rozó a la rubia con un plumero y tuvo ahí mismo una convulsión nerviosa. Se atribuyó al contacto. Quedó como extraviado, la boca seca. Fue internado. Dos meses más tarde regresó, pero nunca se recuperó del todo. Temblaba o se quedaba duro, agarrotado de miedo.

El personal comenzó a temer. Las parlantes encarnaban el horror. Si se cortaba la luz de golpe, eran ellas. Un rayón en el vidrio de color rojo, ellas. Dolores, pérdidas, ellas, ellas. Quedaron más aisladas que nunca. Los cilindros escondidos bajo sus ropas enmudecieron. Nadie giraba la manivela de aquellas espaldas. El polvo hizo un dibujo sobre sus bucles más espeso que la niebla.

Durante meses, los nenes que se detenían a contemplar la vidriera de la juguetería, lloraban frente a la visión de las parlantes. Algo siniestro, un imán amargo, hacía imposible no perturbarse delante de aquel doble rictus congelado de bocas entreabiertas. El empleado, resentido, resolvió tapar ese sector con un teloncito de corazones rojos. Pero el sol fue destiñendo el color y, al poco tiempo, el aspecto era tétrico de nuevo.

Al igual que su padre, la pequeña Rosie B se sintió, en cuanto pudo bajar al local, cautivada por las muñecas. Les pasaba un algodón cada semana para retirarles la mugre. Les cepillaba los tirabuzones con un peine chino. Y pidió que, en las tardes, le fuera servido un té para tomar con ellas en la vidriera, ocultas por el telón descolorido. Ya no quería salir, ni subir a la casa. Fingen tuvo que traer un maestro para que le diera lecciones, la nena se negaba a ir al colegio. Aprendió algunas cosas sin moverse de la vidriera, pero los asuntos mundanos no le interesaban.

Algunos dicen que, a los quince, Rosie B tenía largas conversaciones con las parlantes sin darles cuerda. Pero son habladurías. No se cansaba nunca de las frases repetidas.

Nuestro mundo habla más alto que el paraíso, cantaba con las Rosie. Las muñecas parecían menos severas, incluso infantiles. El señor Fingen se sentía casi feliz. Sus hijas derrotaban a la muerte. Él no pudo, murió bastante joven. Su fortuna pasó a Rosie B, pero ella eligió mal. Así dijeron. En lugar de quedarse con la casa y alquilar el local, hizo al revés. Los empleados recibieron un telegrama de despido.

La primera noche que pasó sola en el local, alguien forzó la puerta. Varios sospecharon del encargado, resentido por el asunto del plumero y sus secuelas. Pero no pudo probarse. Fue junto a las parlantes que el extraño la forzó, a cara bien cubierta. Ni se bajó el pantalón. Con una mano pudo inmovilizar a Rosie B, con la otra, dio cuerda a las muñecas. Pero se quedaron mudas, ni pestañearon.

En cuanto el atacante huyó, ella cerró la puerta. Nunca más puso un pie en la vereda. Vivía en la vitrina, con la persiana baja. Le gustaba la noche porque la gente está menos consciente y las rarezas se notan menos. Permanecía sentada junto a las muñecas, hablando de sus visiones. Mientras tanto, adentro suyo, se gestaba otra. Una distinta, carne nueva.

Los inquilinos de la casa le dejaban comida caliente y la asistieron en el parto. Pero Rosie B parió a una Rosie que no se parecía a las otras. Los ojos diminutos, muy pegados: parezco un pájaro. Huí en cuanto pude. Ayer me informaron que murió. Su madre murió, dijeron. Y tardé en asociar esa palabra con ella.

Hoy tomo el control, un avión. Tengo ideas. Al llegar, encuentro las persianas del local bajas. Un abogado me espera en el restorán de enfrente. Papelerío, certificados. La llave. Lo primero que hago al entrar es buscar a las muñecas. Es lo único que sé de mi familia.

La rubia estaba bajo una viga de madera que se desplomó por falta de mantenimiento. El mecanismo descompuesto, la cabeza rota. La meto en una bolsa de basura. A su lado, la pelirroja ha salvado su cuerpo. La examino. Le doy cuerda. Una vocecita antigua susurra una frase idiota. Me parece cómica, inofensiva. Decido venderla. Hago lo mismo con la casa y el local.



martes, noviembre 26, 2019

Con la furia del presente

Por Laura Bertolé
El tormento más puro
Fundación La Balandra



La escritura de Fernanda García Lao tiene una libertad extrema y El tormento más puro no es la excepción. Libertad en el sentido de que no se restringe, no se censura. Expone los órganos narrativos hacia afuera como un animal al que se le sacó el cuero después de la cacería.

