Mis libros

Mis libros

lunes, julio 02, 2018

Nación vacuna, textual




Hembras por la Patria

Se hizo pública la noticia del Proyecto. Y Leopoldo sonríe desde su traje de alpaca. Es tapa en los diarios. La Junta se renueva, tiene ideas de avanzada. Mujeres salvarán al ejército. Una corbeta, la única que quedó en condiciones, se apresta en el Puerto. Las mejores hembras, vacunadas contra todo mal, se preparan para hacer una revolución farmacéutica. Carne nueva. La patria va a levantarse de los escombros. Se anuncia una colecta de agua, remedios, ropa de bebé, leche en polvo, papillas y cunas. La población teje escarpines. Seremos sanos y salvos. Jóvenes, otra vez. Frente al anuncio, contra todo pronóstico, varias jovencitas se lanzan a las calles. Se ofrecen frente a la Casa de Gobierno. Hemos sido excluidas, vociferan. Hay preferencias. Encadenadas, exigen ser tenidas en cuenta. Somos aptas, gritan. No nos dejen afuera.

Planes convoca a reunión urgente. Erizo cierra la puerta. El aire está cargado. Sus axilas apestan. Moriremos aquí si la reunión se prolonga. Planes se planta frente al pizarrón. Toma un marcador y hace un círculo. Escribe: La Junta ha decidido abrir una inscripción pública. Hace una pausa. Nos mira. Se fingirá evaluar a las nuevas, aclara. Las candidaturas se entregarán a primera hora de mañana y, una vez completadas, serán puestas en los buzones de correo. Como no hay tiempo de entrevistas, tras su recolección, se elegirá por sorteo a la afortunada. Teodolina extraerá con los ojos cerrados la solicitud ganadora. Ella interrumpe para agradecer el Honor. Pero Planes la silencia nervioso, exige discreción. Todo sigue como estaba previsto, dice, salvo por la incorporación de la Candidata del Pueblo, la mártir desconocida. La vacunaremos, explica, y la encontraremos apta, más allá de sus condiciones reales. Si no sobrevive, cosa muy probable, será elevada a Ciudadana Ilustre por Decreto. Y enterrada en las M. Punto. Respiro aliviado.

domingo, mayo 13, 2018

Carne de mi carne




"En uno de los años más góticos de la Revolución Industrial, 1818, nace Frankenstein. Su madre, la joven Mary Shelley, lo había gestado con infinito amor, fruto de la cópula con el tiempo y con la muerte. Doscientos años después, Mantis quiere celebrar a esta entrañable criatura, gestar desde esa fantástica incubadora que es la imaginación, una réplica, un hermano monstruo, un ser cuya belleza reside en su heterogeneidad, múltiple, ambiciosa y contradictoria. Carne de mi carne está hecha, en efecto, de los órganos, pieles y tejidos de los que estas trece poderosas escrituras se despojan, no sin dolor, no sin placer, para amasar y suturar al monstruo. Cada una desarrolla una parte de ese cuerpo atormentado: Margo Glantz (la voz), María Fernanda Ampuero (los genitales), Betina González (la columna vertebral), Daniela Tarazona (el ojo izquierdo), Lena Yau (el hígado), Fabiola Morales (el talón), Fernanda García Lao (el corazón), Claudia Hernández (el oído), Katya Adaui (la mano), Rosario Barahona (el hemisferio cerebral derecho), María José Navia (el intestino grueso). Y como la auténtica monstruosidad también es queer, Mantis le pidió al escritor colombiano, Giuseppe Caputo, que le creara un estómago. Completa este escenario de aguas oscuras y mares congelados, María Negroni, con un ensayo, precisamente sobre Frankenstein, que unido al conjunto nos permite metabolizar estos dos inmensos siglos de exilio y pasión.
Es un auténtico honor presentarles a los lectores bolivianos a este hijo transhumano, cuya abyección nos deslumbra y conmueve, siempre".

Visita al penal de La Plata

Algo mío quedó ahí, en la pequeña biblioteca del Ágora que armaron los internos de la U9. Fue un guiño entre nosotros, una trampa contra el encierro: llevé Cómo usar un cuchillo y Fuera de la jaula. Nos reímos juntos del gesto. Ellos preguntaron sobre la escritura y yo llevé un cuaderno, para guardarme sus nombres y comentarios. Pasé diez rejas hasta "el medio libre" como calificó uno de ellos al resto del mundo. No paró de llover. Afuera y adentro.



Programa Mediadores del Conocimiento 2018.

domingo, abril 22, 2018

Escritoras por la legalización del aborto





CARTA COMPLETA
A las diputadas y los diputados de la Nación para pedirles su voto por el proyecto de ley de la Campaña Nacional por el Aborto Legal, Seguro y Gratuito firmada hasta hoy por 249 escritoras argentinas (y se siguen sumando firmas)

Nosotras, escritoras argentinas, escribimos esta Carta Abierta con la esperanza de ser escuchadas. Tal como cada dos años lo hacen ustedes, esta vez nosotras les pedimos su voto. Les pedimos su voto para terminar con la muerte, la cárcel y el silencio.
No estamos a favor del aborto. Estamos a favor de la despenalización del aborto. Y por eso mismo, estamos a favor de la vida. De todas las vidas: también la de aquellas mujeres que arriesgan sus cuerpos en manos de un negocio siniestro y clandestino.

Les pedimos que voten el proyecto de la Campaña Nacional porque estamos convencidas de que el aborto legal -acompañado de políticas públicas de educación, prevención y contención para evitarlo- nos convertirá en una sociedad más justa, más moderna y definitivamente menos hipócrita. Se lo pedimos también para que honren el sistema representativo, que simboliza justamente el derecho a elegir.

Les pedimos su voto, finalmente, porque tenemos fe en la democracia.
Llegó la hora.
Hagan Historia y salden su deuda con las mujeres.

sábado, marzo 10, 2018

EL VACÍO RESONANTE

Dossier especial sobre Clarice Lispector
Tierra Adentro
Mexico, 2018



Clarice Lispector suscita lo mismo entusiasmos y filiaciones que alergias y fastidios. La autora de este texto examina la impronta que ha dejado su obra o la indiferencia que ha merecido a distintos autores latinoamericanos, lo que da cuenta de la incógnita que representa la brasileña.

Por Fernanda García Lao
(Antuñano, Inés. Ilustraciones)



BRASIL, UN ANIMAL DESCONOCIDO DE
8.516 MILLONES DE KILÓMETROS
Aun con escritores de la talla de Joaquim Maria Machado de Assis, Carlos Drummond de Andrade, João Guimarães Rosa, Rubem Fonseca, Hilda Hilst o Nélida Piñón, entre otros, la literatura brasileña se ha proyectado como una sombra extraña dentro del panorama de la literatura latinoamericana contemporánea. Tal vez por el simple hecho de estar escrita en otra lengua, aún hoy la narrativa o la poesía producidas en Brasil demoran en circular, con la naturalidad que debieran, incluso entre sus países limítrofes. Y viceversa.
Autores de ambos lados del idioma permanecen ocultos, a la espera de que algún editor los traslade y complete la topografía inabarcable de nuestro imaginario, tanto en la ficción como en la crónica. Un imaginario que no merece fronteras. João Gilberto Noll y Luiz Ruffato siguen ocupando el lugar de lo nuevo, mientras las nuevas generaciones permanecen ocultas. O filho eterno (2007), la novela más premiada de la última década en Brasil, de Cristóvão Tezza, es desconocida en Argentina, a pesar de haber sido traducida en México. La obra de Paloma Vidal, nacida en Buenos Aires y criada en Brasil desde los dos años, fue publicada recientemente por una editorial porteña y en todas las entrevistas se hacía hincapié en su costado argentino, aunque escriba en portugués.

Que las letras de ese país quedaran fuera del denominado boom latinoamericano parece sintomático. Ese fenómeno editorial y publicitario que puso a Europa a leer modos americanos de narrar lo propio con un lenguaje nuevo, pero que a base de querer devorar el mundo como prodigio mercantil terminó devorado, no incluyó a Brasil más que de soslayo. Por otro lado, pocas latinoamericanas en ambas lenguas suscitaron interés en esos años. Elena Garro, Silvina Ocampo, María Luisa Bombal y Clarice Lispector fueron leídas a medias. Olvidadas en el mismo acto de ser incluidas, exiliadas de lo masivo, y por eso, tal vez, liberadas de las grandes ligas. Demasiado oscuras, inclasificables.

VIAJERA DEL LENGUAJE
Y, sin embargo, Clarice Lispector, esta brasileña nacida en Ucrania de familia judía, pobre primero, distinguida después, mundana, huidiza y desconcertante, es quien ocupa desde hace algunos años nuestras lecturas y conversaciones. Ella, tan fuera del mapa de lo regional, tan periférica, atrae como un centro. Y es traducida, genera contagio. Viaja en otras lenguas desarticulando la idea de lo territorial, de la pertenencia. Hace del lenguaje un desvío tal como su biografía hizo con ella.

“Hacer de mí una palabra”, escribió Lispector. “Sólo podré ser madre de las cosas cuando pueda agarrar una rata con la mano”. Clarice bucea en su bestiario, que incluye lo humano, con la distancia que impone la conciencia. Escribir con palabras anteriores al acto mismo de ser capturada por ellas. “Las palabras me preceden y me superan, me tientan y me modifican, y si no tengo cuidado será demasiado tarde: las cosas serán dichas sin que yo las diga” (“Felicidad clandestina”).

Hay una conciencia poética y filosófica en la fatalidad de su obra en prosa que parece contradecir la candidez de sus crónicas. La cuentista moral, que hace de lo doméstico una fábula, desaparece cuando nos sumergimos en sus textos. Cuando se desvanece la urgencia por reconocer una trama y es leída en su arrebato, logra la altura que produce un pozo visto desde arriba. Un vértigo para sí. ¿Acaso la soledad se hereda?

“Ese esfuerzo que he de hacer ahora para dejar subir a la superficie un sentido, cualquiera que sea, ese esfuerzo se vería facilitado si fingiese escribir para alguien” (La pasión según G.H.).




LA PEQUEÑA MALDAD DE TENER UN CUERPO
(DE MUJER)
Tal vez su belleza, la tragedia de una muerte prematura, el accidente en llamas y el útero enfermo después, la hayan ubicado como un símbolo de lo femenino. Esa palabra incómoda que ella había utilizado para dejar en evidencia los modos de sumisión frente al aburrimiento que padecían muchas mujeres de la época: Bovarys de clase media que contemplaban con pavor su propio extrañamiento.

“Y cuando entrecerró los ojos nublados, todo quedó de carne, al pie de la cama de carne, en la silla el traje de carne que el marido había arrojado, y todo, casi, le producía dolor” (“Devaneos y embriaguez de una muchacha”, en Lazos de familia).

Pero Lispector es una poeta. Y la poesía no sabe de géneros ni de especies. En su escritura, además de hombres y mujeres, los animales, las plantas o el tiempo son confabulaciones por resolver: una gallina puede poner un huevo sólo porque se pone nerviosa (“Una gallina”, Lazos de familia), una muchacha pelirroja y un perro basset, tan pelirrojo y miserable como ella se encuentran en la calle y se atraen sin necesidad de palabras (“Tentación”, La legión extranjera). Un niño frente a una araña muerta inventa “un juego de palabras con nuestra esperanza y el insecto” (“Una esperanza”, Felicidad clandestina) y un día cualquiera se define por su apariencia física como “la piel estirada y lisa de una fruta…” (Agua viva).

En La manzana en lo oscuro asistimos al principio del pensamiento: el hombre nace de su crimen. Un hombre que, como todos, imita la inteligencia y la idea de existir, los actos de bondad o su propia cara, hasta que cierta incomodidad se le revela. A partir de una falta es trasfigurado, recuperado por el lenguaje. “Lo bueno del acto es que nos supera”.

