sábado, abril 21, 2007

Agenda









29 Abril 2007
20 hs

Lectura en Club Mantis
Pringles 753

Ariel Bermani

Fernanda García Lao

Samantha Schweblin

Rafael Pinedo en la voz de Alejandra Procupet

Organiza: Elsa Drucaroff

lunes, abril 09, 2007

Prensa Revista La mujer de mi vida




Año 4 - Número 40
Sumario

TUTI FRUTI

Una guía arbitraria de recomendaciones por el equipo de LMDMV y amigos invitados. Para leer, mirar, comer, elegir, escuchar y pensar nuevas categorías.
LIBROS QUE SÍ
Muerta de hambre, de Fernanda García Lao. Con un lenguaje sorprendente y una voz narrativa que atrapa y fascina, cada capítulo podría ser leído como un poema en prosa. Está tan bien escrito que da ganas de devorar el libro entero, o saborearlo lentamente, cada página como un caramelo duro.
Annakarin Thorburn

Prensa Diario El Ciudadano

01/04/2006
Los recuerdos del monstruo
Diego Colomba

Como sugieren con malicia algunos manuales escolares, los textos literarios son aquellos en los que se ha escrito de más o de menos. Contraponiéndose a la cháchara literaria, los “textos instrumentales” serían los que se ajustan, o deben ajustarse, a los modos estereotipados de significar, para decir lo justo y necesario. Siguiendo estas razones muchos creen reconocer en los errores tipográficos las traviesas manifestaciones del fantasma literario que acecha juguetonamente el lenguaje.Muerta de hambre, la primera novela editada de Fernanda García Lao, adscribiría, desde el título mismo, al conjunto de textos que dicen de más, que se van de boca.Si la ecolalia infantil, la repetición fiel o variada de sílabas y sonidos, es el antecedente de la exploración del sin sentido (aunque en realidad, aunque mínimo, siempre lo hay: el niño dice que es alguien que habla), la hipérbole adolescente es la antecesora de ciertas formas de la producción literaria que actúa por desmesura.¿Qué sucede entonces cuando el hablante se niega a superar dialécticamente los extremos del no decir y el decir de más, y no los sintetiza en un tercer estadio: el de la adecuación propia del lenguaje de los adultos?María Bernabé Castelar, la adolescente protagonista de Muerta de hambre, se negará a la síntesis y revelará así sus trágicos efectos.Si, como señala Alonso Miranda, “morfológicamente, todo monstruo es, por definición, un exceso”, María Bernabé Castelar, personaje y narradora de estas memorias, es un monstruo. Que tal denominación la reciba de su padre, es sólo una comprobación. La carrera alocada que María ha emprendido tras la comida, con la que trata de hacer carne todo lo que se encuentra a su paso (alimentos, pensamientos, emociones), pone de manifiesto lo monstruoso por excelencia: el cuerpo. Aquello que la civilización disimula con vestimentas, perfumes y fragancias, toallitas femeninas y otros apósitos, se rebela en María: “Recuerdo mi cuerpo deformado, peleando su libertad contra la tela cuadriculada”. Pero el desacato sin pausa la lleva a sobrepasar los puntos de referencia habituales. Así, el cuerpo se vuelve informe, amorfo: “No soporto lo nítido de la existencia: mis rollos se confunden con el sillón donde estoy encajada”. Que no se trata meramente de ingerir sino de un proceso más largo lo señala la “estructura digestiva” con la que se organiza la primera parte de Muerta de hambre, denominada “Mi vida”. Ese tránsito hacia lo corpóreo es el camino que despliega la novela, que se presenta en parte como las memorias de una antropófaga: “He pedido carne. Me da miedo cuando pido carne, porque sé que después voy a decir sangrante”. Por esa razón no están involucradas cuestiones de paladar: el hambre de María Bernabé Castelar no discrimina, es un hambre de mundo: “Tengo la boca llena de hambre”, “Si uno es lo que come, yo soy todo lo que se pasea por la tierra. Vegetal y animal”. La exuberancia de la protagonista se tiñe de las formas de lo dionisíaco: “Existe una relación soez e inmunda entre la comida, el sexo y la muerte. Un bocado de carne es lo mismo que un beso”.Ahora bien, lo monstruoso siempre se revela en contexto, en relación con los otros. Las mellizas, perfectas como muñecas inertes, realzan por contraste –a primera vista– el exceso de la protagonista. Lejos de negar los conflictos, María se alimenta de la lucha “contra todos” consciente de que los otros son el infierno (“Sembré la inseguridad en el aula y fui aceptada”), aplica su mirada corrosiva hacia los poderes de turno (ricos, padre, madre, maestros, médicos) que se traduce en un humor ácido y despiadado. La institución psiquiátrica aparecerá finalmente para reconstituir el orden. Su misión será la de mantener estilos y géneros separados, identificables, inteligibles. Todo aquello que María Bernabé vino a desbaratar con su falta de fijeza, de límite: “Ahora soy el personaje de una novela femenina y mañana seré la víctima de mis propios besos dementes./ Mi vida salta de una página a otra, del estante de realismo al de terror, sin detenerse en la coherencia del género”.El mismo clima de incorrección que sabe elaborar la obra dispara algunas preguntas sobre la eficacia de los opúsculos agregados al final del texto, una vez concluidas las memorias. ¿Por qué no sostener la arbitrariedad de esa voz hasta el final? ¿En pos de qué verosímil se traen a colación las contradicciones planteadas (o potenciadas) por otras voces? Si es evidente, aun para el más distraído, que la obesidad es el contexto de la obra, no su tema, ¿para qué traer sus cifras?Se sugiere entonces, como lo hace el “Tablero de dirección” de Rayuela, una primera lectura hasta la página 180. Se recomienda asimismo sostener el profundo silencio que sobreviene luego, todo el tiempo que el terror que destila lo cotidiano, tras la lectura de Muerta de hambre, nos permita callar.

