Mis libros

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jueves, septiembre 06, 2018

Oscuramente fuerte

RADAR LIBROS
PAGINA/12
26 de agosto de 2018


Fernanda García Lao y Guillermo Saccomanno vuelven a compartir las páginas de Los que vienen de la noche.



Después de escribir de a dos Amor invertido, Fernanda García Lao y Guillermo Saccomanno vuelven a compartir las páginas de Los que vienen de la noche, una bella e intensa colección de fragmentos que se abren a los múltiples sentidos de la nocturnidad. Experiencias compartidas, pasados diferentes, visiones e intuiciones sobre los cuerpos y las palabras se suceden en una escritura que hace perder las huellas de la autoría.

Por Luciana de Mello

A la noche se llega en declive. La luz, los pasos, las miradas, los sonidos del ocaso también van en picada. El mundo ocupando este lado de la noche solo sabe afinar en clave destemplada, y sin embargo las criaturas y las cosas que habitan ese espacio avanzan iluminados por la certeza de que, una vez acabada la noche, ya no volverán a ser los mismos. La intimidad de los insomnes se vuelve oración de multitudes, cuerpos que despiertan cuando por fin la falsa moral del día encuentra su hora para irse a dormir. ¿Cómo es, por dónde pasa y para quién, ese despertar nocturno entre el cuerpo y el espíritu? ¿Con qué voces, con qué pieles, con qué mirada se vuelve de las horas de impudicia y de tramas inefables? ¿Quién, a plena luz del día se hace cargo de su noche? Una narrativa nocturna debería intentar acercarse no sólo a estas preguntas sino también al sedimento religioso y filosófico de ese espacio-tiempo-estado que es la noche. Castigo, culpa, descenso, purificación y estigma, pero también complicidad del goce, fusión de la carne, liberación de la apariencia, reconciliación con lo monstruoso, alivio de reconocernos en el vacío del que formamos parte. Fernanda García Lao y Guillermo Saccomanno escriben Los que vienen de la noche y entonces formulan, con el pulso y la mirada infrarroja del instinto, lo que podría ser una teoría narrativa de lo nocturno, donde las escenas y los escenarios de la noche se vuelven escritura fragmentaria, piezas y voces generadoras de lecturas simultáneas, en el que la marca de autor se revela tan endeble como el continuum narrativo. Imposible volver de la noche con un relato direccionado, con una imagen siquiera nítida, lo que sucede en la experiencia del ocaso emancipa a los sujetos de sus predicados, el lenguaje es parte de esa experiencia de búsqueda que como tal, es siempre una búsqueda poética.


En Los que vienen de la noche, el llamamiento a la poesía comienza desde el epígrafe: “La acción de la noche empieza negando y así se libera del sentido. Las palabras, hormigas que han perdido la cordura”. Con esta cita, que procede de uno de los fragmentos, el libro abre volviéndose sobre sí mismo, sin una organización de autoría que subordine de alguna manera los sentidos, la negación como principio de lo nocturno es desde el vamos toda una toma de partido.

La primera negación entonces es la de la identidad unívoca. Porque si hay algo que sucede en la lectura es que a medida que avanzan los relatos se hace más difícil reconocer quién de los dos ha escrito qué, y esto se da porque hay un plano de disputa en el diálogo que dibujan los fragmentos y que está dado entre la trama y el sentido. Hay un dibujo de trama que por momentos prevalece sobre la búsqueda poética y hay otros pasajes en los que sin embargo el lenguaje gana la partida porque se vuelve –como el epígrafe– sobre sí mismo. ¿Lirismo y narrativa? No exactamente ni solamente eso. El borramiento del autor abre paso a una hibridación de estilos que redobla la apuesta al convertirse también en un entrecruzamiento de géneros. Porque Los que vienen de la noche no es un libro de microficción, ni de poesía, ni de cuento breve y mucho menos de ensayo propiamente dicho y sin embargo no puede negar por completo a ninguno de estos géneros. Con respecto al problema de la firma, Lao se pregunta: “¿Quién es el autor, el que escribe o el que corrige? Porque yo lo editaba a él y él a mí. Este libro tiene muchas correcciones, ediciones hechas entre los dos”. Saccomanno reconoce una impronta más de Lao respecto de la huella poética que tienen los fragmentos, pero al mismo tiempo percibe que al escribir de a dos hay algo de la propia escritura que se reelabora: “Yo creo que toda experiencia de escritura te transforma. La personal y la que hacés de esta manera. Yo he escrito novelas policiales en los 70 con Carlos Trillo, habíamos fundado una editorial, escribíamos juntos historietas, pero acá es otra cosa. Es una escritura donde están más en pugna las maneras personales. Entonces, las maneras personales tienen que ceder en función de la escucha del otro. Si vos no escuchás al otro no podés, se produce entonces una dialéctica de la palabra que va y vuelve y cuando vuelve no suena de la misma manera. Yo creo que esto es lo más interesante de esta experiencia transformadora. Porque no somos los mismos antes y después de Amor invertido, y no somos los mismos de antes y después de Los que vienen de la noche”.

Pasar de largo
En el origen de este libro están las propias noches, el costo que la experiencia de la noche imprime sobre el cuerpo que la atraviesa. La pregunta aseverativa de Spinoza ronda cada fragmento: Nadie, hasta ahora, ha determinado lo que puede un cuerpo. ¿Dónde empieza y termina el poder de las leyes naturales y las del alma sobre él? La noche conjuga estas dimensiones y en el libro se leen también como un par indisoluble. Cuando hablamos de la noche y del deseo de escribir, Lao lo relaciona a un sentimiento de tortura: “En Madrid, al principio, llegaba de la noche sintiendo que había perdido un poco de vida y que tenía que escribir algo de todo eso que me había pasado, y que era mucho, pero el estado físico no me lo permitía. Entonces me sentaba delante de una hoja a padecer, a decirme: todo esto no sirvió ¿A dónde fue todo lo que viví en la calle? en Madrid, la noche no transcurre en un solo lugar. Te vas moviendo y vas evitando el tiempo, evitándote. Hay algo de escape de uno. Y luego el regreso a casa con la sensación de que todo eso que tenía que servir para la escritura y no iba a poder ser. No poder escribir nada, no poder soltar todo lo que había visto, escuchado, olido”.

¿Por dónde se comienza a escribir sobre la noche?

–Yo soy de levantarme a las cinco de la mañana, y en este caso fue como una postal. Una vuelta, está Lao durmiendo y yo bajo a la panadería, veo venir a un grupo de pibes y pibas cantando en la noche con latas de cerveza, una imagen muy hermosa, me pareció muy bella esa cosa mezclada de los pibes. De golpe vine y anoté un texto, la invité a que lo siguiera y así empezó. A mí siempre me pasó que después de una noche larga, cuando volvía ya amaneciendo, de tener que sentarme y escribir un cuento. Sino, tenía la sensación de eso que decía Lao, de que se pierde lo que viviste, y uno escribe para que las cosas, la memoria, no se pierda. Después de escribirlo sí, te podés olvidar tranquilo.

La propuesta de pensar narrativamente a la noche como tema abre a la otra pregunta, a la de la forma, y de allí tal vez es posible pensar una categoría de escritores nocturnos, escritores asociados a la noche del cuerpo. ¿Acaso Enrique Medina, Alejandra Pizarnik, Horacio Quiroga no podrían formar parte de una literatura de la noche? “Yo di un taller titulado literatura dark –Dice Lao– y estaba basado en la idea de la oscuridad. De que hay textos luminosos, abiertos, de luz y de día. Marosa Di Giorgio es diurna, por ejemplo. Ella tiene sol, tiene flores abiertas, tiene el eros libre y explotado de luz. Para mi con las escritoras es muy claro, hay muchas escritoras bien oscuras como Joyce Mansour o Fleur Jaeggy, ella es de recortar y de cerrar ventanas, para que ocurra la poesía tiene que ser oscuro. Y sí, me gusta pensar en esa iluminación de los objetos en la escritura. Uno ilumina, hay iluminados e iluminadores. Obviamente que lo que interesa es el claroscuro. Porque para que haya oscuridad se tiene que filtrar algo de luz, si no es negro. Y a mi me interesa siempre laburar en la contradicción. Creo que cualquier escritura tiene que ser contradictoria, tiene que tensionar esos espacios, esas rendijas de luz o de oscuridad. En este caso, pararse en la noche es pararse, también, en el miedo. Por otra parte escribir bajo la noche, o desde la noche, o en la noche, o por la noche fue de una libertad absoluta. Porque además escribimos desde experiencias ajenas, noches intuidas. A mí lo más interesante que me pasó de trabajar de noche es entender que lo monstruoso es el día y no la noche, que lo mentiroso es el día. Yo veía llegar a la gente de un modo muy armado y construido, y los luego los veía revelarse en su propia naturaleza frente a mis ojos y sentir que ahí había algo que, si existe la verdad, ocurre a la noche. El dia es un armado, el dia es de la dignidad del trabajo. Y la noche no tiene dignidad, no tiene moral. Hay algo del espía de la noche y de la puerta para la poesía. La poesía es nocturnidad y es recorte”.

–¿Cómo trabajaron el cruce de los géneros? Lo pregunto porque acá no hay cuento ni poesía, no hay microrrelato aunque lo parezca.

Lao: Claro, acá no hay voluntad de cierre y ese es el rulo del microrrelato. El permiso de la poesía tiene que ver con el desvío, con la pérdida de rumbo y en el microrrelato hay una voluntad de dirección, es casi como que se resuelve una intriga mínima, aunque sea de lenguaje. Acá la idea es no resolver ninguna intriga, dejar desnuda la falta. Pero en realidad la construcción, cómo van apareciendo unos textos derivados de otros se da porque estamos hablando de la noche,y si vos me dijiste esto yo te contesto esto otro. Y si tu noche era lábil la mia va a ser lo contrario, y si tu noche venía muy armada la mía se va a desvestir mal.

Saccomanno: Entonces para ordenar los fragmentos Lao propuso imprimirlos, ponerlos sobre la cama y sobre el suelo. Hicimos una edición visual para ver en los grafismos qué texto era corto, cuál era largo. Pienso en el ejercicio de Mirtha Dermisache, la muestra de grafismos. Porque cuando los desparramás, ves a los textos de cadencia o fluir poético, entonces el hilo narrativo tuvo que ver también con la espacialización del texto, con el dibujo que conforma la palabra página a página.



