Mis libros

Mis libros

martes, noviembre 26, 2019

Con la furia del presente

Por Laura Bertolé
El tormento más puro
Fundación La Balandra



La escritura de Fernanda García Lao tiene una libertad extrema y El tormento más puro no es la excepción. Libertad en el sentido de que no se restringe, no se censura. Expone los órganos narrativos hacia afuera como un animal al que se le sacó el cuero después de la cacería.

Cada cuento, de los 36 que componen El tormento más puro, es una experiencia vital, un viaje no planeado y por momentos absurdo. No es liviano, al contrario, los temas que aborda son trascendentales, medulares de la existencia. La soledad, la muerte en sus distintas formas, el desamparo, la carga erótica, lo familiar, la maternidad, el secreto, son tópicos que fluyen de un relato a otro, que los desbordan y que ponen al lector en un estado de perplejidad absoluta.

García Lao logra crear, con una prosa exacta y filosa, un apocalipsis de los vínculos. Las relaciones terminan mal, porque es el único destino posible para sus criaturas atormentadas. La herencia, la genética y el azar son cargas que los protagonistas arrastran por las páginas como piedras, que los condicionan a la fatalidad, a lo prohibido y al autoboicot.

La extensión de cada historia es perfecta, lo suficientemente larga como para desplegar la destreza poética de la autora, lo suficientemente corta como para no asfixiarnos. Porque nada de lo que sucede es convencional, la locura siempre está ahí, en el borde, aunque a veces solo se insinúe. Con personajes por momentos frívolos, que aceptan su humanidad sin reservas y caen, necesariamente, en el desprecio hacia sí mismos, en la perversión o en la tragedia.

Tengo la suerte de tener varios libros firmados por Lao y “Con la furia del presente” es mi dedicatoria favorita. Esa unión de palabras refiere a ella, a su escritura, a la urgencia de decir, a crear con un estilo compacto y lúcido un mundo que reemplaza al mundo. También habla de este libro que encuentra en lo cotidiano el vértigo de las emociones, la belleza del horror en exhibición permanente.

Los cuentos desbocados de Fernanda García Lao

En El tormento más puro, Fernanda García Lao presenta un conjunto de relatos y cuentos breves que se desbocan hacia lo extraño partiendo, a veces desde el arranque, de situaciones aparentemente ordinarias.
Por Laura Galarza

RADAR LIBROS
Página/12



“Cuanto más nos miren, menos nos verán”, dice una de las chicas, mientras los amigos se visten con medias de lycra y bombachas en la cabeza para salir a la calle. “Te invito a ver un muerto”, dice el otro. Y ésta podría ser una propuesta de lectura de El tormento más puro, el nuevo libro de cuentos de Fernanda García Lao. Provocación, desenfado y una determinación de eludir los encasillamientos a la hora de narrar, son algunas de las marcas de escritura que la autora viene consolidando desde Muerta de hambre, en 2004. Siguiendo con La piel dura (2011), Cómo usar un cuchillo (2013), Fuera de la jaula (2014) hasta, Nación Vacuna (2017), entre otras obras.

Bebés trillizos metidos en una caja, muñecas con la voz de una niña muerta, otra niña que chupa arañas, el bebé que come una serpiente, la mujer que copula con el piano, un corazón humano que late en la nieve. En El tormento más puro García Lao muestra el mundo de maneras raras, lo vuelve desconcertante y obliga al lector a removerse en su silla. Porque si bien encontramos en sus cuentos mundos familiares, realistas y tangibles, estos no tardan en mutar a otra cosa. “Cada vez que Estelita sale a dar un paseo, vuelve embarazada”. O: “Tiene dos años desde hace tiempo y así será hasta que la descongelen”; “Me enteré de que papá ya no existía mientras estaba con Emma”; son algunos de los comienzos de estos cuentos que punto seguido, comienzan a deslizarse hacia un abismo que se abre dentro del texto y por ende, del lector.

Valga como ejemplo algunos de los relatos. En “Ácaros”, Lao pone la lupa sobre esos bichos diminutos, inalcanzables para el ojo humano: “Son cientos de seres consumiendo las células muertas de mi piel, gozando en la grasa de mis glándulas. Criaturas que me mastican de a poco.” También en “Las parlantes”, donde el dueño de la juguetería “Fingen”, Álvaro Fingen (sí, también humor corrosivo) presta con orgullo la voz de su hija de 6 años para renovar unas antiguas muñecas. Cuando la niña se enferma y muere de golpe, el hombre pasa toda la noche dando cuerda a esas muñecas buscando “escuchar a la fallecida”. En “Huérfanos en la nieve”, una mujer se recluye en un monasterio, un lugar de clima helado, para atravesar el duelo por su padre muerto y termina encontrándose con algo extraño. “Familia de vidrio” retrata la desesperación de una mujer que termina conviviendo con un maniquí al que llama Henri. En “Sopa” una chica sueña con una pareja que está a cien kilómetros de distancia. Y en “Útero fácil”, otra no puede dejar de embarazarse mientras su madre le dice que es su culpa (“sos demasiado erótica”).

Hay también relatos más cercanos al realismo, como “Fuera de hora”, donde un hombre se propone dejar de beber por amor. “Conmigo no cuenten”, en el que una vieja moribunda es capaz de cualquier cosa con tal de no dejar su herencia a sus familiares. O en “Casi un santo” donde un padre de familia deja la casa y camina a la deriva. (“Abandona su casa para ser un yo. No tiene un yo todavía. Pensó que estaba siendo utilizado. La mujer que dormía con él y las dos criaturas de la otra habitación eran seres hambrientos. Lo estaban devorando. Así creyó. Esos dientes le marcaban el cuerpo. Alimañas tímidas pero alimañas”).


En la obra de García Lao, lo real de la carne está en primer plano. Si el humano es - primero y antes que nada - cachorro humano, ese real del cuerpo nunca termina de quedar investido en los personajes y situaciones de estos cuentos. “Veo unas tetas entre las hojas verdes. Varios pares. Tiradas ahí en el pasto, los pezones hacia arriba” y “Bajo el jazmín, una pija grande, marroncita. Levanto la vista, descubro que el pasto del fondo está sembrado de conchas frescas.” Lao opera en el sentido de la desinvestidura del lenguaje y el orden de lo real, y lo hace, fiel a su estilo, a dentelladas, hasta un núcleo pegajoso, informe y desatinado. “Cuando entré a los baños, sangre salpicada. Como un reguero. Fui al inodoro y, sobre la tapa, el bebito”.

Otras veces, la desinvestidura opera capa a capa: “La noche en que Camelia Haus fue concebida el cielo estaba borracho. Sus padres, no. La señora Haus se quitó la bombacha sin deseo. Su marido la introdujo como quien hace un trámite bancario, es decir, con una mueca de disgusto. El amor para ellos era una palabra insulsa” ("Ebriedad del cielo"). “Cataratas en los ojos. Eso le diagnosticaron al viejo. Conocer el mundo detrás de esa corriente, flor de veladura. Un Iguazú de lejanía. Cómo iba a saber quién sos si no te veía, dijo la tatuadora mientras terminaba una serpiente azul en tu pierna derecha” (“La vida equivocada”).

Lao muestra el lado B de la humanidad, en lo que se ve cada día al abrir los ojos y obliga a mirar el terror que se oculta en aquello con lo cual se comulga. Pero lo hace sin filosofía, solo valiéndose de palabras en apariencia desbocadas, indomables. En apariencia, porque está clara la operación sobre el lenguaje que hace la autora para generar efecto emocional, apoyándose en la disonancia para crear melodía. “Arturo está vacío, el mar se sacude bajo sus nalgas. El barco avanza emitiendo sonidos de fiera mecánica. La música del salón es una flor en el suelo. Arturo la pisotea. Intenta fumar, el cigarrillo se muere rápido entre sus dedos”. Lao desenfunda la espada del lenguaje, afila y corta. Deja que corra sangre y nunca sutura las heridas. Busca mover formas fijas. Teje palabras más que una historia. Y en otros casos también, pocas palabras le bastan para trazar una historia completa: “Me quedo a oscuras en mí hasta que prendan la luz”.

Si la pesadilla es ese resto diurno que no se alcanzó a digerir, eso que le quedó atragantado a nuestro yo y que el inconsciente desviste como a una mujer lujuriosa, entonces los cuentos de García Lao también lo son. Algo que retorna desde rincones oscuros y vedados para obligar a recordar quiénes somos y de dónde venimos.

jueves, septiembre 26, 2019

Con el cuchillo entre las manos

En –El tormento más puro- Fernanda García Lao introduce la ficción en la realidad con su característica violencia poética.

POR: GABRIEL RODRÍGUEZ MOLINA
DIARIO EL DIA



Treinta y seis relatos acuna –El tormento más puro- (Emecé, 2019) de la escritora Fernanda García Lao (Mendoza, 1966).

En este libro, que empieza con la frase del poeta inglés Ted Hughes “Unas pocas palabras húmedas han transformado una úlcera de núcleo amargo en algo delicioso” se declara una instancia poética. Una posición: La palabra corta. Atraviesa el cuerpo. Se hace carne. Y García Lao la utiliza como un bisturí con el que cincela el esqueleto del lenguaje. E introduce, por esas grietas, la ficción en la realidad. La brutalidad en lo doméstico. Lo lisérgico en lo familiar. Lo perverso en lo sexual.

La que más atraviesa al libro es la ausencia, al estilo de La voz humana de Cocteau, como si hilvanara cada relato. La ausencia de la madre que ha muerto. La ausencia del cadáver que falta. La ausencia de moral, de identidad. La ausencia, siempre la ausencia; que se instala poéticamente.
“Porque la tensión hacia la poesía es producida al principio por el ansía de realidades espirituales desconocidas, presentidas como posibles” escribió el poeta italiano Cesare Pavese en su diario. Y es que el seso de este libro se encuentra allí, en lo laxo de la posibilidad, en la verosimilitud de la correntada, en la descripción que pasa por el filtro de la voracidad, en el arco que se forma entre el tono especulativo y la territorialidad de la carne. En la re- significación del vínculo en la línea del cuerpo. En lo desconocido.



El libro crece hacia adentro. Hay personajes que parecieran escribirse a sí mismos. La presencia de la ausencia está allí en los relatos donde convive la lascivia, el sexo anal, la depresión, la noche, el odio y la escritura. Porque los personajes de García Lao (autora también de Muerta de hambre, Nación Vacuna, Fuera de la jaula, entre otros libros) escriben como lo hacían también los personajes históricos de Andrés Rivera -Castelli, Rosas o el Manco Paz-. Escriben como si no pudieran evitarlo, como si escribir, fuera en realidad, un reflejo fisiológico, necesario para extraer de las glándulas el pathos. Escribir desde la escritura misma, una doble operación en medio de la síntesis poética y la extrañeza.

En esa línea en el primer relato, el que da el título al libro, se lee “La pérdida del amor duele en los riñones, escribí” o “Estrenar el mundo es un acto estéril. Punto” o “Mejor una traición de la carne, escribí”.
En el segundo relato, Huérfanos en la nieve dice “Aún no he cumplido treinta y sin embargo escribo como una viuda de otro tiempo, anoté”. Y aparece también la contundencia de la primera persona, esa vibración íntima y profunda que abduce. Continúa la huérfana “Algo ardía en mí. El deseo de estar viva”, “Yo me sentí resucitar” y otra vez la poesía “Los cánticos guturales de los monjes resonaron en mis costillas […] Campanas lentas sonaron y recorrí el estómago del monasterio.”

