Mis libros

Mis libros

miércoles, marzo 04, 2020

Nación vacuna sale a la ruta



Presentación de la novela, hoja de ruta
CANCELADA por Coronavirus

Barcelona

Miércoles 18 de marzo, 19.30 horas

Lata peinada

Música invitada: Valentina Sandxval

Presenta: Carlos Zanón



Sabadell

Jueves 19 de marzo,

Librerío de la Plata

Club de lectura



Madrid

Sábado 21 de marzo, 18.30 horas

Sin Tarima


Presenta: Florencia del Campo



Granada

Lunes 23 de marzo, 20 horas

Ubu Libros


Presenta: Erika Martínez



Córdoba

Martes 24 de marzo, 19.30 horas

República de las letras


Club de lectura a cargo de Enrique Benítez



Málaga

Miércoles, 25 de marzo, 19 horas

Librería Áncora


Presenta: Vicente Luis Mora



Murcia

Jueves, 26 de marzo, 19.30 horas

Libros Traperos


Presenta: Vega Cerezo



Els divendres de Candaya. Contrapunts

Viernes, 27 de mazo, 19.30

Candaya, Bòbila 4


Tema: El secreto

Palabras iniciales: Fernanda García Lao

Un novelista: Javier Moreno

Un poeta: Toni Clapès

Una bailarina: Noemí Padró

Una cerveza: CitraMango Juice Ipa



jueves, febrero 27, 2020

Nación vacuna, Candaya 2020

Nación Vacuna
Género: Narrativa
Autor: Fernanda García Lao
«Un viaje a la locura colectiva.»
Candaya Narrativa, 65



Primera edición: febrero de 2020
Diseño de la colección: Francesc Fernández
©Imagen de la cubierta: Christian López Walker|Dreamstime.com
ISBN: 978-84-15934-72-1
21×14 cm; 144 páginas

15,00€


Al funcionario Jacinto Cifuentes se le encarga una delicada misión: seleccionar un grupo de mujeres para un «servicio patriótico» en una isla devastada por una guerra reciente y una enfermedad desconocida, que amenaza la estabilidad del país. Así empieza Nación Vacuna, un viaje hacia la locura colectiva, una falsa ucronía donde el engaño altera hasta el absurdo la percepción del presente y de la historia.

En la era de las Fake news, la mentira política y el neoliberalismo radical, Fernanda García Lao relata, con sorprendente y a veces perverso humor, la suerte de estas mujeres arrastradas a un proyecto delirante, donde cualquier intento de rebelión ha sido previsto y anulado por el sistema.

«Nación Vacuna es la memoria argentina de un futuro histórico que ya pasó sin que lo viéramos. Una realidad fantasma que enloquece nuestras percepciones sin que sepamos si se aleja o se acerca, camuflada bajo la telaraña de los días» Juan José Becerra.

«La narradora más rara y original de la literatura argentina contemporánea» Silvina Friera, Página 12.

Fernanda García Lao nació en Mendoza (Argentina), aunque vivió en España desde 1976 hasta 1993. Es narradora, dramaturga y poeta. Ha publicado las novelas Muerta de hambre (Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes), La perfecta otra cosa, La piel dura, Vagabundas, Fuera de la jaula, y los libros de cuentos Cómo usar un cuchillo y El tormento más puro. Ha escrito también los libros de poesía Carnívora y Dolorosa. En coautoría con Guillermo Saccomanno ha publicado la novela erótica Amor invertido y el libro de relatos Los que vienen de la noche. Algunos de sus textos han sido traducidos al francés, al portugués, al inglés, al sueco y al griego.

Ha colaborado en distintas publicaciones a ambos lados del atlántico (Babelia, Revista Quimera, Letras Libres, El Buensalvaje, Página/12, Revista Ñ) y desde 2010 coordina talleres de lectura y escritura.

DE LA OBRA DE FERNANDA GARCÍA LAO SE HA DICHO:

«Hay una ferocidad cómica desviada en lo que escribe la narradora más rara y original de la literatura argentina contemporánea. La más radical por su manera de auscultar y sacar los trapitos al sol de las miserias familiares, por cuestionar y burlarse del rol de las madres, por husmear en las aguas turbias de la incomodidad y regresar a la superficie para escribir como si estuviera perpleja, lisiada y rota por algún pequeño hallazgo, una lucidez que duele.» Silvina Friera, Página 12

«García Lao logra crear, con una prosa exacta y filosa, un apocalipsis de los vínculos. Las relaciones terminan mal, porque es el único destino posible para sus criaturas atormentadas. La herencia, la genética y el azar son cargas que los protagonistas arrastran por las páginas como piedras, que los condicionan a la fatalidad, a lo prohibido y al autoboicot.» Laura Bertolé, Fundación La Balandra

«Desde ya, la estética de García Lao no responde a la doctrina de lo bello, sino a la posibilidad de lo sensible: entre el instinto poético, el gesto teatral y el erotismo onírico, pasando por el realismo más perturbador y los recovecos aterradores del inconsciente, su escritura no se parece a nada y abarca todo el espectro.» Luz Azcona, LATFEM, Periodismo feminista

«Esta extrañeza de lo que se ve y se toca está emparentada con un mundo onírico, o por decirlo con más precisión: pesadillesco. Porque los personajes de García Lao podrían tener esa cualidad. No son producto del amor, claramente, sino del espanto sin límites que engendra la idea de familia.» Mercedes Álvarez, Clarín

«La novela nos enfrenta en un plano de lectura con la dictadura argentina, el autoritarismo, el populismo. Y por otro lado, con la soledad del individuo, la búsqueda de poder, las manipulaciones. García Lao apela a la ucronía, a una suerte de travesía al pasado para hablarnos del presente.» Carlos M Sotomayor, Perú On-line

«Como en todos sus libros, la de García Lao se revela como una imaginación enardecida.» Valeria Tentoni, Revista Acción

«En esta oscura trama pesadillesca, en que la incertidumbre es la única certeza, el presente, convertido en historia delirante, parece anticipar otro presente igualmente absurdo más allá de las páginas, como si la literatura fuera también profecía.» Mónica López Ocón, Tiempo Argentino

«Como en otras narraciones de la autora, la alimentación, el erotismo y la violencia forman un trío inquietante de sentidos que migran. En Nación Vacuna, el deseo muchas veces adquiere el viso de una pasión caníbal.» Daniel Gigena, La Nación

Nación vacuna es una novela cien por ciento argentina porque las formas de la estafa se multiplican desde un discurso quebrado y vacío de sentido, que sin embargo sirve para eslabonar los cuerpos y las conciencias de una sociedad que sobrevive de digerir con fervor sus propias mentiras. Luciana de Mello, Página 12.

Nación Vacuna, la última novela de Fernanda García Lao, comparte varios tópicos vinculados al relato postapocalíptico, pero al mismo tiempo se desmarca de las reglas del género y transita caminos que la hacen diferente, podríamos decir única. José Luis Cutello, Gaceta Mercantil



CINCO CLAVES SOBRE EL LIBRO

1. Nación Vacuna es una novela sobre el poder mediático, burocrático y performativo de los gobiernos contemporáneos: en una sociedad tecnócrata, donde los ciudadanos son tratados como ganado, una Junta administrativa organiza la recuperación de un territorio después de una guerra con una potencia extranjera; para lograrlo, organiza un proyecto de rescate y sacrificio patriótico en el que tres mujeres y unos cuantos funcionarios públicos habrán de enfrentar una epidemia que amenaza la soberanía nacional.

2. Fernanda García Lao es una de las autoras argentinas con mayor proyección en la actualidad. Su prosa, incisiva, llena de humor negro, profundiza en la intimidad de sus personajes de forma casi clínica, diseccionando para el lector una historia que va desde los recovecos más privados hasta las repercusiones públicas de los deseos humanos. Nación Vacuna es un libro que indaga en el combate entre esos deseos íntimos y su colisión con el mundo público.

3. En Nación Vacuna hay un interés por abordar la forma en que los gobiernos interfieren con la vida privada, pero también nos habla de las mascaradas en que las instituciones incurren cuando buscan perpetuar una status quo, una imagen pública, un dominio sobre la población. La mentira política, las fake news, la propaganda y el control de la información, son algunos de los temas de esta falsa ucronía contemporánea.

4. Pero esta es, también, una novela sobre las relaciones afectivas, sobre todo en los momentos de crisis (crisis personal, crisis social, etc.). Los personajes de Nación Vacuna, en especial Jacinto Cifuentes, el protagonista, viven en un mundo fabricado por el ejercicio del poder, donde los vínculos, desde la familia hasta las parejas sexuales, se entienden casi como transacciones comerciales, tráfico de influencias rebeliones o luchas de poder. ¿Cómo afecta a nuestras relaciones personales el mundo político y el entorno de consumo contemporáneos?, se pregunta Fernanda García Lao.

5. Más allá del simbolismo y de la prosa incisiva, Nación Vacuna es una novela que encierra una serie de misterios: ¿qué enfermedad es esa que se esparció en la isla a la que van los protagonistas?, ¿cuáles son las verdaderas intenciones que tiene la Junta de Gobierno?, ¿cuál fue el verdadero desenlace de la guerra?, ¿qué encontrarán los protagonistas a su llegada a esa isla enferma? La estructura del libro, la voz del narrador, nos mantienen en vilo durante la lectura hasta el enloquecido desenlace.

lunes, febrero 10, 2020

Nación vacuna se publica en España



Editorial Candaya, 2020.

Presentación en Barcelona: 18 de marzo.
Lata Peinada
Carrer de la Verge, 10, 08001 Barcelona

miércoles, febrero 05, 2020

El tormento más puro, reseña

Cultura
LIDTERATURA // RESEÑAS
Sábado 14 de diciembre de 2019
LA IZQUIERDA
DIARIO

El tormento más puro, de García Lao (o placeres y fobias de la sociedad actual)
La escritora argentina nacida en Mendoza nos trae un conjunto de relatos cargados de ironías, magia, muerte y amor. Una escritura que muta en cada libro y renace como sus personajes.

Facundo Tisera

@facu.tisera.11



El tormento más puro, título del último libro de relatos de Fernanda García Lao (2019, ed. Emecé), responde con acierto a los textos que lo contienen. Hay en los relatos un juego entre lo hermoso y lo horrendo, lo natural y lo siniestro, lo real y lo fantástico, que condensan el espíritu de los escritos.

Son 36 relatos, la mayoría breves, en los cuales la autora sorprende por su capacidad para alterar el orden natural de las cosas y conducir las historias hacia lugares inesperados.

Leyendo a García Lao me pregunto acerca del realismo. ¿Será posible un nuevo realismo? Ahí en donde el realismo mágico extiende los límites hasta lo inverosímil y el realismo de Aira juega con el absurdo, ¿será posible pensar en un tercer realismo que coquetee con ambos márgenes y desafíe las leyes de lo perfectamente posible? Pareciera que la autora construye un nuevo horizonte: sus personajes llegan hasta el final de las cosas y eso muchas veces parece un juego fantástico.

Las temáticas son variadas: muñecas parlantes que se hermanan, ardillas que son adoptadas por una adolescente, cerebros que son robados de una universidad, una mujer que se enamora de un maniquí, una anciana negada a dejar herencia, un triángulo amoroso nacido de un viaje en barco, un velorio sobrevolado, etc. La inventiva parece no agotarse.

