jueves, febrero 26, 2026

A veces creo que el cosmos se va con cualquiera para lastimarme, por Gema Monlleó

Estación Saturno, de Fernanda García Lao (Candaya) | por Gema Monlleó
REVISTA DETOUR Pensada y hecha a mano.
Tres. “Un hombre, una mujer y un gato”. Tres. Tres hermanos. Tres. Dos vivos, uno muerto. Él, médico. Él, medico. Él y él, doppengälgers univitelinos. Ella, cultivadora de bulbos: “tiene la muerte clavada en la mitad de la cara”. Y la madre, la de la orquesta. La madre, triplemente abandonada. Primero por ellos, los no-maridos. Los no-padres. El violinista putativo. El jardinero. Un vivo y un muerto. El suicidio, rondando. El suicidio, bajo el último tren. Despues por los hijos. Abandono por etapas, abandono también en el regreso. Y Saturno, los anillos de la estación. La estación ectoplasmática. La estación y el dique. El dique y los muertos. Los cajones navegando (resuenan Vidria y sus amigos cabalgando inundaciones(1)). Lo inexplicable. Lo no-explicado. Y el gato. El gato que vio morir al último muerto, el que voluntariamente cayó. “El golpe le erizó la cola”. El gato en el coche. El gato en la tormenta. El gato, ¿buscando al muerto? “Un muerto es para toda la vida. No descansa, penetra”. Y el no-muerto, el hermano, el de la ironía por descreimiento. El hermano, el del miedo. Miedo a la muerte, miedo a la enfermedad, miedo a la memoria, miedo a la no-memoria. Miedo a saltar, como el hermano, como el hermano médico como él. Miedo a duplicar, a duplicarse. Y ella, la hermana, la del emprendimiento por desesperación, la de la huida salvífica (satúrnica). “Esferas anormales circulan sobre el agua creando espirales”. Y los cuerpos, los que duelen de tan vacíos. “Los sentidos mudos”. Y los cuerpos, los otros cuerpos, los que se añoran. “Siglos sin un cuerpo a mano”. Y la luna, furiosa. La luna, “amarilla y desbocada”. Y la noche, lluviosa. “La lluvia ya no se acuerda de sí misma. De tanto caer perdió el sentido”. Y la sumisión, la que mastica la infancia, persistente. “Disculpen mi extravagancia, soy una humilde saturnina que cultiva tulipanes”. Hay una casa de té que contiene lo inexplicable: Hotel Tianqì. Una tetera gigante desde la que el universo se expande. Una casa de té para jugar a los deseos, a los fantasmas, a las presencias, a las abducciones, y al sexo. Una casa de té como juego de la confusión. Una puerta de acceso a los mundos detenidos en la estación abandonada. Destinos sin destino. Certezas intermitentes. Lo húmedo y lo amargo. Y una rana albina en la pecera. ¿No será este mundo una pecera gigante? ¿Dónde está el demiurgo que nos observa? El más allá, y el gato, y la lluvia, y el tiempo. El más allá, aquí y ahora. El más allá como espejismo forzado. Y la madre, otra vez la madre, siempre la madre. “¿Atar es cuidar?” Y el cloqueo de las gallinas, gallinas saturninas, gallinas satúrnicas. Y los versos del I Ching. “En la fuerza domesticadora de lo Grande no hay virtud”. ¿Quién domestica a quién? ¿Quién juega con las naves? ¿Quién hace llover la lluvia? “Los orgasmos son formas de regresar a la cordura”. Se insinúa el incesto, un incesto leve. Se insinúa: “la lengua dibuja la palabra querido”. Se insinúa. Y la fosforescencia, iluminando la noche. Y el espejo. Y el paraíso. Y la muerte. “El mundo es una caldera”. Un ventanal y un trampantojo. El circo de la casa de té. Las acróbatas del fin del mundo. Lo inasible. Y “una lamida sideral”. Abismo y vértigo. Mal sistémico. Los nudos, los nudos de/en la familia. Las manecillas del tiempo girando al revés. ¿Hay sirenas en Saturno? ¿Cada anillo es una enfermedad? “Todo el hotel es un cuerpo tibio”. Cuerpo vacío, cuerpo deseante. Cuerpo a la espera, cuerpo en súplica. Cuerpo negado, cuerpo habitado. Cuerpo amargura, cuerpo rugido. “Cada orgasmo es un recurso técnico contra la angustia”. No es sexo, es consuelo. No es sexo, es un acuse de recibo de la soledad. Los límites de lo real y el agua oscura (resuena Under the skin(2)). Y la trascendencia, aunque Johnny Guitar(3). Y la transmutación. Y el cuerpo y el humo y la electricidad y las gallinas. Las gallinas de Saturno. “Lo único interesante, el cielo”. Y el rito de paso. Y la frontera. “Saturno es un umbral hacia y desde lo divino”. Y la temperatura, y los cerrojos celestes. “Asordinado el mundo, la piel habla más fuerte”. Autólisis emocional, frustración cultivada, sexo en barbecho. En La Biblia, el Mar Rojo se abre. En Saturno, se desbordan las lagunas. Agua separada. Agua mezclada. Y la lluvia. Lluvia a ráfagas y castración materna. “El vacío es sólo una apariencia”. “¿El tiempo es un lugar?”. Rehacer el orden. Reordenar. Intervenir lo licuado. Expandir lo viscoso. Nos queda el placer. Nos queda “la furia tecnológica”. Y la absenta, “ma chérie”, el hada verde (“et alors” resuena, claro, Baudelaire). Y la casa de té es un paraíso artificial, los nueve círculos de fuego girando alrededor de Beatriz. O tal vez es una iluminación de Rimbaud. Neutrínicos, “el tiempo ocurre en la nariz”. Hay un piano bajo el agua (el de Ada(4)), y “una medusa de pétalos”, y “gallinas nadadoras de ojos clorofílicos”. “Las aguas están malditas y distribuyen su locura”. Y el tiempo, rasgado; y el espacio, seducido; y la muerte, gritando. Y la hermana quiere dormir y olvidar (la hermana quiere hacerse un Ottessa(5)). Y el hermano es puro extravío. Y la madre es, quizás, agua saturniana. Y el muerto, muerto está. “El cosmos no se lleva nada, lo que hay es siempre humano”. ¿Y el gato? ¿Dónde está el gato? “¿Cuántas veces puede morir una persona?”. ¿Cuántas? ¿Cuántas veces se puede morir en Saturno?
Fernanda García Lao (Mendoza, 1966) regresa con Estación Saturno a los mundos distintos que habitan sus novelas, esos en los que el absurdo y lo fantástico convergen y conforman la geografía de lo extraño. Siempre sensorial, el microcosmos saturniano de la novela está poblado por personajes al margen, dos en duelo por la muerte (los hermanos) y el resto en duelo por la vida. Por una vida que se vale de la farsa para ordenar el caos, por una vida atravesada por los delirios contemporáneos (de la posverdad a la manipulación, de los liderazgos autoritarios a la hedonía depresiva “del pueblo”). Lao, más ballardiana que nunca (en lo sexual, en lo tecnológico), feroz en la crítica implícita, se vale de lo inexplicable para mostrar el vacío existencial, la vía escapista del sexo, la opresión de la soledad colectiva, la fragilidad emocional, cierta cobardía atávica, el peso de los silencios y las heridas que provoca la más sacrosanta de las instituciones: la familia. Afilada en la prosa, rotunda en el fraseo, poética en lo inquietante, psicofónica en la fragmentación y política en los estratos sobre los que crece la novela, la autora vuelve a contagiar un desasosiego atravesado por el humor (beckettiano, claro) y por una profunda angustia metafísica sólo mitigada por el atisbo final de, tal vez, nuevas (y más sanas) formas de relación.
Cuando era pequeña, cerca de mi casa, había un edificio en obras habitado por fantasmas. Los vecinos, noche sí, noche también, afirmaban escuchar ruidos “no-humanos” y sufrían el encendido y apagado de luces extrañas. El suceso, por inexplicable, convocó a la prensa, que esperaba la manifestación ectoplasmática. No sucedió. Los fantasmas no acudieron a la llamada. Lo que hoy llamamos hype descendió con la misma rapidez con la que subió, y nunca más se supo. ¿Se mudaron los fantasmas? Las obras paralizadas continuaron y, que yo sepa, ningún inquilino del nuevo edificio manifestó queja alguna por polizontes inesperados. Toda ciudad tiene sus fantasmas. Toda estación de tren abandonada, también.
(1) El amor es un monstruo de Dios, Silvana Vogt, H&O, 2025.
(2) Under the skin, Jonathan Glazer, 2014.
(3) “Dime que me quieres, aunque sea mentira”. En: Johnny Guitar, Nicholas Ray (1954).
(4) El piano, Jane Campion, 1993.
(5) Mi año de descanso y relajación, Ottessa Moshfegh, Alfaguara, 2019

