Fuera de la jaula

Fuera de la jaula

martes, julio 13, 2010

Del subrayado como una de las bellas artes.



Qué curioso, acababa de contar mi experiencia con un subrayador desconocido, cuando un amigo me envío la nota de Morábito “La maldición del subrayado”, aparecida en Revista Ñ.
No puedo menos que contestar, sin haber sido interrogada.


Morábito habla de ladrillos
El escritor como albañil, es una imagen triste.Prefiero suponer que somos menos eficaces. A lo sumo, tejedoras hambrientas.
Un edificio es una estructura sólida de espacios predelineados donde acomodar al que lee. Como lectora odio eso. Me gusta derribar ese tipo de libros. Basta con sacar un ladrillo.
Como escritora, prefiero una imagen más leve: Hilos tensos, casi invisibles, capaces de capturar. A veces el lector es el insecto, otras la araña. Cuando uno se lee subrayado, descubre que lo propio no es. Uno es víctima de su lector, que lo absorbe y lo descarta.

La inmadurez del que subraya.
Sr. Morábito: ¿El lector maduro es el que pasa de largo?
El que no se detiene es una flecha clavada en el final. El trayecto sería una dilación. Nadie quiere morir temprano. Entonces, el albañil inventa un pasillo o una peripecia. Es un concepto demasiado clásico, casi obsoleto. Prefiero pensar que lo que acontece es una excusa para que algo sea revelado. No puedo imponer qué. Alguno pasará de largo y se detendrá en ese punto de la tela, donde dejé un hueco que no llega a ser ventana, ni celda.
El libro que quisimos escribir, nunca es el que escribimos. Si así fuera, estaría de más. Se sale distinto de una revolución. A veces, se pierde la cabeza.

El subrayado ajeno
Como a Morábito, me ha tocado leerme subrayada por otro. Compré en Mercadolibre un libro mío, precisamente porque estaba subrayado... El rastro que el desconocido dejó es enorme. Con marcador verde resaltó y tachó párrafos enteros. Lo que ese anónimo encontró en mi libro, me produjo escalofríos. Su versión, infinitamente más dramática que la mía, sin personajes, sin humor ni argumento, ocuparía a lo sumo tres páginas. No sería una novela. Sino, un veneno. La síntesis perfecta de Muerta de hambre. El lector llegó al hueso. La carne del libro no le interesó. Fue a buscarse en lo más triste. Y se encontró. La desolación es su terreno preferido. ¿Quién puede contradecirlo? Leo con sus ojos, espantada de mí.

Concebir una sola lectura es maniqueo y ocioso.