Y, sin embargo, hay quien se resiste a su lectura. Por prejuicio: demasiado bella. Por la desmesura de su imaginación extravagante: excedida, ensimismada en su manera de narrar. Por prescindir del lenguaje descriptivo: tan sensible. “Había pasado por el misterio de querer. Como si le hubiera tomado el pulso a la vida”.

Todos pecados imperdonables.


INFLUENCIA O RECHAZO
Frente a semejante despliegue escritural, nos preguntamos sobre su influencia en la literatura latinoamericana, y encontramos la contradicción, la tensión que provoca. He preferido hacer un recorte y no abarcar toda Latinoamérica, porque, de hecho, tampoco leemos con asiduidad, en el Cono Sur, a los escritores mexicanos o centroamericanos.

Para no hacer adivinación, preferí trasladar la intriga a diversos narradores de Argentina, Uruguay, Perú, Bolivia y Ecuador. Hubo respuestas, esquivas de algunos (hombres y mujeres, escritores y editores), quienes se excusaron por no tener tiempo o no haberla leído en profundidad y de quienes prefiero no revelar más datos. He recibido, sí, diversos comentarios que dan cuenta de la dificultad en el rastreo de una obra tan original como desmarcada.

“A mí me interesa mucho Clarice Lispector —reconoce Patricio Pron (Rosario, Argentina 1975)—, pese a lo cual (me temo) soy incapaz de reconocer su grandeza. Naturalmente, me gusta una parte importante de su trabajo, como La pasión según G.H. y Agua viva (más: también los cuentos), pero a menudo veo en su literatura una especie de invalidez que le impide ser una mejor escritora, alguien menos dependiente de ciertos recursos (el fragmento, la ininteligibilidad, la insinuación) que se repiten demasiado en su obra. Dos problemas añadidos: por una parte, la exaltación de su figura parece corresponderse con el cliché de la escritora demasiado sensible para este mundo que permite a las escritoras ser “toleradas” en una escena principalmente masculina y misógina, pero también las confina a ser un mero soporte de una “sensibilidad” de género. Por otro, cuando la leo, a veces me veo impedido de continuar porque leo, en ella, a sus imitadores. Pero esto no es culpa de Clarice, por supuesto. Aunque tampoco es culpa mía, creo”.


Claudia Salazar Giménez (Perú, 1976), por el contrario, dice: “Reconozco la influencia de su mirada, de su cadencia, de un modo Lispector de afrontar la escritura que vibra en el vacío de la existencia y tiembla al rozar el misterio. Sí”.

Elvio Gandolfo (Mendoza, Argentina, 1947) descubrió a Clarice Lispector hace muchos años, con “El huevo y la gallina”: “Un breve texto aún hoy explosivo, que publicó Rodríguez Monegal en su revista Mundo Nuevo. También tiene algo extremo La pasión según G.H.: una y otra vez uno siente la sorpresa de la exclamación interna: ‘Esto no puede ser’. Y me pareció un logro excepcional, totalmente en otro territorio, La hora de la estrella. Capítulo aparte merecen las recopilaciones de sus crónicas y textos de diarios. En una época se decía que dos garantes anglosajones de los que leíamos y escribíamos eran, por ejemplo, Henry James y Samuel Beckett. Siendo latinoamericanos, es gratificante que al lado de Jorge Luis Borges (el mejor whisky para lectores y escribidores) haya una bella, misteriosa, salvaje donna super móbile”.

Eduardo Varas Carbajal (Guayaquil, Ecuador, 1979) recuerda a una tal Clarice, una heroína de ficción, que en su infancia “cuestionaba y perseguía a Hannibal Lecter. A mis 20 años me cayó del cielo La pasión según G.H. Una novia brasileña me la dio. Te va a volar la cabeza. Clarice se volvió realidad. Recuerdo ese “yo” que entra en cuestionamiento por las acciones realizadas. Esa prosa traducida como música, algo que siempre pensé como sensualidad, como responsabilidad. La leo en todos lados, en cada novela y relato en los que una mujer narra hacia dentro, lo que pasa, lo que sufre y la agobia. No puedo dejar de leer a Ariana Harwicz, por ejemplo, sin pensar en Clarice Lispector. En Mariana Enríquez, en Samanta Schweblin (¿las argentinas han leído mejor a Lispector?)”.

Leila Sucari (Buenos Aires, 1987) recuerda el instante en el que la leyó por primera vez: “Sentí una especie de electricidad en el cuerpo. Agua viva significó un quiebre. Cuando conocí a Clarice Lispector comprendí el instinto de supervivencia que hay detrás de la lengua y volví a sumergirme en ese estado de lectura/locura febril. Nunca más pude soltarla. Cuando me pierdo, juego con ella al oráculo. No sé si es influencia la palabra, pero sí una intimidad apasionada, un guiño a través del tiempo y el espacio. Una epifanía que alimenta la búsqueda de eso que está latiendo y que es imposible de atrapar”.

“No sé si podría hablar de influencia”, reconoce Ramiro San¬chiz (Montevideo, Uruguay, 1978) “Pero sí que mi lectura de La pasión según G.H., allá por 1999, marcó notablemente mi vida de lector y de aspirante a escritor. Me pareció encontrar en ese libro la clave de una atmósfera tensa e inquietante, de una observación extrañada ya no tanto (o no tan sólo) de los objetos o del mundo en general sino del yo, de la conciencia y sus espejismos, como si fuese el equivalente en el paisaje interior del que hablaba J.G. Ballard de los monstruos del espacio exterior escritos por Lovecraft”.

Guillermo Saccomanno (Buenos Aires, Argentina, 1948) dice que cuando piensa en Lispector piensa en sus textos breves: “Esos fragmentos en busca de un resplandor. La pienso en un mismo sincro que René Char y Edmond Jabès, que Simone Weil y Marguerite Duras. Hay una forma en la que se define. “Ahora tengo miedo. Porque voy a decirte algo. Espera que el miedo pase”, dice ella. Y esa forma del decir confesional, entre líneas, es puro contenido. Es decir, poesía, algo infrecuente, subversivo, cuestionador de la superficie de lo cotidiano. Lispector, al confesar, denuncia, va contra Dios, nada menos. ‘Esta es la palabra de quien no puede’, admite. Es verdad que cuando se la menciona se la pone del lado de la literatura femenina, de las sufrientes. Pero con el sufrimiento, está probado, no se escribe. Se escribe con la salud. La arranco del anaquel de sufriente: prefiero el de sobreviviente que sobrevive para contar, como Ismael”.

Giovanna Rivero (Montero, Santa Cruz, Bolivia, 1972) señala que “las influencias de una obra y, en ocasiones, de la imagen de un escritor operan de diversas maneras. La influencia consciente es la que podemos reconocer como la tradición a la que uno desea adscribirse. En ese sentido, mis primeros libros buscaron, bien o mal, conectarse con las matrices de una escritura en la que esa joya oscura que es la extrañeza —lo uncanny— permea y penetra, a modo de consustanciación, esa pequeña vida que uno está contando: los personajes, el ethos, la catarsis y la memoria. Clarice me dio el permiso de hacer de la onomatopeya un brevísimo himno poético. Y está esa otra influencia, la colectiva, la que se instala en el gran subconsciente del mundo y emerge, como sueño de época o como tensión generacional, el rato menos pensado. Lo que quiero decir es que mucha escritura contemporánea bebe, acaso sin saberlo, de la libertad casi surrealista, casi psicótica y hondamente existencial que la poderosa escritura de Lispector ha dejado como impronta en el estado de ánimo de estos tiempos”.

Facundo Abal (Buenos Aires, 1977) en su doble rol de editor y escritor apunta que “enigmática como una esfinge, la imagen de Clarice Lispector se multiplicó en los últimos años en las vidrieras argentinas. No quedó casi material por editar en castellano y hasta tuvo su versión en libro infantil. De ser un objeto de culto, pasó a ser un material masivo, leído a medias y diseccionado en frases simples, resumibles en 140 caracteres. Si bien se cree que la popularidad es un horizonte anhelado por cualquier escritor, en su caso conviene echar las creencias al fuego. Justamente porque ella no era como cualquier escritor. Su estilo dinamitó todas las convenciones de la literatura, hasta volverlas escombros. Ese derrumbe fuerza al mundo literario a empezar todo de nuevo. Definitivamente, Clarice dejó un mundo incómodo para sus herederos. Quien se anime al caos podrá levantar su bandera. El resto, en el mejor de los casos, será bestseller”.

Navegando por la web, encuentro algunas reflexiones de Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975) en torno a Clarice, que tomo prestadas: “Digo lo que tengo que decir, sin literatura, escribe Clarice Lispector en ‘La relación de la cosa’, un cuento bello y muy extraño destinado a investigar la ‘infernal alma tranquila’ de un reloj despertador. No conozco una mejor definición del acto de escribir, al menos no una más precisa, pues realza un hecho, para mí, esencial: que para hacer literatura es necesario no hacer literatura. Los libros dicen que no a la literatura. Algunos. Otros, la mayoría, dicen que sí al mercado, al espíritu santo, a los gobiernos, o a la plácida idea de una generación, o a la aún más plácida idea de una tradición. Yo prefiero los libros que dicen que no. A veces, incluso, prefiero los libros que no saben lo que dicen”.


CAVILACIONES FINALES
Hay escritores que son fáciles de clonar, aunque el imitador desconozca a su fuente. Nadie dice con exactitud de quién es heredero. Un poco por falsa humildad, otro poco para no ser descubiertos. Los escritores solemos enmascarar nuestras herencias, intentando hacer de nuestra pequeña pólvora un asunto íntimo que recién se enciende.

Frente a la pregunta particular en torno a la influencia de Lispector, recibí más disculpas que textos, por lo que intuyo que es su nombre y su imagen lo que más circula, y no tanto su obra.

Como escritora he sido invitada dos veces a La Hora Clarice, un evento que se celebra en Buenos Aires el día de su nacimiento, y debo decir que el público y los creadores convocados eran, arrasadoramente, mujeres. He presenciado debates en que autores misóginos la tildaban de blanda y sobrevalorada.

Cuando se trata de definiciones, los hombres eligen, casi invariablemente, a otro hombre como referencia, frente al que puedan medirse como hijos pródigos. Se inscriben en una tradición que es casi exclusivamente masculina. Percepciones y lecturas se contaminan por una idea sexuada de la escritura.
Heredar de una mujer sigue siendo un acto de vergüenza al que pocos se animan. Si además es latinoamericana, el asunto empeora.
Por eso y entre nos, siendo yo quien soy, a la hora oscura de este domingo desolado, yo te invoco, Clarice.
Desde la desobediencia.


DossierEnsayo
AUTORES
Fernanda García Lao
(Mendoza, Argentina, 1966) es escritora, dramaturga y poeta. Su libro más reciente es la novela Nación vacuna.

Antuñano, Inés (Ilustraciones)
(Ciudad de México, 1982) es maestra en Diseño y Comunicación Visual por la UNAM. Obtuvo mención honorífica en el Catálogo de Ilustradores de la Secretaría de Cultura (2017). Actualmente colabora con la gestión y diseño del espacio cultural Casa Tomada.

domingo, febrero 25, 2018

García Lao: Nación vacuna

Post: García Lao: Nación vacuna
febrero 1, 2018
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Escribe CARLOS M. SOTOMAYOR


¿Celebración efímera? Se acaba de derrotar al enemigo tras un feroz enfrentamiento bélico por la posesión de las M. Sin embargo, la sonrisa inicial se desdibuja. “Hace dos años que tenemos las M pero perdimos la defensa, el control de los cuerpos. El enemigo, antes de su rendición estratégica, emponzoñó en secreto las aguas, derramando hasta la última gota de nuestro combustible” (p.21), señala Jacinto Cifuentes, burócrata y protagonista de Nación vacuna (Emecé, 2017), estupenda novela de la escritora argentina Fernanda García Lao.