PRENSA LA NACIÓN



12/04/2006
Risas para un tabú

Muerta de hambre de Fernanda García Lao
El cuenco de plata-224 páginas-($ 28)
Ganadora del primer premio de novela del Fondo Nacional de las Artes (2004), Muerta de hambre se instala en el cono de sombra provocado por uno de los tabúes centrales de todo el espectro social que va de la clase media a la alta: la gordura. Ante la negativa a llamar las cosas por su nombre instaurada por la mesura de lo políticamente correcto, el exceso de peso suele ser aludido, pero nunca nombrado. Así es como se recurre a los diminutivos (anchita, rellenita, redondita, etc.) u otros eufemismos para designar lo que dicho de manera franca sería considerado de mal gusto o, incluso, ofensivo. Así las cosas, Muerta de hambre, primera novela de Fernanda García Lao (Mendoza, 1966) ubica frente al lector a una protagonista que es gorda y se reconoce como tal, sin tapujos ni cortapisas. La lucidez de María Bernabé Castelar y la conciencia de su contextura y situación en ningún momento provocan, sin embargo, una revalorización de la gordura. Antes bien, María Bernabé hace suyo el discurso de las clases sociales que la rechazan ("Demasiado rica para la clase media, demasiado gorda para la clase alta") y lo exaspera hasta las últimas consecuencias para devolverles, amplificado, su propio prejuicio: "Cuando estalle quiero dejar sin aliento a la prensa. [...] Voy a obligar a esta ciudad a contemplar mi podredumbre [...]. No soy como aquel millonario que comía helado de limón en algún hotel de Miami. Yo soy un asco en serio". La aceptación de la distancia que media entre los modelos impuestos por su clase y ella misma no le provoca a María Bernabé satisfacción alguna. La mune, sin embargo, de la excusa necesaria para atrincherarse en la soledad de la diferencia: "Todos pertenecían a algún grupo nominable. Se reconocían entre ellos. Se mezclaban y reproducían. [...] Sólo yo era individual. [...] Me di cuenta de que el mundo estaba hecho para parejas. Todo venía de a dos. Adán y Eva. Dios y Diablo. Laurel y Hardy". Sus 120 kilos la vuelven "rara", pero María Bernabé llevará su diferencia más allá de los planos de la estética y la salud para convertirla en un sistema interpretativo de la realidad. Para ella, todo será comprensible a partir del mecanismo de la alimentación. Así, por ejemplo, apunta que sus ideas más idiotas se comen a las más inteligentes, de manera que "me lleno de pequeñas ideas sin peligro que repito hasta el hartazgo". Muerta de hambre consta de una parte principal, "Mi vida" -a ella se suman dos breves apartados: "Mi obra" y "Anexos"-, organizada de acuerdo con los pasos de cualquier ritual de deglución. De esta manera, el primer capítulo se titula "Cerca del plato" y el último, "Recta final". "Mi vida" no es otra cosa que una autobiografía de María Bernabé, escrita desde la desconfianza absoluta: "Hasta hace unos meses había creído en mis recuerdos más nítidos y dudaba de otros, por nebulosos o generales. Ahora, dudo de todo", aclara en la "Advertencia sobre mi vida". En esta primera parte, la protagonista narra la infidelidad mutua de sus padres, el alcoholismo de su madre, el odio mezclado de envidia que le causan las twins (vecinas e hijas de la amante norteamericana de su padre), las escatológicas estrategias que instrumenta para ahuyentar a Escobedo (su nutricionista) y, sobre todo, su amor "rapaz, novelero e imposible" por Emilio. María Bernabé conoce a Emilio la primera vez que se escapa de su casa. El, con su moto averiada, hace dedo al borde del camino. Ella lo ve desde la cabina del camión repartidor de leche que hábilmente ha sustraído para la huida y el flechazo es instantáneo. La historia de amor comienza, repartiendo contrapuntísticos momentos de delicadeza y distensión en el marco de lo que no es sino la despiadada (pero divertidísima) narración de los odios de la protagonista. Muerta de hambre no hace sino evidenciar que son los desbordes en general, los estados extremos, lo que las capas sociales intermedias no pueden tolerar. La novela no hace concesiones. No tiene piedad con nadie y no la pide tampoco del lector. Porque no la necesita.

