Fuera de la jaula

Fuera de la jaula

viernes, agosto 12, 2016

La biblioteca de los escritores




Este viernes, y los que siguen de agosto, los espero en una hermosa biblioteca pública: La Guido y Spano, Güemes 4601, Palermo.
Voy a hacer algo que me gusta casi tanto como escribir, hablar de libros. Recomendar lecturas. Los espero de 19 a 20.
Gratis, claro. ¡Vénganse! Aprovechemos la juntada para donar algunos ejemplares, ¿no? ¡Se agradece si comparten la movida!

lunes, agosto 08, 2016

Muerta de hambre (fragmento)



Cerca del plato


”Yo no era nada, por lo tanto,
podía permitírmelo todo”
Witold Gombrowicz



1.
He sido gruesa y desgraciada desde que tengo memoria. En mis sueños, sin embargo, llevaba cascabeles o meaba en un frasco, alocadamente.
Me recuerdo corriendo por las praderas inmaculadas de mi infancia siendo infeliz y transpirando. Tenía secretos escondidos detrás del sillón. Cosas inservibles pero frescas. Tijeras y cucharitas de postre. Las pasaba por mi cara siempre acalorada por la furia de ser y pensar como una gorda de treinta y nueve años.
Mis padres se escabullían en fiestas y en viñedos y yo fumaba los restos que dejaba la empleada, en el cenicero de servicio.
El hecho de no tener hermanos me dio la libertad de ser desgraciada sin testigos. Pero observaba con rencor a la familia numerosa que vivía enfrente. Allí ninguno era imprescindible. Si faltaba algún miembro, nadie lo echaba en falta.
En mi caso la presencia era un factor determinante. Mis padres pasaban revista a mis orejas cada mañana.
Los días de mi niñez eran una sucesión de momentos interminables y sin cierre. Todo se alargaba más de lo normal. La noche se recostaba sobre la mañana y juntas caían sobre la tarde sin definir claramente sus límites.
En mi casa había habitaciones donde era de día y otras donde la luna brillaba sobre los mármoles. También los climas eran simultáneos. Mi madre prefería el balcón de invierno y mi padre, la calidez de los cuartos de baño. Yo gozaba de la indefinición templada del salón de juegos.
Después de tomar el jugo de naranjas recién exprimidas, probaba las mermeladas sobre diversos tipos de panes crudos o tostados. Dedicaba horas a la deglución matinal. Un vecino me pasaba a buscar y me trasladaba hasta el colegio. Es un dato importante porque siempre fui a colegios lejanos. Recorríamos media provincia y afortunadamente esperaban mi presencia para comenzar las clases. El vecino era un taxista sin papeles, que siempre lavaba el auto.
Recuerdo mi cuerpo deformado, peleando su libertad contra la tela cuadriculada. Sentía las miradas de desprecio en cuanto descendía del automóvil. Mis compañeros eran altos y rubicundos. Todos con los dientes perfectos y con olor a crema de enjuague.
Sin embargo esas magníficas piezas debían esperar a que la gorda inaugurara la jornada escolar. Siempre tuvimos contactos en el ministerio.
Yo destacaba en gimnasia a pesar de mi tamaño. Era muy resistente. Corredora de fondo. Siempre quedaba segunda porque el primer puesto era rotativo, pero yo no.
Nunca pude saltar el potro por un tema psicológico. Así que cuando se armaba la fila, me iba al baño.
Fui una alumna mediocre. Mis cálculos eran aproximados. No vas a necesitar de las matemáticas, era la frase que repetía la inútil de turno, bajo el delantal blanco.


2.
Tengo la boca llena de hambre. Sin embargo mi cuerpo está demasiado pesado para seguir engullendo. He aumentado varios kilos en los últimos días. No soporto lo nítido de la existencia: mis rollos se confunden con el sillón donde estoy encajada.
La señora que me ayudaba se fue hace miles de postres. Ahora pido todo por teléfono. Creo que soy el primer caso, en esta ciudad de esqueletos vengativos, que se ha fijado un objetivo tan grasiento. Quiero estallar.
Mi cuerpo es mi discurso. Espero que alguien me entienda.


3.
La primera vez que vino la hija del taxista a jugar a mi jardín dijo: ¡Una plaza! Y no volvió a dirigirme la palabra. Estuvo tres horas tirándose por el tobogán y hamacándose con rabia. Ese era mi problema. Demasiado rica para la clase media, demasiado gorda para la clase alta. Pensé en crear un club y puse anuncios que diseñó mi profesor particular que era arquitecto y lampiño. Pero nadie respondió a la convocatoria. Era la única en mi situación. Inmensa en todos los sentidos. Igual me hice presidenta y socia honoraria. El profesor también diseñó mi carné de socia que hasta tenía banda magnética y código de barras. Lloré mucho el día en que se juntaba la comisión directiva. Recién en ese momento me di cuenta de que estaba sola. Quemé el carné, la gorra, los banderines y el póster, junto a los montículos de hojas secas que dejó el jardinero.


4.
Como mi padre trabajaba constantemente, mi madre no lo necesitaba. Faltó a mi nacimiento y creo que tampoco estuvo en mi concepción. Él tenía los ojos verdes, la piel lechosa y los pies planos. Yo sin embargo me parezco al jardinero. Soy oscura.
Mi madre cantaba en el coro de la iglesia y se hacia brushing. Pesaba la mitad que yo. Nadie podía explicarse cómo había logrado parirme. Jamás nos acariciamos ni me dijo nada bueno. Por otra parte en mi casa nunca se personalizó ninguna conversación. Se usaba la elipsis, la sinécdoque o el silencio.
Cuando cumplí siete años me sorprendieron con un triciclo con música que me trajo mi padre de Estados Unidos. Era un aparato inmenso y llamativo que además tenía luces y cable, lo que me obligaba al mismo recorrido inútil para no desenchufarme. Los chicos del barrio se amontonaban en la reja para verme dar vueltas al cantero de magnolias.

martes, agosto 02, 2016

Muerta de hambre, el regreso




“Llega María Bernabé y todo se detiene. El lenguaje se carga, dispara la lectura. Su historia desaforada refleja algo de la nuestra. Reímos y la risa se transforma en algo más. Muerta de hambre crece como una criatura con vida propia en la cabeza del lector. Y ahí queda para siempre, gracias a la escritura iluminada de Fernanda García Lao.”
- Esther Cross

“Muerta de hambre está tramada como una novela digestiva y encuentra en el terreno gastronómico un símbolo fértil de temas tan heterogéneos como las luchas sociales, el erotismo, la locura y la muerte. Su protagonista es una adolescente tardía a quien la vida hizo dura o, más precisamente, gruesa. Y está encerrada en el vicioso círculo de su triángulo existencialista: vive para comer, come para escribir y escribe para vivir. Sus escasos vínculos amorosos o de parentesco están imbuidos de esa metáfora que abarca toda la novela: el vampirismo. Cada personaje tiene el objetivo de devorar a sus contrincantes.”
- Juan Pablo Bertazza

“Nadie como ella para narrar lo absurdo. No hubo, no hay ni habrá otra igual. Fernanda García Lao es la escritora más rara de la literatura argentina.”
- Silvina Friera

lunes, agosto 01, 2016

García Lao: "Después de tanta narrativa tuve la necesidad de volver a la poesía"

TELAM
31/07/2016

Juan Rapacioli


"CARNÍVORA", PRIMER POEMARIO DE FERNANDA GARCÍA LAO, ESTÁ COMPUESTO POR UNA SERIE DE POEMAS QUE SE SUMERGEN EN EL INTERIOR DEL CUERPO PARA VIAJAR, CON INTENSIDAD, HACIA EMOCIONES VIOLENTAS, FORMAS DE LA SEXUALIDAD, SUEÑOS MONSTRUOSOS Y AGUDAS REFLEXIONES SOSTENIDAS POR UNA VOZ QUE SE MIRA A SÍ MISMA PARA VER UN MUNDO EN CONSTANTE TRANSFORMACIÓN.
etiquetaslibroculturapoema

"Abrir un libro de poemas de Fernanda García Lao es como meterse en un laboratorio de la lengua", dice el escritor Hernán Ronsino en el prólogo al poemario publicado por la Editorial de la Universidad de La Plata. Y, luego, sostiene que en "Carnívora" el cuerpo "será entonces el territorio sobre el cual la lengua se desplace como un ejército sediento, voraz, animal".

García Lao (Mendoza, 1966), seleccionada por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2011 como uno de "los secretos mejor guardados de la literatura latinoamericana", es autora de las novelas "Muerta de hambre", "La perfecta otra cosa", "La piel dura", "Vagabundas" y "Fuera de la jaula", así como del libro de cuentos "Cómo usar un cuchillo". Además escribió, con Guillermo Saccomanno, el libro "Amor invertido".

En diálogo con Télam, la escritora habló sobre el origen, la forma y la construcción de su primer poemario. "El cuerpo es el primer mapa que tenemos. A partir de ahí, entendemos el mundo. No es un traje que llevamos puesto. El cerebro, como órgano de entendimiento, está sobrevalorado. Yo me relaciono físicamente con las ideas".

- Télam: ¿Cómo nació este poemario? ¿Hubo un proyecto de libro o los poemas le fueron dando la forma?
- Lao: La verdad es que los principios se me difuminan siempre. Creo recordar que el poema que dio origen a "Carnívora" fue uno que dice "Ahí voy de nuevo/ a sumergirme en ese lago/en el que habita/mi ser intermitente". Es el recuerdo de ese estado lo que tengo. Un estado con escafandra incluida. La escritura como inmersión. No puedo entender la poesía con la cabeza afuera. Después de tanta narrativa tuve la necesidad de volver a la poesía. Que es como volver a uno. Pero no le di entidad hasta que fueron varios poemas. Ya no eran disparos sueltos, se estaba armado una guerra. Yo pólvora, víctima y victimario. Otra cosa absurda que me pasó es que arranqué el libro sin comer carne. Cada tanto, abandono la masticación de mamíferos. Pero me agarró una anemia tremenda. Y tuve que comer. Hacerme cargo de que esas muertes me hacían bien. De que vivimos a costa de otros. Entonces, en un intento frustrado por justificarme, el libro pasó a llamarse "Carnívora por necesidad". Duró poco. Afortunadamente, Facundo Abalo, el editor de Edulp me sugirió regresar al título original.

- T: A través de la lectura, el cuerpo se convierte en una especie de teatro del mundo: un escenario donde se suceden diversas batallas, desde las íntimas hasta las sociales, dando cuenta de la presencia o ausencia de un otro...
- L: El cuerpo es el primer mapa que tenemos. A partir de ahí, entendemos el mundo. No es un traje que llevamos puesto. El cerebro, como órgano de entendimiento, está sobrevalorado. Yo me relaciono físicamente con las ideas. Aparecieron así para mí. Ya de muy chica me había llamado mucho la atención eso de que el Verbo se hizo Carne. ¿Qué es eso? Me parecía una cosa inquietante y oscura. Recuerdo una de mis primeras visitas con el colegio al Museo del Prado. Quedarme paralizada frente a las pinturas negras de Goya. Sobre todo aquella de Saturno devorando a un hijo. Un hijo. Uno cualquiera. Una monstruosidad enmarcada que mis compañeros pasaban de largo. Mi cosmogonía está hecha de cuerpos. Las palabras también. Son como animales hambrientos.

- T: Hay una insistencia: la imagen de la cama como lugar sexual pero también onírico, reflexivo y de transformación continua...
- L: Claro. Desde el parto hasta el foso, es el lugar que más visitamos. Además tengo unos sueños muy brutales, llenos de bichos y experiencias perturbadoras, que sin embargo no considero pesadillas. No me asustan, me completan. Además, te digo, casi todos estos poemas me asaltaron en la cama. Antes o después de dormir. En la mesa de luz tengo mi libretita de atrocidades nocturnas.

