Fuera de la jaula

Fuera de la jaula

sábado, marzo 16, 2013

Donde voy está mi casa


CLARÍN
16/03/13
SOCIEDAD MUNDOS ÍNTIMOS

A los 10 años inicié un exilio que no terminó: donde voy está mi casa
POR FERNANDA GARCÍA LAO ESCRITORA ARGENTINA. ENTRE SUS LIBROS FIGURAN “LA PIEL DURA” Y “VAGABUNDAS”

Nuevo nombre. La necesidad de sus padres de dejar la Argentina violenta de 1976 se vivió, primero, como un juego. Luego vino el deseo de ser invisible y una crisis de identidad que incluyó el cambio de nombre y la sensación de sentirse –acá y allá– un poco extraña.


Mi primer quiebre, uno de los fundamentales que viví, se produjo en octubre del 76. Fui subida a un avión y en pleno vuelo hacia el exilio cumplí diez años. Había viajado en varias ocasiones a España porque mi madre es española. Pero, en ese momento, todo era diferente. No había placer, ni vacaciones. Hubo que elegir algunos objetos que volarían con nosotros. El resto, quedaría en el departamento de Mendoza hasta nuevo aviso.

Quizá por eso nunca he podido sentir que mi vida fuera una línea continua. Es que mi historia personal sufrió varios cortes similares.

Cuando pienso en mí en pasado, debo situarme por domicilio para recordar mejor qué acontecimientos son los que corresponden. Mi vida está signada por el movimiento, por la mudanza.

Mi padre, Ambrosio García Lao, tenía 50 años en 1976, había sido pionero de la televisión mendocina, multipremiado, y dos años antes, su productora de TV había sido estatizada por el gobierno de Isabel Martínez de Perón. A ese motivo se sumaron otros en el 76, y entonces se decidió a dejar el país.

Empezar de nuevo. El periodismo se había convertido en una profesión de alto riesgo.

Resolvió que lo más conveniente era no vender el departamento y dejar todo como estaba, por si acaso. Viajar con lo mínimo. Mi padre dudaba de conseguir empleo a su edad en un lugar donde era un absoluto desconocido.

“Hasta las toallas en el toallero”, fue la consigna. Así que pudimos elegir un libro y una muñeca cada una, somos tres hermanas, y ropa que entrara en pocas valijas. Viajaríamos ligero.

A pesar de la gravedad de la situación, yo subí emocionada al avión. Era cinco de octubre por la tarde. Sabía que después de cenar, en medio del Atlántico, iba a ser mi cumpleaños. Mis padres se habían conocido sobre esas mismas aguas, pero dentro de un barco y en sentido inverso. Detrás de mi asiento, había jugadores de básquet del Real Madrid. A las doce en punto, me cantaron el cumpleaños feliz en el aire y no soplé ninguna vela. Pero recibí una foto del equipo firmada, y un escudito. Sentí que había empezado bien el tema del exilio.

En mi cerebro, hay lagunas de agua pantanosa en torno a la llegada. Lo único que sé es que pasamos algunos días en León, en la casa de mi abuelo Manolo, un tipo seco y de pocas pulgas. Nos dedicábamos a jugar, a esperar, a espiar por la ventana a las niñas que vivían enfrente. Ejercían sobre mí una enorme fascinación. Porque hablaban distinto.

Decían cosas como “jolines”, “chavalinas”, y “¿qué miráis?” Mi abuelo nos dejaba solas mientras se iba a la librería, o al bar, y entonces nosotras aprovechábamos para utilizar los objetos del comedor. Había vitrinas enormes llenas de copas, jarras y cositas que nunca se usaban. Recuerdo una tarde en que habíamos sacado prácticamente todo y yo me había disfrazado de cura. Estaba oficiando una misa, con mis hermanas vestidas de devotas, cuando apareció Manolo.