Ana Ojeda Bär

Prensa. Diario La Capital

Cadáveres exquisitos
Carlos Bernatek

Si tuviéramos que buscar un antecedente para esta opera prima de Fernanda García Lao, novela ganadora del primer premio del Régimen de Fomento del Fondo Nacional de las Artes 2004, quizá pudiéramos remitirnos a un libro de 1997 titulado "Chanchadas", también en su caso primera novela de la francesa Marie Darrieussecq, que obtuviera amplia repercusión en su momento, particularmente en su país."Chanchadas" trataba de una empleada de una casa de masajes que progresivamente se va convirtiendo en cerdo. Cierta crítica (intencionada) entrevió en esa obra una versión de "La metamorfosis" de Franz Kafka, aggiornada. El texto no eludía la trajinada metáfora sobre la condición del cuerpo femenino, la exclusión o aceptación por la respuesta a un modelo estético, la anorexia y otras ramificaciones finiseculares. Quizá sobredimensionando la propuesta de la autora, ese tipo de críticas excedieron la intencionalidad de la novela.María Bernabé Castelar, la protagonista de García Lao, lejos de toda metáfora, es una devoradora incontenible metida en una familia trastornada hasta el delirio. Pero esta historia tiene una única empatía con "Chanchadas", y es el uso de la primera persona. Despojada del trascendentalismo de esa novela francesa, "Muerta de hambre" encara el tema por el mejor sitio posible: el de la ironía y el sarcasmo. La obesidad para la protagonista resulta su modo de aprehensión del mundo circundante, y por la boca fagocita hasta el texto que produce la misma Bernabé, como cajas chinas, ya que el libro se estructura en tres secciones: "Mi vida", "Mi obra" y "Anexos", una autobiografía a modo de diario.La niña crece con el fluir del texto y la ansiedad de su apetito; la familia que la rodea se reprocesa a sí misma como la misma fruición gástrica. Pero el humor irónico de García Lao, con su peculiar uso del lenguaje salpicado de sarcasmos que van de lo coloquial a la especulación filosófica, sostiene un ritmo farsesco en un registro deliberadamente arcaizante.Ese humor pendulante de tragicomedia no omite la profundidad del tema ("Existe una relación soez e inmunda entre la comida, el sexo y la muerte -se lee-. Un bocado de carne es lo mismo que un beso. La muerte tiene derecho a aniquilarte porque cada comida es el resultado de un apareamiento y de una víctima. Estamos hechos de cadáveres"). Cuando el crescendo argumental parece amesetarse y derivar hacia el non sense, surge la destreza de la autora para borronear el realismo, para insertar lo onírico, ciertas voces externas y un breve epistolario en un nuevo giro que recuerda a Manuel Puig, y que remata la historia atinadamente.Dramaturga, actriz, cantante, García Lao, que ya obtuviera reconocimiento con anteriores textos narrativos inéditos, produce una auspiciosa estética literaria subrayando su originalidad en el tratamiento del humor y en el cuidado del lenguaje.

