Fuera de la jaula

Fuera de la jaula

martes, abril 17, 2012

Tradiciones posborgianas



:: FILBA ::

Fernanda García Lao, Oliverio Coelho y Federico Falco -con la moderación de Patricio Zunini- partieron de un ensayo de Roberto Bolaño para discutir acerca de las tradiciones posborgianas en la literatura argentina. El encuentro se desarrolló en el marco del festival Filba Nacional 2012, que transcurrió entre el 22 y el 25 de marzo en la ciudad de Bahía Blanca.

Desgrabación: PZ.

(Del blog de Eterna Cadencia, para leer la publicación original: click en el título)

En “Derivas de la pesada”, un ensayo que apareció publicado en forma póstuma en el volumen Entre paréntesis, Roberto Bolaño definía que la literatura argentina posborgiana podía dividirse en tres corrientes bien definidas, ninguna de ellas del todo satisfactoria: la que abre Osvaldo Soriano, la que involuntariamente nace con Roberto Arlt (propuesto por Ricardo Piglia) y la que inaugura Osvaldo Lamborghini y luego continúa César Aira. ¿Se confirman o cuestionan estos cánones en la narrativa contemporánea? Con este disparador, los escritores Oliverio Coelho, Fernanda García Lao y Federico Falco, moderados por Patricio Zunini, participaron del panel “Tradiciones posborgianas”, cuestionaron la clasificación esquemática y buscaron encontrarse en tradiciones mestizas que rompen los moldes impuestos desde la distancia de Barcelona.


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¿Qué piensan de esta clasificación de Bolaño y cómo se sitúan ustedes ante estas tres vertientes?

Fernanda García Lao: Es raro discutir la literatura argentina vista por los ojos de Bolaño, alguien que ya no está. En algunas cosas coincido, sobre todo en el miedo que me produce Lamborghini. Lamborghini me parece como una pastilla de cianuro y lo puedo leer en cuentas gotas porque me resulta muy perturbador, pero además en exceso. Creo que Soriano, que ya tampoco está vigente, ha tenido más secuelas de las que nos gustaría admitir en la literatura argentina. Nadie se quiere parecer a Soriano, pero uno puede reconocer cierto territorio común en esta cosa del policial y del barrio que ha seguido rindiendo frutos. A todos nos parece más interesante, a lo mejor, ser arltianos. Por otro lado lo veo a Piglia tan distinto de Arlt que realmente esto de estetizar al humillado me parece una operación humillante. Piglia no me interesa y Arlt es el más vivo y vigente y convocante desde mi mirada y mi escritura, comparado con el resto. Por otro lado no está Copi, que para mí es rarísimo que no esté porque lo veo mucho más heredero de Arlt que Piglia, y a mí me falta Gombrowicz, que lo hemos leído todos como si fuera el tío polaco extraviado que le hizo mucho bien a la literatura argentina.

Federico Falco: El texto de Bolaño, creo, es un texto raro de por sí. En principio está haciendo una operación de mapeo de campo, pero desde un lugar que no es donde usualmente se hacen esos mapeos, que es el académico. Es un mapeo que viene más de lector, viene del placer de lector. Creo que es desde donde hablaba Bolaño usualmente. Lo que pasa es que es un poco más complejo pensar a Bolaño leyendo la literatura argentina desde Barcelona y mediada por una serie de situaciones. Creo que de alguna manera lo que está plasmando es más su propia pasión por una literatura que una cuestión de rigor científico para pensar una tradición o una literatura nacional. En algún punto hay muchos huecos y lugares de polémica en el artículo. Creo que también estaba consciente de esas polémicas. Particularmente entiendo por dónde va su planteo, pero también siento que hay zonas muy grandes que quedan totalmente olvidadas, que tal vez Bolaño no las conociera. Pienso, por ejemplo, que no aparece Copi, no hay ninguna referencia a Puig y no aparece Saer, que de alguna manera marcan el panorama de la literatura argentina. Esto siempre y cuando también estemos de acuerdo en pensar la muerte de Borges como un corte en la literatura, que tal vez no necesariamente sea así. Hay continuidades y zonas en las que de alguna manera se van solapando las cosas. Entonces mi primer acercamiento al artículo tiene que ver con pensarlo más como un gesto de escándalo, de tirar la piedra y propiciar este tipo de egos, este tipo de lugares donde discutamos esto a partir de su pasión como lector y también como un lugar de ausencias muy importantes. En algún punto, la inclusión de Soriano cuando el artículo se publica ya era una referencia que había quedado un tanto antigua. Pensar a Aira solamente como heredero de Lamborghini también es un poco arriesgado. Si bien hay una relación muy cercana de Aira como albacea de Lamborghini, él también desarrolla e introduce algo en la literatura argentina que Lamborghini no había hecho. Y también hay una situación un tanto extraña de pensar al Piglia académico que en algún momento rescata a Arlt con el Piglia escritor. Esa relación existe, pero no necesariamente está en la obra literaria de Piglia. Hay muchos corrimientos en el texto, muchas zonas de extrañeza.

