jueves, febrero 26, 2026
A veces creo que el cosmos se va con cualquiera para lastimarme, por Gema Monlleó
Estación Saturno, de Fernanda García Lao (Candaya) | por Gema Monlleó
REVISTA DETOUR
Pensada y hecha a mano.
Tres. “Un hombre, una mujer y un gato”. Tres. Tres hermanos. Tres. Dos vivos, uno muerto. Él, médico. Él, medico. Él y él, doppengälgers univitelinos. Ella, cultivadora de bulbos: “tiene la muerte clavada en la mitad de la cara”. Y la madre, la de la orquesta. La madre, triplemente abandonada. Primero por ellos, los no-maridos. Los no-padres. El violinista putativo. El jardinero. Un vivo y un muerto. El suicidio, rondando. El suicidio, bajo el último tren. Despues por los hijos. Abandono por etapas, abandono también en el regreso. Y Saturno, los anillos de la estación. La estación ectoplasmática. La estación y el dique. El dique y los muertos. Los cajones navegando (resuenan Vidria y sus amigos cabalgando inundaciones(1)). Lo inexplicable. Lo no-explicado. Y el gato. El gato que vio morir al último muerto, el que voluntariamente cayó. “El golpe le erizó la cola”. El gato en el coche. El gato en la tormenta. El gato, ¿buscando al muerto? “Un muerto es para toda la vida. No descansa, penetra”. Y el no-muerto, el hermano, el de la ironía por descreimiento. El hermano, el del miedo. Miedo a la muerte, miedo a la enfermedad, miedo a la memoria, miedo a la no-memoria. Miedo a saltar, como el hermano, como el hermano médico como él. Miedo a duplicar, a duplicarse. Y ella, la hermana, la del emprendimiento por desesperación, la de la huida salvífica (satúrnica). “Esferas anormales circulan sobre el agua creando espirales”. Y los cuerpos, los que duelen de tan vacíos. “Los sentidos mudos”. Y los cuerpos, los otros cuerpos, los que se añoran. “Siglos sin un cuerpo a mano”. Y la luna, furiosa. La luna, “amarilla y desbocada”. Y la noche, lluviosa. “La lluvia ya no se acuerda de sí misma. De tanto caer perdió el sentido”. Y la sumisión, la que mastica la infancia, persistente. “Disculpen mi extravagancia, soy una humilde saturnina que cultiva tulipanes”. Hay una casa de té que contiene lo inexplicable: Hotel Tianqì. Una tetera gigante desde la que el universo se expande. Una casa de té para jugar a los deseos, a los fantasmas, a las presencias, a las abducciones, y al sexo. Una casa de té como juego de la confusión. Una puerta de acceso a los mundos detenidos en la estación abandonada. Destinos sin destino. Certezas intermitentes. Lo húmedo y lo amargo. Y una rana albina en la pecera. ¿No será este mundo una pecera gigante? ¿Dónde está el demiurgo que nos observa? El más allá, y el gato, y la lluvia, y el tiempo. El más allá, aquí y ahora. El más allá como espejismo forzado. Y la madre, otra vez la madre, siempre la madre. “¿Atar es cuidar?” Y el cloqueo de las gallinas, gallinas saturninas, gallinas satúrnicas. Y los versos del I Ching. “En la fuerza domesticadora de lo Grande no hay virtud”. ¿Quién domestica a quién? ¿Quién juega con las naves? ¿Quién hace llover la lluvia? “Los orgasmos son formas de regresar a la cordura”. Se insinúa el incesto, un incesto leve. Se insinúa: “la lengua dibuja la palabra querido”. Se insinúa. Y la fosforescencia, iluminando la noche. Y el espejo. Y el paraíso. Y la muerte. “El mundo es una caldera”. Un ventanal y un trampantojo. El circo de la casa de té. Las acróbatas del fin del mundo. Lo inasible. Y “una lamida sideral”. Abismo y vértigo. Mal sistémico. Los nudos, los nudos de/en la familia. Las manecillas del tiempo girando al revés. ¿Hay sirenas en Saturno? ¿Cada anillo es una enfermedad? “Todo el hotel es un cuerpo tibio”. Cuerpo vacío, cuerpo deseante. Cuerpo a la espera, cuerpo en súplica. Cuerpo negado, cuerpo habitado. Cuerpo amargura, cuerpo rugido. “Cada orgasmo es un recurso técnico contra la angustia”. No es sexo, es consuelo. No es sexo, es un acuse de recibo de la soledad. Los límites de lo real y el agua oscura (resuena Under the skin(2)). Y la trascendencia, aunque Johnny Guitar(3). Y la transmutación. Y el cuerpo y el humo y la electricidad y las gallinas. Las gallinas de Saturno. “Lo único interesante, el cielo”. Y el rito de paso. Y la frontera. “Saturno es un umbral hacia y desde lo divino”. Y la temperatura, y los cerrojos celestes. “Asordinado el mundo, la piel habla más fuerte”. Autólisis emocional, frustración cultivada, sexo en barbecho. En La Biblia, el Mar Rojo se abre. En Saturno, se desbordan las lagunas. Agua separada. Agua mezclada. Y la lluvia. Lluvia a ráfagas y castración materna. “El vacío es sólo una apariencia”. “¿El tiempo es un lugar?”