Fernanda García Lao
miércoles, julio 08, 2026
La sonrisa fantasma de una familia
Juan Mattio lee Estación Saturno (Entropía), el nuevo libro de Fernanda García Lao.
Eterna Cadencia
Por Juan Mattio.
Se dice, en el comienzo de esta novela, que Saturno fue una estación ferroviaria del partido de Guaminí, provincia de Buenos Aires, deshabilitada en 1977 por orden del ministro de Obras y Servicios Públicos de la dictadura cívico militar. Se dice, también, que desde entonces pescadores y vecinos de la zona narraron encuentros con esferas danzantes y huellas que amanecían sin dueño. Y que los hechos fueron atribuidos a actividad extraterrestre.
Esto, que bien podríamos leer como una advertencia, sirve como marco donde suceden los hechos de esta novela. ¿A quién le suceden? A una familia, a dos hermanos, a una madre, a un muerto. La estructura fantasmal de la Historia, así con mayúscula, es donde se inscriben los hechos de la estructura fantasmal de la historia familiar, así, con minúscula. Conviene que lo tengamos en cuenta.Estación Saturno narra, en apariencia, el regreso a casa de dos hermanos después de haber enterrado a un tercero en su pueblo natal. Estamos frente a las vicisitudes del duelo. A lo alarmante, como decía Barthes, de su intermitencia y de sus contradicciones. Escribe Lao: “Juega con los deudos, la muerte. Piensa en la palabra deudo. ¿Quién es el acreedor?”
Pero Estación Saturno también cuenta la familia como un misterio. Esta familia, de una sola madre y tres padres, donde los hermanos se acercan y se alejan como por oleadas, donde el secreto se establece como el mecanismo regular de la herencia, y donde es imposible trazar líneas claras, legibles, con el pasado. Lao escribe: “La sonrisa fantasma de una familia y su hipoteca, que el tiempo erosionó”.
Pero Estación Saturno también cuenta el nudo que existe entre muerte y fantasma, porque todo duelo funciona como una espectralización del presente, de sus eventos cotidianos, del ahora. La muerte y el fantasma rompen el tiempo, lo desarticulan, y entonces: ¿es esa imagen en el espejo del baño la imagen del hermano muerto? ¿Es posible que sean, al mismo tiempo, las cinco y media, las dos y cinco, las cuatro y diez? ¿Que en casa de mamá haya pasado una semana mientras que acá, en el hotel, apenas una noche? Lao escribe: “Las cosas no existen a la vez, ocurren salteado. El tiempo es discontinuo”.
Y también cuenta los cuerpos que es como decir el sexo y la sed y el cansancio. Porque es importante entender que, en una historia de fantasmas, los cuerpos importan tanto como las visiones espectrales y etéreas de los ausentes. El cuerpo de la hermana que, como método ante la tristeza, busca en breves y solitarios placeres una estrategia de supervivencia. El cuerpo del hermano vivo, que bebe y se aturde para disminuir el mundo. El cuerpo de los extraños –a veces atractivos, a veces repulsivos – como una comprobación nítida, irrefutable, de que el otro, el hermano muerto, está realmente muerto. Lao escribe: “Cada orgasmo es un recurso técnico contra la angustia”.
Y todo esto sucede en un espacio liminar, transitorio, donde un hecho contingente –volver a casa después del funeral del hermano – toma la espesura de un hecho definitivo. No la muerte, no el hermano muerto, lo que parece volverse definitivo es el tránsito, el volver del pueblo a casa, ese trayecto. No hay forma de llegar a ningún lado. Ni hay forma de volver. Solo queda el paisaje rural, los desconocidos, el absurdo. Pero nada hay de prescindible en esa lluvia, en esa ruta, en ese auto, en ese hotel al paso. Es como si el mundo todo se hubiera disminuido, achicado, y ahora fuera posible retenerlo en un único punto. Pliegues del espacio que son, también, pliegues en el tiempo.
En esa contingencia definitiva los hermanos se encontrarán con desconocidos: Chi, la mujer doble que atiende el hotel; el capitán retirado Minor, devenido doctor investigador en torno a la traumatización de los abducidos; Siria, técnica en ovnitología y contactismo, y una pareja de jóvenes suecos que buscan actividad extraterrestre en sus viajes por el mundo. Personajes escurridizos, tangenciales, que llevarán a la pareja de hermanos al interior de su propio deseo, pero también al rechazo y la repulsión.
El orden que construye Lao para el relato es, a su vez, un modo de decir: cualquier orden que intentemos dar a la experiencia es artificial, cualquier contorno que queramos conquistar para el pensamiento es sintético: lo que se ve, lo que huele, lo que ata, lo desnudo, lo que se precipita, lo aislado, lo que es cloaca.
Esos subtítulos funcionan como un llamado a que se narre la historia sí, pero desde ángulos y perspectivas y desplazamientos. No se narra lo que pasa –porque eso, como sabemos, es imposible – sino efectos múltiples de una serie de acontecimientos en cuyo centro está la pérdida.
Por eso es válido decir que Estación Saturno es una novela sobre el más allá, pero, también, sobre todo, sobre el más acá. Donde los horizontes sobrenaturales conducen, una y otra vez, al espacio interior de esa pareja de hermanos enredados en el secreto familiar y en el duelo por el hermano muerto. Es como si Lao nos dijera que, al fin y al cabo, no hay lugar más ambiguo, menos realista, más cargado de sombras que la propia intimidad.
Pero, como decíamos al principio, la estructura fantasmal de la historia familiar funciona como una caja de resonancias de la Historia, con mayúscula, donde Saturno no es el sexto planeta contando desde el sol, sino, más bien, un espacio de nuestro país, uno entre muchos otros espacios, donde el mundo extravió su condición habitual, donde el tiempo se salió de quicio, donde la locura se desató. La aparición de un fantasma suele ser, en la literatura, una demanda de encauzar eso que está torcido en el tiempo, eso que perdió su dirección.
Lao escribe: “La única forma de regresar a la cordura es volviendo al lugar donde se la perdió”, y es cierto. Pero ese regreso, necesario y obligatorio, guarda una única amenaza: que el viaje no termine nunca.
Fernanda García Lao Juan Mattio
Estación Saturno
EL DILETANTE
Ariel Pavón
Eran tres hermanos, pero uno de ellos murió. Dejó un gato, que la hermana insistió en conservar. El gato y los hermanos van ahora por la ruta, ella quiere volver a su casa, él quiere apurar el trámite de llevarla. Ambos se alejan de Estación Saturno, un caserío cerca de Guaminí, provincia de Buenos Aires, donde crecieron y de donde ella se fue; donde quedó el sepultado y donde la madre sigue viviendo.