- T: ¿Abordás de manera diferente la escritura poética que la narrativa o es parte de un mismo proceso?
- L: Es sutilmente distinto. Yo puedo forzar a la narrativa con mucha naturalidad. Decido cuándo y cómo, puedo corregir varias cosas a la vez. Enseguida la voz de los demás, los ritmos que construyo, las tramas, se hacen tan potentes que casi no me necesitan. Con la poesía no puedo ir tan rápido. Siento que construyo una miniatura que necesita un pulmón, uno diminuto que requiere de todo mi entendimiento. Pero en ambos casos, lo que me guía es la revelación del lenguaje. Es lo que intento hacer, no sé si me sale. Voy contra lo que sé.

- T: ¿Cuál fue tu primer contacto con la poesía? ¿Qué autores te marcaron?
- L: Mi primer contacto debe haber sido en la escuela, en Madrid. En la primaria. De la mano de Góngora y Quevedo. Y claro, mis primeros intentos, a eso de los doce, se debatían entre el exceso de retórica de uno y la irreverencia cómica del otro. O sea, un desastre. Cuando apareció Santa Teresa los desbancó a ambos. Su pulsión erótico mística fue toda una revelación. De ahí salté a Apollinaire, a Baudelaire, a Rimbaud.

- T: ¿Crees que se puede pensar en una función de la poesía?
- L: Sí, claro. Su función es el desvío. Abandonar la calle principal del lenguaje, tan gastada. Y perderse con estrategia.

- T: ¿Qué es lo que te parece que hace a un poema valioso?
- L: Para mí, un poema es como una adivinación. Un acto en los límites del lenguaje. Pero además, tiene que hablarme al oído. Es como una conversación nocturna, el tren en movimiento. Cada tanto ves la luz de las estaciones. Y volvés a la oscuridad.

- T: ¿Qué autores destacás de la poesía contemporánea?
- L: Ted Hughes, Vasko Popa, Joyce Mansour, Mina Loy, Miguel Ángel Bustos. Sí, ya sé. Están muertos. Pero tan vivos, que asustan.

miércoles, julio 27, 2016

Carnívora en estado de gracia



Por Guillermo Saccomanno

Al Poder no le gusta que el arte se conecte con lo político, la escritura con lo político. Es decir, el uno con el todo. Para quien escribe, escriba lo que escriba, lo político está en el lenguaje. En este plano, en el lenguaje, es donde Lao se rebela contra las normas del habla y el discurso público al buscar un sentido en el caos y en lo subterráneo. Tanto en sus ficciones como en su poesía, Lao se rebela contra los modos – mejor dicho “los buenos modales” – que el sistema espera de la poesía, una lírica que consensúe. Brecht dijo que la verdad tiene un tono, que hay que saber cómo encontrarlo. En lo personal – desde qué otro lugar puede hablarse cuando hablamos de poesía -, estoy convencido de que Lao escribe en la noche buscando un tono, una verdad. Diría entonces: la poesía como expresión del ser autodesterrado de la normalidad y también como vidente, interpretando el dolor, el propio y el ajeno y, a la vez, volviendo natural la paradoja, manifestando en la herida la felicidad de la escritura. Me gusta imaginar a quien escribe poesía como exorcista. Pero, ¿se pueden acaso extirpar los monstruos y deformidades del sueño donde se hacen carne? La poesía suele intentarlo. Y este es el caso de Lao con sus percepciones más próximas a la verdad de nosotros que cualquier interpretación psi bien intencionada. Hablo de lo salvaje, lo reprimido.

Al pensar en la antinomia bastante falsa narración/poesía, me pregunto por qué no pensar estas dos escrituras como complementarias. Es aquí donde Lao irrumpe con un gesto infrecuente. Escritora de teatro, escritora de novelas, escritora de cuentos ahora se presenta como escritora de poesía, una poesía que me gusta leer como conjunto de relatos que, en lo profundo, se constituyen como autorretrato y grito. En estos poemas que componen “Carnívora” habitan los integrantes de un zoo onírico en el que conviven desesperaciones, temblores, llagas y coágulos. En efecto, hay que mencionar la sangre, la sangre se siente al leer a Lao. Extremando, diría que escribe con sangre. Su tinta es sangre. Así se lanza a una cacería. Lo que evidencia: la tensión dialéctica carne y espíritu. Leamos lenguaje en vez de espíritu, leamos la búsqueda de esta, a menudo, imposible fusión. Acá surge una violencia que proviene de lo sagrado, la palabra, porque en el hecho poético la palabra se reviste de un orden sagrado. A diferencia de la narrativa – las novelas, los cuentos – donde la palabra cumple un rol utilitario, situar al lector en una convención de lo que es “la realidad”, en la poesía, en cambio, la lengua no se propone como representación sino como revelación. El alumbramiento va en contra del orden establecido, subversión del cuerpo y también de la palabra, encuentro entre uno y otra que socavan el maniqueísmo. Lao se cuenta, cuenta y nos compromete en los escritos de la niña-tiempo, escritos a dentelladas.

Según Girard el sacrificio es a la vez tan santo como criminal. Ya en la tragedia griega el asesinato cumple una función ritual. El carácter sagrado de la víctima, que al ofrecerse asume el asesinato y libra el acto de su carácter penal. En su poesía Lao se inmola y a la vez se mira en el espejo en que la otredad la observa en visiones impiadosas, desquiciadas en un aullido. Porque la poesía hace esto, sustituye con belleza lo horrible de nuestras llamadas partes íntimas, las que no se ven sino en quirófanos y morgues. Pero donde más nos encontramos es en ese silencio abismo de lo que no se pronuncia sino que se alude, un abismo que nos atrae con su lectura, la lectura entendida como complicidad en la violencia ceremonial de los cuerpos que buscan su nombre en el destello de una frase, un giro, un punto. Esta lectura reclama tanto saltar al vacío como complicidad en el salto. Tendremos entonces que asimilar lo animal con lo humano. Y viceversa. Animalizar lo humano, digo. En el zoo, nuestros dobles, somos esa taxonomía. De esto se trata también el sacrificio: eviscerar los sueños. Lao se presenta con una poesía que media entre nosotros y otra cosa que no se nombra pero se conoce y angustia. Si no se la nombra es porque, como en el zen, el insight resulta intraducible. Estamos, ni más ni menos ante la función sagrada de la palabra poética. “Ingresar en la poesía de Lao, en la opinión de Hernán Ronsino, “es ingresar en un “laboratorio de la lengua”. Y también: “El cuerpo, en “Carnívora” será entonces sobre el cual la lengua se desplace como un ejército sediento, voraz, animal”.

Después de redactar estos apuntes, vuelvo a la lectura de Lao. Leo a Lao una y otra vez. Y me doy cuenta de que me pasa lo que no siempre pasa: en cada lectura ingreso en una zona de misterio donde se empiezan a escuchar voces, todas las voces que puede ser ella. Quiero subrayarlo: el dolor en estado de gracia, una experiencia nocturna.


(Este texto fue parte de la presentación de Carnívora, de Fernanda García Lao, en el Museo de Ciencias Naturales de la ciudad de La Plata.
El libro fue editado por Facundo Abalo para Edulp. Editorial de la Universidad de La Plata, julio 2016).

domingo, julio 17, 2016

Bucear sin agua

RADAR
PÁGINA12
Domingo

Fernanda García Lao

Si lo primero fue la palabra, la Historia comenzó tardísimo. Los gruñidos anteriores quedaron afuera. Hubo que esperar a que se nos acomodara el hocico para decir algo y que ese algo fuera imitable, repetible y se contagiara al resto. Hubo que saber modular y hacer figuras con la lengua. La sutileza era imprescindible, si se abría mucho la boca la palabra no se hacía. Mejor retener el aire y soltarlo con cuentagotas que eructar un chillido.

Y el silencio, qué. ¿Acaso no sirve? Los animales mudos a simple vista, como los insectos, salvo ruidosas excepciones, no fueron tomados en cuenta. ¿O son derivaciones del lenguaje? Qué fue primero, ¿la hormiga, o la palabra que la nombra?

Para Burroughs, la palabra hablada no bastaba. Nos hacía falta la escritura. Ese virus, según él, que albergamos como un parásito en nuestra células con tanto éxito que pensamos que es parte de nosotros. Siguiendo su lógica, los analfabetos son gente sana. Que no ha sido contagiada o ha derrotado a la palabra escrita. ¿Con qué? De oralidad también se vive.

Lo que no se cuenta no existe, sugieren algunos. Pero Dios, su palabra, es contado a pesar de lo monumental de su ausencia. Siglos hablando de alguien que no está. Un borrado. ¿Creador arrepentido? El mundo no tiene autor a la vista. Es un anónimo.

Entonces, apareció la literatura. Para decir lo que no es. Inventa espejismos pero lo hace recurriendo a la verosimilitud. Usa la verdad como trampolín para saltar hacia otro lado. Y no se conforma con crear historias, se propone interferir en las ideas. Hacer palabras. Imponer lo que no existe con la potencia del que sí está. La literatura le quiebra la mano a Dios.

La quijotada irrumpe en el mundo a partir del siglo XVI. ¿Cómo se decía antes? De Sade, sadismo. De Von Sacher-Masoch, masoquismo. Balzac populariza un modo de contar. La verdad en entregas. A mediados del XIX, Flaubert inventa el bovarismo, ese estado de insatisfacción crónica, no sólo femenino, derivado de la disparidad entre las aspiraciones personales y la realidad. El fondo del mar lleva la firma de Julio Verne y la imagen que tenemos de Marte es una creación de Ray Bradbury. Más acá, los mataderos son de Echeverría y los locos, de Arlt.

Me digo que el autor no importa, que la humanidad devora ese tipo de dioses hasta aniquilarlos y hacerlos invisibles, una generación tras otra. El autor se convierte en perversión, o su personaje en fenómeno. El mundo se acomoda rápido. No hay que leer a Sade para entender el sadismo.

Según Shelley, citado por Borges, todos los poemas son un solo poema infinito que los poetas y el tiempo escriben en fragmentos. Sin embargo, todos queremos firmar nuestra parte. Que quede constancia de nuestro nombre. ¿Será que pretendemos un mercado o algunos fieles, aunque seamos profanos y la profanación, base de nuestra naturaleza?

Y qué pasa con la palabra mal escrita en estos tiempos de ferocidad virtual. Como apunta Nicolas Bourriaud “Si la autopista permite efectivamente viajar más rápido y con eficacia, también tiene como defecto transformar a sus usuarios en meros consumidores de kilómetros y de sus productos derivados”. Somos gente sin tiempo. La aceleración también licua las palabras. La humanidad escribe con apuro en soportes descartables. Nunca se escribió tanto y tan mal. Pero si el arte es diálogo, de qué hablamos cuando escribimos a medias. ¿La sintaxis tiene dueño?

A pesar del apuro, o a partir de él, hay necesidad de decir. Y más escritores que lectores. A nadie se le niega una novela. Prolifera el deseo de verse por escrito, como si la edición fuera una prueba de nuestra existencia. Pero Harold Bloom nos advierte: toda escritura es una reescritura. La sombra de la palabra se proyecta desde el principio y quien la usa no es más que una ruta por la que ella se traslada.

Después del intento de virtualizar la literatura, el mercado está reconociendo su fracaso. Contra la masticación acelerada, los lectores, especímenes en vías de extinción, seguimos prefiriendo el papel. Y los escritores también. Somos consumistas de objetos. A la palabra escrita, pero sin cuerpo tangible, pareciera que se la lleva el viento. Los libros, como el sexo, tienen olor. No es lo mismo ver porno por internet que practicarlo.

