miércoles, enero 07, 2026
Quimera, revista de literatura #505
miércoles, diciembre 27, 2023
Niña sin patria
miércoles, diciembre 20, 2023
El vacío es otro cuerpo
martes, mayo 02, 2023
La maleta de Portbou
lunes, marzo 27, 2023
Mis dos hemisferios
No recuerdo si hubo despedida. El cerebro anestesia lo que no entiende. Pero supongo que las vimos antes de viajar. Cuando pienso en mi abuela y en mi tía, sus siluetas están en camisón. En sus cuerpos siempre había una siesta cercana. También una tortuga, un limonero, paredes que mi abuela hacía blanquear y un teléfono negro. Vivían juntas, eran insondables. Dos versiones de lo femenino. Una ancestral. Cocinera, tejedora de crochet, de exuberancia mamaria. La otra, independiente, solterona, lenta de reflejos y dueña de un seiscientos. Adorables. Diminutas y cerradas. Hubieran cabido en una caja de cartón. Mi tía guardaba los papeles de regalo y los moños como si fueran criaturas para después. Embriones de felicidad que no llegaba nunca.
También tenían un pianito de madera sobre el armario. Aquel individuo de teclas mínimas representaba para mí la imagen del deseo. Conseguir que lo bajaran, hacerlo mío un instante, muy parecido a la felicidad. Me hubiera gustado que me lo regalaran, llevármelo en el viaje, pero no. Mi deseo fue condenado al vértigo del armario. Entonces, no hay imagen para la despedida. A las cosas que no están, se suman los momentos. El tiempo se alimenta de eso. Cada minuto, una masticación.
Es cinco de octubre por la tarde, el avión carretea. Sé que después de cenar, en medio del Atlántico, va a ser mi cumpleaños. Mis padres se conocieron sobre esas mismas aguas, pero dentro de un barco y en sentido inverso. A las doce en punto, me cantarán el cumpleaños feliz en el aire y no soplaré ninguna vela. Somos un árbol al revés: las raíces al descubierto. Fragmento de "Mis dos hemisferios". Victoria Torres y Miguel Dalmaroni pensaron, prologaron y compilaron Golpes. Relatos y memorias de la dictadura.
Mi relato del exilio familiar en el 76 lo escribí expresamente para ese libro, que pueden leer enlazado al título del post.
Ni olvido ni perdón.
lunes, febrero 27, 2023
Veo palabras, saben a carne
Escribir así no sucede para mentir, sino para encontrar verdad en lo que aún no fue pensado. Para ver de un modo nuevo lo que creíamos entender antes de interpretarlo. Escribir es interpretar a qué suena el mundo. Cómo se lo toca. Con qué palabra. “Cada cosa tiene un instante en que es - escribe en Agua viva- quiero adueñarme del es de la cosa”. Leerla me da vértigo, es como ver un pozo en el momento en que está siendo cavado. La cuestión del tiempo, su devenir, es puesta en duda. “Entre la actualidad y yo no hay intervalo”.
De su obra, regreso cada tanto a La Pasión según GH, a Agua Viva y a La hora de la estrella, es decir, a su periodo último. Estos textos sin género, indefinibles, condensan lo minúsculo mientras abren el espacio. Trémula tensión entre el núcleo y lo universal. Contra la idea del círculo, de lo acabado, Lispector es rizoma puro, aluvión. La primera persona desencadena su curiosidad por un objeto/sujeto que ha ingresado en su campo de interés, al que desea entender con el cuerpo entero, ser atravesada por él y nacer otra. La voz narrativa no cesa de preguntar, desde la orfandad más absoluta.
Para no caer, la narradora de La pasión según GH pide desde el inicio que no la suelte, que haga el recorrido de su mano. Lo pide a título personal, al yo que lee: “Mientras tanto necesito aferrar esta mano tuya”. Entonces se la doy, imposible desatender el pedido. Vamos juntas a lo oscuro, el infierno así no está tan solo. El placer de la travesía excede la oscuridad, porque una idea es un destello de inteligencia, aunque lastime. “Yo, viva y reluciente como los instantes, me enciendo y apago”.
Que el lenguaje sea un desvío, que el espacio de la página sea tiempo, cuerpo, memoria. Que las palabras se organicen de un modo nuevo. Que digan como si fuera la primera vez. Escribir requiere de palabras que, como sabemos, son anteriores a quien las llama, palabras ya nacidas que tienen su carga y su sombra.
La escritura de Lispector no sabe de géneros ni de especies. Ni siquiera de sí misma hasta que aparece. La prosa está contaminada de poesía, lo humano y lo animal son confabulaciones contiguas. Inventa su bestiario mientras concibe una excusa para que la escritura sea una cruza de actos animalizados e invención inhumana. El animal se comporta como persona, ser persona no alcanza. “La cucaracha no tenía nariz. La miré, con su boca y sus ojos: parecía una mulata agonizando”, La pasión según GH.
En Agua viva se propone escribir con todo el cuerpo. En La hora de la estrella vuelve sobre esa idea, que ya había extremado de modo hiperbólico: “Y cuando entrecerró los ojos nublados, todo quedó de carne, al pie de la cama de carne, en la silla el traje de carne que el marido había arrojado, y todo, casi, le producía dolor”. Devaneo y embriaguez de una muchacha, Lazo de familia. Lispector ensaya distintas formas para cada texto. Cada fragmento de Agua viva es como la hierba de un jardín seccionado, el silencio que se produce en el borde. “El día parece la piel estirada y lisa de una fruta”. Sin cronología, la asociación sustituye la estructura tradicional. Liberada de las descripciones banales, la narración avanza como una flor hambrienta. Así construye la voz, sin personaje. El personaje es la palabra. “No quiero tener la terrible limitación de quien vive sólo de lo que es pasible de tener sentido. Yo no: lo que quiero es una verdad inventada”. Agua viva fue comiéndose a sí misma, perdiendo carne del borrador inicial. Despersonalizada, casi desnuda, el vestido fue el lenguaje.