Oliverio Coelho: Yo tuve la impresión de que Bolaño en realidad estaba trazando un mapa de la literatura argentina que mostraba sus limitaciones como lector de la esa literatura y que mostraba también cómo en España se gesta un canon paralelo. De alguna manera su posición, cuando escribe ese artículo, no es excéntrica. Es una posición central y eurocéntrica. De hecho toma escritores que se pueden serializar. Es una manera de neutralizar las distintas corrientes de la literatura argentina. La riqueza de la literatura argentina proviene de que es una constelación de estéticas singulares, y en esa serialización está operando como un académico o un pseudoacadémico. Coincide a veces con operaciones de la Academia acá, pero veo a Bolaño también como un ventrílocuo de escritores argentinos que viven allá y tienen su propia visión de la tradición literaria local. De ahí también proviene la grandeza de Bolaño que, según me contaron, organizaba sus propias tertulias. Bueno, él no pudo tener una visión cabal de ciertos autores; de ahí sus omisiones: Saer, Puig, Di Benedetto, Copi. Probablemente los conociera, pero en esa tertulia había voces que probablemente censuraran. Probablemente le dirían “Chejfec no” y entonces se perdía Chefjec. Hay autores que se ganan un prestigio negativo, y para ciertos lectores acá tienen un prestigio positivo. Nosotros leemos a Saer por las mismas razones que probablemente le dijeran que no leyera a Saer, nosotros lo leemos por eso. Son criterios de valoración que están muy claros en ese texto, como identificar a Soriano con el escritor entretenido. Son criterios de valoración muy compatibles con el sentido común: por eso no me parece un texto que sea provocador.  Creo que incluso Fogwill era más provocador.

Fernanda García Lao: Sobre todo que desde el título, con esto de “la pesada”, viene a instalar la idea periférica de un chileno de dinamitar el centro, que sería Buenos Aires y Borges, y nosotros desde adentro lo vivimos distinto. No sé si alguien se pone a escribir con la carga de Borges que se supone que tenemos. Creo que Borges es el abuelo de todos y no corremos ningún riesgo porque no somos la generación que tuvo que escribir en contra. Todos sabemos que está ahí, pero por ahí les resulta un mojón más significativo a otros países latinoamericanos. Es como a los colombianos con el estigma Macondo, pero realmente ahora no es ni un peso ni una carga. Me parece que Bolaño instituye la idea de la pesada como la literatura argentina que se lleva adelante al resto de las literaturas más chicas de Latinoamérica, pero es una idea muy caprichosa que tiene una vocación provocadora que no termina de cumplir en el texto. Se pone previsible.

¿Cuáles son los mecanismos de validación o legitimación de la literatura argentina en el exterior?

Oliverio Coelho: Son ilusiones ópticas, un mecanismo efímero que produce que de pronto Soriano aparezca incluido en este canon cuando acá ya casi no se leía, como decía Falco. Walsh, por ejemplo, no aparece nombrado en estas tres corrientes que Bolaño intuye y es un escritor legimitado acá. Creo que los mecanismos de legitimación también a largo plazo se establecen en un país. Saer no fue legitimado a través del mercado español. Probablemente haya legitimaciones momentáneas que puedan facilitar la vida material de un escritor, pero todo escritor sabe que es un espejismo. El trabajo se hace en relación a una lengua propia y con un paisaje que para muchos es argentino. Me llama la atención que haya escritores argentinos que pueden escribir novelas totalmente ambientadas en Europa sin que haya marcas de la argentinidad en el narrador, que logran una lengua neutra. Me parece que quizás ese es un escritor argentino que encuentra una legitimación amoldándose o mimetizándose con otro campo literario. Si hablamos del campo literario argentino, acá están los mecanismos de legitimación que son temporales. Ni siquiera podemos decir que vienen de la Academia, aunque a veces acierte.