Gotean oraciones astutas, con austeridad y belleza “Después del entierro, el cielo parecía un bache, una depresión oscura” “Mi boca crecía y se hacía pupila” “El amor, una categoría de lo muerto” “El dolor es un concepto humano” “El río es una frontera, una incisión que hiere”.
También la poesía se filtra en –La virgen y el cordero- en una atmósfera que combina el deseo sexual, el poder y la familia. Dice “Dos cabezas de cordero esperan a los novios. Fueron lavadas con prolijidad, separada la carne del hueso, filtrada la sangre. Los cráneos limpios resplandecen con el sol cálido del valle.”
El instinto animal parasita. Hay una inclinación hacia la autofagia. Lo perverso de la ficción que hace metástasis hasta el corazón del libro y llega a -Prohibido entender este momento-. Un relato que roza lo teatral, donde la genética dramatúrgica se presenta con una estética que hace acordar a la icónica obra de teatro (definida como un sainete de ciencia ficción) que nació en la escena independiente porteña a fines de los años ochenta -Postales Argentinas- (Bartís, Audivert). Donde los cuerpos pueden ser leídos y la esencia de lo literario irrumpe la vida. Signa y compone. Otra vez, la ficción en la realidad, entrando con el filo de la desmesura en el cuerpo de Hortencio, a quien sus propios familiares le han robado el cadáver de su madre para extorsionarlo a cambio de que se despoje de la biblioteca que lo ha parido. “La biblioteca soy yo, su señoría” dice Hortencio, y otros pasajes que revelan esta diseminación “Sin libros no hay humanidad posible” o “Intentó recordar alguna ficción que iluminara la casa de semejante desvanecimiento” además de las apariciones de Marosa Di Giorgio, Artl, Thoreau, el surrealismo, entre otros.

La experimentación de la autora se acentúa en el tercio final del libro. Por ejemplo en –Dislexia- donde las palabras empiezan a padecer, como si realmente se tratara de una dificultad del lenguaje que ha tomado el sistema nervioso. El relato va dilatándose en una primera persona, pero esta vez corrida, que sentencia en su vociferación amorosa, luego de un vómito de odio: No es vengnanza sino juticsia opética.
También en –Conmigo no cuenten- podemos ver esta maniobra que desdibuja la frontera entre lector y escritor, donde quien habla es leído como su estado lo indica. En esa sintonía de intensidad. En este caso, un relato sin puntos y apartes, que se lee con la velocidad de la furia de una madre que se desquita con los hijos que la han olvidado.
En –Rendija- (uno de los últimos) el relato crece desde una mirada perturbadora que hace acordar a La cuarta pared de Abelardo Castillo. Aquí lo siniestro dinamita en una simple oración con la que termina “La intimidad no existe”.
En casi todos los relatos García Lao nombra a la muerte. De varias maneras. Quizá la forma más poética de la ausencia, como la nombró el mismo Hughes en su poema Halcón posado “La asignación de la muerte/pues la sola ruta de mi vuelo es directa/y atraviesa los huesos de los vivos.” Ese es el tormento más puro, la poesía en el hueso de los vivos. En su carne. Allí se condensa, como lo llamaba Piglia, el tejido de las imágenes: En el cuerpo. En su pudor. Su virginidad. Su goce. Su finitud. Allí se aloja la tensión del tormento que sofoca, en el deseo. Que se alivia y se tensa. Formando un terreno discontinúo donde no tiene lugar la retórica del autor sino el flujo. El pulso del relato. El tajo, la digresión y el tajo. Así escribe Fernanda García Lao, como si tuviera un cuchillo entre las manos.

El tormento más puro, Fernanda García Lao. Emecé 240 págs.

Fernanda García Lao: "A mí me interesa la travesía de la escritura"

BLOG, ENTREVISTAS ETERNA CADENCIA

06-09-2019 Por Juan Rapacioli

"En principio es una escritura desbocada, sin control. Un automático surrealista. Me encanta jugar a no saber lo que viene, a soltar la razón. Luego hay una instancia de corrección y de cambio de temperatura que hace que el cuento se ponga más contradictorio", dijo la escritora argentina sobre su nuevo libro, El tormento más puro (Emecé).


Foto de Alejandra López.



Formas breves, filosas y enrarecidas configuran El tormento más puro, el nuevo libro de cuentos de la escritora argentina que se mueve entre lo siniestro, lo onírico y lo absurdo, con personajes llevados al extremo y escenarios alucinados donde el cuerpo ocupa un lugar central.

Nacida en Mendoza en 1966, García Lao vivió en España desde 1976 hasta 1993. Escribe narrativa, poesía, teatro y coordina talleres de escritura. Autora de una numerosa obra, la escritora habló con Eterna Cadencia sobre su nuevo libro, publicado por Emecé.



La mayoría de los cuentos son breves y contundentes, ¿fueron pensados como unidad o salieron en la pulsión de escritura?

En principio es una escritura desbocada, sin control. Un automático surrealista. Me encanta jugar a no saber lo que viene, a soltar la razón. Luego hay una instancia de corrección y de cambio de temperatura que hace que el cuento se ponga más contradictorio. Hay una perversión de la palabra. Son cuentos que se nacen a sí mismos, porque tienen ese principio anárquico. Después de esa aparición me gusta pensar una estructura más lógica. Es como si conocieras a una persona y no tuvieras en principio tiempo de saber quién es más allá de su acción; después, con la sucesión de cuentos, fui entendiendo de qué se trataba el conjunto. No era algo previo: la escritura me lleva, siempre. Descreo de lo contrario, al menos para mí no funciona. Creo que se llega a instancias ya conocidas. A mí me interesa la travesía de la escritura, perderme, indagar en el objeto.

¿La forma breve te sirve para pensar algunos temas centrales como, por ejemplo, la presencia del cuerpo? ¿Las relaciones corporales son también psicológicas?

No puedo separar la trama de su forma. Me parece que es una sola estructura muy orgánica: está dicho de ese modo y de otro no sería lo mismo. No creo que sea algo psicológico, no me meto en ese terreno, no lo controlo. Me parece que buscar la psicología en la escritura es un callejón sin salida. Estoy acostumbrada a sacar ese preconcepto de formas que se repiten. Me gusta romper ese dogma, no moralizar los textos. Es muy difícil, pareciera que el cuento es un género que se presta a la moralización. Me gusta sortear eso, si es posible; creo que cada uno de esos objetos tiene su moral o en todo caso su amoralidad. Pienso cada pequeño universo con sus tensiones y su reglas, pero tampoco es algo programado. Después de escribir, una es consciente de algunas cosas que se repiten. Ahí ves que hay algo. Me gusta soltar más que regular. La literatura que más me interesa está atravesada por estas cuestiones. Yo empecé leyendo dramaturgos que además eran narradores. En España lo primero que leí fue Beckett, Jean Genet, Fernando Arrabal, donde siempre esa tensión entre lo discursivo y un cuerpo determinado que hace carne una idea. Me parece que no hay otra manera de entender el mundo que no sea a partir del cuerpo; en general, cuando aparece en otras narrativas lo disfruto muchísimo. Si sólo es un territorio intelectual o discursivo no me basta.

Los cuentos son, de alguna manera, antirealistas. Los personajes y las escenas están situados en lugares enrarecidos, llevados al extremo…

Lo que pasa es que a los cuentos supuestamente realistas los siento muy poco reales. Son impostados, realismo en desuso, convenciones que tienden a representar. También me pasa con el teatro: odio el teatro que representa, me gusta interpretar, en todo caso traducir estados a la palabra. Las acciones cotidianas son las que tal vez no están. Lo cotidiano no me interesa, ya lo padecemos como para encima escribirlo. Los trámites, esos mundos de asuntos banales no me resultan atractivos ni para vivirlos y menos para darles un lugar en la escritura. Me he pasado esquivando convenciones, horarios, tareas, progreso, como habitante de este mundo. Por otro lado, me parecen trampas para olvidarse de cierto sentido trágico de la existencia y también cómico. Yo no puedo menos que sentir absurdo, ahí donde miro veo la falla. Es una escapada de lo solemne, de la bajada de línea, de cierto sentido grandilocuente. Cada vez más creo que uno escribe como piensa.

¿Es un proceso de escritura que comienza en la cabeza?

Escribir para mí es traducir. Por más que lo tengas en la cabeza, son las palabras las que van a conformar aquello, nunca es esa idea más abstracta: es cómo lo cuento. A veces es una imagen, pero en general mis textos nacen de una frase, una frase que se presenta sola y no siempre cuando la estoy buscando. Una frase que cae en la trampa de la cabeza. Hay algo de antena en la que sí creo. Una antena sensible que desde muy temprana edad existe. Pero tampoco es algo buscado. Hay cierta oscuridad en eso, en el sentido de que no termino de entender de dónde salen todas estas cosas.

Escribís novela, cuento, poesía, teatro, ¿te sentís más cómoda en un género o no pensás en esos términos?

La poesía no la puedo provocar. No estoy todo el tiempo con esa facilidad para sentarme y escribir un poema o ponerme a trabajar en ese sector. Puedo provocar mucho más fácilmente un cuento o un texto breve al que no llamo de ningún modo. Estoy pensando en los dos libros de poesía que escribí, sobre todo en Dolorosa, que apareció en el término de dos meses. Se terminó y no pude provocar ni una sola línea más, como si hubiera sido una especie de caudal que terminó de filtrarse y no quedó una gota. Carnívora fue más lento, fueron apareciendo esas formas que iban a parar a unos cuadernitos; en general les quito importancia. Es difícil provocar ese estado que se apodera de tu decir, pero es verdad que no respeto mucho las diferencias; de hecho, me ha pasado con varios cuentos de Cómo usar un cuchillo que se convirtieron en obras de teatro. En cada objeto pareciera que coinciden la poesía, la narrativa y el teatro. Son textos donde hay espacios y cuerpos en determinada situación, tomados por una garganta que no es suya. Es un escenario verbal. Creo que todos comparten esos territorios sin límites tan claros, pero yo sí sé cuando me siento a escribir cada cosa. Creo que hay un lenguaje o unas herramientas particulares para cada uno. Nunca he escrito una novela pensando que iba a ser un cuento o viceversa. Hay cierta necesidad de escribir tal cosa. Los textos tardan lo que tengan que tardar, pero no abandono los proyectos. Guille [N. de la E.: Guillermo Saccomano, con quien escribió Amor invertido y Los que vienen de la noche], por ejemplo, es capaz de abandonar, de romper los textos. Una vez quemó una novela conmigo adelante. Yo recogí las cenizas y las guardé en una caja. Quedaron como unos pétalos de su novela.

¿Cómo afrontás la escritura después de tener una obra? ¿Se puede decir que la experiencia se acumula o siempre se vuelve a empezar?

Es algo contradictorio, no se puede negar que una ya ha estado en ese terreno, eso también clausura algunas posibilidades. Tampoco me gusta la idea de cultivar un estilo, pero tampoco te sale irte de vos tanto. Intento no recrearme en mí, creo que uno es lector: los textos te llevan a otros espacios y otras ideas. El tiempo vivido también opera con sus vaivenes, sus pérdidas. Estoy muy atenta a lo exterior y a lo íntimo. Me parece que hay que vivir para escribir, no solamente leer. Hay que dejar que se permee la vida. Es hermoso sentir que una no sabe nada, esa especie de inauguración cada vez que te sentás. Siempre estoy atenta a la primera escena, una especie de inquietud por inaugurar y no saber si va a funcionar. Me interesa repetir ese permiso absoluto de cuando nadie te leía, eso que tenía cuando escribía en mi casa para mí, sin pensar que iba a ver un editor y menos un lector. Esa sensación de libertad absoluta donde el límite es tu cabeza. Yo no escribo ni para complacer ni para condescender ni para lograr determinado estatus de nada. Los autores y las autoras que me interesan en general son más parias que monumentos. Descreo del escritor profesional o del intelectual funcionario.

