Fuera de la jaula

Fuera de la jaula

domingo, noviembre 13, 2016

"La actitud del artista es la del hambre que no se aplaca"

Conocida como narradora y dramaturga, acaba de publicar un primer libro de poemas.

Por Mónica López Ocón
Domingo 13 de Noviembre de 2016
TIEMPO ARGENTINO



"Las palabras son más que un cuerpo: / el sonido / llama al diablo / que duerme en cada una / no hay modo de descifrar / si la locura se ocultará en algún pliegue / pero ni el miedo me salva / del vicio de verlas llegar.", dice Fernanda García Lao en Carnívora, el libro de poesía recientemente editadopor la Editorial de la Universidad de la Plata (Edulp). Como en su narrativa, García Lao, literalmente, "les pone el cuerpo" a las palabras, quizá porque, como ella misma lo dice, las palabras también son un cuerpo y por lo tanto son capaces de ocultar la locura en algún pliegue, de lastimar, devorar, acariciar, deglutir...

Carnívora es su primer poemario publicado, porque mientras no consideró que se identificaba y se reconocía en los poemas, estos durmieron el sueño de los justos en el cajón de su escritorio. Mientras tanto, ella seguía investigando y probando en el “laboratorio de la lengua” (palabras de Hernán Ronsino) nuevos menjunjes y pócimas secretas, haciendo caldo de palabras en el caldero de una bruja, agregándoles plumas de búho a los verbos y moliendo los sustantivos en un mortero de piedra para que sus sentidos se dispersaran en el viento hasta que consideró que sus poemas estaban en condiciones de salir de la cueva.

Casi en simultáneo con la aparición de su poemario, se reeditó Muerta de hambre (Emecé), novela escrita y publicada originalmente en 2005, que estaba totalmente agotada. El hecho de leer dos libros de géneros distintos escritos en épocas diferentes resulta un buen ejercicio que permite comprobar que la materia con la que escribe García Lao sale de un mismo laboratorio pero que quizá una fórmula no revelada las ha dotado de la posibilidad de vivir en géneros distintos sin perder su esencia.



–Hay algo, orgánico, devorador, carnal en tu escritura. Podría decirse metafóricamente que hacés una literatura “no vegetariana”. Sin embargo, sé que periódicamente dejás de comer carne.

–Sí, muchas veces he dejado de comer carne y siempre he vuelto, la última vez porque tenía una anemia bestial. Y lo hice con toda la conciencia de lo que estaba devorando. La opción era inyecciones o hígado, y el hígado es tremendo, un espanto, pero más orgánico que una inyección. No me gusta medicarme. No soy adepta a la medicina tradicional ni a ninguna otra. Creo mucho en la potencia del cuerpo y en lo que el cuerpo tiene que decir. Por eso es mejor no taparlo, sino dejar que se revele.

–No es algo que tenga que ver con la salud, sino una actitud literaria.

–Sí, tal cual, es un gesto poético. Mi actitud con todos los actos de la vida es literaria. Por otro lado, creo que la palabra es un cuerpo. Recuerdo de chica haberme quedado hipnotizado con esto de que “en el principio fue el verbo”, como si la palabra hubiera puesto en funcionamiento el mundo, la existencia. Supongo que la palabra me ayudó a crear mi propia identidad, que se vio bastante tajeada con los exilios involuntarios. No sabía quién era yo y la ficción me parecía más real que lo que me pasaba.

–¿Por qué tuviste varios exilios?

–Los exilios no se gestan de un día para otro, son proceso, valga la palabra espantosa. Soy hija de una española y un argentino. Mi madre fue la primera que estuvo fuera de lugar cuando se quedó acá y nacimos nosotras. Había siempre una tensión entre esos dos lugares. Íbamos a España bastante seguido. Ella tenía la necesidad de regresar. El viaje comenzó en el '74 porque mi padre era el productor de los noticieros de Canal 7 de Mendoza. Isabel estatizó los medios y mi padre se quedó literalmente en la calle. Entonces mis padres comenzaron a fantasear con irse. Luego los acontecimientos tomaron una velocidad inesperada y en 1976 a mi padre le ofrecen dirigir la carrera de periodismo a cambio de marcar docentes que trabajaban allí. Le mostraron la lista donde él estaba “limpito”. Él se negó y lo dejaron encerrado en dependencias militares para que lo pensara. Insistieron y él se negó tres veces. El primer día del golpe se lo habían llevado a Antonio Di Benedetto, que era compañero de mi padre, del diario Los Andes de Mendoza y las perspectivas eran negras. Cuando logró salir del círculo vicioso del “vuélvalo a pensar” y “preferiría no hacerlo” llegó a casa y dijo “nos vamos”. Hubo que vender la casa. El comprador pagó una parte en plata y la otra con un departamento y nos fuimos con esa plata y el departamento quedó. En España mi padre no tenía contactos, no conocía a nadie. Empezó a colaborar en Radiotelevisión española y luego en El País, donde escribió una reseña de Zama. Mi madre vendió el departamento y todos los objetos que no eran imprescindibles quedaron en la casa de mi abuela, que una mitad estaba contruida en adobe. Nuestras cosas quedaron en la parte de adobe y cuando fue el terremoto de Mendoza, esa parte se derrumbó, literalmente, sobre nuestra historia. No quedó pasado. El único vestigio estaba en lo que nos habíamos llevado. Mi padre murió en un accidente. Yo viajé una vez a la Argentina, pero no me adapté. Ni siquiera pude ver a mi abuela porque en mi familia todos son literarios y mi tía había hecho un relato en espejo de Cortázar y había escrito cartas como si fuera mi padre para no decirle que él había muerto. Creo que por mi historia estaba condenada a la escritura. Volví a Madrid pero no encontré allí nada de lo que había dejado. Para mí, regresar a la Argentina era volver al padre y mi padre era la escritura, la palabra y la comunicación. Ya no tenía patria ni padre, pero tenía palabra. Mi cuerpo era mi único espacio propio. Estudié actuación y danza clásica y así mi cuerpo se convirtió en mi primer instrumento. No sé por qué se empataron el cuerpo y la palabra. No sé si esto ya estaba o se produjo cuando regresé. Yo ya tenía una fascinación por el objeto libro. En mi casa había una gran biblioteca alimentada no solo por mi padre, sino también por mi madre que es poeta. Creo que lo primero que leí fue teatro. En casa jugábamos a escribir obras. Y en el teatro, la tragedia pasa por el cuerpo. Pero fue muy liberador dejarle ese espacio a la palabra pura. Sentía que debía hacerme a un lado y que las cosas se dijeran sin mí, si es que eso fuera posible. Y, sí, hay cierta furia en mi decir, como si necesitara decir que estoy viva, estoy acá. El género poético me da la posibilidad de evadirme del personaje, de la instancia más ficcional y aprovechar ese otro costado de enorme potencia, oscuridad y brillo que encuentro en la palabra.

–¿Cómo fue el proceso de escritura de Carnívora?

–Te diría que se fue escribiendo. Nunca estoy con un solo proyecto. Ahora estoy escribiendo otro libro de poesía, a la vez corrigiendo una novela y también tengo cuentos. No puedo separar, para mí es todo parte de lo mismo, es como un laboratorio abierto. Voy depositando las cosas que voy encontrando en distintos lugares, algunas van en tubitos de ensayo y otras en cacerolas enormes. Lo que tiene la poesía es que es como un regreso a mí porque es en primera persona. No sé cómo abordar los poemas colectivos. En la poesía hay algo de la intimidad y de la sorpresa. Lo que me pasa con la poesía es que las palabras me aparecen ya engarzadas.

–Es distinto del trabajo de picar piedra de una novela.

–Sí, y es algo de la inmediatez, como si dibujara a mano alzada con un carboncillo. Lo otro requiere otro trabajo, otro despliegue, hay perspectivas. En la novela hay que ponerse a laburar más espacialmente. La poesía me da permiso para no ser lineal, para no tener que seguir una trama. En realidad, para mí las tramas casi siempre son excusas, y liberarme de la excusa es escribir sin red y con el vértigo que da la miniatura porque al poema hay que resolverlo de inmediato, si bien uno luego regresa a él. Claro que hay algunos más jodidos que otros. Si bien me dejo llevar muy locamente detrás de la palabra y me gusta darme el permiso de lo automático surrealista, creo mucho en la instancia de la corrección. Cuando puedo desplegar lo que tengo luego vuelvo con un afán más racional a quebrar algunos huesitos a cortar, a ver. Me gusta sentir que es algo plástico lo que hago. Me gusta que no se cristalice. Siendo atea, creo que en la poesía hay algo del orden de lo místico. Lo doméstico no me sirve para hacer poesía a no ser que esté atravesado por el extrañamiento. Me gusta pincelar en el claroscuro porque para que haya luz tiene que haber oscuridad y viceversa.

–Aunque fueron escritos con mucha distancia temporal, tanto en Muerta de hambre como en Carnívora se percibe una escritura hambrienta.

–Es que yo asocio el hambre con el deseo porque, si no tenés deseo, no podés escribir. La actitud de cualquier artista es una actitud de hambre que no se aplaca. Recuerdo que cuando salió Muerta de hambre me hablaban sobre la obesidad y yo no estaba hablando de eso, no sabría hacerlo. Tampoco me impuse un tema. Simplemente se presentó ese personaje y yo intenté dotarlo de mis propias preguntas en relación con la forma, cómo la forma define. En ese momento supe más que nunca del hambre. Después uno olvida aunque continúen latiendo determinadas cuestiones que luego aparecen en el siguiente libro. Cada libro es una incógnita a resolver. Me preguntaron si Muerta de hambre era una crítica al maltrato sobre el cuerpo femenino y yo ahí no hago distinción de género porque la desesperación no tiene género y la literatura tampoco. Con esa novela me pasó algo muy curioso. Me había quedado con un solo ejemplar porque se había agotado y a veces me lo pedían y no tenía ninguno para dar. Busqué en Mercado Libre y encontré un ejemplar a la venta que avisaban que estaba muy subrayado y con anotaciones al margen. Obviamente no pude resistir la tentación de ver los subrayados y anotaciones y lo compré. Es la revancha del escritor, que es leer la lectura que hicieron sobre su libro (risas).

–¿Y cómo fue la experiencia?

–Habían borrado con Liquid Paper el nombre del lector, del dueño. Hice la lectura a través del subrayado y terminé bastante perturbada. Uno sabe que cuantas más interpretaciones tenga un texto, más interesante es. Pero ese subrayado era de una tristeza apabullante.

–¿Por qué? ¿Cómo pudiste detectarla?

–Porque todo lo que yo había construido en relación con ese universo, esa trama, ese personaje había quedado reducido a la mínima expresión. Era el relato de una soledad absoluta de una mujer que lo había perdido todo, que había sido amada y traicionada, y que estaba esperando para morir. No había vestigio de ningún humor porque no había subrayado nada que tuviera humor. Incluso había tachado algunos párrafos, había editado el libro según su parecer como si dijera “esto no va y esto sí”. Lamentablemente nunca pude descifrar la letra de las anotaciones al margen. La mujer que me lo vendió me dijo: “Hay una idea que me carcome: necesito saber si vos sos la autora”. Y claro, yo ya estaba requemada con la dirección de mi mail en el que se notaba que era García Lao, de modo que no pude mentir. Fue un acto un tanto obsceno pero me pareció que le daba un sentido muy interesante a esto de releerse a través de la mirada del otro. Porque una vez publicado, el libro ya no es de uno.

