miércoles, mayo 01, 2019

Contra la mirada tuerta


Por Fernanda García Lao

Lengua es patrón
Si la herramienta constructora, o constrictora, de sentido es el lenguaje, lo primero que viene a mí como idea es la Norma. Y la escribo con mayúscula como si fuera una persona, o la marca de un látigo. El primero con el que nos adoctrinan. En mi caso, en la infancia de exilio que me tocó vivir en España, del otro lado del vos. Mi llegada al reino del tú y del vosotros estuvo signada, además del apuro inicial, por el malentendido y la voluntad. Porque allá, en 1976, el modo de referir el mundo era uno solo, o eso se pretendía. El modo español no aceptaba inexactitudes de ex colonos con ínfulas de comunicación. Tuve que repetir hasta el hartazgo palabras como circunstancia, frente a mis compañeras de quinto grado, sin equivocar fonéticamente ninguna ce, para ser considerada emisora eficaz y comprensible. Casi escribo comestible. Duele no ser dueña de la palabra, nombrar desde afuera. Había que desterrarse para decir, para conjugar.
Pero, además del látigo escolar, las lecturas de autores en otras lenguas pasaban por La máquina de pensar en Norma. Que además de castiza era misógina. Así leí a Charles Bukowski, muy de moda en aquellos días, aunque centrifugado por el lavarropas de Anagrama, es decir, plagado de exabruptos madrileños. Pero lo que me sorprendió del outsider de bolsillo, y su Henry Chinaski follador, desde mi perspectiva precozmente feminista, fue la soltura con que un tipo podía repasar la lista de sus coitos, el tendal de mujeres enamoradas, amparado en el vicio alcohólico y la misoginia, y aun así lograr reconocimiento. Un megalómano disfrazado de trágico, pensé. Está bien. Pero cómo habría sido recibida la obra de Charlotte Bukowski si en 1979 hubiera escrito una novela titulada Men. Una autora borrachina, en extremo sexual, con su alter ego, Henrietta Chinaski, escribiendo sus desventuras genitales como quien abusa de un bidet nada poético. Y supuse que algo así hubiera sido demoledor, irreverente de verdad. Y que nadie se atrevería a publicarlo.
“Imaginemos, ya que los hechos son tan difíciles de atrapar, qué hubiera sucedido si Shakespeare hubiera tenido una hermana, maravillosamente dotada, llamada Judith, supongamos (…) Quizá garabateó algunas páginas a escondidas, en el desván de las manzanas, pero tuvo buen cuidado de esconderlas o prenderles fuego”. La idea de Virginia Woolf seguía vigente en el siglo pasado, en el interior de las ficciones. El corruptor de la norma no podía ser más que otro hombre, un narrador. Si eras mujer podías elegir entre la erótica, la locura o el suicidio. O todo a la vez. Esos eran nuestros terrenos destinados. De la novela romántica, nada diré porque es utilitaria al sistema y no soy lectora calificada. No soy lectora de género. La literatura no necesita de agregados, salvo cuando la escribe una mujer. Ahí se convierte en femenina o feminista.


Doctrina Homo
Reviso virtualmente el diccionario de la RAE y compruebo que sigue tan estreñido y conservador como de costumbre. Su sexismo machista es desolador, el tiempo no ha transcurrido ahí adentro. Norma sigue activa. Del binomio básico hombre/mujer, dice sin ruborizarse que un Hombre es, en su primera acepción, un “Ser vivo que tiene capacidad para razonar, hablar y fabricar objetos que le son útiles; desde el punto de vista zoológico, es un animal mamífero del orden de los primates, suborden de los antropoides, género Homo y especie Homo sapiens”. Y ejemplifica con la siguiente frase: "El hombre es un ser racional". Después añade: “Persona adulta de sexo masculino”. Sinónimo de hombre: varón.
De una Mujer dice que es, en su primera acepción, una “Persona adulta de sexo femenino”, sin más detalles. Y ejemplifica: "Algunas mujeres se manifestaron ante la sede de la embajada". En su segunda acepción: “Persona de sexo femenino con la que está casada un hombre”. Y da como ejemplo: "Le presentó a su mujer y a sus hijos". Sinónimo de mujer: esposa.
Pero la RAE no se queda allí. Dice que la Feminidad es una “Cualidad de femenino” y el “Conjunto de características físicas, psíquicas o morales que se consideran propias de la mujer o de lo femenino, en oposición a lo masculino”. Ejemplo: "Llevaba una amplia blusa que borraba todo rasgo de feminidad de su delgada figura".
Que el Feminismo es una “Doctrina y movimiento social que pide para la mujer el reconocimiento de unas capacidades y unos derechos que tradicionalmente han estado reservados para los hombres”. Y que, en Medicina, es la “Presencia en una persona de sexo masculino de caracteres secundarios femeninos, debido a una alteración hormonal”.
Por último, define Transexual: Dicho de una persona: Que se siente del sexo contrario, y adopta sus atuendos y comportamientos”.
Es decir, la Norma sigue considerando que hay sexos opuestos, contrarios, a los que les adjudica comportamientos acordes desde lo físico, lo psíquico y lo moral. Sin olvidar el mandato imperante de belleza delgada para las mujeres. Y su condición de mujer de.
Cierro el diccionario. Prometo no abrirlo.