Lo interesante de los textos es que a pesar de parecer inverosímiles actúan como piezas reveladoras de realidades que son cotidianas. Y es que los protagonistas van al fondo de sus síntomas y se bañan en lo bizarro. Son puertas que una vez abiertas no pueden cerrarse. Al respecto, si me permiten una sugerencia, lean primero el cuento “Ácaros”. El mecanismo es representativo. Aquello que vemos a conciencia una primera vez no puede volver a mirarse con inocencia.

En general la línea que sobrevuela los relatos es la cuestión de la familia, el linaje y la descendencia. García Lao tiene un estilo muy propio y da la sensación de que en “El tormento más puro” no se privó de nada. Juegos de palabras, deformaciones del lenguaje (confieso que Dislexia es un cuento que me hubiese gustado escribir), verdaderos fragmentos de escritura poética y, sobre todo, una narrativa poderosa que se rompe constantemente con imágenes potentes que espabilan sin dejarnos dormir en la prosa.

Se trata de un libro en apariencia ligero -dada lo longitud de la mayoría de los textos- pero cargado de realidades condensadas. En “El tormento más puro” Fernanda García Lao presta su ojo clínico para desnudar a una sociedad cada vez más compleja.

Entrevista a Fernanda García Lao
Por Tomás Villegas
El Diletante

Pergeñando cuerpos y familias anómalas, deseos incestuoso y voraces, Fernanda García Lao (Mendoza, 1966) le ha dado voz a El tormento más puro (Emecé), su nuevo libro de cuentos. Relatos –por lo general de corto aliento– que hacen del lenguaje, la muerte, el deseo, el incesto y el cuerpo su materia viva.

Niños sádicos que comen serpientes y lamen arañas antes de besar a sus noviecitas; hombres que copulan con pianos; mujeres que forman familia con maniquíes; padres que piden distanciarse de sus propios hijos; babosas que se hospedan en el estómago de una empleada doméstica para mantener a raya la humedad de una mansión; jardines que se humanizan. Ante lo extraño o lo absurdo de estos textos, la racionalidad del lector desearía intervenir para frenar algunos actos, para impedir hechos, para defender ciertos personajes. En vano. Si Kafka deseaba resquebrajar con el filo de su literatura el mar helando en nosotros, García Lao nos impone un cachetazo, una afrenta a nuestro sentido común, y su carcajada irreverente avergüenza nuestros –valga la paradoja– instintos civilizados.

El tormento más puro es tu segundo libro de relatos. ¿De qué manera dialoga con el primero –Cómo usar un cuchillo–, de 2013?

Creo que la conversación sería más bien oscura entre ambos (risas). Mis cuentos se disponen en terrenos de tensión entre la obturación de la luz y cierto brillo pernicioso. Hay una búsqueda de goce, en ambos, de experimentación de la forma. Y la presencia erótica, no tanto porque relate situaciones en esa tónica sino porque el cuerpo contagia sus fragores. Me gusta que el mundo del relato esté contaminado.

"El tormento más puro" es, también, el nombre del primer cuento. El proceso de escritura se observa allí en primer plano y pareciera ser el punto de partida necesario para el resto del libro: de él (de la escritura, del lenguaje) surge el "cuerpo" de los relatos y de los personajes. Todo en este cuento, no sólo los conflictos intrafamiliares y amorosos, sino la existencia misma de la familia, se plantea como un producto o consecuencia de la escritura. El narrador sostiene, por ejemplo, que "Mis hermanos tuvieron una vida potente pero breve. Los hubiera hecho durar más, pero el cuaderno donde los escribí tenía pocas páginas".

¿Toda experiencia posible es efecto del lenguaje?

El lenguaje no sólo es un virus, es un vicio. Cuando se empieza a vivir pensando en la escritura, no hay asunto que no caiga bajo su influencia. No llevo diario, pero la escritura ficcional me nombra y me remito a ella para saber cómo me encontraba en tal o cual libro. Aunque en apariencia esquive lo confesional, yo sé qué asunto oculté ahí, en cada texto. Por otro lado, el lenguaje es el tema. Con él hacemos sentido. Y, por alguna razón que desconozco, he asociado desde el principio al lenguaje, no sólo con la revelación, sino con el cuerpo. Las palabras son táctiles para mí. Y respiran.

Hay diversos pasajes en este primer relato que exhiben a personajes que se independizan del yo que los enuncia. El narrador los escribe, se desinteresa momentáneamente de ellos para luego retomarlos u observar su desarrollo. El soplo escritural o literario les ha otorgado una vida propia, con cierta autonomía respecto de su creador.

¿Qué tipo de vínculo establece un autor/a con sus personajes?

Creo que en ese cuento dejo en evidencia que sospecho de los personajes. Es decir, cada vez me hace más ruido la definición. Esta especie de convención que dice que uno construye al personaje, vengo del teatro, me cansa. No necesito eso porque no sigo la lógica del realismo, más bien creo en las apariciones. No llegan a ser ni siquiera personas estos seres. Aunque persona es voz, el agujero de la máscara griega por donde sonaba el actor, prefiero eso, que suenen. Que sean lenguaje o ruido. Y mejor no instalar la idea de la construcción, que es una lata.

La muerte asoma en la mayoría de los cuentos, pero como un acontecimiento más. Sin grandes escándalos, sin espectacularidad y, sin lugar a dudas, ajena a toda solemnidad. En el relato "Tan de cerca" una mujer comienza a "ahuecarse" el cuerpo con intervenciones quirúrgicas. Primero, por cuestiones de salud, y luego por una suerte de compulsión.

La protagonista de "Tan de cerca", sin morir exactamente, es una de las que más se acerca al fin de una experiencia humana. ¿Coincidís?

No sé si coincido, pero me encantan tus observaciones. A ver. En esta suerte de higiene pálida promovida por el capitalismo digital, tener un cuerpo enfermo es casi una perpetración delictiva. Por no enfermar o envejecer se realizan todo tipo de acciones delirantes. Además, somos impacientes. Ya podemos adelantarnos y saber de qué vamos a enfermar. Leí sobre una actriz que había decidido operarse para no morir de cáncer de mama, que no tenía, pero del que había sido advertida por algún mediquillo oracular, y así nació el cuento. Pero es verdad, la muerte ronda el relato. La muerte es pérdida, entre otras cosas. Así que tenés razón. Ella se aniquila en cuotas.

La niña de "El día que murió papá" parece estar vacía de emociones o sentimientos ante la muerte del padre. La noticia la encuentra en casa de su amiga Emma. Su madre se lo comunica por teléfono:

"–Tu papá se murió

–Bueno

–Cómo bueno. Vení urgente para casa"

En todo caso, el proceso de la niña es un proceso corporal puesto que casi en simultáneo tiene su primera menstruación.

¿Creés que esto se debe a que la psicología está profundamente arraigada en el cuerpo del personaje o al hecho de que el cuerpo (en este y en muchos de los relatos) pesa más que la psicología?

La psicología no sirve para escribir ficción, tampoco la moral, así creo, un relato no se pueda pensar por fuera de la lógica de la literatura. La muerte del padre me pasó a los dieciséis, entonces aprendí que no hay reacciones previsibles y que si las hay no me interesa escribirlas. Que cada duelo es particular. Y por otro lado, la muerte de la palabra padre habilita a la hija a ser, a constituirse. No siempre en sentido literal, claro. Pero en ese relato, la incomodidad de la propia sangre anula la noticia terrible. El cuerpo de ella puede más, aunque también sea negado hasta la escena del final.

La presencia de algunos niños/as terribles, el clima siniestro, lo cruel y lo absurdo de algunas tramas evocan una tradición rioplatense que se remonta a Felisberto Hernández, a Quiroga, a Silvina Ocampo. ¿Han influenciado de alguna manera estos autores tu literatura?

Te digo sí porque me gusta pensarme en esa tradición, sentirme pariente. Aunque empecé a escribir muy temprano sin haberlos leído. Yo me inicié a los dieciséis leyendo a Genet, a Beckett, a Ionesco. Y bueno, toda la tradición picaresca española. Mis primeras lecturas a esa edad incluyeron a Pizarnik y a Borges. Luego aparecieron los demás. Al regresar a Argentina descubrí ese otro mundo que devoré locamente. El de la oscuridad rioplatense.

En "El postizo" la cabellera artificial de la abuela que la protagonista usa resulta ser una asesina, pinchando mortalmente traseros, degollando... ¿Qué relación percibís entre el humor y la muerte?

El humor es hay algo muy genuino en mí que he trasladado a la escritura, no sé de dónde vino, pero lo practico desde que tengo memoria. Supongo que la lectura del teatro del Absurdo, sumado a Gombrowicz, a Bierce, a Quevedo, no hizo más que acentuar mis naturales instintos hacia ese terreno. Descreo de la solemnidad y el humor me parece muy cercano a la poesía, en la dislocación del sentido aparece. Reírse de la muerte es un modo de combatirla. Además, disfruto y encuentro humor en algunos autores considerados terribles. Kafka me hace reír.

Los personajes de El tormento más puro se muestran tensionados entre el poder del lenguaje y su cuerpo (por lo general, animalizado). En "Diablo salía de noche" a una mujer que sobrevive a un accidente la médica le aconseja que exprese su trauma, que no permanezca muda: "La doctora insiste con que lo escriba. Que cuente la desgracia. Así el dolor pierde potencia en el organismo y se muda a las palabras. Parece que son más duras que el cuerpo".

¿Qué anudamientos se traman entre la lengua y el cuerpo?


Esas ideas surgen en la escritura, pero luego resultan casi preceptos para mí. No sé qué anudamientos se traman, pero sé que la lengua y el cuerpo se alían de un modo bien profundo, que se provocan. Más allá de cualquier razón que pueda improvisar ahora, hay algo que hace la palabra fuera de su cáscara que impacta en los sentidos. ¿La palabra es una parte del cuerpo o viceversa? Aún no me decido.

Más allá de que los relatos de García Lao no tengan un anclaje en temáticas sociales, ni pretendan ser formas de denuncia cultural, hay polémicas, problemáticas político-sociales que los atraviesan. Por ejemplo, los estigmas sociales y prejuicios con los que la clase media piensa a las culturas populares en "Útero fácil". En "Cuánto vive un óvulo" la supuesta intención de un hombre es exhumar a su mujer muerta para fertilizar un óvulo, lo único que ha quedado vivo de ella.

En "Cuánto vive un óvulo" la idea de que la mujer no es dueña de su cuerpo ni siquiera muerta, de que es utilizada solo en función del deseo del hombre es una lectura, creo, posible. ¿Coincidís?


Bueno, sí. No somos dueñas aun, estamos en manos del Estado. Sigue siendo muy perturbador para varios el asunto de reclamar por la potestad del propio cuerpo. Y la ciencia, por otro lado, se las ingenia para sortear, o intentar al menos, los límites de lo posible. La otra cuestión es hasta dónde llega un hombre con tal de no desaparecer, de ser padre, de perpetuarse. O hasta dónde llega para acostarse con su cuñada, porque el asunto del embrión parece una excusa, ¿no? La soledad del varón es un tema inquietante.

En una entrevista definiste a un Best seller como "Un objeto de fácil acceso". ¿Cómo definirías a El tormento más puro?

Ruta sin señalizar. Profusión de túneles.

Retomando el "Decálogo del perfecto cuentista" de Horacio Quiroga, ¿qué máxima no podría faltar en el decálogo de la cuentista García Lao?

Tiro una mínima, para no esquivar la pregunta: Con sufrir no alcanza.



Lo raro: de aparecidos, monstruos y niños perversos

Taller para lectores/escritores/artistas.
(No es de escritura):

Lo raro: de aparecidos, monstruos y niños perversos
Por Fernanda García Lao
Miércoles 12, 19, 26 de febrero, y 11 de marzo de 18:30 a 20:30.
Biblioteca de Malba.