–¿La persona que te lo vendió era la dueña del libro?

–Supongo que sí, de lo contrario no le hubiera carcomido la curiosidad. Lo que pasa es que cuando fui a buscar el ejemplar me atendió un hombre y no la mujer con la que había intercambiado mails y supuse que era ese hombre el que no la amaba (risas). Me armé otra historia paralela. Creo que Carnívora podría ser la lectura desesperada de alguna de mis otras novelas.


–Tus poemas son una suerte de planta carnívora que tiene algo de bello y algo de siniestro.

–Sí, eso de lo bello y lo siniestro resuena en mí. Me acordé de Baudelaire en Una carroña, de cómo él lograba poesía a partir de lo más espantoso. De la tumba de Baudelaire me robé una flor. Es una flor de plástico, espantosa, gruesa como si hubiera mordido algo y hubiera quedado capturado en ella. Creo que mi lectura de Baudelaire tiene mucho que ver con lo que yo entiendo por poesía. Supongo que las primeras lecturas de alguna manera marcan las rutas que hay que tomar y las que no, pero para mí esa contradicción entre el espanto y lo bello funciona como modelo a seguir. Creo que lo siniestro está en todos mis textos, pero no aparece como una amenaza sino como parte del hecho de estar vivo. Me acuerdo muy seguido del cuento de Borges "El inmortal". Creo que no hay mayor vitalidad que la de un entierro.

–¿Por qué?

–Porque hay un deseo de sacarse pronto de encima el asunto de la muerte para no contagiarse de ella.

viernes, noviembre 11, 2016

Niños terribles



Personajes perturbadores de la literatura que son imberbes, bajitos y sienten predilección por lo siniestro.
Kenzaburo Oé, Clarice Lispector, Silvina Ocampo, Horacio Quiroga.

Miércoles 30 de noviembre, 18.30 h
Entrada libre y gratuita con inscripción previa. Cupo limitado
Inscripciones vía mail info@menendezlibros.com.ar o telefónicamente al 4311 6665

sábado, octubre 15, 2016

Homenaje a Di Benedetto



Martes 18, 15 hs.
Sobre Zama, mesa debate.
Charcas 2837, CABA
Entrada libre y gratuita.

“La literatura es un lugar para explorar y explotar"

Es la manera de narrar que la escritora Fernanda García Lao revela en Muerta de hambre, la novela reeditada por Emecé el último julio. En ella, el absurdo y un cuerpo obeso se confabulan para contar la historia de María Bernabé, una adolescente devenida en mujer que devora a la par que interpela.
La entrevista con Rosario3.com

Por Maricel Bargeri


Comer hasta estallar es una de las estrategias que sostiene María Bernabé. Deglutirlo todo –lo que se mastica y lo que no – hasta que la piel se deshilache en su intento de “contener” tanta humanidad.

La (auto) provocación es uno de los tantos intentos que la protagonista de Muerta de hambre, la novela de Fernanda García Lao, revela en primera persona. En la narración, el humor permite asomar a la soledad, el amor, el desamor, el sexo, la comida y lo incomprobable de unos recuerdos.

La editorial Emecé relanzó el título el último agosto, después de que la primera y segunda edición (El cuenco de plata 2005 y 2006, respectivamente) estuvieran agotadas desde hace unos años.

“Es triste para cualquier escritor que sus libros no existan”, dijo Fernanda García Lao a Rosario3.com, para quien "la literatura es un lugar para explorar y explotar; un lugar para ser incorrectos."

Y Muerta de hambre lo prueba.

La autora contó que la idea del libro –Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes– surgió a partir de una experiencia actoral: “Iba a hacer de gorda y me construyeron un cuerpo de gomaespuma. Estaba escribiendo los monólogos cuando, a partir de esa experiencia física tan contundente, empecé a asociar más poéticamente lo que significa el cuerpo, cómo el cuerpo nos narra. Es como ponerse en el lugar: uno implica también una forma. Uno es por su aspecto. Se construye.”

En la trama, el absurdo y la grasa corporal se confabulan para narrar la historia de una adolescente devenida en mujer capaz de pergeñar una venganza contra el mundo –que emparda con las estrafalarias fantasías de Ignatius Reilly– al tiempo que devora todo lo que la rodea, incluso a ella misma. Un cuerpo grueso como instancia discursivo digestiva.

“Creo que cualquier exceso se empata un poco con la carencia. Hay algo muy poderoso en este tiempo que nos toca vivir en relación al cuerpo, al castigo del cuerpo; al cuerpo como objeto de mercadeo. Y creo que una manera de protestar era siendo así de feroz”, sostuvo la también autora de Carnívora (Emecé, 2016), un libro de poemas.

En tal sentido, explicó que “el exceso en la palabra, emparentado con el exceso de grasa, constituían parte de la estrategia poética.”




Escritura, memoria e historias

Muerta de hambre está estructurada en dos partes: vida e “intento de obra”: “Así como ella es inmensa, su obra es mínima”.

Y hay una condición que subvierte cualquier atisbo de culebrón: “Bernabé habla en primera persona y nadie puede negarla.”

Es en esos recortes personales y “su” debate entre lo real, lo posible y lo onírico es que quien lee desarrolla una avidez por la cual no puede (ni quiere) dejar de roer páginas.

Para la autora, resultaba “muy tentador trabajar con ese recurso de dudar de la memoria”: “Me parece que para vivir, vas olvidando. Hay memoria descartable que dura sólo unos minutos. “

Escribir también puede ser una forma de memoria. De hecho, la lectura de la novela le recuerda a García Lao el “espacio” en que fue concebida–una separación– y cómo: “Con el estómago medio apretado y hecho un nudo. Y bastante flaca. Era como depositar en otro cuerpo eso que a mí me pasaba.”

“Yo entiendo así la literatura –continuó–, como un lugar para explorar y explotar; un lugar para ser incorrectos. Todos los temores, miedos y crisis, existenciales o vitales, son materia de mi trabajo. Creo que ser escritor es un poco ponerse a prueba todo el tempo, Si no, no tiene mucho sentido. No es solamente contar historias.”

lunes, septiembre 12, 2016

Poesía a la parrilla



Lectura
Con Felix Bruzzone y Guillermo Saccomanno.
Librería Notanpuan
San Isidro
8 de septiembre 2016

Centro Cultural de la Ciencia


Mesa de Ciencia y Literatura
Coordinada por Luis Capozzo
Con Paula Bombara y Flor Codagnone



Domingo 11 de septiembre 2016

miércoles, agosto 31, 2016

Imposible no caer en esta tentación

Imposible no caer en esta tentación:

Cuando la explosión Auster aconteció en lengua castellana no me interesó. Era un autor excesivamente encantador, alto y yanqui para mi gusto. Su teoría del azar me tenía sin cuidado. Otro norteamericano fascinado por la cultura europea, otro aspirante a intelectual lejos de casa, pensé. Puse en acción el gesto púber de prescindir de él. De dejarlo pasar. Uno también elige a sus autores de cabecera de ese modo. Haciendo abuso del gusto. Con impunidad, seleccionamos despóticamente a quién sí, a quién no. No se lee para quedar bien con nadie.

El tiempo lo puso delante de mis ojos varios años después. Imposible no caer en la tentación. Empecé por La invención de la soledad , ese libro en que Paul Auster se despide de su padre, poniéndoselo encima. “Cuando el padre muere, el hijo se convierte en su propio padre”. Por entonces, yo había tenido mi propio duelo. Ya me había enfrentado a los objetos sobrevivientes, ese espanto, y no había podido ver su cuerpo. No ver el final de mi padre me hizo especular mil veces con su vuelta. El cuerpo y el hombre, dos asuntos. Cosas distintas, escribe Auster. Mientras él encontraba otras versiones del suyo, el álbum vacío de su familia, yo imaginaba pliegues del tiempo en los que el mío existía prescindiendo de su pasado, es decir de mí. Un padre atrás, otro adelante. Encontré no sólo una ficción en torno a la pérdida, sino un libro que contenía distintas especulaciones sobre la memoria “el espacio en que una cosa sucede por segunda vez”, la evocación del pasado como infierno, la certeza de que la distancia es una segunda piel.

En La trilogía de Nueva York, Auster tensa los conceptos de realidad e invención, enajenación y aventura, dando como resultado una escritura mestiza, una especie de Edmond Jabès en clave policial. Un Beckett pulp. “En la oscuridad hablo el lenguaje de Dios y nadie me oye”. En La ciudad de cristal, el primero de los libros que la integra, Daniel Quinn escribe novelas de misterio que firma como William Wilson. Mientras todos suponen que Quinn ha dejado de escribir, Wilson logra cierto éxito gracias a su personaje de ficción, el detective Max Work. Quinn es un trío en sí mismo, aunque Wilson sólo sea un puente para llegar a Work. El escritor y el detective son intercambiables. Como si no fuera suficiente, William Wilson es un personaje de Edgard Alan Poe, aquel que mataba a su doble perverso condenando su propia existencia. Entonces, una noche cualquiera suena el teléfono. ¿Es usted Paul Auster? No, responde Quinn. Tras una serie de llamados nocturnos, resuelve asumir esa nueva personalidad. No por él, sino para darle el gusto a Work. Ya son cinco en uno. El que llama, dice ser y no ser Peter Stillman. En cualquier caso, está amenazado de muerte y requiere de sus servicios. Su padre, otro Peter Stillman, quiere matarlo. Al verlo, Quinn piensa en su propio hijo muerto que se llamaba Peter. Stillman habla extraño, o mejor dicho, es hablado.

No sólo hay superpoblación en el elenco, cada movimiento, cada avance, es una summa del pensamiento universal. Paul Auster escribe su versión de Babel adueñándose de palabras ajenas, nombres falsos y mitos alterados sobre el mapa de Nueva York, que hiede a hamburguesas y café quemado.

Fantasmas continúa con las reflexiones en torno a la observación, la identidad, la escritura. Las referencias literarias son huellas textuales, reescritura fuera de lugar. La trama es sencilla. El desenlace, oscuro. Hay un cliente, Blanco. Un observador, Azul. Un observado, Negro. En el medio, informes. La descripción objetiva de los hechos. Y el pago en consecuencia. En la vigilancia de Negro, Azul se topa consigo mismo. Observar al otro es observarse. “El otro es un vacío en la textura de las cosas”. La ausencia y el tiempo conspiran contra la tarea.

