Fuera de la jaula

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martes, junio 30, 2015

Amor invertido: Eros desencadenado

RADARLIBROS
DOMINGO, 28 DE JUNIO DE 2015

Novela erótica que apela a los recursos del género y a los aires libertinos para buscar cuestionarlos y trascenderlos, Amor invertido es también la experiencia paródica y gozosa, íntima y abierta de escribir a cuatro manos. Eso es lo que hicieron Guillermo Saccomanno y Fernanda García Lao partiendo de un intercambio de mails impuesto por la distancia, diseñando los primeros pasos de una trama que se fue desplegando mediante la incorporación de citas y lecturas diversas. Así, del Marqués de Sade y el misticismo erótico a Apollinaire y Alejandra Pizarnik desfilan en esta propuesta flamante y más que singular en la narrativa argentina.





Por Juan Pablo Bertazza

Los buenos libros son una aguja invisible y milagrosa que une continentes devastados, territorios sin costura que parecen haber perdido todo punto de encuentro. Amor invertido, la flamante novela erótica escrita por Guillermo Saccomanno y Fernanda García Lao, es un libro de coger incesante, un texto de coser extremo que con una mano sostiene la genitalidad (en el marco de una literatura que se cree desinhibida pero, secretamente, quizás no sea tan adepta al sexo) mientras, con la otra, esboza una teoría del amor.

Una obra a cuatro manos brutal y descarnada –incorrecta, monstruosa y anterior al malestar de la cultura– que se burla de las convenciones y hasta de la propiedad intelectual (mientras, en otro mundo, alguien padece absurdas consecuencias por engordar libros ajenos), pero al mismo tiempo constituye un grito, un himno obsesivo y casi patológico del estilo literario.

No sólo por la metódica concentración en su propio fraseo sino también por el enorme arco de citas literarias que exhibe y evoca: la mítica colección de la sonrisa vertical, el libertinaje francés con la troupe del Marqués de Sade, Apollinaire y los poetas simbolistas, el misticismo erótico que va de Sor Juana hasta la duquesa de Newcastle, la correspondencia sexual de Joyce a Nora Bernacle o de Lugones a Aglaura, por nombrar sólo algunos polvos memorables.

LA TERCERA POSICION

Sexo y carne hasta las entrañas que linkea no con el amor platónico pero sí con el amor según Platón, de la misma forma que, a veces, se dan juntos el sexo y el amor. El banquete, la obra más literaria del filósofo, en la que los invitados del victorioso poeta Agatón pronunciaban cada uno un elogio acerca del eros, constaba de dos partes bien delineadas: la primera más lúdica y superficial correspondía a los sofistas, mientras que la segunda, que incluía la propia posición de Sócrates y un ingreso a la escena inolvidable de Alcibíades borracho, estaba plagada de pathos, de gravedad.

La transversalidad de Amor invertido, lejos de implicar concesión, logra ir hasta el fondo. Todo lo que tiene de vital la novela es literario y todo lo que tiene de literario es vital: se empezó a escribir poco después de que los escritores se conocieran en una edición del Festival Azabache. Pronto, Fernanda García Lao viajó a Francia y entonces convinieron en escribirse una serie de mails que fueran tramando una historia, una escritura conjunta hecha con pulsiones y paciencia porque, al igual que en los juegos de mesa, había que esperar el turno, y responder de acuerdo con lo que el otro escribía. Como El banquete, Amor invertido consta de dos partes bien diferenciadas: la primera es epistolar, impresionista y extrovertida a partir de la cual los amantes Fernand y Guillemette se intercambian de manera desesperada sus respectivas experiencias sexuales al mismo tiempo que comparten los primeros efectos de un intercambio de corazón al que los sometió el doctor Ferretti, padre de ella, generando así un verdadero trastorno de género. Y la segunda parte, más intimista y reconcentrada pero al mismo tiempo expresionista y gótica, servirá como escenario del enfrentamiento que mantienen los amantes con el perverso viviseccionista Ferretti, un personaje extraño que va en el libro de menor a mayor, obsesionado a su vez por descubrir el origen del deseo.