¿Qué autores te interesan actualmente?

Ahora descubrí la poesía de Margaret Atwood, me pareció súper poderosa. Estoy leyendo a Mark Fisher. Hay cierta nostalgia espectral que recorre varios relatos del libro, la hauntología: en “Las parlantes”, “Familia de vidrio”, “Retrato de Alfonso”. Me interesa siempre leer algo de ensayo. Tomo un autor y lo canibalizo. Ensayo y poesía estoy leyendo más que narrativa. Después me gustan Amy Hempel, Lydia Davis. Leí la novela de Gloria Peirano, La ruta de los hospitales, y me encantó. Es una gran escritora. En la lectura voy salteando sin plan, ahora quise volver a Saer, también porque el taller me obliga a buscar distintos mecanismos de construcción, de estilos, de voces. Me interesa cómo se narra lo que no viviste, el cruce entre lo imaginado, lo vivido y lo soñado. Con vivir no alcanza y con sufrir tampoco, me parece que tienen que estar esos enrosques de distintos materiales para que el texto crezca no solo en extensión sino en profundidad.

No sólo como escritora, sino como lectora, tu búsqueda parece tener que ver con salir de los preconceptos…

No sólo salir, bombardear si es posible. Es una fuga del sentido común. Creo que es contra lo que hay que trabajar. Eso es lo que le da vitalidad a la tarea de escribir. Repetir una serie de pautas no tiene ningún sentido.

sábado, agosto 31, 2019

Fernanda García Lao en Los siete locos

"El mal está en casa y lo heredamos"

En los cuentos de su más reciente libro la escritora saca los trapitos al sol de las miserias familiares, que reproducen "la misma violencia que hay afuera pero a puertas cerradas".

Por Silvina Friera
Página 12



“Qué hacés copulando con el piano de la abuela. Mi novia no estaba. O sí. Estaba escrita. Papá no la leyó”, cuenta el escritor que protagoniza el primer relato de El tormento más puro (Emecé), otra joya narrativa extraña, inclasificable y bella de Fernanda García Lao, en la que se mestizan y desintegran a la vez lo real y la pesadilla, lo luminoso de la naturaleza y sus precipicios más lúgubres, las experiencias anómalas con la locura, lo absurdo y la carcajada feroz, porque hay una ferocidad cómica desviada en lo que escribe la narradora más rara y original de la literatura argentina contemporánea. La más radical por su manera de auscultar y sacar los trapitos al sol de las miserias familiares, por cuestionar y burlarse del rol de las madres, por husmear en las aguas turbias de la incomodidad y regresar a la superficie para escribir como si estuviera perpleja, lisiada y rota por algún pequeño hallazgo, una lucidez que duele, como esboza en uno de los cuentos.


Fernanda -enemiga de cualquier convención como poeta, dramaturga y narradora- recuerda en la entrevista con Página/12 que no fue una niña obediente. Hasta en su eclecticismo fonético hay algo que no se deja aprehender: un remoto y casi imperceptible acento de Mendoza, la ciudad donde nació en 1966- y la pronunciación de la zeta a la manera española por los años que vivió exiliada en España, entre 1976 y 1993. Su padre, el periodista Ambrosio García Lao, murió en el exilio.

--“Una familia es eso. Un escuadrón que se aniquila”, se afirma en el cuento que da título al libro. “La familia es un espanto que no merece continuidad”, se lee en otro relato. ¿Por qué la familia aparece con una carga tan negativa?

--Todos los cuentos se podrían llamar El tormento más puro porque la familia es eso. Las familias felices no se escriben, se disfrutan; los primeros terrores y las primeras pruebas de poder y de humillación se dan en la familia. La mayoría de las víctimas de femicidios son en manos de familiares. En la familia hay un permiso de supuesta libertad, de no intromisión y control, que reproduce la misma violencia que hay afuera pero a puertas cerradas. La familia es oscuridad y yo no la inventé. Yo observo nomás. Por otro lado, la familia es la primera organización castradora y tampoco es un invento mío. No puedo menos que escribirlo. Tiene que ver con una visión pesimista y también anarquista muy precoz en mi vida. Tal vez porque mi familia era intelectual estaba presente el “lado B” de la vida desde el primer momento, obligada a poner en duda no cada orden -porque no sé si había órdenes en mi casa-, pero sí cada pauta de obediencia. No fui una niña obediente y tampoco confiaba en los adultos. Aunque hubo mucha explicación en relación a porqué había que hacer determinadas cosas, yo no estaba de acuerdo. Me gustaba correr el límite y ver qué pasaba, ver si era verdad que había una amenaza o era un prejuicio. Como madre he estado muy atenta a no heredar mis creencias a mis hijas. “¿Le hacemos los agujeritos en la oreja para que se sepa que es una mujer?”. No, no quiero que tengan marcas. No quiero que la sociedad marque a mis hijas como ganado. Quizá sea extremista, pero me parece que tiene que ver con algo entre político y personal. Como en todo lo que hago se filtran lo ideológico y la convicción física. Me encantan las familias desorganizadas, fuera de pauta, como díscolas; los inventos familiares. Yo tengo dos hijas de distintos padres, no hubiera podido tener una camada con un señor. Me parece algo raro (risas).

--Hay uno de los cuentos que tiene que ver con la muerte de un padre, narrada por una adolescente. Es uno de los cuentos más autobiográficos del libro, ¿no?

--Sí, lo que pasa es que no soy literal. Cuando escribo padre y muerte, evidentemente tengo ahí una marca. Mi padre se murió cuando yo tenía dieciséis y esa muerte me sorprendió porque no estaba cuando ocurrió. Cuando llegué a mi casa, estaba tomada por el duelo, con gente que no conocía o no recordaba o que no esperaba encontrar ahí. El velorio me pareció un evento rodeado de absurdo, además de la incomodidad de la muerte. Mi vieja (María del Amor González) se murió en mayo, cuando estaba corrigiendo este libro, por eso está dedicado a ella. Igual era una muerte prevista, no en el sentido de que somos todos mortales; tenía 84 años y hacía dos años que estaba decayendo. Una de mis hermanas me preguntó si le dije que le había dedicado el libro. Me pareció un dato menor. ¿A quién le importa? ¿Dónde se lleva esa información? Su muerte fue el tormento más puro, como el título del libro. ¿Por qué esa palabra? Apareció sola, supe cuando la escribí en el primer cuento que ese era el título. Después leí que el tormento era una tortura para confesar. La escritura es el tormento más puro; lo que pasa es que uno no confiesa lo que cree que está confesando. Por eso tengo cierta distancia con las escrituras “yoicas”, porque me parece que reemplazan el inconsciente y la oscuridad. Estamos en una época en la que imaginar es casi subversivo; la realidad ocupa tanto espacio y es tan mentirosa que creo más en la ficción. La ficción es más pura. Para vivir no hace falta sensibilidad ni inteligencia en este mundo; sobrevive el menos sensible. Me siento conectada con cierto saber culto cuando escribo y soy mucho más tonta viviendo. La poesía me permite el desvío, encontrar otros caminos. Creo mucho en mi intuición, en mis pesadillas. Si tomo como objeto de estudio mis pesadillas, se deben parecer a la de muchos. Hay algo interesante en meter la cabeza bajo tierra, buscar y volver a salir. Sabía que no quería escribir más novelas si no salía este libro de cuentos. Si algún proyecto tengo en mi escritura es el de no cristalizar en ningún género; no suponer que el terreno está ganado, sino ponerlo en jaque todo el tiempo. Ir contra la convención de qué es un cuento. Me gustan más las excepciones, lo insólito, lo desbocado, lo incomprensible. Prefiero eso a un cover. No me convencen los que suponen que saben; los decálogos y todas esas mierdas y recetarios. Para mí escribir cuentos es tensar la cuerda y correr los límites, como cuando de chica me preguntaba: ¿No se puede dar la vuelta manzana sola? Vamos a ver por qué…

--En “Fragilidad” el chico de dos años que se mete una víbora en la boca termina reproduciendo la violencia desmesurada de la madre, como si el cuento estuviera proponiendo: “la violencia está en casa y la heredamos”…

--El mal está en casa y lo heredamos. Cuando se habla de lo que te dejan tus padres, pareciera que se heredan objetos, talentos, enfermedades, pero además vicios. No hay mayor mal como el que hacemos nosotros, no hay animal con un nivel de perversión como demuestra cualquier ser humano en algún momento de su vida. El cuento surgió porque hay muchas madres muy obsesivas en relación a la crianza y al miedo que le hagan algo a su criatura, sin reconocer la maldad y el poder de destrucción que tienen esas madres. Me hacía gracia jugar con ese malentendido de que el niño era el frágil y la serpiente el peligro. Además, creo que había leído una noticia similar de un niño que fue llevado a un hospital porque lo había mordido una serpiente y la sangre que tenía era de la serpiente y no del niño.

--A propósito de las herencias, hay un postizo que también se hereda en uno de los cuentos y los hombres que lo rozan mueren. Esa zona de la herencia parece trabajarse desde la perspectiva de lo insólito cruzada con el miedo, el terror, con algo de lo fantástico también, ¿no?

--Cuando se murió mi tía, vi un postizo en una cajita con unos clips y no me lo llevé. Pero sí me llevé un saquito y ese saquito, cada vez que me lo ponía, me hacía doler el cuello y los hombros. Como soy medio extremista y vengo del teatro, me dije: “voy a domar al saquito” (risas). Ahora estoy durmiendo con un camisón de mi madre; son pruebas que me pongo no solo para la escritura sino para mí. Yo también me pruebo en la vida; no es que escribo estas cosas y después ando cultivando margaritas. Tengo un jardín en mi casa y veo cómo ocurren una serie de cosas atroces. Lo que pasa es que no las vemos porque es un terror en miniatura. Si somos atroces, ¿por qué la naturaleza no va a asimilar nuestra atrocidad? Así como determinados insectos se hacen fuertes a un veneno reiterado. Ese veneno concreto es un invento humano; no es algo natural. Estamos muy lejos de la naturaleza, cada vez más. Yo que soy mendocina y de chica escuché nombrar el viento zonda o el agua que bajaba de la montaña veía ahí algo de maestría y de locura consentida también. Cuando nos fuimos a España en el 76, en la casa de mi tía, la del saquito, quedaron sepultadas nuestras antiguas pertenencias por el terremoto del 86. Hay algo de esa furia que me construye. Hay algo de la escritura que sana ese horror. No es que busco el horror; en el horror intento encontrar belleza. No sé si se nota. Siento que cada palabra incluye su contraria. No puedo ver solo una parte: veo la palabra y la sombra de la palabra. En la poesía y en la narrativa breve soy más salvaje que en el terreno de la novela.

--¿Por qué el cuento te permite ser “más salvaje”?

--El cuento es un perro desbocado, rabioso, un perro que tiene poco tiempo. Si estiro la rabia, pierde potencia. La rabia funciona en el instante, no da tiempo a organizar un discurso.

--¿Y qué pasa con tus novelas?

--Yo escribo falsas novelas. No he escrito ninguna novela lineal; están todas rotas y trabajo como si cada parte fuera un núcleo auto conclusivo. En realidad lo que me molestan son los enlaces; por eso hay mucha elipsis. Cuando escribo una novela, voy cortando casi como si estuviera editando una película, concentrando lo máximo que puedo la potencia en ese momento.