Estación Saturno está dividida en tres partes, cada una de las cuales contiene capítulos divididos, a su vez, en entradas sustantivas como Lo que se ve, lo que se huele, lo que se oye, etc., mojones de atención que se hunden en el suelo fértil del trauma. La muerte del hermano es incesante, y los que salen de Estación Saturno no están de viaje, en realidad, sino de huida.
Paran a cargar el tanque y el gato se extravía o es robado. Los hermanos se lanzan a una persecución que los llevará hasta el Tiānquì, un hotel que podría ser también casa de té, centro de convenciones o “telo con equipo interestelar”. Allí conocerán a dos parejas, reunidas en el lugar para el avistamiento de OVNIs y otros fenómenos astrales, bajo la dirección de Minor, Capitán retirado, locutor radial y ufólogo, un sujeto avieso, provisto de axiomas para impugnar toda verdad demostrable. Los encuentros y desencuentros por las instalaciones del hotel se multiplican, entre arrebatos sexuales, alteración del tiempo, juegos de espejos y espejismos; la realidad trastabilla, deriva, no tanto hacia lo paranormal como hacia el artificio, y todo el hotel acaba por sugerir una maquinaria escénica comandada por Minor al servicio de la confusión, “...una prueba piloto. Un micromundo sexualizado de gente en deuda”.
Pero entre bucles temporales y alucinaciones, el centro de gravedad sigue siendo para los protagonistas la ausencia del hermano muerto y la de los otros muertos de la familia, administrada por una madre de rigurosa presencia, garante final de un tiempo que se “ha salido de sus goznes”, ausencia alrededor de la que los hermanos giran enloquecidos, ensanchando el sentido del epígrafe de Macedonio: “Hemos muerto ya miles de veces”. Devorados por nuestro padre Saturno, podría agregarse, porque García Lao selecciona y dispone los nombres propios como huevos de los que nacen animales indisciplinados que se acoplan con sentidos sugestivos y proliferantes.
Estación Saturno, que se inicia como promesa de relato de viaje, de aventura rutera, incluso astral, se inclina pronto hacia la comedia de puertas, un vodevil de espacios siderales que pone en escena los mecanismos de manipulación de todos los negacionismos y el peso intolerable del duelo: “Juega con los deudos, la muerte. Piensa en la palabra deudo. Quién es el acreedor”.
Un párrafo al azar muestra cómo la prosa de García Lao es una voz con identidad propia, que esquiva, con precisión y gracia, todos los lugares comunes: “Bajo la lluvia el mundo se extraña de sí mismo. Se desconoce. Tiene ganas de ser otro, el mundo. La materia depende de la convicción de sus partículas. Bajo la lluvia, nada es lo que era. Los pozos cambian de estado. Se les transforma la voz. Un pozo seco es un grito. Lleno, un vacío sin puntuación. Los animales se refugian, el campo queda desnudo”. El encadenamiento de frases como estocadas, cortas y cortantes, que golpean desde ángulos impredecibles; los detalles erráticos; los párrafos como constelaciones que retienen la disgregación. En García Lao los significantes juegan su propio juego de repeticiones, de equívocos, de resonancias, y el humor, de greguería, es condición fundante de lo conceptual.
Como en Nación Vacuna, en Estación Saturno García Lao vuelve a hacer una intervención poética que es política, sobre un presente dominado por lo alucinatorio, contra el que apunta y dispara el rayo de la imaginación. Y lo hace en una novela compleja, bizarra, divertida, que alcanza –a través de su descarada esgrima sintáctica– una densidad estética que, en tiempos de ceñuda frivolidad, constituye una de esas anomalías que estimulan la relectura, y la recompensan.
1 de julo, 2026
“La literatura no cura, pero desplaza las pesadillas”
Diario Clarin
Fabiana Scherer 31/05/2026 13:00 Una estación ferroviaria clausurada durante la dictadura se convierte en el centro simbólico de Estación Saturno. La autora argentina residente en España explicó cómo la novela mezcla ciencia ficción y una exploración sobre el tiempo.Además relacionó el libro con experiencias personales marcadas por el exilio y el duelo familiar. “Hemos muerto ya miles de veces”. La frase de Macedonio Fernández no solo abre la novela: funciona como umbral de entrada al universo de Fernanda García Lao y su Estación Saturno (Entropía) el libro que la trajo nuevamente a Buenos Aires para presentarlo en la Feria del Libro. Desde Barcelona, conectada a la distancia, García Lao piensa una Argentina fantasmática. “Veo mucho ‘payaso’ con delirios autoritarios. Mi respuesta sigue siendo la ficción, porque el lenguaje sabe más que yo y logra asociar lo que el discurso político intenta separar”, dice, mientras hace girar un lápiz amarillo a rayas negras y ceba un mate que parece no acabarse nunca. “Saturno fue una estación ferroviaria deshabilitada en 1977 por orden del ministro de Obras y Servicios Públicos de la dictadura cívico-militar. Desde entonces, pescadores y vecinos narraron encuentros con esferas danzantes y huellas que amanecían sin dueño”, escribe a modo de introducción. –¿Cómo fue que ese paraje real se transformó en el punto de partida de Estación Saturno? –Yo andaba buscando locaciones porque pienso mis textos de manera cartográfica, para asociar la arquitectura a la trama. Me topé con ese nombre extravagante, Saturno, en la provincia de Buenos Aires. Es una estación abandonada donde los lugareños cuentan historias de esferas danzantes y huellas extraterrestres. Pero cuando descubrí que ese ramal fue desmantelado en 1977 por orden de la dictadura, la historia cobró la dimensión política que le faltaba. Para mí, cerrar una estación es desmantelar la comunicación, crear un pueblo fantasma; es la nostalgia del movimiento y la clausura definitiva del espacio. –Abrís el libro con una cita de Macedonio. –Macedonio es troncal para mí. Soy fanática de sus ensayos y de Museo de la Novela de la Eterna, que dialoga mucho con Estación Saturno. Él instaló la idea de que el tiempo es el asunto central de la literatura argentina, no solo la violencia. Mi primera experiencia epifánica con el tiempo fue a los diez años, en el avión del exilio, cuando nos hicieron adelantar los relojes el día de mi cumpleaños: entendí que la hora no existe, que es una convención. –Se cumplieron 50 años del golpe de 1976; la referencia a la clausura de la estación en 1977 resuena con una fuerza política innegable. –El arte tiene la capacidad de tensar lo que en la coyuntura diaria queda velado. A las escritoras y a los escritores se nos piden definiciones sobre asuntos muy complejos. Yo no tengo respuestas: armo escenarios que nacen en ese mismo caldo de cultivo de la realidad. La literatura no cura, pero desplaza las pesadillas. –¿Es una novela realista? –Creo que sí. Se la puede leer en clave distópica, futurista, de ciencia ficción –con más ficción que ciencia– o incluso metafísica, pero en el fondo es realista porque es Argentina para mí. Es una metáfora de la política, de los