“Lo primero que hicimos cuando nos conocimos fue intercambiar libros: yo le di Cámara Gesell y ella Cómo usar un cuchillo, que me gustó porque es como un Cortázar dark. Uno no podría escribir con alguien que no admira y no siente su par, me había pasado con Breccia y Carlos Trillo pero hasta ahora nunca con una mujer. El pacto era: te mando un capítulo y vos me lo contestás. Por lo que agarramos velocidad y por día escribíamos dos capítulos, yo estaba entre Gesell y Buenos Aires y la guacha me levantó la apuesta. La novela estuvo en total dos años yendo y viniendo hasta que, en un momento, barajamos la idea de usar un seudónimo que enseguida desechamos: ya habíamos escrito con la impunidad del seudónimo, no era necesario mantenerlo. Después ella volvió y yo me fui a Gijón y Barcelona, ahí nos pusimos de acuerdo en que lo epistolar se había gastado y empezamos la segunda parte que la terminamos en Gesell, en enero, mientras todos estaban de vacaciones”, revela Saccomanno desde un escenario casi opuesto al que describe: una tarde invernal porteña, en su departamento del Bajo.

“El hecho de que estuviéramos cada uno en un continente cuando recién nos conocíamos le daba cierto toque de tragedia al asunto, cierta desesperación por conquistar al que no está, una estrategia paralela y literaria para que no se apague el fuego. Por otro lado, si en lugar de haber viajado a Francia hubiera ido a otro lugar, la novela habría sido otra, el terreno signó la escritura. Yo al menos es la primera vez que tengo noticia de que se cree la figura del emisor y receptor a partir de dos cabezas distintas en la ficción. Además hay muchos libros donde falta la respuesta del otro, y si la persona no es conocida no podés tener ni idea de qué es lo que respondió. No se podía planear nada porque dependía de lo que él me escribiera para ver qué me disparaba a mí, y entonces pensaba ¿qué le escribo a este hijo de puta? Creo que esa pulsión de no saber cómo seguir, de participar en la escritura del otro, llega hasta la curiosidad del lector por fijarse qué carajo puede pasar después en el libro. Pero él puso de alguna manera el tono porque escribió la carta inaugural”, asegura Fernanda García Lao entre mates y cigarrillos.

Es cierto: como habla primero, esa primera carta habla dos veces y estructura la historia de dos amantes –Fernand y Guillemette– a los que un perverso científico les intercambia el corazón. Ese trasplante cardíaco que, por supuesto, viene a cumplir la fantasía de muchas canciones de amor que expresan su deseo de poseer o intercambiar literalmente el corazón del otro, genera una serie de confusiones entre los protagonistas que, a todo esto, tienen que lidiar con la distancia y la permanente excitación del otro: ¿el hombre con corazón de mujer sigue siendo hombre?, ¿dónde termina uno y dónde empieza el otro?

La consecuencia mayor, responde la propia novela, pasa por avivar aun más el fuego: “... el cambio no hizo más que agravarnos en la calentura y la curiosidad de sentir lo que sentía el otro, internarse en sus sueños, bucear en lo profundo de sus contrariedades y acceder a un éxtasis cósmico de convulsiones y fluidos sin nombre”.

Esa posición intermedia que tan bien construye Amor invertido, la tercera posición entre los dos amantes, entre hombre y mujer, es la que parece mirar hacia Platón porque el amor en El banquete no es bello ni bueno pero tampoco feo ni malo, sino intermediario entre lo mortal y lo inmortal, entre los hombres y los dioses. Como hijo de Poros (la riqueza) y de Penia (la pobreza) Eros anda descalzo y carece de hogar, duerme siempre en el suelo, acostándose en las puertas y en los caminos pero a la vez es valeroso y diligente, un cazador temible que siempre urde alguna trama, apasionado por la sabiduría. A diferencia del amor absoluto de los cristianos, el amor según Platón nunca es absolutamente rico ni absolutamente pobre, es en todo caso como el filósofo, a mitad de camino entre la sabiduría y la ignorancia.