Hay una conciencia poética y filosófica de la fatalidad en su obra, que se vuelve más inquietante cuando se desentiende del argumento. Personajes que actúan de sí mismos, que se imitan, hacen como si existieran. Gente extraviada en su cuerpo que de pronto regresa por un acto cualquiera. A partir de una falta es trasfigurado, recuperado por el lenguaje: “Lo bueno del acto es que nos supera”.
Y luego está ese tratado de escritura de ficción que es La hora de la estrella. Que funciona también como diario: “Escribo porque no tengo nada que hacer en el mundo, estoy de sobra”. Donde decide ser un narrador que se dedica el libro a sí mismo, a su nostalgia. Apenas travestida de escritor, de nordestina, acomete la historia de cómo contar a partir de un asunto diminuto. Una historia “en estado de emergencia y de calamidad pública”, que pone en cuestión los principios fundantes del relato. Desde la dificultad primera: empezar cómo, si el mundo es previo a cualquier relato y se llega siempre tarde a él. Las cosas antes del relato de las cosas. Un narrador que desea contar en frío una tragedia que no le pertenece. Con un personaje central que es una mujer sin atributos. Desheroizada, una dactilógrafa sustituible, a decir de quien la inventa, que vive sin registrarlo, llevada por los acontecimientos, ajena de sí.
Aquellos que se resisten a leer a Clarice Lispector tienen una disculpa: es incómoda. Los que precisan que una historia se comporte como una larva que nace crece y se abandona se sentirán perdidos. A los apegados al sonido que la realidad imita en algunos textos les parecerá insólita. Por la desmesura de su decir la juzgarán de ensimismada. Por prescindir del lenguaje descriptivo, de ilegible. Hay quien escribe de estructuras, de relatos con certeza, desde ventanas abiertas o fascinados por los mecanismos del texto como si fuera un juguete. Hay quien concibe personajes tridimensionales o planos, con o sin psicología. Hay voces en primera apegadas a la confesión o en tercera, desvinculadas. Hay quien irrumpe, quien se amolda.
Lo que fluye en Lispector no es la conciencia sino la inconciencia, la abstracción. El saber del cuerpo se alza en las palabras como si no fueran de este mundo. La extranjera localiza rápido lo extraño. Vivir no se entiende. El lenguaje se queda corto, a veces. Cuando pretende aseverar sin probar físicamente una idea, fracasa. Lispector desea ser leída por “personas de alma ya formada. Aquellas que saben que la aproximación, a lo que quiera que sea, se hace gradual y penosamente -atravesando incluso lo contrario hacia lo cual nos aproximamos”. Se presenta como una escritora amateur, que huye de la categoría de profesional. Alguien a prueba. Que asume la inutilidad de responder antes y después sobre lo escrito.
Qué es el tiempo, cuál el fenómeno, a qué sabe la eternidad, de qué color es el miedo, qué significa soy. Quién me habita. El asombro de ser una inicial en la valija, querer probar lo inhumano. He ahí sus planes. “Fuera del agua el pez era forma” dice. Quién puede desmentirla.
Leyéndola encuentro mi escritura ahí, la que es anterior a su lectura. Ideas que yo consideraba propias que ella ensayó mucho antes, revelando que no sólo no eran mías, sino que pertenecían a un universo previo, que cambia de cuerpo y de lugar, que no es poseído nunca. Hay asuntos que son umbrales de creación: lo inmundo, la palabra como pieza de carne, el temor a deleitarse en lo terrible, la alegría de abandonarse a la fiera que se intuye bajo la máscara perfeccionada hacia afuera, la pretensión de que el discurso encuentre una forma nueva. Un campo poético familiar que ella extrema y que me obliga a inscribir mi propio acto de escritura en un linaje. Cada cual se arma el álbum que precisa. Ella estaba en el mío, aunque yo no lo supiera. En todo caso, leerla me habilita. Y sé que no sucedo sola. FGL
lunes, febrero 06, 2023
La perfecta otra cosa
Lo que apareció primero fue el relato de una mujer atraída por una entidad particular. Una mujer que habla y dice “Yo no te veo, pero adivino tu desnuda suerte. Nos vigilas. A veces te escucho y creo que estornudas. Eres la única cosa libre que se pasea por la tierra. Y no sabes esconder tu orgullo. No importa si tienes los dientes torcidos, porque te veo perfecta”.
Ese texto surgió puramente del inconsciente, fue escritura automática. No estuvo mediado por el interés ni por la búsqueda de un sentido previamente trazado. Y, como es evidente, aún no voseaba, mi experiencia con el lenguaje era en español. No podía torcerlo, todavía. Enseguida me pregunté a quién se dirigía esa voz, quién era esa Perfecta otra cosa. Y supe rápido que aquello era sencillamente lo que no se puede tocar, lo fantasma, lo divino como objeto inalcanzable. Esa mujer que habla con algo que no tiene forma aún, sólo es deseo, dice y cuestiona lo cotidiano que le ha tocado vivir e instala la necesidad de un territorio poético nuevo. Salir de su entorno, de la narración tradicional y doméstica que le han heredado sus padres, para explorar en lo imposible, lo otro, lo que no tiene acceso. Es una especie de anarquista con ganas de dinamitar el mundo o ausentarse. Está inmersa en una realidad que le sabe en exceso pueblerina, sin brillo. Esa primera persona era muy parecida a mi yo de aquel tiempo, pero no desde la biográfico, sino desde la experiencia lectora. Lo solemne me hacía bostezar, no soportaba los programas ni los autores que debía leer para considerarme instruida. Como en cada familia, hay un instigador, en este caso, instigadora, que es quien enciende el fuego de la desobediencia. En mi caso, esa tía fue la literatura de los bordes. En la ficción se carnalizó en una tía díscola que es la que trae la narración de otros mundos al relato. La tía Jessica llega al pueblo y cuenta su vida, sus aventuras desconcertantes y la narradora al escucharla quiere probar ese tipo de desgracia, una que no se parece a lo conocido.
