jueves, diciembre 25, 2025

'Estación Saturno', de Fernanda García Lao: habitar el tiempo

CRÍTICA ELPERIODICO.ES
Esta novela se adentra en lo inestable, en lo oscuro y misterioso de nuestra vida, a través de disonancias espaciotemporales La escritora Fernanda García Lao, autora de 'Estación Saturno'. / Maite Cruz
Anna Maria Iglesia
Barcelona, 25 DIC 2025 4:50
"¿En qué reside el encanto de los cuentos fantásticos? […] en el hecho de que, siendo fantásticos, son símbolos de nosotros, de nuestra vida, del universo, de lo inestable y misterioso de nuestra vida y todo esto nos lleva de la literatura a la filosofía", afirmó Jorge Luis Borges durante una conferencia en 1967. No es un cuento, sino una novela, sin embargo, el 'encanto' de 'Estación Saturno' reside en la capacidad de su autora, Fernanda García Lao (Mendoza, Argentina, 1966), de adentrarse en lo inestable, en lo misterioso y en lo oscuro de nuestra vida a través de una serie de disonancias espaciotemporales.
"Qué es el teléfono sino una aventura de la disonancia", leemos en las páginas finales, y lo mismo podríamos decir –y lo dice García Lao a través de su obra– de la literatura: esta es una aventura de la disonancia y para adentrarse en ella hay que aceptar la no lógica de la disonancia o, mejor dicho, su lógica ilógica. Nos lo advierte la voz narradora casi al inicio, "la materia depende de la convicción de sus partículas". Las partículas de 'Estación Saturno' convencen, pero es también tarea del lector dejarse convencer para reseguir el viaje de dos hermanos, varón y mujer, en el intento de recuperar el gato de su hermano mayor, al que acaban de enterrar, y que se ha escapado.
Motor de búsqueda
Si en Samuel Beckett el ausente Godot justificaba la espera de los dos protagonistas, aquí el desaparecido gato es el motor de esta búsqueda que desemboca –no 'concluye'– en un hotel regentado por las Chi, dos mujeres chinas que hablan con aforismos. También hallamos a un excapitán de policía, un tipo sueco y una mujer que se hace pasar por francesa. La autora los pone en escena en un espacio muy teatral –una extraña construcción en la que parece dominar el vacío– en el que, como advierte el excapitán a la hermana, la sincronía temporal con el afuera se rompe.
García Lao piensa el tiempo como un lugar que se construye, vacío solo en apariencia, porque está lleno de ausencias "Cuando se fue de Saturno, dejó de compartir el espacio-tiempo con su madre", le explica ella. Pero ¿qué es Saturno? Una estación ferroviaria de la provincia de Buenos Aires abandonada en 1977; desde entonces, se explica, "pescadores y vecinos narraron encuentros con esferas danzantes y huellas que amanecían sin dueño. Lo atribuyeron a actividad extraterrestre".
A medida que avanza la novela y, especialmente, a partir de la llegada al hotel, la pregunta sobre el tiempo se vuelve central. ¿Es el hotel el lugar de las disonancias temporales? ¿Por qué no lo puede ser Saturno, esa estación abandonada pero llena de presencias extrañas? Presencias hay también en el hotel, presencias ausentes –más que ver, se percibe– vinculadas con la muerte, pero también con la violencia, el sexo, la locura…
"El vacío es sólo una apariencia. Si la madre vive en el futuro y ellos en el presente, el muerto estaría vivo en el pasado. Pero dónde. ¿El tiempo es un lugar?", se pregunta la hermana y, efectivamente, García Lao piensa el tiempo como un lugar que se construye, vacío solo en apariencia, porque está lleno de ausencias. Las disonancias temporales son, en realidad, disonancias espaciales, vinculadas a la experiencia de habitar, con la percepción y la memoria. 'Estación Saturno' nos habla de los legados, de las ausencias que nos acompañan, de las pérdidas del pasado que siguen presentes. Novela lúdica y filosófica, irónica y angustiante, nos habla de ese espacio que habitamos y, por tanto, construimos llamado tiempo.
Estación Saturno
Fernanda García Lao
Candaya
144 páginas
18 euros

Arquitecturas resonantes

Vicente Luis Mora
Diario de Lecturas
Fernanda García Lao, Estación Saturno. Barcelona: Candaya, 2025.
Algo les pasa a los argentinos con las casas fantásticas o encantadas: El cuarto de vidrio de Norah Lange, Mandinga (1895) de Enrique E. Rivarola, La casa endiablada (1896) de Eduardo Ladislao Holmberg, La invención de Morel (1940) de Adolfo Bioy Casares, “Casa tomada” (1946) de Julio Cortázar, “La casa de Asterión” (1947) de Borges, la casa menguante de La luz argentina (1983) de César Aira, Casa de geishas (1992) de Ana Maria Shua, “La casa de Adela” (2012) de Mariana Enriquez, “La canción que cantábamos todos los días” (2013) de Luciano Lamberti, Siete casas vacías (2015) de Samanta Schweblin, y, last but not least, la casa Tiānqì de la Estación Saturno (2025) de Fernanda García Lao –más otras muchas que desconozco, o que no recuerdo–.
El retorno a la casa paterna, que en la mayoría de la narrativa occidental se vincula a la vuelta al origen y lo conocido, en manos de Fernanda García Lao se convierte en el principio de la entropía y el desconocimiento. Dos hermanos, una mujer y un varón innominados, intentan encontrar el gato huido de un tercer hermano que acaba de morir, en unos parajes argentinos con vestigios ferroviarios abandonados. Este es el punto de partida de una aventura donde concurrirán elementos naturales y sobrenaturales que convierten Estación Saturno en un memorable laberinto. La novela aborda la desestabilización referencial, la pérdida de los puntos de apoyo de lo que consideramos elemental y básico: el yo, el hogar, la familia, el espacio, el tiempo. Algunos personajes creen ser copias de otros, ciertos espacios son resabios de lugares antiguos, distintos momentos parecen atrapados en una suerte de déjà-vu permanente. Nuestra sensación de lectura es un remedo de la estupefacción que sienten los personajes, que quizá son movidos como marionetas por un demiurgo maléfico que busca esclavos, atención, dinero o todo a la vez. De la misma forma, quien lee es zarandeado por los hábiles hilos manejados por Fernanda García Lao.
También se mezclan los géneros. El estilo, seco y corto, de continua parataxis, roza lo poemático por concentración gracias al tensionado del lenguaje, y no faltan los párrafos que podrían funcionar como poemas. También hay “exoaforismos” a lo largo de toda la obra: “el auto rodeado de lluvia es una pecera al revés” (p. 37), o: “Quizá el más allá es una copia mal realizada de la provincia” (p. 128). A lo que hay que añadir dimensiones teatrales, como ahora veremos.
Una de las dimensiones más singulares y acertadas de esta breve novela es la psicologización de los espacios, convertidos en entidades psíquicas resonantes. La casa del hotel Tiānqì, centro neurálgico (y neurasténico) de Estación Saturno, es un auténtico hallazgo, con distorsiones espaciales y temporales, con lugares creados como mise en abyme; una casa que podemos describir como una casa encantada, pero también como casa manipulada y manipuladora. Y es posible que la novela que leemos sea otra casa Tiānqì, una trasposición espaciotextual de sus ambigüedades, porque hay agujeros de gusano entre visiones, entre párrafos, entre frases, así como momentos conectados espacio-temporalmente, reverberaciones, anticipaciones y reminiscencias. Novela psicoespacial, Estación Saturno es una historia planificada, que comienza por el primer espacio sensible: la corporalidad. Los personajes dudan de todo, menos de su cuerpo –son muy corporales las novelas de García Lao, llenas de deseo turbio y de goce insatisfecho–. Para quienes habitan en el hotel Tiānqì, el deseo es un modo de orientarse. En un artículo reciente, titulado “De la influencia como contagio”, escribe García Lao: “Leí teatro antes que narrativa. Jean Genet, Jean Anouilh, Sartre, Fassbinder”[5], y esa ascendencia es perceptible no solo en la eficacia de los diálogos, sino también en la consideración de las habitaciones como escenarios, perfectamente acotadas y concebidas como deambulatorios psíquicos por los que derivan los cuerpos ansiosos.
Otro aspecto que no suele citarse de la obra de García Lao es su humor negro, que me parece muy oportuno y que alivia en cierta medida la desolación general de las historias y la dureza de las relaciones entre los personajes. Una risa helada permanece en nuestro rostro mientras leemos sus libros, siempre personales, únicos, técnicamente virtuosos, divertidos y desolados, como la vida misma.

