Fuera de la jaula

Fuera de la jaula

viernes, enero 09, 2015

Lo primero es la familia


Revista Ñ
Reseñas
08/01/15

En “Fuera de la jaula”, García Lao vuelve a mostrar su capacidad de narrar con potencia corrosiva los secretos de un clan disfuncional.
POR PABLO ALi


Fernanda García Lao es una escritora corrosiva, no sólo del lenguaje sino también de las instituciones básicas y de todo aquello que se presente como una jaula para el pensamiento. Su fascinación por hacer oír la voz de los perdedores se manifiesta una vez más en Fuera de la jaula , su última novela. La derrota que da inicio a la trama mezcla lo patriótico con lo burlesco: en medio de una celebración, Aurora es asesinada (¿silenciada?) por un elepé que se clava en su cuello mientras canta a viva voz la Canción a la Bandera. Pero la muerte sólo consigue aumentar su percepción. En estado de libertad absoluta, Aurora comienza a contar la historia de su familia: un marido militar retirado que resuelve todo con su revólver, una mucama envidiosa y maldispuesta, un hijo bicéfalo y una amante artificial inventada para satisfacer los deseos del coronel.

El absurdo sucede en unas coordenadas espacio-temporales definidas: la Argentina; 1956, 1975 y 1989. La clave alegórica está dada por una serie de referencias con nombres propios (el coronel se llama Domingo), situaciones reconocibles (Aurora era una actriz a la que su marido saca de la escena para convertirla en una mujer de caridad) y climas de época bien delineados (los viajes a Europa para comprar trozos del Muro de Berlín como piezas de arte). Si bien estas alusiones permiten una lectura alegórica de la Argentina, lo más interesante de la novela es su potencia para teatralizar los resortes de la dinámica familiar. Pese a su rareza –o acaso gracias a ella–, esta familia se convierte en arquetípica. Detrás de las formas, los modales y las normas de etiqueta, se esconden las peores abyecciones. Dado que Aurora comparte “los pensamientos del cerebro de cualquiera”, puede ver no sólo la indiferencia ante su muerte, sino también cómo esta familia (dis)funcional sigue tensando los resortes de su perversión. Esta voyeur surrealista permite mostrar los cruces entre lo erótico, lo obsceno e, incluso, lo violento. La carga es tan pesada que Aurora no puede ascender. Como lectores compartimos ese estado de trance, enjaulados en la casa del terror. Por suerte, a diferencia de Aurora, el lector cuenta con el humor nacido de las escenas que confrontan lo solemne con lo cotidiano: “Esperé un rato la bendita ascensión, pero no vino nunca. (…) Entré por la ventana mal cerrada de la cocina”. Tal vez el humor sea el único antídoto ante ciertas actitudes familiares, pero este efecto se activa en el lector y no en sus personajes. En este sentido, se ve la maestría de la dramaturga para trabajar con una de las nociones primitivas del teatro: la catarsis en tanto purificación o liberación humana. Si todos estamos enjaulados, ¿cómo salir de esta gran tragedia? La clave, una vez más, está en hacer oír la voz de los deformes.

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