Al terminar ese relato, que escribí a mano y a gran velocidad, del que aún conservo el manuscrito, resolví continuar y preguntarme qué tenían para decir quienes estaban a su alrededor, esos personajes ya mentados, que se convirtieron en cuerpos y en voces que vienen a negar, a completar, a tensar al primero. Qué era la perfecta otra cosa para cada uno. Así fue apareciendo esa narración de siete cabezas que funcionan con los demás como personajes secundarios y que en torno a sí mismos nuclean el sentido del mundo. Cada personaje se repite y todos juntos conforman esa constelación que es la novela. En la que todos buscan el sentido. Con mayor o menor suerte.
Hubo un libro que me sirvió de guía, aunque su asunto no tuviera nada que ver: La vida instrucciones de uso, de Georges Perec. El modelo del puzle, que es juego y armado. Fragmento e imagen mayor, que requiere de todas sus piezas para existir. Al escribir La perfecta otra cosa, mi primera novela, publicada un poco después que Muerta de hambre, lo que hice fue no sólo construir mi territorio inicial, sino preguntarme por mi propia tradición. Fue una especie de declaración de principios y atrevimientos que contaminó el resto de lo que he escrito hasta ahora.
A partir de ella, cada vez que me siento a trazar un proyecto me pregunto por la forma. No hay dos novelas con la misma estructura, porque citando a Piglia citando a Lukács, en la novela el contenido es la forma. Cómo escribí La perfecta otra cosa (Cuenco de plata, 2007). Revista Por el camino de Puan.
viernes, febrero 25, 2022
Cajonera
Cuento inédito publicado en El periscopio. La Marea 86. España, 2022.
Cada pesadilla anuncia su carácter artificial,
pero el miedo es verdadero. Esos pies recurrentes, las uñas duras que raspan
sin querer las piernas. El peso de un cuerpo macizo sobre las costillas. Cuando
abre los ojos, sola. Tarda en recordar dónde está.
La cama de sus padres tiene algo de barco a la
deriva. El colchón se hunde en el medio, la almohada es larga y dura. El
crucifijo en la pared, una amenaza. Siempre pensó que era demasiado grande,
fuera de escala. De chiquita imaginaba un derrumbe cada vez. Entrar al
dormitorio y encontrar a sus padres muertos, sangrando bajo la cruz.
Se levanta antes del amanecer. Se pone la bata
de su madre, que apenas le tapa las nalgas. Las pantuflas del padre no se las
pone. Descuelga a Jesús para llevarlo al comedor. El suelo está helado. Si abre
los labios intuye el vaho que la sigue. Camina descalza por el pasillo, a
oscuras, el interruptor está muy alto. Cómo hacían sus padres para prender la
luz, tan bajitos los dos. Los imagina subidos uno sobre el otro como acróbatas
viejos, perdiendo el equilibrio. Sigue hasta el comedor, doblada por el peso.
No hay más lugar en el bolso que está sobre la mesa. Deja a Jesús en el suelo,
junto a la puerta de servicio. No habrá manera de bajarlo sin ascensor. Se
pregunta cómo habrán subido y bajado las escaleras sus padres hasta el tercer
piso. Aunque es verdad que la muerte los sorprendió en la escalera. Él resbaló
y, al agarrarse de la esposa, la arrastró consigo.
En su antiguo dormitorio no queda casi nada.
La cama se la llevó cuando se fue a vivir sola. Las paredes están desnudas, su
cajonera, vacía. Esas patas con forma de garra todavía la perturban. No le permitían
dormir cuando era chica. Si cerraba los ojos, escuchaba sus pasos sobre el
parqué. La cajonera se deslizaba sutilmente hasta su cama, destapándola. Se
subía sobre ella. Cuántas veces se la quiso sacar de encima. Odiaba el siseo de
esas pezuñas contra las sábanas. La cajonera le respiraba en la oreja, se movía
con desenfreno. Ella tardaba mucho en abrir los ojos cuando volvía el silencio.
Al hacerlo, la encontraba en su lugar, con el jarroncito de rosas encima. Cómo
va a montarte una cajonera. Son tonterías tuyas, le decía su madre, mientras
cambiaba el agua del jarrón, que siempre estaba sobre el mueble.
En el baño, el plástico de la ducha está
hongueado. Se lava las axilas con agua fría y un pedazo de jabón endurecido que
huele como sus padres, como ella recuerda que olían. Se viste rápido, tiene que
irse. La casa entera es un mal sueño. Como aquel en el que golpeó a la cajonera
con el jarroncito y le clavó un pedazo de vidrio. Las rosas quedaron en el
suelo, pisoteadas. A la mañana siguiente, el que estaba herido era su padre y la
cajonera no había sufrido ningún daño. Según dijeron, saltaron los fragmentos,
la madre tuvo que curar al lastimado. Cómo se manchó el camisón de ella, nadie
pudo explicarlo. La sangre parecía una medalla de guerra, una herida brillante
y tenebrosa. Después de aquello, la cajonera desistió de montarla. Y su padre
se volvió más hosco, la cicatriz le había cambiado el gesto.
