Mis libros

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domingo, enero 06, 2019

El cielo se abre

Verano12
PAGINA/12
3 ENERO 2019





No sé qué hago con Berta. Tiene cara de idiota. Siempre que voy a lo de Otto me encaja alguna amiga que me distraiga de la miseria. Esta noche entregué el abrigo y ella, un trombón sin funda. Era tarde cuando entramos, toda la noche en vela. Una fila interminable. Se sale mal, con menos plata de la que uno espera. Con mi abrigo comeré una vez. Recibí apenas dos billetes. Berta está indignada y cierra de un portazo. Con amigos así, dice.

La ciudad recién empieza cuando dejamos la casa de empeños. Tengo frio y no quiero volver a casa, es una heladera oscura. Ni una lamparita quedó.

¿Tenés algo que hacer? Le digo que no. Te invito a ver un muerto. Bueno, le digo. El barrio es lejos. No hay árboles, no hay familias, no hay perros. Pero seguro que ligamos comida.

Berta ya no parece tan idiota, mientras camina va intentando abrir las puertas de cada auto gris estacionado. Son de garca, dice.

Percibo en ella un tipo de peligro que me atrae. Los madrugadores nos esquivan y nosotros a ellos. Vamos rápido, para entrar en calor. Las nubes negras que me persiguen se diluyen de a ratos.

Cuando llegamos a la puerta del muerto, está cerrada. Deben haberlo enterrado ya, dice. Tardó un montón en morirse. Hace años que anunciaba que le quedaban dos días. Antes de ayer apareció en mi edificio y dijo: el miércoles quiero que vengas a casa porque voy a morirme en serio. Pero hoy es viernes, le digo. Qué cagada, según él, era mi papá.

Volvemos al centro. Tomamos por una avenida ancha llena de grúas y cemento. La ciudad entera está en obra. Me duelen los pies, cada paso es una futura ampolla. Berta interrumpe mi silencio con observaciones imprevistas. La gente piensa que soy estúpida porque tengo la frente muy salida, dice. Pero el cerebro está en otro lado. Uno piensa con todo el cuerpo. Sí, obvio, le digo, aunque no sé a qué se refiere. Mi cuerpo no cavila. La cabeza tampoco. El ruido de las grúas y la resaca me tienen mareado. Antes de ir a Otto bebo. Así olvido que mi casa se fue vaciando en su casa de empeños. Su negocio es adueñarse de lo que fue mi vida. Debería mudarme ahí. Está todo: la aspiradora, el ventilador, el sofá cama. Lo que no voy a soltar nunca es la petaca de mamá. Duermo en el suelo, abrazado a su sabor.

Berta descubre la puerta de un auto sin cerrar y ocupa el asiento del conductor con naturalidad. Me invita a subir. Dale, vamos. Querés conocer a mi hermana, me pregunta. Se llama Berlin. En realidad, media hermana. Mi papá supuesto no era el suyo. ¿O era al revés?

Parece que va a presentarme a toda su familia. Arrancamos después de varios intentos. Mete los dedos y luego tironea de un cable con la boca. Yo tirito, impaciente. Berta maneja pésimo, acelera y casi atropellamos a un ciego, perro incluido. Por suerte el ciego no puede vernos y sigue caminando sin saber. El perro nos gruñe con los dientes apretados, para no asustar a su protegido. Berta gira en el bulevar y señala unas mesas oxidadas sobre la vereda. Esa es Berlin, dice mientras toca bocina. La hermana está sentada en un bar exterior que parece un pedazo de sábana en la mitad del mundo. Es un palito, la hermana. Dejamos el auto mordisqueando el cordón y al bajar, Berlin me pasa un papel, tiene la lengua dura. El pelo, color violeta. Se sienta con las piernas encogidas por el frío y me mira fijamente. Está intentando seducirme. Berta se da cuenta, pero ni se inmuta. Nos dice vamos y me toma de la camisa. Berlin se roba una botella. Subimos al auto, pero no tiene más nafta. El mozo nos toca la ventanilla. Siempre lo mismo ustedes dos. Pagale, me dice Berlin. Si no, te va a surtir. A nosotras ya nos conoce. Le doy un billete al tipo y me siento un imbécil. Sólo me queda uno.

