Fuera de la jaula

Fuera de la jaula

martes, octubre 09, 2012

El mundo de las niñas viejas



Por Josefina Licitra


Lo primero es el pasado. Eso empezó hace mucho tiempo. Empezó con Fernanda García Lao a los dos años de edad, expulsada del jardín de infantes.

—Fernandita molesta a su hermana –dijo la maestra-. Sería mejor que vuelva más adelante.

Aquel fue el comienzo de una vida errática. Desde entonces, en Mendoza -donde estuvo hasta los diez años-, García Lao cumplió con la educación formal no tanto por convicción como por cortesía: tuvo la amabilidad de ir a la escuela. Pero su educación ocurrió en otra parte. Alentada por un padre periodista y una madre que hacía muchas cosas, la niña empezó a leer en su casa a Ionesco, Beckett y Genet, y quedó perturbada. Igual a nadie le importó.

Salvo a Fernanda García Lao.

—Desde chica yo venía tomando… medidas –dice ahora. Y sonríe.

Pero ahora es el presente. Y lo primero es el pasado.

Siete años después, en Madrid, en un exilio familiar, el episodio escolar se repitió. Una docente de Historia citó a la madre de García Lao e hizo una intervención que arrojó luz sobre el cerebro de esa niña devenida joven.

—Fernanda podría ser brillante –dijo la docente-. Entrega unos exámenes maravillosamente escritos, pero no pone fechas ni nombres, habla de una guerra sin un puto dato. Y esta materia es Historia.

La madre asintió. Habló con su hija. La chica respondió que no le interesaba saber quién era el rey, quién ganaba la guerra y en qué siglo se desarrollaba la batalla.

—Lo único que me importa es la historia -concluyó Fernanda García Lao.

A partir de entonces aprendió algunas fechas para promocionar el año pero en la intimidad empezó a escribir como vivía, esto es: sin coordenadas vanas.

—Creo que en eso tiene mucho que ver la lectura precoz de Beckett, que nunca instala lugares. Casi no hay ni siquiera nombre propio. O hay una sigla. Y no hay territorio. Me parece que todo eso se queda viejo rapidísimo, me huele a periodismo. Cuando hay mucha mención a lo coyuntural estás comprando vejez.

Eso dice García Lao con una voz fina. La palabra “vejez” en ese timbre ingenuo produce escalofríos. Pero eso, una vez más, sucede ahora.

De espaldas, en la cocina de su casa de Olivos, García Lao enciende el fuego y habla con una voz delgada: un hilo de niña o de pájaro. Afuera llueve a gritos. García Lao viste de negro –ropas negras, botas negras, uñas negras- y su cabello –negro y liviano- recuerda a las plumas de un animal pequeño. En las paredes hay pinturas hechas por ella –trazos que forman un rostro, un cuerpo: el alma de una cosa- y alguna escultura también hecha por ella. García Lao es varias personas a la vez: escribió, dirigió, actuó y compuso música para obras de teatro. Como actriz, dramaturga e intérprete recorrió buena parte de América Latina. Recibió premios, subsidios y menciones incontables. Toca el piano, pinta y mete mano donde le interese.

Ahora hace mate; se la ve normal. Pero a García Lao hay que mirarla con reservas. Debajo de esa voz y de esos cabellos finos anidan las ideas que importan. Son todas sombrías. Los libros de esta chica son un resumen de abandonos, errancias, partidas, ausencias, frases afiebradas y enloquecidas búsquedas de sentido organizadas en base a una prosa indecente.

En La perfecta otra cosa siete personajes componen una historia absurda donde la locura, la familia, la iglesia, el desborde y el éxito arman un rompecabezas astillado en el que pueden leerse frases como ésta: “Mi padre era un hombre muy severo con los dientes podridos. Nunca fui su predilecta. Rosalin se llevaba todos sus mimos por lo que dede muy joven la compadecí”.

En Muerta de hambre está la vida excesiva de Bernabé: una chica gorda que decide usar su cuerpo como herramienta mortífera. “La señora que me ayudaba se fue hace miles de postres –dice Bernabé-. Ahora pido todo por teléfono. Creo que soy el primer caso, en esta ciudad de esqueletos vengativos, que se ha fijado un objetivo tan grasiento. Quiero estallar. Mi cuerpo es mi discurso. Espero que alguien me entienda”.

