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jueves, abril 02, 2026

Estación saturno, reseña en Babelia: una novela con ovnis, miserias familiares y corrupción que ve el futuro.

‘Estación saturno’ el nuevo libro de la argentina Fernanda García Lao es una narración futurista que sirve de metáfora para imaginar hacia dónde va el mundo. Por Carmen Domingo
El libro empieza con una advertencia: “Saturno fue una estación Ferroviaria del Partido de Guaminí, provincia de Buenos Aires, deshabilitada en 1977, por orden del ministro de obras y servicios públicos de la dictadura cívico militar. Desde entonces, pescadores y vecinos de la zona narraron encuentros con esferas danzantes y huellas que amanecían sin dueño. Lo atribuyeron a actividad extraterrestre”. Una zona, despoblada, alejada del todo y en la que sus habitantes deben buscar una salida terrenal… celestial o alienígena.
Tras situarnos geográficamente, empieza la novela, cuyos protagonistas son dos hermanos en un viejo coche de regreso del entierro del tercero de ellos. Al poco de iniciar el viaje pierden el gato que el fallecido tenía y que habían decidido quedarse para recordarlo. Se detienen entonces en el hotel Tiānqì, a medio camino de sus casas, para tratar de encontrarlo.
En ese hotel, de nombre chino y arquitectura inverosímil, coinciden con otros huéspedes con los que se rompen las dimensiones temporales, hablan de ovnis, y conviven con la corrupción y el engaño. Al mismo tiempo, la autora saca a la luz las miserias familiares de los protagonistas, miserias que, tal vez, pueden generalizarse, dudas, miedos, críticas... Todo ello, con una prosa, que por momentos acerca al lector a través de la descripción de acotaciones teatrales, puestas como epígrafes de los capítulos, divididos en tres grandes bloques, y que te sitúan en las distintas sensaciones a las que pueden transportarte los cinco sentidos y te hacen sentir, en cada una de sus frases, a través de cada una de las palabras, una sensación que antecede lo explicado.
Fernanda García Lao (Mendoza, Argentina, 1976), una de las autoras latinoamericanas que no podemos obviar en este siglo XXI, desarrolla en Estación Saturno, una narrativa personal —rara y original a la par, y sin duda magnética— que la sitúa como una de las voces imprescindibles de la literatura argentina. Una novela más cercana a la prosa poética que a la ficción descriptiva, una narrativa futurista que ya vimos, entre otros de sus libros, en la muy recomendable Nación vacuna (2020) donde una epidemia, muestra cómo el Estado reacciona frente a una catástrofe, lo que le sirve a la autora para reflexionar sobre el poder perturbador de la mentira política. En esta, como en otras novelas, García Lao es capaz de provocar risa y dolor con tan solo unas líneas de distancia en el mismo texto, y de hacernos creer que esas frases sin subordinadas, centradas en la sencillez de las acciones, y la economía de lenguaje, son algo más, porque son capaces de, sin florituras, llegarnos a lo más hondo del ser.
El agua lo impregna todo queriéndolo limpiar, pero solo consigue embarrar los espacios… Esa familia, esos dos hermanos de los que apenas conoceremos nada, ese muerto y la relación de los vivos con los muertos, el agua que lo impregna todo queriéndolo limpiar, pero que solo consigue embarrar los espacios… son quizás, una metáfora de hacia dónde va el mundo, de cómo nos descomponemos sin conocernos del todo a nosotros mismos, ni a los que tenemos cerca, sin saber toda la historia del que nos acompaña, o quizás olvidando la propia. De cómo, quizás, el mundo que conocemos se puede descomponer tan solo con el movimiento de una pieza.

martes, abril 28, 2015

El mal de la vigilia: Watanabe

BABELIA
EL PAIS
23 de abril 2015

Por Fernanda García Lao


Hace 70 años nació en el pueblo peruano de Laredo uno de los poetas mayores del continente americano. Aunque un poeta —me corrijo— no es un lugar, sino una lengua; entonces: hace 70 años nació para el castellano el gran José Watanabe. Tuvo una vida tan fugaz como el hielo expuesto a los rayos que derretían su poema El guardián del hielo. “Ama rápido, me dijo el sol / Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino / a cumplir con la vida”.

Pero la existencia no debiera contarse en años, sino en visiones. Y si así fuera, la suya fue generosa. No sólo con él, sino con nosotros. “Tiendo a la noche”, escribió, implicándonos en el insomnio. Y parece extraño saber de su boca que vivía de noche, con el espacio corrido, porque hay mucha luz en su materia.

Leer su Poesía completa nos enfrenta a su manera particular, un modo físico, de mirar el mundo. Porque Watanabe no sólo ve, vuelve táctiles las palabras, “Hubiera querido inscribir mi poema en todo el paisaje / pero mi ojo, arbitrariamente, lo ha excluido / y sólo vuelve con obsesiva precisión / a aquel bello y extremo problema de texturas: / el muslo contra la roca”, escribe en Mi ojo tiene sus razones. Poeta que disecciona el plano y se centra en dos ideas que conviven en su extrañeza, el muslo y la roca. De ella se guarda el detalle.