En La habitación cerrada, Auster recurre a la primera persona. Pero quién es yo. Yo es otro, escribió Rimbaud en sus Cartas del Vidente . “Quiero ser poeta y me estoy esforzando en hacerme Vidente”. La captura del instante es una invitación a la incertidumbre. El yo que narra devora al otro, asume su lugar. La trilogía... es pura distorsión, giros en torno a la locura. Los nombres y los roles se cruzan. La multiplicación es un prisma del clásico doppelgänger : refracta, refleja y descompone. Auster elabora tramas que reivindican la lectura. Si todo libro es evocación, en sus novelas se ocultan Baudelaire, Melville, Hawthorne, Whitman, Cervantes, Gógol, Kafka, Derrida, Blanchot o Hamsun.

Imposible no caer y disfrutar de las heridas.

Fernanda García Lao es narradora, poeta y dramaturga. Acaba de reeditar su novela Muerta de hambre (Emecé), que ganó el Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes.

Para leer en Revista Ñ, click en el título.

Arribos de poesía

Recién llegados.
Eterna Cadencia.

Zindo & Gafuri, Edulp, Mansalva, Satori y Anagrama y sus novedades en poesía.


Dejamos cinco novedades de poesía y un poema de cada para que puedan asomarse a los libros. Los "versos como latigazos" de Houellebecq, la carne que llama de García Lao, un nuevo libro de Eduardo Rezzano y sus universos dislocados, el segundo poemario de Fernando Araldi Oesterheld, también por Mansalva, y una antología bilingüe de 70 haikus inéditos de Natsume Sōseki.


Configuración de la última orilla
Michel Houellebecq
Anagrama, 104 páginas

Houellebecq poeta. El libro arranca con un poema breve y demoledor:

«Cuando muere lo más puro
Cualquier gozo se invalida
Queda el pecho como hueco,
Y hay sombras por donde mires.
Basta con unos segundos
Para eliminar un mundo.»

Lo que sigue es igualmente poderoso. Versos como latigazos. Crudos: «los hombres sólo quieren que les coman el rabo», leemos en la sección titulada «memorias de una polla». Meditativos: «Todo lo que no sea puramente afectivo deviene insignificante. Adiós a la razón. Ya no hay cabeza. Sólo corazón.» Punzantes: «Quienes temen morir temen, de igual modo, vivir.» Son poemas rabiosamente contemporáneos: un recorrido por el deseo, el dolor, la enfermedad, el amor, la muerte, la ausencia, la indignación, el erotismo, el asco... Su poesía es una imagen especular de su obra narrativa, y en ella asoma también el escritor radical, obsceno, misógino, cáustico, visceral, provocador. Juega a veces con el verso libre, y otras se somete a la métrica canónica y la rima, pero sus versos están siempre al servicio de una mirada desgarrada, sarcástica e insurrectamente lúcida sobre el mundo que le rodea y sobre sí mismo. En este su quinto poemario –que se suma a los cuatro anteriores, incluidos en el volumen Poesía, también publicado en esta colección– emerge Houellebecq en estado puro, destilado en la brevedad lacerante de unos textos que abordan «la cara B de la existencia».


Nocturna
Eduardo Rezzano
Zindo & Gafuri, 68 páginas

Violeta

La delgada línea
entre la hibernación
y la muerte debe ser
traspasada con el
sigilo de la tortuga

No se trata de si la tortuga
sabe o no sabe
que no hay regreso posible
de tan sutil precipitación

Honremos el sinsentido
de su último gesto
la determinación irresponsable
de escribir con su vida
la obra de arte más
terriblemente pequeña



Sueño de la libélula
Natsume Soseki
Satori, 160 páginas

Sōseki, el celebrado novelista japonés, era un escritor poliédrico: divertido, irónico, nostálgico, introspectivo, surrealista, en definitiva, cambiante. A través de sus haikus se pueden apreciar las múltiples facetas de este autor, cima de la Literatura japonesa moderna. Esta antología ofrecer al lector en español una nueva faceta diferente a la del Sōseki novelista pero igual de brillante que esta.
El haiku es una forma de poesía tradicional japonesa de 17 sílabas organizadas en un esquema de tres versos (5-7-5). No tiene título ni rima pues pretende, con la máxima sencillez, transmitir una apreciación de la realidad espiritualizándola y elevándola por encima de su pequeña trascendencia. El haiku, que ha permanecido durante siglos íntimamente ligado con la cultura tradicional japonesa, actualmente se ha universalizado de tal manera que podemos considerarlo finalmente, patrimonio del ser humano.


Tras estallar
un relámpago, luce
su azul el mar.



Un veneno de sí
Fernando Araldi Oesterheld
Mansalva, 64 páginas

Palabras que parecen surgir de un silencio, el blanco que las rodea y que les da el contorno de versos. Pero no se trata de una alternativa, aunque fuese poética, entre decir y no decir, sino que más bien lo escrito se torna necesario, urgente, es “lo que no se puede dejar ir”, una suerte de presencia que no deja de ausentarse. La poesía de Fernando Araldi Oesterheld tiene entonces un tono de pregunta que se acerca a la plegaria. “¿Para qué seguir naciendo?”, se pregunta. Aunque sea un interrogante imposible, ya que el nacimiento debe ser el acto que nadie puede decidir. ¿A quién se dirige? Quizás a la ausencia de alguien, al retraimiento de algo. Es como un rezo murmurado que se eleva al rango de oda, pero no hay nadie en el cielo que esté escuchando. Sólo está la página, su blanco, y el ritmo de palabras que la oscurecen por instantes, por raptos. Tampoco es posible preguntar para qué seguir escribiendo. En las imágenes que cada puñado de versos hace resplandecer, se contradice a la vez el acto mínimo de manchar de palabras un silencio y se justica de alguna manera. Como diría Mallarmé: qué importa que esos brillos no se dirijan a nadie en particular, de todos modos están ahí, registran el pasaje de cuerpos y de cosas por una película sensible, escrituras de luz. Entre la noche y el blanco, Un veneno de sí prende un fogonazo de intensa vitalidad, sigue naciendo a cada paso. Silvio Mattoni

y siempre no entender
cómo en su cruz la belleza se contiene
de hacer nido entre las sombras



Carnívora
Fernanda García Lao
Edulp, 70 páginas

Abrir un libro de poemas de Fernanda García Lao es como meterse en un laboratorio de la lengua. Y en la entrada de ese laboratorio irrumpe esta advertencia: "Leer y escribir para no sentir el cuerpo es una forma de suicidio". El cuerpo, en Carnivora, será entonces el territorio sobre el cual la lengua se desplace como un ejercito sediento, voraz, animal.

principio de felicidad
las hojas movidas por el viento
cabeza de gato y atrás
alita enervada
o vertical, renga
de vuelo
el cuerpo es un trozo
de carbón
que bombea la muerte
hombre pájaro
en desorden
se paraliza frente a un cielo
ajado
de nubes mamíferas
movimiento simple
de un objeto
más


Para enlazar con el blog de Eterna Cadencia, click en el título.

sábado, agosto 27, 2016

Sharon Olds

FIN

Nos decidimos a abortar, y juntos
nos volvimos asesinos. No cambió nada con
el próximo período: estaba muerta, esa pareja joven
que alguna vez había abrazado la vida.
Mientras lo discutíamos en la cama, el choque
no nos sorprendió. Fuimos a la ventana,
y miramos los autos hechos un acordeón,
las esquirlas de vidrio reluciente,
como si los culpables fuéramos nosotros.
La policía retiró los cuerpos,
ensangrentados como bebés recien nacidos,
por el huequito humeante de la puerta,
los colocó en el césped, y los cubrió con sábanas
que se empaparon en el acto. Sangre
empezó a caer de entre mis piernas
y manchó mis pantuflas. No me moví de ahí,
viendo cómo arrojaban a la figura atada con correas
por la abertura negra de la ambulancia, y cómo
paraban a la otra, la cabeza cubierta con vendajes,
dos manchas en reemplazo de los ojos.
La mañana siguiente me tuve que agachar
una hora en el piso, para limpiar mi sangre,
frotando un trapo húmedo por las manchas brillantes
y traslúcidas, como quien deja la sartén
largo rato en remojo
después de que la fiesta terminó.

viernes, agosto 12, 2016

La biblioteca de los escritores




Este viernes, y los que siguen de agosto, los espero en una hermosa biblioteca pública: La Guido y Spano, Güemes 4601, Palermo.
Voy a hacer algo que me gusta casi tanto como escribir, hablar de libros. Recomendar lecturas. Los espero de 19 a 20.
Gratis, claro. ¡Vénganse! Aprovechemos la juntada para donar algunos ejemplares, ¿no? ¡Se agradece si comparten la movida!

lunes, agosto 08, 2016

Muerta de hambre (fragmento)



Cerca del plato


”Yo no era nada, por lo tanto,
podía permitírmelo todo”
Witold Gombrowicz



1.
He sido gruesa y desgraciada desde que tengo memoria. En mis sueños, sin embargo, llevaba cascabeles o meaba en un frasco, alocadamente.
Me recuerdo corriendo por las praderas inmaculadas de mi infancia siendo infeliz y transpirando. Tenía secretos escondidos detrás del sillón. Cosas inservibles pero frescas. Tijeras y cucharitas de postre. Las pasaba por mi cara siempre acalorada por la furia de ser y pensar como una gorda de treinta y nueve años.
Mis padres se escabullían en fiestas y en viñedos y yo fumaba los restos que dejaba la empleada, en el cenicero de servicio.
El hecho de no tener hermanos me dio la libertad de ser desgraciada sin testigos. Pero observaba con rencor a la familia numerosa que vivía enfrente. Allí ninguno era imprescindible. Si faltaba algún miembro, nadie lo echaba en falta.
En mi caso la presencia era un factor determinante. Mis padres pasaban revista a mis orejas cada mañana.
Los días de mi niñez eran una sucesión de momentos interminables y sin cierre. Todo se alargaba más de lo normal. La noche se recostaba sobre la mañana y juntas caían sobre la tarde sin definir claramente sus límites.
En mi casa había habitaciones donde era de día y otras donde la luna brillaba sobre los mármoles. También los climas eran simultáneos. Mi madre prefería el balcón de invierno y mi padre, la calidez de los cuartos de baño. Yo gozaba de la indefinición templada del salón de juegos.
Después de tomar el jugo de naranjas recién exprimidas, probaba las mermeladas sobre diversos tipos de panes crudos o tostados. Dedicaba horas a la deglución matinal. Un vecino me pasaba a buscar y me trasladaba hasta el colegio. Es un dato importante porque siempre fui a colegios lejanos. Recorríamos media provincia y afortunadamente esperaban mi presencia para comenzar las clases. El vecino era un taxista sin papeles, que siempre lavaba el auto.
Recuerdo mi cuerpo deformado, peleando su libertad contra la tela cuadriculada. Sentía las miradas de desprecio en cuanto descendía del automóvil. Mis compañeros eran altos y rubicundos. Todos con los dientes perfectos y con olor a crema de enjuague.
Sin embargo esas magníficas piezas debían esperar a que la gorda inaugurara la jornada escolar. Siempre tuvimos contactos en el ministerio.
Yo destacaba en gimnasia a pesar de mi tamaño. Era muy resistente. Corredora de fondo. Siempre quedaba segunda porque el primer puesto era rotativo, pero yo no.
Nunca pude saltar el potro por un tema psicológico. Así que cuando se armaba la fila, me iba al baño.
Fui una alumna mediocre. Mis cálculos eran aproximados. No vas a necesitar de las matemáticas, era la frase que repetía la inútil de turno, bajo el delantal blanco.