miércoles, enero 14, 2026

Ser extranjera me permite ver con claridad

Entrevista en La Vanguardia.
Dos hermanos, un hombre y una mujer, viajan en coche tras enterrar a quien fue el mayor de los tres. Les acompaña un gato, el del fallecido, que se escapa y al que persiguen, como si fuera el conejo de Alicia, además de un futuro lleno de incertezas. Procesar una pérdida no es fácil, y menos si se trata de alguien tan cercano. Puede parecer una obviedad, pero Fernanda García Lao (Mendoza, Argentina, 1966) retrata estos momentos en su nueva novela, Estación Saturno (Candaya) con el arte que la caracteriza y con altas dosis de extrañamiento. Este último es el sentimiento que quiere despertar en los lectores ya que está convencida de que “están preparados para leer otras cosas menos conservadoras”, asegura reclinada en el sillón de su casa en Barcelona.
García Lao reside en la capital catalana desde 2022, con el miedo de la pandemia todavía en las entrañas, aunque el inicio de esta le pilló en Argentina. “Por en medio me mudé a Praga, porque ahí estaban mis dos hijas. En todo este proceso yo estaba escribiendo esta novela y creo que se nota todo este movimiento, no solo por el viaje en coche de los hermanos, sino por todo lo que les ocurre después”, explica.
Los lectores están preparados para leer otras cosas menos conservadoras” Y es que la road trip novelística recala en un hotel, el Tianqui, de lo más singular. Lo regentan diversas mujeres asiáticas que parecen réplicas unas de otras. “Hay algo en el doble que me fascina”, admite la autora, que en anteriores novelas ya ha puesto en primera línea a gemelos y siameses. “Imagino que me recuerdan a la vida contemporánea de este siglo XXI repleto de avatares, con nombres inventados en apps y redes y con fotos que no corresponden a la realidad. Hay dos versiones de cada persona, la que somos y la que mostramos”.
Pero, más allá del personal y de los huéspedes, todos parejas, si hay algo que llama la atención a los hermanos es la arquitectura imposible del edificio y lo que a su alrededor ocurre: avistamientos de ovnis, prostitución forzada, masturbaciones en comunidad… por no hablar de que el tiempo y las reglas espaciales no parecen cumplirse.
La escritora Fernanda García Lao, en su casa de Barcelona, habla de su nueva novela, 'Estación Saturno' Ana Jiménez
¿Y el título, a qué se debe? “Saturno fue una estación ferroviaria, deshabilitada en 1977 por orden del ministerio de obras y servicios públicos de la dictadura. En ese lugar sucede otra muerte antes de que se iniciara el relato: la del padre de los protagonistas, que se tiró a las vías justo cuando pasaba el tren, un día antes de que el lugar se clausurara. Ellos no pueden evitar pensar que, de haberlo hecho unas horas más tarde, él seguiría vivo”.
Desde el cierre de la estación, los vecinos empezaron a documentar encuentros con esferas danzantes y huellas que amanecían sin dueño y que, de un modo u otro, se incorporan en la trama. ¿Fantasmas? ¿Extraterrestres? “Seguramente lo segundo. O eso aseguraban quienes vivían allí. Me gusta pensar que fueron ellos”, sonríe. Y eso se debe a que ella misma, durante mucho tiempo, quién sabe si también hoy, se sintió uno de ellos. “A los diez años, mi mundo cambió al dejar Argentina para mudarme a Madrid. Más allá de lo que conlleva cambiar de escuela, de amigos y de lo cotidiano, lo que verdaderamente me perturbó fue el cielo, pues no era el mismo ya que no reconocía las mismas estrellas. A partir de ese momento, entendí que era una extranjera y empecé a mirar el mundo como tal”.
A los diez años, mi mundo cambió al dejar Argentina para mudarme a Madrid. El cielo no era el mismo” Una sensación similar experimentó al regresar a Argentina, “pues tampoco reconocía el lugar y yo llegué sin saber vocear y hablando con la z. No era ni de un lado ni de otro. Pero esa condición permanente de extranjera me ha permitido ver siempre todo con mayor claridad”, admite la escritora, que asegura tratar de ver siempre el lado positivo de las cosas, incluso en los momentos más oscuros. Del caos extrae siempre una trama y de lo menos visible, a menudo, una obra de arte. No hay más que ver en su casa el pequeño museo que ha improvisado en su pasillo, repleto de cuadros y donde resalta el busto de un maniquí rescatado de la basura, reconvertido en una verdadera escultura. Un decorado muy teatral, lo que denota que ella viene de allí.
Ver más artículos Lara Gómez (Barcelona, 1993) es licenciada en Periodismo por la Facultat de Comunicació i Relacions Internacionals Blanquerna.