Este curso propone un acercamiento crítico a aquellos textos de ficción o ensayo que se refieren al límite de la imaginación y de los cuerpos. Que dan cuenta de personajes y registros por fuera de la Norma, que esquivan el mal llamado realismo o la imitación de lo que vemos. A partir de la lectura de fragmentos teóricos y literarios, se ahondará en las formas con las que se nombra lo desconocido, con que se recrea el imaginario en torno a los muertos, demonios, criaturas deformes o niños perversos. Cuáles son las estrategias narrativas de las que hacemos uso para escribir esos materiales. De qué modo esos experimentos de la carne, del alma o de la locura son narrados, cómo organizan su discurso.

Costo: $2600. Descuentos especiales para Malba Amigos. Jubilados y estudiantes con credencial: -15%. Descuentos no combinables. Inscripción en recepción de lunes a domingos (inclusive feriados, excepto los martes) de 12:00 a 19:30.
Inscripción a todos los cursos en la recepción del museo, de lunes a domingos (incluidos los feriados,
excepto los martes) de 12:00 a 19:30.

+54 11 4808 6545
literatura@malba.org.ar

Clase 1. De aparecidos y signos espectrales. Seres errantes y paseo por los infiernos han sido narrados para provocar espanto desde la antigüedad.
Se citarán fragmentos de Schopenhauer, Poe, Bierce, Charlotte Bronte, María Luisa Bombal, Juan Rulfo, Antonio Di Benedetto, Mark Fisher.
Clase 2. Lo monstruoso: de los bestiarios de la edad media, los libros de maravillas y relatos de falsa crónica de viaje, a las ficciones del XIX, en adelante. La modificación en su representación, el contenido moralizante/evangelizador, la falsa ciencia. La carne fuera de sistema: siameses, gigantes, amazonas, cinocéfalos, etc.

Se citarán fragmentos de Shelley, Nerval, Kafka, Wilcock, Pizarnik, Diamela Eltit, Piñol Lloret.

Clase 3. Niños considerados perversos nos han perturbado desde la literatura popular y los cuentos de hadas, a la literatura japonesa contemporánea. Lo ingenuo fuera de lugar produce perturbación y rechazo. La confrontación del lenguaje oscuro con la fragilidad con que se asocia lo infantil tensa cualquier material, lo impulsa hacia su borde.

Se citarán fragmentos de Jules Michelet, Silvina Ocampo, Jean Genet, Marosa di Giorgio, Agota Kristof, Kenzaburo Oé, Fleur Yaeggy.

Clase 4. Estrategias del narrador. De la pesadilla a la locura. El uso del punto de vista. Narradores erráticos, estrafalarios o mentirosos. La puntuación como respiración del texto. Distancia y temperatura con que se provoca el relato. Lo raro, lo fantástico, lo maravilloso.

(Imagen: Michele Mikesell)

El tormento más puro

VERANO/12, Página/12
25 de enero de 2020

EL CUENTO POR SU AUTOR
Por FGL




Si hay un territorio idealizado es el de la infancia. Se dice, equivocando mil veces la fuente, que la patria es la infancia. Como si con eso bastara para calmar el desequilibrio que significa aparecer en un mundo armado y demencial que no te necesita. En la infancia descubrimos el miedo, lo fantástico, dudamos del tiempo y jugamos con la muerte. Pero la infancia como fenómeno burgués niega el hambre, el terror, y hace hincapié en la inocencia, mientras fomenta el consumo de actividades y fuerza la mímesis de las criaturas con sus progenitores bien pensantes. Nadie se asume idiota. Heredamos mucho más que bienes muebles, o inmuebles, problemas gástricos o disfunciones de variado tenor. Heredamos dogmas, mentiras, duelos y formas de ejercer la violencia sobre los otros, más o menos solapadas por la velocidad de existir.

Estos tres relatos breves forman parte de El tormento más puro, y hacen ancla en ese campo oscuro del principio, donde los límites son borrosos, que resulta tan fructífero para imaginar. A pesar de las apariencias, son seudo realistas.

Los hechos de “Fragilidad” acontecieron, leí la noticia en un diario local. No así el desarrollo de su intimidad, que desconocía e inventé. Lo mismo sucede con “Las parlantes”. Aunque a veces dudo de mis fuentes y me da por suponer que también fueron inventadas. “Primer amor” es fruto de una pesadilla. Soy adicta a mis sueños, de ellos extraigo la libertad que la vigilia me roba.

Elijo esta secuencia para escapar de la obligación del cuento largo, y para obligar a quien lea a saltar un poco en el vacío, aunque ese vacío no sea más que un hueco entre párrafos.




FRAGILIDAD

Leonardo tiene dos años y nueve dientes. Juega solo entre las macetas del patio. La luz del mediodía cae sobre la baldosa que ocupa. Y así, tan iluminado, parece bendecido desde el cielo.

Junto al malvón hay un ser extraño, como un muñeco largo que saca intermitente la lengua finita, nerviosa. A Leonardo le pesa el pañal, pero igual se arrastra, seducido. Gatea y la cosa se paraliza, se deja atrapar. El nene la pesca con las dos manos, la reduce y se la mete en la boca. La muerde con sus colmillos recién nacidos. Le mastica la cabeza. Oprime ese cuerpo como si fuera un demonio al que someter. El juego consiste en aguantar el tironeo. Perder un poco el equilibrio sin soltar. Las baldosas se humedecen bajo el pañal.

A la madre le resulta raro tanto silencio. Y asoma medio cuerpo por la ventana de la cocina. Lo que ve, la espanta. Su hijo tiene la cara y las manos llenas de sangre. Una víbora entre los dientes. No te asustes, Leonardito, mamá te salva.

Frente a ella, el nene se niega a abrir la boca. La madre tira, pero de una patinada se golpea contra al suelo. La cabeza de la bicha sigue adentro de Leonardo, que la muerde con felicidad. La madre teme. La víbora parece mala. El nene mordisquea un ojo. Lo desprende, se lo traga. La madre no sabe qué hacer y le golpea la espalda para que escupa. Pero no funciona.

Corre a buscar cualquier cosa. Un elemento contundente. Piensa en la tijera, pero vuelve con un martillo. Lo primero que encontró. Leonardo se asusta al verla armada y tira lejos a su presa, que cae muerta junto al malvón. La madre la golpea con el martillo para asegurarse de que ya no existe. Después, levanta al nene y busca la moto, lo sienta adelante. Acelera.

Las diez cuadras hasta el hospital parecen doscientas. Sube la rampa, sortea unas camillas y entra a los gritos. Las enfermeras de la guardia se lo arrancan de las manos. Leonardo llora fuerte, la madre no puede pasar. Los chillidos del nene retumban en la sala de espera.

La tarde se dilata en la observación de las lesiones mientras la madre moquea, desesperada. Cuando por fin se abre la puerta, un médico la calma. No hay heridas ni síntomas de envenenamiento. La sangre no era del nene. Pueden volver a casa. Si hay fiebre, paracetamol.

El regreso en moto es lento. Por ser tan valiente, Leonardo se gana un cucurucho. El sol se retira del cielo.

La puerta del patio quedó abierta y llamó la atención de las libélulas, están por todos lados. La madre las espanta con la escoba, y con su furia.

Leonardo quiere salir, pero es hora de bañarse. No desea que la madre lo moje, lo seque, lo perfume. Un pañal limpio significa que es hora de dormir, la retirada. Pero la madre sabe cómo convencerlo. Primero se bañará ella, mientras él toma la leche en su sillita.

El vapor borra rápido la imagen de los dos. La madre se mete veloz bajo el agua, corre la cortina. Se enjabona. Al cerrar la ducha, silencio. ¿Leonardito estás bien? Se asoma. El nene salió. En su lugar, la mamadera goteando.

Afuera, hasta hace un instante, la cabeza sin vida de la víbora era picoteada por un pájaro negro. Un mirlo corregía esa muerte inútil, convirtiéndola en su improvisada cena. La carne de la serpiente es blanda, deliciosa.

Leonardo salió al patio y gateó hasta la carroña con el martillo en la mano. Tenía la seguridad de un ingenuo. El ave no lo vio llegar. Por eso ahora, aletea y se desangra. Leonardo golpea como su mamá, con la boca abierta. Hay plumas negras junto al pañal.


PRIMER AMOR

Qué limpita fue tu infancia, aunque mataras insectos. Nunca te vi sucia. Y mirá que arrancar con los dientes alas de mosca no es asunto delicado. Pero usabas delantal. Los cuerpitos heridos iban a tarros de vidrio. Había que verlos de noche, qué brillo. Nos invitabas a pasar, de a uno. Cerrá los ojos y elegí. A ciegas, el bullicio crecía. Los zumbidos se enredaban. Cuando fue mi turno, señalé sin ver. Es un grillo, dijiste, tuviste suerte. Abrí la boca sin mirar. Voy a destapar el frasco, no te asustes. Escuché tu risita muy cerca. Cuando abrí los ojos, la vi. Con tu lengua infantil chupabas el cuerpo de una araña. Después la guardaste en el tarro. Ahora besame, dijiste. El terror me cerró la garganta.


LAS PARLANTES

Eran mofletudas, con los ojos fijos y las pupilas de vidrio. Los tirabuzones secos, el tronco de metal, miembros articulados. Fueron realizadas a fines del XIX. La producción de estas muñecas fue un fracaso. Demasiado raras, las boquitas entreabiertas mostraban mucho los dientes. Filas en carey diminuto, de sonrisa falsa. Algunas se vendieron, por la novedad. Estas dos quedaron sin dueño, en la vidriera de la juguetería Fingen. El dueño del local, Álvaro Fingen, se negaba a dejarlas ir. Era amigo del fabricante y por eso, su hija Rosie, de seis años, les había prestado la voz.

En cuanto salieron a la venta las muñecas, la nena cayó enferma. El infortunio mostró su perfil más macabro y, a los tres meses, Rosie murió sin decir una palabra.

Después del entierro, el cielo parecía un bache, una depresión oscura. El señor Fingen pasó en el local toda la noche, dando cuerda a las muñecas. Quería escuchar a la fallecida.

En el cuerpo de la rubia, Rosie cantaba una vieja canción de cuna. Y centelleo, centelleo, a través de la noche. Su voz era triste, distante. Parecía venir del sepulcro. A través de la pelirroja, repetía otra frase como un mantra. Según Fingen, hablaba del paraíso. Los labios del cielo dicen cosas, parecía decir. Nunca se entendió qué cosas. A la vocecita quebrada, se le sumaba el crujido de la grabación.

Se hizo rutina en él pasar la noche con ellas. Temía dejar sola a Rosie, apagarle la luz. Nunca cierren los ojos, les decía. Como si pudieran. Esperaba a que el primer rayo rozara la persiana para subir a su casa y dormir hasta el mediodía. Su mujer no abandonaba la casa, detestaba a las muñecas. Y los empleados tenían prohibido tocarlas. Renovaban la vidriera cada mes, salvo por esos cuerpitos duros de robadoras de garganta. Una junto a la otra, la rubia y la pelirroja fueron cercadas por juguetes menos sofisticados que se vendían bien: pistolas, caballos mecedora, bloques de madera, burbujas, bancos mecánicos y monos a cuerda.

Cuando nació Rosie B, la segunda hija del matrimonio, el señor Fingen dejó de visitar a las muñecas. Su mujer murió en el parto y él debía concentrarse en la sobreviviente. Pero prohibió que las parlantes fueran retiradas de vidriera.

