Fuera de la jaula

Fuera de la jaula

jueves, noviembre 09, 2017

La gran simulación de la carne

La editorial "emecé" acaba de distribuir la novela de Fernanda García Lao "Nación Vacuna", una ficción retrofuturista que transcurre en una posguerra, con un matadero como zona medular y una gran confabulación del Estado que termina en fracaso.

Por José Luis Cutello
@gacetamercantil




Aquello que la crítica literaria ha bautizado como “narrativa postapocalíptica” es, en verdad, una variante de la novela de terror que trabaja con hipótesis improbables: “Si hubiese pasado esto (y no lo que sabemos pasó) la situación podría ser de tal o cual forma (y no como es)”. Su enorme atractivo radica, justamente, en el hecho lúdico de la simulación: “hagamos como si fuera (aunque sepamos que no es)”. Este ejercicio de imaginación permite que el lector reconstruya a su antojo puntos de vista de la historia y que el escritor ensanche las posibilidades de hacer literatura con sus pesadillas o sus deseos lunáticos… Si bien está documentado en la historia de la literatura desde al menos “La mil noches y una noche”, fue Philip K. Dick quien llevó a la cumbre este subgénero en el siglo XX con “El hombre en el castillo”.

Los relatos postapocalípticos tienen una tipología común: se desarrollan a partir de una amplia variedad de desastres naturales (deshielo de los polos, congelamiento del planeta, epidemias, etc.), de desastres provocados por un agente maligno que modifica el ambiente (los experimentos que “se escapan” de un laboratorio son un clásico) o de desastres históricos (la victoria de la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo). Siempre se sitúan, como su denominación lo indica, cuando la sociedad está en plena reconstrucción y muestran una tensión entre la angustia por el mundo perdido y la esperanza de un mundo mejor. Esa fisura temporal, el antes y el después de la catástrofe, los convierte en ucronías, construcciones alternativas de la realidad. El subgénero requiere además un enfoque acotado: no se cuenta el naufragio de la humanidad entera, sino de un protagonista o de un grupo de protagonistas. Por eso, es habitual que se narre lo que un personaje cree que ocurre y no lo que ocurre.

“Nación Vacuna”, la última novela de Fernanda García Lao, comparte varios tópicos vinculados al relato postapocalíptico, pero al mismo tiempo se desmarca de las reglas del género y transita caminos que la hacen diferente, podríamos decir única. En principio, se mueve desde una hipótesis ucrónica muy fuerte para los argentinos: ¿Qué pasaría si hubiéramos ganado la Guerra por las Malvinas? La historia comienza dos años después de la victoria, una victoria que, comprendemos a través de una narración fragmentada, resulta parcial y pírrica: hay una “rendición estratégica del enemigo”, en la cual esos “falsos caballeros” (tácitos británicos) arriaron sus banderas y partieron del lugar, no sin antes emponzoñar las aguas y generar una población de muertos vivos entre las tropas nacionales que van mermando poco a poco al otro lado de las aguas, precisamente “en las M”.

La alienación cotidiana de la postguerra y ese final traumático (“La maldición de las M”, del que temen contagiarse) provocan que la población del continente, cuya nuevo centro neurálgico es Rawson, la ciudad de los “privilegiados”, decida “jibarizar el tema” con tanto énfasis que “nadie recuerda a qué se refiere la M, exactamente”. Entonces, el texto empieza a imbricarse en las antítesis del relato estatal: las M son recuperadas y al mismo tiempo perdidas debido a la peste; los héroes militares de la reparación histórica son los “envenenados de la M” que viven el “destierro oceánico”. En paralelo, se menciona a Buenos Aires como una ciudad desahuciada, una especie de zona psiquiátrica y corrompida: “Los vicios a Buenos Aires”.