Estación Saturno, referencias

El palacio municipal de Guamini, paisaje de Estación Saturno, fue diseñado por Salamone. Este croquis es un original. Se encuentra en el Museo Casa de la Historia Tornquist.
El reloj de la torre estuvo fuera de funcionamiento debido al deterioro estructural del edificio y del propio mecanismo.
Hice mentalmente el camino desde Estación Saturno hasta ahí mil veces.
"Una de las citas recurrentes de Espectros de Marx está tomada de Hamlet: El tiempo está fuera de quicio".

miércoles, enero 07, 2026

Quimera, revista de literatura #505

Monstruos que piensan el sistema: un inicio
Este editorial inaugura una nueva etapa en Quimera, con la responsabilidad que implica trabajar sobre el sedimento y el legado de décadas que no queremos traicionar. La abrimos con el deseo de proponer una revista que sea un espacio de análisis y de descubrimiento, que asuma la crítica como forma de lectura exigente y se arriesgue en sus elecciones y en sus modos de leer.
Nuestro punto de partida: las novelas, ensayos, obras de teatro, poemas y cualquier otra manifestación cultural con un componente literario relevante no son textos independientes, sino partes de un sistema interrelacionado. La literatura no vive aislada, ajena a otras artes ni al mundo. Como recuerda Claudio Guillén, toda obra forma parte de un entramado de textos, géneros, tradiciones y discursos; ‘literatura’ nombra este conjunto relacional, no un simple agregado de obras sueltas. Y, como diría Julia Kristeva, todo texto es un mosaico de citas, una absorción y transformación de otros textos. Una obra es siempre un punto de cruce, una reconfiguración de discursos ya existentes dentro de una red intertextual.
Nuestra propuesta: que esta concepción del sistema literario sea filosofía y modo de organizar la revista. Cada número se concibe como una constelación donde artículos, entrevistas, ficción y textos híbridos funcionan como nodos de una red de relaciones articulada en torno a uno o varios conceptos en diálogo. Algunos textos estarán estrechamente ligados entre sí y otros operarán como puntos de fuga, asociaciones laterales o relaciones oblicuas que abran el campo de lectura.
El primer número de esta nueva etapa orbita alrededor de lo monstruoso, lo posthumano y el límite de lo humano. En este inicio de 2026 se cumplen 175 años del fallecimiento de Mary Shelley y, a partir de Shelley y su famosa criatura, abordamos lo monstruoso con Fernanda García Lao, concepto que se reformula a través de la noción de género con las versiones teatrales de Frankenstein hechas por mujeres, gracias a Miriam Borham-Puyal. Rodrigo Fresán nos introduce en el universo monstruoso de Guillermo Del Toro, y conversamos con la curadora Maria Ptqk sobre narrativas híbridas, raras y posthumanas. Nuestro artista invitado, Guy Kinnear, trabaja la figura del gólem en un regreso a la tierra. Beatriz García Guirado nos arroja a los desechos de J. G. Ballard y a un mundo en destrucción ecológica; Manuel Santana propone distopías atravesadas de esperanza. También hablamos con Michel Nieva para desmontar las categorías de lo humano y lo no humano, y Benjamín Labatut nos entrega un relato de ficción donde se contaminan ambas etiquetas.
Este número es un inicio, no un programa cerrado. Habrá tanteos, desvíos y descubrimientos inesperados. Cada texto arriesga porque creemos que leer y escribir pueden transformar nuestra visión del mundo. La revista quiere ser un lugar donde experimentar, mezclar registros, incomodar un poco y, a la vez, ampliar las posibilidades de lectura. La apuesta de este mes es también la apuesta general de Quimera de seguir explorando y contribuyendo, número a número, a este sistema literario vivo y en transformación.
Gracias por andar en este camino.
Jofre Casanovas
Una reflexión sobre los límites de la simetría en el seno de la naturaleza humana, sometida a la potencialidad disruptiva del arte.

jueves, diciembre 25, 2025

'Estación Saturno', de Fernanda García Lao: habitar el tiempo

CRÍTICA ELPERIODICO.ES
Esta novela se adentra en lo inestable, en lo oscuro y misterioso de nuestra vida, a través de disonancias espaciotemporales La escritora Fernanda García Lao, autora de 'Estación Saturno'. / Maite Cruz
Anna Maria Iglesia
Barcelona, 25 DIC 2025 4:50
"¿En qué reside el encanto de los cuentos fantásticos? […] en el hecho de que, siendo fantásticos, son símbolos de nosotros, de nuestra vida, del universo, de lo inestable y misterioso de nuestra vida y todo esto nos lleva de la literatura a la filosofía", afirmó Jorge Luis Borges durante una conferencia en 1967. No es un cuento, sino una novela, sin embargo, el 'encanto' de 'Estación Saturno' reside en la capacidad de su autora, Fernanda García Lao (Mendoza, Argentina, 1966), de adentrarse en lo inestable, en lo misterioso y en lo oscuro de nuestra vida a través de una serie de disonancias espaciotemporales.
"Qué es el teléfono sino una aventura de la disonancia", leemos en las páginas finales, y lo mismo podríamos decir –y lo dice García Lao a través de su obra– de la literatura: esta es una aventura de la disonancia y para adentrarse en ella hay que aceptar la no lógica de la disonancia o, mejor dicho, su lógica ilógica. Nos lo advierte la voz narradora casi al inicio, "la materia depende de la convicción de sus partículas". Las partículas de 'Estación Saturno' convencen, pero es también tarea del lector dejarse convencer para reseguir el viaje de dos hermanos, varón y mujer, en el intento de recuperar el gato de su hermano mayor, al que acaban de enterrar, y que se ha escapado.
Motor de búsqueda
Si en Samuel Beckett el ausente Godot justificaba la espera de los dos protagonistas, aquí el desaparecido gato es el motor de esta búsqueda que desemboca –no 'concluye'– en un hotel regentado por las Chi, dos mujeres chinas que hablan con aforismos. También hallamos a un excapitán de policía, un tipo sueco y una mujer que se hace pasar por francesa. La autora los pone en escena en un espacio muy teatral –una extraña construcción en la que parece dominar el vacío– en el que, como advierte el excapitán a la hermana, la sincronía temporal con el afuera se rompe.
García Lao piensa el tiempo como un lugar que se construye, vacío solo en apariencia, porque está lleno de ausencias "Cuando se fue de Saturno, dejó de compartir el espacio-tiempo con su madre", le explica ella. Pero ¿qué es Saturno? Una estación ferroviaria de la provincia de Buenos Aires abandonada en 1977; desde entonces, se explica, "pescadores y vecinos narraron encuentros con esferas danzantes y huellas que amanecían sin dueño. Lo atribuyeron a actividad extraterrestre".
A medida que avanza la novela y, especialmente, a partir de la llegada al hotel, la pregunta sobre el tiempo se vuelve central. ¿Es el hotel el lugar de las disonancias temporales? ¿Por qué no lo puede ser Saturno, esa estación abandonada pero llena de presencias extrañas? Presencias hay también en el hotel, presencias ausentes –más que ver, se percibe– vinculadas con la muerte, pero también con la violencia, el sexo, la locura…
"El vacío es sólo una apariencia. Si la madre vive en el futuro y ellos en el presente, el muerto estaría vivo en el pasado. Pero dónde. ¿El tiempo es un lugar?", se pregunta la hermana y, efectivamente, García Lao piensa el tiempo como un lugar que se construye, vacío solo en apariencia, porque está lleno de ausencias. Las disonancias temporales son, en realidad, disonancias espaciales, vinculadas a la experiencia de habitar, con la percepción y la memoria. 'Estación Saturno' nos habla de los legados, de las ausencias que nos acompañan, de las pérdidas del pasado que siguen presentes. Novela lúdica y filosófica, irónica y angustiante, nos habla de ese espacio que habitamos y, por tanto, construimos llamado tiempo.
Estación Saturno
Fernanda García Lao
Candaya
144 páginas
18 euros