Prensa Página 12

Artistas del hambre

Devórame otra vez
La novela gastronómica de García Lao engulle lugares comunes con su humor cítrico y deja un buen sabor de boca.Por Juan Pablo Bertazza
Muerta de hambre
Fernanda García Lao
El cuenco de plata
217 páginas
En su libro Kafka. Por una literatura menor, el dúo dinámico Deleuze-Guattari encontraba una fuerte oposición entre comer y hablar, ya que la boca estaba por naturaleza consagrada a masticar los alimentos. Y como para ellos escribir era ayunar, entendían que Kafka era el verdadero artista del hambre porque, obsesionado por la comida, “no podía sino escribir bajo la custodia de los carniceros que terminarían devorando su carne cruda”.Como contraejemplo de aquella idea parece funcionar la protagonista de Muerta de hambre. María Bernabé Castelar, quien parece sacada más bien de una pintura de Fernando Botero que de Rubens, es una adolescente tardía a quien la vida la hizo dura o, más precisamente, gruesa. Y está encerrada en el vicioso círculo de su triángulo existencialista: vive para comer, come para escribir y escribe para vivir. Con un pesado diagnóstico a cuestas (“personalidad estomacal con tendencias orales desgarradoras”), este obeso personaje trata de abrirse camino en un mundo que no está hecho para gordos. Y es que tanto su manera de percibir la realidad como las relaciones que entabla con sus pares están mediadas por parámetros gastronómicos. Así, por ejemplo, para sacar un determinado cálculo temporal dice: “La señora que me ayudaba se fue hace miles de postres”. También sus escasos vínculos amorosos y de parentesco estarán imbuidos de esa metáfora que abarca toda la novela: el vampirismo. Cada personaje tiene el objetivo de devorar a sus contrincantes.Muerta de hambre, que encuentra en el terreno gastronómico un símbolo fértil de temas tan hetereogéneos como las luchas sociales, el erotismo, la locura y la muerte, está tramada como una novela digestiva que comienza, como el instante en que el bocado está frente a nosotros, cuando Bernabé se presenta como la narradora exclusiva de sus peripecias, y culmina con una suerte de evacuación en la que se amalgaman, con el jugo gástrico de la ironía, una ensalada de apéndices en la que casi todos los personajes toman voz para decirnos que “no es conveniente creer toda la mierda enunciada por Bernabé”.Si aceptamos que el cuerpo es discurso y, por lo tanto, es político, hay en la obesidad un gesto ideológico extremo en tanto el cuerpo obeso es un arma. Bernabé así lo usa para aplastar a sus vecinas gemelas y yanquis a las que detesta, aunque, al igual que Sylvia Plath, va a tener un final tan trágico como romántico-doméstico. Es que puede pensarse que en la tendencia por engordar hay tanto una pulsión de vida –que es la búsqueda de unión con la naturaleza– como una pulsión de muerte: la explosión, objetivo que perseguirá la protagonista en sus peores momentos.Con un manejo del humor a veces delicioso, la novela recuerda a banquetes como el de la película The Meaning of Life de los Monty Python, precisamente a la escena en que el señor Creonte, un huraño peso pesado, luego de engullirse cada uno de los platos ofrecidos en un restaurante y al agregar al menú un chocolatito de menta delgado como una hostia, finalmente revienta, literalmente hablando, hasta desnudar sus tripas. Muerta de hambre ofrece por debajo de la mesa un condimento a nuestra literatura, tal vez gracias a la multifacética y fresca experiencia de la autora como bailarina, dramaturga y actriz. La pluma de Fernanda García Lao, autora de la exitosa obra La amante de Baudelaire (vestida de terciopelo), tiene forma de tenedor y un contenido tan filoso como el de un cuchillo parrillero. La mesa está servida. Bon appétit!
Juan Pablo Bertazza

PRENSA LAS12


PAGINA12
Las/12
Viernes, 23 de Diciembre de 2005
entrevista a fernanda garcia lao

EL HAMBRE INSACIABLE
La actriz y dramaturga Fernanda García Lao acaba de publicar Muerta de hambre, una novela protagonizada por un personaje nada habitual: una mujer gorda que se las ingenia para convertir en rebeldía su compulsión gastronómica. Un diálogo ideal para conjurar la culpa de las comilonas de estos días.



