jueves, enero 19, 2023

Fernanda García Lao: el desarraigo de los vivos y los muertos

La argentina es una de esas voces femeninas latinoamericanas tan potentes que están extrayendo petróleo, con una inquietud literaria y renovadora, de las viejas narraciones de terror. SUPLEMENTO ABRIL DE CULTURA EL PERIODICO DE ESPAÑA. 19 enero 2023
Toda una experta en perder paraísos. La argentina Fernanda García Lao (Mendoza, 1966 ) es una de esas voces femeninas latinoamericanas tan potentes que están extrayendo petróleo, con una inquietud literaria y renovadora, de las viejas narraciones de terror. Podría decirse que el vaivén es el movimiento que la impulsa. Porque nunca ha estado demasiado tiempo en ningún sitio. Hija de dos orillas, padre bonaerense y madre leonesa, llegó a España en 1976, niña empujada por el exilio político de los suyos -su padre fue el periodista Ambrosio García Lao- y la sensación de haberse salvado de un país maligno que expulsaba a sus ciudadanos.
Cuando regresó a Argentina en el 93, ella ya no era ya la misma. De aquí se había llevado sobre todo el golpe de Estado de Tejero, ese escalofrío que necesariamente le trajo ecos de violentas imposiciones militares, y la rareza de la pronunciación de la zeta a la española. Total extrañeza. Le costó no poco trabajo adaptarse a su propio país. Lo hizo formándose como actriz, junto a Norman Briski, un actorazo que, colaborando con Carlos Saura, también había conocido el exilio español. Tiempo después llegó la escritura, como dramaturga, su salida natural, o como narradora. Con Guillermoo Saccomanno, que fue su pareja, escribió novelas y relatos a cuatro manos. Aquí en España, su carta de presentación fue Nación Vacuna, a la que el pasado año siguió Sulfuro, ambas en Candaya.
CRUZAR LAS FRONTERAS Ni de aquí ni de allí. El enigma del desarraigo es un lugar perfecto para alentar la imaginación del escritor: "Mi literatura tiene que ver con ese cruzar las fronteras de las diferentes realidades", explica la autora. En Sulfuro, una mujer que acaba de separarse se muda a una casa colindante a un cementerio, donde los muertos tienen la costumbre de mezclarse con los vivos, un tema seminal que su paisana Mariana Enríquez conoce bien. "El mío es un país de desaparecidos y la estela que deja un desaparecido le convierte en un aparecido, en un fantasma que habita un limbo que duele social y políticamente. Podría decirse que la condición fantasmática fue casi un proyecto de poder en Argentina", apunta. Además, hay en ese libro muertos más íntimos, como su madre, por ejemplo -el padre falleció en España cuando ella tenía 16 años-: "Margaret Atwood suele decir que ella escribe antes y después de que suceda algo en su vida. A veces se adelanta, otras se atrasa. Yo empecé a escribir este libro cuando mi madre estaba viva y lo terminé cuando estaba en una urna. Me interesa mucho esa escritura que vislumbra lo que se viene". El cementerio de su novela existe, está en el barrio de Buenos Aires donde la llevó una de sus muchas mudanzas. Ahora ya no vive allí, se mudó a Praga tras la pandemia. En la ciudad checa viven su hijas y, además, allí los camposantos puntúan doble en lo tocante al carisma truculento. "Irse es un modo de ponerse en cuestión. Para el que ha vivido en un solo país es muy desestabilizante pensar en marcharse. Yo siempre he estado fuera".

sábado, diciembre 10, 2022

Fernanda García Lao: «Entrar y salir de un duelo es también entrar y salir de la locura»