Cada cuento, de los 36 que componen El tormento más puro, es una experiencia vital, un viaje no planeado y por momentos absurdo. No es liviano, al contrario, los temas que aborda son trascendentales, medulares de la existencia. La soledad, la muerte en sus distintas formas, el desamparo, la carga erótica, lo familiar, la maternidad, el secreto, son tópicos que fluyen de un relato a otro, que los desbordan y que ponen al lector en un estado de perplejidad absoluta.

García Lao logra crear, con una prosa exacta y filosa, un apocalipsis de los vínculos. Las relaciones terminan mal, porque es el único destino posible para sus criaturas atormentadas. La herencia, la genética y el azar son cargas que los protagonistas arrastran por las páginas como piedras, que los condicionan a la fatalidad, a lo prohibido y al autoboicot.

La extensión de cada historia es perfecta, lo suficientemente larga como para desplegar la destreza poética de la autora, lo suficientemente corta como para no asfixiarnos. Porque nada de lo que sucede es convencional, la locura siempre está ahí, en el borde, aunque a veces solo se insinúe. Con personajes por momentos frívolos, que aceptan su humanidad sin reservas y caen, necesariamente, en el desprecio hacia sí mismos, en la perversión o en la tragedia.

Tengo la suerte de tener varios libros firmados por Lao y “Con la furia del presente” es mi dedicatoria favorita. Esa unión de palabras refiere a ella, a su escritura, a la urgencia de decir, a crear con un estilo compacto y lúcido un mundo que reemplaza al mundo. También habla de este libro que encuentra en lo cotidiano el vértigo de las emociones, la belleza del horror en exhibición permanente.

Los cuentos desbocados de Fernanda García Lao

En El tormento más puro, Fernanda García Lao presenta un conjunto de relatos y cuentos breves que se desbocan hacia lo extraño partiendo, a veces desde el arranque, de situaciones aparentemente ordinarias.
Por Laura Galarza

RADAR LIBROS
Página/12



“Cuanto más nos miren, menos nos verán”, dice una de las chicas, mientras los amigos se visten con medias de lycra y bombachas en la cabeza para salir a la calle. “Te invito a ver un muerto”, dice el otro. Y ésta podría ser una propuesta de lectura de El tormento más puro, el nuevo libro de cuentos de Fernanda García Lao. Provocación, desenfado y una determinación de eludir los encasillamientos a la hora de narrar, son algunas de las marcas de escritura que la autora viene consolidando desde Muerta de hambre, en 2004. Siguiendo con La piel dura (2011), Cómo usar un cuchillo (2013), Fuera de la jaula (2014) hasta, Nación Vacuna (2017), entre otras obras.

Bebés trillizos metidos en una caja, muñecas con la voz de una niña muerta, otra niña que chupa arañas, el bebé que come una serpiente, la mujer que copula con el piano, un corazón humano que late en la nieve. En El tormento más puro García Lao muestra el mundo de maneras raras, lo vuelve desconcertante y obliga al lector a removerse en su silla. Porque si bien encontramos en sus cuentos mundos familiares, realistas y tangibles, estos no tardan en mutar a otra cosa. “Cada vez que Estelita sale a dar un paseo, vuelve embarazada”. O: “Tiene dos años desde hace tiempo y así será hasta que la descongelen”; “Me enteré de que papá ya no existía mientras estaba con Emma”; son algunos de los comienzos de estos cuentos que punto seguido, comienzan a deslizarse hacia un abismo que se abre dentro del texto y por ende, del lector.

Valga como ejemplo algunos de los relatos. En “Ácaros”, Lao pone la lupa sobre esos bichos diminutos, inalcanzables para el ojo humano: “Son cientos de seres consumiendo las células muertas de mi piel, gozando en la grasa de mis glándulas. Criaturas que me mastican de a poco.” También en “Las parlantes”, donde el dueño de la juguetería “Fingen”, Álvaro Fingen (sí, también humor corrosivo) presta con orgullo la voz de su hija de 6 años para renovar unas antiguas muñecas. Cuando la niña se enferma y muere de golpe, el hombre pasa toda la noche dando cuerda a esas muñecas buscando “escuchar a la fallecida”. En “Huérfanos en la nieve”, una mujer se recluye en un monasterio, un lugar de clima helado, para atravesar el duelo por su padre muerto y termina encontrándose con algo extraño. “Familia de vidrio” retrata la desesperación de una mujer que termina conviviendo con un maniquí al que llama Henri. En “Sopa” una chica sueña con una pareja que está a cien kilómetros de distancia. Y en “Útero fácil”, otra no puede dejar de embarazarse mientras su madre le dice que es su culpa (“sos demasiado erótica”).

