sábado, julio 26, 2008

La gata sobre el tejado



Nació en Buenos Aires hace un siglo, pero es prácticamente una desconocida. En Europa brilló como una de las más grandes pintoras del realismo mágico. En Japón, cuatro museos tienen su obra en exhibición permanente. Fue inspiración de poetas y pintores, amiga de Gala y Dalí. Cartier-Bresson la fotografió desnuda -pero sin rostro- en 1933. Vivió en París con sus amantes y sus gatos. He aquí un ser casi imposible: Leonor Fini.
Por Fernanda García Lao



Sobredosis lírica
En determinadas ocasiones el mundo se equivoca y en lugar de ser previsible se sobrecarga de poesía, de señales que remiten a otra cosa. Cuando eso sucede, siempre hay un ser sensible que lo descubre y lo narra. Leonor Fini no tuvo una vida común. Al poco tiempo de nacer, sus padres se separaron intempestivamente y su madre huyó con ella a Italia. Se instalaron en la vieja casa de Trieste, propiedad de la familia materna, de ascendencia eslovena. La típica casa llena de libros y cuadros, con jardín oscuro y esfinge sobre la hierba. Escenario ideal para una niña solitaria, vestida de varón por si su padre aparecía. Aparentemente, el abandonado señor amenazaba con enviar emisarios para traerla de vuelta a Argentina. Y Leonor debía deambular por los límites mágicos de su prisión disfrazada de otro.
A esa infancia absurda hay que sumarle una pubertad con los ojos vendados a causa de una enfermedad en la vista. Y la influencia de las visitas ilustres: Svevo, James Joyce o Rainer Maria Rilke. James Joyce llegó a Trieste en 1905 para enseñar inglés en la Berlitz School. Allí nacieron su hijos George y Lucia. Además dictaba clases privadas a las que concurrían los hijos de lo más selecto de la burguesía educada del lugar. Y era amigo personal de la familia. Rilke apareció siete años después, buscando un lugar bello donde poder escribir. Se instaló como huésped en el castillo de la princesa Thurn und Taxis. Ambos eran recibidos en los salones de esta casa irreal y compartieron veladas interminables frente a la mirada expectante de la pequeña Fini. Qué se podía esperar de esta niña: excentricidad e incorrección. Además de una imaginación desbordante.
A los trece años, Leonor tira las vendas y se lanza a los museos con la mirada sombría. Fascinada por el Cuatroccento, Rafael o el manierismo, lee a Baudelaire. Sus siguientes visitas serán a la morgue de la ciudad. Allí se sorprende con la anatomía y comienza a dibujar hermosos cráneos, sus primeras naturalezas muertas. Su obra siempre pareció cargada de una interesante dualidad: lo tenebroso coqueteando con lo infantil.
Su primera muestra tuvo lugar en Trieste. Dejó a todos boquiabiertos y fue invitada a exponer en Milán. Tenía diecisiete años. La repercusión significó su reafirmación como artista autodidacta. Abandonó la casa familiar y se trasladó a Roma. Años más tarde, abandonaría Italia para instalarse en París.


Excéntricos eran los de antes
Recién llegada, fue incorporada por el grupo surrealista de André Breton. Supo conquistar sus corazones automáticos con un gesto teatral. La primera vez que se vieron en un café para hablar de su pintura, llegó vestida de cardenal, con un hábito púrpura: “Me gusta el sacrilegio de una mujer vestida de un hombre que no sabe lo que es el cuerpo de una mujer”. Fue incluida en la muestra “Fantastic Art: Dada Surrealism" en el Museo de Arte Moderno de Nueva York en 1936. Pero más tarde, prefirió mantenerse al margen. Quería tener la libertad conceptual necesaria para desarrollar su arte sin corsés ideológicos. Además, no soportaba “el camino dogmático e inquisidor” que tomaba el grupo. A Breton lo consideraba homofóbico y misógino. John B Myers completa el cuadro sobre la posición –permítanme la palabra- del surrealista, en relación al sexo: “detestaba la homosexualidad masculina, hasta el punto que amenazó con expulsar a uno de los miembros del movimiento, si no se casaba. Por otra parte, el voyeurismo y el lesbianismo no le incomodaban del todo”.
La Europa de entreguerras era un hervidero de artistas. Freud, Egipto, el esoterismo y la sexualidad libre, atrajeron por igual a nuestra Leonor, ávida de nuevas sensaciones. Y ningún surrealista iba a ponerle límites.
En 1933, realizó un viaje en auto con su amante de aquellos años, el escritor André Pieyre Mandiargues, y un juvenil Henry Cartier-Bresson, cámara en mano. Leonor era partidaria de los triángulos amorosos, pero Henry estaba algo confundido. Fotografió a los amantes desnudos en el agua y después a ella sola -esa fotografía se vendió el año pasado en más de 300 mil dólares-. Pero el viaje terminó mal y nunca volvieron a verse.
La sociedad mítico/monetaria encarnada por Dalí y Gala, la invitó a participar en varias ocasiones de sus delirios. Leonor describió a Gala como una mujer de piel oscura “casi del color del cuero” de ojos también oscuros, a pesar de ser azules, “muy atentos a todo”. Pasaban algunas noches leyendo el tarot, que Gala utilizaba para digitar a sus allegados. O hablando de magia. Sin embargo, la amistad no duraría muchos años. Dalí le resultaba demasiado impostado en su personaje y con Gala todo terminó después de un episodio bizarro. Con motivo de la II Guerra, Leonor y los Dalí coincidieron en el exilio -algo turístico- de la localidad francesa de Arcachon. Tomaron por costumbre visitarse cada tanto. Leonor adoraba a un conejo blanco que Gala criaba con ternura desde hacía un año. Una noche, Gala descubrió la cacerola y presentó sonriente el menú: conejo blanco en su salsa. Lo había matado, desollado y preparado personalmente para incomodar a Leonor. Lo consiguió.
Con Jean Genet, tuvo una amistad muy diferente, basada en la mutua admiración y en la orfandad, como estilo de vida. Con él inauguró una serie de retratos de artistas, además de diseñar la escenografía de varias de sus obras.
Poetas, escritores, pintores y críticos de arte reflexionaron sobre la obra de La Fini, consagrándole poemas, retratos y monografías. Entre ellos, Paul Eluard, Jean Cocteau, Giorgio de Chirico, Alberto Moravia o Max Ernst.