Revista Mercurio. Cultura desorbitada Sevilla. Bruno Padilla del Valle --------------------------------------------- Fernanda García Lao (Mendoza, 1966) escribe teatro, novela, cuento y poesía, pero cómo se llame lo que hace le importa más bien poco. Saludada ya hace un decenio en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara como uno de «los secretos mejor guardados de la literatura latinoamericana», su obra apenas ha trascendido en su país de adopción, el nuestro: hija del legendario periodista argentino Ambrosio García Lao, su exilio la llevó a vivir en Madrid de los 10 a los 23 años y ahora reside en Barcelona, aunque vivió en Praga, ciudad literaria donde las haya. Esta entrevista también es pura literatura en sus respuestas y, a pesar de haberlas armado oralmente sobre la marcha —aquí se presentan sin apenas edición— en el marco de su visita a la pasada Feria del Libro de Sevilla, encierran la sabiduría y la capacidad reflexiva de su experiencia enseñando a leer bien y escribir bien. Solo podemos escucharla con atención, interrumpirla lo menos posible y asombrarnos de hacia dónde conducen sus elocuentes derivas. El libro del que vamos a hablar es, sin que pretendamos ser redundantes, puramente literario: Sulfuro (Candaya, 2022) se desenvuelve en el territorio de las ideas y de la evocación de experiencias, sensaciones, flujos de conciencia. Una novela filosófica y fantástica, que a ratos asemeja un cuento de terror y locura, donde la conciencia de muerte y de la «gente sufrida» de su protagonista, una mujer de treinta y tantos divorciada y recasada, madre a su pesar de hijos vivos e hijos muertos, no encaja nada bien con su sometimiento a la rutina, las horas muertas. Retrato de mujer vacía —o vaciada— de vida, casi una muerta en vida, embalsamada, que atraviesa un alucinado proceso de duelo y desconsuelo: «Qué se puede esperar del mundo si la gente más interesante está muerta». Mujer afantasmada y que reencarna o reemplaza a otras en esta pesadilla paranoide entre dos mundos, acá y allá, que al aparearse engendran monstruos y fantasías necrófilas. Fernanda García Lao esgrime con maestría retórica y sublime concisión sus innumerables recursos en estas páginas. Como lo fue antes la profética Nación Vacuna (Candaya, 2020; una semana antes de que estallara la pandemia), este libro es solo una muestra de ellos y de su osadía, que procede de una visión de la escritura como el acto de jugársela en cada frase, más aún en estos tiempos en que abundan los burócratas metidos a autores. «[E]se temor es lo único que te pasa», se dice la protagonista de Sulfuro. «Para qué cuidarse».
Esta puede considerarse una obra en torno al deseo (incluido el deseo de muerte). ¿La pérdida del deseo es la muerte en vida o crees que la protagonista reivindica el derecho a no desear? Son temas interesantes. Por un lado, la relación de Eros y Tánatos no es un invento mío, afortunadamente [ríe], pero sí que tenía una necesidad de literalizar la metáfora, de preguntarme qué pasa si lo que deseas está muerto. ¿Por qué hay que gozar de lo vivo, cuando lo vivo está pervertido o es violento? Por otro lado, la religión se dedica a adorar a ausentes, y existe una especie de gozo en ese silencio. Pienso en Ignacio de Loyola, en Teresa de Jesús, esa invocación que es muy erótica, porque el otro es el amado; el amado fuera del territorio de lo vivo y de lo real. Sulfuro también es una pregunta sobre qué es lo real y cuáles son sus márgenes y, más que una novela fantástica, es una novela sobre la locura. Hoy, por ejemplo, cuando venía para acá y tomé el tren para llegar a Sants, en Barcelona, había un señor hablando consigo mismo que decía «esta guerra es interminable». Y yo me preguntaba de qué hablaría, si de Ucrania o de sí mismo. Todo el tiempo pasan esas cosas, o yo las veo [ríe], y me gusta escribir en torno a esas preguntas que no tienen respuesta. Pese a lo que dices, inevitablemente me trae ecos de la literatura de género; sin duda el gótico, como la fuerte presencia de la casa. Me divertía eso, jugar con los moldes para construir otra cosa. Hay una casa, hay fantasmas, hay muertos, hay apariciones que no se termina de dilucidar si son verdaderas o no, y sin embargo es más una novela existencialista que una de terror. Sin duda es una angustia muy pegada a lo cotidiano y lo rutinario, ¿querías retratar en cierto modo lo absurdo de la maternidad acelerada y estresada de clase media? Sí, hay algo que es el germen absoluto de esta novela, que es el barrio donde yo vivía en Argentina antes de mudarme acá. Mi casa estaba a doscientos metros del cementerio, y es un barrio burgués, donde hay jardineros, servicios de seguridad y mamis que manejan camionetas; se parecen mucho a las que figuran en Sulfuro como personajes secundarios. La protagonista, que tiene que asumir hijos que no son propios desde el mandato patriarcal, por supuesto, se casa con este tipo que pretende que ella haga la tarea que le correspondería a él. Algo que se asume con mucha naturalidad, salvo para ella, que no distingue muy bien entre sus abortos y los niños reales. Es una crítica a las familias tradicionales, al