2.
Tengo la boca llena de hambre. Sin embargo mi cuerpo está demasiado pesado para seguir engullendo. He aumentado varios kilos en los últimos días. No soporto lo nítido de la existencia: mis rollos se confunden con el sillón donde estoy encajada.
La señora que me ayudaba se fue hace miles de postres. Ahora pido todo por teléfono. Creo que soy el primer caso, en esta ciudad de esqueletos vengativos, que se ha fijado un objetivo tan grasiento. Quiero estallar.
Mi cuerpo es mi discurso. Espero que alguien me entienda.


3.
La primera vez que vino la hija del taxista a jugar a mi jardín dijo: ¡Una plaza! Y no volvió a dirigirme la palabra. Estuvo tres horas tirándose por el tobogán y hamacándose con rabia. Ese era mi problema. Demasiado rica para la clase media, demasiado gorda para la clase alta. Pensé en crear un club y puse anuncios que diseñó mi profesor particular que era arquitecto y lampiño. Pero nadie respondió a la convocatoria. Era la única en mi situación. Inmensa en todos los sentidos. Igual me hice presidenta y socia honoraria. El profesor también diseñó mi carné de socia que hasta tenía banda magnética y código de barras. Lloré mucho el día en que se juntaba la comisión directiva. Recién en ese momento me di cuenta de que estaba sola. Quemé el carné, la gorra, los banderines y el póster, junto a los montículos de hojas secas que dejó el jardinero.


4.
Como mi padre trabajaba constantemente, mi madre no lo necesitaba. Faltó a mi nacimiento y creo que tampoco estuvo en mi concepción. Él tenía los ojos verdes, la piel lechosa y los pies planos. Yo sin embargo me parezco al jardinero. Soy oscura.
Mi madre cantaba en el coro de la iglesia y se hacia brushing. Pesaba la mitad que yo. Nadie podía explicarse cómo había logrado parirme. Jamás nos acariciamos ni me dijo nada bueno. Por otra parte en mi casa nunca se personalizó ninguna conversación. Se usaba la elipsis, la sinécdoque o el silencio.
Cuando cumplí siete años me sorprendieron con un triciclo con música que me trajo mi padre de Estados Unidos. Era un aparato inmenso y llamativo que además tenía luces y cable, lo que me obligaba al mismo recorrido inútil para no desenchufarme. Los chicos del barrio se amontonaban en la reja para verme dar vueltas al cantero de magnolias.

martes, agosto 02, 2016

Muerta de hambre, el regreso




“Llega María Bernabé y todo se detiene. El lenguaje se carga, dispara la lectura. Su historia desaforada refleja algo de la nuestra. Reímos y la risa se transforma en algo más. Muerta de hambre crece como una criatura con vida propia en la cabeza del lector. Y ahí queda para siempre, gracias a la escritura iluminada de Fernanda García Lao.”
- Esther Cross

“Muerta de hambre está tramada como una novela digestiva y encuentra en el terreno gastronómico un símbolo fértil de temas tan heterogéneos como las luchas sociales, el erotismo, la locura y la muerte. Su protagonista es una adolescente tardía a quien la vida hizo dura o, más precisamente, gruesa. Y está encerrada en el vicioso círculo de su triángulo existencialista: vive para comer, come para escribir y escribe para vivir. Sus escasos vínculos amorosos o de parentesco están imbuidos de esa metáfora que abarca toda la novela: el vampirismo. Cada personaje tiene el objetivo de devorar a sus contrincantes.”
- Juan Pablo Bertazza

“Nadie como ella para narrar lo absurdo. No hubo, no hay ni habrá otra igual. Fernanda García Lao es la escritora más rara de la literatura argentina.”
- Silvina Friera

lunes, agosto 01, 2016

García Lao: "Después de tanta narrativa tuve la necesidad de volver a la poesía"

TELAM
31/07/2016

Juan Rapacioli


"CARNÍVORA", PRIMER POEMARIO DE FERNANDA GARCÍA LAO, ESTÁ COMPUESTO POR UNA SERIE DE POEMAS QUE SE SUMERGEN EN EL INTERIOR DEL CUERPO PARA VIAJAR, CON INTENSIDAD, HACIA EMOCIONES VIOLENTAS, FORMAS DE LA SEXUALIDAD, SUEÑOS MONSTRUOSOS Y AGUDAS REFLEXIONES SOSTENIDAS POR UNA VOZ QUE SE MIRA A SÍ MISMA PARA VER UN MUNDO EN CONSTANTE TRANSFORMACIÓN.
etiquetaslibroculturapoema

"Abrir un libro de poemas de Fernanda García Lao es como meterse en un laboratorio de la lengua", dice el escritor Hernán Ronsino en el prólogo al poemario publicado por la Editorial de la Universidad de La Plata. Y, luego, sostiene que en "Carnívora" el cuerpo "será entonces el territorio sobre el cual la lengua se desplace como un ejército sediento, voraz, animal".

García Lao (Mendoza, 1966), seleccionada por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2011 como uno de "los secretos mejor guardados de la literatura latinoamericana", es autora de las novelas "Muerta de hambre", "La perfecta otra cosa", "La piel dura", "Vagabundas" y "Fuera de la jaula", así como del libro de cuentos "Cómo usar un cuchillo". Además escribió, con Guillermo Saccomanno, el libro "Amor invertido".

En diálogo con Télam, la escritora habló sobre el origen, la forma y la construcción de su primer poemario. "El cuerpo es el primer mapa que tenemos. A partir de ahí, entendemos el mundo. No es un traje que llevamos puesto. El cerebro, como órgano de entendimiento, está sobrevalorado. Yo me relaciono físicamente con las ideas".

- Télam: ¿Cómo nació este poemario? ¿Hubo un proyecto de libro o los poemas le fueron dando la forma?
- Lao: La verdad es que los principios se me difuminan siempre. Creo recordar que el poema que dio origen a "Carnívora" fue uno que dice "Ahí voy de nuevo/ a sumergirme en ese lago/en el que habita/mi ser intermitente". Es el recuerdo de ese estado lo que tengo. Un estado con escafandra incluida. La escritura como inmersión. No puedo entender la poesía con la cabeza afuera. Después de tanta narrativa tuve la necesidad de volver a la poesía. Que es como volver a uno. Pero no le di entidad hasta que fueron varios poemas. Ya no eran disparos sueltos, se estaba armado una guerra. Yo pólvora, víctima y victimario. Otra cosa absurda que me pasó es que arranqué el libro sin comer carne. Cada tanto, abandono la masticación de mamíferos. Pero me agarró una anemia tremenda. Y tuve que comer. Hacerme cargo de que esas muertes me hacían bien. De que vivimos a costa de otros. Entonces, en un intento frustrado por justificarme, el libro pasó a llamarse "Carnívora por necesidad". Duró poco. Afortunadamente, Facundo Abalo, el editor de Edulp me sugirió regresar al título original.

- T: A través de la lectura, el cuerpo se convierte en una especie de teatro del mundo: un escenario donde se suceden diversas batallas, desde las íntimas hasta las sociales, dando cuenta de la presencia o ausencia de un otro...
- L: El cuerpo es el primer mapa que tenemos. A partir de ahí, entendemos el mundo. No es un traje que llevamos puesto. El cerebro, como órgano de entendimiento, está sobrevalorado. Yo me relaciono físicamente con las ideas. Aparecieron así para mí. Ya de muy chica me había llamado mucho la atención eso de que el Verbo se hizo Carne. ¿Qué es eso? Me parecía una cosa inquietante y oscura. Recuerdo una de mis primeras visitas con el colegio al Museo del Prado. Quedarme paralizada frente a las pinturas negras de Goya. Sobre todo aquella de Saturno devorando a un hijo. Un hijo. Uno cualquiera. Una monstruosidad enmarcada que mis compañeros pasaban de largo. Mi cosmogonía está hecha de cuerpos. Las palabras también. Son como animales hambrientos.

- T: Hay una insistencia: la imagen de la cama como lugar sexual pero también onírico, reflexivo y de transformación continua...
- L: Claro. Desde el parto hasta el foso, es el lugar que más visitamos. Además tengo unos sueños muy brutales, llenos de bichos y experiencias perturbadoras, que sin embargo no considero pesadillas. No me asustan, me completan. Además, te digo, casi todos estos poemas me asaltaron en la cama. Antes o después de dormir. En la mesa de luz tengo mi libretita de atrocidades nocturnas.

- T: ¿Abordás de manera diferente la escritura poética que la narrativa o es parte de un mismo proceso?
- L: Es sutilmente distinto. Yo puedo forzar a la narrativa con mucha naturalidad. Decido cuándo y cómo, puedo corregir varias cosas a la vez. Enseguida la voz de los demás, los ritmos que construyo, las tramas, se hacen tan potentes que casi no me necesitan. Con la poesía no puedo ir tan rápido. Siento que construyo una miniatura que necesita un pulmón, uno diminuto que requiere de todo mi entendimiento. Pero en ambos casos, lo que me guía es la revelación del lenguaje. Es lo que intento hacer, no sé si me sale. Voy contra lo que sé.

- T: ¿Cuál fue tu primer contacto con la poesía? ¿Qué autores te marcaron?
- L: Mi primer contacto debe haber sido en la escuela, en Madrid. En la primaria. De la mano de Góngora y Quevedo. Y claro, mis primeros intentos, a eso de los doce, se debatían entre el exceso de retórica de uno y la irreverencia cómica del otro. O sea, un desastre. Cuando apareció Santa Teresa los desbancó a ambos. Su pulsión erótico mística fue toda una revelación. De ahí salté a Apollinaire, a Baudelaire, a Rimbaud.

- T: ¿Crees que se puede pensar en una función de la poesía?
- L: Sí, claro. Su función es el desvío. Abandonar la calle principal del lenguaje, tan gastada. Y perderse con estrategia.

- T: ¿Qué es lo que te parece que hace a un poema valioso?
- L: Para mí, un poema es como una adivinación. Un acto en los límites del lenguaje. Pero además, tiene que hablarme al oído. Es como una conversación nocturna, el tren en movimiento. Cada tanto ves la luz de las estaciones. Y volvés a la oscuridad.