Termina de acomodar las cenizas de ellos, los
cubiertos de plata. Arrastra el bolso hasta la puerta de servicio, abre
esquivando la cruz. Deja todo en el cuartito de la basura. Cierra. Baja los
tres pisos liviana. Tan huérfana, que casi resbala de felicidad.
Fernanda García Lao.
lunes, noviembre 29, 2021
Veo palabras, saben a carne
Por Fernanda García Lao
Para LATIN AMERICAN LITERATURE TODAY
University of Oklahoma
Cada vez que asomo a
un texto de Clarice Lispector,
tengo la sensación de
que respira: acaba de ser escrito para mí, está crudo. Lo que se revela parece
reciente. Como si la narradora acabara de dar con la idea que ha de carnalizar
para que yo pueda probarla.
Acaso escribir no sea
más que apresar el tiempo, o esa voz que irrumpe y nombra lo que acaba de ver, antes
de que desaparezca. Pasado y futuro suceden ahora.
Escribir así no
sucede para mentir, sino para encontrar verdad en lo que aún no fue pensado. Para
ver de un modo nuevo lo que creíamos entender antes de interpretarlo. Escribir es
interpretar a qué suena el mundo. Cómo se lo toca. Con qué palabra.
“Cada cosa tiene un
instante en que es - escribe en Agua viva- quiero adueñarme del es de la
cosa”.
Leerla me da vértigo,
es como ver un pozo en el momento en que está siendo cavado. La cuestión del
tiempo, su devenir, es puesta en duda.
“Entre la actualidad
y yo no hay intervalo”.
De su obra, regreso cada
tanto
a La Pasión según
GH, a Agua Viva y a La hora de la estrella, es decir, a su periodo
último. Estos textos sin género, indefinibles, condensan lo minúsculo mientras
abren el espacio. Trémula tensión entre el núcleo y lo universal. Contra la
idea del círculo, de lo acabado, Lispector es rizoma puro, aluvión.
La primera persona desencadena
su curiosidad por un objeto/sujeto que ha ingresado en su campo de interés, al
que desea entender con el cuerpo entero, ser atravesada por él y nacer otra. La
voz narrativa no cesa de preguntar, desde la orfandad más absoluta.
Para no caer,
la narradora de La
pasión según GH pide desde el inicio que no la suelte, que haga el
recorrido de su mano. Lo pide a título personal, al yo que lee:
“Mientras tanto necesito aferrar
esta mano tuya”.
Entonces se la doy, imposible
desatender el pedido. Vamos juntas a lo oscuro, el infierno así no está tan solo.
El placer de la travesía excede la oscuridad, porque una idea es un destello de
inteligencia, aunque lastime.
“Yo, viva y
reluciente como los instantes, me enciendo y apago”.
Que el lenguaje sea un
desvío,
que el espacio de la
página sea tiempo, cuerpo, memoria. Que las palabras se organicen de un modo
nuevo. Que digan como si fuera la primera vez. Escribir requiere de palabras que,
como sabemos, son anteriores a quien las llama, palabras ya nacidas que tienen
su carga y su sombra.
La escritura de Lispector
no sabe de géneros ni de especies. Ni siquiera de sí misma hasta que aparece. La
prosa está contaminada de poesía, lo humano y lo animal son confabulaciones contiguas.
Inventa su bestiario mientras concibe una excusa para que la escritura sea una
cruza de actos animalizados e invención inhumana. El animal se comporta como
persona, ser persona no alcanza.
“La cucaracha no
tenía nariz. La miré, con su boca y sus ojos: parecía una mulata agonizando”, La
pasión según GH.
En Agua viva
se propone
escribir con todo el
cuerpo. En La hora de la estrella vuelve sobre esa idea, que ya había
extremado de modo hiperbólico:
“Y cuando entrecerró
los ojos nublados, todo quedó de carne, al pie de la cama de carne, en la silla
el traje de carne que el marido había arrojado, y todo, casi, le producía
dolor”. Devaneo y embriaguez de una muchacha, Lazo de familia.
Lispector ensaya
distintas formas para cada texto. Cada fragmento de Agua viva es como la
hierba de un jardín seccionado, el silencio que se produce en el borde.
“El día parece la
piel estirada y lisa de una fruta”.
Sin cronología, la
asociación sustituye la estructura tradicional. Liberada de las descripciones banales,
la narración avanza como una flor hambrienta. Así construye la voz, sin
personaje. El personaje es la palabra.
“No quiero tener la
terrible limitación de quien vive sólo de lo que es pasible de tener sentido.
Yo no: lo que quiero es una verdad inventada”.
Agua viva fue
comiéndose a sí misma, perdiendo carne del borrador inicial. Despersonalizada,
casi desnuda, el vestido fue el lenguaje.
Hay una conciencia
poética y filosófica de la fatalidad
en su obra, que se
vuelve más inquietante cuando se desentiende del argumento. Personajes que
actúan de sí mismos, que se imitan, hacen como si existieran. Gente
extraviada en su cuerpo que de pronto regresa por un acto cualquiera. A partir
de una falta es trasfigurado, recuperado por el lenguaje:
“Lo bueno del acto es que nos supera”.
Y luego está ese
tratado de escritura de ficción
que es La hora de
la estrella. Que funciona también como diario:
“Escribo porque no
tengo nada que hacer en el mundo, estoy de sobra”.
Donde decide ser un
narrador que se dedica el libro a sí mismo, a su nostalgia. Apenas travestida
de escritor, de nordestina, acomete la historia de cómo contar a partir de un
asunto diminuto. Una historia “en estado de emergencia y de calamidad pública”,
que pone en cuestión los principios fundantes del relato. Desde la dificultad primera:
empezar cómo, si el mundo es previo a cualquier relato y se llega siempre tarde
a él. Las cosas antes del relato de las cosas.