adoctrinamiento en una fe o en el matrimonio o en la maternidad, al hecho de no ser capaz de andar por fuera del surco. Por eso necesitaba que la novela fuera rápida; que, pese a lo que pudiera parecer en términos políticos, fuese punk en el sentido de que no tuviera mucho tiempo para contarla y ella no se detuviera a pensar, porque va como llevada por la angustia. Va abandonando todo y lo deja a medias, sin hacer, no es buena para ninguna de las tareas para las que ha sido programada. ¿También por eso eliges esa peculiar estructura en breves capítulos o escenas fragmentadas? Sí, y por lo que te comentaba antes de mi experiencia en el teatro: no puedo dejar de pensar en cuerpos y en espacios reducidos. Me gusta trabajar pensando que esos capítulos son pequeños núcleos, que incluso concluyen en sí mismos y que se articulan entre sí por medio de las elipsis y del vacío. Además, como lectora me aburre mucho cuando me cuentan todo. No quiero saber todo, quiero que me hagas una edición [ríe] de lo que me vas a contar. Me parece que contar todo es de autor perezoso. Y, por otro lado, para hacer eso tienes que estar subsidiado o algo así, porque si necesitas años para escribir cada cosa… Las novelas excesivamente profusas me parecen un abuso de confianza, como decir «yo he estado escribiendo esto mil años y tú dedícame seis meses para leerlo». Creo que exigir esa fidelidad es excesivo. Prefiero que el libro se devore y que luego regrese a tu cabeza, que proyecte alguna sombra, porque tampoco me gusta la lectura fast food, de comida chatarrera. Me gusta que el libro, de alguna manera, te atrape y que te suelte y que luego seas tú el que decida volver. Parece que el libro cobra valor artístico en función del número de páginas cuando en el cine, por ejemplo, nos quejamos (muchas veces, con razón) de una duración excesiva. Sí, como si se vendieran al peso. A mí los libros que me interesan como lectora son libros más bien verticales, no horizontales. Los que crecen en profundidad. Esto de tenemos tanto tiempo y espacio y vamos a dedicar doscientas páginas al primer año de mi vida… la verdad, no es para mí, ni como lectora ni como escritora. Creo que escribo como me gusta leer. Aunque luego no me vuelva a leer, por supuesto [ríe]. ¿Nunca relees lo publicado? ¡No! Salvo cuando me van a traducir, entonces tengo que regresar a ellos por dudas puntuales que se plantean. Hablando de ese afán esculpidor y pulidor de la edición de tus textos, ¿los recitas en voz alta durante el proceso de revisión? Sí, obvio. Y creo mucho en la oreja. Me parece que cuantos más sentidos intervengan en la escritura, mejor. La vista es mentirosa. Como yo trabajo muy obsesivamente las frases, tienen que sonar bien y necesito que lleven un ritmo particular, que no haya cacofonías, repeticiones, rimas o errores de fonética. El libro también es música y cómo es dicho, cómo pasa por la garganta para mí es superimportante. También cuando doy talleres pido que se lea en voz alta, está bien hacerse cargo de lo que se escribe. Más allá de que no por ser autor debas tener dotes orales, porque es real que hay mucha gente con vocación de parlanchín que no escriben bien. Pero en el texto sí, tener oído es muy importante. Por otro lado y viniendo del teatro, tengo la noción de que algunas frases pueden resultar muy bonitas, pero a veces sobran. Me interesa sobre todo ver cómo es ese tránsito del fraseo, qué antecede a qué y cuál es el anzuelo. Hay mucho humor retorcido en toda la novela, que estalla en algunos punchlines o remates de cariz cómico pero que también hurgan en la herida. Lo que pasa es que a mí me encanta el humor, no puedo prescindir de él. Creo que el humor, en su dosis homeopática, es perfecto. Las novelas jajaja no me interesan, pero la solemnidad me resulta sospechosa. Creo que hay algo que emparenta un poco el humor con la poesía, y es que tienen ese poder de revelación o de asociación de cosas imposibles entre sí, que en unos casos produce hilaridad y en otros, el efecto absolutamente contrario de monstruosidad. Pero bueno, también lo monstruoso resulta cómico. En realidad, todo es cómico. Hay algo como de absurdo que no puedo dejar de ver en el mundo. Las plantas-abortos son una representación bastante insólita y tabú. ¿Estos personajes como de magia negra se hallaban desde el principio en tu concepción del relato? Yo es que no diseño la narración con anterioridad. Lo que sí hago es avanzar y retroceder todo el tiempo. Había algunas claves que tenía previstas, pero luego me gusta no saber, me gusta ir descubriendo a medida que ocurre. Un poco como si yo fuera ella, o un poco lo que pasa viviendo, no sabes lo que viene mañana. La gente muy previsora no hace más que equivocarse [ríe], o cumplir con esa especie de práctica de la previsibilidad que es aburridísima, y en la escritura sobre todo. Entonces no tengo más remedio que avanzar veinte páginas y retroceder; con lo aprendido, empiezo a dar ese tinte necesario para lo que lo había antecedido, casi a oscuras y como si fuera escarbando y encontrando restos arqueológicos de esta historia. No está nunca la vasija completa; encuentras un pedacito e infieres