Por Moira Soto
Hay un toque ligeramente teatral en su vestuario que combina el brillo y lo deportivo, en su risa fuerte y fácil, incluso en su acento madrileño con las zetas bien colocadas. Es natural que Fernanda García Lao tenga esos artificios (en su segunda acepción: predominio de la elaboración artística) porque lo suyo es la escena, la puesta en escena, la escritura y la interpretación de obras de teatro. Experiencias que aplica con muy buena estrella a la literatura de ficción que viene escribiendo desde hace más de una década, sin publicar hasta este año. Lo que sí ha estrenado y en algunos casos publicado son valiosas piezas teatrales como El sol en la cara (1999) en el IFT, La mirada horrible (2000) en Espacio Callejón, Soy el amo (2002) en el Sportivo Teatral, La amante de Baudelaire (2004 y 2005) en NoAvestruz y Abasto Social Club, Desde el acantilado (2005), Premio Cumbre de las Américas, en NoAvestruz.

A los 39, avalada por el Premio del Fondo Nacional de las Artes y editada por Cuenco de Plata, Fernanda García Lao presenta radiante su novela Muerta de hambre, arrolladora parábola de una chica malquerida, famélica en más de un sentido, sediciosa que avanza sobre la comida, sobre sus presuntos enemigos, pisoteando reglas con encarnizamiento. Una desobediente que clama en el desierto y no es escuchada, cuya historia comienza en el capítulo “Cerca del plato” y concluye en la “Recta final” (seguida de los “Anexos”), no sin antes pasar por “Tenedor en mano”, “Boca abierta”, “Arrancar con los dientes”...