Hace una semana, un remisero me preguntó a qué me dedicaba. Escribo, respondí. Qué. Ficción. Para qué. No sé, le dije, tal vez porque no entiendo. ¿Y escribiendo entendés? No, pero hago el intento. Es como practicar buceo sin agua. El tipo corrigió el espejo retrovisor para enfocarme. Ah, una locura, me dijo. Sí, le respondí. Una locura, pero con sistema. El tipo tragó saliva. Qué pena que ya nadie lea, ¿no? ¿Te molesta si pongo la radio?

martes, julio 12, 2016

Carnívora en La Plata

El CRONISTA
CARTELERA 11.07.16 | 06:50
Fernanda García Lao desata su poesía voraz en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata




La reconocida escritora presentará su nuevo libro de poesía "Carnívora" (Edulp) el próximo jueves 14 de julio a las 19:00 hs.
En un marco único, entre animales embalsamados y restos fósiles que forman parte del mítico Museo de Ciencias Naturales, la escritora Fernanda García Lao, en conjunto con la Editorial de la Universidad Nacional de La Plata, presentarán "Carnívora", su primera obra poética, que forma parte de la colección Ficción de la Editorial en la Serie Poesía.
La presentación comenzará a partir de las 19:00 en el Museo (Paseo del Bosque s/n) y estará a cargo del reconocido escritor, Premio Nacional de Literatura, Guillermo Saccomanno. La entrada será libre y gratuita.
El evento cuenta con la particularidad de ser la primera vez que la Editorial de la Universidad de La Plata, realiza una presentación de un libro en el Museo ubicado en pleno bosque platense. Además de este primer evento, el libro también contará con una segunda presentación en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en el mes de agosto.

Sobre el libro, por Hernan Ronsino:

"Abrir un libro de poemas de Fernanda García Lao es como meterse en un laboratorio de lengua. Y en la entrada de ese laboratorio irrumpe esta advertencia: Leer y escribir para no sentir el cuerpo es una forma de suicidio. El cuerpo, en Carnívora, será entonces el territorio sobre el cual la lengua se desplace como un ejército sediento, voraz, animal.
El cuerpo tomado por la palabra más desnuda. Un poema no es otra cosa que los restos de un náufrago: "a la deriva/ con la serenidad del que se hunde"

Sobre el libro, Antoni Casas Ros:

"Hay en Carnívora un salvajismo galáctico, los cuerpos de las palabras que chocan en combate en el espacio interior del lenguaje. Quedan sólo el nervio y la carne, la intensidad erótica. Suponemos que muchas palabras están muertas. Y las que quedan dan testimonio de esa batalla interior. Filtrando esas lavas se crea el juego de colores, una vivacidad vegetal percibida con una invitación a lanzarse a la sombra, al caos y su magma fértil para descubrir allí sus gemas…"

Sobre la autora:

Fernanda García Lao (Mendoza, 1966) fue seleccionada por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2011 como uno de "Los Secretos mejor guardados de la literatura latinoamericana".
Vivió en España desde 1976 hasta 1993. Es escritora, dramaturga y poeta. Publicó las novelas Muerta de hambre (1º Premio del Fondo Nacional de las Artes). La Perfecta otra cosa (3º Premio Cortázar). La piel dura, Vagabundas y Fuera de la jaula. Así como el libro de cuentos Cómo usar un cuchillo. En 2015, publicó Amor invertido en coautoría con Guillermo Saccomanno. Escribió para distintas publicaciones a ambos lados del océano (Babelia, Revista Quimera, Letraslibres, El Buensalvaje, Página/12, Revista Ñ).
Algunos de sus textos han sido traducidos al inglés, al francés, al portugués, al sueco y al griego para revistas digitales y en papel. Ha publicado en Francia, México y próximamente en Costa Rica.

lunes, julio 11, 2016

María Elina Rúas

El 9 de julio en una nota como sin querer, recordé mi primera obra como dramaturga: La mirada horrible. Por aquel entonces, trabajaba en dúo con Laura Aprá. Y necesitábamos una actriz que me acompañara en escena. Tenía que ser intensa y bella, bastante más grande que yo. En la obra, una taxidermista. En cuanto la vimos supimos que era ella. Enorme actriz y compañera que se jugó en el riesgo del teatro independiente con dos desconocidas. Nos dio una maravillosa lección de amor por el teatro desde el primer día. Yo la recuerdo en escena, el brillo de sus ojos. Y una función en particular, en el teatro Callejón. La obra era una rareza. Animales disecados. Diálogos extraños. Había poco público: exactamente ocho personas. Los contamos con tristeza. Pensamos en suspender. Ella dijo que mientras en las butacas hubiera más gente que en escena, la obra debía hacerse. Que debíamos honrar la curiosidad de los que habían venido. Nos miramos. Eramos dos en el escenario. Fue una función alucinante. Los espectadores nos aplaudieron como nunca. Les quemaban las manos cuando se acercaron a saludarnos.
Su modo de decir y de mirar en escena me hacían olvidar que no éramos reales. Yo creía cada escena. Cuando ella comía delicadamente los ojos de los cuervos me olvidaba que eran aceitunas y me hacía temblar. En el papel de A, le decía a un pájaro disecado: Yo te puse los ojos. Cada vez que mires, verás con lo míos. Y será tan rotunda tu confusión que así como eres mío, yo seré tuya. Mi cara, mis venas, los labios. Cada día que pase tu muerte será para mí y yo viviré reconstruyéndote. No podrás olvidarme.
María Elina era una maestra. Yo, su aprendiz.
Resulta que el 9 de julio se fue de este mundo. Y a mí hoy se me cierra la garganta.

martes, junio 28, 2016

Presentación de Carnívora

¡El jueves 14 de julio corporícense en La Plata! Basta de centralismos. Nos metemos en el Museo de Ciencias Naturales para presentar Carnívora, mis poemas primeros. Estaremos con la plana de Edulp, comandada por Facundo Abalo junto a Guille Saccomanno, a los pies de un dinosaurio. Me emociona y me perturba leer y atravesar salas llenas de seres cristalizados.
Ojalá se contagien de oscuridad conmigo.

viernes, mayo 27, 2016

Dejarse atrapar

Por Lao



Uno ingresa a un autor varias veces. Y cada vez es capturado de una manera distinta. Creo recordar el primer impacto, la bofetada que recibí leyendo El tambor de hojalata. Yo aún era menor de edad. Pero ese libro estaba en casa. Si para Gunter Grass “buena parte de la literatura que yo puedo escribir surge de las pérdidas”, en aquel momento yo misma, su lectora, había sufrido las mías propias. No hubo tiempo de prepararse para su irrupción. El libro ya estaba abierto. Frente a mí, un niño monstruo, el cuerpo detenido del que se niega a crecer. Oscar Matzerath, voz vítrea, rodeado de personajes estrafalarios, escenas sexuales y oscuras, que de tan delirantes resultan poderosamente realistas. El niño y a su tambor, como un miembro más de su cuerpo, fetiche ruidoso y revelador, que se niega a desarrollarse a los tres años como método de resistencia. Aunque el tiempo siga y la historia familiar sea atravesada por la segunda guerra. La voz vitricida del pequeño criminal y sus arrebatos de tambor, lo condenan a arrestos domiciliarios impuestos por la madre, después de romper cristales, vidrios o anteojos y de generar escenas a golpe de redoblante donde los adultos pierden las formas y quedan desnudos, patéticos.

Poeta, dibujante, dramaturgo y narrador, laureado primero, reprobado después, Gunter Grass empezó leyendo en su pequeña casa de dos ambientes cerca del suburbio de Danzig-Langfuhrt los libros que su madre guardaba en un pequeño armario. “Mi madre era de un club del libro. Allí estaban las novelas de Dostoievski y de Tolstoi al lado de Hamsun, Raabe y Vicki Baum. También el Gösta Berling de Selma Lagerlöf quedaba a mano”. Para concentrarse, se tapaba las orejas con los dedos índices. La realidad era ensordecedora y había que fabricar el silencio para ingresar a lo que Grass bautizó contramundo: el mundo metido entre dos tapas. Su propia madre, como la de Oscar, administraba un almacén y tenía su dosis de extravagancia. Cantaba óperas y operetas a dúo con el receptor de radio popular, mientras hacía las cuentas. Y llevaba a Gunter al teatro municipal.

Mi segunda lectura fue, precisamente, teatral. Busco mis subrayados sobre la pieza Antes. “La utilería será reducida a un mínimo y dejará lugar a la actuación. La realidad es la realidad de la escena”. En la primera, Starusch, un profesor de segunda enseñanza, está sentado frente al Dentista. No se habla de muelas. Toda la pieza es un gran diálogo entre cinco personajes donde las intervenciones son absolutamente políticas y se mezclan asuntos personales con teorías sobre la embriaguez del triunfo, perros con submarinos, deportados y estadísticas. La Literatura como el reverso de la Historia. La que se enfoca en los sucesos menores y destruye la intimidad del mismo modo que las decisiones de Estado lo hacen a gran escala. “Para la Literatura, lo elevado resulta ridículo, lo grande insignificante”.

De El gato y el ratón no me olvido. Lo tomé en préstamo en una biblioteca madrileña y no podía devolverlo. Literalmente. Fui conminada cada mes, mediante llamados telefónicos. Cada vez menos amables. Antes de dejar Madrid, decidí devolverla. Pero anoté frases en un cuaderno, como quien registra un encuentro amoroso. “Mahlke no tomaba las cosas a la ligera, y mientras nosotros dormitábamos en el bote, él trabajaba bajo el agua”. Otra: “Tenía los párpados enrojecidos, ligeramente inflamados y con escasas pestañas, y los ojos de un azul claro que sólo mostraban curiosidad”. Para contarlo, como buen dibujante, Gunter Grass recurre a una zona visible de su cuerpo. “No tenía nada de hermoso. Para ello hubiera debido hacerse reparar la nuez. Es posible que todo residiera en ese cartílago”.
Este libro me persigue y se oculta desde hace tiempo. En cuanto llegué a Buenos Aires me lo compré, pero por algún fenómeno que no entiendo está y no está en mi biblioteca. Hace horas que lo busco, que juega a hacerse desear. Haciendo honor a su título.



Dejarse atrapar

miércoles, mayo 25, 2016

patologías culturales

Programa N° 552. Pasó Fernanda García Lao por Comunidad de lectores, la columna mensual sobre libros que coordina Ana Ojeda, para hablar sobre su libro Amor invertido, escrito a cuatro manos con Guillermo Saccomanno (y publicado por Seix Barral en 2015).


La charla arrancó con una pregunta que vertebra el libro: ¿qué es el deseo? En algún sentido, Amor invertido es una reflexión novelada que intenta contestar este interrogante. Escrita por dos autorxs, con dos protagonistas, en dos territorios (Sudamérica y Europa), a lo largo de dos siglos (siglo XIX y XX), el libro se organiza en dos partes (un epistolario deforme, algo corrido de los mandatos tradicionales del género y un después, titulado “Sístole, diástole”). Sus autorxs, sin embargo, desarrollaron un cuidadoso trabajo de corrección para dotar el todo de una unicidad propia del escritor/a únicx.

