Fuera de la jaula

Fuera de la jaula

viernes, agosto 18, 2017

Una invitación a la disidencia

La Nueva Narrativa Argentina, el carácter móvil de la memoria, internet o la máquina de editar en vivo, los anti géneros, lo porno y lo prohibido.

Ponencia leída en el 22 Foro del Fomento del libro y de la Lectura, Resistencia Chaco 2017



La Nueva Narrativa Argentina o la imposibilidad de lo nuevo
Como sabemos, la pretensión de lo nuevo es una cruzada que incluye el fracaso. Lo nuevo es lo otro, lo que aún se desconoce. Lo recién llegado. La nueva narrativa sería, entonces, aquella que no leí, o porque no existe y está escribiéndose en este instante, o porque aún no fue publicada y/o distribuida. Basta con leer a un nuevo autor para que abandone tal categoría, basta con dejarlo a la intemperie, para que, en algunos años,empujado por la velocidad con que lo nuevo se degrada, resulte otra cosa. Una cosa sin clasificar. Porque, al ser desbancado por la novísima narrativa, la púber, la sub 20, la nonata, o cualquier proyecto aún no concebido pero publicitado desde su carácter seminal, el que fue nuevo estaría obligado a consagrarse. No hay término medio. O sos nuevo o sos un clásico. El mercado cultural capitalista, cada vez más necesitado de figuras masticables, improvisa nuevas categorías con la esperanza de sobrevivir. Y un narrador suelto o sin catalogares un peligro. No hay estante que lo contenga ni faja que le venga bien.Por eso últimamente, las casas editoriales de todo el mundo descubren a narradores muertos que pasaron inadvertidos en su momento y que hoy se consagran como lo nuevo que no vimos en aquel entonces porque estábamos entretenidos con los que sí vimos y ya son clásicos y todo el mundo leyó. Se inventa entonces lo nuevo de lo viejo: Lucia Berlin, John Williams, Henry David Thoreau, etc.
Sin embargo, la nueva narrativa argentina es una categoría que existe a pesar de ser mutante y pobre en ventas. En ella, se nos encolumnó a diversos narradores surgidos después de la crisis del 2001.Éramos lo nuevo, porque estrenábamos el siglo publicando. El calendario estaba virgen, como un cuaderno sin tachaduras, y se escribía con sangre fresca. El siglo veinte parecía una tía entrada en años y en tragedias, que se resiste a quedar afuera del baile porque siente que aún tiene pliegues y sorpresas que mostrar. Entonces, a codazos, se la conmina a retirarse de la pista. Pero la tía sabe que en unos añitos más tendrá su revancha. Cuando el nuevo siglo se canse de los contoneos y sea tiempo de reflexionar frente a las fauces de lo último.
A esta nueva narrativa argentina, también se la definió como post dictadura porque en sus filas estábamos aquellos que fuimos niños o adolescentes en los años de la dictadura cívico militar, los que empezamos a leer y escribir en democracia. Elsa Drucaroff en su ensayo Los prisioneros de la torre, propone el término. Y parece una definición mejor, aunque ya sabemos que los narradores y los poetas pretendemos haber nacido de un zapallo crecido en el centro de ninguna parte. Digo zapallo para evocar al Zapallo que se hizo cosmos, de Macedonio Fernández que, a pesar del tiempo, se mantiene núbil e irreverente.
Heme ahí, entonces, como nueva narradora argentina, por un lapso tan encantadoramente breve como el pasito atroz de un segundero.
Pero yo no me sentía nueva ni parte de ninguna generación porque fui una niña exiliada en la dictadura y, por tanto, mi entorno y lecturas fueron diferentes. Mi generación es difícil de situar. Porque uno se construye con otros en un espacio común, y en mi caso, esos otros no estaban. Esos otros eran otros. Mi generación de allá, a la que pertenecí por un tiempo, me proponía un sentido de la libertad que, si hubiera permanecido acá, no habría vislumbrado, por razones obvias.Doble mutante, entonces. Ni nueva ni solamente argentina. Con un horror, de cualquier modo. El horror de la distancia. Mi desacomodo no puede ser más argentino. Porque somos la destilación de lo impuro, de lo ajeno. Gente de todos lados y de ninguno. Un pueblo con conciencia del desarraigo. Pero, a pesar del desvío, fue a mi llegada a Buenos Aires que comencé a escribir como si me hubiera contagiado de alguna fiebre desesperada. Me contagié de escritura, aunque fonéticamente fuera y siga siendo un poco descarriada. Y me sentí parte al publicar en consonancia con otros, venidos de geografías y biografías diferentes, a los que leí con interés y con quienes intercambié imaginario y poéticas diversas, con el optimismo de una paracaidista que cae sentada.