Una tarde, el encargado rozó a la rubia con un plumero y tuvo ahí mismo una convulsión nerviosa. Se atribuyó al contacto. Quedó como extraviado, la boca seca. Fue internado. Dos meses más tarde regresó, pero nunca se recuperó del todo. Temblaba o se quedaba duro, agarrotado de miedo.

El personal comenzó a temer. Las parlantes encarnaban el horror. Si se cortaba la luz de golpe, eran ellas. Un rayón en el vidrio de color rojo, ellas. Dolores, pérdidas, ellas, ellas. Quedaron más aisladas que nunca. Los cilindros escondidos bajo sus ropas enmudecieron. Nadie giraba la manivela de aquellas espaldas. El polvo hizo un dibujo sobre sus bucles más espeso que la niebla.

Durante meses, los nenes que se detenían a contemplar la vidriera de la juguetería, lloraban frente a la visión de las parlantes. Algo siniestro, un imán amargo, hacía imposible no perturbarse delante de aquel doble rictus congelado de bocas entreabiertas. El empleado, resentido, resolvió tapar ese sector con un teloncito de corazones rojos. Pero el sol fue destiñendo el color y, al poco tiempo, el aspecto era tétrico de nuevo.

Al igual que su padre, la pequeña Rosie B se sintió, en cuanto pudo bajar al local, cautivada por las muñecas. Les pasaba un algodón cada semana para retirarles la mugre. Les cepillaba los tirabuzones con un peine chino. Y pidió que, en las tardes, le fuera servido un té para tomar con ellas en la vidriera, ocultas por el telón descolorido. Ya no quería salir, ni subir a la casa. Fingen tuvo que traer un maestro para que le diera lecciones, la nena se negaba a ir al colegio. Aprendió algunas cosas sin moverse de la vidriera, pero los asuntos mundanos no le interesaban.

Algunos dicen que, a los quince, Rosie B tenía largas conversaciones con las parlantes sin darles cuerda. Pero son habladurías. No se cansaba nunca de las frases repetidas.

Nuestro mundo habla más alto que el paraíso, cantaba con las Rosie. Las muñecas parecían menos severas, incluso infantiles. El señor Fingen se sentía casi feliz. Sus hijas derrotaban a la muerte. Él no pudo, murió bastante joven. Su fortuna pasó a Rosie B, pero ella eligió mal. Así dijeron. En lugar de quedarse con la casa y alquilar el local, hizo al revés. Los empleados recibieron un telegrama de despido.

La primera noche que pasó sola en el local, alguien forzó la puerta. Varios sospecharon del encargado, resentido por el asunto del plumero y sus secuelas. Pero no pudo probarse. Fue junto a las parlantes que el extraño la forzó, a cara bien cubierta. Ni se bajó el pantalón. Con una mano pudo inmovilizar a Rosie B, con la otra, dio cuerda a las muñecas. Pero se quedaron mudas, ni pestañearon.

En cuanto el atacante huyó, ella cerró la puerta. Nunca más puso un pie en la vereda. Vivía en la vitrina, con la persiana baja. Le gustaba la noche porque la gente está menos consciente y las rarezas se notan menos. Permanecía sentada junto a las muñecas, hablando de sus visiones. Mientras tanto, adentro suyo, se gestaba otra. Una distinta, carne nueva.

Los inquilinos de la casa le dejaban comida caliente y la asistieron en el parto. Pero Rosie B parió a una Rosie que no se parecía a las otras. Los ojos diminutos, muy pegados: parezco un pájaro. Huí en cuanto pude. Ayer me informaron que murió. Su madre murió, dijeron. Y tardé en asociar esa palabra con ella.

Hoy tomo el control, un avión. Tengo ideas. Al llegar, encuentro las persianas del local bajas. Un abogado me espera en el restorán de enfrente. Papelerío, certificados. La llave. Lo primero que hago al entrar es buscar a las muñecas. Es lo único que sé de mi familia.

La rubia estaba bajo una viga de madera que se desplomó por falta de mantenimiento. El mecanismo descompuesto, la cabeza rota. La meto en una bolsa de basura. A su lado, la pelirroja ha salvado su cuerpo. La examino. Le doy cuerda. Una vocecita antigua susurra una frase idiota. Me parece cómica, inofensiva. Decido venderla. Hago lo mismo con la casa y el local.



martes, noviembre 26, 2019

Con la furia del presente

Por Laura Bertolé
El tormento más puro
Fundación La Balandra



La escritura de Fernanda García Lao tiene una libertad extrema y El tormento más puro no es la excepción. Libertad en el sentido de que no se restringe, no se censura. Expone los órganos narrativos hacia afuera como un animal al que se le sacó el cuero después de la cacería.

Cada cuento, de los 36 que componen El tormento más puro, es una experiencia vital, un viaje no planeado y por momentos absurdo. No es liviano, al contrario, los temas que aborda son trascendentales, medulares de la existencia. La soledad, la muerte en sus distintas formas, el desamparo, la carga erótica, lo familiar, la maternidad, el secreto, son tópicos que fluyen de un relato a otro, que los desbordan y que ponen al lector en un estado de perplejidad absoluta.

García Lao logra crear, con una prosa exacta y filosa, un apocalipsis de los vínculos. Las relaciones terminan mal, porque es el único destino posible para sus criaturas atormentadas. La herencia, la genética y el azar son cargas que los protagonistas arrastran por las páginas como piedras, que los condicionan a la fatalidad, a lo prohibido y al autoboicot.

La extensión de cada historia es perfecta, lo suficientemente larga como para desplegar la destreza poética de la autora, lo suficientemente corta como para no asfixiarnos. Porque nada de lo que sucede es convencional, la locura siempre está ahí, en el borde, aunque a veces solo se insinúe. Con personajes por momentos frívolos, que aceptan su humanidad sin reservas y caen, necesariamente, en el desprecio hacia sí mismos, en la perversión o en la tragedia.

Tengo la suerte de tener varios libros firmados por Lao y “Con la furia del presente” es mi dedicatoria favorita. Esa unión de palabras refiere a ella, a su escritura, a la urgencia de decir, a crear con un estilo compacto y lúcido un mundo que reemplaza al mundo. También habla de este libro que encuentra en lo cotidiano el vértigo de las emociones, la belleza del horror en exhibición permanente.

Los cuentos desbocados de Fernanda García Lao

En El tormento más puro, Fernanda García Lao presenta un conjunto de relatos y cuentos breves que se desbocan hacia lo extraño partiendo, a veces desde el arranque, de situaciones aparentemente ordinarias.
Por Laura Galarza

RADAR LIBROS
Página/12



“Cuanto más nos miren, menos nos verán”, dice una de las chicas, mientras los amigos se visten con medias de lycra y bombachas en la cabeza para salir a la calle. “Te invito a ver un muerto”, dice el otro. Y ésta podría ser una propuesta de lectura de El tormento más puro, el nuevo libro de cuentos de Fernanda García Lao. Provocación, desenfado y una determinación de eludir los encasillamientos a la hora de narrar, son algunas de las marcas de escritura que la autora viene consolidando desde Muerta de hambre, en 2004. Siguiendo con La piel dura (2011), Cómo usar un cuchillo (2013), Fuera de la jaula (2014) hasta, Nación Vacuna (2017), entre otras obras.

Bebés trillizos metidos en una caja, muñecas con la voz de una niña muerta, otra niña que chupa arañas, el bebé que come una serpiente, la mujer que copula con el piano, un corazón humano que late en la nieve. En El tormento más puro García Lao muestra el mundo de maneras raras, lo vuelve desconcertante y obliga al lector a removerse en su silla. Porque si bien encontramos en sus cuentos mundos familiares, realistas y tangibles, estos no tardan en mutar a otra cosa. “Cada vez que Estelita sale a dar un paseo, vuelve embarazada”. O: “Tiene dos años desde hace tiempo y así será hasta que la descongelen”; “Me enteré de que papá ya no existía mientras estaba con Emma”; son algunos de los comienzos de estos cuentos que punto seguido, comienzan a deslizarse hacia un abismo que se abre dentro del texto y por ende, del lector.

Valga como ejemplo algunos de los relatos. En “Ácaros”, Lao pone la lupa sobre esos bichos diminutos, inalcanzables para el ojo humano: “Son cientos de seres consumiendo las células muertas de mi piel, gozando en la grasa de mis glándulas. Criaturas que me mastican de a poco.” También en “Las parlantes”, donde el dueño de la juguetería “Fingen”, Álvaro Fingen (sí, también humor corrosivo) presta con orgullo la voz de su hija de 6 años para renovar unas antiguas muñecas. Cuando la niña se enferma y muere de golpe, el hombre pasa toda la noche dando cuerda a esas muñecas buscando “escuchar a la fallecida”. En “Huérfanos en la nieve”, una mujer se recluye en un monasterio, un lugar de clima helado, para atravesar el duelo por su padre muerto y termina encontrándose con algo extraño. “Familia de vidrio” retrata la desesperación de una mujer que termina conviviendo con un maniquí al que llama Henri. En “Sopa” una chica sueña con una pareja que está a cien kilómetros de distancia. Y en “Útero fácil”, otra no puede dejar de embarazarse mientras su madre le dice que es su culpa (“sos demasiado erótica”).

Hay también relatos más cercanos al realismo, como “Fuera de hora”, donde un hombre se propone dejar de beber por amor. “Conmigo no cuenten”, en el que una vieja moribunda es capaz de cualquier cosa con tal de no dejar su herencia a sus familiares. O en “Casi un santo” donde un padre de familia deja la casa y camina a la deriva. (“Abandona su casa para ser un yo. No tiene un yo todavía. Pensó que estaba siendo utilizado. La mujer que dormía con él y las dos criaturas de la otra habitación eran seres hambrientos. Lo estaban devorando. Así creyó. Esos dientes le marcaban el cuerpo. Alimañas tímidas pero alimañas”).


En la obra de García Lao, lo real de la carne está en primer plano. Si el humano es - primero y antes que nada - cachorro humano, ese real del cuerpo nunca termina de quedar investido en los personajes y situaciones de estos cuentos. “Veo unas tetas entre las hojas verdes. Varios pares. Tiradas ahí en el pasto, los pezones hacia arriba” y “Bajo el jazmín, una pija grande, marroncita. Levanto la vista, descubro que el pasto del fondo está sembrado de conchas frescas.” Lao opera en el sentido de la desinvestidura del lenguaje y el orden de lo real, y lo hace, fiel a su estilo, a dentelladas, hasta un núcleo pegajoso, informe y desatinado. “Cuando entré a los baños, sangre salpicada. Como un reguero. Fui al inodoro y, sobre la tapa, el bebito”.

Otras veces, la desinvestidura opera capa a capa: “La noche en que Camelia Haus fue concebida el cielo estaba borracho. Sus padres, no. La señora Haus se quitó la bombacha sin deseo. Su marido la introdujo como quien hace un trámite bancario, es decir, con una mueca de disgusto. El amor para ellos era una palabra insulsa” ("Ebriedad del cielo"). “Cataratas en los ojos. Eso le diagnosticaron al viejo. Conocer el mundo detrás de esa corriente, flor de veladura. Un Iguazú de lejanía. Cómo iba a saber quién sos si no te veía, dijo la tatuadora mientras terminaba una serpiente azul en tu pierna derecha” (“La vida equivocada”).