Libro libertino –en la tradición del gran marqués–, “por momentos pornográfico”, al decir de Lao, Amor invertido nació del encuentro de sus dos autorxs en el Festival Azabache de Mar del Plata, hace algunos años. “Fue un medio flechazo”, ríe Lao, y cuenta que, como ella debía partir en seguida hacia Francia por trabajo, Saccomanno le propuso escribir, a la manera de un cadáver exquisito, algo juntos. El resultado fue este artefacto literario, lleno de humor y amor, deseo y duda.

lunes, mayo 09, 2016

El otro Cervantes

Suplemento RADAR
PAGINA 12

Domingo 8 de mayo

Por Fernanda García Lao

DE CASTIGOS VARIOS

A propósito de las efemérides ilustres de los últimos días, en séptimo grado, en la nada glamorosa Villa de Móstoles donde vivimos con mi familia algunos años del exilio, tenía un compañero de apellido Cervantes. El más burro, a decir de los bellacos que hacían las veces de profesores. El tal Cervantes recibía con indiferencia las comparaciones y los chascarrillos que su noble apellido suscitaba. Era un repetidor serial que miraba con abulia desde arriba. Consciente del oxímoron.

Busco en internet el viejo colegio, sito en la ilustre calle Velázquez de la Villa, y encuentro que ahora es bilingüe. No puedo menos que evocar al profesor de inglés de aquellos intempestivos días, de cuyo nombre no quiero acordarme, etc. Una especie de matarife de los buenos modales y de la fonética que escupía un frenético Jau ar yú? mientras controlaba desde la ventana su Fiat 600.

Su método educativo era casi de vanguardia. Simple, pero efectivo. Cuando alguien se equivocaba o respondía con burlas a sus cuestiones, el profesor brindaba dos alternativas. La pregunta que nos hacía era en castellano: ¿copia o capón? Es decir, nos dejaba optar por el tipo de castigo y cada cual resolvía en libertad, según sus prioridades, semejante disyuntiva.

La primera vez que fui merecedora de sanción no tenía idea de qué significaba aquello. Pero, por fortuna, tenía a Cervantes de mi lado, para graficarlo. A pesar de su mirada perdida.

El profesor nos había encontrado distraídos a ambos. Cada uno en su cápsula de despiste. Se nos acercó amenazante, pero se detuvo frente a la mesa del oxímoron, primero. Tú, bájate del molino, Cervantes. Qué prefieres, le dijo con voz salvaje. Copia o capón. Capón, respondió sin dudar mi compañero. Y enseguida recibió un golpe de puño seco en la cabeza. Yo estaba horrorizada. La bestia enfiló hacia mí. Ahora tú, Dulcinea. Qué eliges. Ni lo dudé: copia. Muy bien, entonces escribe I ‘m stupid, cien veces en la pizarra.

Ya se habían ido todos cuando terminé con el último stupid. Gran lección del Cervantes moderno: la escritura es un trabajo lento, mejor poner el cuerpo.

No recuerdo cuántos días pasaron, pero era de noche aunque fueran las cinco de la tarde. Pleno invierno. Repasábamos los verbos irregulares con la voz monocorde y las estufas encendidas. Pay, paid, paid. De pronto, el profesor se detuvo junto a la ventana. Y se quedó mudo. Parecía hechizado. Inmediatamente, se puso a llorar, a tocarse la frente. Salió del aula poseído.

Vimos el desastre desde la ventana. Alguien había destrozado su Fiat 600. Alguien había roto con furia los vidrios. Todos celebramos con risas la tragedia. El único que se mantuvo en su lugar fue Cervantes. Una mueca torcida por todo gesto. Antes de salir, nos revisaron a todos. A él le encontraron una enorme llave inglesa oculta en su campera. Fue expulsado al día siguiente.

El asunto de la llave inglesa me pareció poco sutil pero de lo más aleccionador. El profesor había sido castigado por su mal manejo de la lengua con la mejor herramienta: la metáfora.

A menudo me pregunto qué habrá sido de aquel Cervantes sin obra, de aquel incomprendido. Nunca lo volví a ver. Tal vez haya recurrido a un juez, maldiciendo su genealogía.

ENTREMES DEL HEREDERO ACONGOJADO

Le ruego a su Señoría me ahorre la gloria de mi pariente manco. Prefiero ser un Sánchez, un García. Yo aspiro a la modestia de los nadies.

No lloréis, caballero. Enjugad vuestras lágrimas y os haré justicia. Desplegad la idea.

No soporto las comparaciones y reniego de la lírica, señor Juez. Una égloga me suena a dolor de garganta. Los entremeses me gustan con mahonesa.

Pues para la ley vuestro caso viene siendo bastante endeble, jovenzuelo. Ahondad en la desgracia, que estoy escaso de tiempo.

Aspiro a ser fontanero, su Señoría. Cómo arreglar un grifo me parece más interesante que firmar comedietas, darle voz a desvaríos, besar las espigas de los Condes o engañar a las vejetas.

Denegado. No hagáis lugar a la necedad ajena. Que un Cervantes técnico no es menos que un poeta. De hecho, lo prefiero mil veces. Que de palabras está el mundo lleno. Y os digo más. Que de aquel noble sofista se haya destilado este pariente sin pretensiones, nos da la pauta de que el ADN es inútil en cuanto a trasladar talentos. No se amedrente y tenga hijos, señor Cervantes. Por número superaremos los males que el exceso de pensamiento nos causa. A base de licuados genéticos seremos en breve idiotas y ya nadie recordará al Cervantes primero. Que no hay memoria que dure tanto. Haced oídos sordos y compraos una llave inglesa.

Ya tengo.

Pues aquí os espero. Y que sea mañana mismo, que tenemos las cañerías del baño de damas a la miseria.

Gracias, su Señoría.

Resucita en ti el honor perdido, muchacho. Y el gusto, que estaba muerto. ¡Que pase el que sigue!

domingo, abril 24, 2016

Ingebor Bachman

AY

No pertenece a ningún grupo
no pertenece a nadie ni a nada
no se pertenece ni a sí mismo
ni le pertenece tampoco el pensamiento, que sin ser
molestado, entonces qué

que, al triunfar, se abren
todas las puertas y entra
con música
él, el Don Nada
y entra,
de luto,
ufanamente, entra el
Dios, que es uno,
entre la parodia,
de la que es él,
llego yo
para hacer frente
a la pura
violencia
y a los poderes
bien vestidos.
Voy yo
que soy uno
y aún quiero ser
sin música, sin resistencia
quiero ser y seguir
perdurando, no por resistir
sino a pesar de ello.

viernes, abril 22, 2016

Joaquín Giannuzzi

ASTROLOGÍA

En un punto del universo ha estallado una estrella
y simultáneamente el equilibrio químico
se turba desconcertado en una célula de mi vecino.
De este modo el cáncer se instala del otro lado de la pared.
Si tengo una estrella para mí, por el momento
brilla estáticamente sostenida
hasta que alguna mutación en su seno llameante
determine un coágulo en mi historia personal.
No es que crea mucho en estas relaciones,
en el lenguaje prefigurado que torna dramáticas las constelaciones.
Creo sí en el deterioro universal,
en las fallas del mecanismo que no entraron en la cabeza de Kepler,
en el movimiento falso del músculo,
en la cláusula ambigua del tratado de paz:
dones de un mismo reino donde las proporciones son apenas un accidente
y la falta de sentido y de fidelidad lo único serio;
piedras en la vesícula, explosiones en el sol,
una chinche aplastada y una clamorosa colisión en la cabellera de Andrómeda.

lunes, abril 04, 2016

VOLVERSE PÚBLICO

RADAR
PAGINA12


Domingo 3 de abril de 2016

Por Fernanda García Lao

Me he mantenido de pie toda la vida/ en medio del curso directo de una batería de señales. Con Adrienne Rich empiezo la mañana, pongo la pava y prendo el vicio. Entonces, veo trapos colgados al sol. Un video en blanco y negro con siete sevillanos que avanzan por una calle haciendo palmas. Un pingüino con sentimientos besando la cara afilada de un viejo que lo salvó. La sonrisa petrificada de una tal Vicky que se casa. La rotura del Perito Moreno con la imagen de Lilita encima, recostada sobre el puente ejerciendo presión. La aparición de un libro “que en su brevedad y en su construcción, provoca el lector lo suficientemente lejos, en una especie de vértigo histórico”. Autobombo de varios autores reseñados. Una que “Back in Phuket” y agrega la foto alusiva. Otra que “Macri basura” y una foto de las Madres. Uno promocionando su taller, que podría ser yo hace cinco posteos. Otro más gritando ¡NO A KEIKO FUJIMORI!, así en mayúsculas, para que se oiga mejor.

Sorbo el mate con ese rumor de imágenes al que le sumo mi propio sonido, “Break into your heart”, del último disco de Iggy Pop. Y me pregunto a dónde irá tanta cosa. Imágenes que olvidaré en cinco minutos, o que construirán mis pesadillas nocturnas. Cientos de cabezas en la mía. Nunca más real, lo del inconsciente colectivo. En vivo y en directo, prendo y apago los miedos ajenos como las luces de casa. Para no gastar energía. Cargo con miles de muros en la espalda. Y aporto mi frase del día, sumo con saña mi propia cantinela.

Veo pasar el tiempo en el relojito digital de la pantalla. Cada segundo, una cara. Al cabo de treinta muecas, el mate está frío. Y faltan los diarios. Me voy a la biblioteca y capturo a Boris Groys, lo ichineo. “Aunque no todos producen obras, todos son una obra. A la vez, se espera que todo el mundo sea su propio autor”. Vuelvo para ver cómo se construyen los demás, cómo se narran. Cada gobierno necesita su relato, cada uno de nosotros también. El Estado y el individuo descartan su oscuridad, tajeando la verdad para gustar de todos. No hay frustración, ni pobreza. Sonría para la foto. Regale su mejor perfil, aunque esa nariz no sea suya. Fotoshopee el mundo. Diseñe su imagen como si usted fuera un living. Copie y pegue. Macri baja cuadros, y usted suprime sus propias desgracias.

Cuando murió Umberto Eco, yo me definí en facebook como Apocalíptica e integrada y ese gesto fue reproducido por un portal de noticias unos minutos más tarde. Dice Groys “en el mundo de hoy, la producción de sinceridad y de confianza se ha convertido en la ocupación de todos”. Los medios masivos tradicionales se alimentan y reproducen a diario lo que millones de individuos generamos sin más presupuesto que la conexión a internet y el consumo indiscriminado de nuestro tiempo. Se provocan reacciones en cadena que parecen implicarnos, aunque tengamos el cuerpo frío. Cada frase, imagen o música compartida es a costa de un culo encajado en una silla. Somos dedos y ojos que imaginan la existencia. Piezas para el descarte. Se suprime el cuerpo y se entrega la cabeza. A cambio de qué.

Internet nos ofrece una interesante combinación de hardware capitalista y software comunista, apunta Boris Groys. “Los así llamados ‘productores de contenidos’ cuelgan sus contenidos en internet sin recibir ningún tipo de compensación. Y las ganancias son apropiadas por las corporaciones que controlan los medios materiales de producción virtual”. Es decir, trabajamos gratis, haciendo uso de nuestra biografía. Entregamos las fotos de la muerte del nono, a cambio de la sensación de existir. Mientras tanto, los dueños de las plataformas cotizan en Bolsa.

El amor, nuestros comentarios, la política, la muerte en Siria, son objetos de consumo. Un álbum que sucede en sincronía y que genera ingresos. Leemos cinco diarios, parece que estamos a un click del mundo pero en la habitación no hay nadie. Ni siquiera uno. “Yo no tengo idea, sólo palabras y silencios”, escribió Marguerite Duras. Dónde está mi silencio, me digo. Miro de reojo el relojito digital. Y siento miedo. Ya estoy veinte minutos más usada que antes. Decido cerrar mi sesión, qué palabra, cuando entra un mensaje. Alguien me ha etiquetado. Quiere compartirme en su muro. Le digo que no. Hoy me siento egoísta.