Arquitecturas resonantes

Vicente Luis Mora
Diario de Lecturas
Fernanda García Lao, Estación Saturno. Barcelona: Candaya, 2025.
Algo les pasa a los argentinos con las casas fantásticas o encantadas: El cuarto de vidrio de Norah Lange, Mandinga (1895) de Enrique E. Rivarola, La casa endiablada (1896) de Eduardo Ladislao Holmberg, La invención de Morel (1940) de Adolfo Bioy Casares, “Casa tomada” (1946) de Julio Cortázar, “La casa de Asterión” (1947) de Borges, la casa menguante de La luz argentina (1983) de César Aira, Casa de geishas (1992) de Ana Maria Shua, “La casa de Adela” (2012) de Mariana Enriquez, “La canción que cantábamos todos los días” (2013) de Luciano Lamberti, Siete casas vacías (2015) de Samanta Schweblin, y, last but not least, la casa Tiānqì de la Estación Saturno (2025) de Fernanda García Lao –más otras muchas que desconozco, o que no recuerdo–.
El retorno a la casa paterna, que en la mayoría de la narrativa occidental se vincula a la vuelta al origen y lo conocido, en manos de Fernanda García Lao se convierte en el principio de la entropía y el desconocimiento. Dos hermanos, una mujer y un varón innominados, intentan encontrar el gato huido de un tercer hermano que acaba de morir, en unos parajes argentinos con vestigios ferroviarios abandonados. Este es el punto de partida de una aventura donde concurrirán elementos naturales y sobrenaturales que convierten Estación Saturno en un memorable laberinto. La novela aborda la desestabilización referencial, la pérdida de los puntos de apoyo de lo que consideramos elemental y básico: el yo, el hogar, la familia, el espacio, el tiempo. Algunos personajes creen ser copias de otros, ciertos espacios son resabios de lugares antiguos, distintos momentos parecen atrapados en una suerte de déjà-vu permanente. Nuestra sensación de lectura es un remedo de la estupefacción que sienten los personajes, que quizá son movidos como marionetas por un demiurgo maléfico que busca esclavos, atención, dinero o todo a la vez. De la misma forma, quien lee es zarandeado por los hábiles hilos manejados por Fernanda García Lao.
También se mezclan los géneros. El estilo, seco y corto, de continua parataxis, roza lo poemático por concentración gracias al tensionado del lenguaje, y no faltan los párrafos que podrían funcionar como poemas. También hay “exoaforismos” a lo largo de toda la obra: “el auto rodeado de lluvia es una pecera al revés” (p. 37), o: “Quizá el más allá es una copia mal realizada de la provincia” (p. 128). A lo que hay que añadir dimensiones teatrales, como ahora veremos.
Una de las dimensiones más singulares y acertadas de esta breve novela es la psicologización de los espacios, convertidos en entidades psíquicas resonantes. La casa del hotel Tiānqì, centro neurálgico (y neurasténico) de Estación Saturno, es un auténtico hallazgo, con distorsiones espaciales y temporales, con lugares creados como mise en abyme; una casa que podemos describir como una casa encantada, pero también como casa manipulada y manipuladora. Y es posible que la novela que leemos sea otra casa Tiānqì, una trasposición espaciotextual de sus ambigüedades, porque hay agujeros de gusano entre visiones, entre párrafos, entre frases, así como momentos conectados espacio-temporalmente, reverberaciones, anticipaciones y reminiscencias. Novela psicoespacial, Estación Saturno es una historia planificada, que comienza por el primer espacio sensible: la corporalidad. Los personajes dudan de todo, menos de su cuerpo –son muy corporales las novelas de García Lao, llenas de deseo turbio y de goce insatisfecho–. Para quienes habitan en el hotel Tiānqì, el deseo es un modo de orientarse. En un artículo reciente, titulado “De la influencia como contagio”, escribe García Lao: “Leí teatro antes que narrativa. Jean Genet, Jean Anouilh, Sartre, Fassbinder”[5], y esa ascendencia es perceptible no solo en la eficacia de los diálogos, sino también en la consideración de las habitaciones como escenarios, perfectamente acotadas y concebidas como deambulatorios psíquicos por los que derivan los cuerpos ansiosos.
Otro aspecto que no suele citarse de la obra de García Lao es su humor negro, que me parece muy oportuno y que alivia en cierta medida la desolación general de las historias y la dureza de las relaciones entre los personajes. Una risa helada permanece en nuestro rostro mientras leemos sus libros, siempre personales, únicos, técnicamente virtuosos, divertidos y desolados, como la vida misma.

