Fuera de la jaula

Fuera de la jaula

viernes, mayo 27, 2016

Dejarse atrapar

Por Lao



Uno ingresa a un autor varias veces. Y cada vez es capturado de una manera distinta. Creo recordar el primer impacto, la bofetada que recibí leyendo El tambor de hojalata. Yo aún era menor de edad. Pero ese libro estaba en casa. Si para Gunter Grass “buena parte de la literatura que yo puedo escribir surge de las pérdidas”, en aquel momento yo misma, su lectora, había sufrido las mías propias. No hubo tiempo de prepararse para su irrupción. El libro ya estaba abierto. Frente a mí, un niño monstruo, el cuerpo detenido del que se niega a crecer. Oscar Matzerath, voz vítrea, rodeado de personajes estrafalarios, escenas sexuales y oscuras, que de tan delirantes resultan poderosamente realistas. El niño y a su tambor, como un miembro más de su cuerpo, fetiche ruidoso y revelador, que se niega a desarrollarse a los tres años como método de resistencia. Aunque el tiempo siga y la historia familiar sea atravesada por la segunda guerra. La voz vitricida del pequeño criminal y sus arrebatos de tambor, lo condenan a arrestos domiciliarios impuestos por la madre, después de romper cristales, vidrios o anteojos y de generar escenas a golpe de redoblante donde los adultos pierden las formas y quedan desnudos, patéticos.

Poeta, dibujante, dramaturgo y narrador, laureado primero, reprobado después, Gunter Grass empezó leyendo en su pequeña casa de dos ambientes cerca del suburbio de Danzig-Langfuhrt los libros que su madre guardaba en un pequeño armario. “Mi madre era de un club del libro. Allí estaban las novelas de Dostoievski y de Tolstoi al lado de Hamsun, Raabe y Vicki Baum. También el Gösta Berling de Selma Lagerlöf quedaba a mano”. Para concentrarse, se tapaba las orejas con los dedos índices. La realidad era ensordecedora y había que fabricar el silencio para ingresar a lo que Grass bautizó contramundo: el mundo metido entre dos tapas. Su propia madre, como la de Oscar, administraba un almacén y tenía su dosis de extravagancia. Cantaba óperas y operetas a dúo con el receptor de radio popular, mientras hacía las cuentas. Y llevaba a Gunter al teatro municipal.

Mi segunda lectura fue, precisamente, teatral. Busco mis subrayados sobre la pieza Antes. “La utilería será reducida a un mínimo y dejará lugar a la actuación. La realidad es la realidad de la escena”. En la primera, Starusch, un profesor de segunda enseñanza, está sentado frente al Dentista. No se habla de muelas. Toda la pieza es un gran diálogo entre cinco personajes donde las intervenciones son absolutamente políticas y se mezclan asuntos personales con teorías sobre la embriaguez del triunfo, perros con submarinos, deportados y estadísticas. La Literatura como el reverso de la Historia. La que se enfoca en los sucesos menores y destruye la intimidad del mismo modo que las decisiones de Estado lo hacen a gran escala. “Para la Literatura, lo elevado resulta ridículo, lo grande insignificante”.

De El gato y el ratón no me olvido. Lo tomé en préstamo en una biblioteca madrileña y no podía devolverlo. Literalmente. Fui conminada cada mes, mediante llamados telefónicos. Cada vez menos amables. Antes de dejar Madrid, decidí devolverla. Pero anoté frases en un cuaderno, como quien registra un encuentro amoroso. “Mahlke no tomaba las cosas a la ligera, y mientras nosotros dormitábamos en el bote, él trabajaba bajo el agua”. Otra: “Tenía los párpados enrojecidos, ligeramente inflamados y con escasas pestañas, y los ojos de un azul claro que sólo mostraban curiosidad”. Para contarlo, como buen dibujante, Gunter Grass recurre a una zona visible de su cuerpo. “No tenía nada de hermoso. Para ello hubiera debido hacerse reparar la nuez. Es posible que todo residiera en ese cartílago”.
Este libro me persigue y se oculta desde hace tiempo. En cuanto llegué a Buenos Aires me lo compré, pero por algún fenómeno que no entiendo está y no está en mi biblioteca. Hace horas que lo busco, que juega a hacerse desear. Haciendo honor a su título.



Dejarse atrapar