- T: ¿Qué autores destacás de la poesía contemporánea?
- L: Ted Hughes, Vasko Popa, Joyce Mansour, Mina Loy, Miguel Ángel Bustos. Sí, ya sé. Están muertos. Pero tan vivos, que asustan.

miércoles, julio 27, 2016

Carnívora en estado de gracia



Por Guillermo Saccomanno

Al Poder no le gusta que el arte se conecte con lo político, la escritura con lo político. Es decir, el uno con el todo. Para quien escribe, escriba lo que escriba, lo político está en el lenguaje. En este plano, en el lenguaje, es donde Lao se rebela contra las normas del habla y el discurso público al buscar un sentido en el caos y en lo subterráneo. Tanto en sus ficciones como en su poesía, Lao se rebela contra los modos – mejor dicho “los buenos modales” – que el sistema espera de la poesía, una lírica que consensúe. Brecht dijo que la verdad tiene un tono, que hay que saber cómo encontrarlo. En lo personal – desde qué otro lugar puede hablarse cuando hablamos de poesía -, estoy convencido de que Lao escribe en la noche buscando un tono, una verdad. Diría entonces: la poesía como expresión del ser autodesterrado de la normalidad y también como vidente, interpretando el dolor, el propio y el ajeno y, a la vez, volviendo natural la paradoja, manifestando en la herida la felicidad de la escritura. Me gusta imaginar a quien escribe poesía como exorcista. Pero, ¿se pueden acaso extirpar los monstruos y deformidades del sueño donde se hacen carne? La poesía suele intentarlo. Y este es el caso de Lao con sus percepciones más próximas a la verdad de nosotros que cualquier interpretación psi bien intencionada. Hablo de lo salvaje, lo reprimido.

Al pensar en la antinomia bastante falsa narración/poesía, me pregunto por qué no pensar estas dos escrituras como complementarias. Es aquí donde Lao irrumpe con un gesto infrecuente. Escritora de teatro, escritora de novelas, escritora de cuentos ahora se presenta como escritora de poesía, una poesía que me gusta leer como conjunto de relatos que, en lo profundo, se constituyen como autorretrato y grito. En estos poemas que componen “Carnívora” habitan los integrantes de un zoo onírico en el que conviven desesperaciones, temblores, llagas y coágulos. En efecto, hay que mencionar la sangre, la sangre se siente al leer a Lao. Extremando, diría que escribe con sangre. Su tinta es sangre. Así se lanza a una cacería. Lo que evidencia: la tensión dialéctica carne y espíritu. Leamos lenguaje en vez de espíritu, leamos la búsqueda de esta, a menudo, imposible fusión. Acá surge una violencia que proviene de lo sagrado, la palabra, porque en el hecho poético la palabra se reviste de un orden sagrado. A diferencia de la narrativa – las novelas, los cuentos – donde la palabra cumple un rol utilitario, situar al lector en una convención de lo que es “la realidad”, en la poesía, en cambio, la lengua no se propone como representación sino como revelación. El alumbramiento va en contra del orden establecido, subversión del cuerpo y también de la palabra, encuentro entre uno y otra que socavan el maniqueísmo. Lao se cuenta, cuenta y nos compromete en los escritos de la niña-tiempo, escritos a dentelladas.

Según Girard el sacrificio es a la vez tan santo como criminal. Ya en la tragedia griega el asesinato cumple una función ritual. El carácter sagrado de la víctima, que al ofrecerse asume el asesinato y libra el acto de su carácter penal. En su poesía Lao se inmola y a la vez se mira en el espejo en que la otredad la observa en visiones impiadosas, desquiciadas en un aullido. Porque la poesía hace esto, sustituye con belleza lo horrible de nuestras llamadas partes íntimas, las que no se ven sino en quirófanos y morgues. Pero donde más nos encontramos es en ese silencio abismo de lo que no se pronuncia sino que se alude, un abismo que nos atrae con su lectura, la lectura entendida como complicidad en la violencia ceremonial de los cuerpos que buscan su nombre en el destello de una frase, un giro, un punto. Esta lectura reclama tanto saltar al vacío como complicidad en el salto. Tendremos entonces que asimilar lo animal con lo humano. Y viceversa. Animalizar lo humano, digo. En el zoo, nuestros dobles, somos esa taxonomía. De esto se trata también el sacrificio: eviscerar los sueños. Lao se presenta con una poesía que media entre nosotros y otra cosa que no se nombra pero se conoce y angustia. Si no se la nombra es porque, como en el zen, el insight resulta intraducible. Estamos, ni más ni menos ante la función sagrada de la palabra poética. “Ingresar en la poesía de Lao, en la opinión de Hernán Ronsino, “es ingresar en un “laboratorio de la lengua”. Y también: “El cuerpo, en “Carnívora” será entonces sobre el cual la lengua se desplace como un ejército sediento, voraz, animal”.

Después de redactar estos apuntes, vuelvo a la lectura de Lao. Leo a Lao una y otra vez. Y me doy cuenta de que me pasa lo que no siempre pasa: en cada lectura ingreso en una zona de misterio donde se empiezan a escuchar voces, todas las voces que puede ser ella. Quiero subrayarlo: el dolor en estado de gracia, una experiencia nocturna.


(Este texto fue parte de la presentación de Carnívora, de Fernanda García Lao, en el Museo de Ciencias Naturales de la ciudad de La Plata.
El libro fue editado por Facundo Abalo para Edulp. Editorial de la Universidad de La Plata, julio 2016).

domingo, julio 17, 2016

Bucear sin agua

RADAR
PÁGINA12
Domingo

Fernanda García Lao

Si lo primero fue la palabra, la Historia comenzó tardísimo. Los gruñidos anteriores quedaron afuera. Hubo que esperar a que se nos acomodara el hocico para decir algo y que ese algo fuera imitable, repetible y se contagiara al resto. Hubo que saber modular y hacer figuras con la lengua. La sutileza era imprescindible, si se abría mucho la boca la palabra no se hacía. Mejor retener el aire y soltarlo con cuentagotas que eructar un chillido.

Y el silencio, qué. ¿Acaso no sirve? Los animales mudos a simple vista, como los insectos, salvo ruidosas excepciones, no fueron tomados en cuenta. ¿O son derivaciones del lenguaje? Qué fue primero, ¿la hormiga, o la palabra que la nombra?

Para Burroughs, la palabra hablada no bastaba. Nos hacía falta la escritura. Ese virus, según él, que albergamos como un parásito en nuestra células con tanto éxito que pensamos que es parte de nosotros. Siguiendo su lógica, los analfabetos son gente sana. Que no ha sido contagiada o ha derrotado a la palabra escrita. ¿Con qué? De oralidad también se vive.

Lo que no se cuenta no existe, sugieren algunos. Pero Dios, su palabra, es contado a pesar de lo monumental de su ausencia. Siglos hablando de alguien que no está. Un borrado. ¿Creador arrepentido? El mundo no tiene autor a la vista. Es un anónimo.

Entonces, apareció la literatura. Para decir lo que no es. Inventa espejismos pero lo hace recurriendo a la verosimilitud. Usa la verdad como trampolín para saltar hacia otro lado. Y no se conforma con crear historias, se propone interferir en las ideas. Hacer palabras. Imponer lo que no existe con la potencia del que sí está. La literatura le quiebra la mano a Dios.

La quijotada irrumpe en el mundo a partir del siglo XVI. ¿Cómo se decía antes? De Sade, sadismo. De Von Sacher-Masoch, masoquismo. Balzac populariza un modo de contar. La verdad en entregas. A mediados del XIX, Flaubert inventa el bovarismo, ese estado de insatisfacción crónica, no sólo femenino, derivado de la disparidad entre las aspiraciones personales y la realidad. El fondo del mar lleva la firma de Julio Verne y la imagen que tenemos de Marte es una creación de Ray Bradbury. Más acá, los mataderos son de Echeverría y los locos, de Arlt.

Me digo que el autor no importa, que la humanidad devora ese tipo de dioses hasta aniquilarlos y hacerlos invisibles, una generación tras otra. El autor se convierte en perversión, o su personaje en fenómeno. El mundo se acomoda rápido. No hay que leer a Sade para entender el sadismo.

Según Shelley, citado por Borges, todos los poemas son un solo poema infinito que los poetas y el tiempo escriben en fragmentos. Sin embargo, todos queremos firmar nuestra parte. Que quede constancia de nuestro nombre. ¿Será que pretendemos un mercado o algunos fieles, aunque seamos profanos y la profanación, base de nuestra naturaleza?

Y qué pasa con la palabra mal escrita en estos tiempos de ferocidad virtual. Como apunta Nicolas Bourriaud “Si la autopista permite efectivamente viajar más rápido y con eficacia, también tiene como defecto transformar a sus usuarios en meros consumidores de kilómetros y de sus productos derivados”. Somos gente sin tiempo. La aceleración también licua las palabras. La humanidad escribe con apuro en soportes descartables. Nunca se escribió tanto y tan mal. Pero si el arte es diálogo, de qué hablamos cuando escribimos a medias. ¿La sintaxis tiene dueño?

A pesar del apuro, o a partir de él, hay necesidad de decir. Y más escritores que lectores. A nadie se le niega una novela. Prolifera el deseo de verse por escrito, como si la edición fuera una prueba de nuestra existencia. Pero Harold Bloom nos advierte: toda escritura es una reescritura. La sombra de la palabra se proyecta desde el principio y quien la usa no es más que una ruta por la que ella se traslada.

Después del intento de virtualizar la literatura, el mercado está reconociendo su fracaso. Contra la masticación acelerada, los lectores, especímenes en vías de extinción, seguimos prefiriendo el papel. Y los escritores también. Somos consumistas de objetos. A la palabra escrita, pero sin cuerpo tangible, pareciera que se la lleva el viento. Los libros, como el sexo, tienen olor. No es lo mismo ver porno por internet que practicarlo.

Hace una semana, un remisero me preguntó a qué me dedicaba. Escribo, respondí. Qué. Ficción. Para qué. No sé, le dije, tal vez porque no entiendo. ¿Y escribiendo entendés? No, pero hago el intento. Es como practicar buceo sin agua. El tipo corrigió el espejo retrovisor para enfocarme. Ah, una locura, me dijo. Sí, le respondí. Una locura, pero con sistema. El tipo tragó saliva. Qué pena que ya nadie lea, ¿no? ¿Te molesta si pongo la radio?

martes, julio 12, 2016

Carnívora en La Plata

El CRONISTA
CARTELERA 11.07.16 | 06:50
Fernanda García Lao desata su poesía voraz en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata




La reconocida escritora presentará su nuevo libro de poesía "Carnívora" (Edulp) el próximo jueves 14 de julio a las 19:00 hs.
En un marco único, entre animales embalsamados y restos fósiles que forman parte del mítico Museo de Ciencias Naturales, la escritora Fernanda García Lao, en conjunto con la Editorial de la Universidad Nacional de La Plata, presentarán "Carnívora", su primera obra poética, que forma parte de la colección Ficción de la Editorial en la Serie Poesía.
La presentación comenzará a partir de las 19:00 en el Museo (Paseo del Bosque s/n) y estará a cargo del reconocido escritor, Premio Nacional de Literatura, Guillermo Saccomanno. La entrada será libre y gratuita.
El evento cuenta con la particularidad de ser la primera vez que la Editorial de la Universidad de La Plata, realiza una presentación de un libro en el Museo ubicado en pleno bosque platense. Además de este primer evento, el libro también contará con una segunda presentación en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en el mes de agosto.