“Tengo la boca llena de hambre”, declara MaríaBernabéCastelar (así, de un tirón) en los primeros tramos. “Sin embargo mi cuerpo está demasiado pesado para seguir engullendo. He aumentado varios kilos en los últimos días. No soporto lo nítido de la existencia: mis rollos se confunden con el sillón donde estoy encajada.” Gorda que se regodea en su gordura insurrecta, que se siente más indulgente con el estómago abarrotado, Bernabé apenas le abre la puerta al chico de la parrilla para no ver sus ojos escandalizados. “Mi padre alabó mis modales en la mesa”, se solaza. “Dijo que tenía el porte de una duquesa y el hambre de un jabalí.” Por un momento fugaz y esplendoroso, Bernabé cree haber encontrado el amor en Emilio, a quien acaricia delicadamente cuando duerme en el sillón, y sigue adelante: “Puse una mano en el frasco de caramelos y la otra en el calzoncillo de Emiliano. Los caramelos se derretían y él se iba poniendo frutal. Después cambié de mano sin darme cuenta y me quedé pegada a su delicia. Chorreaba caramelo y ese goteo furioso me llevó al delirio. Cuando se despertó tape su boca con mi lengua azucarada y amarilla, sabor lima limón. Lo besé con deleite y alevosía”. ¿Fue un espejismo ese tipo que le dijo “No hagas dieta. Tu cuerpo es un parque de diversiones”? Quizá sí, quizá no, pero lo cierto es desde aquel día, cada vez que muerde una fruta, Bernabé se acuerda de la carne de Emilio. Más aún, se da cuenta deque “un bocado de carne es lo mismo que un beso”. Y extraña “la persona que fui cuando estuve a tu lado. Me extraño más a mí que a ti...”
La ley del exilio
Por una cuestión de integridad moral su padre Ambrosio García Lao, prestigioso periodista y docente de Mendoza que se negó al pedido de los militares de marcar la ideología de varios colegas, la familia de Fernanda en pleno partió repentinamente, de la noche a la mañana, hacia Madrid, en 1976. “Mi manera de ser, mi personalidad tiene mucho que ver con el exilio”, dice la escritora, dramaturga, actriz, directora y también entrenadora de acento de actores argentinos cuando vienen a filmar aquí producciones españolas (la última, Torrente, de Santiago Segura). “Mi palabra tomó mucha importancia para mí al tener que deshacerme prácticamente de todo, desde chica fui cultora del monólogo. Siempre había un cupo limitado de cosas para llevar, todo parecía muy móvil.”
Fernanda García Lao vivió en Mendoza hasta el filo de los diez, que cumplió en el vuelo a España. A los dos, tres años, cuando aún no sabía escribir, le encantaba trazar garabatos, “como una farsa de escritura en los libros de mi padre. Yo quería estar ahí porque me daba cuenta de que lo importante para él en la casa era su escritorio, su biblioteca. Entonces yo escribía, por ejemplo, en un ejemplar del Quijote, en la parte del prólogo, donde había espacios en blanco. Y firmaba Fernanda, que era lo único que había aprendido a escribir de verdad. Pero mi padre me explicó: ‘No, m’ijita, la literatura es sagrada, si usted quiere escribir, hágalo en hojas en blanco’. Para mí no tenía el menor valor esa propuesta, yo ya quería estar impresa... (risas), sorteando el conocimiento de las vocales, las consonantes, la gramática...”
El padre tenía una biblioteca de clásicos del Siglo de Oro español, de novelas de aventuras (“las primeras que nos pasó para leer a sus hijas fueron las de Julio Verne. Muy masculino su discurso”), bastantes textos de filosofía, enciclopedias. Por el lado de la madre, también escritora, María del Amor González, aparecía el teatro: Chejov, Ibsen, Sartre, Beckett (“después llegué sola a Gombrowicz y se lo brindé a mi madre, cuando mi padre ya había muerto en España”). Muchos de esos libros viajaron en barco, regresaron, volvieron a irse y retornaron.
“En Madrid llevaba una vida muy madrileña, allá todo sucede en la calle. Si bien estudié piano y ballet clásico durante varios años, también periodismo, lo mío siempre pasó por el teatro. No sé si era tan buena actriz como improvisadora. Volvimos cuando yo tenía 20.”
¿Qué fue lo que decidió ese primer regreso?
–En España murió mi padre en un accidente. Volvimos sorpresivamente, primero a Mendoza. En realidad, yo no quería regresar, pero mi madre, que es española, decidió casi de un día para el otro repatriarnos a nosotras, sus tres hijas. Mi hermana Verónica, la mayor, nunca se sintió cómoda allá. Pero la más chica, Gabriela, y yo éramos típicas adolescentes en Madrid: no teníamos amigos argentinos, no tomábamos mate ni escuchábamos tango, nada. Y de pronto aparecimos aquí.
¿A disgusto total?
–Sí, los tres años siguientes estuve deseando estar allá. Y luego me fui a Madrid con Gabriela y nos quedamos unos años. Cuando llegué a Buenos Aires descubrí mi otra mitad que había estado callada. Es más, mientras vivía en España me hacía llamar de otra forma, característico de una errante. Cuando regresé acá a los 20 recuperé mi nombre y caí en la escuela de Norman Briski, en Calibán, donde él salvajemente te agarraba de los pelos y te dejaba en pelotas, literalmente, delante de toda la clase. La primera vez que me vio me dijo que no podía ser actriz porque ya era un personaje. “Para ser actor, tenés que ser un papel en blanco.” Le respondí que él no me podía decir eso, porque era un típico intelectualoide de anteojos, jeans y conceptos psicológicos, bla, bla, bla. A pesar de todo fui admitida y empecé a trabajar en primera persona, lo que me resultó muy interesante creativamente hablando. De Briski aprendí a valorar mi desmesura como él valoraba la suya, y a no dejarme pisar, porque nunca fui un juguete de sus caprichos, como algunos de sus alumnos... Además, me quedé embarazada.
Llegamos a una parte importante de la vida viviente...
–(Risas.) Claro, tuve esa primera hija a los 21. Fue muy gratificante ser madre. Primero, estar habitada por otro, situación que me puso en segundo plano. Después porque no sólo empecé a gestar, a parir físicamente a mi hija, sino también palabras, ideas que estaban dando vuelta sin encontrar la forma.
¿Al revés de lo que se suele afirmar acerca de que la creatividad propia del embarazo excluye otras formas de producción?
–Sí, todo lo contrario. Creo que me sentí bastante Dios, pensé que Dios era una mujer de acá a la China... Yo estaba en rebeldía contra el mundo y el embarazo no es que me volvió dócil, pero me dio otro motivo aparte de mí para luchar.
Respecto de España, ¿cuál fue la mayor diversidad que encontraste aquí?
–Advertí que la Argentina era un país muy machista, cosa que me sorprendió mucho porque no estaba al tanto, nadie me había avisado... (risas) En Madrid, a fines de los ‘80 hablar de ciertos derechos ya era una obviedad. Se habían ido incorporando desde el destape de los ‘70.
¿Cuándo empezás a escribir con cierta continuidad?
–Al ir por segunda vez a España surgió la necesidad de escribir teatro. Ya en Buenos Aires había empezado con un primer libro, Coro de inmorales, microrrelatos. La primera parte son como acotaciones teatrales pero no empieza nunca la obra. La segunda parte son monólogos de mujeres que surgieron oralmente: primero los decía y grababa, después los pasaba a la escritura y corregía. En Madrid, en la etapa de los ‘90, me quedé tres años, volví a estudiar periodismo en la Complutense. Daba clases de teatro, vendía relojes por la calle, hice con un francés una adaptación de Chejov...