Vamos a casa, dice la tonta.

Caminamos los tres por calles destrozadas sin caernos, como disparates sin sombra. La luz de la mañana es tan brillante que no hay proyecciones de oscuridad. Tomamos del pico y de pronto, Berta echa a correr como embobada. Corre y nosotros atrás, intentando prevenirla. Cruza sin mirar y se salva de camiones y motos. Mete la cabeza en la fuente de una placita destartalada. Nos mira sorprendida por el agua, se moja el vestido. Está más borracha que yo. La agarramos de las axilas y a la rastra llegamos a un edificio sin ascensor.

Berlin no encuentra las llaves y Berta se desmaya en la entrada. Las tiene ella, dice, revisala vos. Abro su cartera. Hay de todo, agito y no suenan. Las tengo encima, dice Berta reanimada. Busco en sus bolsillos y junto a una costilla encuentro el manojo. Subo con ella, besando cada escalón. Berlin abre y yo suelto el paquete sobre la alfombra, agotado. Hay partituras con manchas de grasa en el suelo. Un gato flacucho, que nos ignora, toma agua de una canilla mal cerrada y luego, desaparece.

Las hermanas se desvisten a medias, terminamos los tres en la cama. Dormimos sin tocarnos mientras la ciudad se agita en la ventana, sirenas sin mar ensordecen el dormitorio.

Es de noche otra vez cuando abro los ojos. Berlin está como perdida con un cigarrillo incendiándole los labios. Entre nosotros, una resaca pesada y tuerta. Una resaca madura, acuchillada, sin perfume. Berlin no se deja tocar, pero Berta se lanza hacia ella igual que un toro, y vomita hacia un costado. Su cuerpo baja rodando hasta el charco de vino, como un ojo en una lata, ruidosa y torpe. Es una tarada, dice Berlin. Y la otra ronca de inmediato.

Fumamos pensando en las horas muertas y ellas en nosotros. La noche ha quedado rendida, lamiéndose. Estrellada contra la primera luz del día. Berlin se prende un porro y se come el humo. No le gusta perder el protagonismo ni por un segundo. Me da una pitada humedecida, con su aliento ahí en la punta.

Te gustan las madalenas, me pregunta. Y devoramos un paquete entero. Berta resucita y prepara café a eso de las seis. Se sienta en el suelo a tomarlo, nos mira en contrapicado con el ceño fruncido.

¿Vamos a lo de Otto? Los sábados no abre, le digo. Por eso, me responde.

Nos duchamos los tres al mismo tiempo y de la risa nos queda pegado el champú en lugares raros. Soy tímido, digo. Y yo qué culpa tengo, Berta me frota cada nalga.

Juntemos herramientas y nos vestimos de rojo. Con medias de lycra y bombachas en la cabeza. Que parezca una joda, dice Berlin. Cuanto más nos miren menos nos verán.

El cielo está roto cuando salimos a delinquir. Yo de negro, ellas de rojo. Paramos un taxi en la primera esquina. Pero damos otra dirección, a la vuelta de Otto. Si se quieren enfiestar, cuenten conmigo, dice el peladito que maneja. Ninguno lo registra. Mi petaca es más interesante. Al llegar, el tipo se ofrece a cambio del viaje y preferimos pagarle para que se vaya. Con mi último billete.

Caminamos hasta la casa de empeños. La calle está en silencio, hubo un corte de luz y aun el día no se decide. Ninguna cámara funciona, todo está de adorno en el mundo, dice Berta.

Tocamos el timbre de Otto por si acaso y nada, no viene. Sacamos una llave cualquiera para dejar atravesada en la cerradura. De un golpe, Berlin la quiebra con un trozo de vereda. Por si vuelve, dice. Vos rompé el vidrio de la ventana chiquita, me pide Berta, la que da al sótano. Y me da su cartera. Es tan pesada que lo destroza de un golpe. Todo lo que necesito está ahí, dice ella. Un par de zapatos, la poesía de Bolaño y un discman viejo que no puedo soltar porque tiene adentro un Nino Rota.