En medio de las referidas contradicciones del poder (algunas de las cuales rozan el absurdo kafkiano o la paranoia del “Gran hermano” de Orwell), el gobierno surgido de la reconquista, una singular “Junta” civil compuesta por un ginecólogo, un ingeniero y un comisario, trama un monstruoso plan basado en otra bandera irredenta de la argentinidad: la carne. Esencialmente la carne vacuna, aunque también la otra “carne” que nos enorgullece: la de las mujeres patrias, a la manera de la película homónima de Isabel Sarli. Es que el régimen se monta sobre una hipótesis improbable: ¿Qué pasaría si inmunizamos a prostitutas con una vacuna contra la peste y hacemos que se apareen con los “apestados” para que nazcan un bebé nacional sano nada menos que en las M? ¡La victoria definitiva sobre el enemigo!

Esta idea demencial desemboca en una cultura de la prostitución: las mujeres son observadas como simples objetos de deseo, “carne” de un singular proceso de clasificación que culminará con el envío de las seleccionadas “a las M”. Las vacas, las vacunas y el “Nación Vacuna”, barco que hará la travesía, forman parte de un preciso trabajo lingüístico de García Lao que denuncia violencia social sobre lo femenino, sobre el erotismo y sobre la alimentación (o sobre los animales con que nos alimentamos), aunque paradójicamente esa violencia quede envuelta en una prosa poética que la hace más desconcertante.

No parece casual entonces que la narración quede enfocada en un personaje a priori menor en la historia: Jacinto Cifuentes, hijo vegetariano (“Alguien tiene que compensar tanta barbarie”) de un carnicero que goza de la sangre vacuna; hermano desganado de uno de los miembros de la Junta de Gobierno; amante desdichado de mujeres marginales; hijo de una psiquiátra con la que mantiene fabulosos problemas de comunicación… En resumen, un típico burócrata medio idiota que rechaza el contacto social y el “Manual del buen ciudadano”; que se considera falso, insulso, inadaptado; que sabe que desde su cargo “manipula conciencias” y que tiene una visión negativa de la cosas, siempre en contraposición con el optimismo oficial, por lo cual se lo acusa de “no distinguir el bien del mal”. Sin embargo, es él quien nos anticipa desde su pesimismo que “el Estado es efímero. Nace y ya está fracasando”. La sabiduría que en ocasiones exhibe (“la coherencia ha perdido sentido”) y el descubrimiento de un intrincado secreto familiar llevan a Jacinto a entender la simulación orquestada por su hermano poderoso y bastardo, y a intentar fugarse de la misión que le encomiendan. El personaje “menor”, que no sabe si coger o suicidarse, deviene en un “outsider” lúcido, a tal pundo que advierte que una gata era “el último vestigio de bondad que quedaba vivo”.

El intento de ensamblar prostitución y patriotismo en un programa del Estado, los cuerpos de mujeres que circulan como ganado, la cápsulas de carne (¿vacuna?, se cree; ¿humana?, se sugiere) que supuestamente alimentarán a los “apestados” y otras peculiaridades del texto son segmentos de un esquema narrativo muy bien armado que juega con desplazamientos de sentido y hace brotar personajes extravagantes en el intercambio de vivencias, olores y sexo (no dejen de detenerse en Erizo y sus axilas). Otra de las características notables de la novela es que da cuenta de sí misma: genera su propia lectura y su teoría de la catástrofe conduciendo al lector con información dosificada que puede ser leída a partir del segundo capítulo: la supuesta victoria en la guerra por las M queda encuadrada por una frase que dejan inscripta los supuestos perdedores: “Incerto exitu victoriae”, es decir “siendo dudoso el resultado de la victoria”.

Esa incertidumbre, que sólo se corroborará en la escena final de la novela, pone de manifiesto que la recuperación de las M y el plan estatal son las hipótesis imposibles de una novela con características posapocalíptica que retacea información en todo momento, que elude puntos de apoyo geotemporales y que despliega su argumento sin diálogos directos ni demasiadas explicaciones. “Nación Vacuna”, publicada por “Emece”, tiene una trama fuera de tiempo, intensamente masculina y, como resumen, podríamos apuntar que se desarrolla en un matadero retrofuturista, un lugar donde no existe la esperanza de mundo mejor y donde la muerte “iguala en idiotez”. Un mundo kafkiano, en todo sentido.

Para leer en LA Gaceta Mercantil, click en el título.