En el aire resuenan otras herencias a la distancia. Las dos hijas de Fernanda están viviendo desde 2018 en Praga. “Julieta eligió un país donde el aborto está legalizado desde el siglo pasado y es ateo; buscó determinadas coordenadas que para ella eran vitales. Yo creo que estar fuera de lugar debería ser casi obligatorio en algún momento. Lo que pasa es que está bueno irse cuando uno tiene ganas y no a las apuradas o violentado por un país. Uno se construye también con esos dolores y a veces quedarse es contraproducente”, reflexiona la escritora que confiesa que está “estrenando orfandad absoluta” con ambivalencias. “Es como si mi madre se estuviera muriendo en distintas partes del cuerpo que se me tensionan; pero siento también una especie de permiso fantástico de no tener a quién rendir cuentas. Si es que alguna vez las tuve que rendir”.

--¿Le rendías cuentas a tu mamá?

--No. Ella ya sabía quién era yo. Tuvimos una relación muy conflictiva porque heredé de mis dos padres distintos tipos de palabra, dos discursos y dos bibliotecas muy disímiles. Mi mamá escribía poesía y escribía teatro también. En realidad escribió siempre la misma obra, que reescribía y modificaba, que fue su escuela y también fue la mía. Ella publicó poesía y ganó muchos premios. Cuando volvimos de España, tuvo acá un programa de radio muy escuchado en su momento, un programa nocturno. Mi padre era más convencional, más norteamericano, más (Ernest) Hemingway, (William) Faulkner; en cambio mi vieja era más “afrancesada”. Jean Genet vino de su mano, pero también (Samuel) Beckett y (Eugène) Ionesco. La muerte de mi madre fue como una performance dramática muy hablada. Yo anoté todo, escribí, la grabé, le saqué fotos. Yo falté a la muerte de mi padre, pero me tocó estar sola el día que murió mi madre. Yo siempre creí que era la más fuerte de mis dos hermanas o asumí ese lugar y comprobé que no… Mi madre hablaba como si escribiera. Ahora mi madre es un cuento mío; es la manera que tuve de entender. Todo lo que filmé después lo tiré; no lo pude ver. Pero empecé a escribir el cuento con una frase que ella me dijo: “¿Esto es el vacío?”. Lo terminé de escribir hace dos semanas. Si no lo terminaba, iba a enloquecer. La única forma de sanar era decirlo. Cuando no entiendo algo, lo escribo.

La ficha
Fernanda García Lao nació en Mendoza, en 1966, y se exilió en España entre 1976 y 1993, país donde estudió piano, danza clásica, actuación y periodismo. Escribió y dirigió obras de teatro en varios países de América latina y publicó las novelas Muerta de hambre (2005), La perfecta otra cosa (2007), Vagabundas (2011), La piel dura (2011), Fuera de la jaula (2014) y Nación vacuna (2017); y el libro de cuentos Cómo usar un cuchillo (2013). En 2015 publicó Amor invertido y en 2018 Los que vienen de la noche, ambos en coautoría con Guillermo Saccomanno. Entre sus libros de poesía se destacan Carnívora (2016) y Dolorosa (2017). En 2011 fue seleccionada por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) como uno de “los secretos mejor guardados de la literatura latinoamericana”. Ha colaborado en Babelia, Revista Quimera, Letras Libres y El Buensalvaje, entre otras publicaciones. Algunos de sus textos han sido traducidos al portugués, al inglés, al sueco y al griego para revistas digitales y en papel. Desde 2010 coordina talleres de escritura.

sábado, agosto 17, 2019

LO SINIESTRO, LA FAMILIA Y EL EFECTO FRANKENSTEIN

ESCOPETA OXIDADA DEL ROCÍO
Blog de José Luis Cutello



Un personaje solitario que reproduce a otros personajes como “bultos” en su cabeza y que copula con novias imaginarias aunque a simple vista parezca que lo hace con el “piano de la abuela”, un bebé que mastica la cabeza de una víbora y mata un pájaro a martillazos, mujeres y hombres “mal realizados”, muñecas parlantes de frases “idiotas” que causan locura y muerte hasta que alguien deja de creen en su hechizo, una mujer que intenta formar una familia con un maniquí, una niña que disfruta lamiendo el “cuerpo de una araña”, una adolescente que alimenta a sus ardillitas con la leche de su bebé muerto, una joven que queda embarazada con facilidad y cuya familia se deshace de cada niño como si fuera un “paquete”, una niña de dos años descabezada que queda detenida en el tiempo bajo el efecto del “nitrógeno líquido” hasta que se encuentre la cura a su mal, el pelo postizo de una abuela que causa muertes repentinas, una adolescente que menstrúa por primera vez y le toma fotos al cadáver de su padre recién muerto, un marido que exhuma el cuerpo de su esposa para recuperar un óvulo y perpetuar la familia, una zorra violada por campesinos que engendra “cachorros de persona”, una virgen que se extirpa en sucesivas operaciones las zonas erógenas de su cuerpo y se iguala “al resto del mobiliario” de su casa…

Esta enumeración es apenas un pequeño muestrario de personajes, aparentemente disfuncionales, que habitan el libro “El tormento más puro”, de Fernanda García Lao, un conjunto de 36 cuentos (algunos de apenas una página, otros que se acercan a la textura de una nouvelle) que trabajan registros que van desde lo siniestro a la locura y desde un surrealismo onírico a la crítica de la familia y el dinero como objetivos rectores de una sociedad.

Sigmund Freud definió lo siniestro “como algo familiar que se torna súbitamente extraño”. Y es precisamente lo que ocurre con los relatos de “El tormento más puro”: cuando el lector se acomoda a una historia que parece incursionar en una vidita cotidiana, es arrastrado de pronto hacia lo extraño, hacia el hecho anormal -visto, por supuesto, desde nuestra pretendida normalidad burguesa-, hacia una desarmonía que desencadena anomias, hipérboles e invenciones, es decir, desencadena lo mejor de la literatura de García Lao: la construcción de una ficción.

Si tomamos como ejemplo los cuentos que involucran a familias, descubriremos varias facetas interesantes e intensas de su poética, algunas de la cuales ya habíamos observado en su novela “Fuera de la jaula”: el núcleo íntimo del hogar transmuta su rostro sin que lo notemos a primera vista, se aleja de lo “normativo” y entonces se provoca un “extrañamiento”, para llamarlo con el término que acuñaron los formalistas rusos. De esta manera, las familias se transforman en “un escuadrón que se aniquila” o “es un espanto que no merece continuidad”.

En efecto, desde esa cosmovisión un hijo puede copular sin saberlo con la futura esposa de su padre senil, una hija aguardar a sus padres “desde el misterio de la muerte”, padres y abuelos dejar legados macabros, los descendientes disputar salvajemente por la herencia de una biblioteca que está destinada al fuego, o los nacimientos y las misas familiares pueden ser “trastornos del pensamiento”. De hecho, el núcleo parental nunca es homogéneo en “El tormento más puro” y lleva a los personajes a disquisiciones limítrofes: “La mujer que dormía con él y las dos criaturas de la otra habitación eran seres hambrientos. Lo estaban devorando”, piensa un hombre antes de matarlos y abandonar su hogar.

Una argamasa de sangre, semen, flujo, terror, locura y muerte es fundamental en la construcción de las familias que componen “El tormento más puro” porque el amor es, para ellas, “una palabra insulsa” o porque consideran que su árbol genealógico implica una “desgracia”. Por eso, los propios integrantes aparecen, en ocasiones, bestializados: “Manga de animales en celo”. Es que, en verdad, algunos de ellos son vampiros que embarazan a sus primas ingenuas o seres desterrados de la bondad: “Mala gente por mí parida”, dice una anciana a punto de cumplir 90 años.

El dinero es, también, un elemento que circula con desprecio dentro de estos clanes familiares. La misma abuela del párrafo anterior celebra su muerte inminente junto a una hija tonta quemando y comiéndose los billetes que tenía debajo del colchón, mientras el resto de su prole espera la herencia en medio de una orgía. O un joven pone un sobre de dinero en el horno encendido porque quiere “fracasar como nunca” y sabe que el futuro “se extingue rápido”.

Otro de los fundamentos que dan unidad a “El tormento más puro” es el reiterado intento de dar, modificar o deshumanizar vidas, un recurso literario que podríamos denominar “el efecto Frankenstein”. Por caso, la misma virgen que mencionamos en un párrafo anterior y que se extirpa las tetas y el útero hasta asimilarse a un mueble, mientras todo vestigio de vida (una planta, una tortuga) muere a su alrededor. O la científica trastornada por la muerte su padre que halla, en las nieves eternas del Tíbet, un corazón conservado por el hielo y pretende volverlo a la vida en un laboratorio.

Sin embargo, los dos relatos que muestran mejor “el efecto Frankenstein” son el del viudo que pretende recuperar un óvulo de su esposa enterrada y finalmente lo deja abandonado en una vereda, y el del príncipe lisiado que es convertido en “Golem”. Como en la historia del austríaco Gustav Meyrink, un ingeniero ortopedista checo le devuelve la motricidad con una armadura al futuro rey pero lo convierte en el monstruo que mata y es matado.

Todos estos relatos que mencionamos, esta verdadera “fiesta del monstruo”, parecen trabajar en un sentido en el que se trastruecan el orden de la naturaleza y la visión humana. “La naturaleza”, se dice en el cuento “Jardín desnudo”, “imita la forma humana, la pervierte y se burla”. Quizá por eso, un parque puede amanecer sembrado de tetas, conchas frescas y hasta una “pija grande, marroncita”, como un paisaje de Salvador Dalí.

Es que los cuentos reunidos en este libro por García Lao, al igual que su novela “Nación vacuna”, no sólo dan cuenta de naturalezas y humanidades desarticuladas, sino que también dan cuenta de sí mismos, una característica que sólo se observa en las mejores narrativas: “Me quedo instigando un asomo de lucidez, suponiendo otra vida que mejore mi yo, haciéndome otro. Escribir es eso”.

Podríamos finalizar esta reseña señalando con la autora que “la lucidez (de “El tormento más puro”) duele, pero funciona”, pero concluiremos con otra cita que, en nuestra opinión, define con más precisión el conjunto de cuentos: “El surrealismo no podía inventarse. Era la auténtica electricidad de lo real”, escribe Lorrie Moore en “Gracias por la compañía”.

© José Luis Cutello
© Foto: Librería Santa Fe

El más puro goce

LATFEM
Periodismo feminista

Fernanda García Lao hace de la sintaxis un goce. Su estética responde a la posibilidad de lo sensible: entre el instinto poético, el gesto teatral y el erotismo onírico, el realismo más perturbador y los recovecos aterradores del inconsciente. Luz Azcona leyó El tormento más puro (Emecé), su último libro, y lo recomienda con entusiasmo.

Por:
LUZ AZCONA
Fotos:
AUGUSTO STARITA
La escritura de García Lao no da tregua: es sensitiva y ataca. Come en tu mano hasta sacarte sangre y te sonríe. Te abre los ojos a la fuerza para ver qué hay y te ofrenda el delirio de una niña poseída por la angustia. García Lao es originalísima. Y se divierte mucho.

El tormento más puro (Emecé), su nuevo libro de cuentos, es una pieza única por fuera y por adentro, una edición seriada en treinta y seis rarezas. En ellas, la familia como hilo narrativo es la ficción necesaria que sirve de ocasión para recopilar: legados macabros, disputas salvajes, herencias orgiásticas.

Se engendran hijos no deseados. Hijos que por imitación saben el gesto que causa la muerte. Que vuelven de la muerte como una ilusión en forma de óvulo. Hijos que al fracasar triunfan y padres que los destrozan. Que se mueven entre lo real y el sueño, bordeando la locura más pesadillesca. Y sin embargo te hacen sonreír a la vez que despiertan un estado de ánimo propicio al espanto.