Cuerpo, espíritu e inconsciente: en contra
Sin hacer historia ni un análisis pormenorizado, si nos ubicamos en el sistema de pensamiento aún dominante, en la tríada por excelencia de este lado del mapa --Positivismo darwinista y sus derivados, Psicoanálisis mal leído e Iglesia Católica (y/o Evangélica) --, sentimos que la cultura de masas se sostiene por la ignorancia y la reformulación perezosa de viejos modelos.
Uno de los inspiradores del discurso machista con visos academicistas más conocidos, Charles Darwin, arma su teoría de la evolución de las especies (masculinas) y se anima a afirmar: “en cuerpo y espíritu el hombre es más potente que la mujer”. Tanto tiempo después el ninguneo biologicista sobre el cuerpo de la mujer trabaja en sincro con su comercialización como objeto, ya que a la mujer su condición de sujeto le fue negada en su momento y algunas mentes se niegan a la revisión de esos principios. El cuerpo femenino como territorio de violencia no apareció en la literatura sino como necesidad de una víctima, es decir, como excusa para el policial, la novela negra, o el terror.
De la “envidia del pene” del señor Freud sólo diré que me resulta uno de los inventos más osados de la imaginación masculina. Brillante en su disparate. Y muy funcional a la preservación del modelo reproductivo de la época. Hombres sin pene, las mujeres canalizarían su falta mediante la procreación de un varoncito. Precioso. Sin embargo, esta operación, o castración literal para ser exacta, tal vez haya disparado poéticas monstruosas que nadie esperaba. La mujer, ese otro inexplicable, siniestro y sangrador, hubo de procurarse un imaginario acorde con semejante anomalía física. Desde Joyce Mansour a Elfriede Jelinek, en Europa, pasando por María Luisa Bombal, Clarice Lispector o Marosa de Giorgio, en Latinoamérica, las escritoras del siglo XX crearon un campo de significación donde el cuerpo es sinónimo de palabra, una palabra tajeada. La escritura se ilumina y oscurece por fuera de los límites que impone el discurso realista. Si el hombre se arroga la Norma, nos queda el Desorden. La extrañeza, el margen. Es decir, lo siniestro. Vuelta a Freud. O la literatura, simplemente. El arte de la urgencia y de la excepción.
De las iglesias católica y evangélica, aún resuena la última cruzada antiderechos y los extemporáneos esfuerzos para mantener disciplinado el cuerpo y el deseo de sus feligresas, y del resto de la ciudadanía. Tomando atribuciones que no les corresponden, rigen las conciencias políticas mal entendidas de quienes legislan y/o gobiernan, amparados en superchería. Su ideal de Virgen Madre, de Mujer Incubadora o la Santa Alucinación de arrogarse el derecho a violentar las voluntades del 50% de la población, aunque no sean creyentes, se repite y promulga, obviando los deslices pedófilos de sus voceros autorizados a dar misa, y el hecho de que la sexualidad es un asunto privado y la salud, uno público. Asuntos muy lejanos de sus capacidades y de sus funciones. Pero ambas iglesias mantienen la Palabra secuestrada por hombrecitos y pastoras habilitados a distribuirla, dando cuenta de una creencia sostenida en un purísimo androcentrismo fuera de época. El cuerpo deseante es el que llama al diablo, las díscolas a parir o a cerrar las piernas. La contienda anti legislación del aborto se enfiló tras los colores patrios. Patria, tierra paterna y padre, que exige obediencia de la madre, de la hija. Cómo sorprenderse de una iglesia, la católica, que avaló y bendijo los vuelos de la muerte o el robo de bebés nacidos en cautiverio, hijos de madres clandestinas a las que el estado hacía desaparecer. Cómo se escribe después del horror en Argentina. Cómo se supera la realidad sin ser literal cuando ser un cuerpo otro, no masculino, es ya una transgresión a la Norma.