viernes, diciembre 19, 2025

Fernanda García Lao: curso de patafísica

‘Estación Saturno’, el nuevo juguete absurdo de Fernanda García Lao, nos invita a aceptar la lógica desnortada del mundo loco para seguir cuerdos.
Fernanda García Lao
La Opinión de Málaga. Cultura
Ricardo Menéndez Salmón
14 DIC 2025 7:00 La Libérrima en su ejecución, y muy gozosa en su lectura, ‘Estación Saturno’, el nuevo juguete absurdo de Fernanda García Lao, es una fiesta de la inteligencia. Hay un momento, hacia el inicio de la novela, en el que la escritora argentina levanta, como petición de principio, su pacto de lectura. La frase es tan breve como contundente: «La materia depende de la convicción de sus partículas». La aventura de dos hermanos (y de un ga to) en un paisaje inverosímil y en un espacio caprichoso precipita la peripecia de la obra hacia la sinrazón en un contundente ejercicio de velocidad de escape de la realidad. La pirueta permanente que exige ‘Estación Saturno’ se amplifica hacia el final del texto mediante otra declaración programática: «Ver es pacto. No hay dos que vean lo mismo, pero convenimos en dar por válido lo que se adapta a nuestro relato para no enloquecer». De modo que, si el mundo se ha vuelto loco, hay que aceptar su lógica desnortada para permanecer cuerdos. La estrategia posee muy fecundos precedentes en literatura, desde los cuentos de E.T.A. Hoffmann a «Ubik» de Philip K. Dick, aunque Kafka sigue siendo el alquimista que mejor ha orquestado el matrimonio entre lo implausible y su acatamiento. No en vano, son muchos los escritores que desayunan cada mañana junto al lecho estupefacto de Gregor Samsa. Una vez asumido el marco, lo consecuente es hacerlo verosímil.
Por las páginas de ‘Estación Saturno’ desfilan los invitados habituales de la escritura de García Lao, los mismos que resuenan en la siniestra «Nación Vacuna» y que se condensan con inusitada armonía (y no menor fiereza) en los relatos de «Teoría del tacto»: las estancias de lo impropio, el de lirio como tierra natal, esos decalajes entre el mundo y su percepción que desquician las ventanas por las que miramos y las puertas tras las que nos cobijamos. La locura como testigo de cargo, la ominosa pregunta por la identidad y el recurso al disparate enuncian la verdad de una escritura que interroga constantemente a la realidad acerca de sus significantes. ¿De qué hablamos cuando hablamos del tiempo y del espacio? ¿Desde qué lugar sancionamos lo que es normal y aquello que ha dejado de merecer ese nombre? ¿En qué momento eso que denominamos «yo» se ha convertido en una pregunta sin respuesta?

miércoles, diciembre 17, 2025

Maternidad por ausencia y fractura identitaria en Sulfuro, de Fernanda García Lao

"Sulfuro se inscribe en una literatura de lo insólito escrita por mujeres que subvierte las normas desde la perturbación, transforma lo monstruoso en lenguaje y el duelo en política. Esta literatura rehú-ye respuestas tranquilizadoras o redenciones simples: plantea escenarios en los que el deseo y el daño coexisten, y donde la maternidad se convierte en zona de conflicto. A la luz de esta lectura, la novela de García Lao constituye una intervención estética y política relevante para los estudios literarios, los feminismos y las relecturas contemporáneas de lo materno. Frente a un canon que ha invisibilizado for-mas alternativas de maternar, Sulfuro propone una narrativa que (como su protagonista) materna desde la pérdida, ama sin reconocimiento y cuida incluso desde la renuncia".
Yasmina Romero Morales. Universidad de Lleida.
(enlace en el título)