Fernanda García Lao: Es muy aventurero ponerse a imaginar qué necesita un escritor argentino en Europa con la mirada de un español. Yo, que he vivido la mitad de mi vida allá, no tengo ni idea. Y no creo que uno escriba esperando en ser legitimado por la Corona. Además, en los últimos años a partir de la producción de blogs y de lectura cruzada con otros países latinoamericanos, ha empezado a fluir cierta dinámica muy latinoamericana que no está pendiente de lo que se espera del otro lado del charco, que es muy diferente. A mí me interesa más leer a un mexicano o que un mexicano me lea a mí, que un español. Y siento que hay alguna materia en común que me enlaza con otra locura. Desde España hay un intento normalizador y en eso estoy de acuerdo con Oliverio: no sé si te exigen que neutralices tu idioma para que se entienda, pero sí me ha pasado en alguna lectura que alguien se quejara porque no entendía el argot argentino.

Oliverio Coelho: Y nosotros no entendemos el español.

Fernanda García Lao: Y por las traducciones hechas en España hay autores que son directamente ilegibles. Pero la legitimidad es imprevisible y momentánea y afortunadamente se va moviendo. Y uno no piensa en eso: se sienta a escribir desde otro lugar.

Federico Falco: Una cosa es escribir y otra es el rol de ser escritor. Como si hubiera dos ambientes: el cuarto cerrado –por poner una imagen– cuando uno escribe, y el momento en que uno como escritor –y no necesariamente la obra– sale de ese cuarto y lo que pasa incluso con el cuerpo de uno jugando un rol social. Yo siempre digo que los escritores, en general, tenemos malas dotes sociales. En algún caso las legitimaciones provienen de ese don de gente, para llamarlo de alguna manera, y en otro caso provienen de circulaciones sumamente azarosas de las obras. O pueden provenir de coincidencias, que a veces uno hasta desearía que no existieran. Pero en algún momento uno está escribiendo cosas que a otra persona le interesan por alguna razón, aunque sea una razón equivocada. Creo que todo lo que sucede en ese afuera, en ese campo, son problemas de campo. Son problemas de sociología. Uno no lo puede manejar. En algunos casos no queda más que mirarlo asombrado. Desde un lugar extraño. Por otro lado, en la última década, lo que pasa con la irrupción de internet y los blogs genera una expansión muy grande del campo y la posibilidad, como decía Fernanda, de estar leyendo y de estar construyendo una tradición mucho más allá de la literatura argentina y de la que puede circular en la argentina. Y de encontrar afinidades, por ejemplo con la literatura boliviana, y decir “En Bolivia están pasando cosas buenísimas, increíbles, están pensando diferente” y yo me siento mucho más afín con lo que pasa en Bolivia o México que con lo que pasa en España. De gente que no llego a conocer personalmente y que simplemente leo su blog, twitter o facebook y me voy enterando qué están haciendo, qué están leyendo, cuáles son sus referencias. Hay una complejidad que es sumamente vital y que renueva muchísimo. Por otro lado eso hace que las cosas reboten y que uno pueda llegar a leer la literatura argentina a la luz de esas miradas de afuera y repensarla. En algún punto es lo que hace Bolaño. Pensemos el texto de Bolaño, pero también pensemos textos de determinados autores bolivianos o chilenos o mexicanos que leen la literatura argentina desde una distancia que muchas veces es sana. Una distancia que les permite poner cosas en cierto lugar, hacer relaciones totalmente nuevas que a uno, por estar tan metido en el problema, no se le hubieran ocurrido.

Hablando de esto, entonces: ¿cómo se adscribe a una tradición? ¿De qué manera piensan su obra en torno a una tradición? ¿Sienten que comparten un universo con otros escritores?