Nacido de un japonés emigrado a Perú que leía entre gallinas haikús de Basho y de una madre difícil, dos hermanos muertos lo antecedieron. En una de sus últimas notas, concedida a la escritora chilena Andrea Jeftanovic en 2007, para la revista Quimera, José Watanabe contaba hasta qué punto la muerte nacía a diario en su infancia en boca de su madre. “Me decía: ‘En ese rincón, en esa silla pequeña se sentaba tu hermanito de tres años, era muy blanco, tenía una vena azul en la frente, era castaño, y al sol su pelo era aún más castaño. Antes de morir estaba sentado ahí’. Los idealizaba mucho, ‘el sol los hacía brillar”. Empezar el mundo con la síntesis y la muerte como asunto cotidiano parece haber dejado un contraste en su poesía, entre el pudor y la pena. Mejor la noche, amparo en la oscuridad, con el mundo en silencio para hacer trepidar las palabras.

Se inicia en la escritura conÁlbum de familia (1971) para enfrentar 18 años después un libro estremecedor, El huso de la palabra (1989). Torcedor texto donde confluyen su propia enfermedad, el decaimiento y la delicada observación con la que oscilan otros seres, tan capitales como su dolencia. “Aquí está todo muerto, sólo el aire / gira levemente vivo / pero a veces se agita y mueve las plumas y las pieles / y por un segundo nos hace creer en movimientos más ostensibles / donde el águila carnicera devore al petirrojo indefenso y sólo bello / o la pantera complete su salto sobre el anca de la gacela”.

Watanabe continúa con Historia natural (1994): cauces secos, orugas y esqueletos. La belleza en la instancia original de su descomposición. Así, describe en Camposanto la rebelión de la naturaleza frente a la ceremonia del muro corrompido: “Las grietas y el desprendimiento del revoque / le han dibujado duras facciones casuales / y la columna es un ángel marcial y mutilado de alas / un resentido”. Cierra el libro con un poema perturbador, titulado ‘Arte poética’: “La palabras, o mejor, las vampiro / ya vienen volando con lujurioso suspiro / Pronto serás tú, entre gozoso y aterrado / el mamado”.

En Cosas del cuerpo (1999) hay animales y órganos secretos, úteros que humean, bocas, miedo, lechugas, reinas doctas y cuevas: “En este mundo pétreo / nadie se alegrará con mi despertar. Estaré yo solo / y me tocaré / y si mi cuerpo sigue siendo la parte blanda de la montaña / sabré / que aún no soy la montaña”.

La piedra alada (2005) y Banderas detrás de la niebla (2006) son sus últimas tentativas antes de que se derrita el hielo y caiga para él la noche. Pero es sabido, la luz refulge otra vez, cada vez que volvemos a su poesía. El mal de la vigilia se enciende leyendo.

Poesía completa. José Watanabe. Pre-Textos. Valencia, 2013. 264 páginas. 23 euros.


Para ir a la página de Babelia, click en el título.

jueves, marzo 05, 2015

Fascinación por la penumbra

BABELIA
3 de marzo 2015

El uruguayo Felisberto Hernández es un narrador sin secuelas: nadie escribe como él.
Por Fernanda García Lao



A los argentinos nos gusta pensar en la categoría de rioplatense cuando algo que ha surgido en la otra orilla del Río de la Plata nos seduce. Es un modo práctico de adueñarnos de Felisberto Hernández, de Onetti o de Levrero. Pero nuestros vecinos uruguayos saben de nuestro canibalismo intelectual y no caen en la trampa.

De los tres mencionados, el más inasible es Felisberto Hernández. Nos despierta una fascinación que no se aplaca con el tiempo, pero que permanece esquiva a las grandes ventas. Así como cada uno de sus cuentos, él mismo es un enigma. Un escritor sin secuelas, porque nadie escribe como él. Y sin precuelas, aunque uno podría emparentarlo con Bruno Schulz, por ejemplo. Otro raro, de profesión doble. Felisberto era pianista y compositor; Bruno, dibujante, retratista. Uno y otro evadieron la indagación realista y la pretensión de verosimilitud, instalando una escritura anómala, original, que parece un recorte fuera del tiempo. Literatura claustrofóbica la de Hernández, escindida de cualquier contexto social. Frenesí lírico la de Schulz. Ambos se sumergen en la infancia con digresiones fantásticas que incluyen muñecas o maniquíes, extravagancias temporales y, también, hombres tímidos con delirios de grandeza.

