Fuera de la jaula

Fuera de la jaula

domingo, diciembre 28, 2014

No prometer nada es un arte complejo


Revista Ñ
Sábado 27 de diciembre de 2015

2015. A algunos, la llegada del Año Nuevo los coloca en la situación de hacer un listado de propósitos y objetivos a cumplir. La autora de esta nota sugiere evitar promesas y actuar sin límites ni calendarios.
Por fernanda garcia lao



La promesa (René Magritte). “Siempre hay otro que espera que uno apalabre algo, que se pronuncie en relación al devenir”, define García Lao.



No logro entender el tiempo. Hace unas semanas, en la oscuridad de un avión en el aire, un pasajero con insomnio me hizo esa declaración. Nadie entiende, respondí. El insistió: en algunos lugares es de día, en otros de noche. Es por la rotación del sol, me atreví. Ah, claro. La azafata nos llamó a silencio. Apuré un vasito de tequila y regresé a mi asiento. ¿El tiempo es luz? El absurdo me disparó la pregunta. No hay movimiento lineal. Vivimos alternando luces y sombras.

Los años nunca terminan en diciembre ni empiezan el uno de enero. Por más que el sentido común nos repita lo contrario, la convención no cierra. O seré yo. Sin noche, el tiempo se hace rastrero. En los polos deben padecer una especie de eternidad luminosa que dura seis meses, una oscuridad igual de perenne. La percepción del tiempo ha de ser distinta. A veces imagino que los años son giros, una rueda de parque de diversiones. Uno sube y regresa distinto. El cielo se acerca por un instante, pero es ironía. El giro te devuelve al suelo. Sin espacio para cambiar, pero con un poco más de aire.

A pesar de todo, el fin se parece en todos lados. Se acaba el año con estallidos de pólvora mientras hay que cenar las últimas migajas de tiempo. Se engulle sin recato, se riega con champán o sidra o cualquier otra efervescencia, y se explota sin elegancia en el aire. Hay un miedo ancestral sentado a la mesa en todas las latitudes. El miedo es el invitado de honor. Un pusilánime con temor a que la rueda no gire, a que se quede sin fuerzas, a que se acabe. Fin es igual a desenlace. Y ahora qué. La superchería nos empuja sin razón hacia el abismo. Lo que no fue, lo que salió torcido, todo espanta y ha de ser borrado sin más propósito que el de propulsarse como una ventosa felizmente liberada. Pero el abuso feliz es más que una artimaña de salvación. La fiebre inevitable del último día es un empacho que se construye con tesón a base de calor, cansancio, cuotas a pagar, y lujuria. Diciembre se parece mucho a un orgasmo porno: demasiado gritado. Luces, guirnaldas, posturas sin sentido. Sonreír y acabar, actuar la felicidad de estar vivos.

Algunos huyen, es cierto. Pero la fiebre los persigue y los encuentra. Los fugados se rehúyen y terminan haciendo cola por una falsa libertad en una playa abarrotada de gente.

El fin es el tiempo de las promesas. El abismo sugiere una proposición al cambio. Ser mejor persona, escribir mejor, ser solvente, buen ciudadano. Intentos de toda índole que no funcionan de febrero a noviembre ahora parecen posibles, al fin. Así como un devoto promete misericordia a la salida de la iglesia a cambio de algún beneficio divino, la humanidad jura que será decente en enero. Y hace listas, compromisos con un tibio deseo de superación que nadie toma demasiado en serio. O balances. Peor: la vida no es un almacén. Que las cuentas cierren define la materialidad de los propósitos. Y si no, la insatisfacción se hace inevitable compañera. Más que al balance, adhiero al balanceo. Al vaivén y al desequilibrio.

Cuando los ojos se acostumbran a la oscuridad de no saber, el mundo brilla distinto. Eso me digo mientras pasa el tiempo y escribo estas líneas. Nada como el vértigo de vivir sin juramentos, moverse por el deseo y dejarse asaltar por lo que el azar provea. No se equivoque, lo mío no es una demostración de anarquía simpática. Cada vez que hice un plan inventé un fracaso. Me aburre planificar. O será que mi padre murió por accidente un día de vacaciones. Entonces, decir mañana es decir tal vez. Mi futuro queda a una baldosa de mí. Y no lo recomiendo. Simplemente, no me nace un futuro allá a lo lejos. Veo una nebulosa y el movimiento de la rueda, hacia arriba. Sabiendo que habré de bajarme.

El que sobrevive al escándalo del 31, llega a enero como una monjita descalza al altar, sin mácula. Enero tiene la virtud de que todo parezca limpio. La roña ya se fue y las calenturas de diciembre han engendrado a un ser impoluto. El recién nacido, puro, aunque levemente transpirado por las altas temperaturas, babeará nuestro destino con su suerte. Si nace encorvado, nos rumbeará mal y ya nada será lo que esperábamos. Así que hay que ponerlo de frente, a cielo abierto, y observarlo como es. Un vacío esperando sentido. El desierto hecho de posibilidades. Lo no dicho.

Entonces, permitir el silencio. El arte de no prometer nada es una disciplina compleja. Siempre hay otro que espera que uno apalabre algo, que se pronuncie en relación al devenir. Que diga cómo va a hacer y qué con su tiempo. Pero nada más imprevisible que estar vivo. Y sin embargo, la necesidad de ser confiable. Esto sí, aquello no. No soy una política ni una atleta. No sé casi nada de lo que viene. Me digo que voy a ser yo, que voy a vivir en mi casa, que escribiré. Que saldrá un libro mío. Y sin embargo, la duda. Escribirlo e inmediatamente ponerlo en cuestión. La literatura me ha llevado a tensar la realidad. ¿Voy a ser yo? ¿Otra vez?

Hagan sus listas, prometan, planifiquen y después, mueran de risa. Prometo no prometer nada. Dudo del tiempo. De ustedes. Y de mí. Sólo quiero subir de nuevo.

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