que aquello era una vasija. Me gusta mucho trabajar así. De hecho, hay algo que creo que también viene de lo teatral, que es la hipercondensación. Decías lo de las películas largas, pero en el cine sí puedes tener a la gente tres horas; en el teatro, no. No se aguanta y, si se aguanta, se duerme la mitad de la platea. Así que existe una cierta furia de mantenerte despierto que también te obliga a ir descubriendo. Yo soy la primera que no se puede dormir. Cuando estoy en esa situación de escritura de una novela, el mundo entero hace sentido para mí y está lleno de pistas que, metamorfoseadas, luego forman parte del relato; o a veces no. Sulfuro tiene un montón de cosas que me obligué a hacer. Como vivía al lado del cementerio, hubo un momento en que ella decide ir y colarse en un entierro. Pues yo fui y me colé en un entierro. En realidad había dos en ese momento, así que elegí uno [ríe], el que estaba más concurrido para no llamar mucho la atención. Estaba allí con gafas de sol, seguí al coche fúnebre y a la fila de deudos, sin saber si era hombre o mujer porque estaban solamente sus iniciales; tal cual aparece en la novela. Fui hasta la última instancia, el nicho, pero me fui sin saber. Varios me miraron, y completo esa escena en Sulfuro pensando que a ella le llamaron la atención diciéndole «usted estuvo metiéndose en muertes que no le corresponden». Me gusta mucho eso que escribes de que en el cementerio «[n]adie pregunta por el dolor ajeno, por si viene una respuesta». Sí, es algo así como decir «respete mi dolor». En el cementerio me ocurrió que, habiendo pasado muchas veces por los mismos caminos, cuando estaba escribiendo la novela encontré el mausoleo, o más bien una pequeña cripta, del Colegio de Escribanos de la Provincia de Buenos Aires, con una escultura gigante de esta mujer que estaba con las manos así hacia delante, como sonámbula, y me dije «¡la escribana!» [ríe]. Tal cual está descrita en Sulfuro. Lo que pasa es que yo creo que, si somos sinceros, esto no es un oficio. Hay algo de vicio, más que de oficio, en escribir. Por otro lado, es una locura controlada, porque de la locura no puedes entrar y salir, y de la escritura, sí. Pero hay algo también como de cruzar algunos límites, a mí me gusta eso. Se notan los libros hiperracionales o los libros de mercado, la libido domesticada. En Sulfuro hay algo de desborde, de desparrame, de corrimiento, de desplazamiento de la norma. Y creo que entrar y salir de un duelo es también entrar y salir de la locura, cuando somos educados en una especie de eternidad que no funciona, como negando todo el tiempo que vamos al hoyo directos. Es una sociedad muy enloquecida; ¿cómo se puede escribir racionalmente la manera en la que se vive? Ahora que dices lo de entrar y salir de la escritura, Leila Sucari (que fue alumna tuya) ha contado que le dijiste que no sabías si harías más novelas. ¿Cómo supiste? [ríe] Por una reseña suya de Sulfuro, muy literaria, muy bien escrita. Ah, no la he leído… Lo saco a colación porque no sé si esta ha sido una novela especialmente dura de escribir o porque quizá te gustaría seguir encontrándote en la poesía, los cuentos o el teatro; aunque este libro tiene algo de todos esos formatos. Es que creo que, en cierto modo, nunca he escrito una novela convencional. Jamás. Entonces ahora estoy escribiendo y no le doy nombre a lo que hago. Ya hace rato que no me interesa inscribirme en ninguna categoría. Creo que el hecho de haber atravesado esta novela que, sea o no convencional, tiene un asunto que la mueve, un motor como muy claro y una sola voz, una coherencia dentro de ese mundo, por momentos se parecía peligrosamente a algunos sectores de mi vida, en el sentido de que mi casa era una especie de doble de la casa de la protagonista, aunque no tenía un escribano ni niños en las macetas ni nada de eso [ríe]. Me pasaba que yo escribía «llueve»… y llovía. Me pasó un par de veces que lo que estaba escribiendo, ocurría. Sencillamente como si el presente dictara el texto y también ese desdoblamiento se volviera a doblar, como si fuera un pliegue de lo plegado. Así que creo que sí necesito tiempo, más allá de que ya tengo un libro de relatos que escribí a la vez que algo de esto último. Además, en el ínterin ya había muerto mi madre y ocurrió también que no sabíamos qué hacer con sus cenizas y yo dije «al río no, por favor». Había un montón de cosas que empezaban a coincidir de alguna manera. Y me pasó con Nación Vacuna también que, bueno, iba a venir a presentarla y estalló la pandemia y había que vacunarse. Yo decía «no puede ser» [ríe]. Y un montón de asuntos como los apestados, las fake news, esa especie de realidad adulterada y distópica que vivimos, estaban en consonancia con la novela. A ver, no es que sea magia ni nada por el estilo, pero creo que cuando está afinado el instrumento, es fácil percibir lo que pasa de largo cuando estás distanciado de ti. Hay algo de la introspección que requiere la escritura que te conecta no solo con el aquí y ahora, sino con un poco atrás, un poco ayer y un poco mañana. Y entonces el paraguas abarca más que el aquí y ahora, que siempre, además, es tan mínimo.

Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2022

jueves, noviembre 17, 2022

Golem Fest, 2022

Fernanda García Lao, narradora, dramaturga y poeta; con la publicación a cuestas de varias novelas y libros de cuentos, participará en el Golem Fest Valencia en un cara a cara con Valeria Correa sobre el relato. Sulfuro (Candaya, 2022), su último libro publicado de relatos de miedo y de fantasmas es, a la vez, una lúcida exploración de la fragilidad mental y una mordaz crítica a los esquemas sociales convencionales y a la perversa hipocresía de las “buenas costumbres”, siempre con la intensidad poética y la imaginación desbordada que singularizan la literatura de Fernanda García Lao.

I Festival del Cuento Literario - Torrijos Cuenta

Nuevas visiones del cuento. Con Pilar Adón, Fernanda García Lao, Daniel Monedero y Elvira Navarro. Modera: Ángeles Encinar.

viernes, octubre 21, 2022

Autobiografía con objetos, Granada

Cuadernos Hispanoamericanos

Juan Vico y Fernanda García Lao. Queriendo traicionar soy parte: A(r)mar y desa(r)mar "Desde mi lugar, lo biográfico no tiene ancla. Por eso me resulta imposible imaginar un texto fiel a la tradición. Crecí mezclando, no sólo continentes sino textos. Y te soy sincera, los fieles a cualquier género me aburren. Prefiero un mal texto experimental que un cover eficiente. En eso, me temo, soy muy argentina. Queriendo traicionar soy parte". (Enlace en el título)

LAT, encuentro de editoriales independientes en Madrid

IV Festival Lata Peinada, Barcelona

Mesa inaugural con Clara Obligado.

martes, agosto 30, 2022

Taller de escritura en Barcelona

Arranca en septiembre/2022

Nación vacuna, Fernanda García Lao. Candaya

Coordinador de la crítica: Javier López Menacho COORDENADAS LITERARIAS Fecha original de publicación: 2020 Número de páginas: 144 Temáticas: Género: Dictaduras | Lucha de clases | Destacados | Distopía | Maternidad | Narrativa contemporánea | Sexo Con una historia de fondo feminista, sexo casi carnívoro y un genial sentido del humor, Fernanda García Lao escribió hace algunos años una nouvelle que recuperó felizmente Candaya y que hoy suena moderna y desenfadada.
Sucede una paradoja con Nación vacuna. Ha tenido el don de la ubicuidad para bien y para mal. Al lanzarse en España de forma previa a la insufrible temporada pandémica, dobla su sensación de ucronía. Por un lado, la ucronía consciente que establece su autora, Fernanda García Lao, con respecto a la guerra de las Malvinas (nada imprescindible para comprender el relato). Por el otro, podría valer perfectamente como una ucronía pandémica. Sea como fuere, Nación vacuna es un obra impactante, sorprendente y literariamente en estado de gracia. En apenas ciento cuarenta páginas, la novela te va atrapando en este viaje a ninguna parte que sufre su kafkiano protagonista. * Resumo. Estamos en un tiempo indeterminado, en Argentina. En una isla remota han quedado unos supervivientes de una guerra, envenenados por los enemigos y en situación de cuarentena. La “heróica” sociedad de la que partieron es ahora un estado autoritario, burocrático e impío, torpe y entregado al populismo con tal de elongarse en el tiempo. La sociedad es una sociedad hastiada de sí misma, con vecinos vigilantes y patéticos, donde cada uno mira por lo suyo y deja pudrirse al reto. En el mundo, para colmo, hay una extraña enfermedad que limita el libre albedrío. La vida vale poco y la existencia es gris como las aguas que dominan el relato. * En ese asfixiante contexto, Jacinto Cifuentes forma parte de un tenebroso casting que le ha encargado el estado. Tendrá que seleccionar, junto a otros pobres infelices, a varias mujeres para que estas se conviertan en cobayas y visiten la isla donde quedan esos combatientes olvidados que proporcionan un relato a su gobierno. El plan es vacunarlas y preñarlas para repoblar la isla y que la épica sobreviva, adormeciendo al resto de la población. * Con este original planteamiento y un lenguaje poético, con frases cortas y certeras, Fernanda García Lao repasa algunos de los traumas de su tierra natal (las desapariciones de la dictadura o la susodicha guerra de las Malvinas), construyendo el relato de liberación de un protagonista que busca una ranura en el sistema para huir, con una relación materna ausente, vegano en un mundo cárnico, escapando de una realidad que casi nadie comprende que es un absoluto fracaso. El relato, en un comienzo costumbrista a lo 1984, se transforma en una road movie hasta su sorprendente giro final. * Con una historia de fondo feminista, sexo casi carnívoro y un genial sentido del humor, Fernanda García Lao escribió hace algunos años una nouvelle que recuperó felizmente Candaya y que hoy suena moderna y desenfadada. Suele suceder que a la buena literatura, por arte de magia, el tiempo le sienta muy bien.

viernes, julio 22, 2022

Revista de Letras: "Aquella casa al lado del cementerio". Reseña de Sulfuro por Jesús García Cívico