Lao muestra el lado B de la humanidad, en lo que se ve cada día al abrir los ojos y obliga a mirar el terror que se oculta en aquello con lo cual se comulga. Pero lo hace sin filosofía, solo valiéndose de palabras en apariencia desbocadas, indomables. En apariencia, porque está clara la operación sobre el lenguaje que hace la autora para generar efecto emocional, apoyándose en la disonancia para crear melodía. “Arturo está vacío, el mar se sacude bajo sus nalgas. El barco avanza emitiendo sonidos de fiera mecánica. La música del salón es una flor en el suelo. Arturo la pisotea. Intenta fumar, el cigarrillo se muere rápido entre sus dedos”. Lao desenfunda la espada del lenguaje, afila y corta. Deja que corra sangre y nunca sutura las heridas. Busca mover formas fijas. Teje palabras más que una historia. Y en otros casos también, pocas palabras le bastan para trazar una historia completa: “Me quedo a oscuras en mí hasta que prendan la luz”.

Si la pesadilla es ese resto diurno que no se alcanzó a digerir, eso que le quedó atragantado a nuestro yo y que el inconsciente desviste como a una mujer lujuriosa, entonces los cuentos de García Lao también lo son. Algo que retorna desde rincones oscuros y vedados para obligar a recordar quiénes somos y de dónde venimos.

jueves, septiembre 26, 2019

Con el cuchillo entre las manos

En –El tormento más puro- Fernanda García Lao introduce la ficción en la realidad con su característica violencia poética.

POR: GABRIEL RODRÍGUEZ MOLINA
DIARIO EL DIA



Treinta y seis relatos acuna –El tormento más puro- (Emecé, 2019) de la escritora Fernanda García Lao (Mendoza, 1966).

En este libro, que empieza con la frase del poeta inglés Ted Hughes “Unas pocas palabras húmedas han transformado una úlcera de núcleo amargo en algo delicioso” se declara una instancia poética. Una posición: La palabra corta. Atraviesa el cuerpo. Se hace carne. Y García Lao la utiliza como un bisturí con el que cincela el esqueleto del lenguaje. E introduce, por esas grietas, la ficción en la realidad. La brutalidad en lo doméstico. Lo lisérgico en lo familiar. Lo perverso en lo sexual.

La que más atraviesa al libro es la ausencia, al estilo de La voz humana de Cocteau, como si hilvanara cada relato. La ausencia de la madre que ha muerto. La ausencia del cadáver que falta. La ausencia de moral, de identidad. La ausencia, siempre la ausencia; que se instala poéticamente.
“Porque la tensión hacia la poesía es producida al principio por el ansía de realidades espirituales desconocidas, presentidas como posibles” escribió el poeta italiano Cesare Pavese en su diario. Y es que el seso de este libro se encuentra allí, en lo laxo de la posibilidad, en la verosimilitud de la correntada, en la descripción que pasa por el filtro de la voracidad, en el arco que se forma entre el tono especulativo y la territorialidad de la carne. En la re- significación del vínculo en la línea del cuerpo. En lo desconocido.



El libro crece hacia adentro. Hay personajes que parecieran escribirse a sí mismos. La presencia de la ausencia está allí en los relatos donde convive la lascivia, el sexo anal, la depresión, la noche, el odio y la escritura. Porque los personajes de García Lao (autora también de Muerta de hambre, Nación Vacuna, Fuera de la jaula, entre otros libros) escriben como lo hacían también los personajes históricos de Andrés Rivera -Castelli, Rosas o el Manco Paz-. Escriben como si no pudieran evitarlo, como si escribir, fuera en realidad, un reflejo fisiológico, necesario para extraer de las glándulas el pathos. Escribir desde la escritura misma, una doble operación en medio de la síntesis poética y la extrañeza.

En esa línea en el primer relato, el que da el título al libro, se lee “La pérdida del amor duele en los riñones, escribí” o “Estrenar el mundo es un acto estéril. Punto” o “Mejor una traición de la carne, escribí”.
En el segundo relato, Huérfanos en la nieve dice “Aún no he cumplido treinta y sin embargo escribo como una viuda de otro tiempo, anoté”. Y aparece también la contundencia de la primera persona, esa vibración íntima y profunda que abduce. Continúa la huérfana “Algo ardía en mí. El deseo de estar viva”, “Yo me sentí resucitar” y otra vez la poesía “Los cánticos guturales de los monjes resonaron en mis costillas […] Campanas lentas sonaron y recorrí el estómago del monasterio.”

Gotean oraciones astutas, con austeridad y belleza “Después del entierro, el cielo parecía un bache, una depresión oscura” “Mi boca crecía y se hacía pupila” “El amor, una categoría de lo muerto” “El dolor es un concepto humano” “El río es una frontera, una incisión que hiere”.
También la poesía se filtra en –La virgen y el cordero- en una atmósfera que combina el deseo sexual, el poder y la familia. Dice “Dos cabezas de cordero esperan a los novios. Fueron lavadas con prolijidad, separada la carne del hueso, filtrada la sangre. Los cráneos limpios resplandecen con el sol cálido del valle.”
El instinto animal parasita. Hay una inclinación hacia la autofagia. Lo perverso de la ficción que hace metástasis hasta el corazón del libro y llega a -Prohibido entender este momento-. Un relato que roza lo teatral, donde la genética dramatúrgica se presenta con una estética que hace acordar a la icónica obra de teatro (definida como un sainete de ciencia ficción) que nació en la escena independiente porteña a fines de los años ochenta -Postales Argentinas- (Bartís, Audivert). Donde los cuerpos pueden ser leídos y la esencia de lo literario irrumpe la vida. Signa y compone. Otra vez, la ficción en la realidad, entrando con el filo de la desmesura en el cuerpo de Hortencio, a quien sus propios familiares le han robado el cadáver de su madre para extorsionarlo a cambio de que se despoje de la biblioteca que lo ha parido. “La biblioteca soy yo, su señoría” dice Hortencio, y otros pasajes que revelan esta diseminación “Sin libros no hay humanidad posible” o “Intentó recordar alguna ficción que iluminara la casa de semejante desvanecimiento” además de las apariciones de Marosa Di Giorgio, Artl, Thoreau, el surrealismo, entre otros.

La experimentación de la autora se acentúa en el tercio final del libro. Por ejemplo en –Dislexia- donde las palabras empiezan a padecer, como si realmente se tratara de una dificultad del lenguaje que ha tomado el sistema nervioso. El relato va dilatándose en una primera persona, pero esta vez corrida, que sentencia en su vociferación amorosa, luego de un vómito de odio: No es vengnanza sino juticsia opética.
También en –Conmigo no cuenten- podemos ver esta maniobra que desdibuja la frontera entre lector y escritor, donde quien habla es leído como su estado lo indica. En esa sintonía de intensidad. En este caso, un relato sin puntos y apartes, que se lee con la velocidad de la furia de una madre que se desquita con los hijos que la han olvidado.
En –Rendija- (uno de los últimos) el relato crece desde una mirada perturbadora que hace acordar a La cuarta pared de Abelardo Castillo. Aquí lo siniestro dinamita en una simple oración con la que termina “La intimidad no existe”.
En casi todos los relatos García Lao nombra a la muerte. De varias maneras. Quizá la forma más poética de la ausencia, como la nombró el mismo Hughes en su poema Halcón posado “La asignación de la muerte/pues la sola ruta de mi vuelo es directa/y atraviesa los huesos de los vivos.” Ese es el tormento más puro, la poesía en el hueso de los vivos. En su carne. Allí se condensa, como lo llamaba Piglia, el tejido de las imágenes: En el cuerpo. En su pudor. Su virginidad. Su goce. Su finitud. Allí se aloja la tensión del tormento que sofoca, en el deseo. Que se alivia y se tensa. Formando un terreno discontinúo donde no tiene lugar la retórica del autor sino el flujo. El pulso del relato. El tajo, la digresión y el tajo. Así escribe Fernanda García Lao, como si tuviera un cuchillo entre las manos.

El tormento más puro, Fernanda García Lao. Emecé 240 págs.

Fernanda García Lao: "A mí me interesa la travesía de la escritura"

BLOG, ENTREVISTAS ETERNA CADENCIA

06-09-2019 Por Juan Rapacioli

"En principio es una escritura desbocada, sin control. Un automático surrealista. Me encanta jugar a no saber lo que viene, a soltar la razón. Luego hay una instancia de corrección y de cambio de temperatura que hace que el cuento se ponga más contradictorio", dijo la escritora argentina sobre su nuevo libro, El tormento más puro (Emecé).


Foto de Alejandra López.



Formas breves, filosas y enrarecidas configuran El tormento más puro, el nuevo libro de cuentos de la escritora argentina que se mueve entre lo siniestro, lo onírico y lo absurdo, con personajes llevados al extremo y escenarios alucinados donde el cuerpo ocupa un lugar central.

Nacida en Mendoza en 1966, García Lao vivió en España desde 1976 hasta 1993. Escribe narrativa, poesía, teatro y coordina talleres de escritura. Autora de una numerosa obra, la escritora habló con Eterna Cadencia sobre su nuevo libro, publicado por Emecé.



La mayoría de los cuentos son breves y contundentes, ¿fueron pensados como unidad o salieron en la pulsión de escritura?

En principio es una escritura desbocada, sin control. Un automático surrealista. Me encanta jugar a no saber lo que viene, a soltar la razón. Luego hay una instancia de corrección y de cambio de temperatura que hace que el cuento se ponga más contradictorio. Hay una perversión de la palabra. Son cuentos que se nacen a sí mismos, porque tienen ese principio anárquico. Después de esa aparición me gusta pensar una estructura más lógica. Es como si conocieras a una persona y no tuvieras en principio tiempo de saber quién es más allá de su acción; después, con la sucesión de cuentos, fui entendiendo de qué se trataba el conjunto. No era algo previo: la escritura me lleva, siempre. Descreo de lo contrario, al menos para mí no funciona. Creo que se llega a instancias ya conocidas. A mí me interesa la travesía de la escritura, perderme, indagar en el objeto.

¿La forma breve te sirve para pensar algunos temas centrales como, por ejemplo, la presencia del cuerpo? ¿Las relaciones corporales son también psicológicas?

No puedo separar la trama de su forma. Me parece que es una sola estructura muy orgánica: está dicho de ese modo y de otro no sería lo mismo. No creo que sea algo psicológico, no me meto en ese terreno, no lo controlo. Me parece que buscar la psicología en la escritura es un callejón sin salida. Estoy acostumbrada a sacar ese preconcepto de formas que se repiten. Me gusta romper ese dogma, no moralizar los textos. Es muy difícil, pareciera que el cuento es un género que se presta a la moralización. Me gusta sortear eso, si es posible; creo que cada uno de esos objetos tiene su moral o en todo caso su amoralidad. Pienso cada pequeño universo con sus tensiones y su reglas, pero tampoco es algo programado. Después de escribir, una es consciente de algunas cosas que se repiten. Ahí ves que hay algo. Me gusta soltar más que regular. La literatura que más me interesa está atravesada por estas cuestiones. Yo empecé leyendo dramaturgos que además eran narradores. En España lo primero que leí fue Beckett, Jean Genet, Fernando Arrabal, donde siempre esa tensión entre lo discursivo y un cuerpo determinado que hace carne una idea. Me parece que no hay otra manera de entender el mundo que no sea a partir del cuerpo; en general, cuando aparece en otras narrativas lo disfruto muchísimo. Si sólo es un territorio intelectual o discursivo no me basta.