Realismo mágico
Jean Cocteau definió la pintura de Leonor como Realismo Irreal: “Todo lo sobrenatural es natural para ella”. Combinaba una técnica de pincelada diluida, cierta frontalidad egipcia, visiones de un mundo mágico algo fuera de foco y una exacerbada sensualidad.
Según Ives Bonnefoy, “al límite de nuestro mundo”, su arte era “un poco alquímico, por la presencia de figuras misteriosas”. Para Marx Ernst, sus cuadros estaban “hechos de vértigo, un vacío a la inversa”, poblados de seres fabulosos, quiméricos y andróginos.
Algunos críticos señalan distintos periodos en su creación: fantástico, mineralógico, de ceremonias, de claridad nocturna, de pasajeros. Pero en todos está presente la certeza de la muerte, la sexualidad, y la mujer como eje de construcción estética. Todo teñido de una atmósfera onírica y esotérica. Retratos de efebos, contornos evanescentes, mujeres sin tiempo, esfinges y gatos. Según el escritor André Pieyre de Mandiargues, el arte de Leonor Fini "impone una naturaleza misteriosa que lleva a la misma belleza."
Para otros, sus trabajos más importantes los realizó para el teatro, con sus escenografías y vestuarios. Diseñó para el George Balanchine Ballet "El Palacio de Cristal" en la Opera de Paris en 1945. Trabajó para la Comedie Francaise con la compañía de Jean-Louis Barrault y en La Scala Opera House de Milán. En 1949, creó para Julien Gracq el vestuario del Rey pescador y también trabajó para la escena con Giorgio Strehler y Jorge Lavelli. En 1969, realizó el diseño de El Balcón de Jean Genet y de varias obras de Jean Anouilh
También realizó ilustraciones de Las flores del mal de Baudelaire, Aurélia Gerard de Nerval, La Tempestad de Shakespeare, “Julieta” del Marqués de Sade y de textos de Edgar Allan Poe. En 1986, el Museo del Luxemburgo de París le dedicó una retrospectiva de gran magnitud (pinturas, gouaches, acuarelas, dibujos, grabados, máscaras).



Ces’t Fini
Leonor tenía una rutina de trabajo bastante férrea. Se instalaba en su atelier después del mediodía y pintaba cuatro o cinco horas diarias. Nunca hacía más de diez telas por año porque dedicaba varias semanas a cada cuadro. Si se sentía estimulada por un tema que convertiría en serie, interrumpía su labor con algún diseño que reclamara rapidez y espontaneidad. Para no perder nervio y velocidad. Además, escribía textos literarios, que no publicó hasta los años setenta: "Rogomelec", "Moumour, Contes pour enfants velu" y "Oneiropompe".

Cuando no estaba trabajando, daba fiestas en su célebre palacio de salones Art Nouveau de la rue de la Vrillière, donde lo más selecto de la intelectualidad parisina se daba cita. Allí compartió su vida durante casi cuarenta años con sus dos amores humanos, el diplomático y pintor Stanislao Lepri y el poeta polaco Constanine Jelenski. Y con sus amores felinos: casi treinta gatos.
Murió en París en 1996, a los 87 años.
Actualmente, su obra forma parte de exposiciones permanentes de numerosos museos internacionales.
“La magia es la religión más primitiva y antigua que existe. El hombre tiene siempre necesidad de magia. La superstición es la aplicación de la magia a la vida cotidiana”.