Fuera de la jaula

Fuera de la jaula

viernes, marzo 31, 2017

El mar sucede todo el tiempo


Revista penúltiMA

Los que han crecido junto al mar, la mayoría de la humanidad según las últimas estadísticas, no tienen ni idea de cómo vive la relación con el mar la gente que se ha criado sin tenerlo cerca. Muchas veces la relación es tan complicada que sirve como metáfora del deseo, que tanto miedo da al comienzo, y en el que uno termina sumergiéndose con total desparpajo. Y, quizás, lo termina convirtiendo en parte de su rutina. O no.

Por Lao

1

No recuerdo la primera vez que lo vi. Mi horizonte era la cordillera de los Andes, ese objeto sólido y permanente, frenado. De color celeste, porque a la distancia tiene ese color, como una ola endurecida desde la cresta. Pero debe haber ocurrido que llegamos a Chile, porque la costa argentina quedaba muy lejos, y ahí estaba: el Pacifico que no recuerdo. Aunque me esfuerce no encuentro el registro de esa sensación. El mar por primera vez. Sólo tengo una foto con sombrerito de paja y bikini sobre el pañal, en Viña del mar. Lejos de la orilla. Estoy mirando una piletita redonda un poco más grande que un inodoro. Lo que sé es que mi padre, por algún motivo que desconozco, era jurado del Festival de Viña del mar ese año y que una noche tocó una banda de rock de origen sueco. Y entonces lo vi, a pesar de mi corta estatura. El guitarrista usaba pantalones rojos. Cuando terminó el show pedí que me llevaran al camarín. Y recuerdo, eso no lo olvido, que el sujeto en cuestión me aupó y yo sentí que íbamos por buen camino. El mar, entonces, fue como el amor: extranjero, imposible. Lo nuestro no duro ni cinco minutos.



2

Por fin a los ocho conocí el Atlántico. Viajamos en auto desde Mendoza hasta San Clemente. Fue como ir a la luna. Un viaje interminable en un Fiat 128 con cinco personas adentro. El hotelito no daba al mar ni tenía vistas. Recuerdo sobre todo la escalera. Subir y bajar con bártulos playeros. La calle principal, los apretujones, el olor a bronceador y la visión del turista como una caterva transpirada llena de tentáculos. La única salvedad, un pibe que se hospedaba en el mismo tres estrellas que yo. Daniel vivía en la calle Yapeyú. Eso dijo. Y mucho después, cuando pensaba en él, aparecía San Martín en su casa de Corrientes, y automáticamente a caballo en la cordillera. Otra vez esa pared, mi horizonte primero. Ni un beso con el tal Daniel, pero kilómetros de fantasía. Exactamente, mil trescientos veintiocho de regreso a casa.



3

Habrá sido por vengar mi indiferencia o para castigar mi exceso de romanticismo idiota. No sé. Pero el mar se tomó revancha conmigo. Mi padre se ahogó en el Mediterráneo cuando yo tenía dieciséis. Me guardo los detalles. El duelo parecía interminable.

Prometí no introducir un pie nunca más en esa fiera, ese fraude irracional que seduce con espuma y contemplación y mata sin inmutarse. Me hice punk, no volví a pisar una playa vestida de bañista. Estuve cerca, a las puteadas, vestida de negro desde los tobillos al cuello. Blanca y frenética, con un nudo en la garganta. Cannes, Niza y Mónaco. Playitas de mierda, pensé. Pura piedra y pose lánguida de revista. Pasé por Brasil y me pareció detestable. Felicidad caníbal. En medio de una isla, hotel cinco estrellas, contemplé el suicido. Pero el sol iba a competir con la oscuridad de la maniobra. De México, me sedujo el Huachinango al mojo de ajo frito, las cervezas y la sombra. Impecables las sombrillas. También la adrenalina que me produjo estar cerca de colisionar contra los edificios de la primera línea de playa cuando el viento cambió de rumbo y mi paracaídas y yo éramos arrastrados por una lancha sin freno.



4

El odio se fue licuando, como la pena. Y el mar perdió su drama. De vuelta en Buenos Aires, me hice asidua a las playas en invierno. Hoteles con olor a humedad, vacíos. La sordina fría de las olas y la huella de mis borceguíes sobre la arena. Ese tipo de paisaje fantasmal, con sudestada incluida, que serena. Sombrillas apretadas en la cintura como gordas conteniendo la respiración. Sillas apiladas, sentadas unas sobre otras. La debilidad del sol. Ir en auto hacia allá como quien se introduce en un sueño, en el vacío. Ostende, Valeria del mar. Oscilé entre Punta Indio, donde el río se disfraza de océano, y Punta Desnudez, en el otro extremo. Los vértices ilusorios de la provincia de Buenos Aires. En Orense el sol desobedece la lógica. Sale y se pone en la playa mientras las nubes se vuelven rojas, violetas. El viento compite en extravagancia y desarma la realidad, los médanos, la memoria. No hay caracoles sino piedras negras. Descalzarse, aunque haga frío. Pisar la arena blanda, abusar del sonambulismo que el mar provoca.



5

Cómo fue que volvió a seducirme, no importa. Pero hace casi cuatro años que mi vida ocurre entre Villa Gesell y Olivos. Que arrastro arena desde la orilla hasta la cabaña de mi compañero. Y de ahí a mi casa. Que caminamos por la borde mientras la fiera nos mira, silba y se contonea. Le gusta llamar la atención. No diré que no le temo. Pero al pavor hay que agarrarlo suavemente de los pelos. Un pie, el otro. Todo el cuerpo en el agua. Tirarse sin toalla en la arena. Entrar y salir hasta el agotamiento, cuando todavía no hay nadie. Y darle la espalda cuando llega enero, con sus sillas y heladeras. Desde la cabaña no se escucha el zumbido, pero es como la respiración. O el amor. El mar sucede todo el tiempo.




Fernanda García Lao (Mendoza, 1966) es escritora, dramaturga y poeta. Su adolescencia y juventud las pasó en España,así que, atendiendo a la opinión de Max Aub, ella sería española. Su obra, en todo caso, es profundamente argentina y se extiende en libros como Muerta de hambre, La piel dura, Cómo usar un cuchillo, Fuera de la jaula o Amor invertido (este escrito junto a Guillermo Saccomano), entre otros. Su libro más reciente es el poemario Carnívora.

Personae es la sección que habla, como su nombre indica, de las máscaras, tanto las ajenas como la propia, porque todo texto autobiográfico está preñado de ficción y todos los textos ficcionales han brotado de las semillas de nuestra experiencia. Muchas veces la mejor máscara es la del rostro propio.

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