sábado, diciembre 06, 2025

El espeluznante Hotel Tiānqì

06 Dic 2025/Jesús Santander
ZENDALIBROS
«Lo espeluznante tiene que ver con lo desconocido; cuando descubrimos algo, desaparece. A estas alturas, cabe resaltar que no todos los misterios generan una sensación espeluznante. Ha de haber también una noción de alteridad, una sensación de que el enigma puede conllevar formas de conocimiento, subjetividad y percepción que van más allá de una experiencia corriente».
Pienso en esta categoría que hace Mark Fisher de lo espeluznante al afrontar la lectura de Estación Saturno, el último libro de Fernanda García Lao, editado por Candaya. Una novela que hace de lo espeluznante su modo literario desde la fragmentación formal: tres partes, que suman entre ellas treinta capítulos que a su vez están divididos en párrafos, todos ellos introducidos por el sintagma nominal «lo que + verbo» o «lo + adjetivo»: «lo que tiembla», «lo que se pierde», «lo deseado». Las novelas de García Lao siempre presentan formas propias; pienso en Sulfuro y en esa segunda persona narrativa. Elecciones que en una lectura rápida podrían presuponerse como un puro artificio narrativo, pero que van más allá. En Estación Saturno la elección introductoria de cada párrafo por este sintagma en el que el pronombre neutro «lo» elude por completo el sustantivo referenciado contribuye a eso que Fisher llama “lo espeluznante” para crear una imagen de negrura, algo similar a cuando en medio de un campo escuchamos un grito pero no sabemos qué lo produce, o cuando a través de un cristal traslúcido vemos que alguien se aproxima a la puerta. Desde este rasgo formal Estación Saturno comienza a ser espeluznante, porque la ausencia de lo representado siempre lo antecede, como cuando en las películas de terror adelantan milésimas de segundo el sonido a la imagen, porque no hay nada más perturbador que lo incierto que sobreviene.
"El hotel Tiānqì es un espacio donde no hay realidad conocida sino su simulación, una hiperrealidad, en términos de Baudrillard, con sus propias reglas y habitantes"
Las novelas y relatos de García Lao son tan atrevidos como reconocibles porque, a pesar de que su escritura se adapta a los diferentes temas que plantea, su estilo prevalece. Esa forma casi aforística de cerrar los párrafos («asordinado el mundo, la piel habla más fuerte») a partir de su gusto por la metaforización y la comparación poéticas («el destello fosforescente raya con su furia la noche como una aguja a un espejo») y su carácter polifónico, que hace de cada capítulo un vivero de perspectivas, consiguen que, sin replicar estructuras —porque si la segunda persona y su efecto apelativo eran necesarios en Sulfuro, en Estación Saturno lo es esta tercera persona fragmentada—, reconozcamos la voz de Fernanda García Lao. En esta ocasión nos situamos ante el viaje de dos hermanos (un hombre y una mujer) tras el entierro del que fue el mayor de los tres. Un viaje que se ve interrumpido por la pérdida del gato del fallecido. La porfiada búsqueda del animal nos advierte de que el duelo es más profundo de lo que ambos habían asumido. La ausencia del gato los conduce hasta el Hotel Tiānqì, un espacio de simulacro donde todo se recubre de rareza y recuerda en ciertos aspectos al famoso Hotel Overlook.
Fernanda García Lao invierte el espacio exterior e interior mediante este hotel para generar una sensación de extrañeza. El hotel Tiānqì es un espacio donde no hay realidad conocida sino su simulación, una hiperrealidad, en términos de Baudrillard, con sus propias reglas y habitantes. En Estación Saturno lo interior toma la forma de exterior y viceversa hasta vaciar ambos términos de sentido. En el hotel parece estar contenido todo el universo en su completitud, todo el presente en su forma más dilatada y absoluta. En cambio, en la Estación Saturno —el lugar de origen de los hermanos, una antigua estación de tren de la que toma el nombre la novela— está contenido todo el pasado y su imposibilidad. Lo inquietante de este asunto es que no hay certezas cuando se trata de deseo y memoria.
"Toda la novela está atravesada por el deseo y el problema que este supone cuando no se reconoce a sí mismo como tal, es decir, como algo potencial y se le confiere un mayor estatuto"
Mediante esta historia de avistamientos ufológicos y encuentros en la tercera fase indagamos en el tiempo como constructo, la memoria, el deseo, las relaciones humanas, la pérdida y el duelo, un Hotel que podría representar ese lugar Otro de Lacan que estaba allí desde antes de los hermanos, con una estructura autónoma y en el que ambos se internan para indagar en sí mismos y en su deseo. En este hotel se encuentran una serie de personajes raros —en el sentido, digamos, inquietante que Mark Fisher le concede al término—, entre los que destaco, como imagino que hará cualquier lector de Estación Saturno, al capitán Minor, un personaje que ha perdido su conexión con lo simbólico —siguiendo con Lacan— y hace de su deseo un puro goce, es decir, se mueve por la pulsión y lo entiende como algo perentorio, necesario. Toda la novela está atravesada por el deseo y el problema que este supone cuando no se reconoce a sí mismo como tal, es decir, como algo potencial, y se le confiere un mayor estatuto. Minor, este histriónico líder —un líder que no está claro si es elegido o impuesto—, obsesionado con el sexo y los avistamientos ovnis, hace de su deseo la norma dentro del Hotel. «Mire, Cosme, quien logra mercantilizar el goce obtiene un rédito sin límite. Llámese ovni o eyaculación. Hay que fomentar la adrenalina de lo por fuera. Lo doméstico aburre».
"Estación Saturno no solamente es una espeluznante visita al Hotel Tiānqì donde la apariencia se iguala a la realidad, sino que es una indagación sobre el deseo y el tiempo"
Otro de los rasgos que hacen perturbadora esta novela es que el tiempo es diferente para cada uno de los personajes, y si el adentro y el afuera quedaban nulificados igual le sucede al propio tiempo cronológico. «El del auto marca las cinco, pero no es posible. La tarde ya empezó a caer sobre la ruta. El tiempo ha dejado de ser previsible». El tiempo para cada personaje es diferente, del mismo modo que lo es en cada planeta del universo, porque cada uno contrae y dilata los sucesos en función de la importancia que les concede y su impacto. Lo importante es reconocer el propio tiempo, como es importante reconocer el propio deseo. En la novela se ven alternativas diferentes según cada personaje, desde la hermana que decide sumirse en él —orientarlo al pasado— para olvidarse del resto y refugiarse allí, hasta el capitán Minor, que busca igualar el resto de tiempos —heterotemporalidades— al suyo: “No existe el presente en el universo”, dice Minor a los gritos. “Lo que hay es un orden, pero cada cual percibe el suyo. Por eso hay que intervenir. Poner el universo de los demás en fila, ajustarlo”.
Estación Saturno no solamente es una espeluznante visita al Hotel Tiānqì, donde la apariencia se iguala a la realidad, sino que es una indagación sobre el deseo y el tiempo, mediante la que se nos advierte de los peligros de querer imponer el orden propio sobre la pluralidad. Nada más terrible que quien quiere ajustar el mundo de acuerdo con su deseo. Estación Saturno es hermosamente raro y hermosamente espeluznante, y desde los simulacros del Hotel Tiānqì y la Estación Saturno nos ofrece una reflexión necesaria, porque vivimos tan atomizados que olvidamos que participamos en nuestra propia percepción de la realidad y de esta forma la alteramos sin darnos cuenta. Desconocerlo u olvidarlo, he ahí lo terrorífico.
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Autora: Fernanda García Lao. Título: Estación Saturno. Editorial: Candaya.

jueves, diciembre 04, 2025

Fernanda García Lao: "El realismo en este siglo debería ser inestable, terrible, insólito, no una mala copia del pasado"

Entrevista | Fernanda García Lao Novelista, presenta "Estación Saturno"
La escritora argentina presenta nueva novela, "Estación Saturno": "No escribo para complacer. Si hay legibilidad, es porque hay ritmo, tensión. Como en la música: podés no entender la letra, pero al cuerpo la emoción no se le escapa".
Chus Neira
La Nueva España
Fernanda García Lao (Mendoza, Argentina 1966) es una de las voces más destacadas de la nueva narrativa latinoamericana. Después de “Teoría del tacto”, libro con el que fue finalista del premio “Tigre Juan”, presenta ahora “Estación Saturno” (Candaya), una novela desaforada que presenta el 22 y 23 de noviembre en Oviedo (Kafka & Co, 19 horas) y en Gijón (Toma 3, 13 horas).
-¿Qué te propusiste con Estación Saturno, cómo llega a este libro, esta novela tan concentrada, cuál fue su punto de partida?
-No hubo un punto sino una confluencia. Un duelo bajo la lluvia, un hermano muerto y la convicción de que necesitaba un procedimiento inusual para abordarlo. Me propuse desarmar mis propios mecanismos y escribir desde una tercera que disecciona cuerpos y espacios afectados. No se puede narrar el duelo sin contaminación. Por otro lado, lo familiar, lo social y lo político se anudaron acá. Y el agua, como insinuación del peligro.
-Se dice que este libro condensa muchas de sus obsesiones: la familia, el doble, la locura, el erotismo, lo monstruoso de lo político. ¿Es un punto de inflexión o un punto y seguido?
-Es un punto de fuga. No me interesa la linealidad ni en la vida ni en la obra. Pero sí, están algunos de mis motivos recurrentes: la familia como célula de la violencia, el cuerpo como archivo, el poder asociado al delirio. No sé si es un punto de inflexión, pero sí un libro que me ha dejado marcas. Me gusta pensar que cada novela es una mutación. Ya no soy la que era después de escribirlo.
-En Estación Saturno hay viaje, no lugares, un hotel donde el tiempo se confunde. ¿Hasta qué punto sus mudanzas están presentes en la novela?
-Crecí entre mundos. Viví en España, en Argentina, en Praga, en ninguna parte. El hotel es eso: un espacio que no encaja, que no tiene mapa. Un lugar donde el tiempo se descompone. Que devora cuerpos, la memoria. Como el Estado. El hotel es un personaje. Me gusta escribir desde lo que no se puede fijar.Desterritorializada y un poco extraterrestre. Quien se va tantas veces se siente así: afuera. No solo del espacio. El tiempo rompe la experiencia. Cruzar varias veces el océano desacomoda la convención, la revela. Hay que adelantar y atrasar relojes, afinar la brújula interna. Pero quedás desacomodada. Hacer ficción desde ahí es ser fiel a mi naturaleza.
-¿Cómo aparece el hotel Tiānqì en el proceso creativo?
-Exacto, apareció: se impuso. Lo vi. Vi llegando a los hermanos a esa casa, tras los giros a una rotonda. Yo hacía Taichi en aquel momento. Y mi maestra hablaba como las Chi: poetizando. La dupliqué, como suelo. Ese lenguaje me pedía un escenario que fuera poco doméstico, una arquitectura de lo improbable. Quería un lugar que fuera un teatro de operaciones. Un útero incómodo, una maqueta política y poliédrica. Una trampa, el delirio lúcido de un expolicía, que ha rebautizado al personal y los ha convertido en actores de sutrampa. Hay algo especular con la virtualidad nuestra de cada día. Nadie se parece a su versión pública/social. Somos actores de una farsa. Trabajamos para pagar deudas. Exactamente como los personajes que caen en el hotel.
-Ha dicho que la prosa debe estar a la altura de la neurosis colectiva. ¿Por qué cree que la ficción arriesga tan poco hoy?
-Porque el mercado es de digestión rápida. Porque la academia canoniza lo que ya entendió. La narrativa decimonónica sigue marcando el ritmo como si no hubiéramos pasado por el siglo XX. Yo no puedo escribir en un terreno pacífico. Vivimos en terreno minado. Entonces: que la prosa estalle. Que no se acomode. Que se parezca al mundo que vivimos. Inestable, terrible, insólito. Finalmente, el realismo en este siglo debería ser así. No una mala copia del pasado.
-¿Cómo encuentra el equilibrio entre el descabalgamiento formal y la legibilidad? ¿Piensa en sus lectores?
-Pienso en lectores cuando ya salí de la novela. Mientras la escribo soy la única espectadora. Pienso en las dinámicas internas. Luego aspiro a lectores mutantes, que no buscan explicaciones, que buscan sentido y disfrutan perdiéndose. Que disfrutan del vértigo. No escribo para complacer. Si hay legibilidad, es porque hay ritmo, tensión. Como en la música: podés no entender la letra, pero al cuerpo la emoción no se le escapa.
-En el libro aparece el capitán Minor, que remite a ciertos líderes contemporáneos. ¿Qué puede hacer la ficción ante el avance de los autócratas?
-Puede mostrar lo que el discurso oficial oculta. La ficción no salva, pero revela. No denuncia: expone. No explica: interpreta. Minor no es una caricatura. Es un síntoma. Estos tipos crecen como hongos, en cada hogar puede haber un megalómano furioso con ínfulas de crecimiento. La violencia se alimenta en la oscuridad antes de tomar dimensiones políticas.
-¿Y qué piensa cuando la realidad supera cualquier ficción?
-La realidad no es real. Es una puesta en escena. La ficción no la supera: la desarma. La hace visible. La vuelve cuerpo.