. Rehacer el orden. Reordenar. Intervenir lo licuado. Expandir lo viscoso. Nos queda el placer. Nos queda “la furia tecnológica”. Y la absenta, “ma chérie”, el hada verde (“et alors” resuena, claro, Baudelaire). Y la casa de té es un paraíso artificial, los nueve círculos de fuego girando alrededor de Beatriz. O tal vez es una iluminación de Rimbaud. Neutrínicos, “el tiempo ocurre en la nariz”. Hay un piano bajo el agua (el de Ada(4)), y “una medusa de pétalos”, y “gallinas nadadoras de ojos clorofílicos”. “Las aguas están malditas y distribuyen su locura”. Y el tiempo, rasgado; y el espacio, seducido; y la muerte, gritando. Y la hermana quiere dormir y olvidar (la hermana quiere hacerse un Ottessa(5)). Y el hermano es puro extravío. Y la madre es, quizás, agua saturniana. Y el muerto, muerto está. “El cosmos no se lleva nada, lo que hay es siempre humano”. ¿Y el gato? ¿Dónde está el gato? “¿Cuántas veces puede morir una persona?”. ¿Cuántas? ¿Cuántas veces se puede morir en Saturno?
Fernanda García Lao (Mendoza, 1966) regresa con Estación Saturno a los mundos distintos que habitan sus novelas, esos en los que el absurdo y lo fantástico convergen y conforman la geografía de lo extraño. Siempre sensorial, el microcosmos saturniano de la novela está poblado por personajes al margen, dos en duelo por la muerte (los hermanos) y el resto en duelo por la vida. Por una vida que se vale de la farsa para ordenar el caos, por una vida atravesada por los delirios contemporáneos (de la posverdad a la manipulación, de los liderazgos autoritarios a la hedonía depresiva “del pueblo”). Lao, más ballardiana que nunca (en lo sexual, en lo tecnológico), feroz en la crítica implícita, se vale de lo inexplicable para mostrar el vacío existencial, la vía escapista del sexo, la opresión de la soledad colectiva, la fragilidad emocional, cierta cobardía atávica, el peso de los silencios y las heridas que provoca la más sacrosanta de las instituciones: la familia. Afilada en la prosa, rotunda en el fraseo, poética en lo inquietante, psicofónica en la fragmentación y política en los estratos sobre los que crece la novela, la autora vuelve a contagiar un desasosiego atravesado por el humor (beckettiano, claro) y por una profunda angustia metafísica sólo mitigada por el atisbo final de, tal vez, nuevas (y más sanas) formas de relación.
Cuando era pequeña, cerca de mi casa, había un edificio en obras habitado por fantasmas. Los vecinos, noche sí, noche también, afirmaban escuchar ruidos “no-humanos” y sufrían el encendido y apagado de luces extrañas. El suceso, por inexplicable, convocó a la prensa, que esperaba la manifestación ectoplasmática. No sucedió. Los fantasmas no acudieron a la llamada. Lo que hoy llamamos hype descendió con la misma rapidez con la que subió, y nunca más se supo. ¿Se mudaron los fantasmas? Las obras paralizadas continuaron y, que yo sepa, ningún inquilino del nuevo edificio manifestó queja alguna por polizontes inesperados. Toda ciudad tiene sus fantasmas. Toda estación de tren abandonada, también.
(1) El amor es un monstruo de Dios, Silvana Vogt, H&O, 2025.
(2) Under the skin, Jonathan Glazer, 2014.
(3) “Dime que me quieres, aunque sea mentira”. En: Johnny Guitar, Nicholas Ray (1954).
(4) El piano, Jane Campion, 1993.
(5) Mi año de descanso y relajación, Ottessa Moshfegh, Alfaguara, 2019
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