Corresponde al crítico cultural ya desaparecido Mark Fisher el mérito de haber actualizado el discurso del fantasma sociopolítico como hauntología. Para el autor de Realismo capitalista, el estado anímico actual (aquel que pedía transformar en ira politizada) tenía tanto que ver con la pérdida del futuro como con el destino que la nueva izquierda identitarista parece haber reservado a los espectros universalizables de Marx. El caso es que los fantasmas sociopolíticos que Fisher tenía en mente (a la antigua solidaridad de clase, la esperanza de una sociedad decente, la ilusión por la inminente llegada del porvenir) no solo no parecían espeluznantes, sino que podrían resultar, si no se caía en una retromanía estéril, fundamentales y salvadoras. Y eso es lo que le ocurre a la protagonista de Sulfuro (Candaya, 2022), la última novela de la escritora argentina Fernanda García Lao. La voz de esta novela inquietante, por momentos dura y siempre perturbadora, encuentra en la posibilidad de comunicarse con los muertos un mecanismo de supervivencia pero también de sentido.
Desde la localización de una casa enfrentada a la necrópolis –lo que nos ha permitido jugar arriba con el título del film de Lucio Fulci (Quella villa accanto al cimitero, 1981)–, García Lao, con toda su experiencia en el arte de la dramaturgia, comienza a despojar de serenidad una existencia frenética y dolorida (entre el tono íntimo de Alejandra Pizarnik y los personajes femeninos desasosegantes del infravalorado cineasta polaco Andrzej Żuławski) un constante ir y venir de personajes de lapsos muy distintos («el escribano», «los chicos», «la insulsa malpeinada de la vuelta», «la perra»). Como en un drama de entradas y salidas tras las cortinas de un escenario con ecos de Lucrecia Martel y David Lynch, la casa al lado del cementerio no es solo el marco de una serie de velocísimas escenas anímicas y relacionales hipersubjetivas sino un emplazamiento donde la normalidad como repetición de una costumbre se subvierte. Bajo el potencial destructivo (y autodestructivo) de la mujer del relato subyace, pues, tanto una invectiva contra los micro-poderes domésticos más salvajes (del entorno laboral a la familia) en los términos del jurista italiano, Luigi Ferrajoli, como una potente metáfora que apuntala con fina lucidez las fallas de la vida patriarcal más convencional.
La otra fuente de inquietudes que enseguida golpeará al lector de esta novela editada con el esmero habitual de Candaya (cuidadoso paratexto y grata oxigenación de las páginas) apunta también al director que mejor supo combinar el terror y el malestar sexual (de nuevo Fulci): en Sulfuro, el sexo, ora violento ora descarnado se presenta paradójicamente siempre como amenaza física y psicológica mientras que la muerte observada desde esa casa al lado del cementerio mantiene la promesa intermitente de liberación y sentido. También la religión católica aparece en su faceta más cruenta y literal como fuente primordial de alienación –el espíritu santo como intruso, el «Señor» como voyeur, la resurrección de Cristo como historia proto-zombie, la propia aparición de Dios como fantasma, el cuerpo cristiano como garaje de torturas, la salvación de los muertos como ficción de George A. Romero– y resulta una primera clave cuasi-explicativa de las acciones de ese ser dolido que se expresa en segunda persona del singular en la novela.
La autora de Nación vacuna va trazando así en una serie de capítulos tan breves como magnéticos, entre finas disquisiciones, denuncias de una estructura opresiva (entre el patriarcado y la biopolítica) y oscuros sobresaltos morales, entre la imagen del fantasma que vaga solitario de David Lowery, antiguas querellas foucaultianas y nuevas digresiones lúcidas sobre el «yo», una historia desasosegante, de fulminante ritmo y cadencia. Lo hace, como señalamos ya, con herramientas muy propias del arte dramático a partir de una serie de actos encabezados por permutas de protagonistas en operaciones de entrada y salida: players que juegan a su vez tanto con el encanto y el magnetismo de lo teatral como con la turbadora travesura del Doppelgänger (cada personaje vivo más genérico apunta a un correlato fallecido con nombre y apellido). Poco a poco, conforme conozcamos mejor a la protagonista, el frontispicio (muy bien escogido) de Teresa Wilt («Mi corazón es un pájaro de mal agüero) se antojará más una amenaza poética que un disclaimer prosaico. El elenco de seres espectrales en el que es posible distinguir aquí y allá ecos de una literatura universal sobre los muertos (de Marguerite Duras a La mortaja de Miguel Delibes, de Pedro Páramo a Edgar Lee Maters, de Berardi a Carlos Fuentes, de «Bifo» a un Lamborghini rescribiendo a Henry James) obrará, a su vez el hechizo de la familiaridad. Los varones referenciados por su profesión (como el escribano, aquí en España, notario) se revolverán con violencia como animales nocturnos y la mujer abismada que lee las lápidas derramará finalmente la misma sustancia de la que están hechos, al fin y al cabo, todos nuestros miedos y todas nuestras ilusiones.
Novela física y sensorial (estupendo el juego inicial con los olores) pergeñada de un raro e inteligente fatalismo y una aterradora penetración psicológica: blasfemias, conductas desordenadas y rebeldía frente al orden más odioso, tánatos y Afrodita, tangas rosa en aguas corrompidas, tropos impactantes, fetos como bocetos, cliff hangers emocionales, estigmas, cadáveres profanados, metáforas descarnadas («luna como un útero antiguo»), ojos y cerraduras, desdoblamientos vitales, cuchillos y tacones, giallo, fragilidad íntima, silencios, apariciones, fingimientos, viento negro de Adelaida Crepsey, performances, condición femenina que emerge contra el mutismo y la obediencia, testigos irresponsables, personajes fatídicamente arrastrados por los acontecimientos. Y es que si uno observa a Fernanda García Lao, sus ojos vivos, lúcidos y clarividentes expresan un pensamiento que nunca se detiene, una firme voluntad de narrar experiencias y pensamientos, de descubrir corrientes subterráneas y procesos de des-reconocimiento que para nuestro bien tampoco se interrumpe. Menos mal, si es cierto como propone esta mujer desconcertante tocada por el duende y el mundo es un malentendido donde de tanto en tanto acontece la excepción y se dialoga, esta obra y su propia cordura resultan una más que celebrable excepción.