vínculos, de esta posrealidad: la posverdad ya nos queda chica. La realidad se perdió en los meandros de la fantasía, del delirio, de la neurosis colectiva. Los protagonistas no tienen nombre; son almas desplazadas, campos magnéticos. Hay una sensación constante de desrealización. Me interesa desarmar moldes y géneros. Siempre digo: “Lo que parece no es, casi nunca”. Lo que queda es el desmantelamiento y el duelo. –En el texto aparece con fuerza la idea de un “duelo permanente”. –Mi hipótesis es que somos más manejables cuando estamos en duelo. En Argentina estamos siempre “duelando” el pasado, lo que se perdió. Cuando estás en duelo, la realidad se astilla, se deforma; es muy difícil establecer diálogo entre gente dolida, y quienes manejan los hilos se valen de esos huecos. La dictadura instaló un terror que se desplazó de la capital hacia el interior, donde el silencio se vuelve “hambriento”. –La que contás es una historia fragmentada, llena de ausencias y desapariciones. –No podía escribir esta historia de manera lineal porque está sembrada de ausentes y apariciones frustradas. Leí hace poco una cita de Juan Mattio en Materiales para una pesadilla que dice: “Acaso el fragmento oculta una muerte”. En Estación Saturno, la fragmentación es el refugio de lo que ya no está. En mis libros anteriores endosaba mis propios miedos a los protagonistas; acá el desplazamiento va hacia el extrañamiento absoluto. Es una road movie de afectos y desencuentros. –Es un tríptico que devela etapas en tu escritura: “Superficie en duelo”, “Luz destino incierto” y “Emanación sin tiempo”. –La primera parte, la ruta, es el aislamiento de Buenos Aires. La segunda, el hotel, la escribí en Praga, rodeada de un lenguaje que no podía codificar; eso me colocó en una desrealidad total, escribiendo en bares donde el checo era apenas un ruido extravagante. La tercera la terminé en Barcelona, que para mí es una cruza de universos. –¿El motor emocional fue el duelo por tu madre? –Como decía Matisse, hasta una silla es autobiográfica, y esta novela me narra sin nombrarme. Narra el viaje después de la muerte de mi madre, que murió en Buenos Aires. No podía escribir esto de manera lineal. Uso una tercera persona desafectada para contar ese dolor. Mi madre era una presencia poderosa en tensión con otra ausencia no menos fuerte: la de mi padre. En la novela, la madre vive en una ensoñación, tocando un piano desafinado, mientras los hijos intentan rescatar un gato que es el último vestigio del hermano muerto. –Decís que pensás los textos cartográficamente. ¿Por qué? –Necesito asociar la arquitectura a la trama para que los cuerpos tengan dónde apoyarse. No soy de las que parten de una idea y la vuelcan: construyo un dispositivo. Requiere un nivel de atención tan alto que, si fuera plenamente consciente de todo lo que ocurre mientras escribo, no podría avanzar una línea. Me considero formalista. Me interesa entrar en territorios que no entiendo, porque, para serte honesta, yo tampoco entiendo el mundo. –¿Ese “aparato” también se nutre de tu trabajo teatral? –Armo el elenco de la novela como si convocara actores para un ensayo. Me interesa que cada personaje tenga una forma singular de decir la realidad. En Argentina nadie es solo quien dice ser: hay un desdoblamiento del yo, una construcción tectónica que es oro puro para la literatura. Uso el formato como un cuerpo: necesito que esté roto para poder entrar y salir de las convenciones. –Uno de los personajes, Minor, locutor de Radio Esfera, dice que “la masa necesita certezas y el poder se las construye”. ¿Cómo ves el rol de la literatura en esta era de desinformación y fake news? –La literatura de lo absurdo es, otra vez, más real que los discursos oficiales. El poder pervierte el lenguaje, vacía palabras como “libertad” o “derechos humanos” hasta volverlas parodia. Minor entiende eso: sabe que la gente construye el mundo a partir de un indicio. A mí me interesa entrar en lo que no entiendo. La ficción nos da herramientas para imaginar otros escenarios, para salir de la repetición. En Argentina eso se ve mucho: esto ya pasó, ya lo vimos, incluso con los mismos personajes. Cambian el peinado, la ropa, pero son los mismos actores. –“Bajo la lluvia el mundo se extraña de sí mismo (...) Bajo el agua el agua no existe”. El agua aparece con una simbología muy fuerte. –Tiene que ver con mi padre, que murió ahogado: es una mezcla de atracción y temor. Pero también es una fantasía contemporánea: el miedo a ser borrados por una inundación. En Guaminí, las lagunas encadenadas taparon pueblos enteros, como Carhué. Es la imagen de un pasado sumergido donde la voz ya no se escucha. Y, por otro lado, está esa idea de que los ovnis se sienten atraídos por el agua. –Viviste en Mendoza, Madrid, Praga, Buenos Aires y ahora Barcelona. ¿Cómo moldeó tu mirada? –Veo el mundo como extranjera: todo me resulta nuevo, extraño. Esa falta de anclaje geográfico la suplo con un territorio ficcional. –“¿Cuánto hace que llegamos? ¿A qué? Desfase entre el tiempo y la realidad: Saturno es un umbral... Si la madre vive en el futuro y ella en el presente, el muerto estaría vivo en el pasado. Pero ¿dónde? ¿Es el tiempo un lugar?”. La conexión con Macedonio está explícita en la obsesión con el tiempo. –En la escritura, el presente es apenas una excusa para que pasado y futuro conversen en un mismo cuerpo. Porque, al final del día, las cosas hay que hacerlas hoy: puede que no haya un mañana. Desde que mi padre murió de repente, cuando yo tenía 16 años, desconfío de la idea de futuro. Fernanda García Lao básico Nació en Mendoza en 1966. Su familia se exilió en Madrid en 1976, donde residió con algunas idas y vueltas hasta 1993, año en que se instaló en Buenos Aires. Estudió danza clásica, piano, actuación, dramaturgia y periodismo. Además del Primer premio de Novela del Fondo Nacional de las Artes 2004, obtuvo el Tercer premio de Novela Julio Cortázar 2004, el Subsidio a la creación de la Fundación Antorchas por su obra teatral Ser el amo (estrenada en 2002) y el Primer premio de la Secretaría de Cultura de la Nación, por La mirada horrible (estrenada en 2000), entre otros. Es autora de Coro de Inmorales (relatos), Morder la mano (cuentos) y Vagabundas (despropósito), aún inéditos. En teatro, también ha escrito La amante de Baudelaire, vestida de terciopelo (estrenada en 2004 con el auspicio de la Embajada de Francia y Proteatro), Desde el acantilado (publicada por el Instituto Nacional de Teatro), Accidente en la Ingle, Sillón de tres cuerpos, El sol en la cara, Falso tenis y El cordón. Publicados por El cuenco de plata: Muerta de hambre, La perfecta otra cosa y La piel dura. Estación Saturno, de Fernanda García Lao (Entropía).
martes, mayo 26, 2026
Un libro al día, la 6: Estación Saturno
Estación Saturno es la nueva novela de la argentina Fernanda García Lao. Un viaje en el que dos hermanos se enfrentan al duelo en un extraño hotel que vulnera las leyes del espacio tiempo.