miércoles, diciembre 03, 2025

Estación Saturno, de Fernanda García Lao: una rara avis literaria

3 diciembre, 2025
Josep Masanés
Estación Saturno. Fernanda García Lao. Candaya. 144 páginas. 18 euros.
La argentina Fernanda García Lao publica Estación Saturno, una obra que se inicia con el viaje que emprenden dos hermanos, un médico y una contable, para volver a casa tras enterrar a su hermano mayor, quien padecía una enfermedad que lo anclaba a un presente perenne. La pérdida de un gato, último vestigio del difunto, en una estación de servicio, desencadena una persecución que conduce a los hermanos a un enigmático hotel de arquitectura imposible donde la realidad y el tiempo se disuelven, sirviendo de escenario para avistamientos de ovnis, actos de esclavitud sexual y corrupción administrativa. La novela se sumerge en temas como la herencia de los legados familiares oscuros de una estirpe marcada por el suicidio, la confusión de identidades y, sobre todo, la indagación de la naturaleza esquiva del tiempo. A través de su prosa, García Lao nos invita a cuestionar la realidad. Una literatura que no teme explorar territorios incómodos ni romper convenciones formales.
La novela está dividida en tres partes que se subdividen en múltiples capítulos cortos. Se trata de una prosa construida a través de frases breves y un uso constante del presente histórico. Una de las cuestiones más interesantes de la estructura es la subdivisión interna de los capítulos, con un narrador que actúa como una cámara que se limita a mostrar, contando aquello que ve y oye sin explicar el porqué de las acciones de los personajes. Esta voz narrativa es de las cuestiones más interesantes de la novela, ya que la voz del narrador se funde con los diálogos de los personajes, así como presente y pasado, y sus frases resuenan a menudo entre lo místico y lo poético.
El ingreso al hotel, un lugar de citas sexuales y encuentros atípicos, marca el inicio de una historia misteriosa, a medio camino entre el terror y el surrealismo. Aquí, el espacio y el tiempo se trastocan de manera onírica, evocando el cine de Tarkovsky o Béla Tarr. El elenco de personajes es un festival de lo grotesco y lo insólito: dos camareras gemelas, una pareja de ufólogos, un sueco que siempre llega tarde a los avistamientos, y Betelgeuse, una enana que se empeña en hablar en francés.
La tercera parte de la novela culmina el giro en torno al tiempo. Tras una conversación telefónica con la madre, se sugiere que el tiempo corre a dos velocidades, planteando la existencia de tiempos o mundos paralelos. El concepto inicial expresado por el hermano fallecido (el tiempo no existe, solo hay un perenne presente) se expande, llevándonos a concebir el tiempo como un espacio al que se puede acudir, una idea que evoca las complejas estructuras temporales de las películas de Christopher Nolan. Al igual que la luz que vemos de las estrellas es su pasado y no su presente, la novela insiste en que la realidad es una convención y que lo que experimentamos es el resultado de nuestra propia representación y deseo. Este juego de espejos, donde el hotel puede ser una casa de placer o un simple edificio, hace que la historia culmine de forma circular, unificando elegantemente los hilos dispersos.
Estación Saturno es una rara avis, una obra formalmente impecable que logra fusionar imágenes potentes y oníricas con un control narrativo preciso. Es una lectura estimulante que te deja «la cabeza golpeada», ya que, detrás de una historia aparentemente sencilla (el viaje de dos hermanos en busca de un gato), el lector se enfrenta a múltiples capas de interpretación sobre la herencia, la locura y la naturaleza ilusoria de la realidad. Es un libro difícil de explicar con justicia, emparentado con la lógica desquiciada de Boris Vian o John Waters. Una pieza única e irrepetible de la narrativa contemporánea, altamente recomendable para aquellos que disfrutan de las novelas que exigen y recompensan la implicación interpretativa.
Josep Masanés
https://josepmasanes.blogspot.com/?view=flipcard
Escritor. Menorca es mi mundo, San Luis su capital. Me gustaría ser un epígono del rey de la vajilla. Pero va a ser que no.

jueves, noviembre 20, 2025

Estación Saturno: «Todo lo narrado en esta novela es real, pero nada ocurrió»