Los amantes sacrílegos de Amor invertido son exiliados del coito, “hijos de siete leches” como reza el refrán, que no dejan de coger nunca, ni siquiera recién preñados en un apestado prostíbulo de Lisboa, “un laberíntico colmenar prostibulario en el que ofrecen sus servicios putas y travestidos”, y que solo creen o intentan creer en el dios de los cogedores, también están siempre de viaje, siempre a mitad de camino entre dos estados, entre dos identidades: “Nómades, estuvimos anclados. Náufragos, nunca nos extraviamos”; “quedará demostrado que somos humanos en proporción mínima y que, el atributo mayor de nuestro físico, reflejo del alma, es este hocicar desbocado por las calles”.

De la misma forma, la escritura de Amor invertido significa una intersección entre la obra de Saccomanno y de Garcia Lao, novela contemporánea a dos libros intensos y celosos en términos de composición como lo son, otra vez la rima, otra vez la sintonía, Terrible accidente del alma y Fuera de la Jaula.

¿Cómo creen que se puede ubicar esta novela en relación con sus respectivos libros individuales?

F.G.L.: –Yo llevo mucho tiempo escribiendo burradas pero en editoriales menos visibles, por lo que pasaron más desapercibidas. Este libro lo veo súper mío a pesar de que sólo lo es en un cincuenta por ciento y sin él nunca lo habría escrito porque esa lógica de pregunta y respuesta con dos cabezas implica incorporar un otro a tu escritura. Sin embargo, en cuanto al universo que muestra lo siento muy cercano porque tiene humor negro, absurdo y mucho cuerpo, es un libro sacrílego, que pone en tela de juicio determinados valores morales, propone básicamente el juego de coger por amor a la cogida.

G.S.: –Siempre me acuerdo que ya en la trilogía que escribí, el Profesor Gómez le chupaba la pija a un albañil de construcción en el año ‘55 mientras le decía qué será de nosotros sin el General. En ese entonces todos me preguntaban si yo era gay porque contar algo así implicaba serlo. Yo creo que asumir la perspectiva de una mina después de Flaubert y Molly Bloom es una pelotudez pero ponerte a escribir con una mina asumiendo el papel de mina con corazón de hombre te lleva a otro lugar porque entonces aparece la escritura de los cuerpos, y la escritura es puro deseo. Fijate que en la novela hay solo uno o dos encuentros entre ellos, es todo chamuyo.

DE TINTA SOMOS

Pero yendo aun más lejos, ese erotismo tan corrosivo como irreversible que atraviesa toda la novela y que deja a los amantes a mitad de camino entre cualquier condición, podría pensarse que es también un valor supremo que reemplaza a cualquier divinidad y buena costumbre humana, algo que queda en evidencia cuando ella le cuenta a él de forma brutal cómo resolvió el dilema entre ser madre y amante: “Preferí ser amante voraz que madre abnegada: si la amamanté a ella en el burdel lusitano se debió más a el gusto que me daba su boquita en los pezones que por deber maternal. Fue entonces que la imaginé chupando su pija, amado mío.”

Muy pocas convenciones o normas del contrato social pueden quedar incólumes cuando la propia fórmula de despedida de las misivas (que, a su vez, y en un mismo gesto parodian las cartas de los viajeros del siglo XIX, entre absenta y exposición universal de París, quizá riéndose de los estrechos márgenes del lenguaje contemporáneo) es tan poco formal: “de una muchedumbre, circunstancialmente, pero en lo íntimo suya siempre”; o “Uno de estos días me quitaré la vida pronunciando su nombre. Pero antes, como ahora, en este instante, me quitaré otra leche”.

“Yo creo que no hay muchos antecedentes de algo así, porque esta novela tiene un tono de aleluya que no tiene ‘El fiord’ de Lamborghini, es decir, estábamos atentos a cómo se podía llegar a leer este libro en la literatura argentina, yo creo que en buena parte de la literatura argentina se coge con la luz apagada. El otro día leía a un joven escritor argentino que hablaba casi en términos del busto prominente y las piernas bien torneadas, qué falta de calentura que tienen algunos”, se queja Saccomanno que vuelve a sonreír al recordar que “a pesar de que le llevo unos años a la compañera, un momento muy divertido fue cuando descubrimos que los dos habíamos leído a Henry Miller a la misma edad”.