Fernanda García Lao
Editorial: Candaya
Fecha de publicación: 2025
"Antes de que acabe el siglo, no habrá manera de distinguir el asunto más básico de su fingimiento", explica uno de los personajes de Estación Saturno, la última novela de Fernanda García Lao, aunque la frase bien podría pasar por un pasaje de Deleuze y Guattari. No lo mencionamos de pasada ni casualidad, algo hay aquí de las Mil mesetas y del rizoma deleuziano en el que no entraremos en demasía por no fatigarles a ustedes ni desviarnos nosotros en exceso.
Una prosa alucinada que permite a su autora jugar con el lenguaje hasta el extremo
La escritora argentina arrastra a sus dos protagonistas, hermanos sin nombre que viven el duelo por el gemelo muerto hace escasos días, de vuelta a Saturno, su pueblo natal. Aquella población con nombre de cuerpo celeste, es en realidad una conocida zona de avistamientos de ovnis, un lugar que tiene menos de geográfico y más de cerebral.
Deciden alojarse en el hotel Tiānqì, un paraje extraño donde las leyes del mundo no operan de forma habitual, el tiempo no discurre de forma lineal y sus huéspedes viven en un estado de confusión que se parece más a un sueño febril que a unas vacaciones. Todo lo que ocurre después sirve a una prosa alucinada pero increíblemente interesante y que permite a su autora jugar con el lenguaje hasta el extremo.
Lo que se lee
La llegada a Tiānqì viene precedida por la desaparición del gato del hermano perdido. Un presagio que sus protagonistas aceptan con la misma determinación sonámbula con la que se hospedan en el hotel. Fernanda García Lao no utiliza diálogos al uso, agolpa cada una de las escenas que componen Estación Saturno a través de epígrafes: "Lo que aparece", "lo que muerde", "lo que se frota", y así un largo etcétera.
Lao nos pone frente a un grupo de personas obsesionadas con el contacto con extraterrestres
Parece querer su autora indicarnos hacia dónde dirigir nuestros sentidos, inútiles por otro lado en el viaje que están a punto de realizar. Lao se sirve de las limitaciones del lenguaje para sembrar la duda en los lectores y confundir a la pareja de hermanos. El deseo sexual de ella se mezcla con la extrañeza que él siente por el parecido con su hermano gemelo fallecido, y a partir de ahí la novela se disloca en todas direcciones.
Desde que llegan a Saturno, los dos personajes se encuentran invadidos por sus extraños huéspedes, incapaces de recordar cuánto tiempo han pasado allí dentro. La confusión se extiende también al personal. Lao nos pone frente a un grupo de personas obsesionadas con el contacto con extraterrestres, deseosos de una experiencia sobrenatural que esperan poder conseguir con la llegada de sus dos nuevos invitados.
Lo que se intuye
Fernanda García Lao levanta en el interior del hotel Tiānqì una estructura confusa que parece diseñada con el mismo espíritu que los dibujos de M. C. Escher, tratando de desconfigurar nuestro sentido de la orientación. El lenguaje es abigarrado, mezclando los pensamientos de unos y otros para convertirlo todo en un flujo de información que puede llegar a parecer caótico.
Aunque en ese agolpamiento de sensaciones saquemos algunas cosas en claro sobre nuestro propio mundo. Volviendo a la frase con la que abríamos esta reseña, la sensación como lectores es que la humanidad lleva alojada en el Hotel Saturno unos cuantos años. De la misma forma que el AI Slope —ese término, recientemente acuñado, que hace referencia a las obras cutres y malogradas de inteligencia artificial— nos hace plantearnos si lo que vemos es realmente real.
[[DEST:Fernanda García Lao levanta en el interior del hotel Tiānqì con el mismo espíritu que los dibujos de M. C. Escher]]
Sin un centro al que asirnos, reaparece la oscura filosofía de Gilles Deleuze y su rizoma. Que resumiremos como una estructura en la que las ideas no se organizan con un centro o jerarquía y que gira sobre sí misma. En ese giro se encuentran los personajes con otros, pero también con ellos mismos y sus deseos. De nuevo el hermano incapaz de superar la muerte de su gemelo, reencontrándose en cada habitación desde la que los espejos le devuelven el rostro del fallecido.
¿Es necesario conocer el rizoma para leer Estación Saturno? Afortunadamente no. Pero como hoy tampoco tenemos forma de saber si esta reseña es fingida, si su autor conoce realmente la obra de Fernanda García Lao o si cuanto ha leído hasta ahora ha sido generado por los tentáculos de la IA, mejor invocar a la indeterminación humana que nos separa de la frialdad quirúrgica de las máquinas, resumida en una frase más humana que la ansiedad: esto es como todo.
Lo que se sabe
Porque todo está en Tiānqì todo el tiempo. El hotel se va convirtiendo en un portal interdimensional, aunque ni un solo alien haga acto de presencia aquí. Se lo desvelamos por adelantado por si tratan de alojarse esperando seres verdes y platillos volantes. Como mucho se descubrirán a ustedes mismos en los deseos y anhelos de quienes tratan de entender sus vidas en aquel lugar extraño.
Una novela original, cerebral y filosófica, aunque también divertida y sorprendente
Otra cosa que podemos asegurarles es que la Estación Saturno existe realmente y se encuentra en Partido de Guaminí, Provincia de Buenos Aires, Argentina. Lo sabemos porque lo pone en la página de Wikipedia de aquel lugar. Pero, ¿lo sabemos realmente? Como no queremos ensanchar el espacio de la incertidumbre con la que nos deja Estación Saturno corto abruptamente este párrafo, otra muestra de libre albedrío e inteligencia humana, para que no duden.
También les podemos asegurar que si andan buscando una novela original, cerebral y filosófica, aunque también divertida y sorprendente, van a disfrutar mucho del último libro de Fernanda García Lao. Y si ya habían leído a la argentina y les interesa el universo literario que lleva construyendo desde hace décadas con una originalidad que podríamos calificar de humana y para nada fingida, pues bienvenidos sean a la Estación Saturno y buena suerte tratando de regresar.
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lunes, abril 13, 2026
Presentación de Estación Saturno en Buenos Aires
Libros del Pasaje, miércoles 29 de abril, 2026
Con Juan Mattio.
Publica Editorial Entropía.