La Junta que gobierna el país ha decidido abandonar a los soldados que quedaron varados en las M y que, contaminados y enfermos, van muriendo. El plan: entretener al pueblo con aquella victoria, aunque pírrica. Nación vacuna se plantea, de alguna forma, como una novela ucrónica. Qué hubiera ocurrido si Argentina hubiese ganado la guerra por Las Malvinas frente a Inglaterra.

Resulta interesante porque, a mi manera de ver, la novela nos enfrenta en un plano de lectura con la dictadura argentina, el autoritarismo, el populismo. Y por otro lado, con la soledad del individuo, la búsqueda de poder, las manipulaciones. García Lao apela a la ucronía, a una suerte de travesía al pasado para hablarnos en realidad del presente.

La junta que gobierna, para seguir con la historia, emprende un proyecto, denominado Nación vacuna, que consiste en enviar un grupo de mujeres a las M, para que conciban hijos sanos de los soldados que han quedado atrapados allí. La trama nos aproxima a todos los preparativos del viaja por barco hacia las islas, de la preparación de las mujeres elegidas para la misión. Pero todo visto desde la perspectiva masculina del narrador, Jacinto Cifuentes, para subrayar, creo, la idea de las mujeres como cosas, como trozos de carne. La carne como el cuerpo son presencias intensas y constantes en la novela. Y también, claro, el lenguaje, el diestro manejo del lenguaje. El resultado: una novela estupenda, inquietante, a ratos perturbadora, a ratos poética.





Nación vacuna

Revista Acción
Febrero 2018. Agenda›Libros

Nación vacuna
Fernanda García Lao - Emecé - 200 páginas



Ahora es un funcionario al que le duele la mano de tanto firmar formularios, «manipulando conciencias como papeles», pero el protagonista aturdido de esta novela fue otra cosa antes: hijo de un carnicero, durante años –a cambio de que su padre le pagara los cursos de administración– fue encargado de afilar los cuchillos. Ya liberado de esa «faena macabra», lo encontraremos vegetariano y frente a ese hombre que insiste en regalarle paquetes de carne. Lo ha citado porque le tiene que comunicar que su tío acaba de morir, y lo sabe antes porque trabajaban juntos en el Estado. ¿Pero cuáles son sus funciones y qué tipo de Estado es este? Sabemos que hubo una guerra. Que fue ganada. Hay banderines y miniaturas de torpedos para recordar a los héroes, propaganda oficial. El poder es ejercido por una Junta que se instala en Rawson, bajo una luna anaranjada. La victoria sobre las islas M, sin embargo, no ha sido total. Un agua venenosa avanza hacia el continente, desprendiéndose del territorio que antes era enemigo. Es un vuelto macabro de la batalla. Fernanda García Lao diseña este escenario con fragmentos. No hay una toma panorámica, sino el empalme de dos tormentos picados, como la carne: uno privado, otro público. Así, el lector deberá decodificar este «futuro histórico que ya pasó sin que lo viéramos», según Juan José Becerra. Es uno en el que, por caso, se comen cápsulas de carne y se reclutan mujeres con fines experimentales en el marco de un Proyecto que pocos se atreven a desobedecer. Como en todos sus libros, la de García Lao se revela como una imaginación enardecida. Una que tiene al absurdo por único puente para garantizar la llegada a un destino que siempre es provisorio.

Valeria Tentoni

miércoles, enero 17, 2018

Inmunda

VERANO 12
16 de enero de 2018
Inmunda
Por Fernanda García Lao



El cuento por su autor
Casi no intervine en la escritura de “Inmunda”. Digo, mi parte consciente sabe poco de este objeto. Es mi anomalía la que escribe por mí. Confío en ella. Dice cosas que no tienen moral ni vergüenza. En eso se parece a este momento que nos toca atravesar. No es un cuento nuevo, en el sentido de que ya fue publicado. Es parte de mi libro Cómo usar un cuchillo. No fue escrito pensando en esta coyuntura, se hizo con retazos de observaciones vividas. Cuando llegué de Madrid, hace muchos años, los jubilados eran reprimidos a base de hambre. Y yo fui anotando mis impresiones. No imaginaba que ese asunto se iba a repetir. El horror es recurrente. Había otro presidente absurdo y la clase media era igual de patética. El resto de acontecimientos tiene base real aunque parezcan distorsiones. Ahora lo releo como si no fuera mío. No me gusta pensar que soy dueña de lo que escribo. No creo en ese tipo de propiedad. Son las palabras las que se llaman unas a otras. Yo las dejo. Tampoco sé cuál es el asunto ni me preocupa entenderlo. La poesía y la muerte no tienen explicación. La autoconciencia es una mentira. La única verdad es que la escritura me arrastra fuera de mí. Señala cosas que no veo. Y por eso escribo. Porque lo cotidiano es una anestesia y el mundo carece de sentido.



(foto Ale Meter)

***

El silencio se había hecho de yeso blanco y se paseaba indómito por el jardín y por las flores. Antes de decidir el día, Dios se puso los guantes y se calzó sus preciosos muertos en cada pie hermoso. La virgen cantaba como cada mañana y todos sonreíamos para la foto.

El más simpático de los condenados se precipitó hacia mí y me confesó que me amaba como a un fruto prohibido. Nos abrazamos largo y tendido y tuvimos hijos. Después me alejé de su vida dispuesta a recuperar mi virginidad alegre. Cerré el capítulo del amor y abrí el de los viajes. Fui a conocer el mundo de los inmundos, que también tienen derechos y deberes como cualquier ciudadano decente o religioso. El día me estaba doliendo en los ojos así que me puse a pensar en cosas de miradas sublimes.

Tu cuerpo tendido y vencido de whisky era una cosa importante. Yo me levantaba como si fuéramos vecinos y me iba al baño, donde me esperaba la ducha. El fuego me lavaba las manos y me ponía escarlata para besarte, como en las películas. No llovía ni era invierno. Había sapos. El señor portero se presentaba reclamando las expensas y preguntaba por un tal marido inexistente. Yo sonreía entre los billetes violetas. Era feliz. Pero no tanto.

Tuve que caminar muy poco para ver a los inmundos. Ellos también viajan. Tienen pelo y se comen las uñas con enorme prolijidad. Se parecen mucho a nosotros y lo único que los distingue es su maravillosa mirada de satisfacción. Las mujeres inmundas son civilizadas y huelen a perfume de París. Conversan con soltura y comen sabrosos bizcochos de excremento. El clima es festivo. Los periodistas se cuelgan de las ramas y hacen piruetas. Todos tiramos maní y hacemos declaraciones. Los inmundos ven la tele y gozan de los mismos placeres que el resto de la humanidad. Tienen himno y llevan a sus hijos de las orejas.

Soy una criminal. Por eso estoy tranquila y aclimatada en este rincón de vida. Algunos individuos averiados me miran y aprietan los dientes. Me he acostado con la desgracia, pero no suelo comentarlo. Aquí reina la casualidad. Está de moda hacerse el aturdido. Muchas caras miran la luna de costado.

Lo Inmundo está de fiesta. Hay reunión en el microestadio. Las señoras se afeitaron a la hora del desayuno y ahora ocupan ruidosamente las gradas. Los señores son más naturales, apestan. Las señoritas sin cabeza reparten gaseosa y pan dulce. El ministro se abre paso entre eructos y aplausos de la concurrencia. Sube al podio. Sonríe. Se tira en picado y muere como un héroe inmundo. Todo es algarabía y alajú. Siempre es extremadamente algo en este mundo. Todos se divierten y bailan al compás de sus tripas ennegrecidas. Todos excepto el Candoroso. Él ha sido enviado por el Señor para resaltar la inmundicia ajena.

He conocido al ángel inmundo. Huele a jazmines y se viste con armadura y botonera de plata. Es un ser abnegado. Casto. Objetivo. He querido besarlo, pero él ama suavemente. Sin blasfemias. Es excelso y no bebe champán. Yo, la extranjera, voy a profanarlo. Hoy es un día patrio.

Al viento le pusieron la camiseta y lo sentaron a la mesa. La noche está pesada y sin luna. Se celebra el fin de los tiempos sencillos y todos los hombres se sienten estúpidos otra vez. El sol contrajo matrimonio con la suave soltera de los pelos de oro, pero la crueldad de la vida los besa igual en el cuello. La mayor de las niñas de luto se enjuaga la garganta con un trozo de océano y comienza a gritar. Su voz es maravillosa. Todos recordamos algo sin importancia y entonces el mundo deja de ser inmundo y pasa a ser un fósforo.

Besé al Candoroso y no sentí nada. Él tampoco. Después nos perdimos en un bosque asfaltado. Me gusta mirar a los inmundos. Algunos van con los brazos en la espalda, domésticos como ciruelas. Hoy les enseñaron a doblar manteles de plástico y a pensar usando sólo un riñón. Es magnífico verlos sonreír. Mañana aprenderán a decir gracias y a no mirar a la cámara. Parecer natural es importante. Serlo, no.

Insisto con el inmundo higiénico. Me lleva a su jardín domesticado. Las flores tienen apellido y no están desnudas. Él me incita sobre la hierba. Su pelo se confunde. Hacemos el amor mientras una fila de hormigas arrastra todo tipo de semillas. Me siento inútil. O será él. Le digo basta y no puede creerme.

Ha muerto su padre esta mañana. Se atragantó con una almendra. Habrá que abrir el cementerio otra vez. Hay tres llantos, los de sus amigos incondicionales: su perro, sus gafas de ver de lejos y su dentadura postiza. El resto del mundo no se dio cuenta. Sigue ocupado en perder el tiempo y en intentar llegar al orgasmo para tener tema de conversación. Pobre inmundo de mierda, fue un ser anodino como los demás, pagó sus impuestos, envidió el pene de su primo y ahora se encuentra a tres metros bajo tierra.

La naturaleza es sabia, a veces.

El Candoroso no llora. Parece no saber. Yo ni me molesto. La inmundicia crece por mi cuerpo como una hiedra salvaje. De pronto, nos miramos. Él y yo. Dos egoístas frente a frente. Dos figuritas de porcelana que no tienen nada que decirse. Fuimos casi amantes y ahora somos una sonrisa estúpida. Ahora me dice cómo estás. Llueve nervioso entre nosotros y ya no me importa. El cadáver de su padre empieza a llenarse de lodo.

Caminamos en silencio hacia el ágape mortuorio. Y pude estar con ellos sin que notaran mi desprecio. Comer en su mesa. Probar sus ciruelas y ser feliz. Ya dudo de mi inteligencia: sueño sus sueños y pongo cara de imbécil, para ser igual. Lo consigo sin mucho esfuerzo y soy tan convincente que ya me veo sobre la masa inmunda fumando mi cigarrillo. Pero no. Sospechan de mí. Así que vuelvo al paraíso de mi simpática rutina lexicológica.

Me dejan a solas con un tonto de calcetines de lana. Me invita a ver cómo matan a los jubilados en la tele. Caen víctimas de una vacuna gripal. Les inyectan una bacteria con cerebro. El tonto aplaude y yo me conmuevo. Ahora la muerte está mintiendo. Ha jurado que no es vieja, que tiene sólo treinta y cinco. Todos los inmundos tienen que reír al compás del presidente que dice ¡mentira! mientras se les caen los mocos de un verde tropical. La muerte va a ser acribillada a balazos. Al presidente no le gusta que sea tan popular.

El Candoroso me confirma que lo nuestro es imposible. Pero no me importa. Ya encontré otro joven maravilloso. El tonto besa bien. ¿Me estaré contagiando? ¿Seré casi una inmunda? Mi amante dice que no, que soy estupenda. Pero, cómo voy a considerar el criterio de un imbécil. Creo que he perdido la perspectiva.