El tormento más puro es, además, un libro deliciosamente subrayable. García Lao hace de la sintaxis un goce. Y de la lectura un archivo íntimo de citas. Milimetrada, audaz, filosa, sus tramas siguen la dirección de un fraseo que crece hacia adentro. Como una puerta que se abre a lo oscuro del mundo doméstico, en el umbral de lo fantástico.

Desde ya, la estética de García Lao no responde a la doctrina de lo bello, sino a la posibilidad de lo sensible: entre el instinto poético, el gesto teatral y el erotismo onírico, pasando por el realismo más perturbador y los recovecos aterradores del inconsciente, su escritura no se parece a nada y abarca todo el espectro.

El tormento más puro se presentó el martes 13 de agosto, a las 19.30 horas en la librería Alamut (Borges 1985).

Fernanda García Lao: "Los vínculos primeros son los que ocultan la mayor perversión"

TELAM
8/8/2019

La escritora construye en su nuevo libro de cuentos "El tormento más puro" universos en los que irrumpe lo absurdo a través de la supremacía de lo perverso y lo siniestro en el ámbito familiar.


Con una realidad que se desborda frente al extrañamiento de lo cotidiano, Fernanda García Lao construye en su nuevo libro de cuentos "El tormento más puro" universos en los que irrumpe lo absurdo a través de la supremacía de lo perverso y lo siniestro en el ámbito familiar.

La obra, editada por Emecé, roza lo fantástico con personajes descarriados por sus pasiones y sorprende con escenas retorcidas que evocan la naturaleza maldita de Horacio Quiroga, o la narrativa de Silvina Ocampo con la aparición de objetos cargados de amenazas y ambientes donde aflora lo erótico, lo onírico, lo incestuoso o la locura, narrado poéticamente.

"Hay algo más del estado que de la trama en cada cuento, busco un estado particular, imagino un universo breve que se puede sondear hacia abajo", explica la autora en una entrevista con Télam.


Télam: ¿Por qué le interesa trabajar sobre lo perverso y lo siniestro en el momento de la escritura?
Fernanda García Lao: No es un terreno elegido, tengo un componente contradictorio que me hace por un lado disfrutar del hecho de estar viva y por otro lado convivir con ese otro costado más consciente del horror. No imagino una ficción sin esas tensiones entre claroscuros y no me interesa como lectora. La bibliografía ocupa un lugar importante en mi formación y la biografía también: el hecho de haber salido en el 76 de mi país siendo chica y quedar sin lugar me marcó. Mis padres eran periodistas y nos fuimos a España más que por cuestiones políticas, por cuestiones éticas y por alguna amenaza concreta. Cuando te quedás sin patria y luego sin padre, porque murió en el exilio cuando yo tenía 16 años, estás obligada a reflexionar sobre cuestiones que en la adolescencia otros pibes no vivieron.

jueves, agosto 08, 2019

Fernanda García Lao: "Sin deseo no hay palabra"





PERFIL CULTURA LITERATURA
Gustavo Yuste

Cada nuevo libro de Fernanda García Lao plantea una nueva sorpresa para el lector. En este caso,los 36 relatos que integran El tormenta más puro (Emecé, 2019) se caracterizan por el desborde de la potencia en distintas esferas humanas. Fiel a su estilo, la autora sabe teñir de un horror seductor cada una de las historias. Los distintos personajes que integran los cuentos de este volumen, en su mayoría breves e impactantes, se mueven de manera pendular por distintas latitudes: el erotismo, lo fantástico, lo onírico, la tragedia y un realismo perturbante. Todo contado a través de una precisión que se nutre tanto de la belleza poética como del ritmo narrativo. En ese sentido, puede leerse: “El infierno es personal e intransferible”; o también: “El silencio conserva las frases intactas, es un glaciar suspendido”.

La literatura y su límite La belleza del horror.

En “Orientación para moribundos”, uno de los relatos que condensa el espíritu general del libro, se lee la siguiente instrucción que bien podría servir como advertencia para el lector: “Resista el dilema y organícese para lo que va a acontecer”. Lo verosímil va ganando la batalla de una manera subterránea y silenciosa, similar al miedo más duradero: lejos del impacto del shock, el horror y la razón se corporizan en una música que penetra en el inconsciente.

En diálogo con Perfil, la autora señala: "Perturbo la inclinación del relato hacia un lugar que desconocía previamente. Y me recreo ahí con el permiso de la anarquía de lo oscuro"
De esta manera, El tormento más puro es un libro de historias únicas, que sabe dialogar con lo más bello y sutil del género fantástico y de terror, sin perder de vista un dato crucial: en aquello que nos resulta familiar, en lo que parece diseñado para contenernos, suele residir la amenaza más importante.

Escribe García Lao: “La humanidad de un lado, las bestias del otro. Bajo la persiana, pero no del todo”.

—¿Qué definición personal tiene del horror? En el libro es una temática recurrente que se trata con sutileza.

— No me satisface ninguna definición, prefiero trabajar a partir del goce en torno a lo siniestro, sin límites de género. No pretendo asustar a nadie. En todo caso, perturbo la inclinación del relato hacia un lugar que desconocía previamente. Y me recreo ahí con el permiso de la anarquía de lo oscuro. No pienso en tramas, es el fraseo el que me sugiere la dirección.

— Gran parte de los relatos de El tormento más puro son muy breves. ¿Qué beneficios ve en esa longitud?

— La brevedad me permite eliminar conectores y provocar vacío. Si puedo decirlo en dos páginas, para qué voy a extenderme. Me gusta que el relato crezca hacia adentro. Concentrar hacia su núcleo. Pero además, soy naturalmente concisa. No puedo escribir acciones sin desvíos en el lenguaje. Bah, no quiero. El fraseo dislocado es mi terreno preferido.

— Existen momentos de fuerte potencia poética en los relatos y en sus libros en general, ¿lo poético es una herramienta que le sirva a la hora de contar una historia?

— Leo y escribo poesía, a diario. No puedo escribir acciones sin desvíos en el lenguaje. Bah, no quiero. El fraseo dislocado es mi terreno preferido.

— ¿Cuál fue el hilo conductor en su cabeza que determinó que estos 36 cuentos fueran unidos en un mismo libro?

— Unos provocaron a otros, fue una especie de avance rizomático. Cada brote estaba insinuado en el relato anterior y provocaba un bulbo nuevo. La marca común es la coincidencia del tormento y la pureza.

— Desde su perspectiva, ¿qué tan flexible es la frontera entre lo real y lo fantástico?

— Mientras contestaba estas preguntas, un cuadro se estrelló en el piso. Nadie lo había tocado. Barrí los vidrios y miré la figura. Una mujer desnuda, sentada sobre un ciervo. Un círculo rojo que imita a la luna, atrás. La levanto pensando que si esto no hubiera sucedido, al escribirlo se vuelve real. O fantástico.

— Por último, ¿qué lugar ocupa el deseo en su escritura?

— Todo el lugar. Sin deseo no hay palabra.

Reseña: El tormento más puro de Fernanda García Lao




36 cuentos contiene este libro. 36 oportunidades para recordar por qué leemos, por qué apostamos a la literatura contemporánea. A medida que avanzaba en la lectura se afianzaba la idea de que estaba convirtiéndose en uno de mis favoritos. Los elementos que me atraen, que busco constantemente en mis lecturas se encontraban en cada página: cuentos raros, extraños, siniestros, insólitos, asomados en el umbral de lo fantástico, la extensión exacta para mantener la tensión y atención del lector y un delicado cuidado en la elección del lenguaje, palabras filosas y atinadas. Cada uno de los relatos te sorprende de alguna manera o te sacude ahí donde estés, en la silla, en el colectivo, te aturde por dentro, como si la pluma de Fernanda se hiciera paso por debajo de la piel, recorriera el cuerpo y diera pequeños respingos, pellizcos, algo que te despierte, te despabile y te haga abrir los ojos dormidos.

La prosa de García Lao posee una musicalidad que resuena tanto en la lectura en voz baja como en voz alta (les recomiendo de vez en cuando leer este libro frente al espejo, escuchar la combinación de palabras, como chocan y hacen magia). Las metáforas que a veces no se encuentran en una oración sino que engloban el cuento entero te anonadan, especialmente los que ahondan en el tema de la maternidad o la no maternidad, las relaciones familiares, lo interpersonal. Abunda la frase corta y contundente que ayuda a describir lo absurdo, lo grotesco, de una forma tan simple que pareciera formar parte de nuestro día a día.

Los cuentos de alguna manera se relacionan, los narradores son tanto mujeres como hombres, abunda la polifonía, la muerte atraviesa a más de uno desde diferentes focos, la perdida, el miedo, la presencia. Las relaciones entre padres e hijos, lo familiar, lo incestuoso, lo prohibido son algunos de los elementos que confluyen en relatos que parecen comunicarse entre sí. La tensión se mantiene aunque se cambie de cuento, como si fueran parte de una conversación, casi como si la autora hablara con el lector y le ayudara a ver un mundo dado vuelta, que hace foco en los rincones oscuros, en lo que nadie quiere ver.

AGUSTINA DE DIEGO
agusrecomienda.com
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Autora: Fernanda García Lao

Editorial: Emecé (Grupo Planeta)

Ph: @CronicasDeSal

Fernanda García Lao, la pesadilla es la norma

En El tormento más puro, la narradora argentina recurre a la lírica y la vulgaridad para alcanzar momentos de salvaje sutileza.

La autora de “Muerta de hambre” y “Nación vacuna”.

MERCEDES ALVAREZ
02/08/2019 - 16:25

Clarín.com Revista Ñ
Literatura Argentina

No cree en el alma. El suyo es un mundo de un materialismo puro donde, como para Offray de La Mettrie, los fenómenos químicos y fisiológicos del cuerpo se traducen en reacciones en el campo de las emociones. Así lo acusan los cuentos de El tormento más puro, último libro de Fernanda García Lao. Una colección de ficciones delirantes que destrozan a su paso cualquier forma de piedad. Sus personajes comen, cagan, cogen; se pierden en olores, fluidos, restos necrófilos pútridos, imperfecciones faciales que adquieren dimensiones monstruosas.

A García Lao y a todos sus narradores les gusta la noche, como al personaje de su cuento “Las parlantes”, pero, a diferencia de ella, no porque la gente esté menos consciente y las rarezas se noten menos, sino todo lo contrario. A Lao le gusta subrayar la rareza, trabajar desde su núcleo para que se convierta en la materia prima de sus relatos. ¿Cómo realiza esta operación? Justamente a la inversa de la manera tradicional en que se plantea el relato fantástico.

En un famoso ensayo titulado “Del cuento breve y sus alrededores”, Cortázar señaló que “lo fantástico exige un desarrollo temporal ordinario”. En Lao, sin embargo, ocurre al revés: lo ordinario se torna fantástico. Así, por ejemplo, en “Las parlantes” podemos leer: “Tropiezo con una pierna dura y caigo junto a un montículo de residuos. Insulto al dueño y entonces descubro que la pierna no es humana. Un maniquí masculino en mal estado. Encuentro su torso más allá, y la otra pierna. La cabeza está entera, pero faltan los brazos”.

Esta extrañeza de lo que se ve y se toca está emparentada con un mundo onírico, o por decirlo con más precisión: pesadillesco. Porque los personajes de García Lao podrían tener esa cualidad. No son producto del amor, claramente, sino del espanto sin límites que engendra la idea de familia. “Una familia es eso. Un escuadrón que se aniquila”, dice el protagonista de “El tormento más puro” (cuento que abre el libro), y la frase podría aplicar a todos los personajes de todos los cuentos de este libro.