LA VOZ DE OVIEDO
Esther Rodríguez
REDACCIÓN
La escritora argentina Fernanda García Lao estrena su nueva novela «Estación Saturno» de la mano de Editorial Candaya.
La escritora argentina mantendrá dos encuentros con el público asturiano, que se convertirán en una oportunidad única para explorar la creatividad y la irreverencia de la finalista del Premio Tigre Juan 2024
20 nov 2025 . Actualizado a las 05:00 h.
Con una prosa afilada y un humor tan oscuro como preciso, Fernanda García Lao (Argentina, 1966) es considerada una de las plumas más originales y destacadas del panorama literario actual en español. La escritora se encuentra inmersa en la presentación de su nueva novela, Estación Saturno (Editorial Candaya), una obra con la que desafía las formas convencionales de la narrativa y se adentra en los territorios de lo roto, lo sensorial y lo desacomodado. En esta gira por España, país donde vivió casi dos décadas exiliada con su familia, hará parada en Asturias. La autora estará este viernes, 21 de noviembre a las 19.00 horas en la librería Kafka & Co, en Oviedo, mientras que el sábado visitará Toma 3, en Gijón a las 13.00 horas. Estos encuentros serán, para el público asturiano, una oportunidad única para explorar la creatividad y la irreverencia de la finalista del Premio Tigre Juan 2024.
—¿Cómo surge la idea de escribir Estación Saturno?
—En Estación Saturno se dan cita ideas contradictorias entre sí, algunas formales, otras espaciales. Fue la confluencia de un clima, un espacio y un procedimiento. El hermano mayor ha muerto, llueve y los que quedan no saben cuidar la herencia. O acaso la herencia sea la falta de cuidado.
—Si tuvieras que describir tu nueva novela en pocas palabras, ¿cuáles serían?
—Un delirio lúcido sobre la muerte, la descomposición y la pérdida. Una comedia negra con fondo de crueldad. En un país que se parece al mío, con gatos, engaños y ausencia de seriedad.
—¿Por qué ese título para la novela?
—Estación Saturno es un lugar real de la provincia de Buenos Aires, desmantelado y sin trenes desde 1977. Pero además, Saturno devora el tiempo, como el Estado, como la familia. Me gusta esa ambigüedad: no se sabe si es un planeta, una parada o una trampa.
—¿Qué te llevó a elegir la muerte como uno de los temas centrales?
—No me interesa la muerte como final, sino como principio. En Estación Saturno, la muerte no cierra nada: abre huecos, preguntas absurdas, deudas.
—¿Cuánto de lo que narras está inspirado en experiencias reales o personales?
—Todo es real, pero nada ocurrió. La novela está escrita desde una memoria que no es mía, pero que me habita. Soy hija de exiliados, crecí entre mundos, tuve que adaptarme. Y se filtra, aunque no quiera. La ficción es mi manera de ser precisa.
—¿Hay algún personaje con el que te identifiques especialmente?
—Con el hotel. Ese lugar que acumula cuerpos, voces, objetos perdidos. Es un personaje en sí mismo: muta, respira. Me gusta pensar que escribo desde ahí, desde ese espacio que no encaja en ningún mapa.
—¿Hubo algún momento del proceso de escritura que te resultara particularmente difícil?
—Estuve varios años escribiendo la novela, la primera parte en Buenos Aires, la segunda en Praga, la tercera en Barcelona. No apuro los procesos, respeto la oscuridad, intervengo y modifico. Me doy tiempo para dudar, para reescribir, nunca una sola versión. Quiero decir, escribir es un modo sutil de meterse en problemas. Si no me ocurriera, habría que sospechar.
— ¿Cómo manejas los momentos de bloqueo creativo?
—No tengo. Soy grafomaníaca. Cuando algo se congela, abro otro archivo. Leo, camino, escucho conversaciones ajenas. Entiendo lo que estoy escribiendo cuando estoy en otra cosa. Actúo de despistada, para que la escritura no se haga la solemne conmigo. La necesito viva, en riesgo.
—¿Qué cambió en ti como escritora después de terminar este libro?
—Lo que te enseña un proyecto se disuelve en el siguiente. Es un capital simbólico difícil de evaluar. Prefiero no pensar en términos de resultado. En todo caso, soy una mutante crónica.
— ¿Qué esperas que el lector se lleve después de cerrar el libro?
—Una sensación de vértigo. Que se pregunte si lo que leyó fue una novela, un sueño o una experiencia estética. Y que el absurdo no es decorativo: es estructural. Reírse del horror puede ser una forma de resistencia.
—¿Qué viene después de Estación Saturno? ¿Estás escribiendo algo nuevo?
—Siempre estoy escribiendo, pero no hablo de lo que todavía no es. Por no condicionarlo. Y porque cultivo en secreto mis asuntos hasta que dejan de ser míos.
—Por último, ¿qué consejo le darías a alguien que está empezando a escribir su primer libro?
—Que no se preocupe por gustar: la literatura no es cosmética, es interrupción. El silencio es muy valioso: si vamos a pervertirlo, que merezca la pena.

martes, noviembre 18, 2025

Estación Saturno, ruta completa

Estación Saturno, presentaciones en Asturias

El tiempo roto de "Estación Saturno"