En su Explicación falsa de mis cuentos (1955), Felisberto escribió: “En un momento dado pienso que en un rincón de mí nacerá una planta. La empiezo a acechar creyendo que en ese rincón se ha producido algo raro, pero que podría tener porvenir”. Además de negarle a esa creación en ciernes una conciencia de sí, una lógica, le pide “que no ocupe mucho espacio, que no pretenda ser bella o intensa, sino que sea la planta que ella misma esté destinada a ser, y ayudarla a que lo sea”. En ese texto, además, introduce una figura: la del contemplador. No hay escritor, sino alguien que contempla cómo crece esa intención de cuento.

Los narradores de sus relatos también miran, a veces implicados, otras desde afuera. Sucede que el disparador de sus ficciones suele ser una imagen: “Primero se veía todo lo blanco” (El caballo perdido, 1943), “En mi último año de escuela veía yo siempre una gran cabeza negra apoyada sobre una pared verde pintada al óleo” (‘Menos Julia’, Nadie encendía las lámparas, 1950), “Al lado de un jardín había una fábrica y los ruidos de las máquinas se metían entre las plantas y los árboles” (Las hortensias, 1949).

Nacido en Montevideo en 1902, Felisberto Hernández comenzó a estudiar piano antes de los diez años. Y no puede evadirse el hecho de que se dedicó algún tiempo a musicalizar películas mudas. Había escasez económica en la familia. Entonces, las imágenes en silencio eran convertidas por él en sonido, reinventadas en el teclado.

Sin trama, aunque enlazadas en la oscuridad de un cine, los fotogramas dan cuenta del enrarecimiento, la música pasa a ser una respiración que alienta o ralentiza la acción, según el criterio del pianista. Felisberto era un intérprete de escenas ajenas, oscuras. Más tarde, los conciertos en teatritos, la actividad errante. Estadías breves en pueblos, ciudades chicas o balnearios. La escasez de luz se repite en sus ficciones, hay organismos solitarios de visita y uno debe habituar las pupilas a la escasez de iluminación para entrever la forma. Los cuentos parecen nacer del deseo de encender levemente esas zonas desatendidas, donde no hay vestigio concreto de lo acontecido sino una emisión tibia de lo que ya no es. Mirar hacia atrás se parece a matar el presente. Sus personajes parecen ideas sin tiempo. Objetos, seres, muebles o pensamientos conviven en el mismo escalafón de realidad. Como apariciones veladas, absurdas, en sus relatos se cruza una extraña memoria doméstica de las cosas, con cierta penumbra irracional. Los personajes tienen pensamientos extraños, se desconocen. A veces, el amor es el modo de adormecerlos: “Esa misma noche le confesé que mirándola descansaba de unos pensamientos que me torturaban”. Y entonces, interviene lo inesperado, el narrador le manifiesta a la misma señorita que “mi cabeza era como un salón donde los pensamientos hacían gimnasia, y que cuando ella vino todos los pensamientos saltaron por la ventana” (Las dos historias, 1950). En otras ocasiones, la ausencia de amor provoca escenas enrarecidas, como las que atesora Horacio, el protagonista de Las hortensias, un coleccionista de situaciones perversas que incluye muñecas en vitrinas y cuerpos llenos de agua caliente.

La vida amorosa de Felisberto Hernández había comenzado con un matrimonio convencional y después se orientó hacia lo imprevisible. En 1947, después de un segundo divorcio, conoció en París a África de las Heras, o María Luisa, o Ivonne, tales los seudónimos que utilizaba indistintamente la veterana de guerra y espía del KGB que lo conquistó con fines estratégicos. África debía crear una red latinoamericana dedicada al espionaje y el escritor montevideano le servía de tapadera. Ella simuló ser modista y lo sedujo sin pérdida de tiempo. Se casaron en Montevideo al año siguiente y fueron infelices durante dos años. Él nunca supo de las actividades de ella, aunque las labores de la señora Hernández parecían creadas por la imaginación de Felisberto. África transmitía en clave mensajes desde Montevideo a través de una máquina denominada Enigma. “Estando bien las máquinas, no hay ningún inconveniente”, escribió él en el pasaje final de La casa inundada. “A la noche muevo la palanca, empieza el agua de las regaderas y la señora se duerme con el murmullo”.

Hubo más amores, y después, el reconocimiento. La leucemia dijo basta en 1964. Pero quedaron sus cuentos, sutiles pesadillas que gatean despacio a la hora del crepúsculo.

En el tomo I de las Obras completas del escritor, publicadas en 1983, aparece esta autorreflexión de Felisberto sobre su obra: “Creo que mi especialidad está en escribir lo que no sé, pues no creo que solamente se deba escribir lo que se sabe. Y desconfío de los que en estas cuestiones pretenden saber mucho, claro y seguro. (…) Me seduce cierto desorden que encuentro en la realidad y en los aspectos de su misterio. Y aquí se encuentran mi filosofía y mi arte”.

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La sonrisa fantasma de una familia

Juan Mattio lee Estación Saturno (Entropía), el nuevo libro de Fernanda García Lao. Eterna Cadencia Por Juan Mattio. Se dice, en e...