Hay también relatos más cercanos al realismo, como “Fuera de hora”, donde un hombre se propone dejar de beber por amor. “Conmigo no cuenten”, en el que una vieja moribunda es capaz de cualquier cosa con tal de no dejar su herencia a sus familiares. O en “Casi un santo” donde un padre de familia deja la casa y camina a la deriva. (“Abandona su casa para ser un yo. No tiene un yo todavía. Pensó que estaba siendo utilizado. La mujer que dormía con él y las dos criaturas de la otra habitación eran seres hambrientos. Lo estaban devorando. Así creyó. Esos dientes le marcaban el cuerpo. Alimañas tímidas pero alimañas”).


En la obra de García Lao, lo real de la carne está en primer plano. Si el humano es - primero y antes que nada - cachorro humano, ese real del cuerpo nunca termina de quedar investido en los personajes y situaciones de estos cuentos. “Veo unas tetas entre las hojas verdes. Varios pares. Tiradas ahí en el pasto, los pezones hacia arriba” y “Bajo el jazmín, una pija grande, marroncita. Levanto la vista, descubro que el pasto del fondo está sembrado de conchas frescas.” Lao opera en el sentido de la desinvestidura del lenguaje y el orden de lo real, y lo hace, fiel a su estilo, a dentelladas, hasta un núcleo pegajoso, informe y desatinado. “Cuando entré a los baños, sangre salpicada. Como un reguero. Fui al inodoro y, sobre la tapa, el bebito”.

Otras veces, la desinvestidura opera capa a capa: “La noche en que Camelia Haus fue concebida el cielo estaba borracho. Sus padres, no. La señora Haus se quitó la bombacha sin deseo. Su marido la introdujo como quien hace un trámite bancario, es decir, con una mueca de disgusto. El amor para ellos era una palabra insulsa” ("Ebriedad del cielo"). “Cataratas en los ojos. Eso le diagnosticaron al viejo. Conocer el mundo detrás de esa corriente, flor de veladura. Un Iguazú de lejanía. Cómo iba a saber quién sos si no te veía, dijo la tatuadora mientras terminaba una serpiente azul en tu pierna derecha” (“La vida equivocada”).

Lao muestra el lado B de la humanidad, en lo que se ve cada día al abrir los ojos y obliga a mirar el terror que se oculta en aquello con lo cual se comulga. Pero lo hace sin filosofía, solo valiéndose de palabras en apariencia desbocadas, indomables. En apariencia, porque está clara la operación sobre el lenguaje que hace la autora para generar efecto emocional, apoyándose en la disonancia para crear melodía. “Arturo está vacío, el mar se sacude bajo sus nalgas. El barco avanza emitiendo sonidos de fiera mecánica. La música del salón es una flor en el suelo. Arturo la pisotea. Intenta fumar, el cigarrillo se muere rápido entre sus dedos”. Lao desenfunda la espada del lenguaje, afila y corta. Deja que corra sangre y nunca sutura las heridas. Busca mover formas fijas. Teje palabras más que una historia. Y en otros casos también, pocas palabras le bastan para trazar una historia completa: “Me quedo a oscuras en mí hasta que prendan la luz”.

Si la pesadilla es ese resto diurno que no se alcanzó a digerir, eso que le quedó atragantado a nuestro yo y que el inconsciente desviste como a una mujer lujuriosa, entonces los cuentos de García Lao también lo son. Algo que retorna desde rincones oscuros y vedados para obligar a recordar quiénes somos y de dónde venimos.

sábado, junio 29, 2019

El tormento más puro




"Los relatos que integran este libro convocan a lectores intrépidos, dispuestos a entregarse a una escritura que no hace concesiones al realismo ni a ninguna fórmula prefabricada. Desde el escritor que copula con el piano de su abuela hasta el niño que muerde a una víbora, pasando por las muñecas parlantes, la mujer congelada o el príncipe paralítico, sus personajes se mueven en un borde vertiginoso entre lo real y lo onírico, la truculencia y la risa, el erotismo y la locura.
Los universos literarios de Fernanda García Lao parecen siempre recién inventados, desplazados del sentido común, inasibles y, por eso mismo, abiertos a múltiples significados. Como E. T. A. Hoffmann, como Silvina Ocampo, como Clarice Lispector, es en lo familiar donde la autora instala el extrañamiento y el horror para fabricar estas historias únicas, dueñas de un extraño y poderoso magnetismo".

emecé 2019
Editora: Mercedes Güiraldes
Imagen de tapa: Santago Caruso

La sonrisa fantasma de una familia

Juan Mattio lee Estación Saturno (Entropía), el nuevo libro de Fernanda García Lao. Eterna Cadencia Por Juan Mattio. Se dice, en e...