Prendo la pava y apago la fábrica de noticias. Vuelvo al librito de Rich. Esta es mi manera de regresar, dice ella. Afuera, un grupo de cotorras ha tomado el árbol de la vereda.

viernes, marzo 25, 2016

GOLPES. RELATOS Y MEMORIAS DE LA DICTADURA

Literatura para continuar exhumando la memoria del horror
PÁGINA12
25/03/2016

Seix Barral publicó un libro que reúne 24 textos inéditos, escritos a 40 años del golpe cívico-militar por Juan José Becerra, Gabriela Cabezón Cámara, Martín Kohan, Mariana Enriquez, Ernesto Semán y Fernanda García Lao, entre otros.

Por Silvina Friera

La banda sonora de los recuerdos es como una película del pasado que se conjuga en presente, un avance de escenas un tanto escamoteadas, el temblor de las intuiciones que captura las experiencias para examinarlas entre las murmuraciones de la mente. Aunque los colores de la escenografía y el paisaje puedan ser en blanco y negro o en sepia –cuesta imaginar en colores eso que en el elástico de la memoria denomina “los años 70”–, la paleta pictórica opera a favor de “cepillar la historia a contrapelo”, para invocar una expresión de Walter Benjamin. “Mi padre me despertó a la hora del desayuno y dijo, sacudiendo la almohada muy suavemente, no hay escuela, no hay clases, al final dieron el golpe, hoy no voy a trabajar. Y yo me sentía feliz, con mis 11 años, porque iba a dormir más tiempo. Porque podía quedarme en casa a jugar. Porque aún no conocía aquello de ‘se acabó ese juego que te hacía feliz’”, se lee en el cuento homónimo de Eduardo Berti que integra Golpes. Relatos y memorias de la dictadura (Seix Barral). Con edición y prólogo de Victoria Torres y Miguel Dalmaroni, el libro reúne 24 textos inéditos, escritos a 40 años del golpe cívico-militar por Juan José Becerra, Gabriela Cabezón Cámara, Sergio Chejfec, Mariana Enriquez, Carlos Gamerro, Fernanda García Lao, Inés Garland, Aníbal Jarkowski, Federico Jeanmaire, Martín Kohan, Alejandra Laurencich, Laura Lenci, Julián López, Esteban López Brusa, Sebastián Martínez Daniell, Sergio Olguín, Mario Ortiz, Patricia Ratto, Carlos Ríos, Ernesto Semán, Patricia Suárez, Paula Tomassoni y Alejandra Zina.

Los editores del libro explican en el prólogo que convocaron a escritoras y escritores argentinos nacidos entre 1957 y 1973 –años más, años menos– porque “esas chicas y chicos atravesaron aquellos años extremos en momentos de la vida durante los que ciertos rincones y tonos de la memoria personal y de las propias biografías ganan intensidades únicas y significados perturbadores, inquietantes y siempre abiertos”. “Les pedimos que diesen forma escrita a alguna porción de ese archivo mental y emocional personalísimo donde los recuerdos y las anécdotas del conflicto social, histórico y vital resultan siempre trabajados por la imaginación, por los sueños y las pesadillas, por los recortes del olvido o las insistencias de percepciones, matices, perfumes o ruidos imborrables. Algunos reinventaron los estilos del testimonio autobiográfico, otros apelaron a la ficción, o al encadenamiento poético de imágenes y de pasadizos inusuales del idioma, todos a una mezcla única de formas y tonos”, comentan Torres y Dalmaroni. “Como los sueños, como ciertas variantes del humor, el arte y la literatura manifiestan siempre dimensiones vacilantes e inciertas del pasado y de su espesor. Permiten entrever las caras menos nítidas, o las más incómodas, de experiencias a veces impactantes, de esas que nunca podremos asimilar por completo ni dejar atrás. Cuando leemos literatura, el predio donde discurren y se nos muestran esas vivencias son las voces: los timbres, las alturas, los volúmenes que las distinguen y singularizan”, plantean los editores.

La pérdida de la inocencia

En “Mis dos hemisferios”, Fernanda García Lao (Mendoza, 1966) repasa un álbum familiar que sólo existe en su cabeza. A su padre, Ambrosio García Lao (19261983), periodista radial y gráfico, pionero de la televisión mendocina, le ofrecieron la dirección de la Escuela de Periodismo en 1976. “A cambio, mi padre debe vigilar y señalar docentes, personal no docente y alumnos. Le muestran una lista con nombres y un punto de color al lado. Cada color significa una desgracia, salvo el verde. Ve, usted está limpito. Rechaza el ofrecimiento sin dudar. Le piden que lo reconsidere. Lo dejan solo un rato largo. Encerrado en la oficina castrense donde lo han citado. Regresan con el ofrecimiento. Vuelve a negarse. Lo encierran de nuevo. La escena se repite varias veces, durante horas. Mi padre piensa que no lo van a dejar salir más. Pero lo dejan. Cuando llega a casa, la decisión ya está tomada. Nos vamos”. La familia rumbea hacia Madrid y García Lao cumple 10 años en el avión que la lleva a ella, a sus dos hermanas y a sus padres, a España. “El mundo se transforma sin aviso. Hasta el cielo es otro. Las Tres Marías no están. En su lugar, miles de desconocidas. De un plumazo, sin infancia ni universo. El pasado, desvanecido. Mi inocencia tiene los días contados”.



En “Golpes”, Berti (Buenos Aires, 1964) ensaya una suerte de inventario de recuerdos personales y colectivos, una “extimidad” en términos de Jacques Lacan, lo que está más próximo, lo más interior, sin dejar de ser exterior. “Quise contar en mi novela La sombra del púgil lo que era tener 11, 12, 13 años durante la dictadura y vivirla a través de los silencios, los miedos, las evasivas, las dudas o lo cuchicheos de los padres”, cuenta el escritor. “Mi padre vino a casa y dijo, a la hora de la cena, parece que el golpe es mañana, y mi madre respondió, con un dejo de sorpresa, ¿eso dicen?, o sea, ¿ya lo saben todos?, qué duro para Isabel que se lo anuncien así: el golpe es mañana y ya lo saben todos”. El texto de Berti amplifica los contrastes y toda la gama de grises entre el saber y el no saber porque “no debe dividirse la sociedad de esos años entre culpables e inocentes”, aclara y señala que “hubo un montón de matices entre Astiz y los niños desaparecidos: gente que no sabía nada, gente que sabía y tenía cierto poder, gente que sabía y no tenía poder alguno...”.

Secretos en voz baja

La evocación de un partido de fútbol modela el relato “Antebrazo” de Ernesto Semán (Buenos Aires, 1969), un partido de All Boys y Argentinos Juniors “en que no hay mucho en juego”, excepto que en el segundo tiempo Gabriel y el narrador ven a Diego Maradona, el adolescente chiquito y menudo de Argentino Juniors. “Si pudiéramos escuchar al revés la cinta de este país, como un disco con canciones de los Beatles, me pregunto qué secretos dichos en voz baja descubriríamos”, dice el narrador y no se puede evitar descomponer las partes de una palabra clave: “des-cubrir”, literalmente quitar aquello que cubre algo. Hay voces que estremecen y ponen la piel de gallina como en “Perro negro”, una ficción de Patricia Ratto (Tandil, 1963) narrada en primera persona por una mujer que le prende velas al Cristo que tiene en la cómoda y espía a su nueva vecina, una chica “hippie” que ella cree con el novio. “¿Vos decís que son...?, se interrumpe la Esther. Yo me encojo de hombros y no sé qué contestar. Porque si es así –me insinúa, mientras estira el brazo con otro mate rebosante que no sé cómo voy a hacer para tragar–, vamos a tener que decirle a alguien. ¿Al padre Renato?, le pregunto. O al jefe de policía, me susurra, como si temiera que nos fueran a escuchar”. Los puntos suspensivos los completan los lectores: lo indecible y la delación. En “Actos de habla”, Mario Ortiz (Bahía Blanca, 1965) propone una especie de narración fracturada: “quebrar la línea es un corte,/ una quebrada/ o un corte de verso/ línea a línea/ verso a verso/ leer entre líneas” para recuperar lo versos de la bahiense Mónica Morán, actriz, poeta, titiritera, educadora y militante del PRT (Partido Revolucionario de los Trabajadores), secuestrada, torturada y acribillada a los 27 años en 1976 por el V Cuerpo del Ejército. Ortiz rescata uno de los poemas de Morán: “ah, eran hermosas/ todas aquellas ángelas viejas/ mojándose hasta las rodillas en el agua del mar/ riendo como niñas, como pequeñas/ lanzándose grititos y corriéndose unas a otras/ ah, eran hermosas/ todas aquellas ángelas viejas/ cuando se escapaban del altar a la hora del rosario/ empujándose, atolondradas por llegar primero/ y mojar los pies en la espuma/ jugando las enaguas con las olas”.

Carlos Gamerro (Buenos Aires, 1962) revela en “El murmullo” el momento epifánico en que descubrió lo que pasaba. Fue en el colegio inglés donde estudiaba, en una clase de biología, durante la euforia del mundial del 78. La profesora “desencajada” clama que “ella misma escribirá cartas a los medios extranjeros, denunciando las calumnias y la imagen deformada de la Argentina que están propagando”. Roberto, un compañero, murmura: “Pero es verdad. Esas revistas dicen eso porque es verdad”. El escritor ahonda en el impacto que tuvo escuchar esas palabras. “En ese momento lo supe: supe que lo que él decía era la verdad y que los demás mentían, o al menos se engañaban. No necesité pruebas, ni evidencias ni corroboraciones de ninguna clase. Supe que la gritería histérica, quizá desesperada, era un formidable ejercicio colectivo de negación, y ese solitario murmullo era la voz de la verdad. No sé por qué no lo busqué, después, para hablar con él, para pedirle que desplegara, en privado, en palabras más contundentes y más claras, ese balbuceo casi culpable”.

La parábola del dictador

Juan José Becerra (Junín, 1965) reconstruye acaso una de las experiencias más incómodas de narrar en “El beso de Videla”. “Yo estaba sobre la vereda, enarbolando la bandera argentina que me había tocado llevar en nombre de mi escuela junto a las dos compañeras que me escoltaban y los abanderados del resto de la escuelas de la ciudad, formando un paisaje de niños argentinos en escuadra en el que Videla pudiera ver obediencia patriótica”, relata el escritor. “Cuando salió, nos saludó revoleando los huesos de la mano con la que firmaba decretos tenebrosos y rebotaba hábeas corpus, y de golpe arremetió con saludos pedófilos para que no se le achacara gelidez. Me besó. El Excelentísimo Señor Presidente de la Nación Argentina y Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, nuestro rey, me besó como un padre que bendice el cráneo de su hijo para ejercer sobre él un poder de profilaxis ideológica”. Becerra, hacia el final del texto, se pregunta ¿qué es el poder? y ¿qué es la infancia? “No sé qué es el poder pero puedo saber lo que hace recreando la parábola del dictador Videla, formidable manifestación humana del Mal, que entró a la Municipalidad de Junín el 15 de octubre de 1977 con todas las herramientas de control y represión que nunca fueron usadas con tanta discrecionalidad en la historia argentina y salió embolsado en plástico forense del penal de Marcos Paz el 17 de mayo de 2013, sin conocer la experiencia del remordimiento. El poder viene y va, y mientras el poder lo tenga el tiempo no podrá afirmarse nunca como lo que siempre ha pretendido ser: una fuerza natural. De la infancia se puede decir que no es nada, que es lo que no pasó, que es una ficción de vapores en el aire. Citando a Videla: no está viva ni muerta. Está desaparecida”.