Detrás de Norma, Canon
Que lo masculino ocupe el centro de la tradición literaria argentina tampoco es una sorpresa para nadie. Como sabemos, el mito fundacional se vertebra entre creaciones de pelo en pecho: El matadero, Facundo y el Martín Fierro. Unitarios y Federales, Civilización y Barbarie, Emancipación o Resistencia. Modos de narrar un país, una cultura bipolar, dicotomías absolutamente cerradas que no incluyen mujeres, salvo que sean negras achuradoras o cautivas, es decir, pobres o sometidas. Ironía ejemplificadora, degradación sexual, historicismo costumbrista. Lástima que no se haya leído en tándem a Unitarios y Federales desde el contraste de las poéticas y las tensiones políticas de Echeverría enfrentadas con Eduarda Mansilla, esa “paria del pensamiento” que en 1859 se animaba a decir “olvide V. si le es posible que soy una dama y tenga presente, que el talento y la belleza no tienen secso”.
De Juana Manso se siente cercano Sarmiento: “La Manso, a quien apenas conocí, fue el único hombre en tres o cuatro millones de habitantes en Chile y la Argentina que comprendiese mi obra de educación”. Y no es casual que elija llamarla hombre, porque ser inteligente y osada no eran atributos de mujer en la Argentina de mediados del XIX. “…i el esfinje arjentino, mitad mujer por lo cobarde, mitad tigre por lo sanguinario, morirá a sus plantas” escribe Sarmiento en el Facundo sobre el Restaurador, por si no nos había quedado claro que ser mujer era una desgracia.
Es muy poderoso imaginar a la Manso, haciendo frente al machismo de la época, siendo escritora, traductora e impulsora de un modo revolucionario para la época de pensar la docencia. Murió sola, sin homenaje alguno. Dos días estuvo su cuerpo sin sepultura, por haberse convertido en protestante, antes de ser enterrada en el cementerio inglés. «Aquí yace una argentina que, en medio de la noche de la indiferencia que envolvía a la patria, prefirió ser enterrada entre extranjeros antes que profanar el santuario de su conciencia.»
A pesar de las condiciones desfavorables, las escrituras en disidencia se produjeron y su diferencia genera un contraste necesario. La figura del unitario, del gaucho, el estanciero o el Restaurador están presentes en las ficciones de Mansilla y de Manso, pero con cierto desentendimiento del realismo, fraseos nublados casi góticos, que se despegan del tono de crónica empleado por sus pares varones, y pretensión de novela a la manera francesa.
Al mapa del imaginario de la conciencia colectiva del siglo XIX, le falta la mitad de las ciudades. Juana Manso o Eduarda Mansilla, entre tantas otras, siguen siendo nombres sin relevancia para la cultura popular y una mueca de hastío para los hacedores del canon que no sea el escolar.
Si la metáfora mayor de la literatura argentina es la violación, como sostuvo Viñas, la ausencia del cuerpo femenino, ¿dónde se ubica? ¿Cómo metáfora menor?


Siglo XX: Frívolas, hembras y niñas extraviadas
En 1960, en la revista El Grillo de Papel, Abelardo Castillo ensaya una crítica sobre La furia de Silvina de Ocampo, publicado por la editorial Sur el año anterior, que sorprende por el regodeo de misoginia: “La autora de Espacios Métricos, sin duda, escribe bien, tiene un estilo particularmente elegante, puede ser astuta, pero no articula con exactitud el riguroso mecanismo del cuento. El círculo mágico, la inventada realidad donde un narrador introduce al que lee, obligándolo a creer en resucitadas, orlas o pescadores sin sombra, esa que angustia en Kafka y escuece en Chejov: la atmósfera del relato, no aparece aquí. Hay, es verdad, una constante tenebrosa, malvadísima, una suerte de frívolo draculismo que se repite en todas las historias, pero la frivolidad no es intensa (…) La Furia no alcanza a producir horror: acaso porque, como escribe Pagés Larraya, éstas son versiones delicadamente femeninas del mundo (…) El cuento es ante todo una elaboración artística; por lo tanto, indeclinablemente debe guardar armonía entre concepto y forma: equivocar los términos, exagerar uno de ellos, equivale al fracaso. Si, como en La Furia, el concepto está dado por una constante tenebrosa y la artimaña es coquetamente divertida, se produce un tropiezo, no sólo literario sino de sospechoso donaire”. Hoy resulta inconcebible la utilización de semejante cadena de adjetivos peyorativos, astuta, malvadísima, frívola y draculista, para describir la prosa de cualquier escritora, sea de la talla de Silvina Ocampo, o no.