El carácter móvil de la memoria
Baudelaire escribió “mi patria es mi infancia" y su frase se ha convertido en una especie de eslogan. Sin embargo, no ha perdido potencia. Partiendo de esa premisa yo podría afirmar que mi patria no tiene lugar porque mi infancia fue mudada varias veces de domicilio, de historia y de hemisferio. Mi patria es el movimiento. Es decir, un terreno movedizo como la escritura en el que me entierro y me rescato cada vez. A veces imaginamos que la memoria es una losa bajo la cual subyacen determinados episodios que nos son comunes. Nieves eternas que conservan a las criaturas y a los eventos del pasado con el gesto congelado, sin mácula. Sin embargo, la memoria colectiva es una convención que cada sector recrea como quiere, no hay acuerdo posible ni hacia atrás ni hacia adelante. La memoria individual también miente, es una construcción semántica muy editada, que terminamos aceptando como verdad para no mover determinados pilares que parecen destinados a sostenernos. La memoria colectiva y la individual tampoco coinciden.
Yo siento que es una obligación poner distancia,poner en duda lo que se recuerda y lo que se ve. Eso no significa anular las emociones del pasado. La distancia es el mecanismo ideal para no escribir en caliente, se necesita afilar la herramienta para decir con potencia.Para que la escritura no se vuelva fotográfica o banal, como una bofetada redundante o teledirigida. Para eso ya está la prensa, esa forma de seudo-narrativa con pretensiones de verdad, que construye su discurso en contra de lo que acontece, negándolo hasta el extremo de pretender que no pasa. La literatura es todo lo contrario de la información o de la propaganda. Se vale del lenguaje para construir dilemas, puestas en abismo. Por eso, no me interesan las ficciones que se acomodan a una realidad demasiado cercana, un libro está hecho de tiempo. Y de espacio. En la ficción uno construye seres de acción a partir de esquemas nuevos y modelos del pasado, que conviven de modo consciente:no hay percepción sin memoria. El instante vive menos que un mosquito y la literatura necesita más. La memoria más vieja está hecha de vacíos, espacios sin tiempo ni lugar que incluyen la trampa. Saltos sin sentido, instancias leídas, vividas o soñadas.
En el siglo pasado, cuando necesitábamos algún dato incontrastable, recurríamos a la biblioteca. Si no teníamos una, había que caminar y hacerse socio. Ahora, que vivimos más y sin embargo no tenemos tiempo, casi todos recurrimos a esa sucursal de la memoria selectiva, y paga, que conocemos con el nombre de internet. Esta digresión, aunque parezca lábil, es estratégica. Porque internet tal vez sea lo que nos define a aquellos nuevos narradores de la primera década del siglo XXI, devenidos maduros ya, por la degradación delos días.

