Fuera de la jaula

Fuera de la jaula

lunes, abril 22, 2013

Al filo

Dramaturga, gran lectora de teatro, preocupada por el rol de los diálogos, Fernanda García Lao es sin dudas una singularidad de la narrativa argentina. Cómo usar un cuchillo la confirma en esa originalidad y la muestra como una escritora capaz de explorar la fantasía, el humor y el lado escatológico de la vida.

RADAR LIBROS
DOMINGO, 21 DE ABRIL DE 2013
Por Ana Fornaro




El año pasado, cuando estaba en París, Fernanda García Lao visitó por primera vez la tumba de Baudelaire. No había una lápida, sólo unas flores azules que la desconcertaron. Para esta escritora mendocina, exiliada de chica a España y repatriada de grande, el poeta francés seguía vivo. En alguna parte, en algún lugar. Pero lo que encontró fue un pedazo de tierra convertido en mausoleo. La muerte del héroe del mal se hizo patente y lloró a moco tendido. Espantó turistas. Ese fue su homenaje.

Dramaturga, poeta y novelista, García Lao fue considerada en 2011 como “uno de los secretos mejor guardados de la literatura latinoamericana” en la Feria de Guadalajara. Después de varias obras de teatro y cuatro novelas (Muerta de hambre, La perfecta otra cosa, La piel dura y Vagabundas) publica ahora Cómo usar un cuchillo, un libro de relatos inclasificables que integran listas, manuales, radiografías de espacios y cuentos que son poemas o poemas que eligen narrar. Mata a todos, o a casi todos. Le da rienda suelta a su instinto asesino y pocos personajes sobreviven. García Lao se ríe mucho. En sus textos y en la vida. Porque el brote fantástico –tan presente en su literatura– suele nutrirse del humor.

¿Cómo fue el pasaje de la dramaturgia a la narrativa? ¿Qué te llevó a mudarte de género?

–En realidad fueron actividades paralelas siempre. Era más visible lo teatral y lo otro crecía a la sombra. Yo empecé a escribir relatos desde chica y después me puse a escribir dramaturgia. Pero sobre todo era una gran lectora de teatro. Yo imaginaba todo, leía pensando en puestas en escena. Todo eso empezó de adolescente. El teatro del absurdo fue una gran escuela para los diálogos que para mí son vitales. Creo que muchas veces en la narrativa se olvidan. A mí me gusta escuchar a los personajes en la vía directa. Prefiero recurrir a la voz concreta.

En Cómo usar un cuchillo hay una escritura performativa, de palabras convirtiéndose en acciones. ¿Buscaste deliberadamente ese movimiento?

–Sí. Para mí las protagonistas del libro son las palabras y el modo en que se alían para crear sentido. Siempre recurrí a diferentes disparadores y que tienen que ver con concentrar, nuclear. Las palabras como un ejército alucinado que no puedo manejar. Hay mucho de escritura automática, abrirse al inconsciente, olvidarse del presente. Aparece todo lo que uno calla para vivir socialmente. Como cuando me despierto de un sueño y me pongo a escribir todo eso que pasó en el otro mundo. No creo en la causalidad. El naturalismo es mentira.

En este libro hay mucha oscuridad, pasa de lo gótico a lo gore. Lo escatológico, el asco y la náusea están presentes en casi todos los relatos. ¿Qué estabas buscando?

–El asco me parece que es una emoción muy activa. No es paralizante. El asco provoca físicamente alteraciones. Está la náusea, el vómito. Algo muy sartreano, obviamente. El asco está muy emparentado con este momento que vivimos, en que hay tanta saturación, exceso y eso lo provoca. Creo que son manifestaciones físicas a la vida absurda que pretendemos llevar. Y yo veo mucha gente que quiere manipular sus vidas con actividades y el cuerpo las vive traicionando. El cuerpo necesita otras cosas. No sé muy bien cuáles. Tampoco sé de dónde me vienen esas imágenes. Lo que sí sé es que cuando estoy escribiendo sobre fluidos, sangre y cuchillos, dejo de ir por un tiempo a la carnicería. Lo que pasa fuera de los textos empieza a impresionarme.

La mayor parte de los personajes de tus cuentos derrapan, pierden el control.

–Yo sentí eso mucho tiempo en mi vida. Porque me llevaron a España de chica en el exilio y no fue mi decisión. Después mi viejo se murió de un día para el otro, nos volvimos a Mendoza, y los planes empezaron a parecerme una estupidez. Pasé una etapa muy anárquica. Me transformé en una terrorista de los planes. Y creo que eso también se refleja en la escritura. Yo no trazo un mapa antes de ponerme a escribir. No construyo castillos en el aire...Si ni siquiera tengo un ladrillo.


La náusea

Fernanda García Lao tiene una prosa extraña, una escritura que parece venir de un lugar que no es humano, ni siquiera terrestre. Si las palabras tuvieran un revés, un negativo, ésa sería su materia prima. Cómo usar un cuchillo es un ejemplo extremado de estos mecanismos del lenguaje. Se presenta como un libro de cuentos pero el lector se encuentra con fragmentos de algo que podría ser más grande, como si las historias ya estuvieran empezadas y los personajes –condenados– se mostraran justo en el momento en que llegan al límite. Muchas veces no sabemos qué los llevó a estar así o si, simplemente, el malestar, la náusea, y el asco son los elementos constitutivos de esas vidas instaladas en ambientes que los encorsetan. Extrañamiento, absurdo y una belleza que sólo se encuentra en el mal evocan cuentos, poemas y autores de otros tiempos. Desde Mary Shelley hasta Baudelaire, pasando por Beckett y Poe. El libro empieza con “No hay mantra”, un texto que podría funcionar de prólogo o declaración de intenciones. Es el diferente, el más próximo a la voz de la autora y a su vez el que anticipa lo que se viene. “Sí, ya sé. Reencarnaré en algo inmundo. Invertebrado. Cuanto menos actividad cerebral, mejor. Volveré como miniatura helada. Mi buda será de cristal. No me rompan.”

El resto de los 26 relatos, cambian varios registros, rompen con las causalidades al elegir lo fragmentario y lo onírico. Pero no hay caos. La anarquía va por otro lado. Se siente en el exceso, en los cuerpos siempre expuestos, deseantes, en el alcohol, la carne, el sexo y la muerte. Mucha sangre corre en el libro; casi una carnicería. Cómo usar un cuchillo es un combo multiforme donde el humor se agazapa pero está presente todo el tiempo. Los relatos “Sótano” “Chalet” y “Buenos Aires” valen el libro entero y se transforman en estudios sobre espacios. El manual de instrucciones, “Cómo usar un cuchillo”, que le da nombre al libro, es el más brillante. Y el que da más miedo.

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