Viene a la mente, nuevamente, una frase de Benjamin: “Quien aspire a acercarse al propio pasado sepultado ha de comportarse como quien exhuma un cadáver”. A 40 años del golpe, la literatura sigue exhumando las memorias del horror argentino.

lunes, febrero 01, 2016

ACERCA DEL FIN


DOMINGO, 31 DE ENERO DE 2016





Por Fernanda García Lao

Idea que puede ser odiosa, prematura. Uno la empuja hasta que no la ve. La hace nocturna. Le apaga la luz a la palabra. Pero sabemos que sigue ahí. Oculta parcialmente. Un día, o una noche, se aparece. Uno la había olvidado. Quién sos. Ella no dice nada. Chasquea los deditos. Se pone cínica. Fin. Y te acompaña a la salida.

La palabra es breve, se dice rápido. Promesa de futuro que no arraiga: una puerta que va a cerrarse. A veces de golpe.

Se pelea con Eternidad. Se llevan pésimo. Eternidad se hace la interesante, la lánguida. Se estira y no escucha. Es una palabra perpetua. No entra en ningún lado. Eternidad tiene el pelo largo y no se corta las uñas de los pies. Fin, que no tiene paciencia, le pega una cachetada. Pero no la lastima. Nadie pudo registrar la eternidad, le dice, pero acabar es cosa de todos los días. Las discusiones duran tanto que siempre gana Eternidad. Aunque no tenga argumentos. Lástima que no haya con quién festejar. Anda sola por ahí. El único que podría entenderla sería Infinito, otro desclasado. Pero nunca se encuentran.

Hasta el fin suena a promesa romántica. Los amantes se besan, se ofrecen. Prometen. Y después, de pronto, uno de ellos dice hasta acá. Es el final, sí. Pero de quién. El que dijo la palabra se libera. La tuvo en la lengua y ahora la dibuja en los labios. El que la escucha se la queda. Y mira sin saber cómo hizo esa palabra para meterse en la boca sin haber sido vista. Hasta que ella lo espanta y se ve obligado a caminar en dirección opuesta.

Fin de fiesta huele mal. Suele estar rodeada de vómitos. Tiene el vestido traspirado, roto. Es rastrera. Una palabra caída del éxito. La que no se fue a tiempo. Ya no queda nadie en la pista y ella sigue moviendo la pelvis con la boca seca. La tienen que sacar a la vereda, le piden que no vuelva. Se aleja gateando, tras perder la poca reputación que le queda.

Es todo lo contrario de por fin. Que es la palabra esperada. Sí, un poco histérica. Da vueltas, está casi entregada. Ya la estaban desnudando y de pronto, no. Se sube el cierre, toma aire, abandona el recinto. Ya la dan por perdida cuando ella decide que quizás es el momento. Vuelve perfumada, con los dientes limpios. La reciben con signos de exclamación. Es aplaudida. ¡Por fin, nena! Ahí se abre de piernas, como si nada.

Fin de semana es un tipo relajado. Y bebedor. Le gusta derrochar. Si no puede salir, se queda en cama viendo la tele. Se babea. Pero como el suyo es un estado transitorio, esquiva el drama. Sabe que volverá al cabo de cinco días, las oportunidades no le faltan. Se parece un poco a fin de año, pero menos petardo. Sin tantas ínfulas.

A fin de cuentas, siempre anda con una calculadora. Es materialista, fría no. Tiene una lista de reproches bajo la manga. También pone cara de superada, pero es pura actuación. Sabe lo que está haciendo y no se calla. Te larga el resumen del momento como un evangelista guionado. Saca conclusiones, pero le va mal: nadie se acerca. Debería aflojar, distenderse. Al fin de cuentas, a quién le importa su opinión.

Hay otro fin que justifica los medios. Suele olvidar sus escrúpulos con facilidad en el cajón de las medias. Es tan áspero que se jacta frente a un micrófono. Sonríe de costado, usa anteojos italianos, no tiene erecciones. Suele terminar mal.

Si lo pensamos como imagen, el fin es un movimiento: las películas concluyen y los créditos se lo llevan para arriba, hasta dejar oscura la pantalla. Después, la luz, irse, ¿nos vamos? Se terminó. Salir a la calle con las pupilas cansadas del juego de abrir la realidad y cerrar la fábula. Pero ya no se usa. The end suena ingenuo, es cosa del pasado. Ahora los finales son abiertos, piden que uno se los lleve sin terminar a la casa.

Entonces, sube o no se deja atrapar. Es un principio de espaldas. También se puede encontrar bajo tierra. Parece que nunca estuviera a la altura de los ojos. Trepa, huye o desciende. En cualquier caso, te obliga a mover el cuello. El alma se eleva y el cuerpo se va para abajo. El fin es una escalera bastante transitada.

Así como Juicio final suena a escarmiento y la muerte no tiene la última palabra, las almas han de justificar su desequilibrio pagando la cuota divina. Fines imperfectos y fines definitivos. La potencia de ser obliga a terminar. Tender hacia la muerte es ser alguien en el recorrido. Si en el principio era el verbo, el final es el hombre. Y no tiene palabra.

Los pesimistas lo presienten en cada curva. Los optimistas aceleran, lo combaten con la amnesia. Olvidar es un verbo activo, obliga a ponerse en campaña. Se entretiene uno con el asunto de confinar el tema. Fin de los tiempos, fin de la poesía, los agoreros quieren terminar con todo lo que palpita. Porque vivir es durar, genera pavor. Ideas fatalistas. Pero el deseo no muere, cambia de cabeza.

Hay quien cultiva el cierre precipitado y quien prefiere el lento. Los hay imprevisibles o cantados. Pero ambos, desde el comienzo, han caminado el fin por la hoja en blanco como subidos a una tijera. Hacia el barranco vamos, arrastrados por ese ocaso que obliga a cerrar. Salir herido dejando rastros de sangre.

Para leer en la página original, click en el título.

lunes, enero 04, 2016

El tormento más puro

VERANO12






El cuento por su autor:



Escribí este relato pensando por qué escribo. Y terminé sin saberlo. En el medio aparecieron varios seres. Me dije que eran tan reales como yo. O tan irreales. Que la ficción y la carne son materiales parecidos. Necesitan un punto de vista, un lugar y tiempo. Se mueven por deseo, respiran. Dejan de respirar. La única ventaja es que la ficción tiene más vida. En mi biblioteca, Don Diego de Zama sigue aguardando su traslado.
El protagonista de este tormento es un desorientado, como yo. Como nosotros. No puede establecer con certeza lo que es real, si su familia fue un invento suyo. Si tuvo novias: “Mi novia Uno era una pobrecita. Casi inexistente. De tan ligera se me iba. Tuve que aferrarla. O eso dije. La escribí hace tanto que casi no la recuerdo. La puse sobre el piano. Por entonces yo tocaba”.
Este relato forma parte de mi nuevo libro de cuentos, aún en proceso de escritura.

Por Fernanda García Lao



UNO

Empieza por empezar, instalo el ahora como quien escupe en el suelo. Sobre esa mancha comienzo. Enseguida, un par de seres aparece en el sillón. Mi baba a sus pies. Gente sin nombre. Curvas como personas que viven por el deseo de ser. No son más que un bulto en mi cabeza, pero ella me mira. Él no. Aún no le pensé los ojos. Es una protuberancia masculina. Como todos nosotros. Una flecha hacia adelante. En cambio, las mujeres crecen hacia adentro.

Nadie viene a verme. Ya no sé si quedan personas en mi familia. Con esto de no hablar, se achican las posibilidades. Una vez éramos muchos. Un batallón de gente con esperanza. Y frases listas para decir. Un ruido espantoso en las reuniones. Quitarse la palabra, decir no. Había que ocupar el silencio y estrujarlo, ser asonante. Desorbitarse un poco para que el otro no pueda. Una familia es eso. Un escuadrón que se aniquila. Si crecen las desavenencias, da la sensación de que el tiempo no está de adorno. Es importante crear la sensación de que pasa algo. En la calma sucede poco. Que nadie se duerma. El primero en enmudecer será aniquilado.

DOS

La mujer del sillón me sonríe. Le veo una teta, no dos. Una. Con el pezón. Un leve sabor ahí. Una mácula dulce. Observa mi reacción con un leve movimiento de ojos. Me ubica en el espacio y me dan ganas de moverme. Voy a hacer un paso hacia la izquierda sólo para obligarla a vivir hacia ese lado. Gira todo. Ella, él y el sillón sobre el que los ubico. A ella, la luz le da en el pelo. El no tiene, apenas una pelusa seca. Allí hubo una vez una cabellera. Ahora, ni el sol lo reclama. Un gesto, sin embargo. Le escribo un gesto para decir que no está paralizado. Lo pongo a silbar, mientras me refugio en las teclas. Sus labios no los veo. Las arrugas le escapan al silbido. Se cuela el aire por ahí. Me silba un clásico. Me viene la idea del mirlo a los dedos. Escribo mirlo y me da miedo. Los pájaros me asustan. El pulmoncito dónde está. Puro aire que vuela y sisea. Ni un poco de carne en ese manojo de viento.

Mi novia Uno era una pobrecita. Casi inexistente. De tan ligera se me iba. Tuve que aferrarla. O eso dije. La escribí hace tanto que casi no la recuerdo. La puse sobre el piano. Por entonces yo tocaba. Las teclas eran menos mecánicas que ahora. Otro pulmón. Ese piano tenía más cuerpo que ella. Metía su cabeza ahí para enseñarle. Semioculta, le quedaban las patitas en el aire. Parecía una osamenta. Yo le sacaba las medias para tener una actividad acorde. Y le introducía mi compás. Ella hacia ecos en el piano. Su voz era excelente. Desde el centro, ensordecía. Hacíamos un compás atribulado. A veces rapidito, otras tan lento que la perdía. En salir me tardaba horas. O nos quedábamos dormidos. Ella adentro del piano, yo, de ella. Mi padre entró a la habitación. Qué haces copulando con el piano de la abuela. Mi novia no estaba. O sí. Estaba escrita. Papa no la leyó. Nunca tenía un hueco. Era un tipo completamente colmado. Un productor de situaciones. No estoy copulando, alcancé a decir. Pero una gotas blancas discrepaban con mis palabras. El semen brilla sobre la laca negra.

TRES

El tipo del sillón la está tocando. Me evado un minuto y éste me la quita. Ella se deja tocar. Incluso parece contenta. Le desbrocha el pantalón. Pero no hay carne. El tapizado es verde oscuro. Ella se recuesta sobre lo que no hay y absorbe el terciopelo. Agita su lengua en estado de serpiente repentina. Ahora sí, él se merece un genital. Uno, aunque más no sea. La cosa se pone dura y ella se da cuenta. Se siente útil. Los dejo entretenidos y me hago un té.

Papá vendió el piano. Entonces, mi novia Dos tuvo que conformarse con la cama. La tiraba ahí cuando quería. La tapaba con la sábana para verla sonreír yo solo. Tenía la boca enorme, plástica. Era ella quien me inventaba a mí. Yo era una proyección de su apetito. Humedecía mis labios, se inclinaba de costado. Besitos en el ángulo me daba. No de frente, nunca. El amor se hace así, escribía yo. Hay que persistir. Ponía su cuerpo a mi disposición, flácida como un deseo. Nunca dijo nada. Era yo quien la forzaba con la lengua. Quería llenarla de leche. Hay mujeres vacunas. Esta era al revés. Un espacio a inundar. Las horas se hacían sobre ella. Contaba el tiempo por sus gemidos afónicos. Ahí voy de nuevo, le decía. Mis manos se ponían calientes de sacudirla tanto.