Un narrador que desea
contar en frío una tragedia que no le pertenece. Con un personaje central que
es una mujer sin atributos. Desheroizada, una dactilógrafa sustituible, a decir
de quien la inventa, que vive sin registrarlo, llevada por los acontecimientos,
ajena de sí.
Aquellos que se
resisten a leer a Clarice Lispector
tienen una disculpa:
es incómoda. Los que precisan que una historia se comporte como una larva que
nace crece y se abandona se sentirán perdidos. A los apegados al sonido que la
realidad imita en algunos textos les parecerá insólita. Por la desmesura de su decir
la juzgarán de ensimismada. Por prescindir del lenguaje descriptivo, de ilegible.
Hay quien escribe de
estructuras, de relatos con certeza, desde ventanas abiertas o fascinados por
los mecanismos del texto como si fuera un juguete. Hay quien concibe personajes
tridimensionales o planos, con o sin psicología. Hay voces en primera apegadas
a la confesión o en tercera, desvinculadas. Hay quien irrumpe, quien se amolda.
Lo que fluye en
Lispector no es la conciencia
sino la inconciencia,
la abstracción. El saber del cuerpo se alza en las palabras como si no fueran
de este mundo. La extranjera localiza rápido lo extraño. Vivir no se entiende. El
lenguaje se queda corto, a veces. Cuando pretende aseverar sin probar físicamente
una idea, fracasa.
Lispector desea ser
leída por “personas de alma ya formada. Aquellas que saben que la aproximación,
a lo que quiera que sea, se hace gradual y penosamente -atravesando incluso lo
contrario hacia lo cual nos aproximamos”.
Se presenta como una
escritora amateur, que huye de la categoría de profesional. Alguien a
prueba. Que asume la inutilidad de responder antes y después sobre lo escrito.
Qué es el tiempo,
cuál el fenómeno, a qué sabe la eternidad,
de qué color es el
miedo, qué significa soy. Quién me habita. El asombro de ser una inicial en la
valija, querer probar lo inhumano. He ahí sus planes.
“Fuera del agua el
pez era forma” dice. Quién puede desmentirla.
Leyéndola encuentro
mi escritura ahí, la que es anterior
a su lectura. Ideas que yo consideraba propias
que ella ensayó mucho antes, revelando que no sólo no eran mías, sino que pertenecían
a un universo previo, que cambia de cuerpo y de lugar, que no es poseído nunca.
Hay asuntos que son umbrales de creación: lo inmundo, la palabra como pieza de
carne, el temor a deleitarse en lo terrible, la alegría de abandonarse a la
fiera que se intuye bajo la máscara perfeccionada hacia afuera, la pretensión
de que el discurso encuentre una forma nueva. Un campo poético familiar que
ella extrema y que me obliga a inscribir mi propio acto de escritura en un
linaje. Cada cual se arma el álbum que precisa. Ella estaba en el mío, aunque
yo no lo supiera. En todo caso, leerla me habilita. Y sé que no sucedo sola.
sábado, julio 11, 2020
Diario sin tiempo
La gata araña la puerta y entonces sé que es de día. G lee un prólogo a Spinoza en el patio, yo intento abrir el frasco con mermelada de pera que hice ayer. Anoche nos acostamos dos veces. La oscuridad nos dejó con los ojos abiertos, tatuados. Hubo que levantarse. La serie polaca se estiró un capítulo más. El artilugio de la ficción a veces salva.
Ayer
Recibí un llamado misterioso de mi verdulero: ¿Te interesa un cajón de peras medio al límite? No las quiero tirar y por ahí te entretenés haciendo mermelada. Fui a buscarlo sin dudar. Hacía dos días que no salía para nada. Subió la persiana lo justo para que pasara el cajón. Te sumé unas ciruelas, algunas bananas. No hay que tirar nada, dijo el verdulero bajando la persiana. Me sentí en un policial, de contrabando. Después, ochenta y siete personas en Facebook me explicaron amorosamente qué hacer con tanta pera. Preparé mermelada, helado y chutney. No los probé todavía.
Ahora
La Turca me manda nota de Horacio González: La inmovilización. ¿Ya la leíste? No, recién me levanto, le digo. Cómo estás. No paro de subir y bajar emocionalmente. Un día es mucho más que el tiempo, dice. Te quiero, le escribo. Yo también. Le envío la nota a G, que está a cinco metros. La lee en voz alta. Coincidimos en el riesgo que implica este ensayo de control poblacional.
Ayer
Primera sesión de análisis por Skype. Problemas técnicos: veo a mi analista, él a mí no. Siento que hago trampa. Tengo información de su cara, a pesar de que él se mantiene casi imperturbable. Le hablo de mis dudas sobre el estado de restricción. De mis dificultades para acatar la norma. Y de mi compromiso por respetar el aislamiento. Estoy encerrada como todos, pero con reparos ontológicos. Mi itinerancia de siempre: creo y descreo a la vez.
Ahora
Miro la tijera, no voy a usarla. Que el pelo crezca. Que algo de la animalidad consentida se me instale en la cabeza. Aunque sea a nivel capilar. Tengo que regresar al trapo y la lavandina, nunca limpié tanto en mi vida. También en contra de la asepsia obsesiva, y a favor. Quiero ser mi propio anticuerpo.
Ayer
Que el virus este tiene un comportamiento ultra neoliberal, le digo al analista. Un momento, la perra quiere salir al patio. Cuando regresa, mi cara aparece sorpresivamente en la pantalla. Que el virus es el otro, le digo. Temor al contagio, distancia. El mal habita al otro. Yo soy el mal de mi vecino. Qué te asusta, me pregunta. Que no se termine, que el miedo sea eterno. No saber.