Los hermanos se destrozan, las madres se matan, los tíos hacen juicios, los padres enmudecen. Los hijos no son nunca producto del amor, como bien plantea el comienzo del cuento “Ebriedad del cielo”: “La noche en que Camelia Haus fue concebida el cielo estaba borracho. Sus padres, no. La señora Haus se quitó la bombacha sin deseo. Su marido la introdujo como quien hace un trámite bancario, es decir, con una mueca de disgusto”.

Si en el cuento “Prohibido entender este momento” el narrador enuncia que “cuerpo mata palabra”, en García Lao nos encontramos siempre con una aparentemente infinita posibilidad de enunciación del cuerpo.
El estilo de Lao es inconfundible y hace ya muchos años que viene trazando una línea muy clara en el horizonte literario por estas y otras latitudes. Acaso se le pueda reprochar que su estilo, poético y soez al mismo tiempo, refinado y vulgar en dosis perfectamente estudiadas, ceda a veces a la tentación del facilismo para imaginar cuentos como “Embarazo divino”, demasiado ramplón para las salvajes sutilezas de la mayoría de los que integran este volumen.

Por lo demás podría decirse que, cuando la utiliza en toda su potencia, esa cualidad salvaje crece y adquiere dimensiones extraordinarias, roza el grotesco y no opta por salidas de bajo costo. Algo de estos cuentos de Lao recuerda a los mejores y más tremendos cuentos infantiles, entre ellos los de Eduarda Mansilla por ejemplo, quien no se priva de mostrar a los niños el lado más horroroso de la vida, aunque en el caso de Lao su materialismo radical no la lleve a ningún puerto moral.

Los relatos de El tormento más puro son cuentos para horrorizar y entretener a los adultos anestesiados, tantas veces olvidados de los hechizos y dolores de la carne. Cuentos para niños pornográficos, como casi todos los niños. No es casual que en un gesto que imaginamos tan irónico como sincero, la autora dedique el volumen a su madre.

El tormento más puro, Fernanda García Lao. Emecé, 240 págs.

sábado, junio 29, 2019

El tormento más puro




"Los relatos que integran este libro convocan a lectores intrépidos, dispuestos a entregarse a una escritura que no hace concesiones al realismo ni a ninguna fórmula prefabricada. Desde el escritor que copula con el piano de su abuela hasta el niño que muerde a una víbora, pasando por las muñecas parlantes, la mujer congelada o el príncipe paralítico, sus personajes se mueven en un borde vertiginoso entre lo real y lo onírico, la truculencia y la risa, el erotismo y la locura.
Los universos literarios de Fernanda García Lao parecen siempre recién inventados, desplazados del sentido común, inasibles y, por eso mismo, abiertos a múltiples significados. Como E. T. A. Hoffmann, como Silvina Ocampo, como Clarice Lispector, es en lo familiar donde la autora instala el extrañamiento y el horror para fabricar estas historias únicas, dueñas de un extraño y poderoso magnetismo".

emecé 2019
Editora: Mercedes Güiraldes
Imagen de tapa: Santago Caruso

miércoles, mayo 08, 2019

El estómago de los escritores

INVITACIÓN FERIA DEL LIBRO DE BUENOS AIRES

Sala: Rodolfo Walsh. Viernes 10- 18:30 horas



Hay una relación directa entre lo que se ingiere y lo que se escribe, entre lo que se piensa y lo que entra en el cuerpo en forma de alimento, bebida, medicamento, humo y otras sustancias, volátiles o no. Quisimos saber con qué tragan y no tragan los escritores, cómo mastican las frases, cómo digieren los textos que leen y escriben.
Dirigido y presentado por Marc Caellas y Esteban Feune de Colombi
Con la participación de Fernanda García Lao y Carlos Zanon

«Los humanos somos los únicos animales que afirman que los alimentos no sólo son “buenos para comer”, es decir, sabrosos, sanos y nutritivos, sino también, en palabras de Claude Lévi-Strauss, “buenos para pensar”, ya que, entre las muchas cosas que comemos, también ingerimos ideas.»
Michael Pollan

Formando parte de la programación de Barcelona Ciudad Invitada de Honor
#BCNLiteraria

Fernanda García Lao — Conferencia "Marosa Di Giorgio Paraíso y subversión"

miércoles, mayo 01, 2019

Contra la mirada tuerta


Por Fernanda García Lao

Lengua es patrón
Si la herramienta constructora, o constrictora, de sentido es el lenguaje, lo primero que viene a mí como idea es la Norma. Y la escribo con mayúscula como si fuera una persona, o la marca de un látigo. El primero con el que nos adoctrinan. En mi caso, en la infancia de exilio que me tocó vivir en España, del otro lado del vos. Mi llegada al reino del tú y del vosotros estuvo signada, además del apuro inicial, por el malentendido y la voluntad. Porque allá, en 1976, el modo de referir el mundo era uno solo, o eso se pretendía. El modo español no aceptaba inexactitudes de ex colonos con ínfulas de comunicación. Tuve que repetir hasta el hartazgo palabras como circunstancia, frente a mis compañeras de quinto grado, sin equivocar fonéticamente ninguna ce, para ser considerada emisora eficaz y comprensible. Casi escribo comestible. Duele no ser dueña de la palabra, nombrar desde afuera. Había que desterrarse para decir, para conjugar.
Pero, además del látigo escolar, las lecturas de autores en otras lenguas pasaban por La máquina de pensar en Norma. Que además de castiza era misógina. Así leí a Charles Bukowski, muy de moda en aquellos días, aunque centrifugado por el lavarropas de Anagrama, es decir, plagado de exabruptos madrileños. Pero lo que me sorprendió del outsider de bolsillo, y su Henry Chinaski follador, desde mi perspectiva precozmente feminista, fue la soltura con que un tipo podía repasar la lista de sus coitos, el tendal de mujeres enamoradas, amparado en el vicio alcohólico y la misoginia, y aun así lograr reconocimiento. Un megalómano disfrazado de trágico, pensé. Está bien. Pero cómo habría sido recibida la obra de Charlotte Bukowski si en 1979 hubiera escrito una novela titulada Men. Una autora borrachina, en extremo sexual, con su alter ego, Henrietta Chinaski, escribiendo sus desventuras genitales como quien abusa de un bidet nada poético. Y supuse que algo así hubiera sido demoledor, irreverente de verdad. Y que nadie se atrevería a publicarlo.
“Imaginemos, ya que los hechos son tan difíciles de atrapar, qué hubiera sucedido si Shakespeare hubiera tenido una hermana, maravillosamente dotada, llamada Judith, supongamos (…) Quizá garabateó algunas páginas a escondidas, en el desván de las manzanas, pero tuvo buen cuidado de esconderlas o prenderles fuego”. La idea de Virginia Woolf seguía vigente en el siglo pasado, en el interior de las ficciones. El corruptor de la norma no podía ser más que otro hombre, un narrador. Si eras mujer podías elegir entre la erótica, la locura o el suicidio. O todo a la vez. Esos eran nuestros terrenos destinados. De la novela romántica, nada diré porque es utilitaria al sistema y no soy lectora calificada. No soy lectora de género. La literatura no necesita de agregados, salvo cuando la escribe una mujer. Ahí se convierte en femenina o feminista.


Doctrina Homo
Reviso virtualmente el diccionario de la RAE y compruebo que sigue tan estreñido y conservador como de costumbre. Su sexismo machista es desolador, el tiempo no ha transcurrido ahí adentro. Norma sigue activa. Del binomio básico hombre/mujer, dice sin ruborizarse que un Hombre es, en su primera acepción, un “Ser vivo que tiene capacidad para razonar, hablar y fabricar objetos que le son útiles; desde el punto de vista zoológico, es un animal mamífero del orden de los primates, suborden de los antropoides, género Homo y especie Homo sapiens”. Y ejemplifica con la siguiente frase: "El hombre es un ser racional". Después añade: “Persona adulta de sexo masculino”. Sinónimo de hombre: varón.
De una Mujer dice que es, en su primera acepción, una “Persona adulta de sexo femenino”, sin más detalles. Y ejemplifica: "Algunas mujeres se manifestaron ante la sede de la embajada". En su segunda acepción: “Persona de sexo femenino con la que está casada un hombre”. Y da como ejemplo: "Le presentó a su mujer y a sus hijos". Sinónimo de mujer: esposa.
Pero la RAE no se queda allí. Dice que la Feminidad es una “Cualidad de femenino” y el “Conjunto de características físicas, psíquicas o morales que se consideran propias de la mujer o de lo femenino, en oposición a lo masculino”. Ejemplo: "Llevaba una amplia blusa que borraba todo rasgo de feminidad de su delgada figura".
Que el Feminismo es una “Doctrina y movimiento social que pide para la mujer el reconocimiento de unas capacidades y unos derechos que tradicionalmente han estado reservados para los hombres”. Y que, en Medicina, es la “Presencia en una persona de sexo masculino de caracteres secundarios femeninos, debido a una alteración hormonal”.
Por último, define Transexual: Dicho de una persona: Que se siente del sexo contrario, y adopta sus atuendos y comportamientos”.
Es decir, la Norma sigue considerando que hay sexos opuestos, contrarios, a los que les adjudica comportamientos acordes desde lo físico, lo psíquico y lo moral. Sin olvidar el mandato imperante de belleza delgada para las mujeres. Y su condición de mujer de.
Cierro el diccionario. Prometo no abrirlo.


Cuerpo, espíritu e inconsciente: en contra
Sin hacer historia ni un análisis pormenorizado, si nos ubicamos en el sistema de pensamiento aún dominante, en la tríada por excelencia de este lado del mapa --Positivismo darwinista y sus derivados, Psicoanálisis mal leído e Iglesia Católica (y/o Evangélica) --, sentimos que la cultura de masas se sostiene por la ignorancia y la reformulación perezosa de viejos modelos.
Uno de los inspiradores del discurso machista con visos academicistas más conocidos, Charles Darwin, arma su teoría de la evolución de las especies (masculinas) y se anima a afirmar: “en cuerpo y espíritu el hombre es más potente que la mujer”. Tanto tiempo después el ninguneo biologicista sobre el cuerpo de la mujer trabaja en sincro con su comercialización como objeto, ya que a la mujer su condición de sujeto le fue negada en su momento y algunas mentes se niegan a la revisión de esos principios. El cuerpo femenino como territorio de violencia no apareció en la literatura sino como necesidad de una víctima, es decir, como excusa para el policial, la novela negra, o el terror.
De la “envidia del pene” del señor Freud sólo diré que me resulta uno de los inventos más osados de la imaginación masculina. Brillante en su disparate. Y muy funcional a la preservación del modelo reproductivo de la época. Hombres sin pene, las mujeres canalizarían su falta mediante la procreación de un varoncito. Precioso. Sin embargo, esta operación, o castración literal para ser exacta, tal vez haya disparado poéticas monstruosas que nadie esperaba. La mujer, ese otro inexplicable, siniestro y sangrador, hubo de procurarse un imaginario acorde con semejante anomalía física. Desde Joyce Mansour a Elfriede Jelinek, en Europa, pasando por María Luisa Bombal, Clarice Lispector o Marosa de Giorgio, en Latinoamérica, las escritoras del siglo XX crearon un campo de significación donde el cuerpo es sinónimo de palabra, una palabra tajeada. La escritura se ilumina y oscurece por fuera de los límites que impone el discurso realista. Si el hombre se arroga la Norma, nos queda el Desorden. La extrañeza, el margen. Es decir, lo siniestro. Vuelta a Freud. O la literatura, simplemente. El arte de la urgencia y de la excepción.
De las iglesias católica y evangélica, aún resuena la última cruzada antiderechos y los extemporáneos esfuerzos para mantener disciplinado el cuerpo y el deseo de sus feligresas, y del resto de la ciudadanía. Tomando atribuciones que no les corresponden, rigen las conciencias políticas mal entendidas de quienes legislan y/o gobiernan, amparados en superchería. Su ideal de Virgen Madre, de Mujer Incubadora o la Santa Alucinación de arrogarse el derecho a violentar las voluntades del 50% de la población, aunque no sean creyentes, se repite y promulga, obviando los deslices pedófilos de sus voceros autorizados a dar misa, y el hecho de que la sexualidad es un asunto privado y la salud, uno público. Asuntos muy lejanos de sus capacidades y de sus funciones. Pero ambas iglesias mantienen la Palabra secuestrada por hombrecitos y pastoras habilitados a distribuirla, dando cuenta de una creencia sostenida en un purísimo androcentrismo fuera de época. El cuerpo deseante es el que llama al diablo, las díscolas a parir o a cerrar las piernas. La contienda anti legislación del aborto se enfiló tras los colores patrios. Patria, tierra paterna y padre, que exige obediencia de la madre, de la hija. Cómo sorprenderse de una iglesia, la católica, que avaló y bendijo los vuelos de la muerte o el robo de bebés nacidos en cautiverio, hijos de madres clandestinas a las que el estado hacía desaparecer. Cómo se escribe después del horror en Argentina. Cómo se supera la realidad sin ser literal cuando ser un cuerpo otro, no masculino, es ya una transgresión a la Norma.