“Es un libro que nadie esperaba y menos de nosotros dos. Es cierto que la distancia de tiempo, esa cosa decimonónica, nos permitió ser más explosivos, escribir fuera de los márgenes de lo contemporáneo, volver hacia atrás. Para mí la novela está muy en sintonía con La bucanera de Pernambuco o Hilda la polígrafa o incluso Los poseídos entre lilas, esos escritos de Pizarnik en tono de solfa. El chiste era que a él le iban a retirar el premio de ciudadano ilustre que le dieron en Gesell cuando lo perdonaron después de haber escrito Cámara Gesell”, recuerda García Lao y anuncia que la pareja ya está escribiendo un segundo libro muy distinto de éste pero aún no pueden adelantar sobre qué.

¿Hacer este libro les hizo pensar algo con respecto al tema de género?

F.G.L.: –A mí la literatura femenina me suena a blanda y pasiva, quiero decir que si fuera hombre creo que escribiría lo mismo que hago ahora, además lo que me interesa precisamente es el permiso para olvidarme de mí.

G.S.: –Y está todo muy mitificado lo de literatura masculina y femenina, yo creo en la buena o la mala literatura: Mrs. Dalloway se publica casi en paralelo con El sonido y la furia, entonces ¿dónde está ahí el cambio? Claramente, en el lenguaje.

¿Más allá de este libro ustedes le asignan a la literatura un valor erótico?

G.S.: –Yo sí, pero yo ya no tengo el nivel de calentamiento al leer literatura erótica que tenía de joven, cuando era pibe me calentaba muchísimo Nana de Zola y ni hablar de la escena del carruaje en movimiento de Madame Bovary. Además, cuando los libros se vuelven objetos de culto finos pierden su cosa de papel rugoso y áspero. A esta altura del partido, el erotismo consiste en ese instinto de vida que es escribir. También es romper con la cosa facha y machista de Cincuenta sombras de Grey, libros de sexo normativo y disciplinario, ¿cómo hay mujeres que se pueden mojar con ese tipo de literatura? Un poco lo que hablamos es que el libro esté en un lugar inaccesible de la biblioteca para que no puedan encontrarlo fácil los chicos, vivimos en un lugar pacato, este es un país donde la Iglesia aún hoy tiene un peso muy fuerte.

F.G.L.: –No entiendo la literatura si no tiene contenido erótico, o sea, es al revés: la literatura que no me interesa es la que siento que no le pasa a nadie, la que pasa en una cabeza fría en un plano de abstracción absoluta. Para mí la literatura es erótica, el primer cuento, que es el de Adán y Eva, es erótico. Para mí los libros tienen que tener una mezcla de lo erótico y lo siniestro, ¿cómo vas a obviar lo erótico en un libro? Es como obviar la existencia, venimos de un apareamiento básicamente. Cuando yo leía Miller mi madre me perseguía con “El Aleph”, a mí Borges me parecía un jugador de ajedrez brillante pero inerte y me calentaba mucho más Arlt porque el tipo estaba vivo. La palabra “sádico” viene de Sade, “masoquismo” de Masoch, la literatura le presta su potencia al lenguaje, la literatura no sólo no refleja, sino que incluso modifica la realidad.

Además de Fernand, Guillemette, el doctor Ferretti, y los innumerables terceros involucrados, otro de los personajes importantes de Amor invertido, es el de Madame de Staël, una misteriosa y perversa mujer que dice ser descendiente de la célebre escritora amada y odiada por Stendhal. En su obra Corinne (1807), la verdadera Madame de Staël tiene un hallazgo: “No hay persona, creo yo, que no tenga en el fondo de su alma una idea singular y misteriosa acerca de su propio destino”.

El furibundo erotismo de Amor invertido podría pensarse así, como una interpretación de a dos acerca del enigma máximo, es decir, como un medio para llegar a la creación. En ese sentido, se trata de una novela absolutamente erótica que, sin embargo, trasciende su propio género para transformarse en algo distinto y aun más singular y extraño: una novela de coger sobre el amor como condición de escritura, cuya última y más valiosa esencia es una frase que se repite, a manera de mantra, a manera de deseo, en varios pasajes del libro: “Si la tinta fuera semen...”.