No culpes a la noche
Los jóvenes volviendo de la noche, esa escena que convocó y fue excusa para el primer relato, no quedó entre las que conforman el libro. Sin embargo está su huella, la idea de encontrar la belleza inclusive, o sobre todo, en la oscuridad. En una época del mundo, del país, donde la pregunta que se hace Hölderlin en su elegía “Pan y vino” se reedita tan necesaria: ¿Para qué poetas en tiempos de penuria? La posibilidad de buscar sentidos, de encontrar complicidades, de entender la luz más allá y desde la fosa es una cuestión tan vital como el trabajo de los días. En ese sentido, este es un texto sobre la huella, donde la noche es intimidad compartida desde los personajes que cruzan de un relato al otro, como también está presente la huella de la escritura del otro, un libro hecho de señuelos en la noche, donde dejarse atraer por la carnada es parte del desplazamiento de las escenas y sus signos. ¿Para qué poetas en tiempos de penuria? Cuando Heidegger lee a Hölderlin, intuye que en la era de la noche del mundo, de la que los dioses se han retirado, hay que experimentar y soportar el abismo del mundo. Pero para eso es necesario que algunos alcancen dicho abismo. Y es en ese sentido, desde la noche como abismo, que se entra a lo religioso en este libro.

“Yo creo que si hay algo que rompió el capitalismo fue el pensamiento religioso. El entender la vida como acto sagrado –dice Saccomanno–. El capitalismo destruyó el pensamiento de lo sagrado, el agradecimiento al pan y al vino. Lo convirtió en mercancía. Chau, no me jodan más con el capitalismo, por esto me hice trosko de joven, yo sé que es una mezcla, un rizoma que se enrula todo el tiempo, pero es esto, se perdió la espiritualidad, y todo este pensamiento de la new age que ahora nos maneja desde el gobierno, el discurso del tú puedes, es un discurso falso, porque lo que niega es la relación cotidiana con lo sagrado. Después, cuando voy a la iglesia (voy a la Santa Catalina de Siena, que es muy austera, la más antigua de la zona, fue hospital de guerra de las invasiones inglesas y acá en el barrio se dice que los murciélagos son los fantasmas de los ingleses). Yo voy a algunas horas muertas, y veo que está la sirvienta cabecita con el broker. Y vos decís qué hacen acá el broker junto a la sirvienta?”

Lao: “Yo creo que la relación cotidiana con lo sagrado es la palabra. Me considero apátrida, atea, anti partidos políticos, no creo en nada y lo veo todo desde afuera. Soy la extranjera del mundo. Siempre me sentí afuera. Y creo que además todo escritor es alguien que está afuera. No se puede escribir desde el centro. Creo que tiene que ver con esto que hablábamos de trabajar de noche, no solo, sino de escribir a pesar de. No a favor de. Una escribe a pesar de que todo el mundo conspira contra la imaginación, contra el deseo, contra la autonomía de pensamiento, contra la crítica, todo el tiempo hay un nivel de violencia para domesticar la cabeza, el cuerpo y el alma, que solamente se puede escribir, así, en contra de. Si eso es ser oscuro, sí, obvio. Que viva la oscuridad’’.




Fernanda García Lao y Guillermo Saccomanno en Los siete locos

jueves, agosto 23, 2018

García Lao - Saccomanno: "En este nuevo libro saltamos al vacío de a dos"

TIEMPO Argentino
Mónica López Ocón
19 de Agosto de 2018

Los narradores confluyen nuevamente en un libro escrito a dúo, Los que vienen de la noche, pequeños textos en los que se agitan los fantasmas de la oscuridad.


(Foto: Diego Paruelo)

"La noche es un gran paisaje en el que hay muchos otros paisajes", dice Fernanda García Lao. Por su parte, Saccomanno afirma: "En un momento en que el país se derrumba, hay cada vez más lúmpenes, más pibes del paco, más dados vuelta, más gente revolviendo la basura y cada vez más se repite la escena que se convirtió en metáfora del capitalismo: gente durmiendo en un cajero automático". Juntos escribieron Los que vienen de la noche (Seix Barral), donde todos estos paisajes y elementos aparecen mixturados por un enorme trabajo de orfebrería poética.

Se trata de textos cortos, pequeñas astillas de oscuridad que se iluminan en la escritura conjunta y que recorren el amplio abanico que va de la angustia más negra al placer nocturno. Un libro raro. Y también encendido. En él las marcas personales pasaron a fundirse en un todo hasta volverse casi indiscernibles.

–Comencemos por el principio: la tapa. ¿Fue una decisión de ustedes que saliera la foto de los dos allí?

Guillermo Saccomanno: –En la tapa hay algo que rompe un código. Generalmente sólo los autores muertos ocupan ese lugar. Una noche salimos con nuestro amigo fotógrafo, el querido Marcos Zimmermann. Él anda siempre con la camarita y nos sacó fotos en el restaurante y en la calle. Cuando las vimos nos gustaron tanto que pensamos que una tenía que ir en el lugar de la foto de autor, que es la primera solapa.

Fernanda García Lao: –Luego pensamos que una de las fotos nocturnas de Marcos debía ir en la tapa. Había varias, pero no había cuerpos y en nuestro libro son los cuerpos los que encarnan la noche. Luego hablamos con Nacho Iraola, de Planeta y yo dije que las fotos eran lindas, pero deshabitadas, que me gustaban más las de "aquella noche loca" y Nacho preguntó qué foto y qué noche. Me pidió que se las mandara en cuanto volviera a mi casa. Le encantaron y a nosotros nos pareció que hacerla saltar de la primera solapa a la tapa era un gesto distinto que desordenaba un poco el dogma del libro respecto de dónde va cada cosa.

GS: –En Las buenas costumbres, de David Viñas, él aparece posando y detrás hay un cartel de la CGT de los años '50. Viñas hace un análisis semiológico de la foto de autor. Dice que en ella el autor se muestra a sí mismo de una forma que condice con su literatura. Yo luego escribí un artículo en que hablaba de las fotos de Andrés Rivera que en sus libros lo muestran como un autor combativo. Creo que nuestra foto resume nuestra actitud frente a la literatura.

FGL: –Y con este libro en particular.

GS: –Sí. La literatura es sufrimiento, pero sarna con gusto no pica. Es un sufrimiento alegre. La foto fue una forma de decir acá estamos, este es nuestro libro.

FGL: –Y es también un modo de asumir la noche en primera persona del plural, porque somos nosotros los que venimos de la noche y los que vamos a ella.

GS: –Los dos tenemos muchas noches juntos y separados (risas).

–¿Cómo se gestó el libro?

GS: –Hay algo que tiene que ver con la fusión, con el
jazz. Los músicos se juntan para tocar. Hay cantidad de ejemplos desde Piazzolla y Mulligan hasta Pat Metheny con Charlie Haden y Nick Cave con P.J. Harvey. Llega un momento en que se fusionan. Cada uno toca lo suyo, pero juntos logran algo distinto que antes no estaba. En nuestro caso pasa algo similar. La fusión se da hasta tal punto que me cuesta reconocer qué texto escribió cada uno. Creo que esto es interesante porque va contra la idea de género en un momento en que tanto se habla de eso. Nosotros decidimos patearla.

FGL: –Pateamos, además, dos cuestiones de género, porque también está la del género literario. La idea era no adscribir a ninguna fórmula. Cada uno tiene su naturaleza propia dentro del libro o por lo menos eso era lo que queríamos. Algunos textos tiene más tramas, otros menos; algunos están en primera persona, otros en tercera o segunda.

–También se transgrede la noción de autor. No hay muchos libros escritos a dúo en la literatura argentina.

GS: –Sí, transgrede la noción de propiedad intelectual. Hay pocos ejemplos de esto: Bioy y Silvina, Silvina y Wilcock, y creo que no mucho más. Hablo de ejemplos de hombre y mujer. Hay parejas intelectuales pero no muchas que hayan elaborados juntas un texto, una escritura.

FGL: –En realidad no hay muchos escritores que hayan elaborados juntos una poética. Lo que nos pasó con Amor invertido y se repite aquí es que pensamos siempre en el objeto, no en la propiedad. La idea es apuntar a cierta perfección pero tajeada, que cada objeto diga y plantee un pequeño universo, una miniatura de sentido y que luego desaparezca. Iban brotando pequeños seres y había que estudiarlos, ver qué les pasaba. Al principio pensamos en escribir cientos y cientos de noches. Luego fuimos viendo que algunas brillaban más que otras. Pero cuando aparecía una noche un poco renga daban ganas de trabajarla, de decirle "vamos, querida, vos podés".

GS: –Al principio teníamos la idea ambiciosa de hacer 500 textos. La literatura te da la ventaja de pensar en absoluta libertad, a menos que se esté condicionado por el marketing. Fernanda tiene un estilo muy marcado y creo que en este libro está más presente su impronta que la mía. Cada cual tiene su marca, pero yo no sé cuál es la mía. El día que lo sabés, estás frito porque comienza a trabajar la máquina de cortar fiambre. Lo interesante es que cada libro te proponga algo distinto. Fernanda tiene una marca más poética y una bibliografía distinta a la mía. La fusión se terminó de consolidar con la edición. La primera fue mía y la segunda de Fernanda, y así sucesivamente.

–¿Fue muy difícil lograr una totalidad?

FGL: –La edición la hicimos con lupa cuestionándonos hasta la última coma. Fue muy difícil trabajar con textos tan pequeños. Hubo tanto ediciones internas de cada texto, como del modo en que van apareciendo esos mundos. Cuando los textos ya estaban impresos los ubicamos sobre la cama y fuimos diciendo: "Este es más grande, por lo que necesito algo que corte; aquí aparece un hombre, necesito al lado una mujer…".

GS: –En vez de basarnos en la cronología en que los fuimos escribiendo, decidimos trabajar la simultaneidad para desde allí ir a lo que pretende ser una summa de la noche: escenas, estampas, flashes.Hay relatos subyacentes pero también elementos que tienen algo de la visión.

FGL: –De la visión y también de la pesadilla porque muchos nacen del inconsciente y traen cosas que no reconocemos si no es de noche, cuando hay permiso para el terror y la soledad queda más en evidencia.

–¿Qué referentes tuvieron en cuenta al escribir?

GS: –Fernanda escribe y publica poesía. Yo escribo sobre poesía en Radar. Creo que había referentes que andaban por allí abajo como los Cantos de Maldoror, la poesía de Miguel Ángel Bustos, algo de Pizarnik, las Iluminaciones de Rimbaud. Son textos demasiado ilustres, pero para qué vas a andar leyendo otras cosas si están esos referentes. También podría mencionar las estampas de Baudelaire, un autor, que en este libro es una marca fundante.

–¿Y no mencionarían a Ítalo Calvino y sus Ciudades invisibles?

FGL: –Creo que está bien lo que señalabas del parentesco con Calvino porque hay una cierta claridad en establecer un territorio como en Historia universal de la infamia. Cuando se establece un territorio es más fácil escribir en ese interior que, en este caso, era la noche. También citaría El imitador de voces de Bernhard, que nació del recorte de noticias estrambóticas de los diarios. Una vez que estuvo claro el terreno hubo como una especie de fascinación por recordar noches y también por pensarse como cuerpo ajeno a uno: de qué está hecha la noche, las plantas y los animales de la noche. Yo tengo tendencia a pensar que no somos sólo carne humana, sino que nuestros cuerpos son maquinarias de sentido o de lenguaje. Por eso era interesante explorar qué discursos crecen de noche y qué velos hay. Estaba bueno el permiso para no tener continuidad, cosa que no sucede en las novelas. Yo disfruto mucho escribiéndolas, para qué nos vamos a engañar (risas), pero en este texto hubo un permiso para el salto, algo muy macedoniano,

GS: –Para emplear una palabra relacionada con lo musical, diría que hubo un ensamble porque cada uno confiaba en el otro. Al igual que en Amor invertido, no pensábamos en la publicación. Los que vienen de la noche fue puro juego aunque los textos puedan ser desoladores. El primer libro a dúo fue Saccomanno–Lao. Este es Lao-Saccomanno. Eso significa un cambio en esta "sociedad para el crimen" que hemos formado (risas).