Esta vida de colores fuertes se me enreda en la nuca. Veo hombres saltando en la charca. Enormes barrigas balanceándose sin sentido. Yo salto, corro y papo moscas, pero soy una rana falsa. No. No nací para esto. Fue divertido eructarle a la luna un tiempo. Ahora quisiera recuperar el conocimiento, ponerme el viejo abrigo de mi padre y remontar el peligroso río de la razón. Dos tremendas ranas custodian las puertas de este mundo y saben que quiero escapar. Una lengua fétida acaba de rozarme.

Mis deseos mueren para resistir la vulgaridad de este mundo. Mi ex amante pasea entre otros fideos con manteca como él. El muy tonto no me llama.

Hago las valijas sin decir nada. Llego a una piedra chata con mal olor donde espero la llegada del besugo. Una lancha que te aleja de la locura por un rato y te introduce en otra. Irse del todo es imposible. Acaban de cerrarse las puertas. Me río y salen pájaros o soles plateados de mi boca. Soy libre. Aunque esté en el estómago de un pez. Pierdo la noción del tiempo. Paso momentos de incertidumbre y recuerdo las tostadas con aceite de mi madre. Sola, dentro de un desconocido, me alejo.

Salgo del besugo a las 7:15. Un reloj de plástico me devuelve la lucidez. Hay un árbol. El cielo es verde y la tierra también. Resulta muy difícil mantener la compostura. El besugo se fue. Son las 8:36. Nunca pensé en una libertad tan verde y sincronizada. Esto es terrible.

Ha habido un cambio. He destrozado el reloj. Estoy más animada. No hay resto de cadáveres ni tumba alguna. Me siento bajo el árbol. Soy un poco Eva y un poco Newton. Participo de un cansancio neutro. Proyectan imágenes sobre mi cuerpo para que no haga sombra.

Pasan las horas como buitres ridículos. Buitres de acero inoxidable con seis meses de garantía. No merece la pena seguir evitando la carroña. Todos tenemos hambre y asaltamos las ideas con desprolijo desprecio. Ya no queda un sólo niño.

Lo vacío no es tan malo. Hoy es el día más feliz desde que llegué. Creo que mi mente ha evolucionado, soy etérea. Esto es ideal para descansar y conocerse a uno mismo. Soy una basura.

Escucho un sonido pero no voy a alegrarme. Tal vez sea testigo de una catástrofe. Este zumbido áspero es el único acontecimiento en días. Voy a subirme al árbol. No quiero morir a la intemperie. Yo fui verde, aprendí y fui sincera. No ayudó.

El besugo regresa y vuelvo con el eclipse. El último del siglo. Abandono el pez con los pies dormidos y deposito un poco de mi cuerpo sobre la antigua cama, ahora tan poco silenciosa. El mundo entra por la ventana pintado como una puta, gritando y sacándome la lengua. Su baba impregna la casita donde pasaré mis días de naturaleza muerta. No soy una buena vecina. No saludo al portero. En el edificio de enfrente ha crecido un enorme pezón. Tal vez sea una señal.

El pezón corresponde a una campaña publicitaria. Los inmundos son así. Les gusta llamar la atención. He decidido dejar de dormir. Creo que no es valiente de mi parte. Debo afrontar la realidad y casarme con el primer inmundo que me lo pida. Sale el sol y no es metáfora. La vida es ruin. He perdido todo. Lo inmundo me subyuga. Tal vez deba formar un hogar como en la tele. Los especialistas en construir vidas y en dar consejos dicen que voy por buen camino.

Soy una privilegiada. Ya no tendré que casarme: Todos los hombres me esquivan. Me voy a insultar a la luna. Compraré flores para enterrar mi dignidad y escribiré una breve elegía inservible. No soy tan fría como algunos imbéciles suponen.

Dejo mi cabeza abierta sobre la mesa porque me pesa este cerebro perfumado. La prensa pide permiso para asesinarme por un rato y yo los dejo. Soy un habitante del mundo sano y voy a demostrar que mi vida no ha sido silvestre. He aprendido mucho, por eso declaro:

1. Puedo besar sin boca

2. Puedo

3. Soy pura.

Nadie me cree.

Escribo y me siento importante porque no tengo absolutamente nada que decir. He conseguido ser un pan de centeno, como la mayoría de los intelectuales. Es más sano que el trigo. Me miro al espejo y sólo veo el campo y las manos del panadero que me dieron forma. Este cuerpo es una bendición. Voy a desmigajarme para cerrar el círculo. Visitaré a mis enemigas momentáneas. Las hormigas me asedian. Quiero hacerme pedazos y trasladarme a su agujero. Hoy sería capaz de sacrificarme para verles la sonrisa.

He terminado mi elegía. Ya puedo abandonar el cuerpo. Te propongo vivir dentro de un vaso. Protestar metido en una minúscula copita de jerez mientras la gorda amasa pálidas roscas. Ser ladrido y ser diablo, mientras un lánguido aprieta el gatillo. Te propongo ser ingrato y nacer de noche. Este aullido serás; y te llamarás persona.

lunes, diciembre 11, 2017

"Es difícil imaginar una ficción argentina que no sea violenta"

Edición 2147 Nación Vacuna Fernanda García Lao
TIEMPO ARGENTINO

En Nación vacuna, traza la historia de una Argentina que ganó la Guerra de Malvinas, es gobernada por una junta civil y trasladó su capital a Rawson.




Por Mónica López Ocón


“Hace dos años que tenemos las M pero perdimos la defensa, el control de los cuerpos. El enemigo, antes de su rendición estratégica, emponzoñó en secreto las aguas, derramando hasta la última gota de nuestro combustible”, cuenta Jacinto Cifuentes, narrador y protagonista de Nación Vacuna (Emecé), la última novela de Fernanda García Lao. Gobierna el país una junta civil integrada por un ginecólogo, un ingeniero y un comisario. El festejo de los militares en las islas fue efímero porque muy pronto el veneno de los enemigos causó estragos y minó sus cuerpos. Mientras tanto, en el continente, la capital se ha trasladado a la ciudad de Rawson y se lleva a cabo el Proyecto Vacuna de selección de mujeres. La ganadora y las dos finalistas serán enviadas a las islas para cumplir con el patriótico destino de ser embarazadas por los militares que quedaron allí para que nazcan en ese territorio hijos sanos: “Gracias a las hembras reconquistaremos el mito de nuestro más preciado pedazo de tierra”. Jacinto, antes encargado de afilar los cuchillos de su padre carnicero y familiarizado con la muerte y el hedor de la sangre, es ahora un funcionario, un burócrata encargado del registro de algunas instancias de ese proyecto delirante.

En esta oscura trama pesadillesca, en que la incertidumbre es la única certeza, el presente, convertido en historia delirante, parece anticipar otro presente igualmente absurdo más allá de las páginas, como si la literatura fuera también profecía.

-Aunque tus textos siempre son muy “carnales”, es imposible leer Nación Vacuna sin pensar en un texto fundacional de la literatura argentina como El matadero. ¿Eso fue consciente?

-Obviamente que fui consciente de que estaba trabajando en un terreno que ya había sido escrito con anterioridad, más allá de si El matadero es un texto fundacional o no, cosa que está en discusión. Pero sí creo que hay una organización de la violencia en el relato, que hay una decisión de ir de frente, de no esquivarla sino de ir hacia el cuchillo. En esta novela el asunto íntimo se sale del cuerpo, se sale de la casa, se sale de la carnicería a partir de ese Rawson absolutamente ficcional porque no conozco Rawson.

-El texto es tan visual que iba a preguntarte si conocías bien esa ciudad.

-Es un Rawson visto con el Google Earth cómodamente desde mi casa (risas). Es una herramienta muy literaria porque te permite un recorrido a vuelo de pájaro y, al mismo tiempo, podés ir recorriendo el lugar casi como si fueras caminando la palabra. Eso me fue muy útil porque para mí de lo que se trata en la escritura, sobre todo, es de encontrar verosimilitud aunque sea en el disparate. Yo no quería hablar del Rawson real, sino del imaginado, así como Jacinto es una voz imaginada. Todo el terreno es ficcional y se emparenta mucho con lo que yo siempre sentí por Argentina debido al hecho de haberme ido de aquí de chica y de verla de lejos. No tenía entonces la herramienta de Google para mirar, no tenía la tecnología de hoy, por lo que estaba irremediablemente afuera. Me llegaban los ecos y con ellos y los tangos que escuchaba mi viejo con otros exiliados, me construí una Argentina falsa, a medida, que luego no se condijo con lo que encontré.

-¿A qué edad te fuiste del país?

-Cumplí los diez años en el avión. El corte fue abrupto, absoluto, y me ha constituido como persona y creo que también como escritora, porque no puedo escribir de forma lineal. Soy una amante de la elipsis hasta extremos insospechados y por eso la novela se construyó en fragmentos. También pensaba mucho en los cortes con los que arranca la novela que me cifraron un poco el cuerpo del texto: lomo, cuadril, carnaza…

-Sí, la vaca es un territorio que tiene incluso su propio mapa, el mapa de los cortes.

-Tuve ese mapa presente todo el tiempo. En esta novela se terminaron de constituir cosas que estuve trabajando en los textos anteriores con la idea de que cada objeto escrito es un cuerpo al que yo le busco la cabeza, el motor, la estructura. Pienso cada objeto de escritura como un cuerpo, no como una cosa inanimada. Lo pienso con un corazón, con extremidades e imagino cómo se mueve y cómo respira. Eso me suele organizar mucho a la hora de escribir. Detesto eso de pensar la arquitectura de la novela, me parece algo demasiado pragmático. Me gusta que la casa huela, que respire y que se mueva, que vaya avanzando. Creo que uno debe aprender de la novela que está escribiendo porque todo lo que sabe no sirve y, por suerte, es inaplicable. Confío más en la pulsión de la escritura que en la planificación.

-La voz que habla es masculina. ¿Por qué tomaste esta decisión?

-Me interesaba no asumir ninguna voz femenina en esta novela, sino que las mujeres fueran “lo otro” como una forma de patear el tablero de lo masculino en la literatura. Si en un principio tuvimos la necesidad de asumir la voz femenina para contar desde un lugar incorrecto, no desde un lugar rosa, ni de la intimidad, ni la domesticidad, ni de la maternidad, ni de todo lo que termine en “ad” (risas), me parece que no hay que quedarse en eso.

-Además, las mujeres en tu novela son las que deben practicar el coito patriótico.

-Sí, son las mujeres las que entregan su útero a la patria porque tradicionalmente se les ha pedido la vida a los hombres para defenderla. Cuando fue la Guerra de Malvinas yo vivía en España pero me enteré en París porque me había ido de viaje de intercambio con la escuela. Lo de hacer una colecta y todo eso me pareció que estaba cerca del absurdo más absoluto, de lo absurdo como tragedia porque en vez de poner recursos aquí siempre se echa mano de la caridad y del impacto emocional porque el Estado nunca asume lo que debe. Cómo iban a asumir entonces esa caterva de delincuentes los gastos de una guerra que no tenía pies ni cabeza. La gente, de todos modos, compró lo de la guerra.

-La novela parece aludir no sólo a Malvinas, sino a la situación política actual, aunque hayas comenzado a escribirla mucho antes.

