Mis libros

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sábado, septiembre 22, 2018

Machismo y Literatura



"Sin hacer historia ni un análisis pormenorizado, si nos ubicamos en el sistema de pensamiento aún dominante, en la tríada por excelencia de este lado del mapa --Positivismo darwinista y sus derivados, Psicoanálisis mal leído e Iglesia Católica (y/o Evangélica) --, sentimos que la cultura de masas se sostiene por la ignorancia y la reformulación perezosa de viejos modelos.
Uno de los inspiradores del discurso machista con visos academicistas más conocidos, Charles Darwin, arma su teoría de la evolución de las especies (masculinas) y se anima a afirmar: “en cuerpo y espíritu el hombre es más potente que la mujer”. Tanto tiempo después el ninguneo biologicista sobre el cuerpo de la mujer trabaja en sincro con su comercialización como objeto, ya que a la mujer su condición de sujeto le fue negada en su momento y algunas mentes se niegan a la revisión de esos principios. El cuerpo femenino como territorio de violencia no apareció en la literatura sino como necesidad de una víctima, es decir, como excusa para el policial, la novela negra, o el terror.
De la “envidia del pene” del señor Freud sólo diré que me resulta uno de los inventos más osados de la imaginación masculina. Brillante en su disparate. Y muy funcional a la preservación del modelo reproductivo de la época. Hombres sin pene, las mujeres canalizarían su falta mediante la procreación de un varoncito. Precioso. Sin embargo, esta operación, o castración literal para ser exacta, tal vez haya disparado poéticas monstruosas que nadie esperaba. La mujer, ese otro inexplicable, siniestro y sangrador, hubo de procurarse un imaginario acorde con semejante anomalía física. Desde Joyce Mansour a Elfriede Jelinek, en Europa, pasando por María Luisa Bombal, Clarice Lispector o Marosa de Giorgio, en Latinoamérica, las escritoras del siglo XX crearon un campo de significación donde el cuerpo es sinónimo de palabra, una palabra tajeada. La escritura se ilumina y oscurece por fuera de los límites que impone el discurso realista. Si el hombre se arroga la Norma, nos queda el Desorden. La extrañeza, el margen. Es decir, lo siniestro. Vuelta a Freud. O la literatura, simplemente. El arte de la urgencia y de la excepción.
De las iglesias católica y evangélica, aún resuena la última cruzada antiderechos y los extemporáneos esfuerzos para mantener disciplinado el cuerpo y el deseo de sus feligresas, y del resto de la ciudadanía. Tomando atribuciones que no les corresponden, rigen las conciencias políticas mal entendidas de quienes legislan y/o gobiernan, amparados en superchería. Su ideal de Virgen Madre, de Mujer Incubadora o la Santa Alucinación de arrogarse el derecho a violentar las voluntades del 50% de la población, aunque no sean creyentes, se repite y promulga, obviando los deslices pedófilos de sus voceros autorizados a dar misa, y el hecho de que la sexualidad es un asunto privado y la salud, uno público. Asuntos muy lejanos de sus capacidades y de sus funciones. Pero ambas iglesias mantienen la Palabra secuestrada por hombrecitos y pastoras habilitados a distribuirla, dando cuenta de una creencia sostenida en un purísimo androcentrismo fuera de época. El cuerpo deseante es el que llama al diablo, las díscolas a parir o a cerrar las piernas. La contienda anti legislación del aborto se enfiló tras los colores patrios. Patria, tierra paterna y padre, que exige obediencia de la madre, de la hija. Cómo sorprenderse de una iglesia, la católica, que avaló y bendijo los vuelos de la muerte o el robo de bebés nacidos en cautiverio, hijos de madres clandestinas a las que el estado hacía desaparecer. Cómo se escribe después del horror en Argentina. Cómo se supera la realidad sin ser literal cuando ser un cuerpo otro, no masculino, es ya una transgresión a la Norma".
(Extracto de mi nota para la revista Review. Para leer más, hay que comprarla...)