Detrás de Norma, Canon
Que lo masculino ocupe el centro de la tradición literaria argentina tampoco es una sorpresa para nadie. Como sabemos, el mito fundacional se vertebra entre creaciones de pelo en pecho: El matadero, Facundo y el Martín Fierro. Unitarios y Federales, Civilización y Barbarie, Emancipación o Resistencia. Modos de narrar un país, una cultura bipolar, dicotomías absolutamente cerradas que no incluyen mujeres, salvo que sean negras achuradoras o cautivas, es decir, pobres o sometidas. Ironía ejemplificadora, degradación sexual, historicismo costumbrista. Lástima que no se haya leído en tándem a Unitarios y Federales desde el contraste de las poéticas y las tensiones políticas de Echeverría enfrentadas con Eduarda Mansilla, esa “paria del pensamiento” que en 1859 se animaba a decir “olvide V. si le es posible que soy una dama y tenga presente, que el talento y la belleza no tienen secso”.
De Juana Manso se siente cercano Sarmiento: “La Manso, a quien apenas conocí, fue el único hombre en tres o cuatro millones de habitantes en Chile y la Argentina que comprendiese mi obra de educación”. Y no es casual que elija llamarla hombre, porque ser inteligente y osada no eran atributos de mujer en la Argentina de mediados del XIX. “…i el esfinje arjentino, mitad mujer por lo cobarde, mitad tigre por lo sanguinario, morirá a sus plantas” escribe Sarmiento en el Facundo sobre el Restaurador, por si no nos había quedado claro que ser mujer era una desgracia.
Es muy poderoso imaginar a la Manso, haciendo frente al machismo de la época, siendo escritora, traductora e impulsora de un modo revolucionario para la época de pensar la docencia. Murió sola, sin homenaje alguno. Dos días estuvo su cuerpo sin sepultura, por haberse convertido en protestante, antes de ser enterrada en el cementerio inglés. «Aquí yace una argentina que, en medio de la noche de la indiferencia que envolvía a la patria, prefirió ser enterrada entre extranjeros antes que profanar el santuario de su conciencia.»
A pesar de las condiciones desfavorables, las escrituras en disidencia se produjeron y su diferencia genera un contraste necesario. La figura del unitario, del gaucho, el estanciero o el Restaurador están presentes en las ficciones de Mansilla y de Manso, pero con cierto desentendimiento del realismo, fraseos nublados casi góticos, que se despegan del tono de crónica empleado por sus pares varones, y pretensión de novela a la manera francesa.
Al mapa del imaginario de la conciencia colectiva del siglo XIX, le falta la mitad de las ciudades. Juana Manso o Eduarda Mansilla, entre tantas otras, siguen siendo nombres sin relevancia para la cultura popular y una mueca de hastío para los hacedores del canon que no sea el escolar.
Si la metáfora mayor de la literatura argentina es la violación, como sostuvo Viñas, la ausencia del cuerpo femenino, ¿dónde se ubica? ¿Cómo metáfora menor?


Siglo XX: Frívolas, hembras y niñas extraviadas
En 1960, en la revista El Grillo de Papel, Abelardo Castillo ensaya una crítica sobre La furia de Silvina de Ocampo, publicado por la editorial Sur el año anterior, que sorprende por el regodeo de misoginia: “La autora de Espacios Métricos, sin duda, escribe bien, tiene un estilo particularmente elegante, puede ser astuta, pero no articula con exactitud el riguroso mecanismo del cuento. El círculo mágico, la inventada realidad donde un narrador introduce al que lee, obligándolo a creer en resucitadas, orlas o pescadores sin sombra, esa que angustia en Kafka y escuece en Chejov: la atmósfera del relato, no aparece aquí. Hay, es verdad, una constante tenebrosa, malvadísima, una suerte de frívolo draculismo que se repite en todas las historias, pero la frivolidad no es intensa (…) La Furia no alcanza a producir horror: acaso porque, como escribe Pagés Larraya, éstas son versiones delicadamente femeninas del mundo (…) El cuento es ante todo una elaboración artística; por lo tanto, indeclinablemente debe guardar armonía entre concepto y forma: equivocar los términos, exagerar uno de ellos, equivale al fracaso. Si, como en La Furia, el concepto está dado por una constante tenebrosa y la artimaña es coquetamente divertida, se produce un tropiezo, no sólo literario sino de sospechoso donaire”. Hoy resulta inconcebible la utilización de semejante cadena de adjetivos peyorativos, astuta, malvadísima, frívola y draculista, para describir la prosa de cualquier escritora, sea de la talla de Silvina Ocampo, o no.

En el capítulo 79 de Rayuela, hay una nota atribuida a Morelli, en la que Cortázar escribe en su nombre una categorización de los tipos de lector que es inolvidable: “Parecería que la novela usual malogra la búsqueda al limitar al lector a su ámbito, más definido cuanto mejor sea el novelista. Detención forzosa en los diversos grados de lo dramático, psicológico, trágico, satírico o político. Intentar en cambio un texto que no agarre al lector pero que lo vuelva obligadamente cómplice al murmurarle, por debajo del desarrollo convencional, otros rumbos más esotéricos. Escritura demótica para el lector-hembra (que por lo demás no pasará de las primeras páginas, rudamente perdido y escandalizado, maldiciendo lo que le costó el libro), con un vago reverso de escritura hierática”. A pesar de ser una idea expresada por un personaje, el asunto se lee como una provocación y, en una entrevista de 1984 concedida al diario El País, Cortázar se ve obligado a reconocer lo que era evidente: "Yo creo que Rayuela es un libro machista (...) Es el momento de hacer la verdadera autocrítica, porque cuando empecé a recibir una correspondencia muy nutrida con respecto a Rayuela, descubrí que una gran mayoría de lectores eran mujeres, y eran mujeres que habían leído Rayuela con un gran sentido crítico, atacándola o apoyándola o aprobándola pero de ninguna manera en una actitud pasiva, con una actitud de "lector hembra": es decir, que eran lectoras pero no tenían nada de hembras en el sentido peyorativo que el macho tradicional le da a la palabra hembra".
En Alejandra Pizarnik, el libro de Cesar Aira realizado a partir de la transcripción de cuatro charlas sobre la poeta, pronunciadas en el Centro Cultural Ricardo Rojas durante el mes de mayo de 1996, Aira reconoce: “Como suele suceder con las iniciativas de la crítica, esta mía tiene su origen en el deseo de corregir una injusticia: la que veo en el uso tan habitual de algunas metáforas sentimentales para hablar de A.P. Casi todo lo que se escribe sobre ella está lleno de “pequeña náufraga”, “niña extraviada”, “estatua deshabitada de sí misma”, y cosas por el estilo. Ahí hay una falta de respeto bastante alarmante, o un exceso de confianza, en todo caso, una desvalorización. (…). Reduce a una poeta a una especie de bibelot decorativo en la estantería de la literatura, y clausura el proceso del que sale la poesía, resultado de críticos que, pese a las mejores intenciones, parecen empeñados en congelar a la literatura en objetos”.


El buen machismo: la mirada tuerta
En esta segunda década del siglo XXI el panorama parece menos asfixiante, más auspicioso. Por prepotencia de talento y de trabajo, hemos logrado visibilidad, acá y en el resto del mundo. Coincidimos con Virginia Woolf y con Eduarda Mansilla: el arte no tiene sexo. Pero el mercado sí. Es decir, la obstinación tiene sus recompensas y por eso, porque el interés va en aumento, la balanza empezó a equilibrarse. Hablo de presencia políticamente correcta. O de perspectiva de ventas. Las invitaciones a congresos, ferias y notas de color incluyen el tema ad hoc: la mujer y la literatura o la literatura de género.

No se trata de tomar nada por asalto. No somos piratas, no hay botín. La literatura se trata de otra cosa. La mirada tuerta del patriarcado debe desaparecer, no hay anteojos para tanta ceguera. Y cuando eso ocurra el terreno de la creación será menos acotado y más impuro. La escritura podrá liberarse del falso binarismo y ninguna voz se sentirá cómoda ni tan tibiamente estereotipada.


martes, abril 30, 2019

Ardillas de Jáuregui, en la Feria



Para leer las Ardillas, click en el título.

Feria del libro de Buenos Aires


Te esperamos mañana miércoles 1 de mayo, 20:30 Feria del Libro:

“Cuerpo y literatura”. No existen ficciones sin cuerpos. Pero sabemos qué tipo de cuerpo se ve representado de forma mayoritaria en la literatura. Las nuevas formas de vivir el propio cuerpo, la literatura y la creación a través de esta representatividad nos lleva a una de las grandes revoluciones de estos últimos años. Nos planteamos la literatura como herramienta de invisibilización o de emancipación, la falta tradicional de representatividad del cuerpo de la mujer desde una voz femenina y desde sexualidades no hegemónicas (masculinas y heterosexuales), y también todas las nuevas voces que procuran encarnar poéticas alternativas.

Participan: Selva Almada, Eva Baltasar y Bel Olid

Presenta: Fernanda García Lao

Sala: Espacio de la Diversidad Sexual y Cultural
(Orgullo y Prejuicio)

lunes, enero 14, 2019

Taller: El género contra las cuerdas

Verano 2019
Taller de lectura y escritura:
El género contra las cuerdas
Taller de escritura y experimentación
Coordina: Fernanda García Lao



Nos proponemos ejercitar la escritura con el único límite de la propia inventiva con los objetivos de:
Indagar en la forma y deformación del relato modificando los ejes tiempo-espacio y el punto de vista. El cuento que no cierra. El cruce de poesía y cuento. Partiendo de la lectura de textos de ficción y de no-ficción -clasificados, definiciones genéricas o titulares- torcer la escritura hacia el experimento del lenguaje y el modo.

Los textos creados, bajo la premisa de la concisión y la intensidad, serán material de reflexión y comentario de los integrantes del taller.

Duración: 6 encuentros de 2 horas y media cada uno
Horario: miércoles de 18.30 a 21 hs.
Inicio: miércoles 13 de febrero.