Oliverio Coelho
: Me cuesta pensar qué libros pueden estar en relación a una tradición. Seguramente lo estén, pero como escritor no puedo dar mi lectura. De hecho, a veces, me sorprenden las asociaciones en algunas reseñas. En cambio uno sí puede pensarse como lector de una tradición. Y las lecturas tal vez determinan cierto camino en la escritura. Volviendo a lo anterior, me quedé pensando en el caso de Levrero que fue súbitamente legitimado después de su muerte. Es un caso extraño, pero de alguna manera hecha luz sobre ese funcionamiento. Quizás ya estaba legitimado en Uruguay pero el que lo empezaran a publicar en España rebotó: se hizo más conocido. Aunque hay que decir que los lectores duros, voraces, ya lo conocían. Ellos no se necesitan estos rebotes, porque descubre a los escritores antes que el mercado. Y hay lectores generosos, que a la vez son escritores y están metidos en cierto entramado editorial, como Fogwill que, cuando descubrió a Levrero (que creo que lo descubrió a través de Aira), hizo lo posible para que lo publicaran en España.

Federico Falco: Ese caso es súper sintomático porque había una serie de novelas de Levrero publicadas en España a finales de los ochenta —una con prólogo de Muñoz Molina: evidentemente había una idea de mercado, de prologar por alguien consolidado en el mercado a un autor latinoamericano— que pasaron totalmente desapercibidas.

Fernanda García Lao: A Di Benedetto le pasó más o menos lo mismo: había publicado bastante en España y seguía siendo un desconocido. Y acá tampoco se lo leía demasiado. Yo tengo como un deber de evangelizadora con Zama. Además me resulta muy sintomático que en esa lista de Bolaño —y en todas las listas— no haya mujeres escritoras. No está Alejandra Pizarnik, por ejemplo. Pizarnik ha dejado una impronta increíble, todos le debemos ese surfeo por la locura. Me parece que la lista sigue siendo muy misógina. Coincido en que cuando uno escribe filtra y no está tan claro de dónde viene cada cosa. Hay un procedimiento azaroso, medio mágico, no tan racional. Disfruto leyendo a escritores que escriben diametralmente opuesto a mí, no necesito que me confirmen mi lugar. Por otro lado, sí puedo reconocer cierta familiaridad en el tono; me siento más cerca del escritor que busca más el lado b de la realidad que los grandes temas. No soy épica. Yo también me siento heredera de Felisberto. No sé si es tanto lo argentino, solamente: habría que hablar de lo rioplatense. Pero además yo me formé en España por lo que mis lecturas también fueron otras. No sé qué le debo a quién. La verdad a todos. También uno lee por antagonismo algunas cosas que sabe que no le van a gustar.

Federico Falco: En la idea de la tradición hay algo que tiene que ver con una idea muy positivista, con un progreso de genealogía. Hay que pensar las cosas de otro lugar: si bien uno piensa en las lecturas, hay muchísimas influencias del cine, de la música, del videoclip, de internet como medio de navegación o como formato. Todo eso está y en este momento es mucho más interesante —no sé si más correcto, pero sí más interesante— pensar a partir de estas hibridaciones y cruces de géneros y formas. Creo que pienso más en arte contemporáneo que en literatura contemporánea. Por un lado, por una cuestión profesional, pero también porque me parece más interesante lo que pasa en el arte contemporáneo que lo que pasa en la literatura contemporánea. Sin por ello desmerecer a la literatura contemporánea: por una cuestión de formatos, de velocidad. Algunas influencias vienen de ahí.

Fernanda García Lao: Cuando podés determinar con tanto detalle de dónde viene cada cosa terminás vos estereotipándote. Prefiero no saber tanto a qué adhiero. Cada libro, se supone, requiere de una ruta nueva. Podés hablar de lo que ya escribiste pero no de lo que se viene si estás atento a mantener el pulso activo. Si te convertís en un personaje que escribe de un modo tal que ya se instaló y entonces repite, esos mecanismos terminan yendo en contra de tu propia obra. A lo mejor salís en más revistas pero no merece la pena.