CUATRO

Vuelvo con la taza de té quemándome la boca, y no hay nadie. Los del sillón se han ido. Me obligan a suponer. Entonces digo bebé, y un resto envuelto en un pañal acuoso se hace lugar entre los almohadones. Nunca vi a nadie desde el principio. Los inicios me ofenden. Cómo se piensa algo que no es. Es más fácil seguir una idea que provocarla. Orinar un asunto es exprimirlo hasta el jugo. Dejo el té en la mesa y me acerco a esa carga que llora. Se le ve la campanilla. Es roja, resplandece por el llanto. El sujeto que berrea no me registra. Estoy fuera de su ángulo de dolor. Él sí participa del mío. Busco una palabra que lo defina. No la encuentro. Estrenar el mundo suplicando, a los gritos, es un acto estéril. Yo no sé cómo fui. Escribo y borro el centro de la idea sin darle tiempo a instalarse. Estrenar el mundo es un acto estéril. Punto.

CINCO

Recuerdo a mis hermanos. Eran muchos, cada uno con su tenedor. Había que lanzarse sobre la cacerola para obtener alimentos. Mamá no ponía platos. La multitud se esforzaba. Parecíamos las patas de un cangrejo que se devora a sí mismo. Inclinados hacia las salsas, los fideos se enredaban a velocidades enormes. Los rollos de pasta eran ingeridos con desesperación. Yo comía poco. Apenas unos gramos, lo que quedaba en el fondo, pegado. Por eso no me desarrollé hacia afuera. Y crecí sin ocupar espacio. Me hice cóncavo, casi femenino. Mis hermanos eran altos, hacían deportes arriesgados. Siempre regresaban con sangre, oliendo a vendas, a costra. O eso pensé. Hablaban esa clave indescifrable tan típica de los atletas. Gente guturalmente muy desenvuelta. Fue triste que murieran de golpe. De un vuelco fui hijo único. El vacío se precipitó en ellos. Y quedaron irreconocibles. Sus elementos de escalar fueron a parar al lavadero. El sistema de poleas era bueno, pero el peso de sus músculos cortó los cables. Me recuerdo llorando frente a los calzones enganchados a aquellas sogas fuertes, tan masculinas y tan muertas. Mis hermanos tuvieron una vida potente pero breve. Los hubiera hecho durar más, pero el cuaderno donde los escribí tenía pocas páginas.

La pareja vuelve al sillón y el bebé enmudece. Parece que era de ellos. La mujer le pasa la mano por el pañal y dice está sucio. El hombre saca uno nuevo de la cartera de goma. La operación dura uno o dos pensamientos míos. Un montículo de caca es pateado debajo del sillón.

SEIS

Una tarde, papá se metió en mi cama a dormir la siesta. Estaba enojado con mamá. Cuando entré no sabía. La Dos estaba haciéndolo debutar con su erotismo de silencio, la luz entraba rota por la persiana. Los vi de atrás, desnudos bajo las sábanas. Ella le lamía las tetillas y él se contoneaba. Habían apagado el ventilador. Cerré la puerta sin ser visto y entonces inauguré el insomnio. Dejé de acostarme ahí para no pensar en ellos. Puse una bolsa de dormir en el suelo, sobre las baldosas grises. La espalda se me hacía de mármol. La pérdida del amor duele en los riñones, escribí. Fue mi primer textito razonable: Algo se filtra. Papá lo leyó sin permiso y al mes siguiente salió publicado en una revista. Lo había firmado con su nombre.

Mamá se fue el lunes siguiente. Podría haber elegido otro momento menos incómodo. No me despertó para mis clases, tomé un café aguado. Tampoco dejó una nota, ni siquiera una advertencia. Ese hueco dio lugar a la mentira. Papá inventó dos versiones. Entonces, el recuerdo era intermitente. A veces era de día, otras no. Ella lo insultaba o le daba un beso tibio que duraba hasta que dolían los labios, hasta que comenzaban a arder. La única coincidencia entre ambas leyendas era el final, la plata. Mamá había llenado un bolso después de destripar el colchón. Resulta que yo había dormido sobre el vil metal. De ahí mi pesimismo histórico. El peso devaluado había lisiado la felicidad posible.

SIETE

Ya no sé quién inventó a mamá primero. Si él o yo. Lo cierto es que ella tuvo que existir así, escindida. Una mujer sin claridad, mal realizada. Por eso nos dejó, estoy casi seguro. Qué fue primero, el feto o la gallina.

El sillón ha quedado vacío. El trío se anuló en un bostezo doméstico y familiar. Han dejado el pañal como única reseña de vida.

Tal vez aquella tarde, papá no estaba abusando de mi novia Dos, y sólo buscaba dinero. Pero hubiera preferido el deseo por un cuerpo que no existe que esa avaricia torpe que no es otra cosa que decadencia moral. Mejor una traición de la carne, escribí. Tuve la precaución de quemar mis ideas. Nunca más un papelito nauseabundo. Andá a plagiarme, papá. No entrás en mi cabeza.

Me quedo instigando un asomo de lucidez, suponiendo otra vida que mejore mi yo, haciéndome el otro. Escribir es eso. Entonces, descanso en el sillón y cabeceo, hasta que el mundo se ahoga. Despacio.

Empieza por empezar, incluso cuando no se mueve.


domingo, noviembre 01, 2015

The Portable Museum, Issue 3


Portable Museum Issue 3
An Electronic Collection of Literature in Translation

In The Portable Museum, readers will discover extraordinary short stories by some of the best authors from Spain and Latin America. Issue 3 is the first in a two-part series highlighting some of Buenos Aires’s greatest talents, many of them appearing in English for the first time.



This collection of short stories is the first in a two-part series highlighting some of Buenos Aires’s greatest talents. Readers will discover Argentinian authors, many of whom are appearing in English here for the very first time: Fernanda García Lao, J.P. Zooey, Majo Moirón, Federico Levín, and Mariano Fiszman.

Fernanda García Lao wryly dissects a lounge singer’s loneliness as she rides out a storm aboard a luxury cruise liner in “Shipwreck.” In “Like an Artificial Sun,” by J.P. Zooey, a Holocaust survivor prone to metaphysical musings offers a curious account of how she escaped from her technology-mad captors. Majo Moirón’s “The Zonda Wind” explores the oppressive quiet of provincial life as a young couple makes a new start in rural Argentina. In “Dream Biography of a Runner,” Federico Levín wrings heart-breaking humor from a pro athlete’s melancholy childhood in Jamaica. And Mariano Fiszman uses bold prose to tell of two travelers dealing with a small town’s menacing mistrust in “A Tourist Couple.”

Cover art by Paulo Novoa.

martes, octubre 27, 2015

Inventario. Jacques Prévert

Una piedra
dos casas
tres ruinas
cuatro sepultureros
un jardín
flores

un mapache

una docena de ostras un limón un pan
un rayo de sol
un mar de fondo
seis músicos
una puerta con su felpudo
un señor condecorado con la legión de honor

otro mapache

un escultor de Napoleones
la flor que se llama pensamiento
dos amantes en una cama grande
un recaudador de impuestos una silla tres pavos
un eclesiástico un forúnculo
una avispa
un riñón flotante
una caballeriza de hipódromo
un hijo indigno dos hermanos dominicos tres langostas
una reposera
dos rameras un tío Cipriano
una Mater Dolorosa tres padres dos cabras del
señor Seguin
un taco Luis XV
un sillón Luis XVI
un escritorio Enrique II dos aparadores Enrique III
tres escritorios Enrique IV
un cajón desajustado
un ovillo de hilo dos alfileres de gancho un señor
maduro
una Victoria de Samotracia un contador dos
ayudantes de contaduría un hombre de mundo dos cirujanos tres vegetarianos
un caníbal
una expedición colonial un caballo entero una
media pinta de buena sangre una mosca tsé-tsé
una langosta a la americana un jardín a la francesa
dos manzanas a la inglesa
unos binoculares un lacayo un huérfano
un pulmón de acero

un día de gloria
una semana de bondad
un mes de María
un año terrible
un minuto de silencio
un segundo de distracción
y...

cinco o seis mapaches

un niño que llega llorando a la escuela
un niño que sale riendo de la escuela
una hormiga
dos piedras de encendedor
diecisiete elefantes un juez de instrucción de vacaciones
sentado en una silla plegable
un paisaje con mucha hierba verde
una vaca
un toro
dos amores bellos tres grandes órganos un ternero
a la Marengo
un sol de Austerlitz
un sifón de agua de Seltz
un vino blanco con limón
un Pulgarcito un gran perdón un calvario de piedra
una escalera de cuerda
dos hermanas latinas tres dimensiones doce apóstoles mil
y una noches treinta y dos
posiciones seis partes del mundo cinco puntos cardinales diez años
de buenos y leales servicios siete pecados capitales dos dedos de la mano
diez gotas antes de cada comida treinta días de arresto quince de
ellos en el calabozo cinco minutos de entreacto
y...

muchos mapaches

jueves, octubre 15, 2015

Fuera de la jaula, fragmento




El día de mi muerte estaban todos. El invierno se había detenido y giraba sobre sí mismo como un tornado. Era una fecha patria, no recuerdo cuál, pero estábamos exultantes. Había enormes escarapelas cosidas a la ropa, a las cortinas, al pecho. Chorreaban nuestros corazones en límpidos destellos. Y reíamos.
Yo amaba ese tipo de celebraciones. La abundancia en el vestir, en el decir, me hacían sentir histórica.
Yedra había planchado las camisas y los trajes pálidos de mis hijos. Vestían iguales, bajo lema.
Antes de ir al Puerto a recordar la hazaña olvidada, salimos al patio trasero para cantar el himno. Arriábamos la bandera con cualquier excusa. Nuestro delirio marcial ya no sorprendía al vecindario. El oído plano de esa gente sin patria había incorporado los clarines y estridencias de las batallas que inflábamos contra la amnesia, con la sumisión típica de la clase acobardada.
Esa mañana, el Coronel y yo nos ubicamos en fila india. Él adelante, yo no. Yedra, a un costado, controlaba el tocadiscos. ManFredo, un poco más lejos, observaba el sol o su contrario.
Desde el cuartito de revelados, los ojos grises de Lana brillaban en la oscuridad.
Cantábamos con la mirada fija en el norte, corridos, con el eje rengo. Las palabras amargas y el aliento recién levantado caían sobre las baldosas frías. Yo decía Vamos, con fuerza. Pero nadie me escuchaba. Mi familia cantaba sin fervor. Las antiguas glorias sonaban cada vez más aguadas, más chirles. La única que cantaba con encono era yo. Exageraba los finales para demostrar mi capacidad pulmonar. También gesticulando era excesiva. Marcaba el compás con el pie derecho, taconeando para sostener el ritmo. Porque si no, el grupo se caía. No es fácil liderar tanta sordera.
Sin embargo, ese día había nacido para la tragedia. En la mitad de una frase, al purpurado cuello, un imponderable provocó mi silencio. Y después, el declive.
De algún modo, un LP se clavó en mi yugular como un bumerán demente. Y no entendí quién o qué me lo había lanzado. Tal vez, la poética sangrienta de la frase se había encarnado en mi cuello. Ensangrentada, dije algo que nadie entendió, mientras un coágulo manchaba mi vestido. Me brillaron las pupilas encandiladas de muerte y después me agité. Los ojos se detuvieron en pleno vuelo y quedaron aleteando sin ver, llenos de imágenes de la familia —que ausente— se derretía como manteca al fuego. Ellos seguían cantando despacio, imperturbables.
Fue tan inesperada y hermosa mi muerte que, por un instante, nadie reparó en ella. Ni siquiera yo.
—La señora está rara —dijo Yedra, de pronto.
Perdí el equilibrio y el Coronel quedó paralizado. Man se tapó los ojos. Fredo sonrió como un quiste abierto.
Domingo le ordenó a Yedra que detuviera el tocadiscos que giraba inútilmente. El lado B, versión de la Policía Federal del ’45, se había terminado. En mi cuello goteaban sus corcheas. Así me terminaron. El patriotismo duele. Una crueldad consciente y desquiciada le tira en contra.
—¿Se suicidó? —preguntó el Coronel temblando.
—No sé, me estaba acomodando una media —contestó Yedra.
Man miró a la izquierda, Fredo a la derecha. Nadie, nada. Sólo algunas bolsas de plástico danzaron sugerentes junto a la medianera.
Una lluvia ligera se descolgó del cielo en el instante en que el Coronel lloró. Le había entrado una basura en el ojo.
Se miraron y no supieron qué. Finalmente, Yedra reaccionó y llamó a la doctora Heine, que vivía a la vuelta. Nadie quería tocarme. Tuvo que ser ella la que me sacara el disco del cuello.
En el LP, quedaron algunos montículos secos, costritas mortales que nadie vería. Si lo hubieran escuchado, la púa se habría detenido frente a esas elevaciones de leucocitos muertos. Al purpurado cuello, al purpurado cuello. Pero nunca quisieron escuchar mi muerte.
El Coronel prometió encontrar al asesino, pero la complejidad de la tarea terminó dejándolo afuera de la investigación. Sin haberla comenzado.