-Lo que sucede es que es difícil imaginar una ficción argentina que no sea violenta, en la que no se planteen situaciones ridículas, donde no haya injusticias y tergiversación de los hechos, donde no haya cuerpos pervertidos por el poder. Creo que cada país tiene sus pecados y utilizo esa palabra aunque no soy católica porque ya también es de los ateos. Pero aquí hay un empecinamiento con los cuerpos, hay siempre un abuso del cuerpo del otro. La fundación de Buenos Aires ya nos ubica en el terreno del terror, del canibalismo. Cuando regresé a Buenos Aires, fui a visitar la Catedral y las guías me explicaron que allí estaba enterrado San Martín con la cabeza 45 grados más baja que el cuerpo, no se sabe si por masón o porque el lugar había quedado chico. A esto se suma el cuerpo de Eva como botín, las manos cortadas de Perón, la fantasía de que el cajón de Néstor estaba vacío, los desaparecidos, Santiago Maldonado, el submarino… siempre hay un cuerpo que falta, un cuerpo entregado a las perversiones del poder. Es el poder el que festeja la muerte en el cuerpo social de los argentinos con un rito muy primitivo. Por eso, aunque no planifiqué la novela, creo que estaba condenada a escribirla. Este es un país muy carnívoro en todos los sentidos, los chivitos son cocinados en cruz, se pone toda la carne al asador y aunque hay kilómetros y kilómetros de costa, nadie come pescado. Se festeja comiendo un animal recién faenado.

-No es una novela realista, no es una novela histórica, pero, sin embargo, habla de nuestra historia.

-Es que así como se dice que existe un inconsciente colectivo, debe haber un fantasma colectivo que nos ha formulado el imaginario desde ese lugar. Eso hace que esta novela resuene porque podría ser una pesadilla tuya, mía o de cualquier argentino. En ella, como sucede hoy en el país, se logra que la foto o la declaración anulen el hecho. Vivimos en estado de simulacro. Esperamos una felicidad que no llega, como si esperáramos a Godot enterrados en el lodo y eso jamás se admite ni se modifica el rumbo

-La novela es terrible, sanguinolenta, pero también tiene sentido del humor porque lo que se cuenta es realista pero no tanto.

-Creo que es un realismo adulterado porque las situaciones son absurdas pero probables. De hecho, uno vive situaciones absurdas todo el tiempo y nadie las discute. Existe la pretensión de que la realidad trasladada a la literatura tiene que ser muy reconocible o previsible. Eso me parece espantoso porque la naturalidad de la realidad es impostada, todos hacemos como que somos lo que no somos porque, en realidad, nadie espera ver lo que uno es. Te preguntan “qué tal”, nadie espera que cuentes lo que sucede. Cuando volví al país, por mi acento me preguntaban de qué parte de España era. La primera etapa de mi regreso fue la de una fabuladora absoluta porque a cada uno le contaba una historia distinta hasta que me di cuenta de que ninguna historia que inventara sería más interesante que la verdad. Cuando uno dice la verdad desconcierta mucho porque la gente no está preparada para ejercer la libertad de la palabra y de la escucha. La previsibilidad y el formato se trasladan a la literatura que debería estar liberada de todos esos prejuicios, de todos esos adornos y de todas esas falsedades. Si hay algo contra lo que laburo, es contra el sentido común. Ésa es mi cruzada (risas).

-Sólo hay dos momentos de ternura en la novela: cuando Jacinto entierra a su gata y cuando entierra a la chinchilla.

-Creo que la pureza es un reducto animal, nosotros ya la hemos perdido. Cualquiera que viva cerca de un animal lo puede comprobar con sólo mirarlo a los ojos. Para mí es un estado de divinidad. Pero no se puede ser puro y pensar, tener conciencia. Dostoievski decía que la conciencia es una enfermedad. Es una frase a la que adhiero. «

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lunes, diciembre 04, 2017

Mis actividades en la Feria Ricardo Palma.
Lima, PERU



Viernes 8 de diciembre, 19:00-19:45
Auditorio: Antonio Cisneros
Actividad: “Escrituras del miedo: el horror y lo sobrenatural en la literatura”.
Participan: Fernanda García Lao y José Güich.

Sábado 09 de diciembre 18:00-18:45
Auditorio: Antonio Cisneros
“Ecos de la narrativa hispanoamericana: visibilización de las mujeres escritoras”.
Participan: Christiane Félip Vidal (Perú), Fernanda García Lao (Argentina), Gloria Susana Esquivel (Colombia). Modera: Carlos Sotomayor.

miércoles, noviembre 29, 2017

Escritores internacionales que participan en la Feria Ricardo Palma


Diario La República
Perú



Para esta edición, la Feria del Libro Ricardo Palma se ha compuesto de diversas actividades, entre los que destacan las presentaciones de libros, talleres y mesas redondas. Además de la presencia de escritores reconocidos a nivel internacional. En esta lista podremos conocer algunos de los que participan en esta importante feria.

Fernanda García Lao


Es escritora, dramaturga y poeta. Fue seleccionada por la Feria Internacional de Libro de Guadalajara 2011 como uno de “los secretos mejor guardados de la literatura latinoamericana”. Publicó las novelas Muerta de hambre (Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes), La perfecta otra cosa, La piel dura, Vagabundas, Fuera de la jaula y Nación Vacuna, así como el libro de cuentos Cómo usar un cuchillo. En 2015, publicó Amor invertido, en coautoría con Guillermo Saccomanno. Como poeta editó Carnívora, en 2016 y Dolorosa, en 2017. Ha colaborado en distintas publicaciones a ambos lados del océano (Babelia, Revista Quimera, Letras Libres, El Buensalvaje, Página/12, Revista Ñ).

Pablo de Santis


Escritor, periodista y guionista argentino. Fue distinguido con el Premio Planeta – Casa América por su novela El enigma de París (2007). También ha recibido el Premio de novela de la Academia Argentina de las Letras 2008 y el Premio Nacional de Cultura 2012. Su álbum de historietas El hipnotizador (con dibujos de Juan Sáenz Valiente) ha dado origen a la serie homónima (HBO, 2015) y su novela El inventor de juegos llegó al cine en 2014, dirigida por Juan Pablo Buscarini.

Ricardo Palma


Escritor, dramaturgo y director teatral. Como dramaturgo y director es el cofundador, junto a Nona Fernández, de la compañía La Pieza Oscura, con la que ha estrenado una decena de obras, entre las que destacan Grita (2004), Todas las fiestas del mañana (2008) y Noche Mapuche (2017), de su propia autoría y El taller y Liceo de niñas, de Nona Fernández. Ha publicado los volúmenes de cuentos Mujer desnuda fumando en la ventana (1999) y La educación (Tajamar, 2012, Premio Consejo Nacional del Libro y la Lectura) y las novelas Fotos de Laura (2012, Premio Revista de Libros del diario El Mercurio), La Patria (Tajamar, 2012) Lacra (2013, Premio Consejo Nacional del Libro y la Lectura) y Pascua.

Gloria Susana Esquivel


Escritora, periodista, traductora y poeta colombiana. Ha colaborado en medios colombianos como Revista Arcadia, SoHo, Bienestar, Bakánica, FUCSIA y Diners, y para medios internacionales como Revista Viernes en Chile. Sus poemas han sido publicados en la Revista de Poesía de la UNAM, la revista Palabras Errantes y la revista Matera. Ha colaborado con el artista Daniel Salamanca en proyectos que conjugan poesía, narrativa y artes plásticas. Realizó un Máster en Escritura Creativa en la Universidad de Nueva York (NYU). Es profesora del Diplomado de Escritura Creativa del Instituto Caro y Cuervo. Ha publicado el poemario El lado salvaje y la novela Animales del fin del mundo.


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jueves, noviembre 09, 2017

La gran simulación de la carne

La editorial "emecé" acaba de distribuir la novela de Fernanda García Lao "Nación Vacuna", una ficción retrofuturista que transcurre en una posguerra, con un matadero como zona medular y una gran confabulación del Estado que termina en fracaso.

Por José Luis Cutello
@gacetamercantil




Aquello que la crítica literaria ha bautizado como “narrativa postapocalíptica” es, en verdad, una variante de la novela de terror que trabaja con hipótesis improbables: “Si hubiese pasado esto (y no lo que sabemos pasó) la situación podría ser de tal o cual forma (y no como es)”. Su enorme atractivo radica, justamente, en el hecho lúdico de la simulación: “hagamos como si fuera (aunque sepamos que no es)”. Este ejercicio de imaginación permite que el lector reconstruya a su antojo puntos de vista de la historia y que el escritor ensanche las posibilidades de hacer literatura con sus pesadillas o sus deseos lunáticos… Si bien está documentado en la historia de la literatura desde al menos “La mil noches y una noche”, fue Philip K. Dick quien llevó a la cumbre este subgénero en el siglo XX con “El hombre en el castillo”.

Los relatos postapocalípticos tienen una tipología común: se desarrollan a partir de una amplia variedad de desastres naturales (deshielo de los polos, congelamiento del planeta, epidemias, etc.), de desastres provocados por un agente maligno que modifica el ambiente (los experimentos que “se escapan” de un laboratorio son un clásico) o de desastres históricos (la victoria de la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo). Siempre se sitúan, como su denominación lo indica, cuando la sociedad está en plena reconstrucción y muestran una tensión entre la angustia por el mundo perdido y la esperanza de un mundo mejor. Esa fisura temporal, el antes y el después de la catástrofe, los convierte en ucronías, construcciones alternativas de la realidad. El subgénero requiere además un enfoque acotado: no se cuenta el naufragio de la humanidad entera, sino de un protagonista o de un grupo de protagonistas. Por eso, es habitual que se narre lo que un personaje cree que ocurre y no lo que ocurre.

“Nación Vacuna”, la última novela de Fernanda García Lao, comparte varios tópicos vinculados al relato postapocalíptico, pero al mismo tiempo se desmarca de las reglas del género y transita caminos que la hacen diferente, podríamos decir única. En principio, se mueve desde una hipótesis ucrónica muy fuerte para los argentinos: ¿Qué pasaría si hubiéramos ganado la Guerra por las Malvinas? La historia comienza dos años después de la victoria, una victoria que, comprendemos a través de una narración fragmentada, resulta parcial y pírrica: hay una “rendición estratégica del enemigo”, en la cual esos “falsos caballeros” (tácitos británicos) arriaron sus banderas y partieron del lugar, no sin antes emponzoñar las aguas y generar una población de muertos vivos entre las tropas nacionales que van mermando poco a poco al otro lado de las aguas, precisamente “en las M”.

La alienación cotidiana de la postguerra y ese final traumático (“La maldición de las M”, del que temen contagiarse) provocan que la población del continente, cuya nuevo centro neurálgico es Rawson, la ciudad de los “privilegiados”, decida “jibarizar el tema” con tanto énfasis que “nadie recuerda a qué se refiere la M, exactamente”. Entonces, el texto empieza a imbricarse en las antítesis del relato estatal: las M son recuperadas y al mismo tiempo perdidas debido a la peste; los héroes militares de la reparación histórica son los “envenenados de la M” que viven el “destierro oceánico”. En paralelo, se menciona a Buenos Aires como una ciudad desahuciada, una especie de zona psiquiátrica y corrompida: “Los vicios a Buenos Aires”.

En medio de las referidas contradicciones del poder (algunas de las cuales rozan el absurdo kafkiano o la paranoia del “Gran hermano” de Orwell), el gobierno surgido de la reconquista, una singular “Junta” civil compuesta por un ginecólogo, un ingeniero y un comisario, trama un monstruoso plan basado en otra bandera irredenta de la argentinidad: la carne. Esencialmente la carne vacuna, aunque también la otra “carne” que nos enorgullece: la de las mujeres patrias, a la manera de la película homónima de Isabel Sarli. Es que el régimen se monta sobre una hipótesis improbable: ¿Qué pasaría si inmunizamos a prostitutas con una vacuna contra la peste y hacemos que se apareen con los “apestados” para que nazcan un bebé nacional sano nada menos que en las M? ¡La victoria definitiva sobre el enemigo!