viernes, diciembre 19, 2025

Fernanda García Lao: curso de patafísica

‘Estación Saturno’, el nuevo juguete absurdo de Fernanda García Lao, nos invita a aceptar la lógica desnortada del mundo loco para seguir cuerdos.
Fernanda García Lao
La Opinión de Málaga. Cultura
Ricardo Menéndez Salmón
14 DIC 2025 7:00 La Libérrima en su ejecución, y muy gozosa en su lectura, ‘Estación Saturno’, el nuevo juguete absurdo de Fernanda García Lao, es una fiesta de la inteligencia. Hay un momento, hacia el inicio de la novela, en el que la escritora argentina levanta, como petición de principio, su pacto de lectura. La frase es tan breve como contundente: «La materia depende de la convicción de sus partículas». La aventura de dos hermanos (y de un ga to) en un paisaje inverosímil y en un espacio caprichoso precipita la peripecia de la obra hacia la sinrazón en un contundente ejercicio de velocidad de escape de la realidad. La pirueta permanente que exige ‘Estación Saturno’ se amplifica hacia el final del texto mediante otra declaración programática: «Ver es pacto. No hay dos que vean lo mismo, pero convenimos en dar por válido lo que se adapta a nuestro relato para no enloquecer». De modo que, si el mundo se ha vuelto loco, hay que aceptar su lógica desnortada para permanecer cuerdos. La estrategia posee muy fecundos precedentes en literatura, desde los cuentos de E.T.A. Hoffmann a «Ubik» de Philip K. Dick, aunque Kafka sigue siendo el alquimista que mejor ha orquestado el matrimonio entre lo implausible y su acatamiento. No en vano, son muchos los escritores que desayunan cada mañana junto al lecho estupefacto de Gregor Samsa. Una vez asumido el marco, lo consecuente es hacerlo verosímil.
Por las páginas de ‘Estación Saturno’ desfilan los invitados habituales de la escritura de García Lao, los mismos que resuenan en la siniestra «Nación Vacuna» y que se condensan con inusitada armonía (y no menor fiereza) en los relatos de «Teoría del tacto»: las estancias de lo impropio, el de lirio como tierra natal, esos decalajes entre el mundo y su percepción que desquician las ventanas por las que miramos y las puertas tras las que nos cobijamos. La locura como testigo de cargo, la ominosa pregunta por la identidad y el recurso al disparate enuncian la verdad de una escritura que interroga constantemente a la realidad acerca de sus significantes. ¿De qué hablamos cuando hablamos del tiempo y del espacio? ¿Desde qué lugar sancionamos lo que es normal y aquello que ha dejado de merecer ese nombre? ¿En qué momento eso que denominamos «yo» se ha convertido en una pregunta sin respuesta?

miércoles, diciembre 17, 2025

Maternidad por ausencia y fractura identitaria en Sulfuro, de Fernanda García Lao

"Sulfuro se inscribe en una literatura de lo insólito escrita por mujeres que subvierte las normas desde la perturbación, transforma lo monstruoso en lenguaje y el duelo en política. Esta literatura rehú-ye respuestas tranquilizadoras o redenciones simples: plantea escenarios en los que el deseo y el daño coexisten, y donde la maternidad se convierte en zona de conflicto. A la luz de esta lectura, la novela de García Lao constituye una intervención estética y política relevante para los estudios literarios, los feminismos y las relecturas contemporáneas de lo materno. Frente a un canon que ha invisibilizado for-mas alternativas de maternar, Sulfuro propone una narrativa que (como su protagonista) materna desde la pérdida, ama sin reconocimiento y cuida incluso desde la renuncia".
Yasmina Romero Morales. Universidad de Lleida.
(enlace en el título)