Esta novela ya está en la imprenta y será la novedad de la 50° Feria Internacional del Libro de Buenos Aires / Feria Internacional del Libro de Buenos Aires [Sitio Oficial]
Sobre ella, dice la escritora Gema Monlleó:
«García Lao regresa con Estación Saturno a los mundos donde absurdo y fantástico convergen y conforman la geografía de lo extraño. Siempre sensorial, el microcosmos de la novela está poblado por personajes al margen, dos en duelo por la muerte y el resto en duelo por la vida.
Lao, más ballardiana que nunca, feroz en la crítica implícita, se vale de lo inexplicable para mostrar el vacío existencial, la vía escapista del sexo, la opresión de la soledad colectiva, cierta cobardía atávica, el peso de los silencios y las heridas que provoca la más sacrosanta de las instituciones: la familia.
Afilada en la prosa, rotunda en el fraseo, poética en lo inquietante, psicofónica en la fragmentación y política en los estratos sobre los que crece la novela, la autora vuelve a contagiar un desasosiego atravesado por el humor y por una profunda angustia metafísica sólo mitigada por el atisbo final de, tal vez, nuevas (y más sanas) formas de relación.»
Feria del libro de Buenos Aires, Diálogo de escritores.
jueves, abril 02, 2026
Estación saturno, reseña en Babelia: una novela con ovnis, miserias familiares y corrupción que ve el futuro.
‘Estación saturno’ el nuevo libro de la argentina Fernanda García Lao es una narración
futurista que sirve de metáfora para imaginar hacia dónde va el mundo.
Por Carmen Domingo
El libro empieza con una advertencia: “Saturno fue una estación Ferroviaria del Partido de Guaminí,
provincia de Buenos Aires, deshabilitada en 1977, por orden del ministro de obras y servicios
públicos de la dictadura cívico militar. Desde entonces, pescadores y vecinos de la zona narraron
encuentros con esferas danzantes y huellas que amanecían sin dueño. Lo atribuyeron a actividad
extraterrestre”. Una zona, despoblada, alejada del todo y en la que sus habitantes deben buscar una
salida terrenal… celestial o alienígena.
Tras situarnos geográficamente, empieza la novela, cuyos protagonistas son dos hermanos en un
viejo coche de regreso del entierro del tercero de ellos. Al poco de iniciar el viaje pierden el gato que
el fallecido tenía y que habían decidido quedarse para recordarlo. Se detienen entonces en el hotel
Tiānqì, a medio camino de sus casas, para tratar de encontrarlo.
En ese hotel, de nombre chino y arquitectura inverosímil, coinciden con otros huéspedes con los
que se rompen las dimensiones temporales, hablan de ovnis, y conviven con la corrupción y el
engaño. Al mismo tiempo, la autora saca a la luz las miserias familiares de los protagonistas,
miserias que, tal vez, pueden generalizarse, dudas, miedos, críticas... Todo ello, con una prosa, que
por momentos acerca al lector a través de la descripción de acotaciones teatrales, puestas como
epígrafes de los capítulos, divididos en tres grandes bloques, y que te sitúan en las distintas
sensaciones a las que pueden transportarte los cinco sentidos y te hacen sentir, en cada una de sus
frases, a través de cada una de las palabras, una sensación que antecede lo explicado.
Fernanda García Lao (Mendoza, Argentina, 1976), una de las autoras latinoamericanas que no
podemos obviar en este siglo XXI, desarrolla en Estación Saturno, una narrativa personal —rara y
original a la par, y sin duda magnética— que la sitúa como una de las voces imprescindibles de la
literatura argentina. Una novela más cercana a la prosa poética que a la ficción descriptiva, una
narrativa futurista que ya vimos, entre otros de sus libros, en la muy recomendable Nación vacuna
(2020) donde una epidemia, muestra cómo el Estado reacciona frente a una catástrofe, lo que le
sirve a la autora para reflexionar sobre el poder perturbador de la mentira política. En esta, como en
otras novelas, García Lao es capaz de provocar risa y dolor con tan solo unas líneas de distancia en
el mismo texto, y de hacernos creer que esas frases sin subordinadas, centradas en la sencillez de
las acciones, y la economía de lenguaje, son algo más, porque son capaces de, sin florituras,
llegarnos a lo más hondo del ser.
El agua lo impregna todo queriéndolo limpiar, pero solo consigue embarrar los espacios…
Esa familia, esos dos hermanos de los que apenas conoceremos nada, ese muerto y la relación de
los vivos con los muertos, el agua que lo impregna todo queriéndolo limpiar, pero que solo consigue
embarrar los espacios… son quizás, una metáfora de hacia dónde va el mundo, de cómo nos
descomponemos sin conocernos del todo a nosotros mismos, ni a los que tenemos cerca, sin
saber toda la historia del que nos acompaña, o quizás olvidando la propia. De cómo, quizás, el
mundo que conocemos se puede descomponer tan solo con el movimiento de una pieza.
miércoles, abril 01, 2026
Lo que se lee, reseña en Cuadernos Hispanoamericanos
Por Eva Cruz
En el frontispicio de esta novela hay una nota aclaratoria: «Saturno fue una estación ferroviaria del Partido de Guaminí, provincia de Buenos Aires, deshabilitada en 1977 por orden del ministro de obras y servicios públicos de la dictadura cívico militar. Desde entonces, pescadores y vecinos de la zona narraron encuentros con esferas danzantes y huellas que amanecían sin dueño. Lo atribuyeron a actividad extraterrestre».
Lo que se lee luego sucede en un continuo presente, en capítulos cortos y apretados titulados con expresivas oraciones impersonales: «lo que se ve», «lo que se huele», «lo que suena», «lo que muerde». Son sugerentes, funcionan como piedras de pisar en un río rápido, refugios que se harán necesarios, porque en esta novela de Fernanda García Lao, autora de otras siete novelas, varios libros de poesías y textos teatrales, hay mucha corriente y es fácil ahogarse.
Lo que sucede: hay un duelo por la muerte de un hermano. Un extrañamiento de la muerte, un desconcierto, una angustia: «hace rato que el mundo le parece un lugar hostil, es más, tiene la sensación de que el muerto lo sigue. Un muerto es para toda la vida. No descansa, penetra». Esta sensación de persecución, de que la oscuridad está a punto de devorarnos, es el estado de ánimo de este texto áspero, extraño y hondo, con afiladas puntas de luz, destellos de algo parecido al humor, en la medida en que el humor es una especie de alienación.
Vienen, hermano y hermana, de enterrar al hermano muerto. No hay palabra que nombre al deudo que queda tras la muerte de un hermano, igual que no hay palabra para quien pierde un hijo, y sin embargo ese hueco ya te va a definir en adelante, ya serás siempre una persona a la que otra le falta: «fueron tres. Ahora, dos. No quiere ser la próxima». Las relaciones de los vivos que quedan cambian, se abrazan (o, en este caso, no) en torno a esa oquedad.