Esta idea demencial desemboca en una cultura de la prostitución: las mujeres son observadas como simples objetos de deseo, “carne” de un singular proceso de clasificación que culminará con el envío de las seleccionadas “a las M”. Las vacas, las vacunas y el “Nación Vacuna”, barco que hará la travesía, forman parte de un preciso trabajo lingüístico de García Lao que denuncia violencia social sobre lo femenino, sobre el erotismo y sobre la alimentación (o sobre los animales con que nos alimentamos), aunque paradójicamente esa violencia quede envuelta en una prosa poética que la hace más desconcertante.

No parece casual entonces que la narración quede enfocada en un personaje a priori menor en la historia: Jacinto Cifuentes, hijo vegetariano (“Alguien tiene que compensar tanta barbarie”) de un carnicero que goza de la sangre vacuna; hermano desganado de uno de los miembros de la Junta de Gobierno; amante desdichado de mujeres marginales; hijo de una psiquiátra con la que mantiene fabulosos problemas de comunicación… En resumen, un típico burócrata medio idiota que rechaza el contacto social y el “Manual del buen ciudadano”; que se considera falso, insulso, inadaptado; que sabe que desde su cargo “manipula conciencias” y que tiene una visión negativa de la cosas, siempre en contraposición con el optimismo oficial, por lo cual se lo acusa de “no distinguir el bien del mal”. Sin embargo, es él quien nos anticipa desde su pesimismo que “el Estado es efímero. Nace y ya está fracasando”. La sabiduría que en ocasiones exhibe (“la coherencia ha perdido sentido”) y el descubrimiento de un intrincado secreto familiar llevan a Jacinto a entender la simulación orquestada por su hermano poderoso y bastardo, y a intentar fugarse de la misión que le encomiendan. El personaje “menor”, que no sabe si coger o suicidarse, deviene en un “outsider” lúcido, a tal pundo que advierte que una gata era “el último vestigio de bondad que quedaba vivo”.

El intento de ensamblar prostitución y patriotismo en un programa del Estado, los cuerpos de mujeres que circulan como ganado, la cápsulas de carne (¿vacuna?, se cree; ¿humana?, se sugiere) que supuestamente alimentarán a los “apestados” y otras peculiaridades del texto son segmentos de un esquema narrativo muy bien armado que juega con desplazamientos de sentido y hace brotar personajes extravagantes en el intercambio de vivencias, olores y sexo (no dejen de detenerse en Erizo y sus axilas). Otra de las características notables de la novela es que da cuenta de sí misma: genera su propia lectura y su teoría de la catástrofe conduciendo al lector con información dosificada que puede ser leída a partir del segundo capítulo: la supuesta victoria en la guerra por las M queda encuadrada por una frase que dejan inscripta los supuestos perdedores: “Incerto exitu victoriae”, es decir “siendo dudoso el resultado de la victoria”.

Esa incertidumbre, que sólo se corroborará en la escena final de la novela, pone de manifiesto que la recuperación de las M y el plan estatal son las hipótesis imposibles de una novela con características posapocalíptica que retacea información en todo momento, que elude puntos de apoyo geotemporales y que despliega su argumento sin diálogos directos ni demasiadas explicaciones. “Nación Vacuna”, publicada por “Emece”, tiene una trama fuera de tiempo, intensamente masculina y, como resumen, podríamos apuntar que se desarrolla en un matadero retrofuturista, un lugar donde no existe la esperanza de mundo mejor y donde la muerte “iguala en idiotez”. Un mundo kafkiano, en todo sentido.

Para leer en LA Gaceta Mercantil, click en el título.


Cómo usar un cuchillo, reeditado



Ya en librerías de Argentina.

jueves, noviembre 02, 2017

La cruz y la carne

RADAR LIBROS
PAGINA12
Por Luciana de Mello

En los últimos libros de Fernanda García Lao, la novela Nación Vacuna (Emecé) y el poemario Dolorosa (Edulp) convergen en una mirada sobre el futuro y la memoria de la Argentina y un uso teatral y lingüístico sobre el imaginario del cristianismo. Dos zonas aparentemente diferenciadas que, sin embargo, encuentran lazos y continuidades en la obra de la escritora argentina que vivió casi veinte años en España. En esta entrevista García Lao habla acerca de los diferentes lenguajes y símbolos que habitan en su trabajo literario, que cada vez más llama la atención de la crítica.



En un tiempo incierto, la Argentina ha resultado vencedora en la guerra de Malvinas, los locos se quedaron a vivir en Buenos Aires y la capital del país se trasladó a Rawson. Un funcionario gris transcribe documentos y llena formularios mientras narra el presente desquiciado de una nación que se pierde a sí misma mientras construye el relato de su victoria. El proyecto al que se aboca el cuerpo entero de la burocracia estatal depende de la elección de la mejor carne: hembras vacunadas y bien dispuestas al sexo furtivo como ofrenda de salvación y descendencia para un puñado de héroes apestados que quedaron varados en las islas del lejano sur. Nación vacuna es una novela cien por ciento argentina porque las formas de la estafa se multiplican desde un discurso quebrado y vacío de sentido, que sin embargo sirve para eslabonar los cuerpos y las conciencias de una sociedad que sobrevive de digerir con fervor sus propias mentiras. Este año, Fernanda García Lao también publicó Dolorosa, su segundo poemario en el que el imaginario simbólico del cristianismo es puesto también en el lugar del fraude: la soledad de lo humano ante las imágenes de un dios creado para evitar mirarse en su bestialidad más pura.

En estas dos escrituras convergentes de Fernanda García Lao hay un diálogo con las ramificaciones de ese plexo que es el exilio. Ese primer destierro que marcatodos los demás, es de alguna manera el vaso litúrgico y sanguíneo que recorre y se derrama en una obra en la que se van recreando los distintos exilios: el de la fe, el del cuerpo, el de la patria, el exilio que representa esa extensión enorme que es el cuerpo del padre, despedido para siempre en otra tierra. En Nación Vacuna, como en Dolorosa, no hay fe ni tierra a la que se pueda terminar de volver. La vuelta, en todo caso, es siempre una mentira. Y por eso el protagonista como el yo poético se preguntan por el sentido de esa palabra. En la escritura de Lao subyace la pregunta ¿Qué de todo lo perdido se puede recuperar? ¿El amor de los padres? ¿La perplejidad ante el lenguaje? El deseo nítido, la pureza o la certeza de que no somos mejores que las bestias?

Tanto en Nación vacuna como en Dolorosa, el cuerpo y la palabra compiten en protagonismo. Esta es una novela de angustia existencial, del no saber para qué. ¿Es por eso que el narrador se aferra a la palabras buscando su sentido en el diccionario etimológico?

–En toda la novela está el fantasma de mi padre. Ese diccionario me remite a él. Cuando le preguntábamos por alguna palabra él te desnudaba la raíz y te decía: y a usted qué le parece que quiere decir? Nunca te lo daba servido, y esa herencia fue fundamental a la hora de pensar el lenguaje. Además yo soy muy fanática del diccionario etimológico. Lo tengo lleno de hojas secas, que es como naturaleza muerta, como revitalizar eso que está ahí. Las palabras para mí tienen cuerpo y hay que agitarlas para que se pongan en funcionamiento. Además Jacinto es un funcionario administrativo que se dedica a pasar a máquina, también hay algo ahí de mi propia experiencia con la máquina de escribir de mi viejo. Eso de tocar un instrumento del que salen letras en vez de música. Fue lo primero que en el exilio viajó con nosotros en el avión. Lo demás vino en barco. Yo la usé luego, una lexicon 80. Me acuerdo que cuando era muy chica se me metían los dedos entre los vacíos de las teclas y sangraba y me parecía que eso era muy trágico y que estaba muy bien.

¿Cómo fue la escritura de los poemarios con respecto a Nación vacuna? ¿Cómo intervino una escritura en otra?

–Carnívora convivió con Nación vacuna y cuando terminé la novela escribí Dolorosa porque me había quedado sin proyecto. Me pidieron un poema para una antología, y entonces escribí todo el libro. Me había quedado un poema de Carnívora que era “Dolorosa”, porque me pareció que no tenía que ver con el otro, y recuerdo que había quedado solo en la carpeta de poemas como exiliado del otro libro. Y dije: acá hay algo muy potente que me da ganas de indagar, que tiene que ver con mi pequeño pasado santo, el cual me duró poco. Un día mi hermana se negó a seguir yendo a misa y ganó nuestra libertad, la de las hijas, de quedarnos en casa los domingos. Pero hasta ese momento yo había padecido una especie de fiebre mal asimilada en torno a la religión, sobre todo a la mise en scene, la misa, lo teatral, el rito conocido por todo menos por mí, ya en ese momento me sentí extranjera, todavía no me había ido al exilio pero desde chiquita ya tenía un problema de integración. Me atraía mucho la iconografía católica, por salvaje, por erótica. Hay todo un territorio del lenguaje que es muy enigmático, muy ambiguo. Santa Teresa por ejemplo habla del amado,una especie de entrega física y espiritual donde hay que lastimarse para querer y para ser aceptado.

Es el esqueleto del amor romántico. En Dolorosa le clavás una daga en el costado al amor romántico. Y luego, en Nación vacuna estamos frente al desierto del amor. La imposibilidad total del amor donde sólo hay lugar para lo primitivo. Lo primitivo de la fe y lo primitivo de la sexualidad en la novela.

–Esos coitos en la carnicería, entre los ganchos de carne y la tanga colgada en realidad aparecieron en forma de imagen y no de conceptos. Lo que pasa es que cuando uno se pone a escribir empieza a llamar a determinados universos que son parientes. Y que en la escritura aparecen, los convoca la palabra, no la razón. Y ahí creo que en el territorio de la oscuridad es que me gusta prender algunas luces y ver qué aparece. Creo que hay un submundo que está entrelazado entre el horror, la poesía,el cuerpo, el deseo reprimido, la pelea con el padre, la madre como objeto de lógica sin sentido. Mi descreimiento de la psicología por otro lado.

¿Esta novela es el texto más argentino que escribiste?

–Sí. Se ve que necesitaba tiempo para reconocerme a mí misma como argentina. Porque yo me fui a los diez años y cuando regresé no quería venir. Detestaba Argentina. Me parecía un país asesino, falso, lleno de hipócritas y machistas. No podia creer el nivel de machismo callejero, doméstico, laboral. El asunto del cuerpo y de la mujer y del deseo, esto del “buen lomo”. Por eso me fui de nuevo a España, pero una vez que pasé por esta picadora, tampoco encontraba sentido allá. Me daba la sensación que aquello era otro imaginario que no encajaba con el mío. Porque más allá de no querer estar, me pasó que me crucé con un montón de gente que sentía hermana. Gente de ningún lado, gente armada en familias importadas, ensambladas, con más libertad en el sentido de construcción de afecto. Hay una soledad compartida en el poemario y en Nación vacuna, donde los personajes, vaciados de todo afecto, encuentran en el sexo el único vínculo físico que pueden sostener por minutos. En Dolorosa, esa soledad encuentra su vinculación en la práctica del sexo solitario como en la oración sin fe, insultando a dios siempre en privado. No encuentro ninguna otra disciplina en la que confluya el pensamiento de la humanidad. Y me sorprende cada vez que me siento a escribir, por eso siento que cobra un sentido vital la escritura en mí.

¿Y la soledad?

–Durante todas las mudanzas que tuve, que fueron 28, lo único que yo me llevaba siempre, porque obviamente fui dejando, perdiendo y eligiendo cosas, lo que siempre me llevé a todas ellas fue un fajo de cartas. De cartas recibidas, casi todas con el celeste y blanco. Pero también estaban las españolas, las rojo y amarillo. Y algunas francesas, pero todas esas cartas eran las que contaban quién era yo en el relato de otro. Por otro lado me llevaba a esos otros conmigo. Porque en el exilio, la muerte de mi padre fuera de su patria, el regreso acá con mi madre –que no es argentina– siempre estábamos condenados a que hubiera uno de nosotros que se quedaba afuera. Creo que todo eso te da una noción muy acabada de lo que es la soledad. Es perder todo. Perdimos todo menos la palabra. Por eso es tan horrible cuando se le saca la palabra a alguien.