Contacto:
Horario de atención telefónica y personal:
Lunes a jueves: de 16 a 21 hs.
Viernes: 16 a 20 hs.
Tel. 5352-3355
Perú 375 – P 8 – San Telmo – Buenos Aires

info@casadeletras.com.ar

domingo, enero 06, 2019

El cielo se abre

Verano12
PAGINA/12
3 ENERO 2019





No sé qué hago con Berta. Tiene cara de idiota. Siempre que voy a lo de Otto me encaja alguna amiga que me distraiga de la miseria. Esta noche entregué el abrigo y ella, un trombón sin funda. Era tarde cuando entramos, toda la noche en vela. Una fila interminable. Se sale mal, con menos plata de la que uno espera. Con mi abrigo comeré una vez. Recibí apenas dos billetes. Berta está indignada y cierra de un portazo. Con amigos así, dice.

La ciudad recién empieza cuando dejamos la casa de empeños. Tengo frio y no quiero volver a casa, es una heladera oscura. Ni una lamparita quedó.

¿Tenés algo que hacer? Le digo que no. Te invito a ver un muerto. Bueno, le digo. El barrio es lejos. No hay árboles, no hay familias, no hay perros. Pero seguro que ligamos comida.

Berta ya no parece tan idiota, mientras camina va intentando abrir las puertas de cada auto gris estacionado. Son de garca, dice.

Percibo en ella un tipo de peligro que me atrae. Los madrugadores nos esquivan y nosotros a ellos. Vamos rápido, para entrar en calor. Las nubes negras que me persiguen se diluyen de a ratos.

Cuando llegamos a la puerta del muerto, está cerrada. Deben haberlo enterrado ya, dice. Tardó un montón en morirse. Hace años que anunciaba que le quedaban dos días. Antes de ayer apareció en mi edificio y dijo: el miércoles quiero que vengas a casa porque voy a morirme en serio. Pero hoy es viernes, le digo. Qué cagada, según él, era mi papá.

Volvemos al centro. Tomamos por una avenida ancha llena de grúas y cemento. La ciudad entera está en obra. Me duelen los pies, cada paso es una futura ampolla. Berta interrumpe mi silencio con observaciones imprevistas. La gente piensa que soy estúpida porque tengo la frente muy salida, dice. Pero el cerebro está en otro lado. Uno piensa con todo el cuerpo. Sí, obvio, le digo, aunque no sé a qué se refiere. Mi cuerpo no cavila. La cabeza tampoco. El ruido de las grúas y la resaca me tienen mareado. Antes de ir a Otto bebo. Así olvido que mi casa se fue vaciando en su casa de empeños. Su negocio es adueñarse de lo que fue mi vida. Debería mudarme ahí. Está todo: la aspiradora, el ventilador, el sofá cama. Lo que no voy a soltar nunca es la petaca de mamá. Duermo en el suelo, abrazado a su sabor.

Berta descubre la puerta de un auto sin cerrar y ocupa el asiento del conductor con naturalidad. Me invita a subir. Dale, vamos. Querés conocer a mi hermana, me pregunta. Se llama Berlin. En realidad, media hermana. Mi papá supuesto no era el suyo. ¿O era al revés?

Parece que va a presentarme a toda su familia. Arrancamos después de varios intentos. Mete los dedos y luego tironea de un cable con la boca. Yo tirito, impaciente. Berta maneja pésimo, acelera y casi atropellamos a un ciego, perro incluido. Por suerte el ciego no puede vernos y sigue caminando sin saber. El perro nos gruñe con los dientes apretados, para no asustar a su protegido. Berta gira en el bulevar y señala unas mesas oxidadas sobre la vereda. Esa es Berlin, dice mientras toca bocina. La hermana está sentada en un bar exterior que parece un pedazo de sábana en la mitad del mundo. Es un palito, la hermana. Dejamos el auto mordisqueando el cordón y al bajar, Berlin me pasa un papel, tiene la lengua dura. El pelo, color violeta. Se sienta con las piernas encogidas por el frío y me mira fijamente. Está intentando seducirme. Berta se da cuenta, pero ni se inmuta. Nos dice vamos y me toma de la camisa. Berlin se roba una botella. Subimos al auto, pero no tiene más nafta. El mozo nos toca la ventanilla. Siempre lo mismo ustedes dos. Pagale, me dice Berlin. Si no, te va a surtir. A nosotras ya nos conoce. Le doy un billete al tipo y me siento un imbécil. Sólo me queda uno.

Vamos a casa, dice la tonta.

Caminamos los tres por calles destrozadas sin caernos, como disparates sin sombra. La luz de la mañana es tan brillante que no hay proyecciones de oscuridad. Tomamos del pico y de pronto, Berta echa a correr como embobada. Corre y nosotros atrás, intentando prevenirla. Cruza sin mirar y se salva de camiones y motos. Mete la cabeza en la fuente de una placita destartalada. Nos mira sorprendida por el agua, se moja el vestido. Está más borracha que yo. La agarramos de las axilas y a la rastra llegamos a un edificio sin ascensor.

Berlin no encuentra las llaves y Berta se desmaya en la entrada. Las tiene ella, dice, revisala vos. Abro su cartera. Hay de todo, agito y no suenan. Las tengo encima, dice Berta reanimada. Busco en sus bolsillos y junto a una costilla encuentro el manojo. Subo con ella, besando cada escalón. Berlin abre y yo suelto el paquete sobre la alfombra, agotado. Hay partituras con manchas de grasa en el suelo. Un gato flacucho, que nos ignora, toma agua de una canilla mal cerrada y luego, desaparece.

Las hermanas se desvisten a medias, terminamos los tres en la cama. Dormimos sin tocarnos mientras la ciudad se agita en la ventana, sirenas sin mar ensordecen el dormitorio.

Es de noche otra vez cuando abro los ojos. Berlin está como perdida con un cigarrillo incendiándole los labios. Entre nosotros, una resaca pesada y tuerta. Una resaca madura, acuchillada, sin perfume. Berlin no se deja tocar, pero Berta se lanza hacia ella igual que un toro, y vomita hacia un costado. Su cuerpo baja rodando hasta el charco de vino, como un ojo en una lata, ruidosa y torpe. Es una tarada, dice Berlin. Y la otra ronca de inmediato.

Fumamos pensando en las horas muertas y ellas en nosotros. La noche ha quedado rendida, lamiéndose. Estrellada contra la primera luz del día. Berlin se prende un porro y se come el humo. No le gusta perder el protagonismo ni por un segundo. Me da una pitada humedecida, con su aliento ahí en la punta.

Te gustan las madalenas, me pregunta. Y devoramos un paquete entero. Berta resucita y prepara café a eso de las seis. Se sienta en el suelo a tomarlo, nos mira en contrapicado con el ceño fruncido.

¿Vamos a lo de Otto? Los sábados no abre, le digo. Por eso, me responde.

Nos duchamos los tres al mismo tiempo y de la risa nos queda pegado el champú en lugares raros. Soy tímido, digo. Y yo qué culpa tengo, Berta me frota cada nalga.

Juntemos herramientas y nos vestimos de rojo. Con medias de lycra y bombachas en la cabeza. Que parezca una joda, dice Berlin. Cuanto más nos miren menos nos verán.

El cielo está roto cuando salimos a delinquir. Yo de negro, ellas de rojo. Paramos un taxi en la primera esquina. Pero damos otra dirección, a la vuelta de Otto. Si se quieren enfiestar, cuenten conmigo, dice el peladito que maneja. Ninguno lo registra. Mi petaca es más interesante. Al llegar, el tipo se ofrece a cambio del viaje y preferimos pagarle para que se vaya. Con mi último billete.

Caminamos hasta la casa de empeños. La calle está en silencio, hubo un corte de luz y aun el día no se decide. Ninguna cámara funciona, todo está de adorno en el mundo, dice Berta.

Tocamos el timbre de Otto por si acaso y nada, no viene. Sacamos una llave cualquiera para dejar atravesada en la cerradura. De un golpe, Berlin la quiebra con un trozo de vereda. Por si vuelve, dice. Vos rompé el vidrio de la ventana chiquita, me pide Berta, la que da al sótano. Y me da su cartera. Es tan pesada que lo destroza de un golpe. Todo lo que necesito está ahí, dice ella. Un par de zapatos, la poesía de Bolaño y un discman viejo que no puedo soltar porque tiene adentro un Nino Rota.

Berlin aparta los vidrios y se desliza hacia abajo. Le sobra espacio de lo esmirriada que es. Nos abre desde adentro por la puerta de atrás. Berta camina hacia el estante de las linternas y nos da una. No hay que prender la luz, susurra.

Enseguida veo el abrigo. Mis cosas están todas juntas, con carteles que repiten mi nombre. Me veo periódico en objetos de poco valor. Yo yoyo, entre formas que había olvidado, como el esqueleto de una juguera inmunda que heredé de alguien de la familia. El juego completo de living, los candelabros de mamá. Ese olor intenso que junta la vida de uno. Berlin se prueba un sombrero con pluma que dice Norberto, y Berta unas botas hasta la rodilla, sin nombre. El pasado está lleno de hongos, dice. Nos reímos como niños un poco muertos. Elijo un tapado mejor que el mío, con corderito teñido de azul.

Cuando estoy revisando los cajones del secreter de mi abuela, escuchamos el giro nítido de una llave en el piso de arriba. Me agacho tras la vitrina donde mamá guardaba la platería, ahora llena de polvo, y veo que las hermanas hacen señas de luz con las linternas para marcar el camino hacia la puerta del fondo. Pero los pies de Otto ya están bajando la escalera, a pocos metros de mí. Enciende la luz de golpe y las ve, las corre y ellas, entre risas, tiran un par de secadores de pie que le traban el paso. Putas, grita Otto. Y agarra un sable que hasta ese momento colgaba inofensivo de la pared. Cierra la puerta de un golpe.

Me quedo solo, desconcertado. Dudo. Sin ellas, vuelvo a ser yo: un borrachín en decadencia, sin ideas ni valor. Cuento hasta mil sin decidirme. El sol se mete en los estantes y golpea las vitrinas. Salgo de mi escondite sin quitarme el abrigo de cordero y camino hacia la puerta, pero no abre. Me lleno los bolsillos de cosas de Rubén, Jorge y María Luisa. Luego vuelvo a dejarlos en su lugar, no quiero quedarme con el karma de nadie. Busco algo contundente para enfrentar a Otto y luego contemplo opciones para suicidarme. Encuentro una lata de galletas. Pruebo una y no está mal. Trago varias de un saque. Estoy famélico. La desesperación me lleva hasta la caja registradora. Vacía. Hago círculos con mis pasos, y así encuentro el libro de Bolaño que Berta olvidó en el suelo. Abro al azar. La muerte es un automóvil/con dos o tres amigos lejanos. Me siento a leer.

Ciento sesenta y nueve páginas después, decido acomodarme en el canapé de mamá porque me duele el cuello. Incluso prendo nuestra vieja lámpara, la del cisne cromado. Lleno la petaca con gin del bueno y la guardo en el abrigo. Hacía tiempo que el mundo no me regalaba un momento de armonía.

Cuando Otto regresa, me despabilo. Por suerte, la columna me tapa y no me ve. Sube la escalera en automático con una hermana en cada brazo. En pedo, los tres. Ni siquiera cierran la puerta. Apago la lámpara y me dispongo a salir, pero entonces los escucho cabalgar en el piso de arriba. Berta pide a gritos que le devuelva su trombón y Berlin, reclama cierto clarinete. Otto dice que sí a todo. Más fuerte, pide con la voz de un loco o de un vendedor. Subo despacio y me asomo a un dormitorio lleno de trastos, sólo por curiosidad.

Ahí están los tres, subidos a un potro mecánico que gira. La panza de Otto domina el cuadro. Las hermanas vuelan como cometas rojas sin dirección. Aletean contra las cortinas. Retrocedo en silencio, bajo la escalera.

Huyo con el libro, el abrigo y las galletas. El cielo se abre.