sábado, julio 09, 2022

Nota en LA NACIÓN: “La bajada de línea, lo didáctico y lo pueril son un plomazo; escribir con corrección política es una pérdida de tiempo”

La autora mendocina presentó en simultáneo en la Argentina y en España una nueva novela, “Sulfuro”, y un libro de prosas breves y poéticas, “Autobiografía con objetos”; claves de una escritura original y atrevida 1 de julio de 2022 Daniel Gigena LA NACION
Solo los difuntos tienen nombre y deseos en Sulfuro (Emecé), la nueva novela de Fernanda García Lao (Mendoza, 1966). Robertita, Petra, Di Tulio, Fermín, Gertrudis Vázquez habitan el más allá y, a la vez, el más acá de la ficción, donde una mujer cuyo nombre se ignora -hija de un proctólogo adicto al hachís y de una suicida devota- ronda el cementerio vecino, hospitales, casas ajenas y oscuras riberas en busca de sensaciones que destierren la pasividad que la trastorna. La protagonista -archicatólica- está recién casada con un escribano viudo y padre de dos hijos; instalada en la casa de su pareja, cuidará a los dos hijastros menos que a sus dos fetos (convertidos en lozanos árboles de quinotos, que ella protege de una perra alocada, tormentas e hijastros). Ambos son fruto -nunca mejor usada la metáfora- de su anterior matrimonio con un concejal ambicioso y sádico, que se apropia de las cenizas de la madre de su exmujer para vengarse. No obstante, más temprano que tarde el karma ejecuta su ley en la novela, estructurada en capítulos hilarantes y siniestros, entregas episódicas de una comedia negra. Una vez publicada su séptima novela (sin contar la erótico-epistolar que coescribió con Guillermo Saccomanno), García Lao viajó a Praga, donde viven sus hijas, y luego a España. Como Nación Vacuna, su “profética” novela de 2017 en la que una enfermedad desconocida jaqueaba a la sociedad, Sulfuro fue lanzada por la editorial barcelonesa Candaya. “Tuve muy buenas críticas y devoluciones, pero suena pésimo que lo diga yo”, comenta la autora, que vivió en España entre 1976 y 1993; allí hizo una gira promocional de la novela, que es una de las pocas de la literatura argentina narrada en segunda persona. “Te cuesta reaccionar -se lee-. Estás perdida, de nuevo. El cotorreo de los árboles se parece a tu alma, el sonido inasible, una tragedia de comunicación que envicia el aire. Los loros dirían quién soy, si tuvieran lenguaje. No como vos, tan abismada y en silencio”. Este mes, se presentó en la Feria del Libro de Praga.
En simultáneo, llegó a librerías Autobiografía con objetos (Zindo & Gafuri), que agrupa breves prosas poéticas o entradas de una enciclopedia de cachivaches, muchos vinculados (de otro modo que en la novela) con la maternidad y la sexualidad, como un moisés, una sillita reposera, “un andador que no avanza”, un garabato, un reloj barato, una camilla, una estatua ecuestre y “un sillón muy transitado”. En España, el sello Kriller71 lo lanzará en septiembre con un prólogo del chileno Alejandro Zambra. -¿Cómo surgió la idea y la voz narrativa de Sulfuro? ¿Escribiste la novela durante la pandemia? -Surgió a partir de pesadillas propias y de la aparición de una vecina nueva, en la vereda de enfrente. Estábamos a dos cuadras del cementerio. Ella se acababa de mudar, vino a preguntar por un olor que percibía. No supe su nombre ni el de su marido. Pero comencé a observarlos. Uní mis miedos a los de ella, enlacé universos. El suyo, el mío y el de los muertos. La escritura comenzó hace un par de años; en pandemia la corregí varias veces. -Se condensan varios núcleos de tu literatura: el erotismo, la violencia, la crítica a la familia y la muerte. ¿Cómo hiciste para unirlos en una “novela de fantasmas y muertos vivientes”, aunque no sé si estás de acuerdo con esa caracterización? -No la pienso como una novela de fantasmas, en todo caso hay apariciones que ponen en duda la categoría de lo muerto. Es una pregunta. De qué lado de la vida hay deseo. Enfrentada a la muerte, la protagonista solo puede actuar, no tiene voz, no sabe de sí misma. Su órgano más desarrollado es el miedo, huele y huye de lo que le da pavor. Su familia, por ejemplo. Está en una especie de eternidad traslúcida donde sus compañeros de ruta viven del otro lado. Es que los hombres vivos con los que se cruza ejercen violencia sobre su cuerpo. Los muertos son más amables, incluso la ven. -¿Por qué elegiste la segunda persona, las frases y los capítulos breves titulados como en un guion? Sobre la segunda persona, se puede suponer que es la de la protagonista. -La segunda persona me permite sacarla de sí y extremar lo artificial del artefacto, es decir, estamos frente a un objeto que esquiva la pretensión de verosimilitud. Quería dejar en evidencia que esta persona es llevada y traída por una voz superior, por