Los dos se guardan rencor, desearían haber llegado ya a casa y estar solos. Él atribuye a ella el retraso, por insistir en almorzar con la madre. Ella le guarda rencores antiguos porque los chicos estudiaron mientras que ella tuvo que quedarse cerca, no pudo escapar de los escenarios de la infancia, ni siquiera maldecir: «tuvo que odiar bajito, en abstracto. Ha juntado tanta ira, que de noche se le endurece la mandíbula y las encías le sangran».
Los acompaña en el coche el gato que pertenecía al muerto y lo vio morir. Fue la única presencia ante esa muerte (una caída fatídica, y voluntaria) pero el narrador sabe que al gato se le erizó la cola y sabe también que lamió la sangre y que durante unos minutos recordó ese sabor dulce.
El coche se detiene a repostar en un local donde también se vende carnada para peces (un cartel anuncia «lombrice»). Hermano y hermana viajan sumidos en sus pensamientos, preferirían no hacer el duelo juntos. A ella le preocupa quedarse con el gato, que por miedo a estropear los tulipanes que cultiva tenga que mantenerlo atado. La madre cría gallinas, que son incompatibles con el gato («detectan cualquier amenaza. Son sutiles para sufrir».) Quiere estar sola para aliviarse: «cada orgasmo es un recurso técnico contra la angustia». El hermano quiere estar solo para beber y porque el muerto le dejó dicho un secreto sin darle permiso para compartirlo: que perdía la memoria, y por eso se ha matado. El hermano que sigue vivo, «no puede quitarse al muerto de encima», lleva su traje (en cuyo bolsillo encuentra un papel donde se lee «perdóname») y ejerce su misma profesión de médico; se le parece tanto que podría ser su doble, o el mismo, y tiene miedo de padecer el mismo mal.
El hermano y la hermana, decíamos, paran a repostar y se les escapa el gato. Cae tormenta, puede que en aquella camioneta se estén llevando al gato, o puede que estas sean sus huellas, o quizá lo atropellaron, no quieren avanzar y alejarse del gato. O puede que ellos sean aquellos que aceleran en un coche idéntico en dirección contraria. El caso es que encuentran el hospedaje del que les hablaron, esa «casa de té medio china». Se trata del Hotel Tianqui, el escenario donde transcurrirá todo el resto de la novela, y en cuyo interior además transcurre mucho más tiempo del que transcurre fuera. Un lugar, por tanto, que puede que no sea un espacio, sino tiempo. Una vez terminada la novela, además, sorprende comprobar que no es mucho más larga la segunda mitad de la obra, la que ocurre desde que llegan al Tianqui, porque desde dentro sin duda lo parece.
Lo regentan dos hermanas (quizá más, dobles en cualquier caso) de origen chino, las Chi. Y los hermanos van descubriendo a sus raros huéspedes: el general Minor, que ejerce autoridad, y su pareja, Siria. Y también un apuesto sueco, Gosta, y su pareja, Betelgeuse, que a veces habla en francés. A todos ellos los ha convocado el avistamiento de ovnis, la posibilidad de la abducción. Todos viven sumidos en un cierto furor masturbatorio, una sexualidad hambrienta y desprovista de ternura o alegría. Y todos más que hospedarse viven allí, ya que del Tianqui, como de las pesadillas, no parece que se pueda salir, en parte porque vivir allí es acumular una deuda cada vez más imposible de saldar, como las víctimas de trata, y en parte porque la casa limita con un dique de agua y solo hay escapatoria si consigues tubo y antiparras y buceas heroicamente, casi como si te presentas voluntario a una abducción. Si no, el Tianqui te atrapa para siempre.
El narrador que gobierna este texto sabe en todo momento lo que piensan los dos hermanos, conoce sus más profundas sensaciones, y alterna entre ellos, un ojo para cada cual, casi un párrafo para cada uno, poniendo idéntica atención en ambos. Conoce incluso las sensaciones del gato cuando está solo, cómo sabe la sangre del muerto, cómo se le erizó la cola. Pero escoge con mucho cuidado y una mirada muy particular las cosas que deja que sepamos los lectores. Usa palabras perfectas, como si fueran todas nuevas: no contiene el texto ni frases hechas, ni metáforas conocidas, ni alusiones literarias directas, ni asociaciones esperables. Radica ahí su mayor valor y su apuesta.
Esas palabras sostienen la lógica de las pesadillas: sentimos un impulso primero hacia delante (cuando vamos en coche y los hermanos recuerdan una vida mediocre, comprensible, parecida a las vidas que todos tenemos) pero luego enseguida también hacia abajo, donde todo se deforma como un palo en el agua.
La novela es una inmersión en un líquido espeso y oscuro en el que nos movemos a tientas, agarrándonos a referencias, otros mundos conocidos, como los cabos sueltos de un sueño. Puede que lo que intentamos asir no esté a su vez agarrado a nada, y nos precipitemos al vacío con una cuerda floja en la mano. Una reseña, entre otras cosas, pretende ser una guía, pero ¿cómo conducir a un invitado por salones tan extraños, en los que nunca hemos estado? ¿Cómo explicamos esferas danzantes y huellas sin dueño?
Hemos estado, por ejemplo, en el hotel de la serie La Mesías (dirigida por Javier Calvo y Javier Ambrossi y estrenada en 2023 en Movistar) en la montaña de Montserrat, donde se reúnen personajes que creen que allí se producen abducciones alienígenas. También hemos perdido a un gato en la Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, la mejor y más extraña novela de Haruki Murakami (Tusquets, 1993). Y hemos leído el gótico argentino de Mariana Enríquez en Nuestra parte de noche, o el terror alcarreño de Layla Martínez en Carcoma, sabemos cómo lo fantástico sirve de vehículo para narrar el terror político.
Aquí sabemos que Fernanda García Lao está transitando por universos parecidos. Sabemos, de hecho, que es pionera en esta tendencia del terror latinoamericano (se advierte en la contra de la edición de Candaya, en un comentario de Vicente Luis Mora), y en realidad es descortés, cicatero, inscribirla en la estela de un movimiento del que es mascarón de proa, como si se apuntara a una corriente cuando ella navegaba por su propio río. Pero el texto es tan onírico, tan profundamente extraño y alusivo que resulta imprescindible, al menos a esta reseñista, buscar alguna linternita.
Hacia el final, Minor, el general que parece ser la mente pensante detrás de este extraño establecimiento, ofrece algunas explicaciones a un hermano incrédulo: «el Tianqui es una prueba piloto. Un micromundo sexualizado de gente en deuda. Hay que aprovechar la energía y saberse corromper. El lecho se descompone por los bordes. ¿Me capta?».