Fernanda García Lao habla con un ritmo y una cadencia que acaso se le podría atribuir a ese acento español que la hace una escritora de dos aguas, de una lengua que se detiene gozosa en el paladar hasta que llega el vos imperativo del Río de la Plata. Sin embargo, el compás de su hablar está vinculado más al tiempo en la espera de la palabra justa, cuando mastica y busca las palabras reteniendo de alguna manera su sentido en cada frase.

¿Cómo se digiere una nación vacuna? ¿Hay salvación posible? En Dolorosa no hay fe pero al final hay un pedido de piedad.

–Creo que siempre pido piedad. Bernabé, en Muerta de hambre, también decía todo el tiempo: “tengan piedad conmigo”. Yo creo que la inteligencia siempre duele y que muchas veces lastima. Siempre con la palabra, no en los actos. Entonces es una herramienta a la que le temo también. Por eso es difícil hablar del objeto literario sin mentir. Porque uno por aproximación dice que sabe lo que hace y en realidad no sabemos nada. Es como si hubiera fotografiado un lugar que quedó bajo el mar y al que no se pudiera regresar.

miércoles, noviembre 01, 2017

Una forma de resistencia

Por Leila Sucari



Nación vacuna es un libro de pólvora. A medida que avanzan las páginas va haciendo estallar a la patria, la familia, el tiempo, los hijos. Todo aparece torcido, desviado y termina siendo falso y funcional a un sistema perverso. Un sistema que se mantiene en base a engaños y delirios de grandeza.

La novela quiebra con la lógica del tiempo. El presente, el futuro y el pasado se fusionan de manera siniestra. Como si la historia fuera una suerte de calesita-pesadilla por la que se vuelve siempre al mismo lugar. Todo se repite, nadie aprende de los errores. Hay un ingeniero gagá en el poder, burócratas pretenciosos, funcionarios mediocres que ejecutan órdenes y que nunca hacen lo que desean porque ni siquiera tienen registro de su propia existencia; y un estado fracasado, y al mismo tiempo omnipotente y violento, que no tiene problema en mandar a su población al muere, en asesinar, con tal de mantener el status quo.

Lo que sucede resuena en nuestra memoria. Nación vacuna pone en tensión la realidad y la ficción. En esta época donde reina la posverdad y todo es un montaje televisivo macabro, la literatura termina siendo un destello solitario que cuestiona y pone en evidencia el horror del mundo. El riesgo de la novela se traslada al lector, y la lectura se transforma en un desafío: te pone a prueba, te obliga a reflexionar y a tomar una posición activa frente a la pasividad de su elenco. Nación vacuna te sacude para que sientas asco por ese aparato y esa carnicería de la que formamos parte.

Este universo de inmundicia, carne y mujeres vacas está narrado con un lenguaje exquisito que se vuelve adictivo. Es un libro que se devora, las palabras tienen sabor y no podés parar, como si te pusieran una bandeja de canapés en la mesita de luz. Hay un lenguaje poético e intenso, frases que funcionan como revelaciones fugaces. Es un tipo de escritura vital que provoca también una lectura viva. Hay un extrañamiento que causa incomodidad y te sumerge en un estado de alerta e inquietud, porque lo que cuenta es demasiado familiar. Casi podemos tocar a los personajes y sentir sus angustias en carne propia, como si viviéramos todos encerrados en un mismo frigorífico. La crudeza de cada frase te va desnudando y te deja sin corazas ni certezas, con un sabor amargo a escepticismo. Quizá la literatura no sirva para cambiar algo, pero sí es una compañía y una forma de resistencia.

“¿Y si el mundo no existe? Tal vez es una estrella muerta que vemos con atraso. Este momento es prehistoria. El presente mide cien metros. Abro la boca y se termina”.


Tercer y último texto leído en la presentación de Nación Vacuna.
Alamut. Octubre 2017




martes, octubre 31, 2017

¿De quién es su útero?

Sobre Nación Vacuna
por Mariana Komiseroff.




Cómo es una presentación no convencional me permitiré un discurrir un poco absurdo.
Los viernes tengo terapia, hoy falté para escribir este texto. Mi psicóloga no me puede ver bien, “no puede ser tierna” diría el narrador de Nación Vacuna. Tenemos que hablar de tu maternidad, es un tema que nunca tocamos, dijo el viernes pasado. Tráeme una definición de madre, ordenó. Falté, pero soy buena alumna. Uso mis subrayados de la novela de Fernanda para aproximar una definición.
Cito:
“Los embarazos son modos de narrar el tiempo. Cada feto, un reloj. A medida que crecen se acelera el final."
“Sé que estos pensamientos no son originales. Tenemos descendencia para que hagan lo que no pudimos. Somos vagos: es más fácil engendrar que vivir. Un hijo es un sustituto que invariablemente rehúsa a la tarea para la que fue concebido. Un traidor.”
Si le llevo esto a mi psicóloga no me va a dar el alta nunca así que hago una lista. Copio los subrayados y anoto mis reflexiones.

1 "La ganadora del Proyecto Vacuna viajará a las M, secundada por dos finalistas. Los treinta infectados las esperan. Nunca los olvidamos, mienten. Hemos logrado una Vacuna que es un escudo de protección masivo. Pero no solo reanimaremos clínicamente a los sobrevivientes. Nuestra cruzada es moral: hace meses que viven sin hembras. Sodomizados, no son un buen ejemplo para la patria. Las seleccionadas vivirán con los héroes en los barracones hasta quedar preñadas. La M resurgirán y de ellas nacerán niños sanos. Gracias a las hembras reconquistaremos el mito de nuestro más preciado pedazo de tierra."
Es mentira que la sexualidad es un descanso del proceso laboral. No existe la libertad sexual, para las mujeres el derecho a la sexualidad es la obligación de tener sexo y disfrutarlo. La subordinación de la sexualidad a la fuerza de trabajo ha supuesto la imposición de la heterosexualidad como único comportamiento sexual aceptable. Sí, algunos de ustedes dirán que esto no es así en estos tiempos de matrimonio igualitario y ley de identidad de género pero yo voy con una mujer de la mano y la gente se da vuelta para mirarnos. La maternidad y la homosexualidad generan muchas preguntas o comentarios incluso más incómodos que los ahora silenciados, ¿para cuándo el hermanito? O les hace falta un bebé.

2 "Frente a mi plato pienso en los hijos bobos que nacerán en las M. El incesto como estrategia demográfica. Bebo de más."
Yo me pregunto: ¿cuál es la diferencia entre producción y reproducción?

3 "La maternidad es una locura pero la prostitución patriótica es un despropósito."
¿Qué dirá mi psicóloga si le llevo estos apuntes? ¿O si le digo que la maternidad, o trabajo reproductivo, dentro de un sistema capitalista es parte del trabajo doméstico gratuito?

4 Respondo el cuestionario para ver si soy una buena candidata para las M.
"¿Está dispuesta a entregar su cuerpo por el interés de La Nación? NO, NI EN PEDO.
¿Jura con gloria morir? NO
¿Qué importancia le atribuye a fornicar por la recuperación de la patria? NINGUNA
¿Sabe nadar? SI, tampoco oh qué bien que nada, pero nado.
¿De quién es su útero? MíO
¿Le molesta ser un eslabón sicalíptico?" NO, ME ENCANTA SEDUCIR, SOY UNA TORTA FEMME.
Si fuera una candidata para el Proyecto Nación Vacuna ¿Cuál sería el veredicto sobre mí de los burócratas de la carne? ¿Me interesa saber si sería candidata para las M o solo sigo queriendo saber si soy una buena madre para el Estado?

5 Escribir esto no para la presentación, ni para Fernanda, sino para no fallarle a mi psicóloga me hace pensar en cómo Freud observó que las contracciones de las histéricas no correspondían a la contracción biológica. El cuerpo hace lo que no tiene que hacer. Si la contracción no es biológica es psicológica, pero que paja la psicología, no? mejor Andre Bretón que en La revolución Surrealista propuso no interpretar a la Histeria como patología sino como medio supremo de expresión. Pensó a las histéricas como cuerpos libres que no respetaron sus principios biológicos. Los cuerpos que se transforman y están en movilidad son cuerpos libres porque si no respetan la anatomía no respetan las convenciones sociales. El cuerpo es cíclico, no hay carne más mutante que la de la mujer, en sentido amplio, CIS y trans.

Soy una militante incansable del aborto legal, pero sigo pensando que en algunos casos la maternidad todavía me resulta un acto revolucionario.
"Voy a engendrar un hijo contra el Estado." Dice el narrador de la novela, yo aunque en diferentes términos discursivos pensé lo mismo cuando decidí parir a los 15 años. Probablemente fracasemos como lo hacen todas las revolucione. El tiempo dirá.

Texto leído en la presentación de Nación Vacuna.
Octubre 2017
Alamut Libros




viernes, octubre 27, 2017

La Nación es un cuerpo de mujer


La Nación es un cuerpo de mujer.
La Nación es manoseada, desechada, triturada, encapsulada y masticada. Una sociedad armada para el descarte. Lo humano convertido en deshecho.
La Nación es la utopía afiebrada de una Junta perversa, asistida por una burocracia torpe. La banalidad del mal, que vuelve y vuelve otra vez.
La Nación es un proyecto trunco. Una falsa victoria sobre unas islas lejanas. Una oda fingida a los combatientes, que son más víctimas que héroes. Soldados condenados al destierro oceánico y a la desmemoria.
La Nación es un tajo incurable, que sigue sangrando. Una rasgadura violatoria de tantos derechos cercenados. Una herida acuciante en el cuerpo crispado de la historia.
La Nación es una madre indolente que le da la espalda a Jacinto, su hijo débil. Lo niega. Pero en el mismo acto de abandonarlo, le deja un diccionario y sin querer lo introduce en el lenguaje. Le da, entonces, la posibilidad de crear un mundo, el suyo, que también es el nuestro durante el tiempo de la novela. Jacinto dice: “Busco madre y sus derivados: comadreja, matriz, metrópolis”.

En Nación Vacuna, los fantasmas del pasado argentino se actualizan de manera deforme a un ritmo frenético, en el que el lector queda atrapado, como si la puerta de ese frigorífico decadente se le cerrara en los talones. Fernanda nos ofrece una pesadilla distópica, cuyos ecos, sin embargo, resuenan en el presente. Walter Benjamin dijo que: “Articular históricamente el pasado no significa conocerlo tal y como verdaderamente fue. Significa adueñarse de un recuerdo tal y como relumbra en un instante de un peligro”. Cuesta no leer Nación Vacuna en esa clave, ante tanto peligro cercano, pero la contundencia de la literatura de Lao nos devuelve las coordenadas por movernos más livianos en ese territorio.

Cuando Benjamin pensaba eso estaba en el exilio obligado, (como nuestra querida Fernanda). Desde el dolor, supo armar un cofradía corrosiva con otro exiliado: Theodor Adorno, que en sintonía con él planteaba: “Para quien no ha tenido Patria, escribir se convierte en un lugar donde vivir”. Lao hizo de la escritura su exquisita Patria Lírica y nos la regala en cada libro. Una patria con fronteras porosas que podemos atravesar guiados por el deseo que ella misma mantiene encendido en cada frase que hace arder. Pero, al mismo tiempo, nos hace una advertencia: Cuidado, la Patria es un absurdo. Y con esa advertencia nos obliga a preguntarnos si habrá un modo, si habrá un tiempo, en el que la Patria, la nuestra, deje de serlo.
Por suerte nos queda su literatura para hacer de este mundo algo más digerible.





