sábado, marzo 12, 2022

Sulfuro, de Fernanda García Lao


Por Betina González
Nadie puede resistirse a un aroma. Como la música, atraviesa distancias, captura al cuerpo, lo conquista. A la vez, el olfato es el sentido que más nos recuerda nuestra condición animal y, según afirman los científicos, es determinante en la atracción (o repulsión) sexual. Amamos a un cuerpo que se impone primero como una esencia invisible.
En sus primeras páginas, Sulfuro no parece invocar estos sentidos del elemento químico que la nombra. Nos olvidamos del título y entramos a la vida incómoda, a contratiempo de la protagonista. Avanzamos al ritmo de su no pertenencia, su no saber, su alarido callado en los pliegues del cuerpo y las risotadas que la prosa de García Lao destella. Pero “los del enfrente” empiezan a copar la novela. Los muertos llegan de a poco a la vida de esta mujer, se filtran, la invaden como lo haría un olor. Y empezamos a entender que lo que se pudre no son ellos, es ese no saber cómo encajar en el mundo en el que esa mujer de zona norte circula como sorprendida de ser, ella misma un poco fantasmal, con dos fetos abortados transformados en plantines de quinotos y dos niños ajenos a los que mira alelada porque, bien visto, ¿quién puede en este mundo cuidar realmente a alguien?
El sulfuro, entonces, olor nauseabundo, informa el diccionario. Lo emiten los pantanos y los volcanes. Deriva del azufre. Convoca al demonio. Y el Bien y el Mal atraviesan esta novela como entidades absurdas —la protagonista colecciona vidas de santos—, que ya no aplican al sistema humano. Por el olor, parece, Dios reconoce a los buenos. "Pues nosotros somos para Dios el buen olor de Cristo entre los que se salvan y entre los que se pierden", dice San Pablo. Cuando Santa Teresa de Ávila murió, el convento entero fue invadido por un perfume dulce, indefinible: el olor de la santidad. Nueve meses después, cuando exhumaron su cuerpo para trasladarlo, lo seguía despidiendo, nos cuenta la novela, y el dato se puede ampliar: la iglesia católica lleva documentados más de quinientos casos de santos y reliquias fragantes. En las seánces, los espíritus se anunciaban como una corriente de aire que olía a rosas, a verbena, a hierbas. No todos los espíritus eran agraciados. Algunos olían mal. A la protagonista se le presentan muertos hediondos y otros un poco más soportables pero se conecta con ellos de un modo más erótico que con los hombres que desfilan por su vida, porque en el fondo, lo que se pudre es el matrimonio, hiede tanto o más en sus múltiples ediciones como los muertos frente a la casa.
La novela está contada en segunda persona y en manos de Fernanda García Lao: ese “vos” adquiere una cualidad mediúmnica, como quien ve el futuro de otra y está ahí, no pudiendo hacer otra cosa que narrar la desgracia o el desamparo a modo de advertencia maquinal de que nada, absolutamente nada, puede hacerse frente al agujero negro existencial desde el que todos miramos el mundo. “¿Sos una muerta en futuro o en pasado?”pregunta la voz narrativa, a modo de guía de lectura para este oráculo despistado. Lo único que enternece a la protagonista es la visión pasajera de una mujer que amamanta a su bebé: no dura más que eso la posibilidad de amar, como no duran las madres que alguna vez dijeron amarnos. El amor se desarma enseguida y el disparate de la vida gana.
El Sulfuro, como dije, es hediendo, huele a huevo podrido. No hace falta echarle la culpa a Satán: somos los vivos los que emanamos esa hediondez. Y el título encuentra, entonces, magistralmente, su otra cara. Porque ante una vida vivida como un traje, ante la resignación de la mismidad, no cabe más que la rabia: vivir en estado de despiste, de cólera permanente. Sulfurarse entonces, incendiar todo, es la única que queda. La protagonista de esta novela vive en ese estado, es una celebración de la ira: maneja como una loca, toma decisiones atropelladas y contraproducentes, empuja hacia adelante el odio de existir hasta que no queda nada contra lo que estrellarse excepto la nostalgia de ese amparo maternal al que es imposible volver. Y así la escena del final —que bien podría ser la que cierra una película sobre una loca desequilibrada— parece, en cambio, la de un cuadro de una madonna renacentista que al devolver a su madre reencarnada al río de la vida, se da a luz una segunda vez: yo me nazco, el mantra que antes dijo como una cosa sin sentido, un chiste más, es, en realidad, su pase mágico.
Solo Fernanda García Lao puede escribir una novela de fantasmas que no es una novela de terror. O una novela que podríamos llamar “terror existencialista” ya que cuenta de modo abrumador, excesivo y festivo la operación terrorífica a la que llamamos “vivir”. Pero para qué pensar etiquetas para una escritora que no las necesita.
La fiesta, como siempre pasa en los libros de Fernanda está en esa escritura suya tan única, tan acertada, tan sabia en su negación del melodrama ante el espanto de la vida, una escritura que elige, en cambio, siempre la risa y la inteligencia. En esta época más que nunca, cuando se nos pide que aplaudamos la crónica inane de todos los días, qué gran fiesta es leer un libro como este, que no concede ni una coma a su contemporaneidad y que dispara siempre contra el futuro.

Texto de presentación de Sulfuro.
Eterna Cadencia
11 de marzo, 2022

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