Ahora
G escucha el nuevo tema de Bob Dylan mientras contesta mails. El correo se ha vuelto intenso. Los amigos, la música, el amor. Las chicharras compiten con Dylan desde el patio. Es verdad que el jardín vibra de un modo sugestivo. Han vuelto las mariposas, el colibrí. La Pandora rosada está exultante. Pero cuando escribo, oscuridad. Apenas unas líneas, el presente anula cualquier avance.
Ayer
Llamado de Orne, desconsolada. No salgan, la situación es terrible. Hablamos los tres por altoparlante. Ahora entendés mejor lo que siento, le digo a G cuando cortamos el teléfono. Las mías en Praga, desde hace año y medio. Juli me enseña a hacer un barbijo reutilizable, estudia, sube fotos de platos veganos increíbles. Valen escribe, compone, pinta. Trabajan cada una desde su casa. Hablamos a diario, las tres. Ya acostumbré el cuerpo a no tener sus abrazos. O eso pretendo.
Ahora
Volvió el sueño recurrente del aeropuerto. El bolso vacío, ninguno de mis pasaportes. El de acá, el de allá. Miro la agenda, hoy debería estar en Málaga presentando Nación vacuna. Iberia no canceló mi vuelo ni me dio un reembolso. Por suerte no viajé, pero. Mis apestados de ficción compiten con los reales. La escritura siempre sabe más que yo.
Ayer
Clase con Julia, la tallerista de Ecuador. Mientras me lee su cuento aparece su hijita. Enseguida el papá se la lleva sonriendo. Si no supiera que hay un virus, la escena sería encantadora. A veces el mal hace bien las cosas.
Tuve que usar la tijera, pero no conmigo. Hago de peluquera para G en el patio. Dónde aprendiste a cortar, me pregunta. En mi cabeza, le digo. Nunca le tuve respeto.
Ahora
Leo a Emily Dickinson: el destino es la casa sin puertas.
domingo, enero 06, 2019
El cielo se abre
PAGINA/12
3 ENERO 2019

No sé qué hago con Berta. Tiene cara de idiota. Siempre que voy a lo de Otto me encaja alguna amiga que me distraiga de la miseria. Esta noche entregué el abrigo y ella, un trombón sin funda. Era tarde cuando entramos, toda la noche en vela. Una fila interminable. Se sale mal, con menos plata de la que uno espera. Con mi abrigo comeré una vez. Recibí apenas dos billetes. Berta está indignada y cierra de un portazo. Con amigos así, dice.
La ciudad recién empieza cuando dejamos la casa de empeños. Tengo frio y no quiero volver a casa, es una heladera oscura. Ni una lamparita quedó.
¿Tenés algo que hacer? Le digo que no. Te invito a ver un muerto. Bueno, le digo. El barrio es lejos. No hay árboles, no hay familias, no hay perros. Pero seguro que ligamos comida.
Berta ya no parece tan idiota, mientras camina va intentando abrir las puertas de cada auto gris estacionado. Son de garca, dice.
Percibo en ella un tipo de peligro que me atrae. Los madrugadores nos esquivan y nosotros a ellos. Vamos rápido, para entrar en calor. Las nubes negras que me persiguen se diluyen de a ratos.
Cuando llegamos a la puerta del muerto, está cerrada. Deben haberlo enterrado ya, dice. Tardó un montón en morirse. Hace años que anunciaba que le quedaban dos días. Antes de ayer apareció en mi edificio y dijo: el miércoles quiero que vengas a casa porque voy a morirme en serio. Pero hoy es viernes, le digo. Qué cagada, según él, era mi papá.
Volvemos al centro. Tomamos por una avenida ancha llena de grúas y cemento. La ciudad entera está en obra. Me duelen los pies, cada paso es una futura ampolla. Berta interrumpe mi silencio con observaciones imprevistas. La gente piensa que soy estúpida porque tengo la frente muy salida, dice. Pero el cerebro está en otro lado. Uno piensa con todo el cuerpo. Sí, obvio, le digo, aunque no sé a qué se refiere. Mi cuerpo no cavila. La cabeza tampoco. El ruido de las grúas y la resaca me tienen mareado. Antes de ir a Otto bebo. Así olvido que mi casa se fue vaciando en su casa de empeños. Su negocio es adueñarse de lo que fue mi vida. Debería mudarme ahí. Está todo: la aspiradora, el ventilador, el sofá cama. Lo que no voy a soltar nunca es la petaca de mamá. Duermo en el suelo, abrazado a su sabor.
Berta descubre la puerta de un auto sin cerrar y ocupa el asiento del conductor con naturalidad. Me invita a subir. Dale, vamos. Querés conocer a mi hermana, me pregunta. Se llama Berlin. En realidad, media hermana. Mi papá supuesto no era el suyo. ¿O era al revés?
Parece que va a presentarme a toda su familia. Arrancamos después de varios intentos. Mete los dedos y luego tironea de un cable con la boca. Yo tirito, impaciente. Berta maneja pésimo, acelera y casi atropellamos a un ciego, perro incluido. Por suerte el ciego no puede vernos y sigue caminando sin saber. El perro nos gruñe con los dientes apretados, para no asustar a su protegido. Berta gira en el bulevar y señala unas mesas oxidadas sobre la vereda. Esa es Berlin, dice mientras toca bocina. La hermana está sentada en un bar exterior que parece un pedazo de sábana en la mitad del mundo. Es un palito, la hermana. Dejamos el auto mordisqueando el cordón y al bajar, Berlin me pasa un papel, tiene la lengua dura. El pelo, color violeta. Se sienta con las piernas encogidas por el frío y me mira fijamente. Está intentando seducirme. Berta se da cuenta, pero ni se inmuta. Nos dice vamos y me toma de la camisa. Berlin se roba una botella. Subimos al auto, pero no tiene más nafta. El mozo nos toca la ventanilla. Siempre lo mismo ustedes dos. Pagale, me dice Berlin. Si no, te va a surtir. A nosotras ya nos conoce. Le doy un billete al tipo y me siento un imbécil. Sólo me queda uno.