sábado, diciembre 06, 2025

El espeluznante Hotel Tiānqì

06 Dic 2025/Jesús Santander
ZENDALIBROS
«Lo espeluznante tiene que ver con lo desconocido; cuando descubrimos algo, desaparece. A estas alturas, cabe resaltar que no todos los misterios generan una sensación espeluznante. Ha de haber también una noción de alteridad, una sensación de que el enigma puede conllevar formas de conocimiento, subjetividad y percepción que van más allá de una experiencia corriente».
Pienso en esta categoría que hace Mark Fisher de lo espeluznante al afrontar la lectura de Estación Saturno, el último libro de Fernanda García Lao, editado por Candaya. Una novela que hace de lo espeluznante su modo literario desde la fragmentación formal: tres partes, que suman entre ellas treinta capítulos que a su vez están divididos en párrafos, todos ellos introducidos por el sintagma nominal «lo que + verbo» o «lo + adjetivo»: «lo que tiembla», «lo que se pierde», «lo deseado». Las novelas de García Lao siempre presentan formas propias; pienso en Sulfuro y en esa segunda persona narrativa. Elecciones que en una lectura rápida podrían presuponerse como un puro artificio narrativo, pero que van más allá. En Estación Saturno la elección introductoria de cada párrafo por este sintagma en el que el pronombre neutro «lo» elude por completo el sustantivo referenciado contribuye a eso que Fisher llama “lo espeluznante” para crear una imagen de negrura, algo similar a cuando en medio de un campo escuchamos un grito pero no sabemos qué lo produce, o cuando a través de un cristal traslúcido vemos que alguien se aproxima a la puerta. Desde este rasgo formal Estación Saturno comienza a ser espeluznante, porque la ausencia de lo representado siempre lo antecede, como cuando en las películas de terror adelantan milésimas de segundo el sonido a la imagen, porque no hay nada más perturbador que lo incierto que sobreviene.
"El hotel Tiānqì es un espacio donde no hay realidad conocida sino su simulación, una hiperrealidad, en términos de Baudrillard, con sus propias reglas y habitantes"
Las novelas y relatos de García Lao son tan atrevidos como reconocibles porque, a pesar de que su escritura se adapta a los diferentes temas que plantea, su estilo prevalece. Esa forma casi aforística de cerrar los párrafos («asordinado el mundo, la piel habla más fuerte») a partir de su gusto por la metaforización y la comparación poéticas («el destello fosforescente raya con su furia la noche como una aguja a un espejo») y su carácter polifónico, que hace de cada capítulo un vivero de perspectivas, consiguen que, sin replicar estructuras —porque si la segunda persona y su efecto apelativo eran necesarios en Sulfuro, en Estación Saturno lo es esta tercera persona fragmentada—, reconozcamos la voz de Fernanda García Lao. En esta ocasión nos situamos ante el viaje de dos hermanos (un hombre y una mujer) tras el entierro del que fue el mayor de los tres. Un viaje que se ve interrumpido por la pérdida del gato del fallecido. La porfiada búsqueda del animal nos advierte de que el duelo es más profundo de lo que ambos habían asumido. La ausencia del gato los conduce hasta el Hotel Tiānqì, un espacio de simulacro donde todo se recubre de rareza y recuerda en ciertos aspectos al famoso Hotel Overlook.
Fernanda García Lao invierte el espacio exterior e interior mediante este hotel para generar una sensación de extrañeza. El hotel Tiānqì es un espacio donde no hay realidad conocida sino su simulación, una hiperrealidad, en términos de Baudrillard, con sus propias reglas y habitantes. En Estación Saturno lo interior toma la forma de exterior y viceversa hasta vaciar ambos términos de sentido. En el hotel parece estar contenido todo el universo en su completitud, todo el presente en su forma más dilatada y absoluta. En cambio, en la Estación Saturno —el lugar de origen de los hermanos, una antigua estación de tren de la que toma el nombre la novela— está contenido todo el pasado y su imposibilidad. Lo inquietante de este asunto es que no hay certezas cuando se trata de deseo y memoria.
"Toda la novela está atravesada por el deseo y el problema que este supone cuando no se reconoce a sí mismo como tal, es decir, como algo potencial y se le confiere un mayor estatuto"
Mediante esta historia de avistamientos ufológicos y encuentros en la tercera fase indagamos en el tiempo como constructo, la memoria, el deseo, las relaciones humanas, la pérdida y el duelo, un Hotel que podría representar ese lugar Otro de Lacan que estaba allí desde antes de los hermanos, con una estructura autónoma y en el que ambos se internan para indagar en sí mismos y en su deseo. En este hotel se encuentran una serie de personajes raros —en el sentido, digamos, inquietante que Mark Fisher le concede al término—, entre los que destaco, como imagino que hará cualquier lector de Estación Saturno, al capitán Minor, un personaje que ha perdido su conexión con lo simbólico —siguiendo con Lacan— y hace de su deseo un puro goce, es decir, se mueve por la pulsión y lo entiende como algo perentorio, necesario. Toda la novela está atravesada por el deseo y el problema que este supone cuando no se reconoce a sí mismo como tal, es decir, como algo potencial, y se le confiere un mayor estatuto. Minor, este histriónico líder —un líder que no está claro si es elegido o impuesto—, obsesionado con el sexo y los avistamientos ovnis, hace de su deseo la norma dentro del Hotel. «Mire, Cosme, quien logra mercantilizar el goce obtiene un rédito sin límite. Llámese ovni o eyaculación. Hay que fomentar la adrenalina de lo por fuera. Lo doméstico aburre».
"Estación Saturno no solamente es una espeluznante visita al Hotel Tiānqì donde la apariencia se iguala a la realidad, sino que es una indagación sobre el deseo y el tiempo"
Otro de los rasgos que hacen perturbadora esta novela es que el tiempo es diferente para cada uno de los personajes, y si el adentro y el afuera quedaban nulificados igual le sucede al propio tiempo cronológico. «El del auto marca las cinco, pero no es posible. La tarde ya empezó a caer sobre la ruta. El tiempo ha dejado de ser previsible». El tiempo para cada personaje es diferente, del mismo modo que lo es en cada planeta del universo, porque cada uno contrae y dilata los sucesos en función de la importancia que les concede y su impacto. Lo importante es reconocer el propio tiempo, como es importante reconocer el propio deseo. En la novela se ven alternativas diferentes según cada personaje, desde la hermana que decide sumirse en él —orientarlo al pasado— para olvidarse del resto y refugiarse allí, hasta el capitán Minor, que busca igualar el resto de tiempos —heterotemporalidades— al suyo: “No existe el presente en el universo”, dice Minor a los gritos. “Lo que hay es un orden, pero cada cual percibe el suyo. Por eso hay que intervenir. Poner el universo de los demás en fila, ajustarlo”.
Estación Saturno no solamente es una espeluznante visita al Hotel Tiānqì, donde la apariencia se iguala a la realidad, sino que es una indagación sobre el deseo y el tiempo, mediante la que se nos advierte de los peligros de querer imponer el orden propio sobre la pluralidad. Nada más terrible que quien quiere ajustar el mundo de acuerdo con su deseo. Estación Saturno es hermosamente raro y hermosamente espeluznante, y desde los simulacros del Hotel Tiānqì y la Estación Saturno nos ofrece una reflexión necesaria, porque vivimos tan atomizados que olvidamos que participamos en nuestra propia percepción de la realidad y de esta forma la alteramos sin darnos cuenta. Desconocerlo u olvidarlo, he ahí lo terrorífico.
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Autora: Fernanda García Lao. Título: Estación Saturno. Editorial: Candaya.

jueves, diciembre 04, 2025

Fernanda García Lao: "El realismo en este siglo debería ser inestable, terrible, insólito, no una mala copia del pasado"