En el capítulo 79 de Rayuela, hay una nota atribuida a Morelli, en la que Cortázar escribe en su nombre una categorización de los tipos de lector que es inolvidable: “Parecería que la novela usual malogra la búsqueda al limitar al lector a su ámbito, más definido cuanto mejor sea el novelista. Detención forzosa en los diversos grados de lo dramático, psicológico, trágico, satírico o político. Intentar en cambio un texto que no agarre al lector pero que lo vuelva obligadamente cómplice al murmurarle, por debajo del desarrollo convencional, otros rumbos más esotéricos. Escritura demótica para el lector-hembra (que por lo demás no pasará de las primeras páginas, rudamente perdido y escandalizado, maldiciendo lo que le costó el libro), con un vago reverso de escritura hierática”. A pesar de ser una idea expresada por un personaje, el asunto se lee como una provocación y, en una entrevista de 1984 concedida al diario El País, Cortázar se ve obligado a reconocer lo que era evidente: "Yo creo que Rayuela es un libro machista (...) Es el momento de hacer la verdadera autocrítica, porque cuando empecé a recibir una correspondencia muy nutrida con respecto a Rayuela, descubrí que una gran mayoría de lectores eran mujeres, y eran mujeres que habían leído Rayuela con un gran sentido crítico, atacándola o apoyándola o aprobándola pero de ninguna manera en una actitud pasiva, con una actitud de "lector hembra": es decir, que eran lectoras pero no tenían nada de hembras en el sentido peyorativo que el macho tradicional le da a la palabra hembra".
En Alejandra Pizarnik, el libro de Cesar Aira realizado a partir de la transcripción de cuatro charlas sobre la poeta, pronunciadas en el Centro Cultural Ricardo Rojas durante el mes de mayo de 1996, Aira reconoce: “Como suele suceder con las iniciativas de la crítica, esta mía tiene su origen en el deseo de corregir una injusticia: la que veo en el uso tan habitual de algunas metáforas sentimentales para hablar de A.P. Casi todo lo que se escribe sobre ella está lleno de “pequeña náufraga”, “niña extraviada”, “estatua deshabitada de sí misma”, y cosas por el estilo. Ahí hay una falta de respeto bastante alarmante, o un exceso de confianza, en todo caso, una desvalorización. (…). Reduce a una poeta a una especie de bibelot decorativo en la estantería de la literatura, y clausura el proceso del que sale la poesía, resultado de críticos que, pese a las mejores intenciones, parecen empeñados en congelar a la literatura en objetos”.


El buen machismo: la mirada tuerta
En esta segunda década del siglo XXI el panorama parece menos asfixiante, más auspicioso. Por prepotencia de talento y de trabajo, hemos logrado visibilidad, acá y en el resto del mundo. Coincidimos con Virginia Woolf y con Eduarda Mansilla: el arte no tiene sexo. Pero el mercado sí. Es decir, la obstinación tiene sus recompensas y por eso, porque el interés va en aumento, la balanza empezó a equilibrarse. Hablo de presencia políticamente correcta. O de perspectiva de ventas. Las invitaciones a congresos, ferias y notas de color incluyen el tema ad hoc: la mujer y la literatura o la literatura de género.

No se trata de tomar nada por asalto. No somos piratas, no hay botín. La literatura se trata de otra cosa. La mirada tuerta del patriarcado debe desaparecer, no hay anteojos para tanta ceguera. Y cuando eso ocurra el terreno de la creación será menos acotado y más impuro. La escritura podrá liberarse del falso binarismo y ninguna voz se sentirá cómoda ni tan tibiamente estereotipada.