FGL: –Trabajamos mucho no para ocultar quién había escrito cada texto, sino para enriquecer el texto del otro. Nadie espera que escribas. Por el contrario, la sociedad te tira con todo lo que tiene para que no lo hagas. Por eso hay una especie de revancha en seguir insistiendo y en poner en cuestión lo que uno es y lo que ya sabe. Si has logrado saber algo en un libro, el siguiente es para estrellarse, para saltar al vacío. En este saltamos al vacío de a dos. «

Entrevista con Fernanda García Lao y Guillermo Saccomanno y mucho más en...

miércoles, agosto 01, 2018

Los que vienen de la noche



La belleza de la noche incluye su submundo. Escrito a modo de improvisación, Los que vienen de la noche es una suma de escenas que, en su simultaneidad, configuran una misma noche. En el instante en que alguien festeja, otro sufre. En el instante en que alguien ama, otro mata. Esta podría ser una de las ecuaciones que aquí se plantean.
Entre el relato y el poema, cada una de estas instantáneas resulta un viaje a través de lo oscuro. En su transcurso, en lugar de definiciones, hay preguntas. Ni afán sociológico ni intento de investigación antropológica, es, en todo caso, un experimento ficcional y poético de lo nocturno. Siguiendo a Bataille, una conciencia clara de que “no se encontrará intimidad más que en la noche”.
Fernanda García Lao y Guillermo Saccomanno, los autores de Amor invertido, esa insolente y singular nouvelle erótica, vuelven a la carga con otra obra escrita entre dos. En esta ocasión, una cartografía imaginaria de la oscuridad. Los que vienen de la noche es una introspección que, con densidad poética y humor lunático, incomoda, seduce o revela lo que no queremos ver, lo que somos cuando se apaga la luz.

lunes, julio 23, 2018

Poema despenalizador

Vos abriste las piernas

pero otro se metió
como una lombriz
mojada y ahora
dice
que tus piernas no son
tuyas
ni tus ovarios
Tu cuerpo es de cristo
o del congreso
de la nación
que vota el permiso
que tenés de habitarlo
Nadie
nace solo
y vos no sos un instrumento
de leche ajena
la probeta o el gotero
Vos no sos
un objeto incubador
Madre no es
parir
Padre no es
cojer
Un espermatozoide
no es
una piedra
también está vivo
consume oxígeno
igual que los mosquitos
en la palangana
Por qué no lo dan
en adopción
pongámosle un nombre
y un vestido
de flores
porque una célula
dicen
vale lo mismo
que vos

(Leído en Martes verde, performance callejera de NP Literatura y NP Visuales en torno al Congreso, por la Legalización del Aborto. Buenos Aires, 2018)

lunes, julio 02, 2018

Nación vacuna, textual




Hembras por la Patria

Se hizo pública la noticia del Proyecto. Y Leopoldo sonríe desde su traje de alpaca. Es tapa en los diarios. La Junta se renueva, tiene ideas de avanzada. Mujeres salvarán al ejército. Una corbeta, la única que quedó en condiciones, se apresta en el Puerto. Las mejores hembras, vacunadas contra todo mal, se preparan para hacer una revolución farmacéutica. Carne nueva. La patria va a levantarse de los escombros. Se anuncia una colecta de agua, remedios, ropa de bebé, leche en polvo, papillas y cunas. La población teje escarpines. Seremos sanos y salvos. Jóvenes, otra vez. Frente al anuncio, contra todo pronóstico, varias jovencitas se lanzan a las calles. Se ofrecen frente a la Casa de Gobierno. Hemos sido excluidas, vociferan. Hay preferencias. Encadenadas, exigen ser tenidas en cuenta. Somos aptas, gritan. No nos dejen afuera.

Planes convoca a reunión urgente. Erizo cierra la puerta. El aire está cargado. Sus axilas apestan. Moriremos aquí si la reunión se prolonga. Planes se planta frente al pizarrón. Toma un marcador y hace un círculo. Escribe: La Junta ha decidido abrir una inscripción pública. Hace una pausa. Nos mira. Se fingirá evaluar a las nuevas, aclara. Las candidaturas se entregarán a primera hora de mañana y, una vez completadas, serán puestas en los buzones de correo. Como no hay tiempo de entrevistas, tras su recolección, se elegirá por sorteo a la afortunada. Teodolina extraerá con los ojos cerrados la solicitud ganadora. Ella interrumpe para agradecer el Honor. Pero Planes la silencia nervioso, exige discreción. Todo sigue como estaba previsto, dice, salvo por la incorporación de la Candidata del Pueblo, la mártir desconocida. La vacunaremos, explica, y la encontraremos apta, más allá de sus condiciones reales. Si no sobrevive, cosa muy probable, será elevada a Ciudadana Ilustre por Decreto. Y enterrada en las M. Punto. Respiro aliviado.

domingo, mayo 13, 2018

Carne de mi carne




"En uno de los años más góticos de la Revolución Industrial, 1818, nace Frankenstein. Su madre, la joven Mary Shelley, lo había gestado con infinito amor, fruto de la cópula con el tiempo y con la muerte. Doscientos años después, Mantis quiere celebrar a esta entrañable criatura, gestar desde esa fantástica incubadora que es la imaginación, una réplica, un hermano monstruo, un ser cuya belleza reside en su heterogeneidad, múltiple, ambiciosa y contradictoria. Carne de mi carne está hecha, en efecto, de los órganos, pieles y tejidos de los que estas trece poderosas escrituras se despojan, no sin dolor, no sin placer, para amasar y suturar al monstruo. Cada una desarrolla una parte de ese cuerpo atormentado: Margo Glantz (la voz), María Fernanda Ampuero (los genitales), Betina González (la columna vertebral), Daniela Tarazona (el ojo izquierdo), Lena Yau (el hígado), Fabiola Morales (el talón), Fernanda García Lao (el corazón), Claudia Hernández (el oído), Katya Adaui (la mano), Rosario Barahona (el hemisferio cerebral derecho), María José Navia (el intestino grueso). Y como la auténtica monstruosidad también es queer, Mantis le pidió al escritor colombiano, Giuseppe Caputo, que le creara un estómago. Completa este escenario de aguas oscuras y mares congelados, María Negroni, con un ensayo, precisamente sobre Frankenstein, que unido al conjunto nos permite metabolizar estos dos inmensos siglos de exilio y pasión.
Es un auténtico honor presentarles a los lectores bolivianos a este hijo transhumano, cuya abyección nos deslumbra y conmueve, siempre".

Visita al penal de La Plata

Algo mío quedó ahí, en la pequeña biblioteca del Ágora que armaron los internos de la U9. Fue un guiño entre nosotros, una trampa contra el encierro: llevé Cómo usar un cuchillo y Fuera de la jaula. Nos reímos juntos del gesto. Ellos preguntaron sobre la escritura y yo llevé un cuaderno, para guardarme sus nombres y comentarios. Pasé diez rejas hasta "el medio libre" como calificó uno de ellos al resto del mundo. No paró de llover. Afuera y adentro.



Programa Mediadores del Conocimiento 2018.

domingo, abril 22, 2018

Escritoras por la legalización del aborto







CARTA COMPLETA
A las diputadas y los diputados de la Nación para pedirles su voto por el proyecto de ley de la Campaña Nacional por el Aborto Legal, Seguro y Gratuito firmada hasta hoy por 249 escritoras argentinas (y se siguen sumando firmas)

Nosotras, escritoras argentinas, escribimos esta Carta Abierta con la esperanza de ser escuchadas. Tal como cada dos años lo hacen ustedes, esta vez nosotras les pedimos su voto. Les pedimos su voto para terminar con la muerte, la cárcel y el silencio.
No estamos a favor del aborto. Estamos a favor de la despenalización del aborto. Y por eso mismo, estamos a favor de la vida. De todas las vidas: también la de aquellas mujeres que arriesgan sus cuerpos en manos de un negocio siniestro y clandestino.

Les pedimos que voten el proyecto de la Campaña Nacional porque estamos convencidas de que el aborto legal -acompañado de políticas públicas de educación, prevención y contención para evitarlo- nos convertirá en una sociedad más justa, más moderna y definitivamente menos hipócrita. Se lo pedimos también para que honren el sistema representativo, que simboliza justamente el derecho a elegir.

Les pedimos su voto, finalmente, porque tenemos fe en la democracia.
Llegó la hora.
Hagan Historia y salden su deuda con las mujeres.

sábado, marzo 10, 2018

EL VACÍO RESONANTE

Dossier especial sobre Clarice Lispector
Tierra Adentro
Mexico, 2018



Clarice Lispector suscita lo mismo entusiasmos y filiaciones que alergias y fastidios. La autora de este texto examina la impronta que ha dejado su obra o la indiferencia que ha merecido a distintos autores latinoamericanos, lo que da cuenta de la incógnita que representa la brasileña.

Por Fernanda García Lao
(Antuñano, Inés. Ilustraciones)



BRASIL, UN ANIMAL DESCONOCIDO DE
8.516 MILLONES DE KILÓMETROS
Aun con escritores de la talla de Joaquim Maria Machado de Assis, Carlos Drummond de Andrade, João Guimarães Rosa, Rubem Fonseca, Hilda Hilst o Nélida Piñón, entre otros, la literatura brasileña se ha proyectado como una sombra extraña dentro del panorama de la literatura latinoamericana contemporánea. Tal vez por el simple hecho de estar escrita en otra lengua, aún hoy la narrativa o la poesía producidas en Brasil demoran en circular, con la naturalidad que debieran, incluso entre sus países limítrofes. Y viceversa.
Autores de ambos lados del idioma permanecen ocultos, a la espera de que algún editor los traslade y complete la topografía inabarcable de nuestro imaginario, tanto en la ficción como en la crónica. Un imaginario que no merece fronteras. João Gilberto Noll y Luiz Ruffato siguen ocupando el lugar de lo nuevo, mientras las nuevas generaciones permanecen ocultas. O filho eterno (2007), la novela más premiada de la última década en Brasil, de Cristóvão Tezza, es desconocida en Argentina, a pesar de haber sido traducida en México. La obra de Paloma Vidal, nacida en Buenos Aires y criada en Brasil desde los dos años, fue publicada recientemente por una editorial porteña y en todas las entrevistas se hacía hincapié en su costado argentino, aunque escriba en portugués.