Internet o la máquina de editar en vivo
Algo parecido a una avalancha escritural sucedió con la crisis del 2001. Uno podía ser pobre,sí, pero tenía ideas. Y, sobre todo, una plataforma donde hacerlas visibles. La irrupción de los blogs facilitó la lectura de miles de textos malos. Pero, parafraseando a Fogwill:“Que florezcan diez maos en el pantano/y en la barranca un Ele, un Juan/un Gelman como elefante entero de cristal roto/o un Rojas roto, mendigando a la Reina de España”. A propósito de España, la obstinación comercial de las editoriales de la península para que los latinoamericanos no pudiéramos leernos sin pasar por sus contratos, parecía doblegada en aquellos días. La nueva narrativa mexicana, chilena o colombiana estaba a un clic de distancia. No sólo aparecían escritores, sino revistas virtuales, papers y pdfs. Bajarse gratis la obra completa de cualquiera se nos hizo vicio. Y la escritura fragmentaria se constituyó en el formato natural para ese soporte.Sin imaginar que la gramática sufriría un recorte con la aparición de Twitter y sus raquíticos 140 caracteres, aquellas generaciones comenzamos a hacer de la síntesis nuestro escudo. Es que no hay mirada que resista el brillo insano de una lectura por computadora.
Pero, más allá del atractivo de la pantalla, todo escritor aspira a talar su propio árbol,a tener su libro en papel. Con el surgimiento de las llamadas editoriales independientes, muchos blogueros dejaron sin actualizar sus desventuras o eliminaron sus seudónimos. Mi propio blog se desfiguró y hoy es pura difusión de mis actividades literarias. Una especie de agenda en construcción permanente.
Internet tiene la virtud de la corrección y de la incontinencia, pero padece su liviandad. Está todo tan a la vista, que parece una porno.

Lo porno
No tiene que ver con lo sexual sino con lo obsceno. Con el exceso de visibilidad de una realidad construida que no coincide ni con la verdad ni con la poesía.La cultura anda en la cuerda floja. Hay muchos jetones en los medios ocupando cerebros ajenos y prostituyendo nuestro imaginario. Porno porque las redes muestran los cacareos verbales mal construidos de algunos, mientras el resto mira y aspira a pulir su pelvis y no sus ideas.
Cuando la Nueva Narrativa Argentina pasó a ser editada, sobrevinieron las lecturas públicas y nos conocimos. Pero quiénes somos. Cuáles son nuestras poéticas. ¿Al ser post dictadura esquivamos el horror que nos precede? Cada escritor es un mundo o no es. No hay dos modos de narrar la misma cosa. Hay escritores y escritoras con pretensiones populares, hiperrealistas, de clase media, alta y baja, dementes, fumones, académicos, endémicos, guachines del conurbano o indómitos trotamundos. Imposible determinar los géneros literarios o de los otros, el ensayo y la auto ficción cohabitan con la falsa crónica, la poesía en modo prosa le pisa los lienzos a la poesía doméstica masculina o a la épica femenina del terror. Si algo pasó fue el anti género, ya no más Boedo y Florida, la pelea binaria. La NNA, sí nos pusieron sigla, es una hermosa promiscuidad de voces que el tiempo maduró o desinfló según el caso, la nueva narrativa argentina fue un tránsito en el que algunos creadores nos fogueamos. Con una particularidad: un grupo nutrido de escritoras mujeres, surgió de esa camada con una fuerza imprevista. No más damas de las letras ni poetisas temblorosas. Ahora somos, sencillamente, colegas. Y venimos afiladas.