esta especie de conciencia duplicada que la nombra. Ella es dicha por alguien. La elección del punto de vista no es menor. Cuestiona políticamente al propio texto. ¿O acaso todas las mujeres tenemos voz? Nos entienden como cuerpos. ¿Por qué no extremar la operación privándola de un nombre y un yo? No tiene lugar, ni siquiera en sí misma. Como creyente, su cuerpo no es suyo, es de Dios. Como esposa, su cuerpo ha de satisfacer la obligación del deseo ajeno. Ha de parir. Y no pasa. Sin voz, ella es objeto. Hasta su liberación y desobediencia. -Los personajes vivos son anónimos y los muertos tienen nombre, ¿por qué tomaste esa decisión? -Los muertos tienen placa, son gente que se puede leer. Los vivos tienen función, son gente utilitaria: un proctólogo, un escribano, un concejal, un cirujano. Esos tipos adquieren valor por su tarea, son títulos. Si tienen o no alma es un asunto menor. -¿Qué relación hay entre catolicismo y erotismo? -Es la religión que inventa lo erótico, la que lo encarna. Es la religión de la sangre y del cuerpo de Cristo, la que imagina un embarazo, una concepción entre una mujer y un espíritu. Un relato que, al marcar la falta, el pecado, lo nombra. La mujer aparece como un receptáculo mudo, en el mejor de los casos. En Sulfuro el deseo se desborda, atraviesa planos. Ella se ofrece al deseo del Otro. Discute así, en el absurdo. -Dos temas sensibles, como son el suicidio y el aborto, están presentados con desparpajo, sin perder el carácter ritual que tienen para los personajes. ¿Cómo trabajaste esas cuestiones? -Precisamente al ser temas sensibles no me parecía atinado subrayarlo. La protagonista se desembaraza del horror resolviendo situaciones con mucha velocidad, sin detenerse. Quiero que dé la sensación de que su vida está ocurriendo ahora, mientras el texto es leído. Por eso el presente. El pasado también a mucha velocidad: el que se detiene pierde. Ella está obligada a saltar al vacío cada vez, y levantarse. -¿Es verdad que te vas a vivir afuera del país? -Ya estoy afuera. Lo que no sé es por cuánto tiempo. Mi extranjería fortalece la escritura. Camino por Praga, sin entender una palabra. Regreso a mis archivos con descubrimientos. Todo es nuevo, menos yo, que ya me sé. -¿Cómo ves el panorama literario y editorial en la Argentina? ¿Muy concentrado en pocos nombres, pese a la diversidad de propuestas? -No sé si hay pocos nombres, lo que hay son los mismos lectores. Un puñado. La curiosidad se ha traslado a otros dispositivos. Que no haya papel, que las tiradas sean cada vez más chicas, es un síntoma. Tengo talleristas con escrituras muy potentes y no hay editores a su altura. Digo, ¿quién arriesga hoy por nombres desconocidos? -¿En qué medida la poesía influye en tu narrativa y viceversa? -La única diferencia es la dimensión espacial, hay algo de la zona del objeto que lo distingue, que refiere a su propio deseo. Pero en cualquier caso el fraseo está muy contaminado, nada de descripción en línea recta. Trabajo los intervalos, eso intento, y pretendo que cada frase suene como si fuera la última. Me gusta imaginar que lo que escribo se puede tocar. Que se puede perder. -En la novela se percibe cierto hastío por las cuestiones de género y la corrección política, ¿es así y si es así por qué? -Sí, es un fastidio. Ya estamos en el siglo XXI, no puede ser que se lea peor que en el XIX. La pereza conceptual se me hace inadmisible. La bajada de línea, lo didáctico o lo pueril me resulta un plomazo. Escribir con corrección política es una pérdida de tiempo. De quien escribe y de quien lee. Con las buenas intenciones se hacen pésimos libros. -Hay escribanos en la novela. ¿Qué connotación tiene con la tarea de una escritora? -Ninguna. Aunque hace mil años, cuando estudiaba francés, me preguntaron a qué me dedicaba y respondí: “Je suis écrivain”. Una alumna dijo: “Ah, mirá, escribana, nunca lo hubiera imaginado”. .................................................................................................................................................................Breve texto autobiográfico de Fernanda García Lao ........................................................................................................................................................................... La escoba de tu abuela en la vereda Barre hojas de otoño, movimiento ciego. Vos, en el acto de mirar como si fueras otra. Dos veredas, treinta metros. Dos planos de tiempo irreconciliables. Imposible cruzar la calle. Sos el pasado. El presente no te conoce. Prohibido acercarse, dijo tu tía. Prohibido ocasionarle un futuro desgraciado. No te registra tu abuela. Supone que estás lejos, que sos feliz. De Autobiografía con objetos.

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