Que las letras de ese país quedaran fuera del denominado boom latinoamericano parece sintomático. Ese fenómeno editorial y publicitario que puso a Europa a leer modos americanos de narrar lo propio con un lenguaje nuevo, pero que a base de querer devorar el mundo como prodigio mercantil terminó devorado, no incluyó a Brasil más que de soslayo. Por otro lado, pocas latinoamericanas en ambas lenguas suscitaron interés en esos años. Elena Garro, Silvina Ocampo, María Luisa Bombal y Clarice Lispector fueron leídas a medias. Olvidadas en el mismo acto de ser incluidas, exiliadas de lo masivo, y por eso, tal vez, liberadas de las grandes ligas. Demasiado oscuras, inclasificables.

VIAJERA DEL LENGUAJE
Y, sin embargo, Clarice Lispector, esta brasileña nacida en Ucrania de familia judía, pobre primero, distinguida después, mundana, huidiza y desconcertante, es quien ocupa desde hace algunos años nuestras lecturas y conversaciones. Ella, tan fuera del mapa de lo regional, tan periférica, atrae como un centro. Y es traducida, genera contagio. Viaja en otras lenguas desarticulando la idea de lo territorial, de la pertenencia. Hace del lenguaje un desvío tal como su biografía hizo con ella.

“Hacer de mí una palabra”, escribió Lispector. “Sólo podré ser madre de las cosas cuando pueda agarrar una rata con la mano”. Clarice bucea en su bestiario, que incluye lo humano, con la distancia que impone la conciencia. Escribir con palabras anteriores al acto mismo de ser capturada por ellas. “Las palabras me preceden y me superan, me tientan y me modifican, y si no tengo cuidado será demasiado tarde: las cosas serán dichas sin que yo las diga” (“Felicidad clandestina”).

Hay una conciencia poética y filosófica en la fatalidad de su obra en prosa que parece contradecir la candidez de sus crónicas. La cuentista moral, que hace de lo doméstico una fábula, desaparece cuando nos sumergimos en sus textos. Cuando se desvanece la urgencia por reconocer una trama y es leída en su arrebato, logra la altura que produce un pozo visto desde arriba. Un vértigo para sí. ¿Acaso la soledad se hereda?

“Ese esfuerzo que he de hacer ahora para dejar subir a la superficie un sentido, cualquiera que sea, ese esfuerzo se vería facilitado si fingiese escribir para alguien” (La pasión según G.H.).




LA PEQUEÑA MALDAD DE TENER UN CUERPO
(DE MUJER)
Tal vez su belleza, la tragedia de una muerte prematura, el accidente en llamas y el útero enfermo después, la hayan ubicado como un símbolo de lo femenino. Esa palabra incómoda que ella había utilizado para dejar en evidencia los modos de sumisión frente al aburrimiento que padecían muchas mujeres de la época: Bovarys de clase media que contemplaban con pavor su propio extrañamiento.

“Y cuando entrecerró los ojos nublados, todo quedó de carne, al pie de la cama de carne, en la silla el traje de carne que el marido había arrojado, y todo, casi, le producía dolor” (“Devaneos y embriaguez de una muchacha”, en Lazos de familia).

Pero Lispector es una poeta. Y la poesía no sabe de géneros ni de especies. En su escritura, además de hombres y mujeres, los animales, las plantas o el tiempo son confabulaciones por resolver: una gallina puede poner un huevo sólo porque se pone nerviosa (“Una gallina”, Lazos de familia), una muchacha pelirroja y un perro basset, tan pelirrojo y miserable como ella se encuentran en la calle y se atraen sin necesidad de palabras (“Tentación”, La legión extranjera). Un niño frente a una araña muerta inventa “un juego de palabras con nuestra esperanza y el insecto” (“Una esperanza”, Felicidad clandestina) y un día cualquiera se define por su apariencia física como “la piel estirada y lisa de una fruta…” (Agua viva).

En La manzana en lo oscuro asistimos al principio del pensamiento: el hombre nace de su crimen. Un hombre que, como todos, imita la inteligencia y la idea de existir, los actos de bondad o su propia cara, hasta que cierta incomodidad se le revela. A partir de una falta es trasfigurado, recuperado por el lenguaje. “Lo bueno del acto es que nos supera”.

Y, sin embargo, hay quien se resiste a su lectura. Por prejuicio: demasiado bella. Por la desmesura de su imaginación extravagante: excedida, ensimismada en su manera de narrar. Por prescindir del lenguaje descriptivo: tan sensible. “Había pasado por el misterio de querer. Como si le hubiera tomado el pulso a la vida”.

Todos pecados imperdonables.


INFLUENCIA O RECHAZO
Frente a semejante despliegue escritural, nos preguntamos sobre su influencia en la literatura latinoamericana, y encontramos la contradicción, la tensión que provoca. He preferido hacer un recorte y no abarcar toda Latinoamérica, porque, de hecho, tampoco leemos con asiduidad, en el Cono Sur, a los escritores mexicanos o centroamericanos.

Para no hacer adivinación, preferí trasladar la intriga a diversos narradores de Argentina, Uruguay, Perú, Bolivia y Ecuador. Hubo respuestas, esquivas de algunos (hombres y mujeres, escritores y editores), quienes se excusaron por no tener tiempo o no haberla leído en profundidad y de quienes prefiero no revelar más datos. He recibido, sí, diversos comentarios que dan cuenta de la dificultad en el rastreo de una obra tan original como desmarcada.

“A mí me interesa mucho Clarice Lispector —reconoce Patricio Pron (Rosario, Argentina 1975)—, pese a lo cual (me temo) soy incapaz de reconocer su grandeza. Naturalmente, me gusta una parte importante de su trabajo, como La pasión según G.H. y Agua viva (más: también los cuentos), pero a menudo veo en su literatura una especie de invalidez que le impide ser una mejor escritora, alguien menos dependiente de ciertos recursos (el fragmento, la ininteligibilidad, la insinuación) que se repiten demasiado en su obra. Dos problemas añadidos: por una parte, la exaltación de su figura parece corresponderse con el cliché de la escritora demasiado sensible para este mundo que permite a las escritoras ser “toleradas” en una escena principalmente masculina y misógina, pero también las confina a ser un mero soporte de una “sensibilidad” de género. Por otro, cuando la leo, a veces me veo impedido de continuar porque leo, en ella, a sus imitadores. Pero esto no es culpa de Clarice, por supuesto. Aunque tampoco es culpa mía, creo”.


Claudia Salazar Giménez (Perú, 1976), por el contrario, dice: “Reconozco la influencia de su mirada, de su cadencia, de un modo Lispector de afrontar la escritura que vibra en el vacío de la existencia y tiembla al rozar el misterio. Sí”.

Elvio Gandolfo (Mendoza, Argentina, 1947) descubrió a Clarice Lispector hace muchos años, con “El huevo y la gallina”: “Un breve texto aún hoy explosivo, que publicó Rodríguez Monegal en su revista Mundo Nuevo. También tiene algo extremo La pasión según G.H.: una y otra vez uno siente la sorpresa de la exclamación interna: ‘Esto no puede ser’. Y me pareció un logro excepcional, totalmente en otro territorio, La hora de la estrella. Capítulo aparte merecen las recopilaciones de sus crónicas y textos de diarios. En una época se decía que dos garantes anglosajones de los que leíamos y escribíamos eran, por ejemplo, Henry James y Samuel Beckett. Siendo latinoamericanos, es gratificante que al lado de Jorge Luis Borges (el mejor whisky para lectores y escribidores) haya una bella, misteriosa, salvaje donna super móbile”.

Eduardo Varas Carbajal (Guayaquil, Ecuador, 1979) recuerda a una tal Clarice, una heroína de ficción, que en su infancia “cuestionaba y perseguía a Hannibal Lecter. A mis 20 años me cayó del cielo La pasión según G.H. Una novia brasileña me la dio. Te va a volar la cabeza. Clarice se volvió realidad. Recuerdo ese “yo” que entra en cuestionamiento por las acciones realizadas. Esa prosa traducida como música, algo que siempre pensé como sensualidad, como responsabilidad. La leo en todos lados, en cada novela y relato en los que una mujer narra hacia dentro, lo que pasa, lo que sufre y la agobia. No puedo dejar de leer a Ariana Harwicz, por ejemplo, sin pensar en Clarice Lispector. En Mariana Enríquez, en Samanta Schweblin (¿las argentinas han leído mejor a Lispector?)”.

Leila Sucari (Buenos Aires, 1987) recuerda el instante en el que la leyó por primera vez: “Sentí una especie de electricidad en el cuerpo. Agua viva significó un quiebre. Cuando conocí a Clarice Lispector comprendí el instinto de supervivencia que hay detrás de la lengua y volví a sumergirme en ese estado de lectura/locura febril. Nunca más pude soltarla. Cuando me pierdo, juego con ella al oráculo. No sé si es influencia la palabra, pero sí una intimidad apasionada, un guiño a través del tiempo y el espacio. Una epifanía que alimenta la búsqueda de eso que está latiendo y que es imposible de atrapar”.

“No sé si podría hablar de influencia”, reconoce Ramiro San¬chiz (Montevideo, Uruguay, 1978) “Pero sí que mi lectura de La pasión según G.H., allá por 1999, marcó notablemente mi vida de lector y de aspirante a escritor. Me pareció encontrar en ese libro la clave de una atmósfera tensa e inquietante, de una observación extrañada ya no tanto (o no tan sólo) de los objetos o del mundo en general sino del yo, de la conciencia y sus espejismos, como si fuese el equivalente en el paisaje interior del que hablaba J.G. Ballard de los monstruos del espacio exterior escritos por Lovecraft”.

Guillermo Saccomanno (Buenos Aires, Argentina, 1948) dice que cuando piensa en Lispector piensa en sus textos breves: “Esos fragmentos en busca de un resplandor. La pienso en un mismo sincro que René Char y Edmond Jabès, que Simone Weil y Marguerite Duras. Hay una forma en la que se define. “Ahora tengo miedo. Porque voy a decirte algo. Espera que el miedo pase”, dice ella. Y esa forma del decir confesional, entre líneas, es puro contenido. Es decir, poesía, algo infrecuente, subversivo, cuestionador de la superficie de lo cotidiano. Lispector, al confesar, denuncia, va contra Dios, nada menos. ‘Esta es la palabra de quien no puede’, admite. Es verdad que cuando se la menciona se la pone del lado de la literatura femenina, de las sufrientes. Pero con el sufrimiento, está probado, no se escribe. Se escribe con la salud. La arranco del anaquel de sufriente: prefiero el de sobreviviente que sobrevive para contar, como Ismael”.