Los cuentos son, de alguna manera, antirealistas. Los personajes y las escenas están situados en lugares enrarecidos, llevados al extremo…

Lo que pasa es que a los cuentos supuestamente realistas los siento muy poco reales. Son impostados, realismo en desuso, convenciones que tienden a representar. También me pasa con el teatro: odio el teatro que representa, me gusta interpretar, en todo caso traducir estados a la palabra. Las acciones cotidianas son las que tal vez no están. Lo cotidiano no me interesa, ya lo padecemos como para encima escribirlo. Los trámites, esos mundos de asuntos banales no me resultan atractivos ni para vivirlos y menos para darles un lugar en la escritura. Me he pasado esquivando convenciones, horarios, tareas, progreso, como habitante de este mundo. Por otro lado, me parecen trampas para olvidarse de cierto sentido trágico de la existencia y también cómico. Yo no puedo menos que sentir absurdo, ahí donde miro veo la falla. Es una escapada de lo solemne, de la bajada de línea, de cierto sentido grandilocuente. Cada vez más creo que uno escribe como piensa.

¿Es un proceso de escritura que comienza en la cabeza?

Escribir para mí es traducir. Por más que lo tengas en la cabeza, son las palabras las que van a conformar aquello, nunca es esa idea más abstracta: es cómo lo cuento. A veces es una imagen, pero en general mis textos nacen de una frase, una frase que se presenta sola y no siempre cuando la estoy buscando. Una frase que cae en la trampa de la cabeza. Hay algo de antena en la que sí creo. Una antena sensible que desde muy temprana edad existe. Pero tampoco es algo buscado. Hay cierta oscuridad en eso, en el sentido de que no termino de entender de dónde salen todas estas cosas.

Escribís novela, cuento, poesía, teatro, ¿te sentís más cómoda en un género o no pensás en esos términos?

La poesía no la puedo provocar. No estoy todo el tiempo con esa facilidad para sentarme y escribir un poema o ponerme a trabajar en ese sector. Puedo provocar mucho más fácilmente un cuento o un texto breve al que no llamo de ningún modo. Estoy pensando en los dos libros de poesía que escribí, sobre todo en Dolorosa, que apareció en el término de dos meses. Se terminó y no pude provocar ni una sola línea más, como si hubiera sido una especie de caudal que terminó de filtrarse y no quedó una gota. Carnívora fue más lento, fueron apareciendo esas formas que iban a parar a unos cuadernitos; en general les quito importancia. Es difícil provocar ese estado que se apodera de tu decir, pero es verdad que no respeto mucho las diferencias; de hecho, me ha pasado con varios cuentos de Cómo usar un cuchillo que se convirtieron en obras de teatro. En cada objeto pareciera que coinciden la poesía, la narrativa y el teatro. Son textos donde hay espacios y cuerpos en determinada situación, tomados por una garganta que no es suya. Es un escenario verbal. Creo que todos comparten esos territorios sin límites tan claros, pero yo sí sé cuando me siento a escribir cada cosa. Creo que hay un lenguaje o unas herramientas particulares para cada uno. Nunca he escrito una novela pensando que iba a ser un cuento o viceversa. Hay cierta necesidad de escribir tal cosa. Los textos tardan lo que tengan que tardar, pero no abandono los proyectos. Guille [N. de la E.: Guillermo Saccomano, con quien escribió Amor invertido y Los que vienen de la noche], por ejemplo, es capaz de abandonar, de romper los textos. Una vez quemó una novela conmigo adelante. Yo recogí las cenizas y las guardé en una caja. Quedaron como unos pétalos de su novela.

¿Cómo afrontás la escritura después de tener una obra? ¿Se puede decir que la experiencia se acumula o siempre se vuelve a empezar?

Es algo contradictorio, no se puede negar que una ya ha estado en ese terreno, eso también clausura algunas posibilidades. Tampoco me gusta la idea de cultivar un estilo, pero tampoco te sale irte de vos tanto. Intento no recrearme en mí, creo que uno es lector: los textos te llevan a otros espacios y otras ideas. El tiempo vivido también opera con sus vaivenes, sus pérdidas. Estoy muy atenta a lo exterior y a lo íntimo. Me parece que hay que vivir para escribir, no solamente leer. Hay que dejar que se permee la vida. Es hermoso sentir que una no sabe nada, esa especie de inauguración cada vez que te sentás. Siempre estoy atenta a la primera escena, una especie de inquietud por inaugurar y no saber si va a funcionar. Me interesa repetir ese permiso absoluto de cuando nadie te leía, eso que tenía cuando escribía en mi casa para mí, sin pensar que iba a ver un editor y menos un lector. Esa sensación de libertad absoluta donde el límite es tu cabeza. Yo no escribo ni para complacer ni para condescender ni para lograr determinado estatus de nada. Los autores y las autoras que me interesan en general son más parias que monumentos. Descreo del escritor profesional o del intelectual funcionario.

¿Qué autores te interesan actualmente?

Ahora descubrí la poesía de Margaret Atwood, me pareció súper poderosa. Estoy leyendo a Mark Fisher. Hay cierta nostalgia espectral que recorre varios relatos del libro, la hauntología: en “Las parlantes”, “Familia de vidrio”, “Retrato de Alfonso”. Me interesa siempre leer algo de ensayo. Tomo un autor y lo canibalizo. Ensayo y poesía estoy leyendo más que narrativa. Después me gustan Amy Hempel, Lydia Davis. Leí la novela de Gloria Peirano, La ruta de los hospitales, y me encantó. Es una gran escritora. En la lectura voy salteando sin plan, ahora quise volver a Saer, también porque el taller me obliga a buscar distintos mecanismos de construcción, de estilos, de voces. Me interesa cómo se narra lo que no viviste, el cruce entre lo imaginado, lo vivido y lo soñado. Con vivir no alcanza y con sufrir tampoco, me parece que tienen que estar esos enrosques de distintos materiales para que el texto crezca no solo en extensión sino en profundidad.

No sólo como escritora, sino como lectora, tu búsqueda parece tener que ver con salir de los preconceptos…

No sólo salir, bombardear si es posible. Es una fuga del sentido común. Creo que es contra lo que hay que trabajar. Eso es lo que le da vitalidad a la tarea de escribir. Repetir una serie de pautas no tiene ningún sentido.

sábado, agosto 31, 2019

Fernanda García Lao en Los siete locos

"El mal está en casa y lo heredamos"

En los cuentos de su más reciente libro la escritora saca los trapitos al sol de las miserias familiares, que reproducen "la misma violencia que hay afuera pero a puertas cerradas".

Por Silvina Friera
Página 12



“Qué hacés copulando con el piano de la abuela. Mi novia no estaba. O sí. Estaba escrita. Papá no la leyó”, cuenta el escritor que protagoniza el primer relato de El tormento más puro (Emecé), otra joya narrativa extraña, inclasificable y bella de Fernanda García Lao, en la que se mestizan y desintegran a la vez lo real y la pesadilla, lo luminoso de la naturaleza y sus precipicios más lúgubres, las experiencias anómalas con la locura, lo absurdo y la carcajada feroz, porque hay una ferocidad cómica desviada en lo que escribe la narradora más rara y original de la literatura argentina contemporánea. La más radical por su manera de auscultar y sacar los trapitos al sol de las miserias familiares, por cuestionar y burlarse del rol de las madres, por husmear en las aguas turbias de la incomodidad y regresar a la superficie para escribir como si estuviera perpleja, lisiada y rota por algún pequeño hallazgo, una lucidez que duele, como esboza en uno de los cuentos.


Fernanda -enemiga de cualquier convención como poeta, dramaturga y narradora- recuerda en la entrevista con Página/12 que no fue una niña obediente. Hasta en su eclecticismo fonético hay algo que no se deja aprehender: un remoto y casi imperceptible acento de Mendoza, la ciudad donde nació en 1966- y la pronunciación de la zeta a la manera española por los años que vivió exiliada en España, entre 1976 y 1993. Su padre, el periodista Ambrosio García Lao, murió en el exilio.

--“Una familia es eso. Un escuadrón que se aniquila”, se afirma en el cuento que da título al libro. “La familia es un espanto que no merece continuidad”, se lee en otro relato. ¿Por qué la familia aparece con una carga tan negativa?

--Todos los cuentos se podrían llamar El tormento más puro porque la familia es eso. Las familias felices no se escriben, se disfrutan; los primeros terrores y las primeras pruebas de poder y de humillación se dan en la familia. La mayoría de las víctimas de femicidios son en manos de familiares. En la familia hay un permiso de supuesta libertad, de no intromisión y control, que reproduce la misma violencia que hay afuera pero a puertas cerradas. La familia es oscuridad y yo no la inventé. Yo observo nomás. Por otro lado, la familia es la primera organización castradora y tampoco es un invento mío. No puedo menos que escribirlo. Tiene que ver con una visión pesimista y también anarquista muy precoz en mi vida. Tal vez porque mi familia era intelectual estaba presente el “lado B” de la vida desde el primer momento, obligada a poner en duda no cada orden -porque no sé si había órdenes en mi casa-, pero sí cada pauta de obediencia. No fui una niña obediente y tampoco confiaba en los adultos. Aunque hubo mucha explicación en relación a porqué había que hacer determinadas cosas, yo no estaba de acuerdo. Me gustaba correr el límite y ver qué pasaba, ver si era verdad que había una amenaza o era un prejuicio. Como madre he estado muy atenta a no heredar mis creencias a mis hijas. “¿Le hacemos los agujeritos en la oreja para que se sepa que es una mujer?”. No, no quiero que tengan marcas. No quiero que la sociedad marque a mis hijas como ganado. Quizá sea extremista, pero me parece que tiene que ver con algo entre político y personal. Como en todo lo que hago se filtran lo ideológico y la convicción física. Me encantan las familias desorganizadas, fuera de pauta, como díscolas; los inventos familiares. Yo tengo dos hijas de distintos padres, no hubiera podido tener una camada con un señor. Me parece algo raro (risas).

--Hay uno de los cuentos que tiene que ver con la muerte de un padre, narrada por una adolescente. Es uno de los cuentos más autobiográficos del libro, ¿no?