Captamos apenas lo que podemos. Somos lo que tiene miedo, deseo, hartazgo, ganas de escapar. Desconfianza ante los Minor de este mundo. Aceptación de que la vida es apenas comprensible, espejismos, mucha oscuridad, alguna luz afilada. Somos lo que vive y también lo que se muere. Y lo que lee a tientas.
jueves, febrero 26, 2026
A veces creo que el cosmos se va con cualquiera para lastimarme, por Gema Monlleó
Estación Saturno, de Fernanda García Lao (Candaya) | por Gema Monlleó
REVISTA DETOUR
Pensada y hecha a mano.
Tres. “Un hombre, una mujer y un gato”. Tres. Tres hermanos. Tres. Dos vivos, uno muerto. Él, médico. Él, medico. Él y él, doppengälgers univitelinos. Ella, cultivadora de bulbos: “tiene la muerte clavada en la mitad de la cara”. Y la madre, la de la orquesta. La madre, triplemente abandonada. Primero por ellos, los no-maridos. Los no-padres. El violinista putativo. El jardinero. Un vivo y un muerto. El suicidio, rondando. El suicidio, bajo el último tren. Despues por los hijos. Abandono por etapas, abandono también en el regreso. Y Saturno, los anillos de la estación. La estación ectoplasmática. La estación y el dique. El dique y los muertos. Los cajones navegando (resuenan Vidria y sus amigos cabalgando inundaciones(1)). Lo inexplicable. Lo no-explicado. Y el gato. El gato que vio morir al último muerto, el que voluntariamente cayó. “El golpe le erizó la cola”. El gato en el coche. El gato en la tormenta. El gato, ¿buscando al muerto? “Un muerto es para toda la vida. No descansa, penetra”. Y el no-muerto, el hermano, el de la ironía por descreimiento. El hermano, el del miedo. Miedo a la muerte, miedo a la enfermedad, miedo a la memoria, miedo a la no-memoria. Miedo a saltar, como el hermano, como el hermano médico como él. Miedo a duplicar, a duplicarse. Y ella, la hermana, la del emprendimiento por desesperación, la de la huida salvífica (satúrnica). “Esferas anormales circulan sobre el agua creando espirales”. Y los cuerpos, los que duelen de tan vacíos. “Los sentidos mudos”. Y los cuerpos, los otros cuerpos, los que se añoran. “Siglos sin un cuerpo a mano”. Y la luna, furiosa. La luna, “amarilla y desbocada”. Y la noche, lluviosa. “La lluvia ya no se acuerda de sí misma. De tanto caer perdió el sentido”. Y la sumisión, la que mastica la infancia, persistente. “Disculpen mi extravagancia, soy una humilde saturnina que cultiva tulipanes”. Hay una casa de té que contiene lo inexplicable: Hotel Tianqì. Una tetera gigante desde la que el universo se expande. Una casa de té para jugar a los deseos, a los fantasmas, a las presencias, a las abducciones, y al sexo. Una casa de té como juego de la confusión. Una puerta de acceso a los mundos detenidos en la estación abandonada. Destinos sin destino. Certezas intermitentes. Lo húmedo y lo amargo. Y una rana albina en la pecera. ¿No será este mundo una pecera gigante? ¿Dónde está el demiurgo que nos observa? El más allá, y el gato, y la lluvia, y el tiempo. El más allá, aquí y ahora. El más allá como espejismo forzado. Y la madre, otra vez la madre, siempre la madre. “¿Atar es cuidar?” Y el cloqueo de las gallinas, gallinas saturninas, gallinas satúrnicas. Y los versos del I Ching. “En la fuerza domesticadora de lo Grande no hay virtud”. ¿Quién domestica a quién? ¿Quién juega con las naves? ¿Quién hace llover la lluvia? “Los orgasmos son formas de regresar a la cordura”. Se insinúa el incesto, un incesto leve. Se insinúa: “la lengua dibuja la palabra querido”. Se insinúa. Y la fosforescencia, iluminando la noche. Y el espejo. Y el paraíso. Y la muerte. “El mundo es una caldera”. Un ventanal y un trampantojo. El circo de la casa de té. Las acróbatas del fin del mundo. Lo inasible. Y “una lamida sideral”. Abismo y vértigo. Mal sistémico. Los nudos, los nudos de/en la familia. Las manecillas del tiempo girando al revés. ¿Hay sirenas en Saturno? ¿Cada anillo es una enfermedad? “Todo el hotel es un cuerpo tibio”. Cuerpo vacío, cuerpo deseante. Cuerpo a la espera, cuerpo en súplica. Cuerpo negado, cuerpo habitado. Cuerpo amargura, cuerpo rugido. “Cada orgasmo es un recurso técnico contra la angustia”. No es sexo, es consuelo. No es sexo, es un acuse de recibo de la soledad. Los límites de lo real y el agua oscura (resuena Under the skin(2)). Y la trascendencia, aunque Johnny Guitar(3). Y la transmutación. Y el cuerpo y el humo y la electricidad y las gallinas. Las gallinas de Saturno. “Lo único interesante, el cielo”. Y el rito de paso. Y la frontera. “Saturno es un umbral hacia y desde lo divino”. Y la temperatura, y los cerrojos celestes. “Asordinado el mundo, la piel habla más fuerte”. Autólisis emocional, frustración cultivada, sexo en barbecho. En La Biblia, el Mar Rojo se abre. En Saturno, se desbordan las lagunas. Agua separada. Agua mezclada. Y la lluvia. Lluvia a ráfagas y castración materna. “El vacío es sólo una apariencia”. “¿El tiempo es un lugar?”. Rehacer el orden. Reordenar. Intervenir lo licuado. Expandir lo viscoso. Nos queda el placer. Nos queda “la furia tecnológica”. Y la absenta, “ma chérie”, el hada verde (“et alors” resuena, claro, Baudelaire). Y la casa de té es un paraíso artificial, los nueve círculos de fuego girando alrededor de Beatriz. O tal vez es una iluminación de Rimbaud. Neutrínicos, “el tiempo ocurre en la nariz”. Hay un piano bajo el agua (el de Ada(4)), y “una medusa de pétalos”, y “gallinas nadadoras de ojos clorofílicos”. “Las aguas están malditas y distribuyen su locura”. Y el tiempo, rasgado; y el espacio, seducido; y la muerte, gritando. Y la hermana quiere dormir y olvidar (la hermana quiere hacerse un Ottessa(5)). Y el hermano es puro extravío. Y la madre es, quizás, agua saturniana. Y el muerto, muerto está. “El cosmos no se lleva nada, lo que hay es siempre humano”. ¿Y el gato? ¿Dónde está el gato? “¿Cuántas veces puede morir una persona?”. ¿Cuántas? ¿Cuántas veces se puede morir en Saturno?
