Mis libros

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viernes, octubre 27, 2017

La Nación es un cuerpo de mujer


La Nación es un cuerpo de mujer.
La Nación es manoseada, desechada, triturada, encapsulada y masticada. Una sociedad armada para el descarte. Lo humano convertido en deshecho.
La Nación es la utopía afiebrada de una Junta perversa, asistida por una burocracia torpe. La banalidad del mal, que vuelve y vuelve otra vez.
La Nación es un proyecto trunco. Una falsa victoria sobre unas islas lejanas. Una oda fingida a los combatientes, que son más víctimas que héroes. Soldados condenados al destierro oceánico y a la desmemoria.
La Nación es un tajo incurable, que sigue sangrando. Una rasgadura violatoria de tantos derechos cercenados. Una herida acuciante en el cuerpo crispado de la historia.
La Nación es una madre indolente que le da la espalda a Jacinto, su hijo débil. Lo niega. Pero en el mismo acto de abandonarlo, le deja un diccionario y sin querer lo introduce en el lenguaje. Le da, entonces, la posibilidad de crear un mundo, el suyo, que también es el nuestro durante el tiempo de la novela. Jacinto dice: “Busco madre y sus derivados: comadreja, matriz, metrópolis”.

En Nación Vacuna, los fantasmas del pasado argentino se actualizan de manera deforme a un ritmo frenético, en el que el lector queda atrapado, como si la puerta de ese frigorífico decadente se le cerrara en los talones. Fernanda nos ofrece una pesadilla distópica, cuyos ecos, sin embargo, resuenan en el presente. Walter Benjamin dijo que: “Articular históricamente el pasado no significa conocerlo tal y como verdaderamente fue. Significa adueñarse de un recuerdo tal y como relumbra en un instante de un peligro”. Cuesta no leer Nación Vacuna en esa clave, ante tanto peligro cercano, pero la contundencia de la literatura de Lao nos devuelve las coordenadas por movernos más livianos en ese territorio.

Cuando Benjamin pensaba eso estaba en el exilio obligado, (como nuestra querida Fernanda). Desde el dolor, supo armar un cofradía corrosiva con otro exiliado: Theodor Adorno, que en sintonía con él planteaba: “Para quien no ha tenido Patria, escribir se convierte en un lugar donde vivir”. Lao hizo de la escritura su exquisita Patria Lírica y nos la regala en cada libro. Una patria con fronteras porosas que podemos atravesar guiados por el deseo que ella misma mantiene encendido en cada frase que hace arder. Pero, al mismo tiempo, nos hace una advertencia: Cuidado, la Patria es un absurdo. Y con esa advertencia nos obliga a preguntarnos si habrá un modo, si habrá un tiempo, en el que la Patria, la nuestra, deje de serlo.
Por suerte nos queda su literatura para hacer de este mundo algo más digerible.





Texto de Facundo Abalo, leído en la presentación de Nación Vacuna, en Alamut Libros.
20/10/17