Giovanna Rivero (Montero, Santa Cruz, Bolivia, 1972) señala que “las influencias de una obra y, en ocasiones, de la imagen de un escritor operan de diversas maneras. La influencia consciente es la que podemos reconocer como la tradición a la que uno desea adscribirse. En ese sentido, mis primeros libros buscaron, bien o mal, conectarse con las matrices de una escritura en la que esa joya oscura que es la extrañeza —lo uncanny— permea y penetra, a modo de consustanciación, esa pequeña vida que uno está contando: los personajes, el ethos, la catarsis y la memoria. Clarice me dio el permiso de hacer de la onomatopeya un brevísimo himno poético. Y está esa otra influencia, la colectiva, la que se instala en el gran subconsciente del mundo y emerge, como sueño de época o como tensión generacional, el rato menos pensado. Lo que quiero decir es que mucha escritura contemporánea bebe, acaso sin saberlo, de la libertad casi surrealista, casi psicótica y hondamente existencial que la poderosa escritura de Lispector ha dejado como impronta en el estado de ánimo de estos tiempos”.

Facundo Abal (Buenos Aires, 1977) en su doble rol de editor y escritor apunta que “enigmática como una esfinge, la imagen de Clarice Lispector se multiplicó en los últimos años en las vidrieras argentinas. No quedó casi material por editar en castellano y hasta tuvo su versión en libro infantil. De ser un objeto de culto, pasó a ser un material masivo, leído a medias y diseccionado en frases simples, resumibles en 140 caracteres. Si bien se cree que la popularidad es un horizonte anhelado por cualquier escritor, en su caso conviene echar las creencias al fuego. Justamente porque ella no era como cualquier escritor. Su estilo dinamitó todas las convenciones de la literatura, hasta volverlas escombros. Ese derrumbe fuerza al mundo literario a empezar todo de nuevo. Definitivamente, Clarice dejó un mundo incómodo para sus herederos. Quien se anime al caos podrá levantar su bandera. El resto, en el mejor de los casos, será bestseller”.

Navegando por la web, encuentro algunas reflexiones de Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975) en torno a Clarice, que tomo prestadas: “Digo lo que tengo que decir, sin literatura, escribe Clarice Lispector en ‘La relación de la cosa’, un cuento bello y muy extraño destinado a investigar la ‘infernal alma tranquila’ de un reloj despertador. No conozco una mejor definición del acto de escribir, al menos no una más precisa, pues realza un hecho, para mí, esencial: que para hacer literatura es necesario no hacer literatura. Los libros dicen que no a la literatura. Algunos. Otros, la mayoría, dicen que sí al mercado, al espíritu santo, a los gobiernos, o a la plácida idea de una generación, o a la aún más plácida idea de una tradición. Yo prefiero los libros que dicen que no. A veces, incluso, prefiero los libros que no saben lo que dicen”.


CAVILACIONES FINALES
Hay escritores que son fáciles de clonar, aunque el imitador desconozca a su fuente. Nadie dice con exactitud de quién es heredero. Un poco por falsa humildad, otro poco para no ser descubiertos. Los escritores solemos enmascarar nuestras herencias, intentando hacer de nuestra pequeña pólvora un asunto íntimo que recién se enciende.

Frente a la pregunta particular en torno a la influencia de Lispector, recibí más disculpas que textos, por lo que intuyo que es su nombre y su imagen lo que más circula, y no tanto su obra.

Como escritora he sido invitada dos veces a La Hora Clarice, un evento que se celebra en Buenos Aires el día de su nacimiento, y debo decir que el público y los creadores convocados eran, arrasadoramente, mujeres. He presenciado debates en que autores misóginos la tildaban de blanda y sobrevalorada.

Cuando se trata de definiciones, los hombres eligen, casi invariablemente, a otro hombre como referencia, frente al que puedan medirse como hijos pródigos. Se inscriben en una tradición que es casi exclusivamente masculina. Percepciones y lecturas se contaminan por una idea sexuada de la escritura.
Heredar de una mujer sigue siendo un acto de vergüenza al que pocos se animan. Si además es latinoamericana, el asunto empeora.
Por eso y entre nos, siendo yo quien soy, a la hora oscura de este domingo desolado, yo te invoco, Clarice.
Desde la desobediencia.


DossierEnsayo
AUTORES
Fernanda García Lao
(Mendoza, Argentina, 1966) es escritora, dramaturga y poeta. Su libro más reciente es la novela Nación vacuna.

Antuñano, Inés (Ilustraciones)
(Ciudad de México, 1982) es maestra en Diseño y Comunicación Visual por la UNAM. Obtuvo mención honorífica en el Catálogo de Ilustradores de la Secretaría de Cultura (2017). Actualmente colabora con la gestión y diseño del espacio cultural Casa Tomada.

domingo, febrero 25, 2018

García Lao: Nación vacuna

Post: García Lao: Nación vacuna
febrero 1, 2018
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Escribe CARLOS M. SOTOMAYOR


¿Celebración efímera? Se acaba de derrotar al enemigo tras un feroz enfrentamiento bélico por la posesión de las M. Sin embargo, la sonrisa inicial se desdibuja. “Hace dos años que tenemos las M pero perdimos la defensa, el control de los cuerpos. El enemigo, antes de su rendición estratégica, emponzoñó en secreto las aguas, derramando hasta la última gota de nuestro combustible” (p.21), señala Jacinto Cifuentes, burócrata y protagonista de Nación vacuna (Emecé, 2017), estupenda novela de la escritora argentina Fernanda García Lao.

La Junta que gobierna el país ha decidido abandonar a los soldados que quedaron varados en las M y que, contaminados y enfermos, van muriendo. El plan: entretener al pueblo con aquella victoria, aunque pírrica. Nación vacuna se plantea, de alguna forma, como una novela ucrónica. Qué hubiera ocurrido si Argentina hubiese ganado la guerra por Las Malvinas frente a Inglaterra.

Resulta interesante porque, a mi manera de ver, la novela nos enfrenta en un plano de lectura con la dictadura argentina, el autoritarismo, el populismo. Y por otro lado, con la soledad del individuo, la búsqueda de poder, las manipulaciones. García Lao apela a la ucronía, a una suerte de travesía al pasado para hablarnos en realidad del presente.

La junta que gobierna, para seguir con la historia, emprende un proyecto, denominado Nación vacuna, que consiste en enviar un grupo de mujeres a las M, para que conciban hijos sanos de los soldados que han quedado atrapados allí. La trama nos aproxima a todos los preparativos del viaja por barco hacia las islas, de la preparación de las mujeres elegidas para la misión. Pero todo visto desde la perspectiva masculina del narrador, Jacinto Cifuentes, para subrayar, creo, la idea de las mujeres como cosas, como trozos de carne. La carne como el cuerpo son presencias intensas y constantes en la novela. Y también, claro, el lenguaje, el diestro manejo del lenguaje. El resultado: una novela estupenda, inquietante, a ratos perturbadora, a ratos poética.





Nación vacuna

Revista Acción
Febrero 2018. Agenda›Libros

Nación vacuna
Fernanda García Lao - Emecé - 200 páginas



Ahora es un funcionario al que le duele la mano de tanto firmar formularios, «manipulando conciencias como papeles», pero el protagonista aturdido de esta novela fue otra cosa antes: hijo de un carnicero, durante años –a cambio de que su padre le pagara los cursos de administración– fue encargado de afilar los cuchillos. Ya liberado de esa «faena macabra», lo encontraremos vegetariano y frente a ese hombre que insiste en regalarle paquetes de carne. Lo ha citado porque le tiene que comunicar que su tío acaba de morir, y lo sabe antes porque trabajaban juntos en el Estado. ¿Pero cuáles son sus funciones y qué tipo de Estado es este? Sabemos que hubo una guerra. Que fue ganada. Hay banderines y miniaturas de torpedos para recordar a los héroes, propaganda oficial. El poder es ejercido por una Junta que se instala en Rawson, bajo una luna anaranjada. La victoria sobre las islas M, sin embargo, no ha sido total. Un agua venenosa avanza hacia el continente, desprendiéndose del territorio que antes era enemigo. Es un vuelto macabro de la batalla. Fernanda García Lao diseña este escenario con fragmentos. No hay una toma panorámica, sino el empalme de dos tormentos picados, como la carne: uno privado, otro público. Así, el lector deberá decodificar este «futuro histórico que ya pasó sin que lo viéramos», según Juan José Becerra. Es uno en el que, por caso, se comen cápsulas de carne y se reclutan mujeres con fines experimentales en el marco de un Proyecto que pocos se atreven a desobedecer. Como en todos sus libros, la de García Lao se revela como una imaginación enardecida. Una que tiene al absurdo por único puente para garantizar la llegada a un destino que siempre es provisorio.

Valeria Tentoni

miércoles, enero 17, 2018

Inmunda

VERANO 12
16 de enero de 2018
Inmunda
Por Fernanda García Lao



El cuento por su autor
Casi no intervine en la escritura de “Inmunda”. Digo, mi parte consciente sabe poco de este objeto. Es mi anomalía la que escribe por mí. Confío en ella. Dice cosas que no tienen moral ni vergüenza. En eso se parece a este momento que nos toca atravesar. No es un cuento nuevo, en el sentido de que ya fue publicado. Es parte de mi libro Cómo usar un cuchillo. No fue escrito pensando en esta coyuntura, se hizo con retazos de observaciones vividas. Cuando llegué de Madrid, hace muchos años, los jubilados eran reprimidos a base de hambre. Y yo fui anotando mis impresiones. No imaginaba que ese asunto se iba a repetir. El horror es recurrente. Había otro presidente absurdo y la clase media era igual de patética. El resto de acontecimientos tiene base real aunque parezcan distorsiones. Ahora lo releo como si no fuera mío. No me gusta pensar que soy dueña de lo que escribo. No creo en ese tipo de propiedad. Son las palabras las que se llaman unas a otras. Yo las dejo. Tampoco sé cuál es el asunto ni me preocupa entenderlo. La poesía y la muerte no tienen explicación. La autoconciencia es una mentira. La única verdad es que la escritura me arrastra fuera de mí. Señala cosas que no veo. Y por eso escribo. Porque lo cotidiano es una anestesia y el mundo carece de sentido.



(foto Ale Meter)

***

El silencio se había hecho de yeso blanco y se paseaba indómito por el jardín y por las flores. Antes de decidir el día, Dios se puso los guantes y se calzó sus preciosos muertos en cada pie hermoso. La virgen cantaba como cada mañana y todos sonreíamos para la foto.

El más simpático de los condenados se precipitó hacia mí y me confesó que me amaba como a un fruto prohibido. Nos abrazamos largo y tendido y tuvimos hijos. Después me alejé de su vida dispuesta a recuperar mi virginidad alegre. Cerré el capítulo del amor y abrí el de los viajes. Fui a conocer el mundo de los inmundos, que también tienen derechos y deberes como cualquier ciudadano decente o religioso. El día me estaba doliendo en los ojos así que me puse a pensar en cosas de miradas sublimes.