Entrevista | Fernanda García Lao Novelista, presenta "Estación Saturno"
La escritora argentina presenta nueva novela, "Estación Saturno": "No escribo para complacer. Si hay legibilidad, es porque hay ritmo, tensión. Como en la música: podés no entender la letra, pero al cuerpo la emoción no se le escapa".
Chus Neira
La Nueva España
Fernanda García Lao (Mendoza, Argentina 1966) es una de las voces más destacadas de la nueva narrativa latinoamericana. Después de “Teoría del tacto”, libro con el que fue finalista del premio “Tigre Juan”, presenta ahora “Estación Saturno” (Candaya), una novela desaforada que presenta el 22 y 23 de noviembre en Oviedo (Kafka & Co, 19 horas) y en Gijón (Toma 3, 13 horas).
-¿Qué te propusiste con Estación Saturno, cómo llega a este libro, esta novela tan concentrada, cuál fue su punto de partida?
-No hubo un punto sino una confluencia. Un duelo bajo la lluvia, un hermano muerto y la convicción de que necesitaba un procedimiento inusual para abordarlo. Me propuse desarmar mis propios mecanismos y escribir desde una tercera que disecciona cuerpos y espacios afectados. No se puede narrar el duelo sin contaminación. Por otro lado, lo familiar, lo social y lo político se anudaron acá. Y el agua, como insinuación del peligro.
-Se dice que este libro condensa muchas de sus obsesiones: la familia, el doble, la locura, el erotismo, lo monstruoso de lo político. ¿Es un punto de inflexión o un punto y seguido?
-Es un punto de fuga. No me interesa la linealidad ni en la vida ni en la obra. Pero sí, están algunos de mis motivos recurrentes: la familia como célula de la violencia, el cuerpo como archivo, el poder asociado al delirio. No sé si es un punto de inflexión, pero sí un libro que me ha dejado marcas. Me gusta pensar que cada novela es una mutación. Ya no soy la que era después de escribirlo.
-En Estación Saturno hay viaje, no lugares, un hotel donde el tiempo se confunde. ¿Hasta qué punto sus mudanzas están presentes en la novela?
-Crecí entre mundos. Viví en España, en Argentina, en Praga, en ninguna parte. El hotel es eso: un espacio que no encaja, que no tiene mapa. Un lugar donde el tiempo se descompone. Que devora cuerpos, la memoria. Como el Estado. El hotel es un personaje. Me gusta escribir desde lo que no se puede fijar.Desterritorializada y un poco extraterrestre. Quien se va tantas veces se siente así: afuera. No solo del espacio. El tiempo rompe la experiencia. Cruzar varias veces el océano desacomoda la convención, la revela. Hay que adelantar y atrasar relojes, afinar la brújula interna. Pero quedás desacomodada. Hacer ficción desde ahí es ser fiel a mi naturaleza.
-¿Cómo aparece el hotel Tiānqì en el proceso creativo?
-Exacto, apareció: se impuso. Lo vi. Vi llegando a los hermanos a esa casa, tras los giros a una rotonda. Yo hacía Taichi en aquel momento. Y mi maestra hablaba como las Chi: poetizando. La dupliqué, como suelo. Ese lenguaje me pedía un escenario que fuera poco doméstico, una arquitectura de lo improbable. Quería un lugar que fuera un teatro de operaciones. Un útero incómodo, una maqueta política y poliédrica. Una trampa, el delirio lúcido de un expolicía, que ha rebautizado al personal y los ha convertido en actores de sutrampa. Hay algo especular con la virtualidad nuestra de cada día. Nadie se parece a su versión pública/social. Somos actores de una farsa. Trabajamos para pagar deudas. Exactamente como los personajes que caen en el hotel.
-Ha dicho que la prosa debe estar a la altura de la neurosis colectiva. ¿Por qué cree que la ficción arriesga tan poco hoy?
-Porque el mercado es de digestión rápida. Porque la academia canoniza lo que ya entendió. La narrativa decimonónica sigue marcando el ritmo como si no hubiéramos pasado por el siglo XX. Yo no puedo escribir en un terreno pacífico. Vivimos en terreno minado. Entonces: que la prosa estalle. Que no se acomode. Que se parezca al mundo que vivimos. Inestable, terrible, insólito. Finalmente, el realismo en este siglo debería ser así. No una mala copia del pasado.
-¿Cómo encuentra el equilibrio entre el descabalgamiento formal y la legibilidad? ¿Piensa en sus lectores?
-Pienso en lectores cuando ya salí de la novela. Mientras la escribo soy la única espectadora. Pienso en las dinámicas internas. Luego aspiro a lectores mutantes, que no buscan explicaciones, que buscan sentido y disfrutan perdiéndose. Que disfrutan del vértigo. No escribo para complacer. Si hay legibilidad, es porque hay ritmo, tensión. Como en la música: podés no entender la letra, pero al cuerpo la emoción no se le escapa.
-En el libro aparece el capitán Minor, que remite a ciertos líderes contemporáneos. ¿Qué puede hacer la ficción ante el avance de los autócratas?
-Puede mostrar lo que el discurso oficial oculta. La ficción no salva, pero revela. No denuncia: expone. No explica: interpreta. Minor no es una caricatura. Es un síntoma. Estos tipos crecen como hongos, en cada hogar puede haber un megalómano furioso con ínfulas de crecimiento. La violencia se alimenta en la oscuridad antes de tomar dimensiones políticas.
-¿Y qué piensa cuando la realidad supera cualquier ficción?
-La realidad no es real. Es una puesta en escena. La ficción no la supera: la desarma. La hace visible. La vuelve cuerpo.

miércoles, diciembre 03, 2025

Estación Saturno, de Fernanda García Lao: una rara avis literaria

3 diciembre, 2025
Josep Masanés
Estación Saturno. Fernanda García Lao. Candaya. 144 páginas. 18 euros.
La argentina Fernanda García Lao publica Estación Saturno, una obra que se inicia con el viaje que emprenden dos hermanos, un médico y una contable, para volver a casa tras enterrar a su hermano mayor, quien padecía una enfermedad que lo anclaba a un presente perenne. La pérdida de un gato, último vestigio del difunto, en una estación de servicio, desencadena una persecución que conduce a los hermanos a un enigmático hotel de arquitectura imposible donde la realidad y el tiempo se disuelven, sirviendo de escenario para avistamientos de ovnis, actos de esclavitud sexual y corrupción administrativa. La novela se sumerge en temas como la herencia de los legados familiares oscuros de una estirpe marcada por el suicidio, la confusión de identidades y, sobre todo, la indagación de la naturaleza esquiva del tiempo. A través de su prosa, García Lao nos invita a cuestionar la realidad. Una literatura que no teme explorar territorios incómodos ni romper convenciones formales.
La novela está dividida en tres partes que se subdividen en múltiples capítulos cortos. Se trata de una prosa construida a través de frases breves y un uso constante del presente histórico. Una de las cuestiones más interesantes de la estructura es la subdivisión interna de los capítulos, con un narrador que actúa como una cámara que se limita a mostrar, contando aquello que ve y oye sin explicar el porqué de las acciones de los personajes. Esta voz narrativa es de las cuestiones más interesantes de la novela, ya que la voz del narrador se funde con los diálogos de los personajes, así como presente y pasado, y sus frases resuenan a menudo entre lo místico y lo poético.
El ingreso al hotel, un lugar de citas sexuales y encuentros atípicos, marca el inicio de una historia misteriosa, a medio camino entre el terror y el surrealismo. Aquí, el espacio y el tiempo se trastocan de manera onírica, evocando el cine de Tarkovsky o Béla Tarr. El elenco de personajes es un festival de lo grotesco y lo insólito: dos camareras gemelas, una pareja de ufólogos, un sueco que siempre llega tarde a los avistamientos, y Betelgeuse, una enana que se empeña en hablar en francés.
La tercera parte de la novela culmina el giro en torno al tiempo. Tras una conversación telefónica con la madre, se sugiere que el tiempo corre a dos velocidades, planteando la existencia de tiempos o mundos paralelos. El concepto inicial expresado por el hermano fallecido (el tiempo no existe, solo hay un perenne presente) se expande, llevándonos a concebir el tiempo como un espacio al que se puede acudir, una idea que evoca las complejas estructuras temporales de las películas de Christopher Nolan. Al igual que la luz que vemos de las estrellas es su pasado y no su presente, la novela insiste en que la realidad es una convención y que lo que experimentamos es el resultado de nuestra propia representación y deseo. Este juego de espejos, donde el hotel puede ser una casa de placer o un simple edificio, hace que la historia culmine de forma circular, unificando elegantemente los hilos dispersos.
Estación Saturno es una rara avis, una obra formalmente impecable que logra fusionar imágenes potentes y oníricas con un control narrativo preciso. Es una lectura estimulante que te deja «la cabeza golpeada», ya que, detrás de una historia aparentemente sencilla (el viaje de dos hermanos en busca de un gato), el lector se enfrenta a múltiples capas de interpretación sobre la herencia, la locura y la naturaleza ilusoria de la realidad. Es un libro difícil de explicar con justicia, emparentado con la lógica desquiciada de Boris Vian o John Waters. Una pieza única e irrepetible de la narrativa contemporánea, altamente recomendable para aquellos que disfrutan de las novelas que exigen y recompensan la implicación interpretativa.
Josep Masanés
https://josepmasanes.blogspot.com/?view=flipcard
Escritor. Menorca es mi mundo, San Luis su capital. Me gustaría ser un epígono del rey de la vajilla. Pero va a ser que no.