Por Elías Muñoz para Tincta Verba
Fernanda García Lao lleva dos décadas desmantelando las certezas de la narrativa familiar argentina, y con cada libro parece adentrarse más profundamente en territorios que otros autores apenas se atreven a rozar. Estación Saturno, su más reciente entrega publicada por Candaya, confirma esa trayectoria de radicalización formal y temática: apenas 144 páginas que funcionan como trampa de relojería, donde el duelo, el deseo incestuoso y la descomposición de lo real se condensan hasta volverse indistinguibles.
Si en Muerta de hambre exploraba la violencia doméstica con humor negro, y en La piel dura desmenuzaba las neurosis maternas, aquí García Lao construye algo más arriesgado: una novela donde el espacio mismo se convierte en síntoma, donde la arquitectura de un hotel delata la imposibilidad de procesar la muerte.
Dos hermanos viajan en coche tras el entierro del tercero. La única herencia: un gato que escapa en una estación de servicio. La búsqueda del animal los lleva a un hotel cuyo nombre es Tiānqì.
Lo que debería ser una parada breve se convierte en estancia prolongada, y el hotel revela su verdadera naturaleza: no es refugio sino laberinto, no es pausa sino suspensión. García Lao construye este espacio con la precisión de un arquitecto del absurdo, donde cada pasillo conduce a lugares imposibles, donde el tiempo se estira o se comprime sin lógica aparente, donde los otros huéspedes son presencias espectrales que habitan sus propias pesadillas privadas.
El tiempo como herida abierta
La decisión técnica más audaz está en el tratamiento del tiempo. García Lao no recurre a saltos cronológicos convencionales: directamente cortocircuita la experiencia temporal. Pasado y presente coexisten en el hotel sin jerarquía, sin señales que permitan al lector—o a los personajes—distinguir qué sucede ahora y qué ya sucedió.
Esta disolución temporal no es juego intelectual ni artificio literario: es la traducción formal exacta de cómo funciona el duelo cuando no encuentra cauce. Los hermanos no pueden avanzar porque el hotel—metáfora perfecta del limbo psíquico—no permite que el tiempo progrese. Están atrapados en lo que García Lao ha llamado “paréntesis de lo cotidiano”, pero ese paréntesis se ha vuelto permanente, se ha tragado cualquier posibilidad de retorno a la normalidad.
“García Lao no recurre a lo fantástico como evasión de lo real, sino como herramienta forense para disecar aquello que el realismo convencional no logra capturar.”
El hotel no solo desordena el espacio; subvierte la experiencia misma del tiempo, creando un limbo donde el duelo no puede completarse porque la muerte permanece suspendida, irreal, constantemente reactivada. Es aquí donde la novela despliega su verdadero proyecto: no narrar una pérdida sino hacer visible la estructura del desconcierto que esa pérdida produce. El gato perdido funciona como pretexto—casi hitchcockiano—para no enfrentar lo esencial: que heredar significa convertirse en el escenario donde los muertos siguen representando su función.
La arquitectura de una prosa sin concesiones
García Lao trabaja desde una tercera persona que mantiene distancia quirúrgica con sus personajes. No hay acceso directo a la conciencia de los hermanos, no hay monólogo interior que explique motivaciones o aclare estados emocionales. La narradora observa desde fuera, registra gestos y palabras, pero se niega sistemáticamente a interpretar. Esta frialdad aparente es, en realidad, una estrategia de máxima precisión: obliga al lector a deducir, a completar los silencios, a habitar la misma desorientación que experimentan los protagonistas.
La sintaxis de García Lao es cortante, casi espartana. Frases breves que avanzan por yuxtaposición más que por subordinación. Cuando aparece una oración compleja, lo hace con la violencia de un quiebre: una coma que detiene el ritmo, un paréntesis que abre un abismo de significado, dos puntos que anuncian una revelación que nunca termina de formularse del todo. Es una prosa construida sobre pausas, sobre lo que se calla tanto como sobre lo que se dice.
El registro léxico es deliberadamente neutro, casi administrativo: palabras precisas, sin ornamento, que describen lo imposible con la misma sequedad con que describirían un trámite burocrático. Esta neutralidad genera un efecto perturbador: cuando lo grotesco irrumpe—una mancha que se expande, un olor inexplicable, un gesto fuera de lugar—, lo hace sin subrayado dramático, como si fuera parte natural del paisaje. El horror no necesita énfasis porque está inscrito en la estructura misma de lo narrado.
“La prosa de García Lao no explica: registra, acumula, deja que el lector construya el sentido desde los restos que va depositando, como quien arma un mapa a partir de fragmentos contradictorios.”
Hay momentos en que la autora permite que la sintaxis se desmorone, que las frases se interrumpan o se repitan con variaciones mínimas, reproduciendo formalmente la confusión temporal que gobierna el hotel. Son pasajes donde la escritura misma parece contagiarse del desorden que describe, donde la forma y el contenido se vuelven indistinguibles. Este riesgo—que la desestructuración narrativa se convierta en simple confusión—García Lao lo maneja con control absoluto: siempre hay un hilo conductor, siempre hay suficiente claridad como para que el lector no se pierda del todo, pero tampoco se sienta cómodo.
Lo grotesco como revelación
El erotismo atraviesa Estación Saturno como una dimensión más del desorden que gobierna el hotel. García Lao no trabaja con tabúes como provocación: trabaja con lógicas. En el universo clausurado de ese espacio, donde las reglas externas han dejado de operar, donde la diferencia entre vivo y muerto se ha vuelto borrosa, el deseo sexual emerge de formas inesperadas y perturbadoras. Los hermanos, en su búsqueda errática del gato, establecen encuentros con otros huéspedes donde las fronteras entre consuelo, necesidad y atracción dejan de ser reconocibles.
La autora construye estas escenas con una mezcla desconcertante de distancia clínica y proximidad incómoda. La narradora no juzga, no moraliza, pero tampoco celebra ni romantiza. Simplemente registra: los cuerpos que se acercan, el tacto que se vuelve ambiguo, el momento en que la angustia del duelo busca cualquier forma de anclaje físico, y esta novela lleva esa premisa hasta consecuencias narrativas extremas.
El erotismo no funciona como catarsis ni como escape: es otra forma de la trampa, otro modo en que los personajes reproducen ciclos de violencia y búsqueda sin resolución. La escritura aquí se vuelve más elíptica, más fragmentaria, como si la propia sintaxis rechazara la explicitación. Lo que se dice está siempre rodeado de lo que se calla, y es en ese silencio donde reside el verdadero impacto.
Esta dimensión perturbadora del deseo se inscribe en una poética mayor de lo grotesco, donde cada detalle mínimo acumula significado: una mancha que se expande en la pared, olores que no corresponden a ninguna fuente identificable, conversaciones con otros huéspedes que parecen no escuchar realmente lo que se les dice. La novela está repleta de transgresión, locura, maternidad, erotismo, sexo, culpa, redención, enfermedad, violencia y muerte—todos esos elementos que García Lao maneja con una destreza que Silvina Friera resumió al definirla como “la narradora más rara y original de la literatura argentina contemporánea, feroz, radical y cómica en su indagación sobre las miserias familiares” . Esa radicalidad se manifiesta aquí en la construcción sistemática de un mundo que se descompone sin estridencias, sin apocalipsis ruidosos.
El horror en Estación Saturno es silencioso, administrativo casi: el horror de descubrir que las reglas que creías inmutables son solo convenciones revocables.
Genealogías del espacio imposible
Hay ecos inevitables de Cortázar—ese maestro del espacio doméstico que se vuelve hostil—pero García Lao actualiza esa tradición: su hotel no es la casa tomada ni el escenario de un cuento fantástico clásico. Es un no-lugar contemporáneo, esos espacios de tránsito—estaciones, aeropuertos, moteles—donde nadie vive realmente pero todos pasan. Convertirlo en espacio de detención forzosa, en cárcel voluntaria, es un gesto que conecta con cierta sensibilidad latinoamericana actual: la experiencia de estar atrapado en un presente que no avanza, en estructuras que ya no funcionan pero que tampoco terminan de derrumbarse.
“El hotel no es metáfora del país: es su réplica exacta, reducida al tamaño de una pesadilla íntima donde todos mienten, todos corrompen, todos participan de una farsa cuyas normas nadie recuerda haber aceptado.”
El hotel como microcosmos social aparece ocasionalmente con demasiada claridad, aunque García Lao maneja el riesgo sin caer en lo panfletario. La corrupción de los huéspedes, la mentira como lenguaje común, la soledad colectiva: son elementos que resuenan con contextos políticos y sociales contemporáneos, pero que la autora integra en la trama sin subrayados excesivos. Son instantes breves que no alcanzan a desestabilizar la arquitectura general de la novela.
Estrategia de la brevedad
La extensión de la novela no es limitación sino estrategia. García Lao comprime todo hasta el límite de lo soportable, como si el texto mismo reprodujera la claustrofobia del hotel. No hay capítulos propiamente dichos sino segmentos que fluyen sin pausas claras, obligando al lector a avanzar con la misma desorientación que experimentan los protagonistas.
Hay momentos de humor—ese humor dolorido que caracteriza la mejor literatura argentina—pero siempre al servicio de la atmósfera de descomposición general. Es un humor que surge de la desproporción entre lo que los personajes esperan y lo que encuentran, entre la lógica que intentan imponer y la realidad que se les escapa. No hay chistes ni situaciones cómicas en sentido estricto: hay una ironía estructural, una forma de mirar lo terrible desde un ángulo ligeramente desplazado que permite percibir su dimensión absurda.
Estación Saturno no ofrece resolución. Los hermanos no salen del hotel, el gato no es encontrado, el duelo no se completa. Y esa negativa a cerrar, a proporcionar catarsis, es precisamente su mayor apuesta: García Lao entiende que ciertas experiencias—la pérdida, el desorden mental, el colapso de las estructuras de sentido—no admiten cierre narrativo limpio. El libro termina como podría seguir indefinidamente, porque el tiempo saturnal que lo gobierna es circular, es repetición sin avance. Es el tiempo del trauma, ese que vuelve siempre al mismo punto sin posibilidad de elaboración.
Lo que García Lao ha construido aquí es un objeto literario extraño, incómodo, difícil de clasificar. No es novela de terror aunque el miedo circule en cada página. No es realismo mágico aunque lo imposible opere sin justificación. Es, más bien, una cartografía del desconcierto contemporáneo, un mapa de un territorio que reconocemos sin haberlo visitado.
Esa capacidad para hacer visible lo que permanece habitualmente oculto—la textura real del dolor, la lógica del absurdo cotidiano, el funcionamiento interno de la desintegración psíquica—es lo que convierte a esta autora en una de las voces imprescindibles de la narrativa actual en español.
El trabajo de Candaya con esta edición subraya la extrañeza del proyecto: el diseño de Francesc Fernández y la imagen de cubierta de Arturo Aguiar presentan el libro como objeto inquietante, promesa de un viaje sin retorno garantizado. Y esa promesa se cumple con rigor, página tras página, hasta que el lector emerge desorientado, preguntándose si alguna vez salió realmente del hotel o si sigue atrapado en algún pasillo que conduce a ninguna parte.

martes, noviembre 11, 2025

La prosa tiene que estar a la altura de la neurosis colectiva.