Texto de Facundo Abalo, leído en la presentación de Nación Vacuna, en Alamut Libros.
20/10/17

martes, octubre 24, 2017

Los estamentos del poder roban mucho vocabulario de la ficción

La escritora publicó una formidable novela, atravesada por un realismo deformado, una suerte de esperpento lírico que extrema lo que habría sucedido si la Argentina hubiera ganado la guerra de Malvinas. La presenta hoy a las 19 en Alamut Libros.
Por Silvina Friera
PAGINA/12



La carne en el asador de la lengua se consuma con la monstruosa violencia poética de Fernanda García Lao. “Hace dos años que tenemos las M pero perdimos la defensa, el control de los cuerpos. El enemigo, antes de su rendición estratégica, emponzoñó en secreto las aguas, derramando hasta la última gota de nuestro combustible”, advierte Jacinto Cifuentes, mediocre burócrata de la Junta que gobierna desde Rawson, que se encarga de un experimento que aglutina prostitución y patriotismo. “Nuestra plana mayor se trasladó para la celebración, ignorando la maniobra sucia. Nadie quería perderse la foto de la supuesta victoria. De este lado, ni un oficial. Los adversarios, esos falsos caballeros, bajaron su bandera, subieron a sus barcos y abandonaron el lugar”, cuenta Jacinto, hijo vegetariano de un matarife y voz narradora de Nación Vacuna (Emecé), formidable novela de un realismo deformado y grotesco, una suerte de esperpento lírico, que extrema lo que habría sucedido si la Argentina hubiera ganado en la guerra de Malvinas. La novela se presentará hoy a las 19 en Alamut Libros (Borges 1985).

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La ficha
“Nación Vacuna empezó por Jacinto y su padre y una madre que no está. Después voy indagando, como preguntándole a los personajes, no es que planifique demasiado. Inmediatamente surgió la idea de que habían trasladado la capital a Rawson y entonces se colaron determinadas estampillas de la historia argentina como las fantasías, algunas realizadas, lamentablemente, y otras no. Y se desarrollaron algunas imágenes en torno a ese lugar y a la carnicería, al frigorífico. Cuando era chica y vivía en Mendoza, íbamos a un frigorífico que estaba en las afueras y había que alejarse de la ciudad. Ese frigorífico para mí es el mismo de mi novela Muerta de hambre, cuando ella va al concurso, que es un viejo frigorífico. Esa idea de un lugar teñido de sangre también me remitió al matadero”, plantea la escritora en la entrevista con PáginaI12.



Aunque fue actriz y dramaturga, no está interpretando un personaje cuando habla como si fuera una madrileña. Ese acento es un indeleble tatuaje sonoro de su educación sentimental en Madrid, adonde se exilió junto a su padre, el periodista Ambrosio García Lao (1926-1983) y el resto de su familia, cuando tenía nueve años. “Tenía la necesidad de trabajar un universo femenino desplazado desde la perspectiva de un hombre que desea, pero que no siente placer. Por otro lado, no me caía demasiado bien Jacinto porque sentía que era un poco cínico en el sentido de que él sabe, no está de acuerdo en nada de lo que hace, pero sin embargo acompaña el movimiento. El desarrollo de la novela fue muy lento porque estaba escribiendo, como siempre, otra cosa”, recuerda la autora de las novelas La perfecta otra cosa, La piel dura, Vagabundas y Fuera de la jaula. “Hubo un momento en que ya estaba por la página setenta en que empecé a sentir que me necesitaban los personajes. Ahí tenía fragmentos diferentes, otro tono, y me decidí por los diálogos indirectos, por esta primera persona teñida por lo familiar y lo colectivo, por ese dolor y desgano por salvarse”, plantea García Lao.

–¿Por qué las M? ¿Esa M es Malvinas?

–Sí y no… No sé cómo surgió en realidad, pero nunca olvidé cómo me enteré de la guerra. Yo estaba en el exilio y ni siquiera estaba en España: estaba en Francia. Era la primera vez que salía de España para hacer un intercambio con el colegio y me enteré en París, en la cola para entrar a Versalles, donde nos habían contado esas anécdotas tan graciosas que son las que más me interesan, como que a un kilómetro a la redonda se olía cuando había fiesta y ese tipo de situaciones. Yo estaba en ese plano fantástico de un pasado ya inexistente cuando vi a un señor que estaba leyendo un diario que decía: “Argentina declaró la guerra a Gran Bretaña”. Me acerqué porque pensé que era apócrifo. Pero no. Me agarró mucha desesperación en ese momento, sobre todo porque estaba fuera de casa y mi casa ya estaba fuera de casa. Mi madre me escribió una carta que conservo, donde veía la guerra como algo absurdo. Mi padre no lo tenía tan claro y se armó como una especie de discusión familiar si merecía la pena, con semejante gobierno, exponerse a eso. Para mí era un delirio más, yo tenía la sensación de que acá todo era delirante. Por otro lado, quedarse fuera del delirio también es como un castigo: te mandan a la normalidad (risas). Yo me fui en cuarto grado y llegué allá en quinto y las M desaparecieron; fueron puestas en el mapa de mi vida a partir de esa guerra. Cuando regresé, lo primero que vi fue a sobrevivientes pidiendo en los colectivos y la gente con la mirada baja. Una elipsis en el medio en cuanto a tiempo y a actitud: de las imágenes de una plaza llena a favor de la guerra a la vergüenza. Y me dio mucha bronca eso. Como me quedé sin patria, no entiendo matar a alguien por un pedazo de tierra. Nunca lo entendí. Tampoco creo en las fronteras; pero no quería nombrarlas porque también me parecía que era un acto político de la Junta reducidas a la letra M. Los estamentos del poder roban mucho vocabulario de la ficción. De hecho la cuestión del relato que se discute siempre, las versiones de los relatos y todas estas teorías conspirativas muy artlianas, son parte del denominador común de lo que acontece. Empecé a escribir con el gobierno anterior y era una novela fantástica. ¿Cómo lee una época, cómo se contextualiza una lectura? Y cuando ganó el ingeniero dije: “Me están plagiando”… porque era imposible (risas). Yo no escribí la novela pendiente del momento porque no lo hago nunca. Pero leo como fantasmas en lo que escribo.

–Y el fantasma de Malvinas y de la dictadura están ahí, ¿no?

–Claro. También en el conflicto con Chile hubo alguna fantasía chilena de envenenar con gas sarín y me pareció una buena idea, no para aplicar en la realidad. Siempre me interesa oscurecer algún eje. El espacio es también el espacio de la cabeza de Jacinto, de los malentendidos políticos, sociales, psíquicos y emocionales. Jacinto es el caído del proyecto. Toda su familia está involucrada en ese proyecto absurdo, como son las familias aspiracionistas que creen en el progreso. El otro día estaba leyendo al coreano Byung-Chul Han que decía cómo había cambiado el paradigma del deber al poder, del “yo debo” al “yo puedo”. Me da la sensación de que ahí hay un síntoma y no sé si hay quien se quede afuera del deseo de poder: de poder llegar, de poder ser, de poder más el infinitivo que le quieras poner detrás. Salvo Jacinto, que lo único que quiere es estar solo. Lo veo también un poco traidor.

–¿En qué sentido traidor?

–El pretende no participar cuando está involucrado en el mal. La novela me sirve para experimentar, cosa que no es habitual escuchar porque pareciera que es en el relato, en el cuento, en la poesía, donde se puede experimentar. Me interesa el espacio de la novela porque siento que tengo kilómetros de posibilidades. Me interesaba encontrar la característica de los vínculos de Jacinto con su gobierno más cercano, que es la familia. Ver cómo se comportaba él y cómo se relacionaba con los demás y con la tentación de figurar. También dudé si lo tenía que sacar de Rawson porque tal vez era una cosa más claustrofóbica. Pero quise que se torciera su rumbo y su destino porque este país es muy imprevisible y me daba la sensación de que tenía que poder quebrar su límite tan reducido, afectivo y espacial. El adhiere a la idea de salvarse mediante una tragedia y pasar a la historia como un trágico. Igual mi lectura fue cambiando y cambia: a veces lo veo como un antihéroe y otras como un infeliz. No me decido (risas). Me hacía gracia que en ese exilio forzoso en el que queda, en ese limbo, se genere otro proyecto: el proyecto dentro del proyecto, basado también en una mentira. El asunto tal vez pase por ahí: ¿en qué se puede creer? ¿Y en quién? No hay respuestas.

–¿En la ficción se puede creer?

–La ficción es un simulacro, es como cuando vas al teatro: creés y sabés que es mentira. Cuando yo actuaba, lo más importante era creer. Lo que pasa es que nunca perdés la conciencia y la noción del espacio, de tus compañeros, del que está enfrente observando, de que esa ropa no es tuya. Si no estarías totalmente loco. Me gusta entrar y salir de la locura y hacer entrar y salir a los demás. Me gusta que se instale desde el primer momento que esto es una ficción sobre todo en un momento en que pareciera que verdad mata ficción. Pero la verdad no existe, entonces, ¿qué es lo que está matando? No hay ideas sino opinión, una opinión pauperizada, de oídas, en la que me incluyo. Nos llegan datos sueltos con los que construimos nuestro pequeño Frankestein de bolsillo para utilizarlo contra los demás, operaciones de maldad doméstica. Eso, para escribirlo, es muy interesante. Para vivirlo, no.

–¿Por qué el lenguaje de Nación Vacuna es violento, con esa respiración tajeante?

–La forma y lo que se dice me parecen que van juntas. Es un tipo solitario que no se explaya, es económico: habla poco, quiere poco. No me lo imaginaba hablando grandes parrafadas a Jacinto. Por otro lado, tenía que cortar los párrafos. Él está cortado, escindido de su familia; es una especie de anarquista frustrado porque no puede ponerse en acción. Después me interesaba ver cómo deseaba Jacinto y si era deseado cómo reaccionaba. No se entrega y da poco porque no quiere que le pidan, es un poco especulador en ese sentido. Y descreído.

–“Es la repetición la que me pone en estado de indiferencia”, dice Jacinto. ¿Coincide?

–Yo no suelo analizar lo que dicen mis personajes desde un punto de vista psicológico porque me parece que no debo. Es una frase que dijo él, no yo (risas). Cuando estoy escribiendo en primera persona, me hago a un lado. Es como la actuación: está bien, ponés el cuerpo, pero decís unos textos que no son tuyos, que salen de tu garganta y con tu respiración. En este caso, el cuerpo es la palabra. Entonces hay algo que dicta como el horror poético que prefiero no diseccionar; es como una morgue de palabras: veamos esta piernita, este adjetivo.

–Hay otra frase que se las trae: “La muerte destruye toda sorpresa lírica. Iguala en idiotez”.

–Eso es cierto totalmente (risas). Yo vivo a dos cuadras del cementerio de Olivos y no sabés cómo iguala… La única diferencia es si estás en tierra o en nicho. O si te vas con tus cenizas. Una señora me dijo: “ya nadie va a tierra”… como si antes fuera mejor ir a tierra. Son esas frases que uno escucha por ahí. Gracias, señora, pensé, esto va a algún lado. Y de hecho fue a la novela que estoy escribiendo. Soy muy fiel a lo que escucho. Muchas veces las cosas más extravagantes han sido escuchadas. Por eso también puedo decir que es una novela realista, que está basada en frases reales. Cuando Jacinto va a la casa de su hermano y le ofrecen solamente berro, eso me pasó a mí cuando era vegetariana. Dejé mi vegetarianismo porque estaba muy anémica.

–¿A qué se debe que lo escuchado ingrese a la ficción de una manera deformada?

–Tal vez escucho solo lo deforme. Si se está hablando del clima, no presto atención. Tengo la oreja y la vista entrenadas para encontrar lo deforme.