Tu cuerpo tendido y vencido de whisky era una cosa importante. Yo me levantaba como si fuéramos vecinos y me iba al baño, donde me esperaba la ducha. El fuego me lavaba las manos y me ponía escarlata para besarte, como en las películas. No llovía ni era invierno. Había sapos. El señor portero se presentaba reclamando las expensas y preguntaba por un tal marido inexistente. Yo sonreía entre los billetes violetas. Era feliz. Pero no tanto.

Tuve que caminar muy poco para ver a los inmundos. Ellos también viajan. Tienen pelo y se comen las uñas con enorme prolijidad. Se parecen mucho a nosotros y lo único que los distingue es su maravillosa mirada de satisfacción. Las mujeres inmundas son civilizadas y huelen a perfume de París. Conversan con soltura y comen sabrosos bizcochos de excremento. El clima es festivo. Los periodistas se cuelgan de las ramas y hacen piruetas. Todos tiramos maní y hacemos declaraciones. Los inmundos ven la tele y gozan de los mismos placeres que el resto de la humanidad. Tienen himno y llevan a sus hijos de las orejas.

Soy una criminal. Por eso estoy tranquila y aclimatada en este rincón de vida. Algunos individuos averiados me miran y aprietan los dientes. Me he acostado con la desgracia, pero no suelo comentarlo. Aquí reina la casualidad. Está de moda hacerse el aturdido. Muchas caras miran la luna de costado.

Lo Inmundo está de fiesta. Hay reunión en el microestadio. Las señoras se afeitaron a la hora del desayuno y ahora ocupan ruidosamente las gradas. Los señores son más naturales, apestan. Las señoritas sin cabeza reparten gaseosa y pan dulce. El ministro se abre paso entre eructos y aplausos de la concurrencia. Sube al podio. Sonríe. Se tira en picado y muere como un héroe inmundo. Todo es algarabía y alajú. Siempre es extremadamente algo en este mundo. Todos se divierten y bailan al compás de sus tripas ennegrecidas. Todos excepto el Candoroso. Él ha sido enviado por el Señor para resaltar la inmundicia ajena.

He conocido al ángel inmundo. Huele a jazmines y se viste con armadura y botonera de plata. Es un ser abnegado. Casto. Objetivo. He querido besarlo, pero él ama suavemente. Sin blasfemias. Es excelso y no bebe champán. Yo, la extranjera, voy a profanarlo. Hoy es un día patrio.

Al viento le pusieron la camiseta y lo sentaron a la mesa. La noche está pesada y sin luna. Se celebra el fin de los tiempos sencillos y todos los hombres se sienten estúpidos otra vez. El sol contrajo matrimonio con la suave soltera de los pelos de oro, pero la crueldad de la vida los besa igual en el cuello. La mayor de las niñas de luto se enjuaga la garganta con un trozo de océano y comienza a gritar. Su voz es maravillosa. Todos recordamos algo sin importancia y entonces el mundo deja de ser inmundo y pasa a ser un fósforo.

Besé al Candoroso y no sentí nada. Él tampoco. Después nos perdimos en un bosque asfaltado. Me gusta mirar a los inmundos. Algunos van con los brazos en la espalda, domésticos como ciruelas. Hoy les enseñaron a doblar manteles de plástico y a pensar usando sólo un riñón. Es magnífico verlos sonreír. Mañana aprenderán a decir gracias y a no mirar a la cámara. Parecer natural es importante. Serlo, no.

Insisto con el inmundo higiénico. Me lleva a su jardín domesticado. Las flores tienen apellido y no están desnudas. Él me incita sobre la hierba. Su pelo se confunde. Hacemos el amor mientras una fila de hormigas arrastra todo tipo de semillas. Me siento inútil. O será él. Le digo basta y no puede creerme.

Ha muerto su padre esta mañana. Se atragantó con una almendra. Habrá que abrir el cementerio otra vez. Hay tres llantos, los de sus amigos incondicionales: su perro, sus gafas de ver de lejos y su dentadura postiza. El resto del mundo no se dio cuenta. Sigue ocupado en perder el tiempo y en intentar llegar al orgasmo para tener tema de conversación. Pobre inmundo de mierda, fue un ser anodino como los demás, pagó sus impuestos, envidió el pene de su primo y ahora se encuentra a tres metros bajo tierra.

La naturaleza es sabia, a veces.

El Candoroso no llora. Parece no saber. Yo ni me molesto. La inmundicia crece por mi cuerpo como una hiedra salvaje. De pronto, nos miramos. Él y yo. Dos egoístas frente a frente. Dos figuritas de porcelana que no tienen nada que decirse. Fuimos casi amantes y ahora somos una sonrisa estúpida. Ahora me dice cómo estás. Llueve nervioso entre nosotros y ya no me importa. El cadáver de su padre empieza a llenarse de lodo.

Caminamos en silencio hacia el ágape mortuorio. Y pude estar con ellos sin que notaran mi desprecio. Comer en su mesa. Probar sus ciruelas y ser feliz. Ya dudo de mi inteligencia: sueño sus sueños y pongo cara de imbécil, para ser igual. Lo consigo sin mucho esfuerzo y soy tan convincente que ya me veo sobre la masa inmunda fumando mi cigarrillo. Pero no. Sospechan de mí. Así que vuelvo al paraíso de mi simpática rutina lexicológica.

Me dejan a solas con un tonto de calcetines de lana. Me invita a ver cómo matan a los jubilados en la tele. Caen víctimas de una vacuna gripal. Les inyectan una bacteria con cerebro. El tonto aplaude y yo me conmuevo. Ahora la muerte está mintiendo. Ha jurado que no es vieja, que tiene sólo treinta y cinco. Todos los inmundos tienen que reír al compás del presidente que dice ¡mentira! mientras se les caen los mocos de un verde tropical. La muerte va a ser acribillada a balazos. Al presidente no le gusta que sea tan popular.

El Candoroso me confirma que lo nuestro es imposible. Pero no me importa. Ya encontré otro joven maravilloso. El tonto besa bien. ¿Me estaré contagiando? ¿Seré casi una inmunda? Mi amante dice que no, que soy estupenda. Pero, cómo voy a considerar el criterio de un imbécil. Creo que he perdido la perspectiva.

Esta vida de colores fuertes se me enreda en la nuca. Veo hombres saltando en la charca. Enormes barrigas balanceándose sin sentido. Yo salto, corro y papo moscas, pero soy una rana falsa. No. No nací para esto. Fue divertido eructarle a la luna un tiempo. Ahora quisiera recuperar el conocimiento, ponerme el viejo abrigo de mi padre y remontar el peligroso río de la razón. Dos tremendas ranas custodian las puertas de este mundo y saben que quiero escapar. Una lengua fétida acaba de rozarme.

Mis deseos mueren para resistir la vulgaridad de este mundo. Mi ex amante pasea entre otros fideos con manteca como él. El muy tonto no me llama.

Hago las valijas sin decir nada. Llego a una piedra chata con mal olor donde espero la llegada del besugo. Una lancha que te aleja de la locura por un rato y te introduce en otra. Irse del todo es imposible. Acaban de cerrarse las puertas. Me río y salen pájaros o soles plateados de mi boca. Soy libre. Aunque esté en el estómago de un pez. Pierdo la noción del tiempo. Paso momentos de incertidumbre y recuerdo las tostadas con aceite de mi madre. Sola, dentro de un desconocido, me alejo.

Salgo del besugo a las 7:15. Un reloj de plástico me devuelve la lucidez. Hay un árbol. El cielo es verde y la tierra también. Resulta muy difícil mantener la compostura. El besugo se fue. Son las 8:36. Nunca pensé en una libertad tan verde y sincronizada. Esto es terrible.

Ha habido un cambio. He destrozado el reloj. Estoy más animada. No hay resto de cadáveres ni tumba alguna. Me siento bajo el árbol. Soy un poco Eva y un poco Newton. Participo de un cansancio neutro. Proyectan imágenes sobre mi cuerpo para que no haga sombra.

Pasan las horas como buitres ridículos. Buitres de acero inoxidable con seis meses de garantía. No merece la pena seguir evitando la carroña. Todos tenemos hambre y asaltamos las ideas con desprolijo desprecio. Ya no queda un sólo niño.

Lo vacío no es tan malo. Hoy es el día más feliz desde que llegué. Creo que mi mente ha evolucionado, soy etérea. Esto es ideal para descansar y conocerse a uno mismo. Soy una basura.

Escucho un sonido pero no voy a alegrarme. Tal vez sea testigo de una catástrofe. Este zumbido áspero es el único acontecimiento en días. Voy a subirme al árbol. No quiero morir a la intemperie. Yo fui verde, aprendí y fui sincera. No ayudó.

El besugo regresa y vuelvo con el eclipse. El último del siglo. Abandono el pez con los pies dormidos y deposito un poco de mi cuerpo sobre la antigua cama, ahora tan poco silenciosa. El mundo entra por la ventana pintado como una puta, gritando y sacándome la lengua. Su baba impregna la casita donde pasaré mis días de naturaleza muerta. No soy una buena vecina. No saludo al portero. En el edificio de enfrente ha crecido un enorme pezón. Tal vez sea una señal.

El pezón corresponde a una campaña publicitaria. Los inmundos son así. Les gusta llamar la atención. He decidido dejar de dormir. Creo que no es valiente de mi parte. Debo afrontar la realidad y casarme con el primer inmundo que me lo pida. Sale el sol y no es metáfora. La vida es ruin. He perdido todo. Lo inmundo me subyuga. Tal vez deba formar un hogar como en la tele. Los especialistas en construir vidas y en dar consejos dicen que voy por buen camino.

Soy una privilegiada. Ya no tendré que casarme: Todos los hombres me esquivan. Me voy a insultar a la luna. Compraré flores para enterrar mi dignidad y escribiré una breve elegía inservible. No soy tan fría como algunos imbéciles suponen.

Dejo mi cabeza abierta sobre la mesa porque me pesa este cerebro perfumado. La prensa pide permiso para asesinarme por un rato y yo los dejo. Soy un habitante del mundo sano y voy a demostrar que mi vida no ha sido silvestre. He aprendido mucho, por eso declaro:

1. Puedo besar sin boca

2. Puedo

3. Soy pura.

Nadie me cree.

Escribo y me siento importante porque no tengo absolutamente nada que decir. He conseguido ser un pan de centeno, como la mayoría de los intelectuales. Es más sano que el trigo. Me miro al espejo y sólo veo el campo y las manos del panadero que me dieron forma. Este cuerpo es una bendición. Voy a desmigajarme para cerrar el círculo. Visitaré a mis enemigas momentáneas. Las hormigas me asedian. Quiero hacerme pedazos y trasladarme a su agujero. Hoy sería capaz de sacrificarme para verles la sonrisa.

He terminado mi elegía. Ya puedo abandonar el cuerpo. Te propongo vivir dentro de un vaso. Protestar metido en una minúscula copita de jerez mientras la gorda amasa pálidas roscas. Ser ladrido y ser diablo, mientras un lánguido aprieta el gatillo. Te propongo ser ingrato y nacer de noche. Este aullido serás; y te llamarás persona.

lunes, diciembre 11, 2017

"Es difícil imaginar una ficción argentina que no sea violenta"

Edición 2147 Nación Vacuna Fernanda García Lao
TIEMPO ARGENTINO

En Nación vacuna, traza la historia de una Argentina que ganó la Guerra de Malvinas, es gobernada por una junta civil y trasladó su capital a Rawson.