jueves, noviembre 20, 2025

Estación Saturno: «Todo lo narrado en esta novela es real, pero nada ocurrió»

LA VOZ DE OVIEDO
Esther Rodríguez
REDACCIÓN
La escritora argentina Fernanda García Lao estrena su nueva novela «Estación Saturno» de la mano de Editorial Candaya.
La escritora argentina mantendrá dos encuentros con el público asturiano, que se convertirán en una oportunidad única para explorar la creatividad y la irreverencia de la finalista del Premio Tigre Juan 2024
20 nov 2025 . Actualizado a las 05:00 h.
Con una prosa afilada y un humor tan oscuro como preciso, Fernanda García Lao (Argentina, 1966) es considerada una de las plumas más originales y destacadas del panorama literario actual en español. La escritora se encuentra inmersa en la presentación de su nueva novela, Estación Saturno (Editorial Candaya), una obra con la que desafía las formas convencionales de la narrativa y se adentra en los territorios de lo roto, lo sensorial y lo desacomodado. En esta gira por España, país donde vivió casi dos décadas exiliada con su familia, hará parada en Asturias. La autora estará este viernes, 21 de noviembre a las 19.00 horas en la librería Kafka & Co, en Oviedo, mientras que el sábado visitará Toma 3, en Gijón a las 13.00 horas. Estos encuentros serán, para el público asturiano, una oportunidad única para explorar la creatividad y la irreverencia de la finalista del Premio Tigre Juan 2024.
—¿Cómo surge la idea de escribir Estación Saturno?
—En Estación Saturno se dan cita ideas contradictorias entre sí, algunas formales, otras espaciales. Fue la confluencia de un clima, un espacio y un procedimiento. El hermano mayor ha muerto, llueve y los que quedan no saben cuidar la herencia. O acaso la herencia sea la falta de cuidado.
—Si tuvieras que describir tu nueva novela en pocas palabras, ¿cuáles serían?
—Un delirio lúcido sobre la muerte, la descomposición y la pérdida. Una comedia negra con fondo de crueldad. En un país que se parece al mío, con gatos, engaños y ausencia de seriedad.
—¿Por qué ese título para la novela?
—Estación Saturno es un lugar real de la provincia de Buenos Aires, desmantelado y sin trenes desde 1977. Pero además, Saturno devora el tiempo, como el Estado, como la familia. Me gusta esa ambigüedad: no se sabe si es un planeta, una parada o una trampa.
—¿Qué te llevó a elegir la muerte como uno de los temas centrales?
—No me interesa la muerte como final, sino como principio. En Estación Saturno, la muerte no cierra nada: abre huecos, preguntas absurdas, deudas.
—¿Cuánto de lo que narras está inspirado en experiencias reales o personales?
—Todo es real, pero nada ocurrió. La novela está escrita desde una memoria que no es mía, pero que me habita. Soy hija de exiliados, crecí entre mundos, tuve que adaptarme. Y se filtra, aunque no quiera. La ficción es mi manera de ser precisa.
—¿Hay algún personaje con el que te identifiques especialmente?
—Con el hotel. Ese lugar que acumula cuerpos, voces, objetos perdidos. Es un personaje en sí mismo: muta, respira. Me gusta pensar que escribo desde ahí, desde ese espacio que no encaja en ningún mapa.
—¿Hubo algún momento del proceso de escritura que te resultara particularmente difícil?
—Estuve varios años escribiendo la novela, la primera parte en Buenos Aires, la segunda en Praga, la tercera en Barcelona. No apuro los procesos, respeto la oscuridad, intervengo y modifico. Me doy tiempo para dudar, para reescribir, nunca una sola versión. Quiero decir, escribir es un modo sutil de meterse en problemas. Si no me ocurriera, habría que sospechar.
— ¿Cómo manejas los momentos de bloqueo creativo?
—No tengo. Soy grafomaníaca. Cuando algo se congela, abro otro archivo. Leo, camino, escucho conversaciones ajenas. Entiendo lo que estoy escribiendo cuando estoy en otra cosa. Actúo de despistada, para que la escritura no se haga la solemne conmigo. La necesito viva, en riesgo.
—¿Qué cambió en ti como escritora después de terminar este libro?
—Lo que te enseña un proyecto se disuelve en el siguiente. Es un capital simbólico difícil de evaluar. Prefiero no pensar en términos de resultado. En todo caso, soy una mutante crónica.
— ¿Qué esperas que el lector se lleve después de cerrar el libro?
—Una sensación de vértigo. Que se pregunte si lo que leyó fue una novela, un sueño o una experiencia estética. Y que el absurdo no es decorativo: es estructural. Reírse del horror puede ser una forma de resistencia.
—¿Qué viene después de Estación Saturno? ¿Estás escribiendo algo nuevo?
—Siempre estoy escribiendo, pero no hablo de lo que todavía no es. Por no condicionarlo. Y porque cultivo en secreto mis asuntos hasta que dejan de ser míos.
—Por último, ¿qué consejo le darías a alguien que está empezando a escribir su primer libro?
—Que no se preocupe por gustar: la literatura no es cosmética, es interrupción. El silencio es muy valioso: si vamos a pervertirlo, que merezca la pena.

A veces creo que el cosmos se va con cualquiera para lastimarme, por Gema Monlleó

Estación Saturno, de Fernanda García Lao (Candaya) | por Gema Monlleó REVISTA DETOUR Pensada y hecha a mano. Tres. “Un hombre, una mujer...