ABC CULTURA Diego Doncel
Fernanda García Lao es una gran, extraordinaria narradora. Ya no es, como alguien acertadamente dijo en su momento, el secreto mejor guardado de la narrativa hispanoamericana, ya es una escritora central a la que muchos lectores de ambos lados del idioma siguen con devoción. En sus novelas y en sus relatos breves es capaz de descubrir mundos insospechados, mirar lo cotidiano como algo extraño y perturbador, hacer que lo imaginario se alíe a lo biográfico, a lo corporal. Ahora acaba de publicar un nuevo artefacto novelístico titulado Estación Saturno en la editorial Candaya. Una joya de alta tensión estilística, original y arriesgada.
Diego Doncel: Su escritura parece estar construida desde otro lado, buscando nuevos modos de representación, buscando, como Fleur Jaeggy o Clarice Lispector, la tensión del lenguaje y la tensión psicológica.
Mencionas a dos escritoras que admiro profundamente y coincido en cuanto a la búsqueda de tensión en el lenguaje. Pero, más que en la psicología, me sitúo en los cuerpos, son el primer espacio, la primera jaula donde suena la palabra y contagia sus maneras al siguiente: el cuerpo del texto. Es decir, no pretendo describir estados mentales sino atravesarlos. Para eso, invento gente que ocupo desde adentro. No me interesa mucho cómo visten, con un trazo entiendo. Lo que indago es íntimo, como si me probara su carne y pudiera ver desde otros ojos, escarbar desde ahí. Un cuerpo es una caja de resonancia. No hay dos que suenen igual.
Diego Doncel: ¿ Estación Saturno es otra vez una falsa novela?
Exacto. Todas las novelas son falsas, pero yo disfruto dejando en evidencia el artificio. A estas alturas, intentar novelas con verdades de otro siglo o supuestas confesiones sin intervención, me parece un gesto pueril y conservador. El mundo es delirante, aterrador. La prosa tiene que estar a la altura de la neurosis colectiva. Detesto pensar la literatura por temas. En todo caso, una novela es un desplazamiento. Me gusta cavilar la trayectoria del objeto. No puede caer donde ya estaba. O se hundirá. Aunque la exploración vertical está poco estudiada, no la descartemos. Me invento modos de pensar, absolutamente descartables. Estatutos mal hechos, de usar y tirar. En eso, soy fiel a los tiempos que vivimos. El molde de la novela anterior no me sirve. La urgencia necesita nuevos puentes de los que tirarse.
Hija de un periodista argentino exiliado, vivió en Madrid su infancia y su adolescencia, y ha estado siempre marcada por esos dos mundos, por esos dos hemisferios. También por una visión excéntrica de nuestra realidad.
Diego Doncel: Lo gótico, lo oscuro son señas de identidad de su universo narrativo. También el doble y el problema de las identidades. Pero usted se reinventa en cada uno de sus libros, ¿ qué novedades aporta Estación Saturno ?
Gracias por señalarlo. Huyo de lo conocido como de la pólvora. Sobre todo porque escribir es, en mi caso, un modo de cuestionar las propias trampas. Estación Saturno es mi primera novela en estricta tercera persona. Venía de Sulfuro, una segunda, y he practicado la impunidad de falsos yo en las anteriores, lo coral, etc. Me impuse una aire desapegado para contrarrestar lo irracional de los personajes y el territorio. El duelo, el alcohol y la soledad de estos seres requirió cierto despliegue de lógica. Absurda, pero ajustada. Por otro lado, cada tanto algún director adapta una novela al cine, yo quise escribir una novela como si armara un guion técnico del mundo, sin abandonar las herramientas propias del lenguaje literario. Es decir, desgranando lo que se ve, se oye y se dialoga, junto a cuestiones internas. Como el asco, el deseo, un dolor concreto. El propio espacio, dictó sus leyes: la cartografía de Buenos Aires como disparador de locura y negación del presente.
Diego Doncel: ¿ Cree que en ella nos encontramos tres vías de conocimiento: un duelo ( la presencia del hermano muerto), un viaje, y ese espacio ( el hotel Tianqi) donde todo se transforma: el propio espacio, el tiempo, el ser y… la imagen política de nuestra realidad ? ¿ Cuál es esa imagen?
Me gusta lo que señalas, las tres vías. Sobre todo pensando en la estación de tren desmantelada en 1977. Por otro lado, la novela es un tríptico y la escribí en tres lugares diferentes. La parte uno, en Buenos Aires. El hotel en Praga, donde viví unos meses. La tercera parte, la disolución de la realidad, fue escrita en Barcelona. De algún modo, el tránsito de la novela es especular al mío y jugué con ciertos reflejos entre el gato y el conejo de Alicia, para hacer que los personajes siguiéndolo, se perdieran. Hay en la geografía de la novela puros no lugares: una ruta, una estación, un hotel, como los cuerpos, los nombres, las certezas. Todo temporal, absurdo, desesperado, en torno a una muerte que estalla la percepción del tiempo y del espacio. Entonces, la imagen es inconstante. Un retrato bajo el agua. Una familia metida en una pecera. La muerte de la lucidez. La farsa.
Diego Doncel: En este sentido destaca la presencia del capitán Minor ¿ es el retrato deformado de algunos de nuestros líderes políticos?
A nuestros líderes políticos no hay que deformarlos, vienen así de fábrica. He de aclarar, además, que cuando empecé con Minor, cierto gobernante argentino aún no estaba en funciones, era un ridículo panelista de tv sin otro atractivo que su desborde. Pero creo que mi personaje tiene más recursos discursivos. La retórica ha muerto. Nadie la necesita. El pensamiento ocupa cada vez menos espacio. El último bastión es la escritura literaria, si logra construir su propio programa, inventar artilugios más allá de lo trillado. Prefiero seguir mis propios planes e imaginar de manera alternativa que seguir tendencias. Pero, finalmente, acierto. Ya casi parezco una escritora histórica.
Diego Doncel: Su escritura es siempre bellísima ( las asociaciones imprevistas, los símiles sorprendentes) pero de una belleza convulsa y hasta cierto punto irracional. ¿No cree que se ha hablado poco del irracionalismo en usted, de eso que Dalí llamó lo paranoico-crítico?
En mi casa se habló bastante de mi irracionalidad. Perdón, no pude contenerme. Creo que practico una cordura offshore. Evado. Necesito sentirme no homologada. Pero soy bastante mental, a pesar de las apariencias. Soy consciente de lo que hago, también bastante intuitiva. Entonces parece que me extravío. Ese doble gesto es indispensable, supongo. La espontaneidad no alcanza, pero sin ella, sería una escritora de cartón. Seca, impostada. Escribo frases que aíslo como si fueran frutas. Me gusta que sean tentadoras y un poco nostálgicas.
Diego Doncel: En Estación Saturno vuelve a aparecer el tema de la familia, ¿ la familia es una de esas oscuridades nuestras con la que tenemos que lidiar?
Es la primera institución de poder y control sobre el individuo, como sabemos. Hablo desde el punto de vista literario, es decir, político. La poesía es desacralizadora. Del amor, poco sabemos. Es un asunto aspiracional, al que no se llega. Las familias se rompen y se vuelven a armar. Tenemos tendencia a creer que podremos lograrlo, pero la felicidad es inasible. Y cuando ocurre, qué belleza. Pero mejor no escribirla. Se escribe desde lo perdido. De otro modo, no haría falta. Es fantasmático el asunto de sentarse a invocar lo que no está. Por eso nos atraen las historias de huérfanos, de niñas perdidas. La literatura infantil se construyó desde el duelo. Faltaba la madre, murió en el parto. O se huía del padre, la autoridad intempestiva.
Diego Doncel: Y está el tema de la mujer ( los abusos, las cuestiones de género) y el erotismo. ¿ Puede hablarme de ambos?
Es un reto. Escribir sin resultar panfletaria, obvia. O, por el contrario, condescendiente. El deseo sigue siendo tabú. Pero lo sexual me organiza a la hora de pensar un personaje. Es, como señalaba Armonía Somers, tan fundamental como lo digestivo. Hay ficciones en las que nadie come y nadie se toca. Es difícil interpretar a alguien sin esos mecanismos básicos. Qué desea esta gente. No hablo de placer, hablo de motor. Y cómo se arrastra, cómo mastica al otro. Me inquieta no saber esas cosas, quedarme en la cáscara de las cosas. Sin deseo no hay palabra.
Diego Doncel: Por último, ¿ cómo explica que una de las señas de identidad de la narrativa argentina escrita por mujeres sea lo gótico?
En lo personal, antes del exilio viví en una casa que mis padres pensaron desde la maqueta. Quizás ese hecho alimentó mi tendencia a la extravagancia. Mi madre, leonesa, incluyó una pared de vitreaux en todo el frente, como para evocar su catedral perdida. Era una casa imposible con torreón y sótano, efectos de luz, escaleras. Jugábamos ahí, como en otro tiempo. La realidad vino así desde el principio. Parecía ficticia. Luego se hizo trágica. La dictadura desarmó ese universo. Pero pensando colectivamente, creo que somos descendientes de lo fantástico como categoría filosófica, de los delirios del rio de la Plata y de las dislocaciones de la historia. Hijas turbias de Evita, nuestra criatura gótica por excelencia. Deificada o demonizada, monstrua política, momia eternamente joven, ausente/presente. Una mujer-relato imposible de soslayar. A lo Mary Shelley, en el fin del mundo.