Por Mónica López Ocón


“Hace dos años que tenemos las M pero perdimos la defensa, el control de los cuerpos. El enemigo, antes de su rendición estratégica, emponzoñó en secreto las aguas, derramando hasta la última gota de nuestro combustible”, cuenta Jacinto Cifuentes, narrador y protagonista de Nación Vacuna (Emecé), la última novela de Fernanda García Lao. Gobierna el país una junta civil integrada por un ginecólogo, un ingeniero y un comisario. El festejo de los militares en las islas fue efímero porque muy pronto el veneno de los enemigos causó estragos y minó sus cuerpos. Mientras tanto, en el continente, la capital se ha trasladado a la ciudad de Rawson y se lleva a cabo el Proyecto Vacuna de selección de mujeres. La ganadora y las dos finalistas serán enviadas a las islas para cumplir con el patriótico destino de ser embarazadas por los militares que quedaron allí para que nazcan en ese territorio hijos sanos: “Gracias a las hembras reconquistaremos el mito de nuestro más preciado pedazo de tierra”. Jacinto, antes encargado de afilar los cuchillos de su padre carnicero y familiarizado con la muerte y el hedor de la sangre, es ahora un funcionario, un burócrata encargado del registro de algunas instancias de ese proyecto delirante.

En esta oscura trama pesadillesca, en que la incertidumbre es la única certeza, el presente, convertido en historia delirante, parece anticipar otro presente igualmente absurdo más allá de las páginas, como si la literatura fuera también profecía.

-Aunque tus textos siempre son muy “carnales”, es imposible leer Nación Vacuna sin pensar en un texto fundacional de la literatura argentina como El matadero. ¿Eso fue consciente?

-Obviamente que fui consciente de que estaba trabajando en un terreno que ya había sido escrito con anterioridad, más allá de si El matadero es un texto fundacional o no, cosa que está en discusión. Pero sí creo que hay una organización de la violencia en el relato, que hay una decisión de ir de frente, de no esquivarla sino de ir hacia el cuchillo. En esta novela el asunto íntimo se sale del cuerpo, se sale de la casa, se sale de la carnicería a partir de ese Rawson absolutamente ficcional porque no conozco Rawson.

-El texto es tan visual que iba a preguntarte si conocías bien esa ciudad.

-Es un Rawson visto con el Google Earth cómodamente desde mi casa (risas). Es una herramienta muy literaria porque te permite un recorrido a vuelo de pájaro y, al mismo tiempo, podés ir recorriendo el lugar casi como si fueras caminando la palabra. Eso me fue muy útil porque para mí de lo que se trata en la escritura, sobre todo, es de encontrar verosimilitud aunque sea en el disparate. Yo no quería hablar del Rawson real, sino del imaginado, así como Jacinto es una voz imaginada. Todo el terreno es ficcional y se emparenta mucho con lo que yo siempre sentí por Argentina debido al hecho de haberme ido de aquí de chica y de verla de lejos. No tenía entonces la herramienta de Google para mirar, no tenía la tecnología de hoy, por lo que estaba irremediablemente afuera. Me llegaban los ecos y con ellos y los tangos que escuchaba mi viejo con otros exiliados, me construí una Argentina falsa, a medida, que luego no se condijo con lo que encontré.

-¿A qué edad te fuiste del país?

-Cumplí los diez años en el avión. El corte fue abrupto, absoluto, y me ha constituido como persona y creo que también como escritora, porque no puedo escribir de forma lineal. Soy una amante de la elipsis hasta extremos insospechados y por eso la novela se construyó en fragmentos. También pensaba mucho en los cortes con los que arranca la novela que me cifraron un poco el cuerpo del texto: lomo, cuadril, carnaza…

-Sí, la vaca es un territorio que tiene incluso su propio mapa, el mapa de los cortes.

-Tuve ese mapa presente todo el tiempo. En esta novela se terminaron de constituir cosas que estuve trabajando en los textos anteriores con la idea de que cada objeto escrito es un cuerpo al que yo le busco la cabeza, el motor, la estructura. Pienso cada objeto de escritura como un cuerpo, no como una cosa inanimada. Lo pienso con un corazón, con extremidades e imagino cómo se mueve y cómo respira. Eso me suele organizar mucho a la hora de escribir. Detesto eso de pensar la arquitectura de la novela, me parece algo demasiado pragmático. Me gusta que la casa huela, que respire y que se mueva, que vaya avanzando. Creo que uno debe aprender de la novela que está escribiendo porque todo lo que sabe no sirve y, por suerte, es inaplicable. Confío más en la pulsión de la escritura que en la planificación.

-La voz que habla es masculina. ¿Por qué tomaste esta decisión?

-Me interesaba no asumir ninguna voz femenina en esta novela, sino que las mujeres fueran “lo otro” como una forma de patear el tablero de lo masculino en la literatura. Si en un principio tuvimos la necesidad de asumir la voz femenina para contar desde un lugar incorrecto, no desde un lugar rosa, ni de la intimidad, ni la domesticidad, ni de la maternidad, ni de todo lo que termine en “ad” (risas), me parece que no hay que quedarse en eso.

-Además, las mujeres en tu novela son las que deben practicar el coito patriótico.

-Sí, son las mujeres las que entregan su útero a la patria porque tradicionalmente se les ha pedido la vida a los hombres para defenderla. Cuando fue la Guerra de Malvinas yo vivía en España pero me enteré en París porque me había ido de viaje de intercambio con la escuela. Lo de hacer una colecta y todo eso me pareció que estaba cerca del absurdo más absoluto, de lo absurdo como tragedia porque en vez de poner recursos aquí siempre se echa mano de la caridad y del impacto emocional porque el Estado nunca asume lo que debe. Cómo iban a asumir entonces esa caterva de delincuentes los gastos de una guerra que no tenía pies ni cabeza. La gente, de todos modos, compró lo de la guerra.

-La novela parece aludir no sólo a Malvinas, sino a la situación política actual, aunque hayas comenzado a escribirla mucho antes.

-Lo que sucede es que es difícil imaginar una ficción argentina que no sea violenta, en la que no se planteen situaciones ridículas, donde no haya injusticias y tergiversación de los hechos, donde no haya cuerpos pervertidos por el poder. Creo que cada país tiene sus pecados y utilizo esa palabra aunque no soy católica porque ya también es de los ateos. Pero aquí hay un empecinamiento con los cuerpos, hay siempre un abuso del cuerpo del otro. La fundación de Buenos Aires ya nos ubica en el terreno del terror, del canibalismo. Cuando regresé a Buenos Aires, fui a visitar la Catedral y las guías me explicaron que allí estaba enterrado San Martín con la cabeza 45 grados más baja que el cuerpo, no se sabe si por masón o porque el lugar había quedado chico. A esto se suma el cuerpo de Eva como botín, las manos cortadas de Perón, la fantasía de que el cajón de Néstor estaba vacío, los desaparecidos, Santiago Maldonado, el submarino… siempre hay un cuerpo que falta, un cuerpo entregado a las perversiones del poder. Es el poder el que festeja la muerte en el cuerpo social de los argentinos con un rito muy primitivo. Por eso, aunque no planifiqué la novela, creo que estaba condenada a escribirla. Este es un país muy carnívoro en todos los sentidos, los chivitos son cocinados en cruz, se pone toda la carne al asador y aunque hay kilómetros y kilómetros de costa, nadie come pescado. Se festeja comiendo un animal recién faenado.

-No es una novela realista, no es una novela histórica, pero, sin embargo, habla de nuestra historia.

-Es que así como se dice que existe un inconsciente colectivo, debe haber un fantasma colectivo que nos ha formulado el imaginario desde ese lugar. Eso hace que esta novela resuene porque podría ser una pesadilla tuya, mía o de cualquier argentino. En ella, como sucede hoy en el país, se logra que la foto o la declaración anulen el hecho. Vivimos en estado de simulacro. Esperamos una felicidad que no llega, como si esperáramos a Godot enterrados en el lodo y eso jamás se admite ni se modifica el rumbo

-La novela es terrible, sanguinolenta, pero también tiene sentido del humor porque lo que se cuenta es realista pero no tanto.

-Creo que es un realismo adulterado porque las situaciones son absurdas pero probables. De hecho, uno vive situaciones absurdas todo el tiempo y nadie las discute. Existe la pretensión de que la realidad trasladada a la literatura tiene que ser muy reconocible o previsible. Eso me parece espantoso porque la naturalidad de la realidad es impostada, todos hacemos como que somos lo que no somos porque, en realidad, nadie espera ver lo que uno es. Te preguntan “qué tal”, nadie espera que cuentes lo que sucede. Cuando volví al país, por mi acento me preguntaban de qué parte de España era. La primera etapa de mi regreso fue la de una fabuladora absoluta porque a cada uno le contaba una historia distinta hasta que me di cuenta de que ninguna historia que inventara sería más interesante que la verdad. Cuando uno dice la verdad desconcierta mucho porque la gente no está preparada para ejercer la libertad de la palabra y de la escucha. La previsibilidad y el formato se trasladan a la literatura que debería estar liberada de todos esos prejuicios, de todos esos adornos y de todas esas falsedades. Si hay algo contra lo que laburo, es contra el sentido común. Ésa es mi cruzada (risas).

-Sólo hay dos momentos de ternura en la novela: cuando Jacinto entierra a su gata y cuando entierra a la chinchilla.

-Creo que la pureza es un reducto animal, nosotros ya la hemos perdido. Cualquiera que viva cerca de un animal lo puede comprobar con sólo mirarlo a los ojos. Para mí es un estado de divinidad. Pero no se puede ser puro y pensar, tener conciencia. Dostoievski decía que la conciencia es una enfermedad. Es una frase a la que adhiero. «

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lunes, diciembre 04, 2017

Mis actividades en la Feria Ricardo Palma.
Lima, PERU



Viernes 8 de diciembre, 19:00-19:45
Auditorio: Antonio Cisneros
Actividad: “Escrituras del miedo: el horror y lo sobrenatural en la literatura”.
Participan: Fernanda García Lao y José Güich.

Sábado 09 de diciembre 18:00-18:45
Auditorio: Antonio Cisneros
“Ecos de la narrativa hispanoamericana: visibilización de las mujeres escritoras”.
Participan: Christiane Félip Vidal (Perú), Fernanda García Lao (Argentina), Gloria Susana Esquivel (Colombia). Modera: Carlos Sotomayor.

miércoles, noviembre 29, 2017

Escritores internacionales que participan en la Feria Ricardo Palma


Diario La República
Perú



Para esta edición, la Feria del Libro Ricardo Palma se ha compuesto de diversas actividades, entre los que destacan las presentaciones de libros, talleres y mesas redondas. Además de la presencia de escritores reconocidos a nivel internacional. En esta lista podremos conocer algunos de los que participan en esta importante feria.