Federico Falco: Es como remontar la genealogía en el análisis. El síntoma te lleva a resolver situaciones, pero también desde un lugar sano es más complicado generar cosas. También tiene que ver con la idea de que muy en el fondo todos queremos ser originales, todos queremos no tener padres. Es mejor no pensarlo: dejarlo en la bruma.

Oliverio Coelho: Yo veo una instancia de fascinación e influencia casual. Hay un momento en que uno empieza a leer en cámara lenta, como si estudiara los libros pensando en situaciones que se van a plantear al momento de la escritura. Me pasa, por ejemplo, leyendo a Puig. Leo sus diálogos y empiezo a retroceder, los releo casi con lupa y así sorber el don. No para reproducirlos sino para contar con una reserva. Cuando en la escritura se planteen problemas van a ayudar mucho, están en la caja de herramientas. Lo mismo con pausas aireanas, que hacen una especie de cámara de aire que ayudan a detener la acción. Me pregunto las atmósferas de Onetti: cómo las tejió, qué palabras son puntales en esa atmósfera. De modo que hay un trabajo de hormiga que no justifica que uno se inscriba en una tradición, pero sí en una traición. Porque uno no lee del todo sumido en el placer.

Fernanda García Lao: Yo me dejo llevar.

Oliverio Coelho: Claro, pero ¿no te pasa de pronto que volvés a leer?

Fernanda García Lao: Sí, vuelvo sobre una palabra, le doy vueltas. Pero en realidad, a mí me sirve mucho mi propia vida como usina de creación. Como vengo mezcladita del teatro y de la dramaturgia, de la música y el periodismo, me gusta leer a dramaturgos y me gusta elaborar textos muy vitales que podrían ser dichos. Hay un afán de mantener cierta oralidad despierta y entonces yo leo más en sueño la obra de otros. Cuando hay que analizar algo porque un interés particular, me detengo, subrayo, avanzo o retrocedo. Pero no sé si voy en busca del mecanismo que me salve. Me quedo más alelada frente a esas apariciones que son como objetos de palabras que vienen con algo más. No soy muy cirujana plástica. No abro con un bisturí y veo. Me da miedo que se evapore.

Oliverio Coelho: En esa cirugía, lo que sucede es una alquimia: se transforma en poesía. Cuando leés con lupa empezás a leer poesía dentro de una novela. De pronto pasás veinte páginas a una velocidad inexplicable y te quedás flotando en una página durante veinte minutos.

Federico estuvo becado por la Universidad de Nueva York y allí –como alguna vez me contaste– descubrió la literatura latinoamericana. ¿Cómo fue ese encuentro?

Federico Falco: Primero es una cuestión de archivo, de base de datos. Mi encuentro con la literatura latinoamericana tiene que ver con un montón de desencuentros anteriores por no poder encontrar esos libros que en algunos casos conocía o había oído mencionar, pero no estaban. De pronto lo que tienen los norteamericanos es este gran archivo, esta gran base de datos, esta megabiblioteca donde está todo. Y lo que no está te lo consiguen en dos días. Eso, de pronto, abruma. Yo recuerdo el primer día que llegué a la biblioteca; pregunté cuántos libros podía sacar y me dijeron que 200 libros por tres meses [risas]. Iba en el metro con una caja y después no podés terminar leyendo todo eso. Fue una especie de avaricia, vas encontrando cosas y las vas sacando por las dudas. Pero es como dejar a un chico suelto en una venta de golosinas. Mi encuentro fue ese, básicamente de mucha lectura, de ir rellenando huecos que habían quedado porque no tenía acceso a esos libros. Uno va leyendo con cierto programa, pero también ese programa va derivando hacia otras cosas, intereses. Es paradójico. Creo que pasa lo mismo, de alguna manera, Estados Unidos y España funcionan como la pared de rebote de la pelotita de pingpong. En Estados Unidos uno encuentra todo, y con España también pasa que si de pronto querés leer a un chileno, la única forma es que el libro haya pasado por Barcelona y llegue a Argentina vía España. Ese tipo de cosas extrañas tiene que ver con tabiques, con cortes de latinoamérica. Bolivia es un país que está bastante cerca de Córdoba y de pronto descubrí la literatura boliviana allá; antes no llegaba a percibir, hay que irse súper lejos para descubrir a esos autores.