Fernanda García Lao (Mendoza, 1966) regresa con Estación Saturno a los mundos distintos que habitan sus novelas, esos en los que el absurdo y lo fantástico convergen y conforman la geografía de lo extraño. Siempre sensorial, el microcosmos saturniano de la novela está poblado por personajes al margen, dos en duelo por la muerte (los hermanos) y el resto en duelo por la vida. Por una vida que se vale de la farsa para ordenar el caos, por una vida atravesada por los delirios contemporáneos (de la posverdad a la manipulación, de los liderazgos autoritarios a la hedonía depresiva “del pueblo”). Lao, más ballardiana que nunca (en lo sexual, en lo tecnológico), feroz en la crítica implícita, se vale de lo inexplicable para mostrar el vacío existencial, la vía escapista del sexo, la opresión de la soledad colectiva, la fragilidad emocional, cierta cobardía atávica, el peso de los silencios y las heridas que provoca la más sacrosanta de las instituciones: la familia. Afilada en la prosa, rotunda en el fraseo, poética en lo inquietante, psicofónica en la fragmentación y política en los estratos sobre los que crece la novela, la autora vuelve a contagiar un desasosiego atravesado por el humor (beckettiano, claro) y por una profunda angustia metafísica sólo mitigada por el atisbo final de, tal vez, nuevas (y más sanas) formas de relación.
Cuando era pequeña, cerca de mi casa, había un edificio en obras habitado por fantasmas. Los vecinos, noche sí, noche también, afirmaban escuchar ruidos “no-humanos” y sufrían el encendido y apagado de luces extrañas. El suceso, por inexplicable, convocó a la prensa, que esperaba la manifestación ectoplasmática. No sucedió. Los fantasmas no acudieron a la llamada. Lo que hoy llamamos hype descendió con la misma rapidez con la que subió, y nunca más se supo. ¿Se mudaron los fantasmas? Las obras paralizadas continuaron y, que yo sepa, ningún inquilino del nuevo edificio manifestó queja alguna por polizontes inesperados. Toda ciudad tiene sus fantasmas. Toda estación de tren abandonada, también.
(1) El amor es un monstruo de Dios, Silvana Vogt, H&O, 2025.
(2) Under the skin, Jonathan Glazer, 2014.
(3) “Dime que me quieres, aunque sea mentira”. En: Johnny Guitar, Nicholas Ray (1954).
(4) El piano, Jane Campion, 1993.
(5) Mi año de descanso y relajación, Ottessa Moshfegh, Alfaguara, 2019
miércoles, enero 14, 2026
Ser extranjera me permite ver con claridad
Entrevista en La Vanguardia.
Dos hermanos, un hombre y una mujer, viajan en coche tras enterrar a quien fue el mayor de los tres. Les acompaña un gato, el del fallecido, que se escapa y al que persiguen, como si fuera el conejo de Alicia, además de un futuro lleno de incertezas. Procesar una pérdida no es fácil, y menos si se trata de alguien tan cercano. Puede parecer una obviedad, pero Fernanda García Lao (Mendoza, Argentina, 1966) retrata estos momentos en su nueva novela, Estación Saturno (Candaya) con el arte que la caracteriza y con altas dosis de extrañamiento. Este último es el sentimiento que quiere despertar en los lectores ya que está convencida de que “están preparados para leer otras cosas menos conservadoras”, asegura reclinada en el sillón de su casa en Barcelona.
García Lao reside en la capital catalana desde 2022, con el miedo de la pandemia todavía en las entrañas, aunque el inicio de esta le pilló en Argentina. “Por en medio me mudé a Praga, porque ahí estaban mis dos hijas. En todo este proceso yo estaba escribiendo esta novela y creo que se nota todo este movimiento, no solo por el viaje en coche de los hermanos, sino por todo lo que les ocurre después”, explica.
Los lectores están preparados para leer otras cosas menos conservadoras”
Y es que la road trip novelística recala en un hotel, el Tianqui, de lo más singular. Lo regentan diversas mujeres asiáticas que parecen réplicas unas de otras. “Hay algo en el doble que me fascina”, admite la autora, que en anteriores novelas ya ha puesto en primera línea a gemelos y siameses. “Imagino que me recuerdan a la vida contemporánea de este siglo XXI repleto de avatares, con nombres inventados en apps y redes y con fotos que no corresponden a la realidad. Hay dos versiones de cada persona, la que somos y la que mostramos”.
Pero, más allá del personal y de los huéspedes, todos parejas, si hay algo que llama la atención a los hermanos es la arquitectura imposible del edificio y lo que a su alrededor ocurre: avistamientos de ovnis, prostitución forzada, masturbaciones en comunidad… por no hablar de que el tiempo y las reglas espaciales no parecen cumplirse.
La escritora Fernanda García Lao, en su casa de Barcelona, habla de su nueva novela, 'Estación Saturno' Ana Jiménez
¿Y el título, a qué se debe? “Saturno fue una estación ferroviaria, deshabilitada en 1977 por orden del ministerio de obras y servicios públicos de la dictadura. En ese lugar sucede otra muerte antes de que se iniciara el relato: la del padre de los protagonistas, que se tiró a las vías justo cuando pasaba el tren, un día antes de que el lugar se clausurara. Ellos no pueden evitar pensar que, de haberlo hecho unas horas más tarde, él seguiría vivo”.
Desde el cierre de la estación, los vecinos empezaron a documentar encuentros con esferas danzantes y huellas que amanecían sin dueño y que, de un modo u otro, se incorporan en la trama. ¿Fantasmas? ¿Extraterrestres? “Seguramente lo segundo. O eso aseguraban quienes vivían allí. Me gusta pensar que fueron ellos”, sonríe. Y eso se debe a que ella misma, durante mucho tiempo, quién sabe si también hoy, se sintió uno de ellos. “A los diez años, mi mundo cambió al dejar Argentina para mudarme a Madrid. Más allá de lo que conlleva cambiar de escuela, de amigos y de lo cotidiano, lo que verdaderamente me perturbó fue el cielo, pues no era el mismo ya que no reconocía las mismas estrellas. A partir de ese momento, entendí que era una extranjera y empecé a mirar el mundo como tal”.
A los diez años, mi mundo cambió al dejar Argentina para mudarme a Madrid. El cielo no era el mismo”
Una sensación similar experimentó al regresar a Argentina, “pues tampoco reconocía el lugar y yo llegué sin saber vocear y hablando con la z. No era ni de un lado ni de otro. Pero esa condición permanente de extranjera me ha permitido ver siempre todo con mayor claridad”, admite la escritora, que asegura tratar de ver siempre el lado positivo de las cosas, incluso en los momentos más oscuros. Del caos extrae siempre una trama y de lo menos visible, a menudo, una obra de arte. No hay más que ver en su casa el pequeño museo que ha improvisado en su pasillo, repleto de cuadros y donde resalta el busto de un maniquí rescatado de la basura, reconvertido en una verdadera escultura. Un decorado muy teatral, lo que denota que ella viene de allí.
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Lara Gómez (Barcelona, 1993) es licenciada en Periodismo por la Facultat de Comunicació i Relacions Internacionals Blanquerna.
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