--Sí, lo que pasa es que no soy literal. Cuando escribo padre y muerte, evidentemente tengo ahí una marca. Mi padre se murió cuando yo tenía dieciséis y esa muerte me sorprendió porque no estaba cuando ocurrió. Cuando llegué a mi casa, estaba tomada por el duelo, con gente que no conocía o no recordaba o que no esperaba encontrar ahí. El velorio me pareció un evento rodeado de absurdo, además de la incomodidad de la muerte. Mi vieja (María del Amor González) se murió en mayo, cuando estaba corrigiendo este libro, por eso está dedicado a ella. Igual era una muerte prevista, no en el sentido de que somos todos mortales; tenía 84 años y hacía dos años que estaba decayendo. Una de mis hermanas me preguntó si le dije que le había dedicado el libro. Me pareció un dato menor. ¿A quién le importa? ¿Dónde se lleva esa información? Su muerte fue el tormento más puro, como el título del libro. ¿Por qué esa palabra? Apareció sola, supe cuando la escribí en el primer cuento que ese era el título. Después leí que el tormento era una tortura para confesar. La escritura es el tormento más puro; lo que pasa es que uno no confiesa lo que cree que está confesando. Por eso tengo cierta distancia con las escrituras “yoicas”, porque me parece que reemplazan el inconsciente y la oscuridad. Estamos en una época en la que imaginar es casi subversivo; la realidad ocupa tanto espacio y es tan mentirosa que creo más en la ficción. La ficción es más pura. Para vivir no hace falta sensibilidad ni inteligencia en este mundo; sobrevive el menos sensible. Me siento conectada con cierto saber culto cuando escribo y soy mucho más tonta viviendo. La poesía me permite el desvío, encontrar otros caminos. Creo mucho en mi intuición, en mis pesadillas. Si tomo como objeto de estudio mis pesadillas, se deben parecer a la de muchos. Hay algo interesante en meter la cabeza bajo tierra, buscar y volver a salir. Sabía que no quería escribir más novelas si no salía este libro de cuentos. Si algún proyecto tengo en mi escritura es el de no cristalizar en ningún género; no suponer que el terreno está ganado, sino ponerlo en jaque todo el tiempo. Ir contra la convención de qué es un cuento. Me gustan más las excepciones, lo insólito, lo desbocado, lo incomprensible. Prefiero eso a un cover. No me convencen los que suponen que saben; los decálogos y todas esas mierdas y recetarios. Para mí escribir cuentos es tensar la cuerda y correr los límites, como cuando de chica me preguntaba: ¿No se puede dar la vuelta manzana sola? Vamos a ver por qué…

--En “Fragilidad” el chico de dos años que se mete una víbora en la boca termina reproduciendo la violencia desmesurada de la madre, como si el cuento estuviera proponiendo: “la violencia está en casa y la heredamos”…

--El mal está en casa y lo heredamos. Cuando se habla de lo que te dejan tus padres, pareciera que se heredan objetos, talentos, enfermedades, pero además vicios. No hay mayor mal como el que hacemos nosotros, no hay animal con un nivel de perversión como demuestra cualquier ser humano en algún momento de su vida. El cuento surgió porque hay muchas madres muy obsesivas en relación a la crianza y al miedo que le hagan algo a su criatura, sin reconocer la maldad y el poder de destrucción que tienen esas madres. Me hacía gracia jugar con ese malentendido de que el niño era el frágil y la serpiente el peligro. Además, creo que había leído una noticia similar de un niño que fue llevado a un hospital porque lo había mordido una serpiente y la sangre que tenía era de la serpiente y no del niño.

--A propósito de las herencias, hay un postizo que también se hereda en uno de los cuentos y los hombres que lo rozan mueren. Esa zona de la herencia parece trabajarse desde la perspectiva de lo insólito cruzada con el miedo, el terror, con algo de lo fantástico también, ¿no?

--Cuando se murió mi tía, vi un postizo en una cajita con unos clips y no me lo llevé. Pero sí me llevé un saquito y ese saquito, cada vez que me lo ponía, me hacía doler el cuello y los hombros. Como soy medio extremista y vengo del teatro, me dije: “voy a domar al saquito” (risas). Ahora estoy durmiendo con un camisón de mi madre; son pruebas que me pongo no solo para la escritura sino para mí. Yo también me pruebo en la vida; no es que escribo estas cosas y después ando cultivando margaritas. Tengo un jardín en mi casa y veo cómo ocurren una serie de cosas atroces. Lo que pasa es que no las vemos porque es un terror en miniatura. Si somos atroces, ¿por qué la naturaleza no va a asimilar nuestra atrocidad? Así como determinados insectos se hacen fuertes a un veneno reiterado. Ese veneno concreto es un invento humano; no es algo natural. Estamos muy lejos de la naturaleza, cada vez más. Yo que soy mendocina y de chica escuché nombrar el viento zonda o el agua que bajaba de la montaña veía ahí algo de maestría y de locura consentida también. Cuando nos fuimos a España en el 76, en la casa de mi tía, la del saquito, quedaron sepultadas nuestras antiguas pertenencias por el terremoto del 86. Hay algo de esa furia que me construye. Hay algo de la escritura que sana ese horror. No es que busco el horror; en el horror intento encontrar belleza. No sé si se nota. Siento que cada palabra incluye su contraria. No puedo ver solo una parte: veo la palabra y la sombra de la palabra. En la poesía y en la narrativa breve soy más salvaje que en el terreno de la novela.

--¿Por qué el cuento te permite ser “más salvaje”?

--El cuento es un perro desbocado, rabioso, un perro que tiene poco tiempo. Si estiro la rabia, pierde potencia. La rabia funciona en el instante, no da tiempo a organizar un discurso.

--¿Y qué pasa con tus novelas?

--Yo escribo falsas novelas. No he escrito ninguna novela lineal; están todas rotas y trabajo como si cada parte fuera un núcleo auto conclusivo. En realidad lo que me molestan son los enlaces; por eso hay mucha elipsis. Cuando escribo una novela, voy cortando casi como si estuviera editando una película, concentrando lo máximo que puedo la potencia en ese momento.

En el aire resuenan otras herencias a la distancia. Las dos hijas de Fernanda están viviendo desde 2018 en Praga. “Julieta eligió un país donde el aborto está legalizado desde el siglo pasado y es ateo; buscó determinadas coordenadas que para ella eran vitales. Yo creo que estar fuera de lugar debería ser casi obligatorio en algún momento. Lo que pasa es que está bueno irse cuando uno tiene ganas y no a las apuradas o violentado por un país. Uno se construye también con esos dolores y a veces quedarse es contraproducente”, reflexiona la escritora que confiesa que está “estrenando orfandad absoluta” con ambivalencias. “Es como si mi madre se estuviera muriendo en distintas partes del cuerpo que se me tensionan; pero siento también una especie de permiso fantástico de no tener a quién rendir cuentas. Si es que alguna vez las tuve que rendir”.

--¿Le rendías cuentas a tu mamá?

--No. Ella ya sabía quién era yo. Tuvimos una relación muy conflictiva porque heredé de mis dos padres distintos tipos de palabra, dos discursos y dos bibliotecas muy disímiles. Mi mamá escribía poesía y escribía teatro también. En realidad escribió siempre la misma obra, que reescribía y modificaba, que fue su escuela y también fue la mía. Ella publicó poesía y ganó muchos premios. Cuando volvimos de España, tuvo acá un programa de radio muy escuchado en su momento, un programa nocturno. Mi padre era más convencional, más norteamericano, más (Ernest) Hemingway, (William) Faulkner; en cambio mi vieja era más “afrancesada”. Jean Genet vino de su mano, pero también (Samuel) Beckett y (Eugène) Ionesco. La muerte de mi madre fue como una performance dramática muy hablada. Yo anoté todo, escribí, la grabé, le saqué fotos. Yo falté a la muerte de mi padre, pero me tocó estar sola el día que murió mi madre. Yo siempre creí que era la más fuerte de mis dos hermanas o asumí ese lugar y comprobé que no… Mi madre hablaba como si escribiera. Ahora mi madre es un cuento mío; es la manera que tuve de entender. Todo lo que filmé después lo tiré; no lo pude ver. Pero empecé a escribir el cuento con una frase que ella me dijo: “¿Esto es el vacío?”. Lo terminé de escribir hace dos semanas. Si no lo terminaba, iba a enloquecer. La única forma de sanar era decirlo. Cuando no entiendo algo, lo escribo.

La ficha
Fernanda García Lao nació en Mendoza, en 1966, y se exilió en España entre 1976 y 1993, país donde estudió piano, danza clásica, actuación y periodismo. Escribió y dirigió obras de teatro en varios países de América latina y publicó las novelas Muerta de hambre (2005), La perfecta otra cosa (2007), Vagabundas (2011), La piel dura (2011), Fuera de la jaula (2014) y Nación vacuna (2017); y el libro de cuentos Cómo usar un cuchillo (2013). En 2015 publicó Amor invertido y en 2018 Los que vienen de la noche, ambos en coautoría con Guillermo Saccomanno. Entre sus libros de poesía se destacan Carnívora (2016) y Dolorosa (2017). En 2011 fue seleccionada por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) como uno de “los secretos mejor guardados de la literatura latinoamericana”. Ha colaborado en Babelia, Revista Quimera, Letras Libres y El Buensalvaje, entre otras publicaciones. Algunos de sus textos han sido traducidos al portugués, al inglés, al sueco y al griego para revistas digitales y en papel. Desde 2010 coordina talleres de escritura.

sábado, agosto 17, 2019

LO SINIESTRO, LA FAMILIA Y EL EFECTO FRANKENSTEIN

ESCOPETA OXIDADA DEL ROCÍO
Blog de José Luis Cutello



Un personaje solitario que reproduce a otros personajes como “bultos” en su cabeza y que copula con novias imaginarias aunque a simple vista parezca que lo hace con el “piano de la abuela”, un bebé que mastica la cabeza de una víbora y mata un pájaro a martillazos, mujeres y hombres “mal realizados”, muñecas parlantes de frases “idiotas” que causan locura y muerte hasta que alguien deja de creen en su hechizo, una mujer que intenta formar una familia con un maniquí, una niña que disfruta lamiendo el “cuerpo de una araña”, una adolescente que alimenta a sus ardillitas con la leche de su bebé muerto, una joven que queda embarazada con facilidad y cuya familia se deshace de cada niño como si fuera un “paquete”, una niña de dos años descabezada que queda detenida en el tiempo bajo el efecto del “nitrógeno líquido” hasta que se encuentre la cura a su mal, el pelo postizo de una abuela que causa muertes repentinas, una adolescente que menstrúa por primera vez y le toma fotos al cadáver de su padre recién muerto, un marido que exhuma el cuerpo de su esposa para recuperar un óvulo y perpetuar la familia, una zorra violada por campesinos que engendra “cachorros de persona”, una virgen que se extirpa en sucesivas operaciones las zonas erógenas de su cuerpo y se iguala “al resto del mobiliario” de su casa…

Esta enumeración es apenas un pequeño muestrario de personajes, aparentemente disfuncionales, que habitan el libro “El tormento más puro”, de Fernanda García Lao, un conjunto de 36 cuentos (algunos de apenas una página, otros que se acercan a la textura de una nouvelle) que trabajan registros que van desde lo siniestro a la locura y desde un surrealismo onírico a la crítica de la familia y el dinero como objetivos rectores de una sociedad.

Sigmund Freud definió lo siniestro “como algo familiar que se torna súbitamente extraño”. Y es precisamente lo que ocurre con los relatos de “El tormento más puro”: cuando el lector se acomoda a una historia que parece incursionar en una vidita cotidiana, es arrastrado de pronto hacia lo extraño, hacia el hecho anormal -visto, por supuesto, desde nuestra pretendida normalidad burguesa-, hacia una desarmonía que desencadena anomias, hipérboles e invenciones, es decir, desencadena lo mejor de la literatura de García Lao: la construcción de una ficción.

Si tomamos como ejemplo los cuentos que involucran a familias, descubriremos varias facetas interesantes e intensas de su poética, algunas de la cuales ya habíamos observado en su novela “Fuera de la jaula”: el núcleo íntimo del hogar transmuta su rostro sin que lo notemos a primera vista, se aleja de lo “normativo” y entonces se provoca un “extrañamiento”, para llamarlo con el término que acuñaron los formalistas rusos. De esta manera, las familias se transforman en “un escuadrón que se aniquila” o “es un espanto que no merece continuidad”.

En efecto, desde esa cosmovisión un hijo puede copular sin saberlo con la futura esposa de su padre senil, una hija aguardar a sus padres “desde el misterio de la muerte”, padres y abuelos dejar legados macabros, los descendientes disputar salvajemente por la herencia de una biblioteca que está destinada al fuego, o los nacimientos y las misas familiares pueden ser “trastornos del pensamiento”. De hecho, el núcleo parental nunca es homogéneo en “El tormento más puro” y lleva a los personajes a disquisiciones limítrofes: “La mujer que dormía con él y las dos criaturas de la otra habitación eran seres hambrientos. Lo estaban devorando”, piensa un hombre antes de matarlos y abandonar su hogar.