Berlin aparta los vidrios y se desliza hacia abajo. Le sobra espacio de lo esmirriada que es. Nos abre desde adentro por la puerta de atrás. Berta camina hacia el estante de las linternas y nos da una. No hay que prender la luz, susurra.

Enseguida veo el abrigo. Mis cosas están todas juntas, con carteles que repiten mi nombre. Me veo periódico en objetos de poco valor. Yo yoyo, entre formas que había olvidado, como el esqueleto de una juguera inmunda que heredé de alguien de la familia. El juego completo de living, los candelabros de mamá. Ese olor intenso que junta la vida de uno. Berlin se prueba un sombrero con pluma que dice Norberto, y Berta unas botas hasta la rodilla, sin nombre. El pasado está lleno de hongos, dice. Nos reímos como niños un poco muertos. Elijo un tapado mejor que el mío, con corderito teñido de azul.

Cuando estoy revisando los cajones del secreter de mi abuela, escuchamos el giro nítido de una llave en el piso de arriba. Me agacho tras la vitrina donde mamá guardaba la platería, ahora llena de polvo, y veo que las hermanas hacen señas de luz con las linternas para marcar el camino hacia la puerta del fondo. Pero los pies de Otto ya están bajando la escalera, a pocos metros de mí. Enciende la luz de golpe y las ve, las corre y ellas, entre risas, tiran un par de secadores de pie que le traban el paso. Putas, grita Otto. Y agarra un sable que hasta ese momento colgaba inofensivo de la pared. Cierra la puerta de un golpe.

Me quedo solo, desconcertado. Dudo. Sin ellas, vuelvo a ser yo: un borrachín en decadencia, sin ideas ni valor. Cuento hasta mil sin decidirme. El sol se mete en los estantes y golpea las vitrinas. Salgo de mi escondite sin quitarme el abrigo de cordero y camino hacia la puerta, pero no abre. Me lleno los bolsillos de cosas de Rubén, Jorge y María Luisa. Luego vuelvo a dejarlos en su lugar, no quiero quedarme con el karma de nadie. Busco algo contundente para enfrentar a Otto y luego contemplo opciones para suicidarme. Encuentro una lata de galletas. Pruebo una y no está mal. Trago varias de un saque. Estoy famélico. La desesperación me lleva hasta la caja registradora. Vacía. Hago círculos con mis pasos, y así encuentro el libro de Bolaño que Berta olvidó en el suelo. Abro al azar. La muerte es un automóvil/con dos o tres amigos lejanos. Me siento a leer.

Ciento sesenta y nueve páginas después, decido acomodarme en el canapé de mamá porque me duele el cuello. Incluso prendo nuestra vieja lámpara, la del cisne cromado. Lleno la petaca con gin del bueno y la guardo en el abrigo. Hacía tiempo que el mundo no me regalaba un momento de armonía.

Cuando Otto regresa, me despabilo. Por suerte, la columna me tapa y no me ve. Sube la escalera en automático con una hermana en cada brazo. En pedo, los tres. Ni siquiera cierran la puerta. Apago la lámpara y me dispongo a salir, pero entonces los escucho cabalgar en el piso de arriba. Berta pide a gritos que le devuelva su trombón y Berlin, reclama cierto clarinete. Otto dice que sí a todo. Más fuerte, pide con la voz de un loco o de un vendedor. Subo despacio y me asomo a un dormitorio lleno de trastos, sólo por curiosidad.

Ahí están los tres, subidos a un potro mecánico que gira. La panza de Otto domina el cuadro. Las hermanas vuelan como cometas rojas sin dirección. Aletean contra las cortinas. Retrocedo en silencio, bajo la escalera.

Huyo con el libro, el abrigo y las galletas. El cielo se abre.