Vamos a casa, dice la tonta.
Caminamos los tres por calles destrozadas sin caernos, como disparates sin sombra. La luz de la mañana es tan brillante que no hay proyecciones de oscuridad. Tomamos del pico y de pronto, Berta echa a correr como embobada. Corre y nosotros atrás, intentando prevenirla. Cruza sin mirar y se salva de camiones y motos. Mete la cabeza en la fuente de una placita destartalada. Nos mira sorprendida por el agua, se moja el vestido. Está más borracha que yo. La agarramos de las axilas y a la rastra llegamos a un edificio sin ascensor.
Berlin no encuentra las llaves y Berta se desmaya en la entrada. Las tiene ella, dice, revisala vos. Abro su cartera. Hay de todo, agito y no suenan. Las tengo encima, dice Berta reanimada. Busco en sus bolsillos y junto a una costilla encuentro el manojo. Subo con ella, besando cada escalón. Berlin abre y yo suelto el paquete sobre la alfombra, agotado. Hay partituras con manchas de grasa en el suelo. Un gato flacucho, que nos ignora, toma agua de una canilla mal cerrada y luego, desaparece.
Las hermanas se desvisten a medias, terminamos los tres en la cama. Dormimos sin tocarnos mientras la ciudad se agita en la ventana, sirenas sin mar ensordecen el dormitorio.
Es de noche otra vez cuando abro los ojos. Berlin está como perdida con un cigarrillo incendiándole los labios. Entre nosotros, una resaca pesada y tuerta. Una resaca madura, acuchillada, sin perfume. Berlin no se deja tocar, pero Berta se lanza hacia ella igual que un toro, y vomita hacia un costado. Su cuerpo baja rodando hasta el charco de vino, como un ojo en una lata, ruidosa y torpe. Es una tarada, dice Berlin. Y la otra ronca de inmediato.
Fumamos pensando en las horas muertas y ellas en nosotros. La noche ha quedado rendida, lamiéndose. Estrellada contra la primera luz del día. Berlin se prende un porro y se come el humo. No le gusta perder el protagonismo ni por un segundo. Me da una pitada humedecida, con su aliento ahí en la punta.
Te gustan las madalenas, me pregunta. Y devoramos un paquete entero. Berta resucita y prepara café a eso de las seis. Se sienta en el suelo a tomarlo, nos mira en contrapicado con el ceño fruncido.
¿Vamos a lo de Otto? Los sábados no abre, le digo. Por eso, me responde.
Nos duchamos los tres al mismo tiempo y de la risa nos queda pegado el champú en lugares raros. Soy tímido, digo. Y yo qué culpa tengo, Berta me frota cada nalga.
Juntemos herramientas y nos vestimos de rojo. Con medias de lycra y bombachas en la cabeza. Que parezca una joda, dice Berlin. Cuanto más nos miren menos nos verán.
El cielo está roto cuando salimos a delinquir. Yo de negro, ellas de rojo. Paramos un taxi en la primera esquina. Pero damos otra dirección, a la vuelta de Otto. Si se quieren enfiestar, cuenten conmigo, dice el peladito que maneja. Ninguno lo registra. Mi petaca es más interesante. Al llegar, el tipo se ofrece a cambio del viaje y preferimos pagarle para que se vaya. Con mi último billete.
Caminamos hasta la casa de empeños. La calle está en silencio, hubo un corte de luz y aun el día no se decide. Ninguna cámara funciona, todo está de adorno en el mundo, dice Berta.
Tocamos el timbre de Otto por si acaso y nada, no viene. Sacamos una llave cualquiera para dejar atravesada en la cerradura. De un golpe, Berlin la quiebra con un trozo de vereda. Por si vuelve, dice. Vos rompé el vidrio de la ventana chiquita, me pide Berta, la que da al sótano. Y me da su cartera. Es tan pesada que lo destroza de un golpe. Todo lo que necesito está ahí, dice ella. Un par de zapatos, la poesía de Bolaño y un discman viejo que no puedo soltar porque tiene adentro un Nino Rota.
Berlin aparta los vidrios y se desliza hacia abajo. Le sobra espacio de lo esmirriada que es. Nos abre desde adentro por la puerta de atrás. Berta camina hacia el estante de las linternas y nos da una. No hay que prender la luz, susurra.
Enseguida veo el abrigo. Mis cosas están todas juntas, con carteles que repiten mi nombre. Me veo periódico en objetos de poco valor. Yo yoyo, entre formas que había olvidado, como el esqueleto de una juguera inmunda que heredé de alguien de la familia. El juego completo de living, los candelabros de mamá. Ese olor intenso que junta la vida de uno. Berlin se prueba un sombrero con pluma que dice Norberto, y Berta unas botas hasta la rodilla, sin nombre. El pasado está lleno de hongos, dice. Nos reímos como niños un poco muertos. Elijo un tapado mejor que el mío, con corderito teñido de azul.
Cuando estoy revisando los cajones del secreter de mi abuela, escuchamos el giro nítido de una llave en el piso de arriba. Me agacho tras la vitrina donde mamá guardaba la platería, ahora llena de polvo, y veo que las hermanas hacen señas de luz con las linternas para marcar el camino hacia la puerta del fondo. Pero los pies de Otto ya están bajando la escalera, a pocos metros de mí. Enciende la luz de golpe y las ve, las corre y ellas, entre risas, tiran un par de secadores de pie que le traban el paso. Putas, grita Otto. Y agarra un sable que hasta ese momento colgaba inofensivo de la pared. Cierra la puerta de un golpe.