Oliverio Coelho: Me quedé pensando en lo anterior sobre  la traición: ese momento de traición de la lectura, cuando traicionás a un texto y encontrás la epifanía. En realidad produce una acumulación estética que va a parar a la caja de herramientas o de predilecciones, cada uno puede llamarla de cualquier manera, y eso determina el rumbo de una escritura. Más allá de una tradición de autores: una traición en la lectura. Y por ahí es un tipo de lectura que no genera cantidad, sino que está enfocada en la intensidad que aparece en ciertos textos. Hay escritores que gradúan muy bien la intensidad y los leés a un ritmo regular. Volviendo a lo posterior, el único país en donde pasé largas temporadas, o lo suficientemente largas como para conocer otras literaturas, fue Korea. Y ahí tuve la oportunidad de leer a varios escritores (incluso japoneses) en inglés. De algún modo la lectura de literatura coreana afectó mi universo literario. Ahora cuando escribo cuentos encuentro que me resulta más fácil ambientar un relato con un personaje coreano, o que tenga relación con Oriente. No me pasa en las novelas, pero en los cuentos breves elijo personajes coreanos. Tal vez eso funde un capricho y un capricho es una tradición. Escribí un artículo de literatura coreana en Perfil hace dos semanas. Tiene el mismo grado de arbitrariedad que puede tener Bolaño escribiendo sobre literatura argentina en España. Cuando leí ese artículo entendí perfectamente cómo uno genera omisiones circulando por tertulias y dejándose asesorar por escritores que cuando se emborrachan son injustos [risas].

Fernanda, ¿cómo es tu caso con la literatura latinoamericana? Hace poco estuviste en México y allí conociste a Daniela Tarazona.

Fernanda García Lao: En realidad la conocí porque iba a publicar acá. Leí su libro, me resultó muy interesante, le mandé unas preguntas para mi blog y cuando llegué a México ya sabía quién era. Me pasó que llegué tarde a la literatura latinoamericana porque empecé a leer en España desde chiquita y entonces mis lecturas eran otras. Lo que llegaba eran típicos libros de exiliados. Entonces era pura omisión, la biblioteca de mis papás tenía libros más viejos porque nos quedamos como a la distancia de lo que se estaba produciendo acá o de lo que uno imaginaba que estaba pasando acá. Cuando vivís en el exilio imaginás un país que no existe, que es el que dejaste y se convierte en tu ficción. Cuando regresé realmente en el 93, después de algunas ideas y vueltas, era todo sorpresa. Todo era nuevo. La literatura argentina había crecido y se había multiplicado. Por otro lado a Di Benedetto, que era un personaje de mi familia, una visita habitual en mi casa al que nunca había leído, lo conocí acá cuando él ya había muerto. Entonces hay un corrimiento de tiempo y yo ya estoy acostumbrada a operar así, llenando vacíos y creando otros nuevos. La literatura te espera, eso es algo que me parece muy interesante. Yo, viniendo del teatro, tenía que poner el cuerpo, era muy importante la presencia del otro en la oscuridad y la reacción. Acá me asombra cómo todo el tiempo el libro existe sin mí, que no soy yo. Leyendo me pasa lo mismo. Con un autor me pasa lo mismo. Un autor me lleva a otro y así voy saltando sin seguir un sistema. Desde México se conoce la literatura más convencional de Argentina, pero ahora están llegando otros nombres. Desde la aparición de las editoriales independientes ha habido otra difusión que de algún modo nos ha salvado de la trituradora. No tenés que vender cifras astronómicas para seguir existiendo. Uno puede conseguir otros libros que no se hubieran publicado jamás. En España se sigue pensando de modo antiguo. No se arriesga demasiado por nuevas voces, aunque yo sé que las hay. Lo que llega de España es muy feo, en general. Pero es otra forma de leer y otra forma de comprender el mundo. Compartimos un lenguaje y muy poco más. Lo que tuvo de bueno estar allá es que me permitió leer otra literatura más europea y, por ejemplo, no leí a ningún norteamericano. Pero es una cuestión más anarquista mía y me estaba perdiendo grandes cosas. También llegué a Faulkner tarde (si es que hay un tarde o temprano).