Los Anti géneros
Y ustedes se preguntarán a estas alturas, cuándo llega el asunto del policial en mi ponencia. Resulta que escribí un libro de cuentos titulado Cómo usar un cuchillo, más cerca de Thomas de Quincey que de Raymond Chandler. Pero es sabido, si uno dice cuchillo, enseguida se intuye la sangre que vendrá después. Se establece un pacto con el terreno de lo siniestro. Yo me confieso oscura, sí. Sin embargo, jamás he leído ni escrito nada atendiendo a la naturaleza de una intriga. Poe, además de ser el padre del policial con Los crímenes de la calle Morgue, era poeta. Su prosa trastorna, tiene una tensión siempre al borde de la cordura. La Patricia Highsmith que más me interesa es la de El Diario de Edith, donde lo perverso está en la falsificación pavorosa de la realidad que escribe un ama de casa. El terror está siempre adentro.
Más acá, Roberto Arlt escribe su breve crónica He visto morir, sobre el fusilamiento de Severino Di Giovanni y no lo hace en clave policial, sino poética. Evadiendo el hecho de trabajar en la sección policiales, aun cuando responda a las cinco preguntas básicas de la crónica: qué, quién, dónde, cómo, cuándo y por qué, Arltrecrea el episodio a base de elipsis,de imágenes recortadas. La silla, las risas, el grito del condenado antes de los disparos. Los hechos son tajeados por la percepción trágica de quien observa. Sin venda. La ejecución fue una muerte publica y Arlt más que a cubrirla, fue a revelarla. Viva la anarquía. Viva la forma.
Borges,desde El Séptimo Círculo, la colección que codirigía con Bioy Casares propuso una serie de títulos anglosajones. El primero fue La bestia debe morir, de Nicholas Blake, con traducción de Juan Rodolfo Wilcock. Borges detestaba el noir francés,pero promovía la novela deductiva, cuando algunos las consideraban un asunto menor.
Pero en esta era del exhibicionismo en la que vivimos, quién escribe novelas lógicas o deductivas. ¿Tiene sentido la crónica de una investigación? Pregunto.La policía no sólo no resuelve ningún caso, sino que muchas veces los genera. La Justicia no responde con probidad ni imparcialidad, como todos sabemos. El dilema moral pareciera haber caducado en coincidencia con el vaciamiento de la palabra. Lo criminal parece no conmover a nadie en un país donde los cuerpos de 30 mil personas fueron asesinados y/o encubiertos por el mismo Estado y el gobierno que está hoy en ejercicio se permite conjeturar sobre el número. En una democracia en la que sigue desapareciendo gente, ¿a quién le importa descubrir a los responsables? La maldad no necesita móvil. Se pasea libremente. Hay tanta perturbación en la sección política como en la policial de cualquier diario, y la realidad parece desmentir los límites entre el bien y el mal. Cómo se escribe una novela negra cuando todo es negro. ¿Acaso la literatura puede tener otro color? Si lo negro nació impuro, así debería escribirse. En los márgenes de lo establecido. Sin atender al cartelito. Sino, corre el riesgo de convertirse en el arte de la filatelia, como diría Trotski en sus ensayos sobre literatura. Un arte de la colección que incluye la repetición y el bostezo.

Lo prohibido
Para terminar, como sabemos, la escritura es un acto particular, pero la literatura no existe sin lectores. ¿Alguien recuerda cuando leer o escribir eran actos prohibidos, casi una herejía para desquiciar al poder? Dónde están esos escritores que desafían, dónde sus lectores. Más allá de las categorías, uno escribe para entender. Uno lee para pensar, para desmantelar la idiotez que nos acosa en cada esquina de nuestro escaso mobiliario espiritual.La literatura es un acto trasgresor sin atender a las demandas, las categorías o las legitimaciones. Que desafía al tiempo. Leer a las generaciones que conviven con uno, a los que siguen vivos e irreverentes a pesar del tiempo,eso sí se me hace inevitable. Desconfío de quienes no incluyen entre sus preferencias de lectura a los que estamos produciendo ahora, nuevos, o de generaciones intermedias, a los que casi no circulan. Y también de quienes no se interesan por los clásicos. La escritura sucede más allá del calendario. Arlt es reciente, Cortázar, un pibito y Alejandra se nos muere cada noche y resucita en la mañana. Basta con abrir o cerrar sus libros. Cada escritura dispara una biblioteca. Cada biblioteca, una pregunta. La lectura y la escritura son actos de resistencia. Una invitación a la disidencia.
Gracias por escuchar, por la invitación y por el fervor...