Una argamasa de sangre, semen, flujo, terror, locura y muerte es fundamental en la construcción de las familias que componen “El tormento más puro” porque el amor es, para ellas, “una palabra insulsa” o porque consideran que su árbol genealógico implica una “desgracia”. Por eso, los propios integrantes aparecen, en ocasiones, bestializados: “Manga de animales en celo”. Es que, en verdad, algunos de ellos son vampiros que embarazan a sus primas ingenuas o seres desterrados de la bondad: “Mala gente por mí parida”, dice una anciana a punto de cumplir 90 años.

El dinero es, también, un elemento que circula con desprecio dentro de estos clanes familiares. La misma abuela del párrafo anterior celebra su muerte inminente junto a una hija tonta quemando y comiéndose los billetes que tenía debajo del colchón, mientras el resto de su prole espera la herencia en medio de una orgía. O un joven pone un sobre de dinero en el horno encendido porque quiere “fracasar como nunca” y sabe que el futuro “se extingue rápido”.

Otro de los fundamentos que dan unidad a “El tormento más puro” es el reiterado intento de dar, modificar o deshumanizar vidas, un recurso literario que podríamos denominar “el efecto Frankenstein”. Por caso, la misma virgen que mencionamos en un párrafo anterior y que se extirpa las tetas y el útero hasta asimilarse a un mueble, mientras todo vestigio de vida (una planta, una tortuga) muere a su alrededor. O la científica trastornada por la muerte su padre que halla, en las nieves eternas del Tíbet, un corazón conservado por el hielo y pretende volverlo a la vida en un laboratorio.

Sin embargo, los dos relatos que muestran mejor “el efecto Frankenstein” son el del viudo que pretende recuperar un óvulo de su esposa enterrada y finalmente lo deja abandonado en una vereda, y el del príncipe lisiado que es convertido en “Golem”. Como en la historia del austríaco Gustav Meyrink, un ingeniero ortopedista checo le devuelve la motricidad con una armadura al futuro rey pero lo convierte en el monstruo que mata y es matado.

Todos estos relatos que mencionamos, esta verdadera “fiesta del monstruo”, parecen trabajar en un sentido en el que se trastruecan el orden de la naturaleza y la visión humana. “La naturaleza”, se dice en el cuento “Jardín desnudo”, “imita la forma humana, la pervierte y se burla”. Quizá por eso, un parque puede amanecer sembrado de tetas, conchas frescas y hasta una “pija grande, marroncita”, como un paisaje de Salvador Dalí.

Es que los cuentos reunidos en este libro por García Lao, al igual que su novela “Nación vacuna”, no sólo dan cuenta de naturalezas y humanidades desarticuladas, sino que también dan cuenta de sí mismos, una característica que sólo se observa en las mejores narrativas: “Me quedo instigando un asomo de lucidez, suponiendo otra vida que mejore mi yo, haciéndome otro. Escribir es eso”.

Podríamos finalizar esta reseña señalando con la autora que “la lucidez (de “El tormento más puro”) duele, pero funciona”, pero concluiremos con otra cita que, en nuestra opinión, define con más precisión el conjunto de cuentos: “El surrealismo no podía inventarse. Era la auténtica electricidad de lo real”, escribe Lorrie Moore en “Gracias por la compañía”.

© José Luis Cutello
© Foto: Librería Santa Fe

El más puro goce

LATFEM
Periodismo feminista

Fernanda García Lao hace de la sintaxis un goce. Su estética responde a la posibilidad de lo sensible: entre el instinto poético, el gesto teatral y el erotismo onírico, el realismo más perturbador y los recovecos aterradores del inconsciente. Luz Azcona leyó El tormento más puro (Emecé), su último libro, y lo recomienda con entusiasmo.

Por:
LUZ AZCONA
Fotos:
AUGUSTO STARITA
La escritura de García Lao no da tregua: es sensitiva y ataca. Come en tu mano hasta sacarte sangre y te sonríe. Te abre los ojos a la fuerza para ver qué hay y te ofrenda el delirio de una niña poseída por la angustia. García Lao es originalísima. Y se divierte mucho.

El tormento más puro (Emecé), su nuevo libro de cuentos, es una pieza única por fuera y por adentro, una edición seriada en treinta y seis rarezas. En ellas, la familia como hilo narrativo es la ficción necesaria que sirve de ocasión para recopilar: legados macabros, disputas salvajes, herencias orgiásticas.

Se engendran hijos no deseados. Hijos que por imitación saben el gesto que causa la muerte. Que vuelven de la muerte como una ilusión en forma de óvulo. Hijos que al fracasar triunfan y padres que los destrozan. Que se mueven entre lo real y el sueño, bordeando la locura más pesadillesca. Y sin embargo te hacen sonreír a la vez que despiertan un estado de ánimo propicio al espanto.

El tormento más puro es, además, un libro deliciosamente subrayable. García Lao hace de la sintaxis un goce. Y de la lectura un archivo íntimo de citas. Milimetrada, audaz, filosa, sus tramas siguen la dirección de un fraseo que crece hacia adentro. Como una puerta que se abre a lo oscuro del mundo doméstico, en el umbral de lo fantástico.

Desde ya, la estética de García Lao no responde a la doctrina de lo bello, sino a la posibilidad de lo sensible: entre el instinto poético, el gesto teatral y el erotismo onírico, pasando por el realismo más perturbador y los recovecos aterradores del inconsciente, su escritura no se parece a nada y abarca todo el espectro.

El tormento más puro se presentó el martes 13 de agosto, a las 19.30 horas en la librería Alamut (Borges 1985).

Fernanda García Lao: "Los vínculos primeros son los que ocultan la mayor perversión"

TELAM
8/8/2019

La escritora construye en su nuevo libro de cuentos "El tormento más puro" universos en los que irrumpe lo absurdo a través de la supremacía de lo perverso y lo siniestro en el ámbito familiar.


Con una realidad que se desborda frente al extrañamiento de lo cotidiano, Fernanda García Lao construye en su nuevo libro de cuentos "El tormento más puro" universos en los que irrumpe lo absurdo a través de la supremacía de lo perverso y lo siniestro en el ámbito familiar.

La obra, editada por Emecé, roza lo fantástico con personajes descarriados por sus pasiones y sorprende con escenas retorcidas que evocan la naturaleza maldita de Horacio Quiroga, o la narrativa de Silvina Ocampo con la aparición de objetos cargados de amenazas y ambientes donde aflora lo erótico, lo onírico, lo incestuoso o la locura, narrado poéticamente.

"Hay algo más del estado que de la trama en cada cuento, busco un estado particular, imagino un universo breve que se puede sondear hacia abajo", explica la autora en una entrevista con Télam.


Télam: ¿Por qué le interesa trabajar sobre lo perverso y lo siniestro en el momento de la escritura?
Fernanda García Lao: No es un terreno elegido, tengo un componente contradictorio que me hace por un lado disfrutar del hecho de estar viva y por otro lado convivir con ese otro costado más consciente del horror. No imagino una ficción sin esas tensiones entre claroscuros y no me interesa como lectora. La bibliografía ocupa un lugar importante en mi formación y la biografía también: el hecho de haber salido en el 76 de mi país siendo chica y quedar sin lugar me marcó. Mis padres eran periodistas y nos fuimos a España más que por cuestiones políticas, por cuestiones éticas y por alguna amenaza concreta. Cuando te quedás sin patria y luego sin padre, porque murió en el exilio cuando yo tenía 16 años, estás obligada a reflexionar sobre cuestiones que en la adolescencia otros pibes no vivieron.

jueves, agosto 08, 2019

Fernanda García Lao: "Sin deseo no hay palabra"





PERFIL CULTURA LITERATURA
Gustavo Yuste

Cada nuevo libro de Fernanda García Lao plantea una nueva sorpresa para el lector. En este caso,los 36 relatos que integran El tormenta más puro (Emecé, 2019) se caracterizan por el desborde de la potencia en distintas esferas humanas. Fiel a su estilo, la autora sabe teñir de un horror seductor cada una de las historias. Los distintos personajes que integran los cuentos de este volumen, en su mayoría breves e impactantes, se mueven de manera pendular por distintas latitudes: el erotismo, lo fantástico, lo onírico, la tragedia y un realismo perturbante. Todo contado a través de una precisión que se nutre tanto de la belleza poética como del ritmo narrativo. En ese sentido, puede leerse: “El infierno es personal e intransferible”; o también: “El silencio conserva las frases intactas, es un glaciar suspendido”.

La literatura y su límite La belleza del horror.

En “Orientación para moribundos”, uno de los relatos que condensa el espíritu general del libro, se lee la siguiente instrucción que bien podría servir como advertencia para el lector: “Resista el dilema y organícese para lo que va a acontecer”. Lo verosímil va ganando la batalla de una manera subterránea y silenciosa, similar al miedo más duradero: lejos del impacto del shock, el horror y la razón se corporizan en una música que penetra en el inconsciente.

En diálogo con Perfil, la autora señala: "Perturbo la inclinación del relato hacia un lugar que desconocía previamente. Y me recreo ahí con el permiso de la anarquía de lo oscuro"
De esta manera, El tormento más puro es un libro de historias únicas, que sabe dialogar con lo más bello y sutil del género fantástico y de terror, sin perder de vista un dato crucial: en aquello que nos resulta familiar, en lo que parece diseñado para contenernos, suele residir la amenaza más importante.

Escribe García Lao: “La humanidad de un lado, las bestias del otro. Bajo la persiana, pero no del todo”.

—¿Qué definición personal tiene del horror? En el libro es una temática recurrente que se trata con sutileza.

— No me satisface ninguna definición, prefiero trabajar a partir del goce en torno a lo siniestro, sin límites de género. No pretendo asustar a nadie. En todo caso, perturbo la inclinación del relato hacia un lugar que desconocía previamente. Y me recreo ahí con el permiso de la anarquía de lo oscuro. No pienso en tramas, es el fraseo el que me sugiere la dirección.

— Gran parte de los relatos de El tormento más puro son muy breves. ¿Qué beneficios ve en esa longitud?

— La brevedad me permite eliminar conectores y provocar vacío. Si puedo decirlo en dos páginas, para qué voy a extenderme. Me gusta que el relato crezca hacia adentro. Concentrar hacia su núcleo. Pero además, soy naturalmente concisa. No puedo escribir acciones sin desvíos en el lenguaje. Bah, no quiero. El fraseo dislocado es mi terreno preferido.

— Existen momentos de fuerte potencia poética en los relatos y en sus libros en general, ¿lo poético es una herramienta que le sirva a la hora de contar una historia?

— Leo y escribo poesía, a diario. No puedo escribir acciones sin desvíos en el lenguaje. Bah, no quiero. El fraseo dislocado es mi terreno preferido.

— ¿Cuál fue el hilo conductor en su cabeza que determinó que estos 36 cuentos fueran unidos en un mismo libro?

— Unos provocaron a otros, fue una especie de avance rizomático. Cada brote estaba insinuado en el relato anterior y provocaba un bulbo nuevo. La marca común es la coincidencia del tormento y la pureza.

— Desde su perspectiva, ¿qué tan flexible es la frontera entre lo real y lo fantástico?

— Mientras contestaba estas preguntas, un cuadro se estrelló en el piso. Nadie lo había tocado. Barrí los vidrios y miré la figura. Una mujer desnuda, sentada sobre un ciervo. Un círculo rojo que imita a la luna, atrás. La levanto pensando que si esto no hubiera sucedido, al escribirlo se vuelve real. O fantástico.

— Por último, ¿qué lugar ocupa el deseo en su escritura?

— Todo el lugar. Sin deseo no hay palabra.