Sobre el libro, por Hernan Ronsino:

"Abrir un libro de poemas de Fernanda García Lao es como meterse en un laboratorio de lengua. Y en la entrada de ese laboratorio irrumpe esta advertencia: Leer y escribir para no sentir el cuerpo es una forma de suicidio. El cuerpo, en Carnívora, será entonces el territorio sobre el cual la lengua se desplace como un ejército sediento, voraz, animal.
El cuerpo tomado por la palabra más desnuda. Un poema no es otra cosa que los restos de un náufrago: "a la deriva/ con la serenidad del que se hunde"

Sobre el libro, Antoni Casas Ros:

"Hay en Carnívora un salvajismo galáctico, los cuerpos de las palabras que chocan en combate en el espacio interior del lenguaje. Quedan sólo el nervio y la carne, la intensidad erótica. Suponemos que muchas palabras están muertas. Y las que quedan dan testimonio de esa batalla interior. Filtrando esas lavas se crea el juego de colores, una vivacidad vegetal percibida con una invitación a lanzarse a la sombra, al caos y su magma fértil para descubrir allí sus gemas…"

Sobre la autora:

Fernanda García Lao (Mendoza, 1966) fue seleccionada por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2011 como uno de "Los Secretos mejor guardados de la literatura latinoamericana".
Vivió en España desde 1976 hasta 1993. Es escritora, dramaturga y poeta. Publicó las novelas Muerta de hambre (1º Premio del Fondo Nacional de las Artes). La Perfecta otra cosa (3º Premio Cortázar). La piel dura, Vagabundas y Fuera de la jaula. Así como el libro de cuentos Cómo usar un cuchillo. En 2015, publicó Amor invertido en coautoría con Guillermo Saccomanno. Escribió para distintas publicaciones a ambos lados del océano (Babelia, Revista Quimera, Letraslibres, El Buensalvaje, Página/12, Revista Ñ).
Algunos de sus textos han sido traducidos al inglés, al francés, al portugués, al sueco y al griego para revistas digitales y en papel. Ha publicado en Francia, México y próximamente en Costa Rica.

lunes, julio 11, 2016

María Elina Rúas

El 9 de julio en una nota como sin querer, recordé mi primera obra como dramaturga: La mirada horrible. Por aquel entonces, trabajaba en dúo con Laura Aprá. Y necesitábamos una actriz que me acompañara en escena. Tenía que ser intensa y bella, bastante más grande que yo. En la obra, una taxidermista. En cuanto la vimos supimos que era ella. Enorme actriz y compañera que se jugó en el riesgo del teatro independiente con dos desconocidas. Nos dio una maravillosa lección de amor por el teatro desde el primer día. Yo la recuerdo en escena, el brillo de sus ojos. Y una función en particular, en el teatro Callejón. La obra era una rareza. Animales disecados. Diálogos extraños. Había poco público: exactamente ocho personas. Los contamos con tristeza. Pensamos en suspender. Ella dijo que mientras en las butacas hubiera más gente que en escena, la obra debía hacerse. Que debíamos honrar la curiosidad de los que habían venido. Nos miramos. Eramos dos en el escenario. Fue una función alucinante. Los espectadores nos aplaudieron como nunca. Les quemaban las manos cuando se acercaron a saludarnos.
Su modo de decir y de mirar en escena me hacían olvidar que no éramos reales. Yo creía cada escena. Cuando ella comía delicadamente los ojos de los cuervos me olvidaba que eran aceitunas y me hacía temblar. En el papel de A, le decía a un pájaro disecado: Yo te puse los ojos. Cada vez que mires, verás con lo míos. Y será tan rotunda tu confusión que así como eres mío, yo seré tuya. Mi cara, mis venas, los labios. Cada día que pase tu muerte será para mí y yo viviré reconstruyéndote. No podrás olvidarme.
María Elina era una maestra. Yo, su aprendiz.
Resulta que el 9 de julio se fue de este mundo. Y a mí hoy se me cierra la garganta.

martes, junio 28, 2016

Presentación de Carnívora

¡El jueves 14 de julio corporícense en La Plata! Basta de centralismos. Nos metemos en el Museo de Ciencias Naturales para presentar Carnívora, mis poemas primeros. Estaremos con la plana de Edulp, comandada por Facundo Abalo junto a Guille Saccomanno, a los pies de un dinosaurio. Me emociona y me perturba leer y atravesar salas llenas de seres cristalizados.
Ojalá se contagien de oscuridad conmigo.

viernes, mayo 27, 2016

Dejarse atrapar

Por Lao



Uno ingresa a un autor varias veces. Y cada vez es capturado de una manera distinta. Creo recordar el primer impacto, la bofetada que recibí leyendo El tambor de hojalata. Yo aún era menor de edad. Pero ese libro estaba en casa. Si para Gunter Grass “buena parte de la literatura que yo puedo escribir surge de las pérdidas”, en aquel momento yo misma, su lectora, había sufrido las mías propias. No hubo tiempo de prepararse para su irrupción. El libro ya estaba abierto. Frente a mí, un niño monstruo, el cuerpo detenido del que se niega a crecer. Oscar Matzerath, voz vítrea, rodeado de personajes estrafalarios, escenas sexuales y oscuras, que de tan delirantes resultan poderosamente realistas. El niño y a su tambor, como un miembro más de su cuerpo, fetiche ruidoso y revelador, que se niega a desarrollarse a los tres años como método de resistencia. Aunque el tiempo siga y la historia familiar sea atravesada por la segunda guerra. La voz vitricida del pequeño criminal y sus arrebatos de tambor, lo condenan a arrestos domiciliarios impuestos por la madre, después de romper cristales, vidrios o anteojos y de generar escenas a golpe de redoblante donde los adultos pierden las formas y quedan desnudos, patéticos.

Poeta, dibujante, dramaturgo y narrador, laureado primero, reprobado después, Gunter Grass empezó leyendo en su pequeña casa de dos ambientes cerca del suburbio de Danzig-Langfuhrt los libros que su madre guardaba en un pequeño armario. “Mi madre era de un club del libro. Allí estaban las novelas de Dostoievski y de Tolstoi al lado de Hamsun, Raabe y Vicki Baum. También el Gösta Berling de Selma Lagerlöf quedaba a mano”. Para concentrarse, se tapaba las orejas con los dedos índices. La realidad era ensordecedora y había que fabricar el silencio para ingresar a lo que Grass bautizó contramundo: el mundo metido entre dos tapas. Su propia madre, como la de Oscar, administraba un almacén y tenía su dosis de extravagancia. Cantaba óperas y operetas a dúo con el receptor de radio popular, mientras hacía las cuentas. Y llevaba a Gunter al teatro municipal.

Mi segunda lectura fue, precisamente, teatral. Busco mis subrayados sobre la pieza Antes. “La utilería será reducida a un mínimo y dejará lugar a la actuación. La realidad es la realidad de la escena”. En la primera, Starusch, un profesor de segunda enseñanza, está sentado frente al Dentista. No se habla de muelas. Toda la pieza es un gran diálogo entre cinco personajes donde las intervenciones son absolutamente políticas y se mezclan asuntos personales con teorías sobre la embriaguez del triunfo, perros con submarinos, deportados y estadísticas. La Literatura como el reverso de la Historia. La que se enfoca en los sucesos menores y destruye la intimidad del mismo modo que las decisiones de Estado lo hacen a gran escala. “Para la Literatura, lo elevado resulta ridículo, lo grande insignificante”.

De El gato y el ratón no me olvido. Lo tomé en préstamo en una biblioteca madrileña y no podía devolverlo. Literalmente. Fui conminada cada mes, mediante llamados telefónicos. Cada vez menos amables. Antes de dejar Madrid, decidí devolverla. Pero anoté frases en un cuaderno, como quien registra un encuentro amoroso. “Mahlke no tomaba las cosas a la ligera, y mientras nosotros dormitábamos en el bote, él trabajaba bajo el agua”. Otra: “Tenía los párpados enrojecidos, ligeramente inflamados y con escasas pestañas, y los ojos de un azul claro que sólo mostraban curiosidad”. Para contarlo, como buen dibujante, Gunter Grass recurre a una zona visible de su cuerpo. “No tenía nada de hermoso. Para ello hubiera debido hacerse reparar la nuez. Es posible que todo residiera en ese cartílago”.
Este libro me persigue y se oculta desde hace tiempo. En cuanto llegué a Buenos Aires me lo compré, pero por algún fenómeno que no entiendo está y no está en mi biblioteca. Hace horas que lo busco, que juega a hacerse desear. Haciendo honor a su título.



Dejarse atrapar

miércoles, mayo 25, 2016

patologías culturales

Programa N° 552. Pasó Fernanda García Lao por Comunidad de lectores, la columna mensual sobre libros que coordina Ana Ojeda, para hablar sobre su libro Amor invertido, escrito a cuatro manos con Guillermo Saccomanno (y publicado por Seix Barral en 2015).


La charla arrancó con una pregunta que vertebra el libro: ¿qué es el deseo? En algún sentido, Amor invertido es una reflexión novelada que intenta contestar este interrogante. Escrita por dos autorxs, con dos protagonistas, en dos territorios (Sudamérica y Europa), a lo largo de dos siglos (siglo XIX y XX), el libro se organiza en dos partes (un epistolario deforme, algo corrido de los mandatos tradicionales del género y un después, titulado “Sístole, diástole”). Sus autorxs, sin embargo, desarrollaron un cuidadoso trabajo de corrección para dotar el todo de una unicidad propia del escritor/a únicx.

Libro libertino –en la tradición del gran marqués–, “por momentos pornográfico”, al decir de Lao, Amor invertido nació del encuentro de sus dos autorxs en el Festival Azabache de Mar del Plata, hace algunos años. “Fue un medio flechazo”, ríe Lao, y cuenta que, como ella debía partir en seguida hacia Francia por trabajo, Saccomanno le propuso escribir, a la manera de un cadáver exquisito, algo juntos. El resultado fue este artefacto literario, lleno de humor y amor, deseo y duda.

lunes, mayo 09, 2016

El otro Cervantes

Suplemento RADAR
PAGINA 12

Domingo 8 de mayo

Por Fernanda García Lao

DE CASTIGOS VARIOS

A propósito de las efemérides ilustres de los últimos días, en séptimo grado, en la nada glamorosa Villa de Móstoles donde vivimos con mi familia algunos años del exilio, tenía un compañero de apellido Cervantes. El más burro, a decir de los bellacos que hacían las veces de profesores. El tal Cervantes recibía con indiferencia las comparaciones y los chascarrillos que su noble apellido suscitaba. Era un repetidor serial que miraba con abulia desde arriba. Consciente del oxímoron.

Busco en internet el viejo colegio, sito en la ilustre calle Velázquez de la Villa, y encuentro que ahora es bilingüe. No puedo menos que evocar al profesor de inglés de aquellos intempestivos días, de cuyo nombre no quiero acordarme, etc. Una especie de matarife de los buenos modales y de la fonética que escupía un frenético Jau ar yú? mientras controlaba desde la ventana su Fiat 600.

Su método educativo era casi de vanguardia. Simple, pero efectivo. Cuando alguien se equivocaba o respondía con burlas a sus cuestiones, el profesor brindaba dos alternativas. La pregunta que nos hacía era en castellano: ¿copia o capón? Es decir, nos dejaba optar por el tipo de castigo y cada cual resolvía en libertad, según sus prioridades, semejante disyuntiva.