¿Qué te trajo de segundo regreso?
–Una crisis familiar: mi madre había emigrado para allá y estaba con mi hermana y yo, y nuestras respectivas hijas, en un departamentito de Puerta del Sol. Demasiadas mujeres para ese habitáculo.
¿Hay mayoría de personajes femeninos en tus obras?
–Me interesa darles la palabra a las mujeres. Me parece que si alguien puede decir lo que nos pasa, somos nosotras mismas, y que ya es hora. Y creo que podemos ser todo lo incorrectas, soeces e inmundas que queramos. O prolijas, medidas y detallistas. En cualquier caso, sin pedir permiso a nadie. A mí me encanta ser mujer, y creo que las mujeres del siglo XXI que no se hacen cargo de su voz, la verdad, se pueden ir al carajo. A veces viene bien mirar para atrás: en el siglo XIX había mujeres más avanzadas que ahora, que hay como un extraño retroceso. Se han perdido batallas ganadas, o casi, por inercia, por pereza.
También es cierto que el conservadurismo universal ha hecho todo lo posible por recuperar terreno, en algunos casos, por puro interés comercial, como las cirugías plásticas, un floreciente negocio.
–Sí, ese tema me sorprende todavía. Tiene que ver con Bernabé, la protagonista de Muerta de hambre, en el sentido de usar el cuerpo como un discurso. Bernabé lo usa como un arma en determinados momentos, una especie de huelga de hambre al revés, porque protesta morfando.
Gorda contra el mundo
Bernabé elige proceder así, es su decisión.
–Por supuesto, mientras que las operadas son como muñecas en serie que entran en esa dependencia. Además, el canon de belleza propuesto es espantoso, por no hablar de lo que representa vivir encadenada a un montón de medicuchos metiéndote sustancias químicas, botulismo.
Como una condena de Sísifo, vas subiendo la cuesta y se te cae algo...
–Tal cual, no una piedra sino el culo, una teta... Una marcha contranatura ridícula. Me pregunto: en el caso de decidir ser cremadas, ¿qué pasa con tanto plástico? Todo eso tiene que ver con volverse objeto, ser usada como tal.
¿Cuándo descubriste que había gordos y gordas en el mundo?
–Muy pronto. Enfrente de mi casa había una familia de obesos que era todo lo contrario de mi familia en materia de excesos. En mi casa triunfaban siempre la razón y la moderación. Y enfrente, entonces, estaba esta familia que habitualmente tenía la puerta abierta, autos muy grandes mientras que el nuestro era chico porque éramos menudos... Aquéllos reían a carcajadas con las ventanas abiertas, había gordas muy gordas, desbordadas, mucha carne en exposición. Ellas no tenían problema, usaban ropa ajustada. Yo los espiaba con la cortina cerrada, me daba la impresión de que eran más libres. No había control ni razones ni discursos acotados. Representaban el vive como quieras en estado puro. Y ahora, después de escribir Muerta de hambre, me acordé de los gordos, porque no había vuelto a pensar en ellos.
Pero se trataba de un grupo familiar de gordos, felices además. Bernabé es una gorda que se sale de las reglas estéticas impuestas, que rompe moldes, que subvierte un orden.
–Sí, ella es única en su especie. Además, Bernabé dice: yo por un lado y la humanidad por otro, por eso hay tantos personajes que funcionan de antagonistas. Es ella contra el mundo.
¿Cómo escribe una flaca como vos desde la voracidad y la gordura, en primera persona?
–Escribí la mayor parte de Muerta de hambre con el estómago hecho un nudo. Me estaba divorciando, experimentando un montón de sensaciones. También me producía mucho regocijo escribir a alguien tan diferente de mí, si bien Bernabé tiene algunas cosas mías. Yo creo que cada uno se construye su muro de grasa, y el de ella es literal: cuanto más gorda, más protegida. Me gustaba que ella no respondiera al estereotipo del gordito alegre y condescendiente, que fuera incorrecta y agresiva.
Bernabé tampoco responde al perfil de una bulímica que come a escondidas o se provoca vómitos.
–No, para nada. Pero vale aclarar que Muerta de hambre no es una novela gastronómica aunque en su estructura recurre al aparato digestivo. No se trata de un libro de recetas ni ofrece enseñanzas de ninguna clase. La comida es el contexto, nada más, pero no el eje. Por otra parte, en la vida cotidiana soy bastante practicante de la ironía, un recurso que tiene que ver con lo filoso, lo delgado. Y quise darle esa cualidad a una gorda. Esa visión maldita, hipercrítica del otro. Me parece que Bernabé es alguien protestando contra lo que le tocó, de la forma que encuentra más a mano.
Ella engulle, devora, consume, se llena...
–Lo que pasa es que Bernabé tiene un discurso con ese lenguaje emparentado con el alimento. Ella tiene hambre no sólo de comida, también de amor, de pertenecer. Porque si no, no se quejaría tanto de estar afuera. Muerta de hambre es el formato de la memoria de alguien que duda muchísimo. Y que en el apéndice final es cuestionada por una serie de personajes, porque no podía ser un relato tan unilateral. Tenían que aparecer otras voces, otra versión.
La actitud de Bernabé hasta que es internada es francamente subversiva. Ella da vuelta el modelo imperante de la flacura, de la dieta, de la continencia... Y no lo disimula. Porque incluso las gordas más asumidas no suelen reconocer que comen mucho, que se atiborran, porque queda feo. Nadie te va a decir: “morfo como una cerda hasta reventar”, como lo hace Bernabé. Por otra parte, ella hace acopio en distintos rubros, enumera todo lo que se va a zampar.
–Porque está furiosa, no es que va preparando exquisitos platos con dedicación. No, no hay refinamiento en ella. Y hay un momento en que ataca físicamente, se tira arriba de las gemelas: emplea su cuerpo como arma. Es una subversiva solitaria que se excede en todo lo que tiene que ver con la boca: la palabra, la comida, el sexo. Todo lo que es oral se convierte en una herramienta para ella.
Bernabé paladea las palabras quizá con más fruición que la comida, una golosa del lenguaje.
–Porque ella es una devoradora: del lenguaje, de los prejuicios, de las convenciones, del amor, de la comida. Ella no tiene recato.
¿En algún punto vos te pusiste como una actriz en la piel de una gorda? ¿Te ayudó la experiencia en ese oficio?
–Me ayudó, sin duda, a dar esa percepción. La verdad es que cuando escribo es condición absoluta que no haya nadie en la casa, porque voy pasando por diferentes estados. No es que me siente a escribir elegantemente y me tome un mate. Me pasa de todo. He sufrido a la par con Bernabé. Mi entrenamiento de actriz me permitió ponerme en su piel, yo en mucho momentos era ella. Está buenísimo ser tomada por otro, poder reírme a carcajadas con ciertas ocurrencias o padecer otras instancias llorando a moco tendido a veces. Cuando ella tiene su escena con Romeo y Julieta de Prokofiev, escribí todo eso con la música en vivo que me iba direccionando. También quise ponerme en la posición de cada uno de los personajes, intentar dotar a cada uno de su propio motor, y que partan. Después yo voy a la zaga, sin saber muy bien adónde me van a llevar los acontecimientos. Un poco como la vida: yo no sabía cómo iba a ser tu living, que iba a haber té de jazmín... Cuando escribo, me gusta que me sorprendan las situaciones que se van generando más allá de lo que yo había previsto. En ese sentido, trabajo con automatismo total, y después mando un poco de orden.