miércoles, septiembre 30, 2015

Séminaire du CRICCAL: la sauvagerie au miroir de la fiction

Université Sorbonne Nouvelle
Paris 3


Espagnol/Etudes hispaniques et hispano-américaines

Séminaire du CRICCAL: la sauvagerie au miroir de la fiction
Responsable(s)
LE CORRE Herve

Contact(s)

Objectifs
À l’instar du « barbare », dont il faut cependant le distinguer, le « sauvage » est le produit d’une construction discursive, essentiellement occidentale, dans le cas de l’Amérique latine. Si, comme le rappelle Leopoldo Zea (Discurso sobre la marginación y la barbarie), c’est le logos qui produit le barbare, l’autre de la culture pour les Grecs, celui qui est hors la loi pour les Romains, ou encore celui qui n’a pas ou pas encore entendu le Verbe pour les chrétiens, le sauvage est caractérisé par son appartenance à un monde, à des formes de penser, de sentir et d’agir radicalement différentes, retranchées, de celles du « civilisé », plus proches de la « nature » (comme s’il existait une humanité échappant à la médiation symbolique…), dans un spectre qui va du « bon sauvage » au cannibale.

Il apparaît cependant que ces catégories sont réversibles, ou tout au moins, que les paradigmes qui régissent les représentations sont susceptibles de multiples déplacements. Nous nous proposons donc d’analyser, au cours du séminaire, les différentes constructions discursives qui, en Amérique latine, président à ces configurations, celles de la « figure » du sauvage autant que les délimitations des « territoires » de la sauvagerie.
L’histoire des discours tenus sur le sauvage et la sauvagerie en Amérique latine est déjà longue. Nous nous attacherons à en examiner quelques modalités telles qu’elles se sont construites à partir du 19ème siècle en particulier. Plusieurs champs peuvent étayer cette démarche, depuis les discours législatifs, administratifs ou étatiques, aux approches ethnologiques ou anthropologiques en pasant par les approches artistiques et littéraires, sans que ces divisions soient étanches, avec de nombreux cas de polygénérisme textuel.
Contenu
Plusieurs axes ont été évoqués, synthétisés ici:
La reprise ou réécriture des figures du sauvage et de la sauvagerie, telles que les posent, par exemple, les discours des Chroniqueurs depuis la Conquête, ou, au 19ème siècle, la taxonomie racialiste ou ethno-sociale. La littérature du 20ème siècle est particulièrement féconde en reprises, souvent parodiques, des Chroniques (García Márquez), ou joue avec les dichotomies idéologiques (comme dans Ema la cautiva, de César Aira). Un roman comme Los pasos perdidos de Carpentier, pose, d’une autre façon, la question du « sauvage », de « l’origine/originaire ».
La figure du sauvage nous semble occuper une place stratégique dans un ensemble aux contours sans doute flous, que nous pourrions cependant appeler le « discours de la décolonisation ». En détournant les discours sur le sauvage et la sauvagerie, en les resignifiant, pour fonder de nouvelles configurations discursives et politiques ; ceci sans renoncer à assumer une certaine conflictivité, une appartenance multiple, parfois contradictoire qui, peut-être, contribue à déconstruire le discours assimilateur du métissage. Un texte comme Discurso salvaje (1980) du vénézuélien Briceño Guerrero, repris dans El laberinto de los tres minotauros, qui « décompose » le « notre (Amérique) » martinien en un « nos-otros », tendu par ses contra-dictions, ou le livre de Carlos Rangel, Del buen salvaje al buen revolucionario (1976), se situent dans cette mouvance réflexive, qui s’appuie en particulier sur la forme hétérogène et polyphonique de l’essai.
La figure du sauvage ou le monde de la sauvagerie opèrent indéniablement une fascination et motivent des changements expérimentaux de paradigme dans les représentations sociales et culturelles : l’aspiration à la sauvagerie, le retrait d’une société rythmée par le « progrès » technologique, mais aussi « écocide », et l’uniformisation des modes de vie, explique peut-être cette tentation du « retour », un retour qu’il faudrait cependant se garder de considérer comme simplement régressif. La rupture qui peut motiver une telle démarche peut autant prendre les formes d’une nostalgie holiste que se manifester comme dissensus, par la violence « sauvage », le changement de code qu’elle inaugure.
Depuis plus d’un siècle, en particulier avec les avant-gardes historiques, la production plastique, musicale, littéraire travaille (avec) le « primitif », l’originaire. Il ne s’agit pas d’une recherche essentialiste, mais bien d’une praxis, à partir de matériaux de construction, pour un imaginaire propre à chaque œuvre. Face à l’emprise idéologique, la désaliénation par le travail de l’imaginaire ? Ou bien une neutralisation, l’usage de « motifs » qui scandent un rythme recouvré. Ou encore, à l’image des « péninsules détachées » rimbaldiennes, l’écart libérateur. Les discours (plastiques, littéraires, musicaux…) sont traversés dès lors par les forces invoquées, par la violence régénératrice d’un shamanisme réinventé, une nouvelle version du sacré ? La carnavalisation qui opère dans le cadre de l’anthropophagie brésilienne offre un exemple majeur de cette violence libératrice. Posé ainsi, la problématique qui semble s’élargir à des catégories qui, au-delà d’une possible spécificité latino-américaine, s’ouvrent à une perspective qui concerne le vaste champ des productions artistiques contemporaines, opère cependant dans un espace privilégié, une mémoire collective striée par les marques de l’esclavage et de la destruction.
Enfin, dans le cadre plus spécifique d’une interrogation sur la « sauvagerie », il conviendrait peut-être d’examiner en quoi celle-ci se projette, hors du cadre ethnique, anthropologique ou esthétique, comme modalité pulsionnelle, par exemple sous forme de rituel ou encore sert de marqueur idéologique pour caractériser certains comportements sociaux (marginalité, violence urbaine, terrorisme, etc.) dans les sociétés latino-américaines. Comment construit-on cette nouvelle sauvagerie, ces nouveaux sauvages comme acteurs sociaux ?
Horaires

Les séances se déroulent le samedi à 10h30. 

Prochaines séances:

Séance exceptionnelle le mardi 29 septembre 2015 à 19h, avec les romanciers Fernanda García Lao et Guillermo Saccomanno, de passage en France. Cette rencontre aura lieu à Censier (13, rue Santeuil, 75005 Paris) en salle D 012 (batiment de gauche dès l'entrée sur le parvis).

jueves, septiembre 03, 2015

Sótano: ser de abajo


Quieto en la parte más imantada. Veo pasar los pies de una humanidad mediocre por el tragaluz. Pares de miembros sin lógica ni proporción, ninguno exacto. Medias caídas, diferentes. Pisadas a la altura de mi coronilla. El cielo está hecho de pies ajenos.
Me consagro a mirar, y desde el suelo la película de su movimiento me acuna hacia mi lado obtuso. Me hago lomo de serpiente mirando lo que se va como en una cinta transportadora.
Pelliza dejó una sopa. Lunas blandas que flotan sobre el caldo. Voy a dejarla así, intacta. Que entienda lo difícil que me he vuelto. Si como la cebolla, lo siguiente será un ajo seco en el fondo. Ya no piensa en mí de un modo inteligente. Soy un estorbo en su cabeza. Besar ya no pasa. Hace años que somos como vecinos sin tema. Gente sin ternura.
Mi silla chirría. Necesita grasa. Pero el frasco se está terminando y no me decido a quedarme sin nada. Entonces lo guardo y la silla sigue metálica. Sobre todo la rueda derecha, que se traba y me lastima. Los rayos se han paralizado, perdieron el dibujo. Me obligan a hacer el recorrido corto: el que va de la cama a la mesa. El suelo parece una vía, el recorrido reiterado ha creado un surco endurecido. Soy una locomotora vacía.
Desde el día uno acá, la ventana de los pies me hizo suyo. Todas mis actividades ligadas a eso: comer con la prisa de los otros, dormir arrastrado por las esquirlas de personas diferidas, taconeos sádicos, mierdita de can. La gente ha perdido cara, torso, sexo.
Recuerdo unos dedos descalzos de costra violeta. Se sentaron conmigo durante muchos días. El tufillo era de tal espesor que traspasaba el vidrio como un diamante. Leía con ellos ahí, pero el impacto de tenerlos diluía cualquier intento literario. Era de noche cuando quedaron más tiesos que nunca. Sobre los pies se plegó una boca partida en dos. Escupió sangre contra la ventana. Pensé en una pecera con un tiburón adentro.
Quién es el tiburón.
Desde siempre, la inseguridad está conmigo. El mundo que se va, es lo que no soy. Mi realidad se unta un poco más abajo. La situación física de mi desventaja provoca violencia en mis turbinas mentales.
Pelliza trae pan. Un poco de manteca. Corta rebanadas sin mirarme ni producir un saludo, una tos. Los pies del tragaluz me distraen un momento y después, el plato frente a mí. Con las cosas blandas a la espera de mi boca. El pan untado, seco. Como un zapato. Mastico con dureza las suelas de la cena, mientras ella hace un solitario o se come las uñas.
Ser de abajo me hace tejer desgracias para los de arriba. Agazaparse es pensar. Organizo una muerte por ametrallamiento de tobillos. Me quedo pegado a la idea del agujero ahí. La protuberancia ósea atravesada por mi tatatatá. Disparos en hilera.
Ella dijo no puede subir, y entonces nos dieron la pieza más baja. Pero la escalera está ahí como una amenaza absurda. Cada escalón, un sarcasmo. Me dice no con su manera de irse para arriba, tan tosca e imposible. Me da vértigo pensar en los pies con velocidad del que se mueve parado. Desconfío de los altos.
Cuando se duerme la miro y me recuerda a su mamá. Los pies de ella no los vi. En esos años vivíamos en un primero. Yo tenía movilidad y empleo. Era uno más en el desfile. Uno más.
Mi hija parece una sandalia. Toda al descubierto. La tapo para no verla. Me turba su presencia. Y el sentimiento es mutuo. Un día no va a venir. Ya huele a hombres que la siguen. Tiene semen en el horizonte. Igual que la otra. Le reviso la cartera y saco plata, un encendedor masculino. Lo toco mucho, me lo quedo.
Se ha hecho de madrugada. Unos pasos automáticos vienen y van desde hace un rato. De pronto, frenan en mi ventana. Se instalan como dos leones junto a una puerta. Son piernas largas y oscuras con las medias rotas. Me acerco. Hace mucho que no me traslado hasta ahí. Que no me pasa nada. Me trabo con ropa sucia que ha caído al suelo.

(Fragmento)
Este cuento forma parte de Cómo usar un cuchillo.
Fernanda García Lao
Editorial Entropía 2013