La primera vez que fui merecedora de sanción no tenía idea de qué significaba aquello. Pero, por fortuna, tenía a Cervantes de mi lado, para graficarlo. A pesar de su mirada perdida.

El profesor nos había encontrado distraídos a ambos. Cada uno en su cápsula de despiste. Se nos acercó amenazante, pero se detuvo frente a la mesa del oxímoron, primero. Tú, bájate del molino, Cervantes. Qué prefieres, le dijo con voz salvaje. Copia o capón. Capón, respondió sin dudar mi compañero. Y enseguida recibió un golpe de puño seco en la cabeza. Yo estaba horrorizada. La bestia enfiló hacia mí. Ahora tú, Dulcinea. Qué eliges. Ni lo dudé: copia. Muy bien, entonces escribe I ‘m stupid, cien veces en la pizarra.

Ya se habían ido todos cuando terminé con el último stupid. Gran lección del Cervantes moderno: la escritura es un trabajo lento, mejor poner el cuerpo.

No recuerdo cuántos días pasaron, pero era de noche aunque fueran las cinco de la tarde. Pleno invierno. Repasábamos los verbos irregulares con la voz monocorde y las estufas encendidas. Pay, paid, paid. De pronto, el profesor se detuvo junto a la ventana. Y se quedó mudo. Parecía hechizado. Inmediatamente, se puso a llorar, a tocarse la frente. Salió del aula poseído.

Vimos el desastre desde la ventana. Alguien había destrozado su Fiat 600. Alguien había roto con furia los vidrios. Todos celebramos con risas la tragedia. El único que se mantuvo en su lugar fue Cervantes. Una mueca torcida por todo gesto. Antes de salir, nos revisaron a todos. A él le encontraron una enorme llave inglesa oculta en su campera. Fue expulsado al día siguiente.

El asunto de la llave inglesa me pareció poco sutil pero de lo más aleccionador. El profesor había sido castigado por su mal manejo de la lengua con la mejor herramienta: la metáfora.

A menudo me pregunto qué habrá sido de aquel Cervantes sin obra, de aquel incomprendido. Nunca lo volví a ver. Tal vez haya recurrido a un juez, maldiciendo su genealogía.

ENTREMES DEL HEREDERO ACONGOJADO

Le ruego a su Señoría me ahorre la gloria de mi pariente manco. Prefiero ser un Sánchez, un García. Yo aspiro a la modestia de los nadies.

No lloréis, caballero. Enjugad vuestras lágrimas y os haré justicia. Desplegad la idea.

No soporto las comparaciones y reniego de la lírica, señor Juez. Una égloga me suena a dolor de garganta. Los entremeses me gustan con mahonesa.

Pues para la ley vuestro caso viene siendo bastante endeble, jovenzuelo. Ahondad en la desgracia, que estoy escaso de tiempo.

Aspiro a ser fontanero, su Señoría. Cómo arreglar un grifo me parece más interesante que firmar comedietas, darle voz a desvaríos, besar las espigas de los Condes o engañar a las vejetas.

Denegado. No hagáis lugar a la necedad ajena. Que un Cervantes técnico no es menos que un poeta. De hecho, lo prefiero mil veces. Que de palabras está el mundo lleno. Y os digo más. Que de aquel noble sofista se haya destilado este pariente sin pretensiones, nos da la pauta de que el ADN es inútil en cuanto a trasladar talentos. No se amedrente y tenga hijos, señor Cervantes. Por número superaremos los males que el exceso de pensamiento nos causa. A base de licuados genéticos seremos en breve idiotas y ya nadie recordará al Cervantes primero. Que no hay memoria que dure tanto. Haced oídos sordos y compraos una llave inglesa.

Ya tengo.

Pues aquí os espero. Y que sea mañana mismo, que tenemos las cañerías del baño de damas a la miseria.

Gracias, su Señoría.

Resucita en ti el honor perdido, muchacho. Y el gusto, que estaba muerto. ¡Que pase el que sigue!

domingo, abril 24, 2016

Ingebor Bachman

AY

No pertenece a ningún grupo
no pertenece a nadie ni a nada
no se pertenece ni a sí mismo
ni le pertenece tampoco el pensamiento, que sin ser
molestado, entonces qué

que, al triunfar, se abren
todas las puertas y entra
con música
él, el Don Nada
y entra,
de luto,
ufanamente, entra el
Dios, que es uno,
entre la parodia,
de la que es él,
llego yo
para hacer frente
a la pura
violencia
y a los poderes
bien vestidos.
Voy yo
que soy uno
y aún quiero ser
sin música, sin resistencia
quiero ser y seguir
perdurando, no por resistir
sino a pesar de ello.

viernes, abril 22, 2016

Joaquín Giannuzzi

ASTROLOGÍA

En un punto del universo ha estallado una estrella
y simultáneamente el equilibrio químico
se turba desconcertado en una célula de mi vecino.
De este modo el cáncer se instala del otro lado de la pared.
Si tengo una estrella para mí, por el momento
brilla estáticamente sostenida
hasta que alguna mutación en su seno llameante
determine un coágulo en mi historia personal.
No es que crea mucho en estas relaciones,
en el lenguaje prefigurado que torna dramáticas las constelaciones.
Creo sí en el deterioro universal,
en las fallas del mecanismo que no entraron en la cabeza de Kepler,
en el movimiento falso del músculo,
en la cláusula ambigua del tratado de paz:
dones de un mismo reino donde las proporciones son apenas un accidente
y la falta de sentido y de fidelidad lo único serio;
piedras en la vesícula, explosiones en el sol,
una chinche aplastada y una clamorosa colisión en la cabellera de Andrómeda.

lunes, abril 04, 2016

VOLVERSE PÚBLICO

RADAR
PAGINA12


Domingo 3 de abril de 2016

Por Fernanda García Lao

Me he mantenido de pie toda la vida/ en medio del curso directo de una batería de señales. Con Adrienne Rich empiezo la mañana, pongo la pava y prendo el vicio. Entonces, veo trapos colgados al sol. Un video en blanco y negro con siete sevillanos que avanzan por una calle haciendo palmas. Un pingüino con sentimientos besando la cara afilada de un viejo que lo salvó. La sonrisa petrificada de una tal Vicky que se casa. La rotura del Perito Moreno con la imagen de Lilita encima, recostada sobre el puente ejerciendo presión. La aparición de un libro “que en su brevedad y en su construcción, provoca el lector lo suficientemente lejos, en una especie de vértigo histórico”. Autobombo de varios autores reseñados. Una que “Back in Phuket” y agrega la foto alusiva. Otra que “Macri basura” y una foto de las Madres. Uno promocionando su taller, que podría ser yo hace cinco posteos. Otro más gritando ¡NO A KEIKO FUJIMORI!, así en mayúsculas, para que se oiga mejor.

Sorbo el mate con ese rumor de imágenes al que le sumo mi propio sonido, “Break into your heart”, del último disco de Iggy Pop. Y me pregunto a dónde irá tanta cosa. Imágenes que olvidaré en cinco minutos, o que construirán mis pesadillas nocturnas. Cientos de cabezas en la mía. Nunca más real, lo del inconsciente colectivo. En vivo y en directo, prendo y apago los miedos ajenos como las luces de casa. Para no gastar energía. Cargo con miles de muros en la espalda. Y aporto mi frase del día, sumo con saña mi propia cantinela.

Veo pasar el tiempo en el relojito digital de la pantalla. Cada segundo, una cara. Al cabo de treinta muecas, el mate está frío. Y faltan los diarios. Me voy a la biblioteca y capturo a Boris Groys, lo ichineo. “Aunque no todos producen obras, todos son una obra. A la vez, se espera que todo el mundo sea su propio autor”. Vuelvo para ver cómo se construyen los demás, cómo se narran. Cada gobierno necesita su relato, cada uno de nosotros también. El Estado y el individuo descartan su oscuridad, tajeando la verdad para gustar de todos. No hay frustración, ni pobreza. Sonría para la foto. Regale su mejor perfil, aunque esa nariz no sea suya. Fotoshopee el mundo. Diseñe su imagen como si usted fuera un living. Copie y pegue. Macri baja cuadros, y usted suprime sus propias desgracias.

Cuando murió Umberto Eco, yo me definí en facebook como Apocalíptica e integrada y ese gesto fue reproducido por un portal de noticias unos minutos más tarde. Dice Groys “en el mundo de hoy, la producción de sinceridad y de confianza se ha convertido en la ocupación de todos”. Los medios masivos tradicionales se alimentan y reproducen a diario lo que millones de individuos generamos sin más presupuesto que la conexión a internet y el consumo indiscriminado de nuestro tiempo. Se provocan reacciones en cadena que parecen implicarnos, aunque tengamos el cuerpo frío. Cada frase, imagen o música compartida es a costa de un culo encajado en una silla. Somos dedos y ojos que imaginan la existencia. Piezas para el descarte. Se suprime el cuerpo y se entrega la cabeza. A cambio de qué.

Internet nos ofrece una interesante combinación de hardware capitalista y software comunista, apunta Boris Groys. “Los así llamados ‘productores de contenidos’ cuelgan sus contenidos en internet sin recibir ningún tipo de compensación. Y las ganancias son apropiadas por las corporaciones que controlan los medios materiales de producción virtual”. Es decir, trabajamos gratis, haciendo uso de nuestra biografía. Entregamos las fotos de la muerte del nono, a cambio de la sensación de existir. Mientras tanto, los dueños de las plataformas cotizan en Bolsa.

El amor, nuestros comentarios, la política, la muerte en Siria, son objetos de consumo. Un álbum que sucede en sincronía y que genera ingresos. Leemos cinco diarios, parece que estamos a un click del mundo pero en la habitación no hay nadie. Ni siquiera uno. “Yo no tengo idea, sólo palabras y silencios”, escribió Marguerite Duras. Dónde está mi silencio, me digo. Miro de reojo el relojito digital. Y siento miedo. Ya estoy veinte minutos más usada que antes. Decido cerrar mi sesión, qué palabra, cuando entra un mensaje. Alguien me ha etiquetado. Quiere compartirme en su muro. Le digo que no. Hoy me siento egoísta.

Prendo la pava y apago la fábrica de noticias. Vuelvo al librito de Rich. Esta es mi manera de regresar, dice ella. Afuera, un grupo de cotorras ha tomado el árbol de la vereda.

viernes, marzo 25, 2016

GOLPES. RELATOS Y MEMORIAS DE LA DICTADURA

Literatura para continuar exhumando la memoria del horror
PÁGINA12
25/03/2016

Seix Barral publicó un libro que reúne 24 textos inéditos, escritos a 40 años del golpe cívico-militar por Juan José Becerra, Gabriela Cabezón Cámara, Martín Kohan, Mariana Enriquez, Ernesto Semán y Fernanda García Lao, entre otros.