viernes, abril 06, 2007

Reseña Librería Sibelius

Muerta de hambre
Fernanda García Lao


Este delirante libro fusiona de una forma magistral el humor y el drama. Se trata de la historia de Bernabé, una mujer presa de su cuerpo y de su pasado. Presa de su cuerpo porque entiende que determina toda su vida familiar, social y sentimental. Presa de su pasado porque los dolorosos recuerdos de su infancia y juventud la conducen por el camino de la autodestrucción.El libro, que se construye como el diario de una obesa que desea comer hasta estallar, narra la historia de una niña con una madre alcohólica y un padre ausente, una chica fea y solitaria obsesionada por sus vecinas gemelas, unas norteamericanas lindas y delgadas.
De esta manera, el libro es a la vez una dramática e interesante historia sobre una joven con desórdenes alimenticios y mentales, y una serie de hilarantes escenas, como los concursos para gordos en los que participa la protagonista; o aquella en la que Bernabé se arroja sobre sus vecinas y rivales “como un terrorista palestino”; o la de la aparición de un implacable nutricionista que se instala en la casa para impedir que la protagonista coma, pero ella logra burlarlo al descubrir que la mención de la materia fecal lo descompone de tal manera que tiene que salir corriendo al baño, oportunidad que ella aprovecha para prepararse un sándwich.

Feria del Libro de Madrid, firmas 2026