En La piel dura hay una actriz que oscila entre el teatro independiente y los casting de publicidad, y que debe enfrentarse a una mano –propia- que se independiza de un modo salvaje del resto del cuerpo. “No disfruto con la desobediencia –dice la actriz-. Mi inmoralidad es instintiva”.

Y el último de los libros, llamado Vagabundas, cuenta la historia de Eusebia: una mujer nacida en 1904 y condenada a pasar la vida atendiendo el hotel de un balneario desierto. Hasta que un día Eusebia se desata y se fuga del hotel en la avioneta de un pasajero, y deja a sus espaldas unas volutas de humo y un diario íntimo con un extenso manifiesto sobre las mujeres y la huída. El diario dice, entre otras cosas, esto: “Yo me quiero salvar. Y no me importa otra cosa. Mis padres han muerto. Estoy tan rematadamente sola que me da risa. Sólo hay un muchacho. Me intriga su dureza, porque los ojos parecen de otro, de alguien delicado. Me mira cuando piensa que no lo veo. Pero siempre lo tengo en ángulo. A veces siento el calor de su mirada en la nuca. No me muevo para no perderlo. Y aunque escriba sobre él, no voy a hablarle, ni a sonreír. Voy a comportarme como un espejo. Soy el resultado del cielo: un cuerpo que hierve y un oscuro ser menguante”.

Vagabundas es un libro tan insurrecto que produce espasmos.
—¿Esto es literatura femenina?

—Creo que sí. Esa idea de la literatura femenina como lugar de sensiblería romanticona quedó antigua. Define otra época y otro tipo de mujeres. Pero a partir de Frankenstein y de Mary Shelley para mí la femenina es una literatura muy poderosa, un espacio donde se pone en cuestión el cuerpo y lo tenebroso e infantil que alberga cada mujer en su interior. Las mujeres que me interesan escribiendo tienen muy presente un costado de niña vieja. Pienso en Silvina Ocampo: es una niña vieja. Marosa di Giorgio también. Clarice Lispector también. Alejandra Pizarnik también. Son todas mujeres con mucha claridad para meter el candor y la perversión en un mismo frasco. Y han dejado un eco que todavía sigue. En cambio los hombres en este momento parecen estar atravesando ese costado molusco, blando, que antes tuvimos nosotras. Pobres: están muy nostálgicos.

—En la mayoría de sus libros los hombres son sombras erráticas. En Vagabundas, por ejemplo, el hombre más fuerte se llama Manuel y es un médano.

—Sí, puede ser... El foco está en ellas. Ellos son secundarios. Quizás grises. Supongo que también tiene que ver con mi biografía. Somos todas hermanas, tengo hijas, tengo sobrinas, y mi papá que era como la figura brillante no está, y es como… su ausencia seguramente teñirá al resto de los hombres proyectados como sombras.

—Los temas de sus libros son muy raros; no entremos en detalles. La pregunta es: ¿Cómo llega a ellos?

—No diseño el tema. Trabajo más pensando en el lenguaje y en el estado del personaje. Me interesa ver cómo se construye una frase y que no haya palabras de adorno ni de relleno. El lenguaje es el personaje principal de lo que escribo. El asunto después es una excusa, casi. O sea: me parece que tiene que haber conflicto incluso en el lenguaje. Si leo una frase y siento que está muerta, no me sirve ni para dirigirme hacia otro lugar. Pero en general interviene mucho mi inconciente, y si no me salva el inconciente me salva la corrección.

—Hay mucho de escritura automática.

—Sí. Del método automático surrealista salieron todas las primeras cosas. Después con la concreción soy muy obsesiva y ahí aparece ese otro costado de dirección muy clara. No me sirve cualquier cosa. Pero en un principio la escritura tiene algo de descubrimiento arqueológico. Yo saco simplemente lo que hay cubriendo esa figura que está enterrada varios metros en mi cabeza. Voy cuidando de no romper partes. Cuando encuentro y digo “ajá, esto es una momia”, entonces voy para atrás y releo con la mirada de la momia que hallé. Y ahí empiezo a corregir en función de eso que ahora entendí.



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