Se quedó dislocado por un instante, y enseguida comenzó a cambiar de color hasta convertirse en un hombre carmesí y vociferante. “¿Pero qué hacéis? ¿Sois bobas?“. Era tan excedido que daba risa. Mi abuelo era un tipo complejo. Había hecho sufrir a todos sus hijos, por turno. Nunca había tenido un gesto de cariño en su casa. Solía estar solo, esquivaba cualquier conversación. Nunca pudo entender nuestra libertad para jugar con las cosas o las situaciones serias. Y que no le tuviéramos miedo. Sus amenazas de sacarse el cinto tampoco resultaron. A nosotras nos habían educado de otra manera. Sin violencia ni intimidaciones.

Nuestras carcajadas lo dejaron desarmado y nos miró confundido.

Yo también estaba descolocada. El mundo había mutado sin aviso. Incluso el cielo era diferente. Con qué asombro descubrí que las Tres Marías no estaban. En su lugar, miles de estrellas desconocidas brillaban con naturalidad. De un plumazo, la infancia se diluía.

Ya no teníamos casa, mi abuela y mi tía de Mendoza estaban muy lejos. Mi pasado se había esfumado. Y mi acento tenía los días contados.

El exilio es una herida y cada miembro de la familia lidia como puede con la propia.

No teníamos amigos en Madrid.

Aunque al poco tiempo, comenzaron a llegar algunos. Escritores, músicos y artistas. Cada tanto, había un encuentro signado por la nostalgia.

Escuchaban tango y hablaban de política. También de muertos.

Argentina se convirtió en una película sin color para mí. Los amigos más cercanos de mis padres eran Antonio Di Benedetto y Enrique Sobisch. Un escritor y un pintor de una cultura impresionante. Empecé a pensar que el país, además de violento, estaba ciego.

¿Cómo podía expulsar a tipos tan cultos y sensibles? Me enojaba la melancolía. Decidí que había que empezar de cero. Construirse, como si uno fuera nuevo. Sería una niña sin historia.

Mi padre se encerraba en el escritorio y allí pasaba horas. Sólo se escuchaban las teclas y el encendedor que a cada rato prendía un nuevo cigarrillo. Pronto, consiguió trabajo en RTVE, aunque no podía salir al aire por su acento argentino. Colaboraba esporádicamente en El País, pero ganaba poco. Tuvo un pre infarto.

Las clases ya habían empezado. Yo no había terminado cuarto grado y de pronto, estaba en quinto. Franco había muerto un año antes y la educación española aún conservaba intactos valores muy cuestionables. Había dos alas en esa escuela para separar por género: niños por un lado, niñas por otro. Cada grado tenía un moñito identificativo. En mi caso, era anaranjado. O como decían allí: color butano.

Fui adoctrinada por una profesora franquista, que me exprimió cual naranja mecánica en el uso debido de zetas, cés, y eses con silbido. Sonar como argentina era un síntoma de incorrección fonético-política. La madre patria exigía la entrega absoluta de mi lengua, de mi identidad.

Me bombardeaban con preguntas de todo tipo. Mis compañeras no sabían ni qué idioma se hablaba en Argentina. Convengamos que cuarenta años de dictadura las había privado de información sobre el mundo exterior. Los primeros recreos los pasé en el baño, encerrada y sentada sobre el inodoro para que no se me vieran los pies. Hubo momentos en que deseé ser invisible.

Además, la geografía era otra. De pronto, nacieron miles de ríos con sus afluentes frente a mis ojos, montañas que no había oído mencionar. El mapa entero era un enigma.

En breve, mi cáscara fue perfecta. Logré construir sobre mi corteza a una españolita más. Quería mimetizarme con el entorno para sobrevivir.

¿Mi rebeldía se había anestesiando?

No. Porque yo sabía de mi impostura, y en el fondo me sentía poderosa. Y débil. Nada es simple. Será por eso que empecé a desear la simplicidad ajena. Me parecía de una complejidad impresionante. Ser simple, qué técnica. Digamos que practicaba la contradicción. Gran escuela.Mi primer quiebre, uno de los fundamentales que viví, se produjo en octubre del 76. Fui subida a un avión y en pleno vuelo hacia el exilio cumplí diez años. Había viajado en varias ocasiones a España porque mi madre es española. Pero, en ese momento, todo era diferente. No había placer, ni vacaciones. Hubo que elegir algunos objetos que volarían con nosotros. El resto, quedaría en el departamento de Mendoza hasta nuevo aviso.




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