sábado, noviembre 08, 2025

Estación Saturno: una road movie desquiciada

Una road movie desquiciada hacia un hotel imposible, donde lo grotesco, el humor y la pesadilla revelan las heridas del presente
La escritora argentina Fernanda García Lao presentó su nueva novela, Estación Saturno, el viernes 17 de octubre a las 19 h en Enclave de Libros (C/ de los Relatores, 16, Madrid), acompañada por la escritora Mónica Ojeda.
La cita marca el lanzamiento oficial en España de esta obra publicada por Candaya, una novela hipnótica y perturbadora que consolida a García Lao como una de las voces más brillantes, audaces y originales de la literatura latinoamericana contemporánea.
En Estación Saturno, dos hermanos —un hombre y una mujer— viajan en coche después de enterrar al mayor de los tres. Un gato, último vestigio del hermano muerto, se les escapa en una estación de servicio. Al seguir su rastro, llegan a un hotel de nombre chino y arquitectura imposible, un espacio donde el tiempo se pliega y la normalidad queda fuera de juego. Allí, los avistamientos de ovnis, la corrupción, la mentira, la esclavitud sexual y el delirio político conviven en un mismo plano, componiendo una inquietante maqueta del mundo real, donde lo grotesco y lo fantástico se dan la mano.
Con su prosa afilada, su humor dolorido y una imaginería poderosa e inquietante, Fernanda García Lao condensa en esta novela las obsesiones de su universo literario: los legados familiares oscuros, las estirpes suicidas, la confusión de identidades, la naturaleza esquiva del tiempo, el erotismo como antídoto de la angustia y la dimensión política de lo grotesco.
El viaje de los protagonistas es un recorrido delirante en el que muerte, corrupción y mentira se entrelazan para cuestionar, con ironía y crudeza, las estructuras familiares, sociales y políticas. El destino es el Hotel Tiānqì, un escenario de fenómenos insólitos, desdoblamientos y delirios eróticos, donde lo paranormal surge del propio comportamiento humano. Un lugar que funciona como refugio y trampa, un paréntesis fuera del tiempo que seduce y atrapa a quienes se pierden en sus pasillos.
Entre los personajes destaca el Capitán Minor, caricatura feroz de los líderes contemporáneos, que encarna la locura y el absurdo de nuestro presente. El humor y el erotismo atraviesan cada página: masturbaciones al ritmo de una lavadora, un gato escapista, juguetes sexuales en el menú del hotel… escenas que revelan la comicidad herida y la sexualidad latente de los protagonistas.
Maestra en crear paisajes sensoriales al borde de la pesadilla, explora en Estación Saturno una mirada nada convencional: una indagación en los abusos, los roles de género y las complicidades femeninas, lejos de cualquier esquema o estereotipo. Y en el centro de todo, la familia y sus herencias oscuras: la incomunicación, los reproches, el miedo a no ser lo que se espera de nosotros, en una road movie desquiciada que encuentra su viaje más perturbador en las habitaciones y pasillos de ese hotel imposible.
Fernanda García Lao es una de las autoras más potentes e imprescindibles de nuestra lengua. Su literatura, siempre al límite entre el humor negro y la pesadilla, nos recuerda que lo extraño no está en otros mundos, sino en el nuestro. Estación Saturno es, quizás, su apuesta más arriesgada y a la vez más seductora: un viaje a ese territorio donde el tiempo se desordena, los vínculos se tensan y la risa, por incómoda que sea, se vuelve necesaria para soportar la angustia.
Sobre Fernanda García Lao
Fernanda García Lao nació en Mendoza (Argentina). Vivió en Madrid entre 1976 y 1993, debido al exilio de su familia. Desde 2022 vive en Barcelona. Es narradora, dramaturga y poeta. Ha publicado las novelas Muerta de hambre (Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes), La perfecta otra cosa (Tercer Premio Cortázar), La piel dura, Vagabundas, Fuera de la jaula, Nación vacuna (Candaya 2020) y Sulfuro (Candaya 2022); y los libros de cuentos Cómo usar un cuchillo, El tormento más puro y Teoría del tacto (Candaya 2023, finalista del Premio Tigre Juan y del Premio Setenil). También ha escrito los libros de poesía Carnívora, Dolorosa, Autobiografía con objetos y (No) me acuerdo. Algunos de sus textos han sido traducidos al francés, portugués, inglés, sueco, checo y griego.
Sobre su obra
“El diálogo que la narrativa de Fernanda García Lao establece con el otro lado y lo fantástico viene de lejos. Lleva haciendo terror latinoamericano al menos desde 2007. Se adelantó a la tendencia, y el gótico contemporáneo, ahora tan de moda, es en su caso natural”. — Vicente Luis Mora, Diario de lecturas
“Su discurso es poético y profundamente político. Y desde ese lugar casi oracular, con un velado sentido del humor, expone las dobleces que nos hacen más humanos”.
— Adriana Bertorelli.
Reseña: Diario 16 Mediterráneo.

Fulgores de la ficción y monstruosidades

Proyecto MOPONAHI, León, noviembre/2025, de la Universidad de León. Un encuentro, Las Puertas de lo Posible «Fulgores de la ficción y monstruosidades», dirigido por Natalia Álvarez Méndez y Ángeles Encinar, y coordinado por Ana Abello Verano. Con ENTRADA LIBRE Y GRATUITA.
El encuentro tendrá lugar los días 13, 14, 15 y 16 de noviembre de 2025. Su sede de celebración oscila entre la Fundación Sierra Pambley (León) y La Casona de San Feliz de Torío (León). ¡No te lo pierdas! •
Nos acompañan grandes nombres de la literatura actual: Fernanda García Lao, José María Merino, Luis Mateo Díez, José Antonio García Priego, Layla Martínez y Theodor Kallifatides.

'Estación Saturno', de Fernanda García Lao: habitar el tiempo

CRÍTICA ELPERIODICO.ES Esta novela se adentra en lo inestable, en lo oscuro y misterioso de nuestra vida, a través de disonancias espaciote...