Fuera de la jaula

Fuera de la jaula

sábado, septiembre 08, 2012

presentación Hablar solos, de Neuman


Por FGL

La tradición literaria argentina suele excluir el sexo y la enfermedad como sujetos de ficción. En general, se producen objetos literarios dignos de admiración y distancia para regocijo de académicos, o libritos apurados, urgidos por existir, para regocijo de familiares y amigos del autor. Libros que se parecen entre sí, donde la experiencia personal es literalmente escrita o donde abundan extremos de imposibilidad, en una carrera ingenua hacia la desmesura.
Hablar solos es un libro donde parece no haber escritor. Neuman se borra y cede su lugar. Son los personajes quienes toman la palabra. Con oralidad hiperrealista, ha construido un triángulo de voces, un tejido donde el libre discurrir del pensamiento, se alterna con la escritura y la lectura, con la grabación de la historia doméstica, a modo de despedida. Qué decir cuando uno se está muriendo. Cada personaje habla solo en un soporte diferente. La mente, un grabador, la escritura.

El argumento es sencillo. Frente a la inminencia del final, Mario decide viajar con Lito. Fabricarle a su hijo un recuerdo que funcione de despedida. Entonces, se suben a un camión y recorren una extraña geografía, un territorio de ficción que es una perfecta síntesis de América y España. Por vía del espacio, Neuman incorpora sus dos paisajes vitales. Los pueblos tienen nombres ensamblados: Fuentevaca, Pampatoro o Tucumancha, simbiosis topográfica, lugares de frontera que admiten un lenguaje abierto. No neutro, sino ensamblado, de doble registro.

Lito, el hijo- piensa y desde su óptica infantil nos devela detalles de ese viaje. Funciona como presente, incansable y despreocupado.
Mario, el padre- graba cuando el otro duerme, cuando se queda solo y funciona como memoria de ese proceso de irse, para que su hijo sepa más adelante quién fue su padre.
Elena, la madre- escribe, lee, subraya. Para sobrevivir a la fatalidad, elije hundirse en ella. Anticipa un futuro: oscuro y sin Mario.

Mientras Lito y su padre viajan, Ella escribe, lee. Busca cómplices literarios y crea su propio mapa de excusas. Pero decide hacer algo más. Se cita con el médico de su marido para exigir verdad sobre el diagnóstico. Y en esa acción, sucede el elemento inesperado. La anomalía que el hiperrealismo parecía esquivar se presenta en toda su dimensión. El doctor Escalante, un tipo imprevisible como todos los médicos, la invita a cenar. Y en ese movimiento, dejamos el duelo y aparecemos casi sin solución de continuidad, en la cama, en otra batalla. Con el doctor Escalante absorbiendo a Elena como si estuviera filmando una porno exótica: “Tengo unos orgasmos que me estiran los límites de la vida. Como si la vida fuera un musculo vaginal. Quiero vengarme en carne propia”.

Entonces, el hijo viaja en camión, Elena coge como venganza y Mario se abisma hacia la muerte. Tres personajes, tres paisajes y tres tiempos. Y muchos hallazgos de pensamiento:

“En Comala de la Vega todas las casas son bajas y las antenas están torcidas, piensa Lito, seguro que cuando sopla el viento los televisores cambian de canal”.

“Ahora prefiero la noche - escribe Elena- que al menos tiene cierta cualidad de paréntesis, algo de cámara aséptica: todo parece un poco mentira en la oscuridad”.

“Dicen que la muerte perfecta sería durmiendo, sin siquiera notarlo, yo no estoy tan seguro, graba Mario, me parece que prefiero sentirla, quiero vivir esa muerte, es lo único que me queda”.

El juego, el daño y la potencia de la primera persona son las armas que Neuman ha elegido para armar este libro. No hay rutina, ni moral o didactismo. Hay una estructura potente, un viaje en varias direcciones, cuerpos atravesados por dolores físicos, reales, sin solemnidad ni esteticismo.

Escribir sobre la enfermedad, dice Elena que dijo Bolaño, puede ser un suplicio. Pero también un acto liberador.
Saber que Neuman atravesó la instancia de enfermedad de su madre y escribió este libro es un regalo de libertad que él nos hace. Sepan aprovecharlo.