Por Silvina Friera

La banda sonora de los recuerdos es como una película del pasado que se conjuga en presente, un avance de escenas un tanto escamoteadas, el temblor de las intuiciones que captura las experiencias para examinarlas entre las murmuraciones de la mente. Aunque los colores de la escenografía y el paisaje puedan ser en blanco y negro o en sepia –cuesta imaginar en colores eso que en el elástico de la memoria denomina “los años 70”–, la paleta pictórica opera a favor de “cepillar la historia a contrapelo”, para invocar una expresión de Walter Benjamin. “Mi padre me despertó a la hora del desayuno y dijo, sacudiendo la almohada muy suavemente, no hay escuela, no hay clases, al final dieron el golpe, hoy no voy a trabajar. Y yo me sentía feliz, con mis 11 años, porque iba a dormir más tiempo. Porque podía quedarme en casa a jugar. Porque aún no conocía aquello de ‘se acabó ese juego que te hacía feliz’”, se lee en el cuento homónimo de Eduardo Berti que integra Golpes. Relatos y memorias de la dictadura (Seix Barral). Con edición y prólogo de Victoria Torres y Miguel Dalmaroni, el libro reúne 24 textos inéditos, escritos a 40 años del golpe cívico-militar por Juan José Becerra, Gabriela Cabezón Cámara, Sergio Chejfec, Mariana Enriquez, Carlos Gamerro, Fernanda García Lao, Inés Garland, Aníbal Jarkowski, Federico Jeanmaire, Martín Kohan, Alejandra Laurencich, Laura Lenci, Julián López, Esteban López Brusa, Sebastián Martínez Daniell, Sergio Olguín, Mario Ortiz, Patricia Ratto, Carlos Ríos, Ernesto Semán, Patricia Suárez, Paula Tomassoni y Alejandra Zina.

Los editores del libro explican en el prólogo que convocaron a escritoras y escritores argentinos nacidos entre 1957 y 1973 –años más, años menos– porque “esas chicas y chicos atravesaron aquellos años extremos en momentos de la vida durante los que ciertos rincones y tonos de la memoria personal y de las propias biografías ganan intensidades únicas y significados perturbadores, inquietantes y siempre abiertos”. “Les pedimos que diesen forma escrita a alguna porción de ese archivo mental y emocional personalísimo donde los recuerdos y las anécdotas del conflicto social, histórico y vital resultan siempre trabajados por la imaginación, por los sueños y las pesadillas, por los recortes del olvido o las insistencias de percepciones, matices, perfumes o ruidos imborrables. Algunos reinventaron los estilos del testimonio autobiográfico, otros apelaron a la ficción, o al encadenamiento poético de imágenes y de pasadizos inusuales del idioma, todos a una mezcla única de formas y tonos”, comentan Torres y Dalmaroni. “Como los sueños, como ciertas variantes del humor, el arte y la literatura manifiestan siempre dimensiones vacilantes e inciertas del pasado y de su espesor. Permiten entrever las caras menos nítidas, o las más incómodas, de experiencias a veces impactantes, de esas que nunca podremos asimilar por completo ni dejar atrás. Cuando leemos literatura, el predio donde discurren y se nos muestran esas vivencias son las voces: los timbres, las alturas, los volúmenes que las distinguen y singularizan”, plantean los editores.

La pérdida de la inocencia

En “Mis dos hemisferios”, Fernanda García Lao (Mendoza, 1966) repasa un álbum familiar que sólo existe en su cabeza. A su padre, Ambrosio García Lao (19261983), periodista radial y gráfico, pionero de la televisión mendocina, le ofrecieron la dirección de la Escuela de Periodismo en 1976. “A cambio, mi padre debe vigilar y señalar docentes, personal no docente y alumnos. Le muestran una lista con nombres y un punto de color al lado. Cada color significa una desgracia, salvo el verde. Ve, usted está limpito. Rechaza el ofrecimiento sin dudar. Le piden que lo reconsidere. Lo dejan solo un rato largo. Encerrado en la oficina castrense donde lo han citado. Regresan con el ofrecimiento. Vuelve a negarse. Lo encierran de nuevo. La escena se repite varias veces, durante horas. Mi padre piensa que no lo van a dejar salir más. Pero lo dejan. Cuando llega a casa, la decisión ya está tomada. Nos vamos”. La familia rumbea hacia Madrid y García Lao cumple 10 años en el avión que la lleva a ella, a sus dos hermanas y a sus padres, a España. “El mundo se transforma sin aviso. Hasta el cielo es otro. Las Tres Marías no están. En su lugar, miles de desconocidas. De un plumazo, sin infancia ni universo. El pasado, desvanecido. Mi inocencia tiene los días contados”.



En “Golpes”, Berti (Buenos Aires, 1964) ensaya una suerte de inventario de recuerdos personales y colectivos, una “extimidad” en términos de Jacques Lacan, lo que está más próximo, lo más interior, sin dejar de ser exterior. “Quise contar en mi novela La sombra del púgil lo que era tener 11, 12, 13 años durante la dictadura y vivirla a través de los silencios, los miedos, las evasivas, las dudas o lo cuchicheos de los padres”, cuenta el escritor. “Mi padre vino a casa y dijo, a la hora de la cena, parece que el golpe es mañana, y mi madre respondió, con un dejo de sorpresa, ¿eso dicen?, o sea, ¿ya lo saben todos?, qué duro para Isabel que se lo anuncien así: el golpe es mañana y ya lo saben todos”. El texto de Berti amplifica los contrastes y toda la gama de grises entre el saber y el no saber porque “no debe dividirse la sociedad de esos años entre culpables e inocentes”, aclara y señala que “hubo un montón de matices entre Astiz y los niños desaparecidos: gente que no sabía nada, gente que sabía y tenía cierto poder, gente que sabía y no tenía poder alguno...”.

Secretos en voz baja

La evocación de un partido de fútbol modela el relato “Antebrazo” de Ernesto Semán (Buenos Aires, 1969), un partido de All Boys y Argentinos Juniors “en que no hay mucho en juego”, excepto que en el segundo tiempo Gabriel y el narrador ven a Diego Maradona, el adolescente chiquito y menudo de Argentino Juniors. “Si pudiéramos escuchar al revés la cinta de este país, como un disco con canciones de los Beatles, me pregunto qué secretos dichos en voz baja descubriríamos”, dice el narrador y no se puede evitar descomponer las partes de una palabra clave: “des-cubrir”, literalmente quitar aquello que cubre algo. Hay voces que estremecen y ponen la piel de gallina como en “Perro negro”, una ficción de Patricia Ratto (Tandil, 1963) narrada en primera persona por una mujer que le prende velas al Cristo que tiene en la cómoda y espía a su nueva vecina, una chica “hippie” que ella cree con el novio. “¿Vos decís que son...?, se interrumpe la Esther. Yo me encojo de hombros y no sé qué contestar. Porque si es así –me insinúa, mientras estira el brazo con otro mate rebosante que no sé cómo voy a hacer para tragar–, vamos a tener que decirle a alguien. ¿Al padre Renato?, le pregunto. O al jefe de policía, me susurra, como si temiera que nos fueran a escuchar”. Los puntos suspensivos los completan los lectores: lo indecible y la delación. En “Actos de habla”, Mario Ortiz (Bahía Blanca, 1965) propone una especie de narración fracturada: “quebrar la línea es un corte,/ una quebrada/ o un corte de verso/ línea a línea/ verso a verso/ leer entre líneas” para recuperar lo versos de la bahiense Mónica Morán, actriz, poeta, titiritera, educadora y militante del PRT (Partido Revolucionario de los Trabajadores), secuestrada, torturada y acribillada a los 27 años en 1976 por el V Cuerpo del Ejército. Ortiz rescata uno de los poemas de Morán: “ah, eran hermosas/ todas aquellas ángelas viejas/ mojándose hasta las rodillas en el agua del mar/ riendo como niñas, como pequeñas/ lanzándose grititos y corriéndose unas a otras/ ah, eran hermosas/ todas aquellas ángelas viejas/ cuando se escapaban del altar a la hora del rosario/ empujándose, atolondradas por llegar primero/ y mojar los pies en la espuma/ jugando las enaguas con las olas”.

Carlos Gamerro (Buenos Aires, 1962) revela en “El murmullo” el momento epifánico en que descubrió lo que pasaba. Fue en el colegio inglés donde estudiaba, en una clase de biología, durante la euforia del mundial del 78. La profesora “desencajada” clama que “ella misma escribirá cartas a los medios extranjeros, denunciando las calumnias y la imagen deformada de la Argentina que están propagando”. Roberto, un compañero, murmura: “Pero es verdad. Esas revistas dicen eso porque es verdad”. El escritor ahonda en el impacto que tuvo escuchar esas palabras. “En ese momento lo supe: supe que lo que él decía era la verdad y que los demás mentían, o al menos se engañaban. No necesité pruebas, ni evidencias ni corroboraciones de ninguna clase. Supe que la gritería histérica, quizá desesperada, era un formidable ejercicio colectivo de negación, y ese solitario murmullo era la voz de la verdad. No sé por qué no lo busqué, después, para hablar con él, para pedirle que desplegara, en privado, en palabras más contundentes y más claras, ese balbuceo casi culpable”.

La parábola del dictador

Juan José Becerra (Junín, 1965) reconstruye acaso una de las experiencias más incómodas de narrar en “El beso de Videla”. “Yo estaba sobre la vereda, enarbolando la bandera argentina que me había tocado llevar en nombre de mi escuela junto a las dos compañeras que me escoltaban y los abanderados del resto de la escuelas de la ciudad, formando un paisaje de niños argentinos en escuadra en el que Videla pudiera ver obediencia patriótica”, relata el escritor. “Cuando salió, nos saludó revoleando los huesos de la mano con la que firmaba decretos tenebrosos y rebotaba hábeas corpus, y de golpe arremetió con saludos pedófilos para que no se le achacara gelidez. Me besó. El Excelentísimo Señor Presidente de la Nación Argentina y Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, nuestro rey, me besó como un padre que bendice el cráneo de su hijo para ejercer sobre él un poder de profilaxis ideológica”. Becerra, hacia el final del texto, se pregunta ¿qué es el poder? y ¿qué es la infancia? “No sé qué es el poder pero puedo saber lo que hace recreando la parábola del dictador Videla, formidable manifestación humana del Mal, que entró a la Municipalidad de Junín el 15 de octubre de 1977 con todas las herramientas de control y represión que nunca fueron usadas con tanta discrecionalidad en la historia argentina y salió embolsado en plástico forense del penal de Marcos Paz el 17 de mayo de 2013, sin conocer la experiencia del remordimiento. El poder viene y va, y mientras el poder lo tenga el tiempo no podrá afirmarse nunca como lo que siempre ha pretendido ser: una fuerza natural. De la infancia se puede decir que no es nada, que es lo que no pasó, que es una ficción de vapores en el aire. Citando a Videla: no está viva ni muerta. Está desaparecida”.

Viene a la mente, nuevamente, una frase de Benjamin: “Quien aspire a acercarse al propio pasado sepultado ha de comportarse como quien exhuma un cadáver”. A 40 años del golpe, la literatura sigue exhumando las memorias del horror argentino.