Me quedo solo, desconcertado. Dudo. Sin ellas, vuelvo a ser yo: un borrachín en decadencia, sin ideas ni valor. Cuento hasta mil sin decidirme. El sol se mete en los estantes y golpea las vitrinas. Salgo de mi escondite sin quitarme el abrigo de cordero y camino hacia la puerta, pero no abre. Me lleno los bolsillos de cosas de Rubén, Jorge y María Luisa. Luego vuelvo a dejarlos en su lugar, no quiero quedarme con el karma de nadie. Busco algo contundente para enfrentar a Otto y luego contemplo opciones para suicidarme. Encuentro una lata de galletas. Pruebo una y no está mal. Trago varias de un saque. Estoy famélico. La desesperación me lleva hasta la caja registradora. Vacía. Hago círculos con mis pasos, y así encuentro el libro de Bolaño que Berta olvidó en el suelo. Abro al azar. La muerte es un automóvil/con dos o tres amigos lejanos. Me siento a leer.
Ciento sesenta y nueve páginas después, decido acomodarme en el canapé de mamá porque me duele el cuello. Incluso prendo nuestra vieja lámpara, la del cisne cromado. Lleno la petaca con gin del bueno y la guardo en el abrigo. Hacía tiempo que el mundo no me regalaba un momento de armonía.
Cuando Otto regresa, me despabilo. Por suerte, la columna me tapa y no me ve. Sube la escalera en automático con una hermana en cada brazo. En pedo, los tres. Ni siquiera cierran la puerta. Apago la lámpara y me dispongo a salir, pero entonces los escucho cabalgar en el piso de arriba. Berta pide a gritos que le devuelva su trombón y Berlin, reclama cierto clarinete. Otto dice que sí a todo. Más fuerte, pide con la voz de un loco o de un vendedor. Subo despacio y me asomo a un dormitorio lleno de trastos, sólo por curiosidad.
Ahí están los tres, subidos a un potro mecánico que gira. La panza de Otto domina el cuadro. Las hermanas vuelan como cometas rojas sin dirección. Aletean contra las cortinas. Retrocedo en silencio, bajo la escalera.
Huyo con el libro, el abrigo y las galletas. El cielo se abre.
lunes, julio 23, 2018
Poema despenalizador
pero otro se metió
como una lombriz
mojada y ahora
dice
que tus piernas no son
tuyas
ni tus ovarios
Tu cuerpo es de cristo
o del congreso
de la nación
que vota el permiso
que tenés de habitarlo
Nadie
nace solo
y vos no sos un instrumento
de leche ajena
la probeta o el gotero
Vos no sos
un objeto incubador
Madre no es
parir
Padre no es
cojer
Un espermatozoide
no es
una piedra
también está vivo
consume oxígeno
igual que los mosquitos
en la palangana
Por qué no lo dan
en adopción
pongámosle un nombre
y un vestido
de flores
porque una célula
dicen
vale lo mismo
que vos
(Leído en Martes verde, performance callejera de NP Literatura y NP Visuales en torno al Congreso, por la Legalización del Aborto. Buenos Aires, 2018)






lunes, julio 02, 2018
Nación vacuna, textual

Hembras por la Patria
Se hizo pública la noticia del Proyecto. Y Leopoldo sonríe desde su traje de alpaca. Es tapa en los diarios. La Junta se renueva, tiene ideas de avanzada. Mujeres salvarán al ejército. Una corbeta, la única que quedó en condiciones, se apresta en el Puerto. Las mejores hembras, vacunadas contra todo mal, se preparan para hacer una revolución farmacéutica. Carne nueva. La patria va a levantarse de los escombros. Se anuncia una colecta de agua, remedios, ropa de bebé, leche en polvo, papillas y cunas. La población teje escarpines. Seremos sanos y salvos. Jóvenes, otra vez. Frente al anuncio, contra todo pronóstico, varias jovencitas se lanzan a las calles. Se ofrecen frente a la Casa de Gobierno. Hemos sido excluidas, vociferan. Hay preferencias. Encadenadas, exigen ser tenidas en cuenta. Somos aptas, gritan. No nos dejen afuera.
Planes convoca a reunión urgente. Erizo cierra la puerta. El aire está cargado. Sus axilas apestan. Moriremos aquí si la reunión se prolonga. Planes se planta frente al pizarrón. Toma un marcador y hace un círculo. Escribe: La Junta ha decidido abrir una inscripción pública. Hace una pausa. Nos mira. Se fingirá evaluar a las nuevas, aclara. Las candidaturas se entregarán a primera hora de mañana y, una vez completadas, serán puestas en los buzones de correo. Como no hay tiempo de entrevistas, tras su recolección, se elegirá por sorteo a la afortunada. Teodolina extraerá con los ojos cerrados la solicitud ganadora. Ella interrumpe para agradecer el Honor. Pero Planes la silencia nervioso, exige discreción. Todo sigue como estaba previsto, dice, salvo por la incorporación de la Candidata del Pueblo, la mártir desconocida. La vacunaremos, explica, y la encontraremos apta, más allá de sus condiciones reales. Si no sobrevive, cosa muy probable, será elevada a Ciudadana Ilustre por Decreto. Y enterrada en las M. Punto. Respiro aliviado.
La sonrisa fantasma de una familia
Juan Mattio lee Estación Saturno (Entropía), el nuevo libro de Fernanda García Lao. Eterna Cadencia Por Juan Mattio. Se dice, en e...
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UNO No es igual irse a que te vayan. DOS Quién es esa que fui sino la que creo haber sido. Quién subió al avión el día de su cu...