Fernanda García Lao


Es escritora, dramaturga y poeta. Fue seleccionada por la Feria Internacional de Libro de Guadalajara 2011 como uno de “los secretos mejor guardados de la literatura latinoamericana”. Publicó las novelas Muerta de hambre (Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes), La perfecta otra cosa, La piel dura, Vagabundas, Fuera de la jaula y Nación Vacuna, así como el libro de cuentos Cómo usar un cuchillo. En 2015, publicó Amor invertido, en coautoría con Guillermo Saccomanno. Como poeta editó Carnívora, en 2016 y Dolorosa, en 2017. Ha colaborado en distintas publicaciones a ambos lados del océano (Babelia, Revista Quimera, Letras Libres, El Buensalvaje, Página/12, Revista Ñ).

Pablo de Santis


Escritor, periodista y guionista argentino. Fue distinguido con el Premio Planeta – Casa América por su novela El enigma de París (2007). También ha recibido el Premio de novela de la Academia Argentina de las Letras 2008 y el Premio Nacional de Cultura 2012. Su álbum de historietas El hipnotizador (con dibujos de Juan Sáenz Valiente) ha dado origen a la serie homónima (HBO, 2015) y su novela El inventor de juegos llegó al cine en 2014, dirigida por Juan Pablo Buscarini.

Ricardo Palma


Escritor, dramaturgo y director teatral. Como dramaturgo y director es el cofundador, junto a Nona Fernández, de la compañía La Pieza Oscura, con la que ha estrenado una decena de obras, entre las que destacan Grita (2004), Todas las fiestas del mañana (2008) y Noche Mapuche (2017), de su propia autoría y El taller y Liceo de niñas, de Nona Fernández. Ha publicado los volúmenes de cuentos Mujer desnuda fumando en la ventana (1999) y La educación (Tajamar, 2012, Premio Consejo Nacional del Libro y la Lectura) y las novelas Fotos de Laura (2012, Premio Revista de Libros del diario El Mercurio), La Patria (Tajamar, 2012) Lacra (2013, Premio Consejo Nacional del Libro y la Lectura) y Pascua.

Gloria Susana Esquivel


Escritora, periodista, traductora y poeta colombiana. Ha colaborado en medios colombianos como Revista Arcadia, SoHo, Bienestar, Bakánica, FUCSIA y Diners, y para medios internacionales como Revista Viernes en Chile. Sus poemas han sido publicados en la Revista de Poesía de la UNAM, la revista Palabras Errantes y la revista Matera. Ha colaborado con el artista Daniel Salamanca en proyectos que conjugan poesía, narrativa y artes plásticas. Realizó un Máster en Escritura Creativa en la Universidad de Nueva York (NYU). Es profesora del Diplomado de Escritura Creativa del Instituto Caro y Cuervo. Ha publicado el poemario El lado salvaje y la novela Animales del fin del mundo.


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jueves, noviembre 09, 2017

La gran simulación de la carne

La editorial "emecé" acaba de distribuir la novela de Fernanda García Lao "Nación Vacuna", una ficción retrofuturista que transcurre en una posguerra, con un matadero como zona medular y una gran confabulación del Estado que termina en fracaso.

Por José Luis Cutello
@gacetamercantil




Aquello que la crítica literaria ha bautizado como “narrativa postapocalíptica” es, en verdad, una variante de la novela de terror que trabaja con hipótesis improbables: “Si hubiese pasado esto (y no lo que sabemos pasó) la situación podría ser de tal o cual forma (y no como es)”. Su enorme atractivo radica, justamente, en el hecho lúdico de la simulación: “hagamos como si fuera (aunque sepamos que no es)”. Este ejercicio de imaginación permite que el lector reconstruya a su antojo puntos de vista de la historia y que el escritor ensanche las posibilidades de hacer literatura con sus pesadillas o sus deseos lunáticos… Si bien está documentado en la historia de la literatura desde al menos “La mil noches y una noche”, fue Philip K. Dick quien llevó a la cumbre este subgénero en el siglo XX con “El hombre en el castillo”.

Los relatos postapocalípticos tienen una tipología común: se desarrollan a partir de una amplia variedad de desastres naturales (deshielo de los polos, congelamiento del planeta, epidemias, etc.), de desastres provocados por un agente maligno que modifica el ambiente (los experimentos que “se escapan” de un laboratorio son un clásico) o de desastres históricos (la victoria de la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo). Siempre se sitúan, como su denominación lo indica, cuando la sociedad está en plena reconstrucción y muestran una tensión entre la angustia por el mundo perdido y la esperanza de un mundo mejor. Esa fisura temporal, el antes y el después de la catástrofe, los convierte en ucronías, construcciones alternativas de la realidad. El subgénero requiere además un enfoque acotado: no se cuenta el naufragio de la humanidad entera, sino de un protagonista o de un grupo de protagonistas. Por eso, es habitual que se narre lo que un personaje cree que ocurre y no lo que ocurre.

“Nación Vacuna”, la última novela de Fernanda García Lao, comparte varios tópicos vinculados al relato postapocalíptico, pero al mismo tiempo se desmarca de las reglas del género y transita caminos que la hacen diferente, podríamos decir única. En principio, se mueve desde una hipótesis ucrónica muy fuerte para los argentinos: ¿Qué pasaría si hubiéramos ganado la Guerra por las Malvinas? La historia comienza dos años después de la victoria, una victoria que, comprendemos a través de una narración fragmentada, resulta parcial y pírrica: hay una “rendición estratégica del enemigo”, en la cual esos “falsos caballeros” (tácitos británicos) arriaron sus banderas y partieron del lugar, no sin antes emponzoñar las aguas y generar una población de muertos vivos entre las tropas nacionales que van mermando poco a poco al otro lado de las aguas, precisamente “en las M”.

La alienación cotidiana de la postguerra y ese final traumático (“La maldición de las M”, del que temen contagiarse) provocan que la población del continente, cuya nuevo centro neurálgico es Rawson, la ciudad de los “privilegiados”, decida “jibarizar el tema” con tanto énfasis que “nadie recuerda a qué se refiere la M, exactamente”. Entonces, el texto empieza a imbricarse en las antítesis del relato estatal: las M son recuperadas y al mismo tiempo perdidas debido a la peste; los héroes militares de la reparación histórica son los “envenenados de la M” que viven el “destierro oceánico”. En paralelo, se menciona a Buenos Aires como una ciudad desahuciada, una especie de zona psiquiátrica y corrompida: “Los vicios a Buenos Aires”.

En medio de las referidas contradicciones del poder (algunas de las cuales rozan el absurdo kafkiano o la paranoia del “Gran hermano” de Orwell), el gobierno surgido de la reconquista, una singular “Junta” civil compuesta por un ginecólogo, un ingeniero y un comisario, trama un monstruoso plan basado en otra bandera irredenta de la argentinidad: la carne. Esencialmente la carne vacuna, aunque también la otra “carne” que nos enorgullece: la de las mujeres patrias, a la manera de la película homónima de Isabel Sarli. Es que el régimen se monta sobre una hipótesis improbable: ¿Qué pasaría si inmunizamos a prostitutas con una vacuna contra la peste y hacemos que se apareen con los “apestados” para que nazcan un bebé nacional sano nada menos que en las M? ¡La victoria definitiva sobre el enemigo!

Esta idea demencial desemboca en una cultura de la prostitución: las mujeres son observadas como simples objetos de deseo, “carne” de un singular proceso de clasificación que culminará con el envío de las seleccionadas “a las M”. Las vacas, las vacunas y el “Nación Vacuna”, barco que hará la travesía, forman parte de un preciso trabajo lingüístico de García Lao que denuncia violencia social sobre lo femenino, sobre el erotismo y sobre la alimentación (o sobre los animales con que nos alimentamos), aunque paradójicamente esa violencia quede envuelta en una prosa poética que la hace más desconcertante.

No parece casual entonces que la narración quede enfocada en un personaje a priori menor en la historia: Jacinto Cifuentes, hijo vegetariano (“Alguien tiene que compensar tanta barbarie”) de un carnicero que goza de la sangre vacuna; hermano desganado de uno de los miembros de la Junta de Gobierno; amante desdichado de mujeres marginales; hijo de una psiquiátra con la que mantiene fabulosos problemas de comunicación… En resumen, un típico burócrata medio idiota que rechaza el contacto social y el “Manual del buen ciudadano”; que se considera falso, insulso, inadaptado; que sabe que desde su cargo “manipula conciencias” y que tiene una visión negativa de la cosas, siempre en contraposición con el optimismo oficial, por lo cual se lo acusa de “no distinguir el bien del mal”. Sin embargo, es él quien nos anticipa desde su pesimismo que “el Estado es efímero. Nace y ya está fracasando”. La sabiduría que en ocasiones exhibe (“la coherencia ha perdido sentido”) y el descubrimiento de un intrincado secreto familiar llevan a Jacinto a entender la simulación orquestada por su hermano poderoso y bastardo, y a intentar fugarse de la misión que le encomiendan. El personaje “menor”, que no sabe si coger o suicidarse, deviene en un “outsider” lúcido, a tal pundo que advierte que una gata era “el último vestigio de bondad que quedaba vivo”.

El intento de ensamblar prostitución y patriotismo en un programa del Estado, los cuerpos de mujeres que circulan como ganado, la cápsulas de carne (¿vacuna?, se cree; ¿humana?, se sugiere) que supuestamente alimentarán a los “apestados” y otras peculiaridades del texto son segmentos de un esquema narrativo muy bien armado que juega con desplazamientos de sentido y hace brotar personajes extravagantes en el intercambio de vivencias, olores y sexo (no dejen de detenerse en Erizo y sus axilas). Otra de las características notables de la novela es que da cuenta de sí misma: genera su propia lectura y su teoría de la catástrofe conduciendo al lector con información dosificada que puede ser leída a partir del segundo capítulo: la supuesta victoria en la guerra por las M queda encuadrada por una frase que dejan inscripta los supuestos perdedores: “Incerto exitu victoriae”, es decir “siendo dudoso el resultado de la victoria”.

Esa incertidumbre, que sólo se corroborará en la escena final de la novela, pone de manifiesto que la recuperación de las M y el plan estatal son las hipótesis imposibles de una novela con características posapocalíptica que retacea información en todo momento, que elude puntos de apoyo geotemporales y que despliega su argumento sin diálogos directos ni demasiadas explicaciones. “Nación Vacuna”, publicada por “Emece”, tiene una trama fuera de tiempo, intensamente masculina y, como resumen, podríamos apuntar que se desarrolla en un matadero retrofuturista, un lugar donde no existe la esperanza de mundo mejor y donde la muerte “iguala en idiotez”. Un mundo kafkiano, en todo sentido.

Para leer en LA Gaceta Mercantil, click en el título.